Día 283

Dhampir72


Faltan menos de dos semanas para la víspera de Navidad cuando Bond le pregunta a Q si quiere salir a dar un paseo por Trafalgar Square esa tarde.

—¿Estarás bien? —pregunta Q y Bond levanta su bastón a manera de respuesta.

—Siempre y cuando tú estés bien caminando junto a un anciano —dice Bond.

Su pierna casi ha sanado por completo, pero aún debe ir a su primera sesión de terapia física. Dicen que estará de regreso en el campo a finales de enero si todo sale bien y Bond espera que así sea. No se cree capaz de pasar un minuto más arrumbado en el departamento y pasar la tarde fuera es justo lo que el médico ordenó.

Cenan temprano y pasan al menos una hora caminando entre la multitud alrededor de la plaza, observando el abeto adornado con luces y burbujas. Siguen a un vivido grupo de cantantes de villancicos y se detienen al costado de la calle para comprar chocolate caliente y nueces tibias. Es algo normal que Bond nunca se imaginó haciendo, pero lo está disfrutando al mismo tiempo. Lleva a Q del brazo, envuelto en su bufanda y gorro de lana para combatir el frío, sonriendo con las mejillas sonrojadas ante la música y los elaborados escaparates de las tiendas, y Bond se cree excesivamente suertudo.

Pero el sentimiento se evapora cuando la sonrisa de Q se desvanece y se detiene abruptamente a su lado. Su mirada está fija al otro lado de la calle, pero hay tanta gente, que Bond no tiene idea de qué o a quién está viendo con tanta fijación.

—¿Q? —Pregunta Bond, dirigiéndolo a la acera para no romper el constante flujo de tráfico—. ¿Está todo bien?

—¿Podemos ir ahí? —pregunta Q sin responder, sin mirarlo, sus ojos aún fijos en un punto particular al otro lado de la calle.

Bond nunca ha visto a Q actuar de ésta manera. Lo ha visto concentrado en el trabajo y fantaseando, pero éste es un estado intermedio y Bond no sabe qué significa. Así que toma el brazo de Q y lo guía al otro lado de la calle por el cruce más cercano. Q prácticamente lo empuja cuando alcanzan el otro lado y Bond batalla para seguirlo con su bastón.

—Q, ¿qué…?

Pero Q se separa de él y comienza a moverse tan rápido entre la multitud que Bond tiene un momento de pánico creyendo que será incapaz de alcanzarlo. Se las arregla para mantenerlo a la vista y, en pocos minutos, se encuentran de nuevo en la plaza. Se esfuma un poco de la claustrofobia provocada por las delgadas calles pavimentadas, pero siguen rodeados de gente y Bond casi pierde a Q en medio de la marea. Atisba la gorra roja de Q y cojea detrás de él, logrando sujetar su codo pocos metros después.

—¿A dónde vas con tanta prisa? —Pregunta.

—A ningún lado. No es… —dice Q y luego mira a Bond y su bastón con culpa—. ¿Quieres sentarte? —señala un espacio vacio cerca de la fuente.

—De acuerdo —responde Bond, confundido por el comportamiento de Q.

Se sientan en el borde de la fuente, cerca de una familia de cinco miembros y otra pareja. Bond estira la pierna. No duele, pero se siente un poco cansado después de pasar semanas de poca actividad.

—¿Qué ocurre? —pregunta Bond.

Q no lo mira. Su vista está de nuevo en la masa de gente que los rodea. Bond torna su atención a la dirección que Q está mirando, pero no logra distinguir nada en particular. Hay familias y turistas en todos lados, comiendo, bailando y tomando fotografías. Los niños parecen haberse congregado y sus risas pueden oírse por toda la plaza. Justo frente a ellos hay una mujer intentando contener a sus tres hijos para tomarse una fotografía delante del árbol navideño. El hombre junto a ella se ríe de su esfuerzo y ella gira para reprenderlo con la mirada. Bond contiene el aliento ante su expresión, la misma que ha visto miles de veces antes. y, de pronto, entiende.

—Q…

—No es nada.

Bond observa a Q por el rabillo del ojo. Ha colocado su bufanda frente a su boca y mantiene la cabeza agachada, como si examinara sus zapatos. Pero Bond sabe que la está observando.

Está viendo a la mujer que tiene los mismos ojos que él, sus mismos labios, cejas, nariz, piel y cabello.

—Ella es…

—Mi hermana —dice Q y Bond puede escuchar el dolor en su voz al decir la palabra.

—¿Son…?

—Gemelos, sí.

Bond la observa de nuevo. A sus hijos. Ve la cara de Q en todos ellos.

—Nunca los conocí.

—¿A quiénes?

—A mi cuñado. A mis sobrinas y sobrino.

Se están riendo. El hombre sujeta a la niña más pequeña y la gira en brazos hasta que se ríe con gusto. Q ya no los mira.

—Tienes familia —dice Bond.

Se pregunta porque Q nunca los había mencionado.

Tenía familia —contesta Bond y señala con la cabeza a su hermana—. Cree que estoy muerto. Mis padres, también. En el bombardeo del siete, siete.

Por el rabillo del ojo, Bond ve a la familia alejándose. La mujer le sonríe a su esposo y Bond no ve nada más que a Q en ella y, por alguna razón, es doloroso.

—¿Por qué desapareciste? —Pregunta.

—Tuve que. Estaba involucrado con el MI5 en aquel entonces y sumergido en un proyecto altamente clasificado relacionado al ataque terrorista de ese día. Pero algo salió mal… de alguna forma, la mayoría de los involucrados en esa misión fuimos expuestos. Tuvimos que desaparecer, por el bien de nuestras familias —explica Q y suspira—. No lamento haberlo hecho. Sólo lamento no haber dicho adiós, no haberle explicado por qué pasó esto.

Bond coloca su brazo alrededor de Q, quien se refugia en él inmediatamente, buscando consuelo.

—Me lloró durante mucho tiempo —continua Q—. Aún lo hace. Visita mi tumba y todo eso. Cuando puedo, reviso que todo esté bien con ella, mamá y papá, pero no había estado tan cerca desde hace mucho tiempo; es peligroso.

Q se aparta y lo observa con una expresión horrorizada.

—¿Crees que…?

—Creo que está bien —dice Bond—. Hay una multitud muy confusa. Ni siquiera yo me di cuenta de a quien estabas siguiendo.

Los hombros de Q se relajan un poco y una línea preocupada entre sus cejas dice que no está convencido.

—Voy a tener que revisar las cámaras —dice—. Los he protegido todo este tiempo —hace un ruido frustrado—. Fue estúpido de mi parte, sólo debí seguir caminando…

—No fue estúpido —dice Bond—. Para nada.

Q suspira y apoya la cabeza en el hombro de Bond.

—Creí que con el tiempo se volvería más fácil —admite Q—, pero creo que se ha vuelto más difícil.

—Eso es lo gracioso del tiempo —dice Bond—. Se supone que su paso debe ayudarte a olvidar, pero a veces te obliga a recordar.

Permanecen en un medio abrazo durante mucho tiempo, hasta que la tensión en el cuerpo de Q desaparece y súbitamente son conscientes del frio.

—Vamos a casa —dice Bond y estira la mano para que Q la sujete.

Ninguno de ellos tiene familia, pero tienen un departamento, un gato y un pequeño árbol de navidad en el alfeizar de la ventana. Y se tienen el uno al otro, por ahora, durante un tiempo, Bond espera, porque es algo que nunca creyó tener. Y está feliz.

—Sí —concuerda Q y logra sonreír al colocar su mano en la de Bond—. Vamos a casa.