Si algún día decides volver

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Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia. Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos. La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.


Recomiendo Gods & Monsters de Lana del Rey.

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IX

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Isabella POV

Me abrazo a mí misma en el cuarto pobremente decorado, mirando hacia un punto inexistente. Mis manos tiemblan y se sienten débiles al igual que mis piernas, como si tuviese fatiga. Es la rabia lo que me mantiene de esta manera, y el dolor, sí… El dolor…

Me toco el vientre y cierro los ojos un momento. Forjé un camino de hielo toda mi vida, esperando a que el sol lo calentara hasta derretirlo, pero ahora sé que el único sol capaz de hacerlo es Edward. Él es el sol que derrite mi hielo. Ahora no sé qué puedo pensar con respecto a esto, tampoco sé que pensar con todo lo sucedido hace solo minutos.

Carmen se atrevió a profanar el recuerdo de mi embarazo, el que apenas duró dos meses. Me arrepiento tanto de haber sido débil, de no haber podido protegerle de las garras bestiales de mi padrastro. Sé que es mi culpa, porque si tan solo le hubiese dicho a Edward en su debido momento… Ahora es muy tarde, él nunca lo supo y no tiene por qué saberlo.

Me limpio la nariz con la mano y me levanto a duras penas del suelo. Debo ser fuerte pase lo que pase, no dejarme caer por los ruidos de mi pasado. Sé que será difícil con Edward a tan cerca, con el hecho de que en realidad no está muerto.

Comienzo a reír de felicidad, una felicidad que nunca jamás había podido sentir.

—Está vivo —susurro—. Gracias Dios —miro al techo y junto mis manos.

Con saber de su bienestar mi corazón se tranquiliza. Necesito hablar con él, decirle que lo siento mucho, que realmente le quise y que todo lo que pude haberle dicho con anterioridad solo era pasado. No sé si decirle la razón por la que hui, aunque al haber sido el padre de aquel pequeño le da el derecho.

Pero hay algo que está completamente claro entre nosotros, y es que, precisamente, nunca habrá un 'nosotros'.

No puedo permitírmelo.

Reviso la guía telefónica que guarda mi madre celosamente debajo de su cama. Siempre lo hace. Eso me saca una efímera sonrisa porque me trae recuerdos. Reviso las páginas y encuentro el número de un cerrajero para que cambie la chapa de cada puerta. Le llamo y él me contesta enseguida.

—Cerrajería Weber —contesta una mujer.

Le doy las coordenadas de la casa y ella ya sabe quién es la dueña. Bien. El pueblo sigue siendo una caja de fósforos donde todos se conocen. Terrorífico.

Se supone que el cerrajero llegaba en unas horas más, o sea casi a la cena. Supongo que no comenzará a trabajar enseguida.

Entro a la habitación de mi madre y reviso el lugar que aún huele a ella. Espero que vuelva pronto a esta casa, pues quiero quedarme con ella hasta que se encuentre mejor. También puedo llevármela a conocer Los Ángeles, que vea el mar y el sol en todo su esplendor. Sonrío y siento un poco de ansiedad por verla, quizá era solo lo que le hacía falta a mi vida… Amor. Ver a mi madre y saber que jamás se sintió asqueada de mí sino orgullosa de todo lo que hecho, sea bueno o malo, me aumentaba el aire de los pulmones y me reanimaba a seguir con mi vida mierda.

Un sudor frío recorre mi nuca cuando recuerdo mi intento de suicidio. Cierro mis ojos y me reprendo internamente. Gracias a Dios no sucedió, sino hubiese muerto sin saber que mamá estaba tan orgullosa de mí. Diablos… Hubiese muerto pensando que Edward estaba muerto.

Carmen no se quedará tranquila y eso me asusta, la maldad es lo último en morir. No puedo escapar, debo estar aquí para mi mamá… Y la perspectiva de ver a Edward nuevamente me eriza los vellos del cuerpo. Verlo tan vivo, tan adulto… Está tan lindo, tan cambiado en muchos sentidos.

¿Habrá estado con otra mujer en estos largos años? La simple idea me revuelve el estómago y yo me odio por aquello. Él no es mío, nunca lo fue, sí estuvimos cerca de tener nuestro propio pedazo, pero eso quedó en el pasado.

Vuelvo a tocar mi vientre y cierro los ojos un momento. Carmen ha vuelto a abrir la herida que estaba ya cerrada, haber perdido al único ser realmente mío fue la peor herida de todas y no pude perdonármelo hasta hace muy poco. Por eso y mucho más me fui, el aborto que Phill me provocó fue la gota que rebalsó el vaso de mi aguante, le soporté tantas humillaciones, tantas palabras, tantos episodios de violencia, pero su homicidio jamás.

Cuando salí del hospital y el médico me explicó que había sido un aborto espontáneo —claro, espontáneo—, no pude ver a Edward por mucho tiempo. Me tomó mucho tiempo darme cuenta que no podía seguir pisando el mismo suelo que él, sabiendo todo el daño que nos habían hecho a Edward y a mí, él sin saberlo.

Ah. No puedo superarlo, pero sí aguantarlo. Diez años, já, diez años con eso en mi mente todo el tiempo, muchas veces creyendo que lo había olvidado. Ahora Carmen logró abrir la herida y ésta está supurando.

Me encojo de hombros, respiro hondo y paso los recuerdos hacia otro lado.

Me meto a mi antigua habitación y otra vez lloro. Es doloroso. Mucho. Estar separada de tus raíces, sufrir por tanto tiempo, dormir en camas extrañas y luego volver a lo que realmente fue tu hogar… La sensación es indescriptible. Soy como una niña luego del largo viaje en vacaciones, regresando al nido…

Me siento en la cama de pobres edredones amarillentos, el polvo salta y forma pequeños vahos que vuelan por el aire. La luz me da en la cara, la ventana es grande e ilumina por completo la pequeña habitación. Las paredes están desnudas, pero recuerdo que hubo muchos dibujos en la pared izquierda. Phill los debe haber sacado antes de irse y dejar a mamá sola.

Debajo de la cama hay una caja muy rota y pisoteada, aunque su interior está intacto. Soy tan masoquista que me inundo de los recuerdos que hay dentro. Fotografías, escritos, cartas y dos soquetes de color azul; son de bebé, yo misma los tejí cuando supe de mi embarazo. No los quise botar cuando le perdí, aún creo que es parte de mi vida y de mi historia.

Las fotografías más viejas son de mi padre biológico, el que me botó por el alcohol. Charlie Swan. Me buscó un par de veces, pero no le acepté sus peticiones. Ni Phill, ni Charlie, ni ningún hombre, ninguno merecía mi respeto. Mama decía siempre que él era egoísta y por eso le dejó.

Cuando era pequeña me buscaba y me regalaba dulces, mamá se asustó y le prohibió acercarse a mí.

El cielo se ha despejado y sale el sol de inmediato. Un milagro. Necesito salir, me estoy volviendo loca en esta casa. Me pongo un abrigo y meto los soquetes de bebé en el bolsillo. Corro hasta mi carro, saco las maletas y las guardo en mi habitación. Al instante me meto al auto y manejo hasta el único lugar que me relajará al completo. Sí, sigo siendo masoquista, pero no voy a ese lago hace mucho tiempo.

Portland, salida poniente. Son las cinco de la tarde, el cerrajero llegará a casa más tarde. Tengo tiempo suficiente para esclarecer mis pensamientos. El cielo sigue alumbrando con su sol brillante, está un poco abajo, lo que me avisa que muy pronto oscurecerá.

Paso por Portland, donde no hace tanto frío. Aún siguen aquellas tiendas de dulces, no se han ido a pesar de que muy pocas personas pasan por aquí. Aparco en la pradera, junto a las piedras. El campo está lleno de flores silvestres, coloridas y desparramadas por las pisadas de unos individuos. No le doy importancia y sigo aquel rumbo, admirando desde lejos el tranquilo horizonte de la laguna.

El agua es parduzca, pueden verse las piedras de la orilla y luego la arenilla que hay más al fondo. En el lado izquierdo hay un sauce y en la rama cuelga una cuerda gruesa. Sonrío con nostalgia ante aquel pedazo inerte; Edward la puso ahí cuando ambos teníamos 16 años.

"—Tienes que agarrarte fuerte de la cuerda, sino te caerás —exclamó Edward desde el lado más profundo de la laguna. Él es alto, por lo cual el agua no le llegaba más allá de los muslos.

¡Sabes que no sé nadar, Tony! —vociferé con las rodillas temblando.

¿No confías en mí? —rodó los ojos—. Yo te atraparé cuando caigas al agua.

No era que no confiara en él, solo temía mucho de golpearme en alguna parte del cuerpo.

Cuando cuente hasta tres.

Estiré los brazos unos segundos y luego enredé la cuerda en mis manos.

Si me llega a suceder algo…

No permitiré que te hagas daño, Bella, recuérdalo —dice con un tono cansino, pero divertido.

Asentí, cerré mis ojos y me impulsé caminando hacia atrás, enseguida volviendo hacia delante y volando con la fuerza de la cuerda. Sentía cómo el viento chocaba contra mi rostro, el sol que me hacía ver anaranjado a pesar de que tenía los parpados apretados, luego los brazos de Edward y el agua salpicando contra mi cara.

Abrí mis ojos y lo encontré observándome profundamente. El dorado de sus ojos era como la miel derretida y brillante, suave y dulce. Le sonreí y él también a mí.

¿Ves que jamás permitiría que algo te hiciese daño?"

Aún no sé por qué dejé pasar tanto tiempo, por qué demoré tanto en aceptar lo que sentía por él. Cuando algo se te escapa de las manos y ya no lo tienes para asegurarte de su presencia, valoras mucho más lo que pasaste con él. Eso me sucedió a mí. Permití que el tiempo pasara, permití que Emmett se adueñara de mí por mucho tiempo, mientras veía a Edward sufrir en los rincones. Pienso que, al no haber sentido demasiado con Emmett, me apreciaba mucho más segura, si me acercaba a Edward era como acercarse al remolino de emociones que yo no quería sentir.

Y fue que, un día como cualquier me levanté de la cama, con un sol fuerte atravesando mi ventana, vi a Edward parado fuera de mi ventana desde la primera planta. Sonreí como nunca lo había hecho, repasando mis ojos en su cuerpo y en su rostro. Mi corazón bombeó con fuerza y la sangre llegó hasta cada punto de mi cuerpo. Me sonrojé y agradecí que él estuviese a través de la ventana para no notarlo.

Luego de aquello mamá me avisó que él había llegado y que esperaba en la sala. Me vestí con nerviosismo, esperando a no parecer tan fea ante su mirada. Luego me sonrojé más por eso y negué con la cabeza. Ahí supe y logré aceptar que él era el único que me preocupaba, tanto en su opinión, su forma de verme y sus sentimientos hacia mi persona.

Aquel día dejé a Emmett y él se molestó mucho como también yo me molesté con él. Emmett McCarty iba a ser médico, ese era su sueño, mientras que mi único sueño era vivir en una cabaña alejada de la ciudad, escuchando mi música favorita y, si es que podía, con los hijos que tendría en un futuro próximo.

No éramos compatibles en lo absoluto, pero él alegaba quererme.

Edward se mostró feliz cuando le conté. Le acompañaba durante semanas hacia la laguna mientras él pintaba y miraba hacia el horizonte con los ojos empañados en emoción. Sabía muy bien que mi presencia le hacía sentir tranquilo, que me quería mucho, demasiado quizá. Fui egoísta, porque pensé solo en mis sentimientos y me atreví a acercarme a él cuando solo me sentía sola y sabía que él no iba a atreverse a nada malo.

Pasaron los días y lo besé, una cosa dio a la otra, la ropa sobró y…

Mis entrañas se remueven al recordar, puedo vomitar mariposas ahora mismo. Pero, Dios, jamás había recordado con tanta viveza cada beso de sus labios en mi cuerpo, sus caricias delicadas, su mirada esperando a mis gemidos.

Quería ser amada y él me amó, pero la maldad ganó y me separó de Edward.

Me siento en la tierra elevada junto al sauce, acerco mi cabeza al tronco y suspiro pesadamente. Aprieto mis rodillas a mi regazo y me aferro a mí misma para no llorar. Sé que tengo ganas de sollozar, de quitarme los sentimientos de dentro, pero no puedo vivir toda mi vida pensando en lo que fue cuando me queda vida para un habrá.

Suena ilógico cuando hace tan solo unos días planeaba quitarme la vida, pero ahora siento que me puede esperar algo, sobre todo ahora que tengo muchas cosas por hacer.

Fui tan tonta al haber dejado que lo de Edward y yo haya ido tan lejos, pero estar en sus brazos era el momento más feliz de mi vida. Él no le temía a Phill, pero yo sí. Llegar a casa luego de estar con Edward era un martirio.

Phill es obsesivo, lo era mucho más hace diez años. Una vez comenzó a olerme para declarar que había pasado todo el día cogiendo con Edward. Mamá negaba con la cabeza, miraba de lejos mientras él tiraba de mi cabello y me lanzaba a mi habitación para que me encerrara y rezara a Dios. Mi madre esperaba a que terminara y lloraba amargamente, demasiado cobarde para interferir en la prepotencia de un hombre que no tenía siquiera mi sangre.

Y lo más gracioso era que aquella vez que me decidí a entregarle mi pureza a Edward, la única vez que cogí con él, Phill no estaba en casa. Odiaba el término coger cuando era con amor, no sabía por qué mi padrastro utilizaba esa palabra cuando aquel momento entre Edward y yo había sido tan hermoso.

Semanas más tarde comencé a vomitar y todo se fue a la mierda. No me cuidé y ese fue el gran problema, aunque… no era un problema en sí, yo estaba feliz y asustada, qué estúpido. El problema era Phill…

Niego con mi cabeza y sacudo mi cuerpo con un sollozo. En un tiempo atrás fui una mujer tan soñadora, pero de eso no queda nada. Todas esas ilusiones e ideas de mi cabeza se estancaron en cuanto pisé Nueva York, cuando dejé todos mis recuerdos y deseos en la butaca debajo de mi cama, en Forks.

El viento azota mis cabellos y el pañuelo que tengo en mi cuello sale volando junto a algunas ramillas que quedan del otoño pasado. No le doy importancia a aquel pedazo de tela, pero sí a las risotadas que puedo escuchar a un lado de la maleza, contra el lago y el sauce.

Están a unos pasos más allá, las hierbas, arbustos, flores y el sauce me tapa de los individuos divertidos que hablan de la navidad. Las voces me son conocidas, no podría olvidarlas, menos cuando la voz masculina la había oído hace solo horas.

Mis dedos están estancados en su posición por el frío que hace, machacan el césped helado de mi alrededor. Dejo de respirar para que no me oigan, aunque muy bien sé que están más enfrascados en su burbuja que en lo que sucede a su alrededor.

Miro por entre las ramas y me fijo en el espectáculo más horroroso que alguna vez pude presenciar. Jessica y Edward están firmemente abrazados en una manta, contemplando el lago que alguna vez fue nuestro.

—No estoy segura de ir a tu casa, me da un poco de vergüenza —le dice Jessica con una boba sonrisa.

Edward le quita el cabello del rostro y la queda mirando con los ojos emocionados. Luego desciende el dedo índice y anular por su mejilla y la barbilla. El estómago se me contrae con fuerza, siento un sudor helado en mi espalda y la brisa hace que me produzca un frío arrebatador.

Mi corazón se enrosca en sí mismo. Una sensación vieja y avasalladora llega hasta mí, siento la calidez de mis sentimientos como si mi cuerpo entero volviese a la vida.

Es el sol que está derritiendo el hielo forjado por tantos años, es el mismo Edward que, sea como sea, me está obligando a sentir.

—Sabes que mi padre te adora, Jasper también estará muy feliz de verte hoy —le susurra él.

Reprimo un sollozo al saber sus planes, pero al instante me siento una imbécil. ¿Por qué siento esto? ¿A qué demonios quiere jugar mi podrido corazón? No tengo razones para sentirlo, ni derechos, claro que no. Yo le dejé hace diez años y Jessica le ayudó a sobrellevarlo, claro que sí. Fue mi culpa.

Pero, ¿por qué me quema tanto? ¿Por qué verle con ella me produce tanto dolor? Me siento imbécil. Una niña. Siento la pérdida de alguien que jamás fue mío, la pérdida de alguien a quien deseché sin mirar atrás.

Soy masoquista, pues sigo pendiente de lo que hablan. Noche buena juntos, navidad juntos, familia entera a la espera de que ellos se besen tan enamorados. La idea me causa náuseas. Me atonta también el hecho de que sienta el sabor a traición, la ligera decepción que me causa esto.

Jessica logró tener lo que tanto deseó por años. Edward siempre fue su amor, siempre lo esperó y lo cuidó cuando yo me fui. Es una buena recompensa. Tampoco siento simpatía por ella, porque puedo apretar la mandíbula ante el odio que siento.

Lo logró, y yo no. Lo tiene, y yo no.

Aún sigo escuchando sus palabras dulces; no puedo irme todavía, puedo hundirme aún más.

El frío viento se cuela entre los pliegues de mi blusa manchada con café. Eso me recuerda lo que sucedió con él, mis palabras saliendo de la garganta con un sonido gutural y escalofriante. Pero no es para menos. Le creí muerto por tantos años que… la simple idea de verlo respirar parecía un sueño y una pesadilla.

Por una parte me resigné a enterrar mis emociones porque jamás iba a volverle a ver, pero me asusta mucho el hecho de que todo haya quedado en el aire, a la espera de que se aclare.

Huir fue la peor decisión, pero no quedaba de otra. Si seguía con Edward, si le contaba a él todo lo que mi padrastro me provocó… De seguro él ya estaría muerto. Realmente muerto.

Irónico fue que, queriendo protegerle de la muerte, dos años después Carmen me avisó de su fallecimiento. Y con esa ironía de la vida viví ocho años más.

Siento odio, rencor, las ganas de una venganza sin remordimientos. Tuve la oportunidad con la traidora Carmen Denali, pero no era yo… Simplemente no soy una asesina. A pesar de que Phill me lo decía día a día luego de aquel aborto.

Aún me siento culpable.

—¿Mi regalo está bien guardado? —le pregunta Jessica mientras acerca su boca a la de él.

Edward no se separa, la sigue con la mirada, le sonríe. La quiere mucho.

—Bajo siete llaves —le dice con voz dulcificada y suave.

Siento celos. Dios, no puedo creerlo. Siento celos.

Jessica le acaricia el cabello y le da una sonrisa traviesa.

—Soy muy curiosa —afirma ella.

Su voz suena a calor, a deseo. Mis entrañas vuelven a revolverse, incómodas y ansiosas para que acabe todo este espectáculo de amor barato.

Espero a que Edward ataque, al fin y al cabo es un hombre. Ningún hombre apacigua el fuego que crece en su interior, menos por el recuerdo de una mujer que le dejó, sin antes pisotearle el orgullo y dignidad. Edward es un animal, y los animales dejan que sus instintos fluyan espontáneamente.

Aparto mi vista del hueco de las ramas cuando Jessica enreda sus brazos en el cuello de él y tira para besarlo con pasión. Mis ojos se aguan y crean un recorrido por mis mejillas hasta acabar en mi boca.

El dolor que siento es aún más deprimente. Pero es infundado, no entiendo por qué mi corazón se hunde cada vez más al sentir los besos de Edward y Jessica a tan solo metros de distancia. Mi cerebro me pide que me retire, que deje atrás estos recuerdos que me carcomen el alma. No es mío, nunca lo fue y jamás lo será. Esa posesión que siento no me hace orgullosa, al contrario, me siento basura por apropiarme del único hombre que he amado toda mi puta vida.

Sonrío con desgana y me levanto sigilosamente, sin tomarme el privilegio de espiarlos una última vez. Me da asco. Duele. Quema. Sofoca.

Cobijo el tejido que una vez hice para mi hijo y camino hasta mi auto que está más allá. Me meto en él, suspiro, dejo los soquetes a un lado y enciendo el carro con furia. Mis manos tiemblan por el frío y la ira. Los dedos se acalambran cuando intento moverlos, pero responden a mis peticiones.

Arranco y manejo hasta mi hogar. Sí, al fin puedo llamar algo como hogar. Forks está blanco y lleno de luces navideñas por doquier. Miro mi reloj de pulsera y noto que son las siete de la tarde. Queda un poco de tiempo para comprar algunas cosas en el supermercado.

Paro frente al supermercado más grande, justamente el que queda más cerca de casa. Y ese supermercado es tan conocido para mí que hasta me produce nauseas recordarlo. Los McCarty son los dueños.

Abro la puerta y suena una campana, la que da aviso de mi llegada. El lugar está casi vacío. Y está cambiado. Lo han ampliado hartas veces, pues la última vez que lo vi era un pequeño lugarcito de compras. Ahora venden hasta juguetes, carísimos. ¿Quién podría comprarlos en un lugar tan pobre como Forks?

Con sigilo tomo un carrito de compras y manejo por el pasillo principal. Hay varias dependientas y unas cajeras a la espera de que se acabe su turno. Me dedico a contemplar el estante de licores, eligiendo mis próximos compañeros de noche. Tomo unas cuantas botellas de cerveza y otras de vodka, ignorando la dirección de algunos pocos ojos que me miran con asombro y asco.

Una borracha más en Forks, pensarán, es igual a su padre, Charlie. El policía más torpe y estúpido de los Estados Unidos. Todos los Swan somos una basura.

—Isabella, qué sorpresa —me dice una conocida voz masculina, gastada y vieja.

Me giro y encuentro al dueño del supermercado. Matt McCarty, el padre de Emmett. De inmediato me siento nerviosa, como si fuese la tonta niña que pudieron obligar a abortar.

—Matt —susurro contrariada.

Él me mira como si no pudiese creer que estuviese ahí.

—¿Qué haces por aquí? Te habías ido a probar suerte y la tuviste. ¿Por qué regresar a un pueblo tan horrible? —dice con algo de humor en su voz.

—Mi madre —vuelvo a susurrar con la timidez impregnada en mi piel.

Abre la boca y deja escapar un jadeo. Al fin ha recordado que Renée Swan ha decaído de su cáncer de páncreas.

—Qué tonto, debí haberlo recordado. ¿Cómo estás?

Su forma de comportarse me hace sonreír débilmente. Matt McCarty siempre había sido así: natural, humilde y espontáneo, sin rencores o deudas del pasado. Era su esposa la que me provocaba terror.

—Dispuesta a celebrar la noche buena —digo mirando hacia las botellas que estaban puestas en el carrito.

Me mira con algo de tristeza.

—Emmett estaría encantado de verte…

—No creo que sea buena idea. —Me aferro al barrote del carro para comenzar a andar y pagar las botellas.

—Tienes razón, nuestra familia no ha sido muy buena contigo.

Intento avanzar hacia la caja más próxima, pero él me detiene con su mano en la malla metálica del carrito. Lo miro, Matt sonríe.

—Tu compra va como regalo.

No sé qué decir. Muerdo mi mejilla interna y medito lo que está sucediendo. No está bien aceptar regalos de una familia que me odió tanto tiempo, no está bien volver a entablar conversaciones con los McCarty.

—Ni te atrevas, Matt, sabes que ésta mujer no es bienvenida aquí —le dice una mujer.

Me giro y contemplo el arrugado rostro de Marcie McCarty, la madre de Emmett. Sus ojos escrutadores y azules me observan de par en par, en busca de algún detalle para sacarme en cara.

—Deja ya los malos entendidos y dale una oportunidad de bienvenida a la chica —insiste Matt.

—De ninguna manera. Yo no trabajo todos los días para regalarle cientos de botellas de alcohol a una borracha.

Mi sangre se enciende, pero hago caso omiso a mi deseo de venganza. No puedo hacer un espectáculo, realmente soy una figura pública ahora.

—No te preocupes, Matt, puedo pagar todo esto yo sola.

Sueno tranquila y neutral.

Pongo todas mis botellas en la cinta de la caja para que la chica las pase por el código. Cuando acaba le pago, mientras la vieja madre de Emmett sigue hablando mal de mí sin importarle que yo esté escuchando.

Meto las botellas atolondradamente en las bolsas, me pongo las gafas y camino hacia afuera para subirme a mi auto. Al bajar por la escalera hasta la calle no me percato del hielo que ahora está pegado al cemento. Me doy un fuerte golpe en el trasero y sigo bajando de escalón en escalón hasta llegar abajo, con ambos muslos rasmillados y las bolsas desparramadas. Las cervezas se reventaron y quedaron dos botellas de vodka sanas y salvas.

Una mano grande, de delgados dedos níveos y masculinos, se apodera de mi brazo para sujetarme de otra resbalosa caída. Me fijo en sus zapatillas, luego en sus jeans desgastados, que por cierto, había visto anteriormente, una remera roja y una chamarra de cuero apretada a su cuerpo. Casi emito un grito cuando topo con sus ojos de color miel.

Es de noche, está oscuro, la luz apenas alumbra su rostro, pero sé que es él.


Buenas noches, cumplo con otro capítulo de este fanfic ¡que está recién comenzando! :P Pronto viene el verdadero drama de esta historia. Gracias por leer.