9. En casa.

-Para, para. Creo que me estoy mareando.

Y lo hizo. Literalmente. Al segundo estaban cruzando el bosque a una velocidad insana y ahora, Alice se había detenido de golpe, frenando en seco, tan bruscamente que Edward no se bajó de su espalda, se cayó de culo.

-Oh…- musitó llevándose las manos a la cabeza. Todo le daba vueltas. El estómago le daba vueltas. No, más bien lo tenía del revés. Dio gracias por no haber comido porque seguro que con esos movimientos lo que tuviera dentro iba a salir mal parado. Y los árboles… ¿por qué daban tanto miedo? Ahora entendía por qué Bella siempre se quejaba y cerraba los ojos.

Alice comenzó a reírse, haciendo que el bosque se llenara de sus carcajadas musicales. Se arrodilló a la altura de su hermano y le miró a la cara.

-Que asco, Edward. Sudas. Hay algunas cosas de los humanos que me ponen los pelos de punta. Y el sudor es una de ellas.

-Es culpa tuya. Ibas demasiado deprisa. Las ramas estaban a punto de golpearme. Deberías tener más cuidado. ¿Y si una me roza y me hubiera hecho una herida? ¿Qué hubiera pasado si hubiera empezado a sangrar encima de ti?

La sangre. Antes pensaba en la sangre de Bella constantemente, y no solamente por el poder de atracción que tenía sobre él. Para no cortarla con uno de sus dientes cuando simplemente la besaba en los labios, para que tuviera cuidado con los cuchillos mientras almorzaba con él en el instituto, para que no se cortara con un papel cuando pasaba la hoja de un libro,… Pero ahora también debía preocuparse de la suya: al estar cerca de Alice o al estar en casa con su familia, en definitiva. Esa iba a ser una parte realmente dura.

Frunciendo el ceño, Alice miró fijamente a Edward. Si no supiera que no podía, le dio la sensación que iba a leerle la mente, como él hacía antes. Pero no, seguro que sólo se estaba concentrando, mirando qué pasaría en el futuro más próximo para contestar…

-No. Estarás bien. Estaremos bien. ¿Quieres que hagamos el resto caminando a paso humano? Estamos muy cerca.

-Sí, por favor.

Se volvió a reír musicalmente y le tendió su mano que casi relucía a la luz de la luna para que se levantara. Así le guió dónde poner lo pies o por donde saltar entre la frondosa maleza porque sus nuevos ojos humanos no veían muy allá.

-Carlisle y Esme nos están esperando.

-¿Y los demás?

-No, los demás no- dijo escuetamente.

Recurrió automáticamente a su don. Concentrándose como si no supiera lo que Alice pensaba porque lo hacía a un volumen bajo. Después se dio cuenta que ese poder ya no estaba.

-¿Ocurre algo?

Alice frunció el ceño de nuevo para concentrarse.

-Carlisle ha hablado con ellos y cree que lo mejor es que sigan fuera hasta que veamos como vamos tratando eso de que ahora…- se volvió hacia él apartando una rama que estuvo a punto de golpearle en la cara- seas humano. Emmett y Jasper son los más frágiles con la abstinencia de la sangre humana y no quieren ponerte en peligro. Rosalie podría soportarlo bien, pero además de estar enfadada porque hayas tenido el valor de pedir tu mortalidad de nuevo que ella no tiene, prefiere quedarse con los chicos.

Bella tenía razón. Su sabía Bella tenía razón. ¿Acaso lo ponía en duda? Ella era una experta en eso de ser una humana en un mundo de vampiros, en el que él llevaba apenas dos días. Jasper la había atacado cuando una simple gota de sangre salió de un corte de papel y Emmett había sucumbido a matar a humanos varias veces desde que había adoptado la dieta animal. Y claro, también estaba Rosalie, con su remilgo, con su odio a toda la humanidad que ella no tenía, que jamás podía apoyarle en nada.

La cosa se ponía más que peligrosa. ¿Ese era el final que le esperaba? ¿Para eso había sobrevivido a las pruebas de los Volturis para que uno de sus hermanos le atacaran? ¿Por eso le dejaron marcharse con su corazón latiendo? ¿Por qué sabían que no iba a llegar muy lejos?

-Alice… yo…- dudó- lo siento.

-¿El qué?- dijo divertida.

-Que… Jasper esté fuera y… Emmett. Incluso Rosalie. No pensé esto. No creí que con mi decisión os hubiera hecho infelices.

-Oh, tonterías. Todos estamos muy felices que lo hayas logrado. Tú nos pediste que lo respetásemos y lo hemos hecho. Sólo es cuestión de tiempo. Como cuando empezamos a acudir al instituto, ¿recuerdas? Si todos pudimos resistirnos a matar a nuestros compañeros de clase, también podremos resistirnos a matarte a ti- y le guiñó un ojo- Vamos, Carlisle y Esme están impacientes.

Y como si nada, como si ahora la frase matarte a ti tuviera el mismo significado que antes y no le pusiera nervioso de golpe y le hiciese sudar en frío, movió otro ramaje que le permitió ver la mansión en medio del bosque. Todo estaba iluminado, el coche de Carlisle estaba aparcado en la entrada del garaje y dos figuras esperaban quietas como estatuas en el porche, una más alta que la otra, menuda y delgada, que la cogía de los hombros.

Su corazón saltó de alegría. Y sintió ganas de correr en la oscuridad hacia ellos con los brazos abiertos.

Ellos no podrían darle miedo. Ni como los Volturis ni como Alice con sus bromas macabras. Carlisle tenía una inmunidad completa al olor de la sangre que había perfeccionado a lo largo de los siglos y la bondad de Esme le impedía matar. Apenas lo había hecho en un par de ocasiones en sus primeros tiempos como neófita y aún hoy, 90 años después se arrepentía.

Y ahora, más que nunca, eran sus padres.

Siempre los había visto como tal. Sobre todo a Carlisle. Él representaba toda la sabiduría de ambos mundos y su rol a seguir. Había leído su mente durante 90 años, con él había perfeccionado su don, y nunca, jamás, vio un pensamiento impuro o poco sincero en él. Era compasivo y ayudaba a los seres humanos – lo que era él ahora – luchando contra su propio interior, lo mismo que Esme, que le veía como su hijo real, aunque teóricamente él hubiera renacido tres años antes que ella, y lo amaba y quería incondicionalmente. Con ellos, fuera lo que fuera lo que iba a ocurrir con su nuevo yo humano, no tenía nada que temer.

Apenas musitó sus nombres cuando los divisó para que los dos se movieran. Carlisle soltó a Esme que bajó las escaleras del porche dirigiéndose a él como los brazos abiertos moviéndose de una manera humanamente lenta, seguro que para no asustarle, y sollozando algo, como si de sus ojos pudieran salir lágrimas.

-Edward- volvió a musitar, ahora a un volumen audible para su oído humano- Lo has conseguido. Estoy tan orgullosa de ti.

Iba a decir algo como "gracias" o "yo también lo estoy de vosotros por haberme apoyado" o incluso "ahora me siento humano del todo porque ya estoy en casa", pero él si podía emocionarse y antes de que se diera cuenta, sollozó. De su garganta salió un sonido ronco muy extraño y notó que los ojos le picaban más que antes y que empezaban a empañarse, a segregar algo caliente que le cruzó las mejillas que le ardían con la fuerza de la gravedad hacia el suelo.

¿Qué era eso? ¿Una lágrima? Había visto a Bella llorar y emocionarse decenas de veces. A humanos llorar en películas, en sus mentes y en sus recuerdos. Pero no sabía lo que debía de sentir. Porqué no podía tragar, qué era esa presión en el pecho y por qué los ojos parecía que se le iban a salir de las cuencas.

Se quedó quieto en la mitad del camino y se llevó las manos a la cara. Sí, eran lágrimas, calientes y saladas y brotaban de sus ojos.

-Edward, hijo- añadió- Ya estás en casa. Ahora, todo irá bien.

Él sólo acertó a sorber la nariz – que le dejó una presión muy incómoda en el punto donde se juntaba con la frente – y abrió los brazos también para aferrar a Esme, dura y fría como Alice. Esta le meció, le besó la mejilla, cuyo contacto con sus labios le hizo sentir una leve descarga y le acarició los cabellos.

-Os he echado de menos. Creí que no lo lograría- musitó.

-Pero lo hiciste. Eres muy valiente. Y mírate. Estás aquí, tu corazón late, como el de Bella. Y eres cálido. Y lloras.

-Oh, no, no- sorbió la nariz de nuevo, para soltarla y limpiarse la cara- no lloro. Es… sudor. Y a Alice no le gusta mucho.

-Es absoluto- replicó ella desde su espalda.

Ambas se rieron para que Esme volviera a besarle la mejilla con su descarga eléctrica para tomarle de la mano y volverle a Carlisle.

Sus primeros ojos humanos le recordaban así: Con su planta perfecta, elegante e imponente, con su mirada dorada y el cabello rubio peinado con ondas hacia atrás. Solamente le sonrió y sacando las manos de los bolsillos de su chaqueta, bajó las escaleras, despacio y grácil para llegar a su altura y abrazarle también.

-Bienvenido a casa, hijo.

-Gracias, papá.