El silencio instaurado en aquel vehículo era interrumpido por el constante sonido de cláxones así como de personas impacientes por continuar hacia sus diversos destinos. La burbuja en la que había convertido ese momento único desapareció del mismo modo en que se creó, sin previo aviso, dejándolos descolocados, como si todo lo que había ocurrido fuese producto de sus imaginaciones, un simple espejismo creado en mitad de un desierto.
- Castle, el semáforo – le indicó la inspectora haciendo que este se girase y se diese cuenta del motivo por el que había provocado un considerable embotellamiento.
- Aun no has respondido a mi pregunta, Kate – le apremió, esperando que esta contestase antes de que la insistencia del resto de conductores fuese mayor.
- Es que no es el lugar más oportuno para hacerlo. No me gustaría que tuvieran que venir compañeros del gremio para que desalojes la carretera. Creo que no habrá ningún problema si te respondo en el loft.
- Tengo una idea mejor – una sonrisa asomó en sus labios mientras arrancaba.
- ¿Qué se te ha ocurrido ahora? - preguntó temerosa. Conociéndolo, podía haber pensado en alguna locura que no quisiese que supiera hasta que la viera para que de ese modo no se pudiese oponer
- Ya lo verás – le respondió centrando su atención en la carretera para evitar que tratase de sacarle más información.
El escritor no dejaba de pensar en cuál sería su respuesta, en si había sido el momento adecuado para proponérselo, en el rumbo que tomaría su matrimonio después de hacer dado un paso más, en las consecuencias que podría traer consigo. Su mente era un mar de dudas, de preguntas sin respuestas, de incertidumbres que decidió dejar apartado en algún rincón de su cerebro.
Por su parte, la inspectora se sumergió en sus propios pensamientos, aquellos que les había generado la inesperada pregunta de su marido. Resultaba complejos ponerlos en orden y llegar a una conclusión clara y concreta cuando la pregunta le había resultado de lo más inesperada.
De ese modo, el resto del trayecto continuó en el más absoluto de los silencios. Cada uno permanecía sumido en sus propios pensamientos tratando de darle formas de algún modo.
- Ya hemos llegado – dijo el escritor después de alrededor de veinte minutos conduciendo.
Beckett no necesitó explicación alguna para saber dónde la había llevado. Conocía ese olor a hierba recién cortada, esa humedad que se respiraba creando un microclima en pleno centro de Nueva York, ese color en distintas tonalidades de verde y esa paz que solo un lugar como aquel capaz de reportarle. Unos simples columpios ocupaban el centro de su visión. Para muchos no significaría más que un elemento de juego y diversión de los más pequeños, el lugar que todo niño querría pisar, el centro de las risas inocentes, la zona donde compartir una tarde con aquellos que siempre nos sacan una sonrisa. En cambio para ella tenía un significado muy distinto del que comúnmente solía generar. Esos columpios rodeados de vegetación a su alrededor le transmitía paz, tranquilidad, calma, serenidad. Era el lugar idóneo para dejar volar la mente, para pensar, para aclarar las ideas, para desconectar del mundo y perderse en algo tan simple como la sonrisa que el balanceo de un columpio puede arrancarte. Ese lugar que podía parecer común e incluso rutinario para muchos, para ella tenía un tinte romántico desde que aquel columpio se convirtió en el lugar de ambos. Algo tan sencillo como un columpio, ese columpio, le hacía sonreír al recordar la infinidad de momentos vividos allí.
Castle se dirigió hacia el columpio para sentarse en el izquierdo y ella lo imitó. Ambos permanecieron en silencio, sin atreverse a romperlo para decir alguna banalidad que pudiese estropear el momento. Sus pensamientos volaban libres, tratando de encontrar un camino por el que encauzar la conversación.
- Lo siento Kate – un hilo de voz apenas audible rompió la quietud. Al ver incomprensión en el rostro de la inspectora, Castle se apresuró a continuar – Siento si te pido demasiado con esto. Llevo mucho tiempo pensando el modo de decírtelo y sé que no ha sido el mejor. Una vez armado de valor decidí seguir adelante. No lo pensé, quizá debí haberlo hecho.
- ¿Qué es lo que te daba tanto miedo de hacerme la pregunta? - Beckett rozó delicadamente la mano de su marido con la suya y entrelazó sus dedos con los de él en un intento por tratar de que se relajase.
- No lo sé. Supongo que creí que si no era el momento adecuado y te lo proponía, descartases por completo la idea, no queriendo volver a saber nada de ella. Tenía miedo de que creyeses...
- ¿Qué? - le instó a continuar al ver como Castle permanecía con la cabeza gacha como si tratara de esconderla cual avestruz.
- Que no me dabas lo suficiente y por eso quería un bebé, cuando es justo lo contrario. Kate – Castle tomó las manos de Beckett y encaró su columpio al de ella – eres lo mejor que me ha pasado en la vida junto a mi hija. Eres la única mujer que no me ha hecho pensar en sentar la cabeza, porque directamente lo hice. Luché por ti, seguí a tu lado cada día sin saber si llegarías alguna vez a sentir lo que yo sentía por ti, pero sentía que así debía hacerlo, que tú lo merecías. Kate, me das todo lo que podría desear y soñar...
- No tenías que convencerme de nada, Rick – Castle la interrogó con la mirada – Hace algunos meses que siento que ha llegado el momento de formar una familia a tu lado. Si no lo compartí contigo fue porque necesito encontrar un equilibrio entre mi vida laboral y la personal. No quiero tener un hijo para perderme su infancia y que sea una niñera quien la viva a su lado. Quiero tener un hijo y que seamos los dos quienes lo eduquemos y cuidemos.
- Entonces... ¿es un sí? - le preguntó ansioso.
Beckett no pudo evitar sonreír ante la expresión de alegría que reflejaba su marido.
- Es un sí. Quiero tener un hijo contigo, Rick.
Castle, que rebosaba felicidad, atrajo el columpio de su mujer al suyo y la besó con ímpetu, haciéndole saber la inmensidad de emociones que corrían por él en pequeños susurros en su oído.
A su alrededor el mundo continuaba girando con normalidad, ajeno a lo que aquella pareja estaba viviendo. Las familias pasaban por allí sonriendo ante la estampa de dos adultos transformados en adolescentes viviendo su amor en los columpios. Lo que nadie sabía es que una decisión muy importante había sido tomada, una que cambiaría para siempre la vida de aquel escritor y su musa.
- Se está haciendo tarde – Castle apoyó su frente en la de su mujer, incapaz de separarse de ella – Será mejor que volvamos al coche. Esta noche hay mucho que celebrar.
El escritor se levantó del columpio con una sonrisa y le tendió la mano a la inspectora, quien la tomó correspondiéndole con otra sonrisa igual más amplia que la de él.
Beckett parecía flotar en una nube mullida y suave. Animada por la conversación mantenida con Castle, la inspectora no paraba de hablar con su marido de sus intenciones de pasar menos tiempo en la comisaría cuando tuvieran al bebé, algo que a él le hacía sonreír como un tonto al saber que tendría más tiempo para disfrutar de su mujer.
Castle le tendió la mano a Kate para bajar del coche cuando llegaron al loft. Poco acostumbrada a esa galantería en él, se sorprendió alagada por aquel sencillo y pequeño gesto. Tomados de la mano, caminaron hacia el que era su hogar.
La inspectora se acercó al sofá y se dejó caer en él, golpeando suavemente el mullido inmueble para que el escritor se sentase a su lado. Castle hizo lo que le pedía, atrayéndola hacia él. Ella apoyó la cabeza en el pecho de su marido, siendo envolvida por los protectores brazos de él mientras escuchaba el rítmico latir de su corazón.
- Podría pasarme horas así; aquí; contigo – le susurró Beckett sin pensarlo, dejando aflorar sus sentimientos, algo que, aun llevado varios años juntos, no solía hacer normalmente.
Conocedor de ello en primera persona, Castle trató de hacer una fotografía en su cabeza en la que guardar aquel mágico momento, aquel que no se volvería a repetir, al menos no del mismo modo ni con la misma intensidad. Esos segundos en los que Beckett dejaba al descubierto su alma sin ninguna coraza que pudiera protegerla, le hacía sentir que no era merecedor de ella, que poseía una belleza interior que él jamás tendría. Sin embargo, esa bondad que había descubierto en su mujer le enseñaba que él era la única persona a la que se había abierto completamente tras demostrarle su infinito amor hacia ella.
- Deberíamos arreglarnos si queremos salir a cenar – Castle usó el mismo tono de voz que Beckett había empleado segundos antes, resultando cálido, dulce.
- Se me está ocurriendo una idea mejor que nada tiene que ver con cenar. Eso podríamos dejarlo para otro día – Beckett giró su rostro encontrándose con los ojos de Castle que la atravesaban, haciéndola sentir vulnerable ante él. Aun así, trató de centrarse en el juego que había comenzado - ¿Te imaginas a qué me refiero? - le susurró traviesa el oído.
Castle tragó sonoramente y negó con la cabeza, pese a saber perfectamente a donde conducía aquel juego. Esta vez prefería que fuese ella quien llevase el control.
- ¿Ah no? - la inspectora se separó de los brazos del novelista y se sentó de tal modo que sus ojos quedasen enfrentados – Me preguntaba si esa propuesta tuya tenía una fecha implícita – la excitación lo estaba llevando a límites insospechados, impidiéndole hablar – Ya veo... Que pena. Había pensado que podríamos comenzar hoy mismo a buscar ese bebé, pero si no tienes prisa... - lo provocó y se levantó del sofá, dándole la espalda mientras una traviesa sonrisa se escapaba de sus labios.
Unos cálidas manos atraparon su cintura y la hicieron girar antes de que los labios de él atrapasen los suyos con urgencia en un beso que los encendió, avivando esa llama que con sus juegos había prendido.
La insistente melodía del teléfono móvil unida al retumbar que provocaba sobre la madera de la mesita de noche la vibración del mismo, causó que el matrimonio se despertase, removiéndose entre las sábanas que los cubrían.
- ¿Quién llama a esta hora? - preguntó Castle abrazado al cuerpo de Beckett.
La inspectora se giró, quedando frente al móvil para ver quien la había despertado.
- Javi, espero que tengas una buena excusa para llamar a estas horas – le soltó malhumorada.
- Beckett, son las nueves de la mañana. Ryan y yo llevamos una hora esperándoos en comisaría. ¿Se os han pegado las sábanas? - su tono pasó del serio propio de un inspector al bromista propio de un amigo.
- Espéranos allí. Estaremos en media hora – le respondió dando por finalizada la broma – Castle...
- Mmm...
- Castle, levanta – tironeó de él tratando de que abriese los ojos – Nos hemos quedado dormidos. Vamos – volvió a jalar de él – Tenemos que irnos.
- ¿No podemos darnos una ducha antes? - preguntó arrastrando las palabras, aun somnoliento.
- No, eso lo tendremos que dejar para la noche. Nos esperan en media hora.
- Al menos podrías no ser tan peleona y darme un beso de buenos días, ¿no te parece?
- Ay de verdad, no sé para que acepté tu propuesta si contigo ya tengo el lote completo de marido y niño pequeño.
- ¿Cómo has dicho? Ahora te vas a enterar – Castle se abalanzó sobre ella, haciéndole cosquillas mientras le daba pequeños besos por su cuello, aumentando esa sensación de hormigueo por todo su cuerpo - ¿Me darás ahora mi bes? - le preguntó después de lo que él considero una suficiente sesión de cosquillas.
Beckett se acercó a él y le dio un dulce beso. Por más que intentase negarse a sus peticiones, lo cierto es que no podía resistirse. Le encantaba sus besos, sus caricias, sus juegos y aunque tratase de ponérselo difícil, finalmente no podía hacer otra cosa que ceder y entregarse a él por completo.
- Ahora debemos irnos. No me gustaría tener problemas con Gates recién comenzado el día.
Castle suspiró, sabiendo que para ella eran tan poco agradable como para él el tener que salir de la cama y del calor que sus propios cuerpos se daban. Pero debían ser responsables. Había trabajo que hacer y asesinos que atrapar.
Media hora después, los detectives Ryan y Esposito veían salir del ascensor a Beckett y Castle hablando entre si como si aquella fuese la hora normal de llegada al trabajo.
- Se está convirtiendo en un rutina. Otra noche movidita, ¿eh pillines? - Esposito no podía dejar de sonreír mientras seguía con las bromas.
Ryan se acercó a sus compañero, sentándose en el borde del escritorio, para seguir con el juego que este había empezado.
- No es de extrañar tío. Aun estarán recuperando todo el tiempo que perdieron.
- Jajaja, muy gracioso – se burló de ellos Castle.
- Ya vale chicos – les advirtió Beckett a los inspectores para que dejasen sus bromas – Tenemos mucho trabajo que hacer. ¿Tenemos ya la orden?
- Llegó hace... - Ryan consultó su reloj de pulsera – 50 minutos exactamente. Os estábamos esperando para acercarnos a la casa de Morgan.
- Pues vayámonos – Beckett tomó la chaqueta que segundos antes había dejado en la silla de su escritorio y se dirigió junto a Castle al ascensor.
Morgan vivía a escasos diez minutos de la comisaría, aun así decidieron evitar las grandes avenidas para no encontrarse con posibles embotellamientos.
Un barrio que denotaba cierto poder adquisitivo era el lugar que el inspector fallecido había elegido como residencia.
- Me pregunto como podría pagar una casa en esta zona – dijo pensativo Castle mientras Beckett buscaba una zona donde poder aparcar.
- Morgan trabajo durante años para el FBI. Supongo que eso lo explica.
- ¿Y por qué lo dejo? - preguntó con curiosidad Castle.
- Secreto de El Estado de Washington. Nunca preguntes nada acerca del FBI porque jamás obtendrás una respuesta, o al menos no como la esperas.
Castle asintió.
Ryan y Esposito fueron los primeros en entrar en la viviendo, seguidos por Beckett y Castle, quien cerraba el grupo.
- Buscad cualquier cosa que nos pueda dar una pista sobre lo que estaba tramando Morgan: objetos extraños, cintas de video sospechosas, documentos con alguna relación a las víctimas del caso, ... Lo que sea.
Todos asintieron. Esposito tomó uno de los pasillos que partía de la estancia principal, el salón, hacia la izquierda. Por el contrario, Ryan eligió el camino hacia la derecha. Beckett, seguida de Castle, continuaron hacia delante.
La casa constaba de una planta con numerosas habitaciones que partían todas de una central, el salón. Cada una de ellas estaba ambientada en un lugar (el salón de estilo parisino, la habitación de invitados con motivos de Londres, la cocina al estilo hindú, …) pero todas ellas guardaban algo en común: las tonalidades en blancos y marrones que daban dando una sensación de amplitud y luminosidad. La casa estaba rodeada de lujo.
- Esto no me huele bien, Beckett.
- ¿A qué te refieres?
- No sé lo que cobra un agente del FBI, pero algo me dice que una persona con ese cargo no podría permitirse esta casa.
- ¿Quieres decir que estaba metido el algo turbio?
- Esa es la sensación que a mi me da.
- Me cuesta creerlo, pero tengo que admitir que yo tengo la misma sensación que tú. Esta vez, y sin que sirva de precedente, no me parece disparata tu teoría.
Ambos siguieron caminando, deteniéndose en cada estancia por la que pasaban para estudiarlas con detalle en busca de algo que permitiera desenmarañar ese ovillo que se estaba formando de dudas y sospechas.
La última estancia se encontraba cerrada, a diferencia del resto. Beckett giró el pomo de la superficie de madera, pero de nada sirvió. Parecía estar cerrada con llave.
- Aparta Castle.
No necesitó que se lo repitiera. La había visto actuar muchas veces y sabía lo que venía a continuación. Simplemente obedeció, echándose a un lado. Un estruendo retumbó en la casa tras Beckett abrir la puerta con una patada.
Ninguno de los dos esperaban ver lo que aquella estancia les tenía preparado, esperando pacientemente a que alguien lo descubriera. Los dos se quedaron paralizados delante de la habitación, contemplando lo que ante sus ojos se presentaba sin dar crédito. Ambos enmudecieron, sorprendidos por el descubrimiento que acababan de hacer.
- Ryan, Esposito, venid. Hemos encontrado algo - gritó finalmente Beckett, tratando de hacerse dueña de una situación de la que nunca se hubiera imaginado que fuese a ser protagonista.
