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Capítulo

9

"Recuérdame"

Se removió bajo las mantas. Estiró los pies, y entonces descubrió que había estado durmiendo. Dean se incorporó como un resorte sobre la cama. Pero esa no era su habitación. Paseó sus ojos lentamente por el lavamanos a su costado, la mesa de noche, y la repisa sobre su cabeza dispuesta de sal, y otros artefactos que reconoció a simple vista. Todo estaba cubierto por una ligera capa de polvo.

No, esa no era su habitación. ¿Entonces por qué sentía que estaba bien despertar allí cada mañana?

Con paso titubeante salió de la cama. Traía la ropa del día anterior, y tenía el sabor del licor en la boca. Salió de la habitación a un largo corredor desolado, por donde se obligó a encaminar sus pasos.

Conocía ese lugar, pensó. Lo conocía como la palma de su mano

Escuchó un chasquido dentro de su cabeza, como si algo se rompiera, y la idea de que Sam pronto llegaría de comprar la comida tailandesa le sobrevino. Permaneció de pie en medio de la biblioteca, palideciendo más y más.

Clavó sus uñas en las palmas de sus manos para que el dolor lo hiciera despertar, pero no era un sueño. Llevó ambas manos a su cabeza, y empezó a hiperventilar. Así que era cierto. Todo era cierto.

Pero no sentía como si lo fuese.

Dean no quiso creer nada de lo que ocurría hasta que escuchó unos pasos descender por las escaleras.

-¿Dean? –la voz áspera del ángel lo calmó.

-¡Cas! –fue hasta él. Esos ojos azules lo observaron un instante.

-¿Ahora me crees? –el ángel ladeó la cabeza, cruzándose de brazos en un gesto tierno e inocente.

-Aún no sé qué creer, Cas. Pero… recuerdo éste maldito lugar, y al mismo tiempo toda mi vida en Jersey y… -alzó su mirada a la del ángel, quedándose sin palabras-. -¿Cómo sé que esto no es una alucinación? –el ángel entreabrió los labios para responder-. ¿Sabes? No respondas, si lo es… mientras tú estés conmigo…. –asintió Dean.

-Pero quiero que recuerdes. Es necesario –afirmó Castiel, sonriendo levemente.

-¿Y cómo pretendes hacer eso? –el ceño fruncido del rubio duró poco. El ángel chasqueó los dedos, y en la radio empezó a sonar una canción-. ¿Stand By Me? –inquirió Dean, confundido, pero ni bien lo hubo dicho, recordó…

Esa canción fue una como llave.

Recordó todo, cada batalla, cada pérdida, cada demonio y monstruo. Remontándose hasta la muerte de su madre, y repasando hasta el inesperado desenlace que tuvo su encuentro con la Oscuridad y el mismo Dios en persona.

Recordó como si un torrente de imágenes regresara a su cabeza con las sensaciones impregnadas. Se hizo uno con su memoria y entendió que todo ese tiempo había sido sólo el títere de otro jueguecito entre los ángeles.

Las memorias fueron tan palpables, en especial la última que tenía. La última, aferrada a esa canción vieja.

….

Estaba bebiéndose una cerveza, contemplando su amado Impala, mientras pensaba en lo que haría ahora que todo había terminado. Entonces Castiel había aparecido a sus espaldas. Recordó haberlo besado, haberse apretado contra ese cuerpo, y colado las manos bajo la camisa de Cas. Recordó el sabor de la boca de su ángel, y el aroma que tenía impregnado.

También volvió a su mente el hecho de que Sam los había descubierto besándose en la cochera, por lo que prefirió marcharse a comprar comida.

Entonces habían ido a la habitación, o aparecido en ella. La ropa desapareció en un abrir y cerrar de ojos, y casi al mismo tiempo Castiel terminó debajo de Dean gimiendo. Hasta que el rubio decidió apretar las manos en las caderas del ángel y dejarlo sentado a horcajadas sobre él.

Recordó a detalle cada espasmo del cuerpo de Cas, cada gemido durante esa noche en la cual por primera vez hicieron el amor. Recordó hasta la expresión del ángel cuando se corrió, y la sensación de terminar en su interior.

Todo. Todo había sucedido al ritmo de Stand By Me, en repetición.

-Te amo, Dean –había dicho Castiel, en una especie de nube postcoital.

-También te amo, cariño –Dean respondió eso, sorprendido de sí mismo, y Castiel lo había mirado de manera peculiar-. ¿Qué? ¿Te sorprende que te amé?

-¿Cariño? –cuestionó el ángel. Entonces el cazador había reído.

…..

-¡¿Por qué demonios se te ocurrió que era buena idea borrarme la memoria?! –fue lo primero que espetó Dean, después de salir del shock inicial. Se sentía pesado, extraño, pero de vuelta; como la vez en que dejó de ser un demonio.

Stand By Me continuaba sonando.

-Trataba de que tu vida fuese buena. La tuya y la de Sam –Castiel desvió sus ojos, avergonzado.

-Con él no te equivocaste –afirmó el rubio, avanzando hacia el ángel. Deslizó una de sus manos por el hombro de Cas, hasta su brazo, haciendo que esos ojos azules se centraran en él-. Pero ¿Que parte de que eres de la familia se te olvidó?

-Dean, de verdad lo lamento…

-¿Qué parte de que te necesito no fue suficientemente clara, Cas? –acusó el rubio, su tono cargado de rabia. No le gustaban las palabras melosas, ni las declaraciones de amor, pero Castiel había estado loco al pensar que él, Dean Winchester, podía sin su ángel-. ¿Cómo se te ocurrió que yo lograría vivir sin ti?

Esas palabras colmaron en vaso. El beso que Castiel presionó en sus labios, selló esa conversación. Selló todo el asunto, y Dean correspondió a la caricia tibia y húmeda de esa boca. Se fundieron en un beso desesperado, en una especie de promesa, de disculpa, de danza de dos almas gemelas que se perdonan y sanan sus heridas de la única forma posible que conocen: estando juntas.

Stand By Me se repitió cuando, dando tropezones, regresaron a la habitación de Dean.

Esa canción parecía estar impregnada en cada pared del olvidado búnker, y su letra no podía ser más apropiada. La puerta quedó abierta tras ellos, y Castiel empujó a Dean sobre la cama. Su gabardina había sido arrojada por allí, al igual que la chaqueta del rubio.

Continuaron besándose, a veces despacio, a veces como si se les acabara el mundo al siguiente instante.

"Stand By Me –pensó Dean, para sí mismo, sintiendo la lengua de Cas presionarse en la suya, y acariciando esos cabellos oscuros"

Dean soltó una risita en medio del beso, seguro de que en toda su vida no podría olvidar esa maldita canción.

-¿Qué? –Castiel separó sus bocas, agitado, pero confundido del porqué la carcajada del rubio.

Dean, respirando en jadeos entrecortados acarició en cuello y el torso vestido de Castiel.

-Nada. Es sólo que… -respondió, con palabras quedas y lentas-… esa canción. Me gusta esa canción.

-Lo sé –asintió el ángel, esbozando una de sus exageradas sonrisas cómplices.

-¡Ven aquí! –Dean lo atrajo de vuelta a su boca.

Rodaron por la cama levantando un poco de polvo acumulado ya que el búnker había estado demasiado tiempo deshabitado. Dean tosió, lo cual brindó ventaja a Castiel para besar y morder el cuello a su disposición.

Las caricias fueron suaves, y aunque uno que otro gemido fue soltado, los besos no pasaron de ser eso hasta que Dean, vencido por el sueño, empezó a cerrar los ojos, con Castiel recostado en su pecho.

-Te amo, cielo –murmuró Dean, extasiado.

-Y yo a ti, Dean.

Los tres días que le siguieron a ese encuentro en el búnker, para Dean fueron confusos. Estaba reconciliándose con el hecho de que los ángeles habían jugado con su memoria, pensando en que no debía arruinar la felicidad de Sam, y debatiéndose si era lo correcto volver a Jersey a su vida normal. Todo eso era abrumador, pero, por otra parte estaba Castiel.

El rubio sabía que sin importar la decisión que tomase, su ángel estaría con él. Haciéndole el amor ya sea en el asiento trasero del Impala en una carretera, en un motel barato, en ese búnker, o en su pequeña habitación en la casa de Jersey.

El estrés de que los ángeles fueran por ellos en cualquier momento, como había advertido Cas que sucedería, lo consumía. Pero en las noches cuando dormía abrazado a Castiel; cualquier problema se desvanecía.

Era la tercera mañana que despertó allí, cuando descubrió a Castiel haciendo huevos revueltos en la estufa del búnker. Dean lo observó un instante, pensando en cómo el ángel había estado fingiendo todo ese tiempo ser humano en Jersey.

Suspiró y entró; no tenía idea de porqué un ser celestial podía decidir dejar todo en el cielo para pretender ser humano.

-Buenos días, Dean –lo saludó Cas, con naturalidad.

-Buenos días, cielo –Dean se acercó a besarlo, y después fue por un vaso de agua, aunque descubrió que Castiel había comprado zumo de naranja. Se sirvió un poco, y por reflejo intentó servir un segundo. Entonces una duda le surgió-. Cas ¿Puedo preguntar algo?

-Por supuesto –afirmó el ángel.

Castiel apagó la estufa y volteó hacia Dean, con la sartén en la mano, dirigiéndose hasta un plato servido en la mesa. Sirvió los huevos revueltos y se los tendió a Dean con un tenedor. El rubio estaba hambriento por lo que no dudó en aceptarlos.

-¿Por qué todo ese tiempo cuando estuviste en Jersey, fingiste ser humano? Comías, dormías, tomabas duchas… -inquirió Dean, en voz queda, comiendo un poco de esos huevos revueltos.

-Por ti –respondió Castiel como si fuese lo más lógico del mundo.

Dean asintió un par de veces. No estaba acostumbrado a que las personas hicieran algo por él. Él cuidó a Sam, a su padre incluso, salvaba personas, pero aun después de tantos años de conocer a Castiel, no le cabía en la cabeza que alguien, un ángel, hiciera algo por él.

-Debe haber sido una decisión difícil. Quiero decir, decidir que no podías usar tu mojo para hacer las cosas más sencillas –bromeó Dean.

-No. No lo fue. Además ya tengo experiencia con eso de ser humano y… -Castiel ladeó la cabeza; sus ojos azules clavados en Dean fueron abrumadores-… no hay nada que no haría por ti.

Dean se sintió un estúpido por sonreír como un niño enamorado, así que dejó el plato de los huevos revueltos a medio terminar, y para borrarse ese gesto de la cara, fue hasta Castiel y lo besó.

Estuvieron un largo momento así, besándose con paciencia, hasta que unos pasos resonando sobre el suelo de madera de la biblioteca los hicieron separarse. Cinco hombres de traje impecable los miraban, cada uno traía una espada angelical.

Dean se tensó separándose de Castiel, y sabiendo lo que esos ángeles allí significaban. Los habían encontrado, y ni siquiera habían tenido tiempo para llamar a Gabriel.

El rubio vio a Castiel empuñar una espada angelical que había tenido escondida en la gabardina.

-Veo que, una vez más, Castiel, decides desafiar al cielo por ese humano –habló uno de los ángeles, su tono era impasible, pero sus ojos chisporroteaban iracundos.

-Y espero que hayan entendido el mensaje de que no pienso apartarme de él –replicó Castiel, tenso.

La atención de los cinco ángeles estaba clavada en Castiel, por lo que Dean aprovechó esto para deslizarse hasta un cajón donde recordaba haber guardado una de las espadas de ángel.

-Lo entendemos, Cas –habló una mujer de cabello caoba; era un ángel de bajo rango-. Entendemos que abandonaste al cielo, por ese humano; que desobedeciste todas las órdenes, por el humano. Y que, aun cuando pudiste dejar que viviera una vida en paz, antepusiste tus deseos a su propio bienestar.

-Eso es lo que no entienden ¿Verdad, hijos de perra? –Espetó Dean, manteniendo la espada angelical que hubo conseguido, en su espalda-. ¿No saben lo que es sentir? No saben ni siquiera lo que es vivir.

-Él es un ángel del Señor, maldito mono lampiño. Un soldado de Dios, no tu puta ni tu mascota –siseó otro de los ángeles-. ¡Pero todo esto ya ha sido demasiado! Devolverte la memoria ha sido demasiado hasta para Castiel –Sacudió la cabeza dando dos peligrosas zancadas hacia Dean-. Castiel regresará al cielo tanto si quiere como si no, es su deber. Y tú, humano… tú irás al vacío donde nadie pueda encontrarte –tendió su mano para tocar a Dean.

-¡NO! –Castiel se interpuso en su camino-. No te atrevas –rugió, con la espada de ángel en el cuello de su hermano.

-Está bien entonces… te pulverizaré a ti primero –exclamó el ángel.

Sucedió tan deprisa que Dean apenas si tuvo tiempo para ver que ocurría. El ángel movió su mano arrojando a Castiel lejos, la espada se le resbaló de la mano tintineando bajo la mesa. Dean trató de ir en su ayuda, pero dos ángeles aparecieron frente a él. El que atacaba a Castiel se abalanzó sobre el castaño dispuesto a clavar la espada en su corazón, pero el moreno se movió a tiempo y la hoja le atravesó el brazo.

Castiel contuvo un grito, consiguió aturdir a su hermano con un golpe en la cabeza, tomó la espada clavada en su brazo y lo apuñaló en el corazón.

Adolorido Castiel trató de ir hasta Dean. Pero uno de sus hermanos salió a su paso. Castiel le clavó la espada de ángel, pero no se detuvo a ver si moría y continuó hacia Dean. Sin embargo su hermana apareció abruptamente frente a él, levantándolo por el cuello, y rompiéndole el brazo para quitarle la espada. El castaño se debatió, pero no consiguió liberarse de ella, la mujer de cabello caoba, quién lo observó con ira fulminante.

Dean, hasta tanto, lanzó un tajo a uno de los ángeles; éste retrocedió. El otro lo atacó, pero el rubio tuvo tiempo suficiente para agacharse y arrojar un ataque desde abajo, clavando la espada de ángel por la barbilla de su atacante, que murió al instante despidiendo un halo de luz cegadora. Del otro se libró clavándole la espada por el cuello.

El rubio giró en todas direcciones, percatándose de que todos esos malditos hijos de perra estaban muertos, salvo por una. La que tenía la espada de ángel apuntando al cuello de Castiel. Dean intentó abalanzarse sobre ella, pero con un movimiento de la mano ella arrojó al rubio al otro extremo de la biblioteca.

El golpe brutal hizo que Dean permaneciera aturdido un momento y se levantara con torpeza, desarmado. La mujer de cabello caoba hasta tanto clavó la espada de ángel bajó la clavícula de Castiel, haciéndolo sangrar y gritar. Teniéndolo lo suficiente débil lo arrojó contra las despensas de la cocina.

-No quiero matarte, hermano. –afirmó, para después aparecerse frente a Dean.

El rubio intentó propinarle un golpe, pero ella le clavó la mano justo bajo las costillas. La luz blanca brilló por toda la habitación, y las venas rojas saltaron por el cuello de Dean hasta sus ojos verdes. El alarido del rubio retumbó por todo el búnker, haciendo vibrar las ventanas.

-No mataré a uno de mis hermanos porque desobedeció una orden. Como siempre esto ha sido tu culpa, Winchester, pero ya pronto terminará –la mano de la mujer asió el alma de Dean, como si se tratase de una esfera-. No sentirás demasiado dolor.

Las venas rojas de Dean empezaron a hincharse más y más. La sangre corrió por sus ojos, oídos, nariz y boca, como si le arrancasen la piel. Esa mujer no estaba arrancándole el alma, estaba haciendo que el poder de ésta le desgarrara el cuerpo desde dentro.

-Una vez mueras será sencillo llevarte al vacío –añadió ella, pero Dean ya no escuchaba.

Estaba muriendo, muriendo ante sus ojos, comprendió Castiel.

El ángel se puso de pie con torpeza, recogiendo una de las espadas angelicales a su paso. Arrastró los pies hasta estar detrás de su hermana, ensangrentado, débil, pero lo suficientemente fuerte para no permitir que le hicieran eso a Dean.

Empuñó el arma y la clavó sin miramientos en la espalda de la mujer, quién despidió una luz cegadora y se desplomó muerta. La mano abandonó el cuerpo de Dean y su alma. El rubio se desplomó en el suelo, temblando, con la mirada nublada por el dolor y la voz agarrotada en su garganta. Por ello tardó en notar que detrás de Castiel se había perfilado una figura.

Era uno de los ángeles a quien Castiel había creído matar hace un minuto, y tenía una espada.

-¡Cas, cuidado! –la exclamación de Dean retumbó demasiado tarde.

La espada del ángel atravesó a Castiel por la espalda, saliendo del otro lado de su pecho. La luz brilló, no tan intensa porque no le había atinado al corazón, pero Dean vio con horror como iba apagándose, arrebatándole la vida al castaño quién cayó de rodillas, malherido.

-No hay nada que puedas hacer, Castiel. Dean Winchester Irá al vacío –amenazó el otro ángel.

Pero Castiel, necio como era, se forzó a ponerse de pie, moviéndose con la espada de ángel todavía atravesada en su pecho, y haciéndose más daño. Le propinó un golpe furioso a su hermano, tomándolo por sorpresa. Tomó la espada de ángel del cuerpo de su hermana muerta, y ésta vez se aseguró de atravesarle el corazón al otro ángel.

-¿Cas? –la voz de Dean, cargada de miedo, devolvió a Castiel a la realidad.

El ángel se tambaleó, sintiendo la sangre en su boca y su gracia menguar como un fuego apagado por el frío viento invernal. Finalmente no pudo mantenerse en pie y se desplomó de rodillas. Dean, desesperado fue en su ayuda, sujetándolo por la cabeza para que no se golpeara, y retirándole esa espada del pecho. La herida continuaba brillando, matando lentamente a su ángel de ojos azules.

-Cas, mírame… -le exigió, con el rostro del moreno en sus manos-. Vamos a salir de ésta, ¿me oíste?

-Dean… no creo que… -la voz de Cas era débil, la luz de su gracia extinguiéndose brilló en sus ojos convirtiendo el azul en un color imposible.

-¡No, no digas eso! No te vas a morir, maldito hijo de perra –Dean todavía estaba débil y cubierto de sangre pero de todas formas intentó cubrir las heridas de Cas. Pero éstas eran de luz, y no existía manera-. ¡Castiel, escúchame! Llamaré a Gabriel, y todo va estar bien.

Pero los ojos de su ángel comenzaron a cerrarse y su mano hizo todo el esfuerzo para ir hasta el rostro de Dean. Castiel estaba agradecido, de que por lo menos su muerte no hubiese sido instantánea, de tener una última oportunidad para sentir a Dean.

Esa mirada que le dedicó al rubio era una disculpa, un adiós.

-Te amo, Dean –articuló apenas.

-¡NO! –Exclamó Dean, aferrándose al cuerpo del ángel. Pero entonces la mano de Castiel cayó al suelo con un sonido sordo; sus párpados se cerraron, una sombra de alas casi sin plumas se dibujó en el suelo, y la luz de sus heridas dejó graves quemaduras-. ¡NO, CAS! ¡CASTIEL, DESPIERTA MALDITA SEA! ¡CAS! ¡CAS!

Continuará…

N/A: Me matarán, yo lo sé, arrastrarán mi cruel trasero al infierno por éste capítulo…