Capítulo 9
—Entramos y nos vamos volando —aseguró Darien a Serena apretándole la mano.
De pie, bajo la lluvia, a las puertas de la casa de Beryl, Serena no podía esperar para comenzar su última fiesta particular. Iba a ser una fiesta agridulce y sensual, recapacitó.
Observó que la frente de Darien se arrugaba preocupada y que sus ojos miraban distantes.
—Espero que el plan dé resultado. Como Black esté todavía empeñado en comprar… —comentó Darien.
Estaba nervioso, comprendió Serena. «Por favor, no dejes que él me abandone esta noche para ir a trabajar», rogaba en su interior.
—No te olvides de que tenemos champán en casa, en la nevera. Y bistecs. Nos está esperando un baño de burbujas con aroma a jazmín —le recordó.
Los ojos de Darien se oscurecieron sólo de escuchar aquello. Serena hubiera preferido saltárselo todo para yacer junto a él en la cama hasta que su avión despegara. Despegaría al día siguiente, recordó. Apenas quedaba tiempo.
—¡Oh, Darien!
Darien estuvo a punto de inclinarse para besarla, pero en ese momento se abrió la puerta.
—¡Qué desastre! —exclamó Beryl nada más aparecer.
Darien y Serena miraron a Beryl con una expresión de culpabilidad. Pero la madrastra de Darien no pareció darse cuenta. Parecía desesperada, pero lo peor de todo era que lucía el mismo vestido de tafetán verde lima que Serena llevaba debajo del abrigo. Serena apenas podía creerlo. Que una persona comprara ese vestido era un error, pero que lo hubieran hecho dos era todo un cataclismo, pensó.
Darien y Serena intercambiaron miradas de preocupación.
—¡Han llegado casi la mitad de mis invitados, pero ni rastro del invitado de honor! —se quejó Beryl—. Querida, qué mono —añadió curvando un dedo con desdén para señalar el abrigo—. ¿No quieres quitártelo?
—No, gracias —contestó Serena cortés, comprendiendo que aquella mujer no estaba emocionalmente preparada para el revés.
Beryl se encogió de hombros, luego agarró a su hijastro por el brazo y caminó lastimosamente hacia las escaleras.
—¡Oh, querido Darien! ¡No sabes qué día llevo hoy! ¡Todos mis planes se han echado a perder! —explicó a punto de llorar.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Darien mientras entraban los tres en la suite de Beryl, compuesta por tres habitaciones y un baño—. ¿Has hablado con el señor Black?
—¿Yo? —preguntó Beryl hundiéndose en un sillón atónita, como si aquella idea fuera ridícula—. ¡Yo no le he dicho nada! Pero ese hombre odioso me ha llamado esta mañana así, de repente, gritando como un loco y diciéndome que su hija se había perdido. ¿Y cómo voy a saber yo dónde está esa niñita consentida?
Beryl se enjugó las lágrimas y Darien y Serena se miraron. Endymion no había aparecido por el trabajo aquella mañana, pero aquello no les había parecido raro teniendo en cuenta que había pasado la velada con Mina Black. Sin embargo el hecho de que hubieran sido dos los que hubieran desaparecido cambiaba el panorama por completo.
Serena le tiró a Darien de la manga y lo llevó aparte para hablar.
—No pensarás que se han asesinado el uno al otro, ¿verdad?
—¿Qué estáis cuchicheando vosotros dos? —preguntó Beryl enderezándose en el sillón.
—No, sólo estábamos hablando de Endymion —contestó Darien girando sobre sus talones.
—¿Endymion? Deja en paz a Endymion, cariño. ¿Dónde estará esa fastidiosa Mina? Tú debiste de llevarla ayer a su casa, ¿no?
—En realidad, Beryl, hay algo que debería decirte —Beryl levantó las cejas curiosa—. Es sobre Endymion.
—¿Y qué tiene él que ver con todo esto? —Darien estaba a punto de contestarle cuando Beryl lo interrumpió dirigiéndose a Serena—: Cariño, no sé quién eres, pero me gustaría que te quitaras ese horrible abrigo. Te sienta fatal, y además me estás poniendo perdida la alfombra.
Serena se miró ansiosa y tartamudeó:
—Ah, bueno, bien.
Serena miró largamente a Darien y se quitó el abrigo quedándose delante de Beryl con el horroroso vestido verde lima. Beryl se levantó de golpe del sillón. Parecían gemelas idénticas, y el efecto, en verde, resultaba cegador.
—¿Dónde has comprado ese vestido?
—Una amiga mía lo pidió por catálogo para mí. Era para su boda, yo era la dama de honor.
—¡Dama de honor! —exclamó Beryl como si aquello fuera otro nuevo insulto—. ¡Un desastre! ¡Es todo un verdadero desastre!
Darien trató de calmar a su madrastra.
—Tranquila, tranquila. Puedes ponerte otro vestido —añadió haciéndola sentarse—. Tienes muchos vestidos muy bonitos en tu guardarropa.
Beryl se sorbió la nariz y miró a Serena con una expresión de reproche.
—Pero es que me compré éste especialmente para esta ocasión! ¡Oh, ese Diamante Black! —exclamó como si él y el vestido fueran los causantes de su ruina—. ¡Es un hombre horrible, horrible!
Aquellos improperios sonaban como música a oídos de Darien, pero en el fondo sabía que eran injustificados.
—Lo que iba a decirte, Beryl, es que anoche no fui yo quien salió con Mina Black. Fue Endymion.
—¿Endymion? ¡Pero si tú me prometiste el sábado que saldrías con ella!
—En realidad fue Endymion quien te lo prometió —confesó Darien.
—¡Oh, Dios mío! Pero Endymion no tiene por qué salir con una Black. ¿Es que no sabes cómo trata él a las mujeres? ¡Es como echarle margaritas a los cerdos!
—Lo sé —admitió Darien sintiéndose culpable.
—¡Pero Darien! ¿Cómo has podido hacerme esto a mí? Tú sabías cuánto deseaba yo impresionar a ese tal Diamante Black —se estremeció—. Por supuesto, eso ahora ya no me importa. Ni lo más mínimo. ¡Si hubieras podido oír la forma en que me habló!
De pronto, en la planta de abajo, se escucharon las notas de la primera canción. Beryl se puso en pie de un salto comprendiendo que los músicos habían llegado. Se quitó los zapatos y se dirigió al vestidor, que era casi otra habitación, tras encender un cigarrillo.
—Creo que compré este detestable vestido a través de un catálogo de ese Black. Sí, estoy segura de que fue así —gritó.
Darien atravesó la habitación y tomó el teléfono que había sobre la mesilla. Tenía que encontrar a Endymion, pensó. Llamó a casa de su hermano, pero no obtuvo respuesta.
—¿Crees que debería de llamar a la policía? —le preguntó a Serena.
—Quizá hayan tenido un accidente con el barco —dijo ella—. Quizá estén en algún hospital, en urgencias.
—¿Y crees que podrían estar allí durante veinticuatro horas? —preguntó Darien asustándose más.
Aquello no tenía sentido, pensó. Endymion era una persona responsable, sobre todo con el barco. Nunca hacía el tonto cuando iba a navegar. A menos que hubiera echado el ancla para pasar la noche en alguna parte, recapacitó. Pero era imposible que hubiera echado el ancla con Mina a bordo.
Justo cuando estaba a punto de llamar al primer hospital, el tío Malachite entró en la habitación seguido de Diamante Black. Los dos estaban acalorados y, con sus trajes de etiqueta, parecían a punto de estallar. Malachite vio a Darien y suspiró aliviado.
—¡Darient! ¡Gracias a Dios! ¡Aquí estás! —exclamó señalándoselo a Black—. ¿Quieres por favor decirle a este lunático que no te has escapado con su hija?
Darien miró para arriba y afirmó cortés:
—No me he escapado con tu hija.
—¡Lo ves! —gritó Malachite—. ¿Entiendes? Es lo que yo te decía desde el principio.
—Endymion se ha escapado con tu hija —añadió Darien.
Ambos hombres se volvieron hacia él al unísono.
—¿Endymion?
—¿Cómo es posible? —añadió Black con voz grave—. Tú dijiste que saldrías con ella.
Beryl salió del vestidor con las manos en las caderas.
—Fue Endymion el que nos dijo eso, Malachite —afirmó.
—Bueno, entonces fue Endymion el que nos dijo que Darien saldría con ella —concluyó Malachite confuso.
—No, no fue él. Fue Endymion —explicó Beryl.
Malachite se quedó pensativo, pero Diamante no pudo contenerse:
—¿Acaso me estáis diciendo que ni siquiera sabéis cuál de los dos hermanos es el que ha salido con mi hija?
—Ha sido Endymion —afirmó Serena—. Pero tampoco sabemos dónde está. Estoy muy preocupada.
—No comprendo —musitó Malachite mareado.
—Es natural, lamento mucho su confusión —dijo Serena.
—¿Quién es ésa? —preguntó Black señalando a Serena.
—¡Quién sabe! —exclamó Malachite.
—Yo os diré quién es —intervino Beryl dando un paso adelante con su vestido verde lima, levantándose la falda como para que todos se fijaran en ella.
El teléfono del hospital no dejaba de comunicar, así que Darien soltó el auricular al oír que la discusión se centraba en Serena. Beryl dio otro paso adelante, acercándose a Diamante.
—Esta pobre mujer, igual que yo, es una de las víctimas de tu horrible negocio.
—¿Cómo? —preguntó Diamante perplejo.
—¡Compró ese vestido a través de uno de tus catálogos! —exclamó poniendo un dedo acusador sobre el pecho de Diamante.
—No comprendo qué relación tiene eso con… —se defendió Diamante.
—¡Tiene relación, porque si yo hubiera comprado mi vestido en Shields's la vendedora me habría dicho cuántos vestidos como éste se habían vendido y a quién, y así mis invitados no se habrían presentado en mi casa vestidos igual que yo!
—Tu vestido no es asunto mío —contestó Diamante Black.
Aquella no era la respuesta correcta, pensó Darien. Beryl pareció a punto de estallar, pero para su sorpresa ni gritó ni pegó a Diamante. Recuperó la calma y replicó en un tono helado:
—Puedes apostar a que no es tu problema, porque nunca, nunca más en la vida, volveré a comprarme un vestido en Black´s. ¡Pienso boicotearte!
Malachite estuvo a punto de echarse a reír.
—Bueno, será mejor que nos lo tomemos con calma —rió nerviosamente Malachite—. En cuanto sepamos qué ha ocurrido con Endymion y Maria todo volverá a su cauce.
—Se llama Mina —arremetió Black—, y más te vale que tu sobrino no la haya metido en ningún lío. Y te digo una cosa: aunque aparezcan sanos y salvos dudo mucho de que quiera hacer negocios con esta familia. ¡Sois todos una pandilla de locos! Debería de haber hecho la maleta la noche en que cené con Darien, que es el peor de todos. O al ver las pintas de los empleados de vuestro almacén. ¡Parece mentira! El portero lleva pantalones cortos. ¡Ni siquiera los marines de los Estados Unidos podrían meterlos en vereda!
La puerta se abrió entonces y una rubia vestida de blanco entró rauda atravesando la habitación.
—¡Papá!
El siguiente en entrar por la puerta fue Endymion, que sonreía tímidamente.
—¡Mina, cariño! ¡Mi pobre chiquilla! —exclamó Diamante abrazando a su hija y lanzándole una mirada asesina a Endymion—. ¿Te ha hecho algo ese rufián?
Mina meneó la cabeza riendo y caminó hacia atrás hasta colocarse entre Diamante y Endymion.
—¿Sabes qué, papá? ¡Darien Chiba y yo acabamos de casarnos!
Darien se levantó de la cama como el rayo. De hecho todas las personas de la habitación se quedaron mirando a Mina como si ésta hubiera perdido la cabeza. Endymion le tiró de la manga del vestido.
—Me llamo Endymion, cariño. ¿Recuerdas? Te lo expliqué.
—Ah, es verdad —rió Mina—. Endymion Chiba y yo nos hemos casado.
Darien se sintió aliviado de oír aquello, pero Diamante preguntó:
—Por Dios, ¿qué ha ocurrido?
Mina esbozó una sonrisa tan brillante que absorbió todas las nubes tormentosas de la habitación.
—Endy yo nos hemos enamorado.
Serena y Darien intercambiaron miradas confusas.
—Primero nos quedamos tirados a la deriva en el golfo de México durante toda la noche —continuó Mina riendo—. Se nos acabó la gasolina. ¡En serio! Endymion dijo que estaba seguro de que tenía el depósito lleno, pero tuvieron que venir los guardacostas a salvarnos.
Serena dio un paso atrás sorprendida. El plan había salido exactamente del revés, pensó.
—¿Quieres decir que vosotros dos habéis estado juntos durante… todo este tiempo?
La sonrisa de Mina se desvaneció ligeramente. Se soltó de los brazos de su padre y se agarró a los de Endymion.
—Bueno, al principio Endy estaba de mal humor, sobre todo cuando nos quedamos sin gasolina. Estuvimos peleándonos como locos durante un montón de tiempo. Pero luego yo utilicé mis conocimientos de psicología para explicarle que estaba dirigiendo toda su ira hacia las mujeres simplemente porque estaba traumado por la prematura muerte de su madre. Le dije que lo que en realidad necesitaba era tener a una mujer fuerte a su lado.
—Mina es muy inteligente —dijo entonces Endymion levantando el mentón.
—Pero después, cuando sólo nos preocupaba ya la supervivencia, hicimos las paces —continuó Mina—. No teníamos comida suficiente, ni radio, así que Endy y yo hicimos una hoguera en la cubierta y tratamos de hacer señales de humo.
—¿Y qué quemasteis? —preguntó Darien frunciendo el ceño.
—Nuestras ropas.
El señor Black se puso verde. Mina le dio un puñetazo a Endymion en el estómago.
—¿Te lo imaginas? Para cuando llegaron los guardacostas, los dos estábamos saltando por la cubierta del barco completamente desnudos. Y por supuesto para entonces nos llevábamos bastante mejor.
Mina le echó una miradita de adoración a su marido.
—Esta mañana, después de que nos rescataran, decidimos escaparnos a Louisiana para casarnos —añadió levantando el dedo anular de la mano derecha, en el que lucía un anillo con un rubí—. ¿Lo veis?
—Te lo has montado muy bien para ser la primera cita —comentó Beryl en tono de reproche.
Mina asintió y se echó a reír.
—¡Nunca había sido tan feliz! ¡Siempre dije que me casaría por amor, y ya está!
Serena, atónita aún, no pudo evitar sentirse feliz por ella. E incluso por Endymion. Ambos parecían maravillosa y absurdamente felices, pensó. De hecho la única persona de la habitación que no parecía feliz era el padre de la novia.
—¡Esa historia es la mayor estupidez que he oído en mi vida! —exclamó Diamante—. ¡No puedes escaparte y casarte con uno de estos irresponsables y lunáticos Chiba! ¡No lo permitiré!
—¡Ni yo voy a permitir que hable de mis hijos de esa forma en mi casa! —exclamó Beryl dirigiéndose a Diamante.
—¡Hijos! —soltó Diamante—. ¿Y por qué ibas a defender a dos lunáticos cuando ni siquiera son carne de tu carne?
Para sorpresa de Darien, Beryl parecía verdaderamente enfadada.
—Puede que no sean carne de mi carne, señor Black, pero Endymion y Darien han sido siempre considerados y respetuosos conmigo desde que su padre murió. Hubieran podido abandonarme e ignorarme en venganza porque mi marido me dejara una cuarta parte del almacén. Pero no, siempre fueron amables y comprensivos, incluso cuando cometí el error de tratar de venderte mi parte del negocio familiar. Ahora, sin embargo, no te la vendería ni aunque mi vida dependiera de ello, lo cual, gracias a estos dos lunáticos —continuó señalando con orgullo a sus hijastros—, no es el caso. Puedes agarrar tu dinero y volver por donde has venido, señor Black. ¡No vamos a vender!
Hasta Malachite, que se había mostrado confuso durante el discurso de Beryl, se unió a ella en ese momento:
—¡Así es!
Darien se sintió anonadado ante la defensa de Beryl y aliviado ante aquella decisión. Abrazó a Serena atrayéndola a su lado y le sonrió a Endymion, que levantó el dedo pulgar. Diamante, enfurecido, se colocó el sombrero sobre la cabeza y los miró a todos.
—Antes de volver a St Louis voy a ir a ver al mejor abogado de la ciudad para pedir la anulación del matrimonio. Y luego, cuando esté arreglado, acudiré a la junta de directores y les preguntaré qué les parece lanzar una OPA hostil.
Después de decir aquello, Diamante salió de la habitación dejando tras de sí un silencio cargado. Durante unos segundos los allí reunidos se quedaron atónitos mirando la puerta.
—Yo creo que en el fondo se alegra por mí —dijo Mina a modo de disculpa—. ¿No os parece?
Todos se apresuraron a contestarle que probablemente fuera así, pero Darien estaba nervioso.
—Y eso de la OPA hostil, ¿creéis verdaderamente que…? —preguntó inquieto.
—A veces papá se pone muy cabezota —contestó Mina encogiéndose de hombros.
Aquella era, quizá, una forma demasiado suave de explicarlo, pensó Darien suspirando y mirando a Endymion. Su hermano sonrió.
—Eh, no te preocupes tanto, ahora somos de la familia —intervino Endymion sin tener demasiado en cuenta que Diamante había prometido anular el matrimonio.
—Yo me ocuparé —aseguró Darien recogiendo el abrigo de entre el montón de ropa apilada sobre la cama de Beryl.
Lo mejor era hablar con aquel hombre de inmediato, pensó Darien. Quizá pudiera hacerle comprender que una OPA hostil podía resultar traumática para los recién casados. Además Diamante adoraba a su hija, y ella no iba a tomarse demasiado bien el hecho de que su padre tratara de anular el matrimonio.
—¿Darien?
Al oír la voz de Beryl, Darien se volvió expectante hacia los reunidos. Un escalofrío lo recorrió. Faltaba alguien en aquella reunión, pensó.
—¿Dónde está Serena?
—Se acaba de marchar —dijo Endymion—. Hace un segundo.
—Iba musitando algo sobre un bistec y un baño de burbujas —añadió Beryl.
—¡Pero si ésa es la mujer a la que conocí ayer en la peluquería! —intervino Mina confusa—. Y me dijo que Darien Chiba y ella habían terminado.
Y eso era exactamente lo que había ocurrido, se temió Darien. Durante un segundo había olvidado por completo que aquella era su última noche, había olvidado su fiesta íntima. Se había olvidado de Serena, recapacitó.
Darien salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras. Llegó justo a tiempo para ver la espalda de Serena de lejos, dirigiéndose por entre los invitados hacia el salón. Trató de abrirse camino y, cuando estaba en el centro de la habitación, se vio sorprendido por una mano que lo golpeaba en la espalda.
—¡Darien! ¿A dónde vas tan corriendo? —preguntó Jedite.
—¿Has visto a Serena? —preguntó Darien a su vez.
—Acaba de marcharse como si se la llevara el viento. Me ofrecí a llevarla en coche, pero no quiso.
—Tengo que encontrarla —afirmó Darien.
No sabía cómo compaginaría los negocios con el placer aquella noche, pero se temía que era demasiado tarde y que lo había echado todo a perder.
El salón estaba tan lleno que Serena apenas pudo atravesarlo. Tampoco le ayudó mucho el hecho de que sus ojos estuvieran bañados en lágrimas. ¿Cómo era posible? ¿Cómo había podido volar miles de kilómetros para volver a enamorarse de un adicto al trabajo, de un hombre capaz de olvidar su última cita romántica por una hipotética OPA?, se preguntó.
Por fin alcanzó la puerta de cristal y salió al patio. Altos árboles formaban una bóveda con sus hojas sobre el largo estanque que había en el centro. Casi había atravesado el patio cuando oyó que la puerta se abría tras ella. Darien se acercó corriendo, con las mangas de la camisa arremangadas y el abrigo en la mano.
—¡Serena! —gritó bajo la tormenta. Serena se volvió para mirarlo—. ¿A dónde vas?
—A casa.
—Por favor, sé razonable —imploró él con una expresión angustiosa en los ojos.
—¡Esto ya es el colmo! —exclamó Serena—. ¿Te parece que no soy razonable?
—¡Pero Black ha dicho que va a lanzar una OPA hostil! —continuó Darien con los ojos llenos de dudas.
—¡Está enfadado! —exclamó Serena haciendo girar los ojos en sus órbitas—. No lo ha dicho en serio.
—¿Y cómo lo sabes?
—Está irritado porque su hija se ha casado con Endymion. Antes de que ellos vinieran dijo que no quería tener nada que ver con Shields´s.
—Pero eso no excluye la posibilidad de que lance una OPA.
Serena suspiró. Era inútil, pensó. Darien siempre antepondría el almacén a ella. Él dio un paso y se acercó.
—Escucha, lamento sinceramente haberme olvidado de nuestros planes por un segundo. Me quedé en blanco. Ya sé que íbamos a ir a casa de Lita. Estaré allí lo antes que pueda —prometió.
Serena sonrió sacudiendo la cabeza ante una respuesta que le resultaba demasiado familiar. Por su forma de hablar, Darien podía haber sido cualquiera de sus tres novios anteriores, pensó. Sólo que su corazón lamentaba mucho más oír aquellas palabras en su boca.
—¿Qué ocurre? —preguntó Darien.
—Esperaba algo más de ti, Darien —contestó ella tratando de contener sus temblores—. Creía que estábamos construyendo algo muy especial.
Serena se volvió y comenzó a caminar. Quería desaparecer antes de hacer más el ridículo, pero Darien la agarró del brazo. Aquel contacto le causó un estremecimiento.
—Serena, espera, ¿quieres venir conmigo mientras hablo con Black?
Hubiera encajado mejor una bofetada, pensó Serena.
—¡Oh, Darien!
—¿Qué? ¿Qué he dicho? Ha surgido algo importante, tengo que afrontarlo —explicó Darien.
—Endymion puede afrontarlo, Black es su suegro —contestó Serena.
—Endymion es incapaz de manejar una situación como ésta, hace falta mucha diplomacia —objetó Darien.
—Creo que estás tratando de escabullirte del problema principal, Darien.
—¿Y cuál es el problema principal?
—Nosotros —declaró Serena.
Fue exactamente entonces cuando Serena se dio cuenta de que estaban atrayendo la atención de numerosos extraños. Unos veinte invitados rodeaban a la pareja en el patio, y otros cuantos asomaban la cabeza por la puerta.
Serena se apartó de Darien acercándose al estanque cuanto pudo para ponerse a salvo.
—No te acerques a mí —lo avisó—. Si lo haces saltaré.
—Sólo quiero que hablemos —contestó Darien—. Será un minuto.
Por supuesto, pensó Serena. Bastaba con un minuto. Luego continuaría persiguiendo a Black.
—No hay nada más que decir.
—Serena, yo… —comenzó a decir Darien apretándole el brazo para impedir que se marchara.
Serena, cumpliendo su palabra, se acercó más al estanque. No obstante, Darien no la soltó. Lucharon por un momento y, justo cuando Serena creyó que conseguiría liberarse, Darien la agarró de la mano. Lo que sucedió entonces no le extrañó a nadie. Al tratar de liberarse, ella resbaló y perdió el equilibrio.
Serena movió los brazos en círculo. Darien la agarró para sujetarla, esperando no perder él el equilibrio. Y entonces ella tuvo la sensación de que aquello ya lo había vivido. Sus cuerpos cayeron al agua vestidos con sus mejores trajes, pero Serena encontró por fin la palabra perfecta para describir la situación en la que se hallaba su relación con Darien: tibia.
