Capítulo 10: Yoite, el mejor
Croc fue un borroso cuadro, burbujeante y espumoso, aun en la neblina que le rompía las corneas y la casi inexistente lucidez. Perder el peso de Roy fue un alivio, que le duro poco… aunque lo agradecía de esa manera. Roy no hubiese soportado la revolcada por los túneles.
El agua le había golpeado contra el concreto y le arrastraba. Su cabeza se estrelló varias veces, arriba y abajo, a los costados. La basura le atizaba otras más. Se raspaba con cosas que no podía ver. Sentía a los demás vagabundos ir a sus costados, por delante, quedándose atrapados en alguna grieta, ahogándose, estirando las manos, o tratando de amputarse para conseguir escapar. Conner tenía la seguridad que nadie lo consiguió.
No una vez que se atoraran.
-¡Molino!
Alcanzo a distinguir, un grito medio ahogado de uno de sus tantos vagabundos que les advertía, preparándolos para su muerte. Un grito que decía que la persona luchaba, nadaba en contra de algo maligno… entonces en poco podría respirar. Pese a saber que hacerlo era sinónimo de condena, a juzgar por los chillidos de los otros que le rompían el alma.
Fue como ser empujado, golpeado, desde el estómago. No hubo aire que perder, no hubo dolor que opacar, ya había mucho. Conner fue escupido por la corriente, un metro en el aire, para caer de bruces de nuevo. La cara le ardió.
Conner no supo si la sangre era suya o no… ya no sabía.
Chupo con desesperación el poco aire que el túnel le permitía tener, tratando de llenar sus pulmones tanto como podía, dejándose arrastrar aun. Intentando reunir fuerzas para imponerse unos segundos.
Tenía miedo.
Mucho miedo para voltear.
El sonido era como una trituradora. Agua golpeando furiosamente, destrozando la roca. Como una licuadora, cuyas aspas trituraban carne. El eco de un gigante hambriento que juega con la comida, eso le pareció a Conner… algo que no olvidaría.
Movió los brazos, largas brazadas, desde las puntas de sus dedos hasta jalarlas a la cadera para poder seguir. Pero no se movía hacia adelante, seguía siendo arrastrado por el rugido del remolino.
Pataleo, y cerró los ojos, escuchando los gritos de una mujer ser tragada por el chapoteo.
Apretó los dientes y por fin pudo sentir la sangre resbalándose por la frente y la nariz, al tiempo que nadaba y escuchaba su destino, uno al que negaba entregarse.
-¡Croc! – Grito por reflejo, deseando a su Rey. Quería ver a su Rey. Ocupaba verlo. Tenerlo. Saber que Croc estaba bien… aunque él no lo estuviera, quería vivir… - ¡Croc! – Tener una buena imagen para morir. Algunos cerraban los ojos abrazando y llorando sobre una imagen religiosa, encomendando a sus amados seres a esa entidad… pues él necesitaba ver a Croc, cerrar los ojos en brazos de Croc… y decirle que cuidara de sus pequeños, que cuidara de sí mismo - ¡Croc!
Su pierna fue succionada, el tirón le sumergió. Le hizo dar vueltas hasta el fondo. A duras penas había conseguido tomar algo de aire. El mundo giro y giro, no supo cuánto estuvo dentro de la centrifugadora, pues el agua volvió a arrastrarlo, obligándole a pasar entre una de las angostas rejas que servían para evitar que la basura grande atascara los conductos, sintió su oreja ser cortada… pero ni tiempo tuvo de verla flotando, tenía problemas más serios.
Era una pelota de pingpong en pleno partido, arrojado de un lado a otro, estrellado, arrastrado, maltratado. Llevándolo por entre las paredes estrechas y los ductos mohosos.
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-¡Bang! ¡Bang! – Decía Mio cada vez que apretaba el gatillo para que su arma escupiera la bala. El cañón estaba silenciado… tal como Yoite les había ordenado. Para no levantar sospechas la campaña de Yoite explico que limpiarían las aguas del rio, incluso habían traído maquinaria para el teatro completo. El ruido de los motores, y de las palas escarbando, ocultaban las suplicas se las ratas que conseguían salir con vida - ¡Bang!
Mía ajusto su coleta alta y los guantes, debía de seguir con la limpieza.
Las alcantarillas estaban inundadas por haber destruido estratégicamente todo un segmento de las mismas y porque cortaron el suministro de agua de la ciudad tres días antes para soltar los millones de galones de agua tratada y agua sin procesar desde la comodidad de una oficina. El líquido se había vertido por ductos y su cauce desembocaría en el sur del rio, en donde el agua se juntaba con otros mantos acuíferos y llegaban al mar.
Todos los parásitos que no consiguieron llegar a la salida correcta, harían el transito predicho o se morirían abajo.
El plan era sencillo. Hasta ridículo. Pero por más fácil que sonaba, requirieron de planeación y mucha preparación. Soldar las coladeras de toda la ciudad, para que sólo por las autorizadas salieran una mínima cantidad de gente aprobada en número, había sido todo un lío. Cronometrar el tiempo de reacción de los parásitos y los medios de comunicación, la fluidez del agua, el tipo de topografía y los túneles a tapar, la población de arriba y la cantidad de población debajo… eso si era arte, se decía Mía al disparar a la cabeza de algunas ratas mojadas.
-Arte – Dijo, no lo suficientemente bajo como para que su mellizo lo dejara pasar y se obligó a explicar – Digo… La manipulación que ocupamos. Los recursos… desaparecerlos – Vio los cuerpos - Son demasiados. Me impresiona que esos mitos fueran ciertos, que tantos hombres vivieran así, entre la basura y la inmundicia.
-Porque nosotros no sabemos de eso – Le devolvió irónico. Mía no veía la comparación. Ellos no estaban ahí por gusto. – En fin. Creo que son todos – Cosa nada cierta. El agua seguía trayendo consigo personas. Rodaban por el concreto y llegaban a la tierra, escupían el agua de sus pulmones si estaban aún lucidos o se tendían a terminar de morir por la privación de aire - Hoy hare un buen mural.
-Traeré tu frasco.
Mía trajo la maleta de su hermano. Botes de plástico para guardar uñas, ojos, extremidades… lo que fuera que Mío quisiera tener para crear una obra de arte. Doctore, el asesino serial que encarnaba Mio era popular por sus asesinatos de cuarto cerrado. No por ser casi imposibles de resolver… sino porque cada cuarto era una caja, pintada en rojo, y que exhibía arte posmoderno echo con el cuerpo de su víctima.
Y Gotham era tan buena dispensadora de material que Mío estaba feliz de vivir en una ciudad tan corrupta.
-Gracias, hermana – Mía asintió y fue a comprobar el cuerpo de Conner que acababa de llegar.
Mio rebusco con sus pinzas en la carne ya fría para arrancar los dedos… ya en casa y con calma, se quedaría con las uñas.
Mía por su parte, giro a Conner de un puntapié. El chiquillo tenía el mismo aspecto que todos los demás. Golpeado, sangrante, mutilado. Más muerto que vivo. Le hacía un favor, se dijo Mía. Seguro tenía unos huesos rotos, moriría de hambre en esas condiciones, agonizando… mejor la bala, era rápida.
Apunto y apenas alcanzo a reconocer a su víctima.
-Mío – Llamo con urgencia – Es la cortesana de Killer Croc – Dijo impresionada. Ella no había creído en los relatos de Titán cuando le dijo que el futuro cuñado tenia a alguien lindo entre las piernas – Titán se quedó corto. Si es lindo.
-ERA – Recalco – Era lindo – Mia hizo puchero – No, no empieces.
-Titán pareció interesado – Mio negó. Él no llevaría nada sucio a manos de su hermano mayor, que se merecía el cielo y más. No un muchacho prostituto, roto y a saber con cuantas enfermedades en la boca – Bien. Una lástima.
Mía fue golpeada en la cabeza. Mío la sujeto antes de que cayera y apunto con su arma, listo para asesinar al atrevido infeliz.
¡Nadie tocaba a su hermana!
Júpiter les miraba como se hacía con las sobras. Con repudio, superioridad, aunque Mío no comprendió de donde es que venía tal cosa, Júpiter andaba vestido con andrajos que alguna vez fueron blancos. Su ropa roída, su sangre brotando. Los golpes… las grandes ojeras que le marcaban la cara chupada por años de alcoholismo.
Júpiter no parecía ser una persona capaz de verle sobre el hombro.
No siendo una rata mojada.
Así que Mío no entendiera de donde es que sacaba los cojones para imponerse.
-Eres un imbécil. Traidor – Atajo Mía. Enfurecida por el ataque - ¡¿Desde cuándo le levantas la mano a tu ama?! – Mío la soltó, impresionado por mirar a su hermanita reclamando un título del que repudiaba - ¿Desde cuándo tanto valor?
-Lo aprendí de ustedes – Explico mientras revisaba a su reina. Con un ojo en Conner y otro en los mellizos. Esos dos eran diablos – Vamos, vaca lechera, no te rindas. Respira – Pidió, verificando los signos vitales. Asustado por la idea de perder a Conner – Vamos, mocoso… no me hagas esto.
-Olvídalo, Júpiter – Advirtió Mío – No lo traigas. De todas maneras lo voy a matar. No sirve que alargues su sufrimiento. Sé que eres un desgraciado, un desalmado – Júpiter asintió para sus adentros. Su primo no mentía. Había sido todo lo que el mellizo Johannes odiaba - Pero creo que por algo más que dinero escogiste ser médico. Tuviste que tener una temporada en donde te importaba ser un buen humano con el semejante. Cuidar y sanar el cuerpo, hasta donde humanamente era posible… ¡Él ya no está al alcance!
Júpiter siguió revisando a Conner.
Fracturas, cortes, golpes, había perdido su oreja izquierda. La nariz estaba desviada. La boca rota. Una parte del cráneo estaba hundida. Conner ocupaba un verdadero médico, una sala de emergencias. Radiografías, tomografías, yesos y curaciones con gasas y vendas nuevas.
Ocupaba a un verdadero médico.
A alguien digo aun de poder depositar la vida.
Alguien que no era él.
-¿Nicolás sigue de guardia? – Pregunto, tratando de recordar cómo se cobraban los favores… o como se pedía uno - ¡Cuervos!
-Si – Contesto Mío – Es cirujano. Director del pabellón de quemados. Sigue con su asqueroso vicio de tráfico de órganos. Pero pide buenas contribuciones a las familias adineradas a cambio de servicios de primera para ellos. No es un mal trato.
Júpiter estiro su mano.
Mío jamás imagino ver esos dedos una vez llenos y firmes, temblar. Estaban nudosos, de seguro habían perdido la tenacidad de coger un bisturí. Chupados en las puntas. Y el dorso con las venas saltadas, piel pecosa, y sangrando. Por un momento espero ver marcas de agujas en ellas.
-No – Júpiter insistió, demandando con su mano, agitándola – No voy a prestarte mi teléfono.
-Mía – La aludida bufo - ¡Mía Johannes!
-Primero me golpeas y luego quieres que te ayude. ¡No jodas! – La cabeza le punzaba – Yoite quiere a Killer Croc… sabes que Yoite lo matara en persona si Killer Croc le pone más atención que a él. Nuestro hermano es… un Johannes – Afirmo con pesar – Déjalo morir en calma, sin más dolor. Yoite tiene mucho odio y no querrás que se encargue de su asesinato.
-¿Cómo me asesinaron a mí?
Ambos hermanos ni se inmutaron.
Júpiter se lo merecía.
Aunque fallaran en su misión.
Dolía fallar. Porque entonces ellos habían sido incrédulos, indulgentes… despreocupados y crueles. Habían despojado a un hombre de todo y le habían soltado en las aguas negras, agonizante… maldiciendo y extraviado. Alargando la condena innecesariamente porque la vida de Júpiter era un lastre.
Fueron idiotas.
Y fueron crueles.
-Debimos romperte el cuello –Mío afirmo – Siento que pasaras hambre – Y eso era lo que molestaba a Júpiter. Esos niños, esos Johannes no eran malos. Sólo eran personitas amables y torcidas, eran creaciones de gente a la que llego a admirar y copiar… y ahora que no lo hacía más, que no replicaba el comportamiento de su familia, comprendía lo enfermo que era golpear por golpear – Siento que conocieras el frio, la perdida, el dolor… la desesperanza. Lamento que nacieras en nuestra familia.
Si, él también lo lamentaba.
Júpiter una vez vio a esos Johannes en la casa principal del Clan. Ellos ocultaban los cardenales debajo de la ropa. Y hablaban con propiedad, para que no se les castigase. Él era mayor… y se aprovechó de Titán, del desolado y olvidado Titán al que ni su madre quería y le hizo tanto daño con su cinturón, con el licor… porque había obligado a su primo a beber hasta que se desmayara y no pudiera cumplir con sus deberes y así disfrutar de sus pequeños gritos cuando el patriarca Johannes le rompió la espalda.
Júpiter estuvo por arriba de sus primos por mucho tiempo y luego, le enseñaron el otro lado que tan bien conocían y del que él se burlaba.
Peo lo dicho una vez… lo agradecía.
-Déjame – Suplico – Déjame salvarlo. Conner no tiene nada que ver con esto.
-¿Qué crees que es esto? – Júpiter miro a Mía – Primo, Conner tiene mucho que ver. Tú tienes mucho que ver. ¡No estamos aquí por ti! ¡Estamos por todos! ¡Por Yoite! – Júpiter entendió el amor que demandaba la mente maestra del circo – Yoite quiere limpiar la ciudad. Hacerla una buena ciudad. Y para conseguir eso… se debe de destruir todo pero como sería imposible, Yoite ha optado por quitar lo que nadie extrañara, lo que enferma a Gotica.
-Son personas – Se quejó – Personas que sienten – Hiuc, se dio asco a sí mismo. ¿Desde cuándo estaba tan sentimental? – Que están porque no pueden, no tienen… mm, ustedes no tienen derecho – Decidió por decir. No todos los que estaban en las cloacas eran buenos, pero… no era para que los asesinaran.
Los mellizos se rieron un poco.
Los túneles seguían escupiendo más cuerpos, que de repente, aun entre la plática, eran blanco de las balas y buena puntería de ambos Johannes. No necesitaban acercarse.
-Cuando la ciudadanía eligió a Yoite para representar su voz, aceptaron que hiciera lo que se necesitara. Yoite prometió algo y la va a cumplir.
Júpiter no estaba seguro de que la mayoría de esos hombres buenos y libres, con trabajo honrado e hijos lindos, aprobaran la matanza que se hacía debajo de sus pies, en pleno día. Ellos no habían dicho nunca, eso esperaba, que hicieran eso. Que atrancaran los túneles y les asesinasen.
Como de igual forma, no estaban de acuerdo en muchas otras cosas que se hacían por el bien o la voluntad de todos. Porque esa contradicción era la burla de la democracia. Yoite no estaba haciendo su matanza por el bien de todos y porque fuera la voluntad de los Gotamitas… sino que obedecía a su propio capricho de amor, de reconocimiento por hacer las cosas necesarias, con resultados beneficiosos a ojos del mundo.
-Mírenme, mírenme… soy el hijo que nadie quiso… mírenme, mírenme… soy el Johannes elegido – Mía y Mío tragaron duro. Esa burla era para Yoite. ¡El infeliz se atrevia! – Mírenme, mírenme…mírenme, mírenme – Júpiter golpeo el suelo, a un lado de la cabeza de Conner. Estaba desesperado pero sabía que sus primos no iban a ceder. No iban a ayudarlo sino los convencía con su retórica. Preferían a su hermano con el que tenían una deuda de amor antes que con el primo que les hizo sufrir, él también haría lo mismo. No tenía ilusiones. Ellos amaban a Yoite - Soy nada y porque soy nada, destruiré el mundo.
-Que lo destruya – Dijo Mía – Si eso necesita.
-Estamos aquí, Júpiter, siendo sus armas. Todos estamos en esto – A completo Mío. Burlándose de la cursilería del saco de huesos.
-¡Killer Croc nunca amara a Yoite si dejan morir a Conner!
Eso sí detuvo a los mellizos.
Si no podía golpear el odio y la razón, entonces Júpiter les llegaría por el amor y la lealtad que esos locos se tenían.
-Jú – Dijo Conner, apenas abriendo los ojos. Las rendijas que se dejaban ver por sus pestañas, eran tan pequeñas que le hacían ver doble, triple… Conner vomitaría por el vértigo – J´pi – El médico le tomo la mano con cuidado. Intentando en vano que no le doliera. No iba a dejar morir a su reina, no a ese padre de familia que seguía insistiendo en ser mejor persona – Ter.
Júpiter no le contesto, le dio la espalda. Le protegió porque las manos de sus primos se ceñían sobre los mangos de sus armas. Las apretaban con decisión. Debatían a miradas, violetas y grises, orbes avariciosas que apenas les veían, porque ellos eran tan buenos que no podían ensuciarse con sus líneas agonizantes y podridas.
Júpiter entendía esa misma egoísta y supersticiosa manera de ser. De ese poder ególatra que traía conseguir todo lo que se pensaba. Lo había probado cuando dirigía su hospital, la sala de quirófano que le tocaba. La dirigió al obligar a acostarse a varias enfermeras por un aumento de salario o por mantener el trabajo. Él había sido un dios en la tierra, cuya esposa le besaba los pies y se hincaba cuando pasaba, cuales hijos se quedaban quietos en una esquina y si así lo mandaba, sin respirar.
Un gigante que jamás hubiera comprendido a Killer Croc. A Gambito. Siquiera imaginado lo que era un Roy.
Jamás habría concebido el valor de una puta.
No habría tenido nada, sino fuera por sus primos.
-Gracias – Susurro.
Lo hizo porque sabía que no había otro momento.
Los suaves dedos húmedos de Conner le retuvieron unos segundos. Le tocaron con más presión, con besos de mariposa, Júpiter suspiro, porque no podía hablarle a Conner.
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El sonido se escupió, la oración tenebrosa que Killer comprendía bien de quien era, humanizando a lo que no podía convertir en sujetos. Porque el idioma era un sonido con miles de letras.
Salió disparado, con un rugido, tratando de amedrentar el tino de las armas que seguían bañando con su plomo a los cuerpos caídos. Una llama de trueno y plata, que anidaba en la carne, floreciéndola.
Convulsionando el miedo.
Una de sus garras por delante, la otra por detrás, su cuerpo temblando por saltar y cortar la distancia. Sus garras clavándose en la grava, mientras veía esas sonrisas ladinas ser tiradas desde las orejas, haciendo brillar los ojos. Enfebrecidos por seguir disparando, sin prestarle atención a su propia amenaza de muerte.
La media vuelta en derrape, consiguió que la verde cola azotara contra las costillas de Mío, quien empujado por la enorme fuerza, se llevó a su melliza de por medio para ser arrojados a lo lejos.
Croc se tendió sobre ambos cuerpos, protegiéndolos con su lomo descamado. El agua sucia bajaba a raudales y Conner, medio muerto, apenas respirando por el peso de Júpiter, le vio llorar. Esa no era agua, esas eran lágrimas.
-Llegue tarde – Susurro. No se atrevía a tocar el cadáver de su viejo amigo, no cuando aún seguía protegiendo a Conner – Medicucho – Llamo con ternura. Tocando el rostro agujerado, haciéndolo a un lado para conseguir ver su preciado tesoro, uno que no estaba en mejores condiciones.
Rugió y lloro, un lamento que quebró a Mía.
Croc apenas escuchaba la respiración de Conner, ligera y casi muerta. Superficial. Suficiente para mantenerlo con vida unos minutos más.
-¡Muertos! – Rugió. Mío se levantó de inmediato, en guardia… maldiciendo la suerte de quedarse con tan pocas balas. Killer Croc no sería contenido por un cartucho con seis proyectiles - ¡¿Qué les hicimos?! ¡¿Qué les quite para que me quiten a mí?! ¿Porque lo hicieron?
La pesadilla de los túneles. El Rey de los desahuciados. La Bestia. Killer Croc no se veía como la rencarnación del fin de los tiempos a opinión de los mellizos. Era una criatura apaleada y desdichada que no entendía que era una molestia su forma de vivir. Parecía un viejo trapo roto y manchado, lejos de la belleza y majestuosidad que Yoite les había dicho.
-No es personal – Alcanzo a decir Mío.
-Váyanse – Dijo Mía. Mío la miro horrorizado. Nadie debía de escapar de la misión. Nadie. Sin sobrevivientes. Killer Croc no era el problema… pero, esa puta por la que hasta Titán había sentido afinidad no era la misma historia – Deja a Júpiter. Somos familia y la familia debe de estar junta.
Killer no espero respuestas.
Conner necesitaba ayuda cuanto antes. Ocupaba que se encargara de él. Que le pudiera cuidar y con un cadáver en la espalda, no podía hacerlo. Levanto a su viejo amigo, por la nuca y piernas, un peso extraño, un sabor ajeno, todo irreal y distante, porque dolía mucho para poder traerlo consigo. Lo coloco en la gravilla, con cautela, maldiciendo a esos bastardos que seguían debatiendo entre ellos en silencio.
Su amigo estaba muerto.
Gimió, lloro aún más al ver a Conner.
Pese al esfuerzo de Júpiter unas balas habían conseguido traspasar a su esposo.
-No se los perdonaré – Juro – Nunca – Aviso. Sujetando a su esposo con calma. Conner apenas y podía quejarse. Aunque Croc lo hubiese samaqueado, Conner no hubiese dicho nada.- Lo que han hecho…¡Monstruos! – Irónico – Conner, no te duermas, Conner. Resiste. Resiste, amor.
Cruzarían el lago y de allí tomarían el rio. Con los túneles aun inundados y las cloacas soldadas, quedaba el camino de la superficie. Croc puso a Conner sobre su espalda, sujeto los brazos con sus garras. Y sintiéndose un desconsiderado, nado lo más rápido que pudo. Impulsándose con la cola y las patas traseras, metiendo la cara al agua y manteniendo el esfuerzo comprimido en su estómago.
Croc intentaba que el agua no tocara a su esposo. Lo intentaba, no siempre lo conseguía. El agua podría infectar las heridas. Conner podría morir.
Y él no podía vivir sin Conner.
Las personas seguían asombradas por el derrumbe en los túneles, no prestaban atención a las crecidas aguas. Nadie los veía. Todos seguían en sus televisores, en su vida… seguían haciendo lo que era normal.
Killer agradeció poder ir a Iceberg sin problemas. Sin molestos policías mordiendo su trasero. Cruzar las calles por los callejones y que le abrieran la puerta de personal en el club para derrumbarse todo cansado, jadeando para poder seguir.
-¡Croc! – Grito Oswald, bajando las escaleras del segundo piso de tres en tres, saltando como cuando Jim llegaba en malas condiciones a sus brazos – Traigan al médico – Zsasz ayudo a Killer con Conner, le bajo de su espalda para tenderlo en una de las mesas grandes - ¿¡Qué demonios paso!? Jim esta con tus hijos. Guy no habla y Roy se la ha pasado llorando. Jim esta tan furioso que no me sabe decir nada.
-Pasa que los humanos son unos demonios. Pasa que las personas son bestias. Pasa que los sujetos se creen mejores. Pasa… pasa que se aplastan – Oswald asintió. Eso era normal. Ellos también lo hacían cuando les robaban para poder vivir. Aplastaban a los de arriba – Sucede que no somos sus semejantes y por eso morimos, merecemos morir. ¡¿Por esas monstruosidades es que nos odiábamos?! – Renegó - ¿Por qué me sentí inferior y desgraciado por no ser igual a ellos?
Croc fue al lado de Conner. Le limpio el rostro hinchado. Le quito el cabello de la cara. Le beso en la frente y se detuvo a esperar. Él no era nada, ni nadie. No podía ayudar a Conner, no ahora.
No era Júpiter.
Ahogo un grito furioso, agónico. Ira. Ira burbujeante y asquerosa… sabía que cuando menguara, le dejaría una tristeza inmensa. Apenas una melancolía que podría cargar.
-Se están tardando – Se quejó por lo lentos que todos le parecían – Y a ti que te agradan.
-Tus hijos…
-No quiero verlos – Zanjo – No tengo nada que decirles.
-¡Croc! – Reprendió.
-No quiero decirles que no sé nada – Oswald trago duro – No puedo verlos y decirles que no sé qué pasara con Conner. No puedo.
Por eso no tenía hijos, se dijo Oswald. Jim era más emocional que Croc, no imaginaba cual sería la actitud del policía si de repente estuvieran en la misma línea. Aunque claro, con el perfecto oficial, jamás llegarían a eso porque Jim se esforzaba en ser un buen ciudadano. Y a un buen ciudadano no le pasaban esta clase se cosas ¡Claro que no! (ajá) Y aun así Oswald aseguraba que la limpia doble moral de Jim no le serviría por mucho más tiempo.
-¡Más te vale que sepas pagar, Pingüino! – Croc suspiro de nuevo… ¿Cuántos monstruos había en Gotica? Allí, ufano y prepotente, un galeno albino, con ojos de infierno, llameantes en codicia y poca amabilidad, se conducía por el Iceberg con su maletín. Muy singular con su gran estatura y blanca piel, de pecas en el cuello y zapatos lustrosos. Croc le supo llamar Demonio – Mi hospital necesita una buena donación.
-Nicolás – Saludo Oswald – Killer Croc este es Nicolás Salomón Flamel, un médico del bajo mundo – Presento mientras que Nicolás ya estaba sobre Conner, diagnosticando con su ojo experto los daños – No te preocupes. Es excelente. Vale lo que cobre. Hacemos negocios, si es que me entiendes – Croc seguía vigilando al hombre. Apestaba a lidocaína, vaselina y sangre. Olía a parrillada pero sin verduras, pura carne al fuego – Le facilito las rutas para que comercie su mercancía.
Killer no quiso saber qué clase de mercancía comercializaría un hombre como ese. Que usaba las tijeras como un carnicero y dejaba a Conner desnudo, en un santiamén. Que se veía cómodo moviendo los miembros laxos, seguro de que lo que hacía no causaba daños irreversibles cuando a Croc le parecía inhumana tal seguridad.
-Es como Júpiter. Buen médico. Hablando de galenos ¿En dónde está el loco? – Croc siguió viendo a Conner - ¿Killer?
-Júpiter, el medico estúpido – Rumio Killer sin saber dar voz. Salomón se detuvo y giro, tal arranque dejo estáticos a los otros dos que no supieron interpretar la cara del médico…
-¿Johannes? – Pregunto con la voz estrangulada - ¿Júpiter Johannes? – Cuestiono seguro de que no habían muchos con el mismo nombre y la misma profesión en ciudad Gótica - ¿Qué pasa con Júpiter?
-Murió cuidando a mi esposo de su familia – Escupió. Salomón estuvo tentado a ocultarse de Killer – Júpiter fue asesinado por dos mocosos idénticos en el borde del rio – Nicolás regreso a hacer su trabajo - ¿Por qué te interesa?
-Por nada.
Nicolás no le iba a decir que dichos mocosos eran Mía y Mío, y que se llevaba bien con ambos. No le diría a Killer Croc que Júpiter fue su mejor amigo en la escuela de medicina y que se iban a partes iguales cuando le pedía órganos de sus pacientes durante las cirugías. Que Júpiter y él habían sido colegas en las exposiciones y ponencias, pioneros en tratamientos médicos y que les encantaba el campo de la investigación. No le diría que sabía porque los primos se mataban entre sí. Tampoco lo comprendía bien. Tenía delante de si la voluntad de su amigo. Y si Júpiter había muerto cuidando de un desperdicio humano, entonces debía de salvarlo.
-Qué bonito es tener familia – Canturreo cuando metió la aguja del suero en la vena. Y luego hizo la incisión en el brazo para extraer un fragmento de metal – La la lala jajajaja todo muy bonito. Traigan a mi asistente. Ocupo de una enfermera. Y díganle que traiga mi equipo morado. Ella entenderá.
Zsasz se encargaba de esos menesteres, así que Oswald condujo a Killer Croc a una de las salas privadas del club, por el que todavía podían ver a Conner respirar gracias a la máscara de oxígeno que Nicolás le había puesto. Preparándolo para las cirugías necesarias.
Fue a por una botella de su mejor vino, fuerte y viejo… una botella que tendió completa a su angustiado amigo y le permitió beber a gusto.
-Conner es fuerte – Croc ya sabía eso – Resistirá. Saldrá de esta y volverán a ser la familia de siempre.
-Nada será como antes, Pingüino – Oswald lo sabía – Me miraron. Me acusaron. Estábamos indefensos y se abalanzaron. Éramos su circo. Somos su circo. Nos hacen saltar y danzar al sonido de su látigo – Oswald no fue feliz con la comparación. A él si le habían aleccionado con el cuero y los faroles en una carpa. Él si conocía de esa incertidumbre – Lo comprendí. Se llevaron a todos.
-Diez y ocho personas difícilmente son todos, Croc – Apunto con rencor. En las noticias no paraban de decir que diez y ocho vagabundos se habían salvado de morir ahogados tras el derrumbe de los cimientos. Y que ahora estaban siendo atendidos – Creo que no les gusto que robaras su medicamento.
-¡¿Crees que esto fue por mí?! – Oswald trago duro - ¡No! ¡No! No soy muy listo, pingüino… pero sé que esto fue una limpieza, una purga. Nos encerraron allá abajo. Nos querían muertos. Estaban matando a los sobrevivientes. Ellos quieren limpiar Gótica. Y ahora resulta que el conocimiento y el poder son la excusa perfecta para el asesinato.
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Guy escuchaba a su padre. Quería ir a su lado y abrazarlo, meterse en su estómago hasta casi fundirse. Quería estar con su Rey para que le protegiera. Jim y Oswald no eran malos. No fueron malos. Los metieron a bañar con agua caliente, estuvieron con ellos. Oswald había cargado a Roy y lavado con cuidado. Le había puesto unas banditas en las heridas y rasponcitos. Le había curado. Milagrosamente Roy no tenía nada serio. Y Jim hacia sido gentil con él en todo el rato.
Les sirvieron de comer.
Les dejaron solos cuando lo necesitaron.
Aunque no había manera de callar a Roy, que pedía por sus padres. Que lloraba a todo lo que daba y era silenciado por las paredes insonorizadas en la oficina de su padrino.
Jim le había secado el cabello con una toalla. Le obligo a comer. Incluso le amenazo con decirle a su padre si no lo hacía.
Con la esperanza que ambos hombres le obligaban a tener, sorbió de su caldo. Una receta normal que uno de los cocineros del Iceberg hacía para sus hijos cuando enfermaban.
Y cuando escucho llegar a sus padres… su mundo se derrumbó.
Conner… él estaba tan mal. Sangraba tanto. No hablaba. Y ver a su padre tan desanimado no ayudaba.
Ver a Conner había sido malo.
Conner estaba tan mal.
Por su culpa.
¡Debió dejar subir a Conner primero!
¡Había matado a su pá!
-Guy – El mocoso levanto su mojado rostro. Croc respingo por tal visión. Encogido por el desgarrador llanto de su pequeño… eso sin contar con el otro que alcanzaba a escuchar perfectamente debajo de la puerta de la oficina de Pingüino - ¿Qué pasa campeón?
-¡Perdón! – Suplico sin corresponder a las suaves caricias de su padre – Perdón. Fue mi culpa.
-Guy, calma.
-Pá está así por mi culpa – Croc apretó a su hijo. Fuerte. Necesitaba tenerlo entre sus brazos. Ocupaba que no se fuera. Sentía que en cualquier momento Guy desaparecería – Él me dejo subir primero. Debí de decirle que no. Debí de haberlo empujado. Debí de hacerlo que subiera. Él debía de estar arriba.
Ahí estaba.
El colmo del día.
-Entonces tu pá estaría como tú – Guy dejo de llorar - ¿No estas feliz por evitarle sentir esto que te rompe el corazón? – Guy convulsiono un poco. Sintiendo la flema bajar por su cerrada garganta – Conner no podría aguantar verte a ti o a Roy en su lugar. Así que hay que ser fuertes. Tú si puedes soportarlo, aguantarlo porque eres fuerte, Guy. Muy fuerte. Mejor a nosotros que a Conner. Mejor a nosotros. Mejor nosotros.
Guy y no entendió. Conner estaba mal, muriéndose y… ¿Era mejor? ¡Él daría todo por lo contrario!
Golpeo a Killer.
Puño tras puño, con una fuerza de gatito recién nacido para Killer Croc, cansado consigo y apurado en dejar en claro que no pensaba igual.
-¡Mi hermano! – Croc entendía – Yo moriría…
-Shhshs – Le silencio – Ya fue suficiente de ella por un día. Ya la quiero lejos. Que afán de morirse. Ya Júpiter lo hizo para salvar a Conner – Guy, por favor…Conner ya ha soportado bastante. A cargado conmigo, con Roy, con su hija… - Guy no sabía de qué hija hablaba – No le hagas soportar verte morir… No sé si pueda ayudarlo con lo de Júpiter. No más, por favor, pequeño. No más.
Guy apenas asintió.
El repentino grito de su papá allá abajo, le obligaron a buscar refugio de nuevo. Croc temblaba, controlándose.
Escuchar a Conner gritar era la peor pesadilla.
Aunque el sonido desapareció… y mejor así.
Que no le dijeran nada hasta que todo acabara, se dijo Croc.
-Roy.
-¿Qué tiene mi Habanero? – Como si no supiera. Suspiro. Aunque Roy no necesitara a Conner para sobrevivir… seguía necesitándolo. Los tres lo necesitaban.
-Esta solito.
-No queremos que le dé hipo por llorar tanto – Guy sabía que no era eso. Su padre no quería ver a su hijo – Anda… hay que consolarlo. ¿Sabes cómo abrazarlo para que se cálame? Ya sé me olvido.
Guy meneo la cabeza. Su padre era increíble. Amable. Tan… respetable y admirable.
Guy condujo a Killer y Jim agradeció al cielo por hacer a esos dos regresar. Roy estaba volviéndolo loco. Sentía que se moría en sus brazos.
-Presta acá, Policía – Jim prácticamente arrojo a Roy a su padre y se sobo el dormido brazo. Roy no era ya tan pequeño – Habanero… hey, deja de llorar que asustas a tu hermano – Guy hizo puchero pero se trepo por la espalda de su padre y le enseño la cara a Roy – Eso, mejor – Roy fue silenciándose poco a poco… con cierto control e hipo. Temblaba en las garras de su padre y le miraba. Croc volvió a enfurecer. Roy estaba golpeado… - Ya… que buen chico. Que valiente…
-¡Príncipe! – Opino Guy.
-Eso… - Croc trago saliva – Que valientes mis príncipes – Guy trago duro – Mis hijos – Y la cosa se repitió…- Mis hijos.
Killer Croc jamás imagino estar como ahora, con familia, con amor, con ellos… y menos que cuando los tuviera pudiera perderlos por pendejos sin alma.
Su familia.
Su tan amada familia a la que no pudo proteger.
Una gota y luego otra. La lluvia salía de su alma. Roy se removió… sintiendo la tristeza de su padre cayéndole en la carita.
Guy se mordió los labios y abrazo con fuerza los anchos hombros, claro, sin poder abarcarlos, consolando a su padre que apenas dejaba salir su dolor. Que les dejaba saber que estaba en confianza, que los amaba… Ningún hombre lloraba frente a otros en su mundo, eso era de débiles, de cobardes. Llorar era una invitación a que te mataran y usaran. Hacerlo, significaba que estaba en familia.
Que Killer Croc no era la bestia y estaba cansado.
Guy se permitió acompañar a su padre es ese silencio de lágrimas.
Los tres se consolaron antes de escuchar a Conner gritar, se abrazaron cuando Conner siguió gritando y Nicolás con su enfermera pedía a gritos la sangre y los utensilios… y siguieron abrazados, llorando porque Conner dejo de empujar el sonido por su atrofiada garganta… y despertaría, porque lo haría, en un mundo que les fue arrancado.
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Esto continua!
gracias por la espera... y valio la pena?
Gracias por leer y comentar. Son un amor.
Así que gracias por dejarme conocerlos y dejar que me conozcan. Un trocito de sueño a cambio de un rato de alma… eso es la lectura y su escritura.
Besos.
