Las precarias gotas del preparado a base de beleño que el medicus había deslizado dentro de la copa de vino del dómine Vero, había tardado escasos minutos en sumergirle en un plácido estado de sopor y más tarde en un placentero sueño.
Aquella imponente mujer, aquella diosa escita que había tenido a bien enfrentarse a él, había despertado en Marcus un palpitante e inesperado deseo. Un anhelo de lo más fulgurante, y cuyo cuerpo se había esmerado no solo en reavivarlo sino en reconocerlo como hacía ya mucho, mucho tiempo...
No, sin duda aquella mujer no había sido cualquier obsequio...
Thelonious la había escogido entre tantas solo para él, para compensarle por tantos años proporcionándole beneficios y éxitos.
Oh, que gran acierto...
Se vanagloriaba con el crepitar que aquel fuego había encendido dentro de su alma recuperando su antaño insaciable deseo.
Se moría de ganas de poseerla, de hacer de su cuerpo un exquisito templo donde él y solo él, tendría las llaves del exclusivo reino...
¿Sería posible que hubiesen sido los dioses quienes hubiesen propiciado aquel fortuito encuentro? ¿sería posible que Thelonious inspirado por ellos supiese exactamente la clase de mujer que no poseía entre sus muros y que tanto anhelaba hacerlo?...
Fuese como fuese, aquellos pensamientos fueron entretejiendo sus sueños mientras la imagen de aquella imponente belleza escita le conquistaba en sueños.
No fue hasta que se inclino y su sangre resbaló por entre sus labios que fue verdaderamente consciente de que aquella pesadilla era real y no un mero sueño.
La gentil y delicada mano de la esclava rubia que había atendido sus heridas mas visibles en un primer momento, se posó suavemente sobre su espalda aportándole algo de calma y consuelo.
En aquel instante Ontari ya no era dueña de sus actos y las gruesas lágrimas caían sobre sus heridos y descalzos pies filtrándose en el recién vomitado heno.
No había habido forma de impedirlo, en cuanto la habían dejado sola y aquella bestia inmunda la había acosado nuevamente en su mente recordándole que ahora ella no era nada, su cuerpo había reaccionado traicionándola de la peor manera.
Por primera vez en mucho, mucho tiempo se sintió verdaderamente vulnerable, quebrantada por aquellos sucios deseos que embargaban a cruentos hombres que fingían ser tan honorables a ojos del resto y que luego masacraban y se lucraban levantando fortunas y apellidos aprovechándose de cuerpos ajenos y no tan pocas veces indefensos.
Aquello estaba mal, no era correcto...
Entendía los deseos de propiedad, entendía las ansias de muerte, de sangre y de guerra. Su gente era salvaje, cruel, implacable y sangrienta pero pocas veces hacía prisioneros de guerra.
Arrebatar una vida, perderla... así funcionaban, así lograban la "paz" entre guerra. Podría haber sido peor, tal vez... tal vez la muerte le hubiese ahorrado aquella degradación, aquella vergüenza...
Harper volvió a acariciar suavemente su espalda mientras ella se mordía los labios hasta sangrar y el dolor en su estomago provocaba una nueva arcada en ella.
Apenas había comido nada aquellos días salvo el pequeño guiso tibio y el agua que le había proporcionado ella así que no sabía exactamente qué era lo que seguía vomitando aparte de su propia bilis y la sangre de alguna herida abierta...
Harper se inclinó tomando un cuenco con el preparado a base de alcohol y algo de raíz de mandrágora macerada para acercarlo nuevamente a ella.
—Bebe, te sentará bien y ayudará a calmar el dolor y las molestias...—le recomendó ella suavemente antes de bajar un poco la mirada—. Su sabor es desagradable pero ayuda, lo sé por experiencia...
Ontari que no pudo evitar imaginar aquella escena, sintió una nueva punzada, un dolor llenar el vacío de su vientre... aquella esclava rubia era tan dulce, tan generosa, tan inocente... le recordaba tanto a su pequeña Halena...
¿Y si no la habían matado? ¿y si en algún lugar estaba siendo sometida a algo como aquello llamandola, pidiendo que la socorriese?...
Las lágrimas llenaron nuevamente sus ojos mientras su temblorosa mano se cerraba entorno a la seda negra que cubría su estomago llenándola de angustia, ansiedad e impotencia.
—Tengo... tengo que salir de aquí... —murmuró entrecortadamente Ontari mientras trataba de controlar su desobediente cuerpo junto a ella—. Tengo... tengo que... tengo que ir a buscarla...—articulo con la respiración pesada y jadeante contemplando a sus pies la mezcla purulenta de vomito y sangre frente a ella—. He... he de encontrarla como...sea...
La expresión en el rostro de Harper paso de la preocupación a la indulgente compasión, desconocía a quién debía encontrar, a quien anhelaba con tanta fuerza pero aquel sentimiento de incertidumbre, aquella insuficiente carencia que necesitaba saciar con alguna conocida presencia, si que podía entenderla.
Ella había sido arrancada del hogar cuando era muy pequeña y criada entre aquellos infames muros a base de azotes, castigos y reprimendas.
Hacía muchos años ya que se había resignado a olvidar a los que alguna vez habían cuidado de ella. Ya apenas recordaba el rostro amoroso de su madre, o la sonrosada piel de su padre curtida por horas y horas labrando al sol. Las dulces caricias o los besos a la hora de abandonarse al sueño para amanecer un nuevo día en un humilde pero afectuoso hogar.
¿Se acordarían alguna vez ellos de ella?...
¿Seguirían aún vivos para hacerlo?...
¿La echarían de menos y no se avergonzarían de lo que la vida y sus amos habían hecho de ella?...
Un ligero rubor tiño sus mejillas de vergüenza y desviando la mirada dejo sobre el heno la amarga mezcla.
—Sea quien sea, debes olvidarte de ella... —repuso suavemente mientras una solitaria lágrima resbalaba por su mejilla de forma lenta—. Ojala estuviese en mi mano devolvértela u ocupar el lugar de ella allá donde este para que pudieses reencontrarte con ella pero no puedo...
La alterada y agitada respiración de Ontari se entrecortó mientras por primera vez se atrevió a levantar su mirada y fijarla en ella.
—Será difícil... —prosiguió Harper en voz baja y pausada—. Será duro al principio... pero si obedeces... si acatas las ordenes y te ciñes a lo establecido... —una débil y amarga sonrisa de resignación apareció en su cara—. Puede que consigas el favor de dómine y los años que te queden por vivir... los vivas en una enmascarada paz...
Sus palabras tenían sentido, eran basura y las detestaba pero también eran ciertas.
Ella no deseaba nada para si, deseaba encontrar a Halena, deseaba protegerla. Lo último que querría sería pasar la prolongada eternidad reprochándose ante sus sagrados e implacables dioses, no haber sido lo suficientemente valiente como para dar la vida por ella.
Harper que percibió aquella lucha interna, aquel fuego vibrante refulgiendo en su mirada, aquella tristeza que manaba, llevó la mano hasta su pecho posándola sobre su agitado corazón.
—Enciérrala aquí, guárdala en tu recuerdo... —pidió suavemente la rubia llevando la mano a su rostro nuevamente—. Muéstrate complaciente e intercederé por ti ante Doctore, ante dómine y evitaré tu muerte...
—No temo a la muerte... —se defendió Ontari reteniendo las lágrimas con la rabia de la que se sabe impotente.
—Temes por ella... —pronunció Harper sabiamente con añoranza—. Mantenla viva en tu memoria, honrala no permitiendo que vuestro enemigo se corone con tu muerte... que su perdida sirva para recordarte lo efímera que es esta existencia y cuanto dolor puedes evitarte...
¿Resignada?...
¿Tan patética y resignada creía que estaba para convertirse en una esclava fiel y domada?...
—Eres una vergüenza, una deshonra para tu gente... —le reprochó entre lágrimas Ontari con dureza—. Arrastrándote a los pies de... de esos... esos cerdos codiciosos, repulsivos y romanos...
Harper que escuchó aquellas palabras que como afiladas dagas se clavaron en su corazón, cerro sus ojos tragándose las lágrimas con apocada modestia.
—Mereces lo que te hacen... —escupió sin pensar Ontari invadida por la rabia, la indignación y la brutal impotencia de no poder hacer nada por si misma, por Halena... incluso por ella—. No aprendes... no... no te defiendes... no puedo creer que permitas que... hagan de ti... de tu cuerpo, todo cuanto quieran... ¿qué clase de... debilidad es esa?... ¿por qué no luchas con todas tus fuerzas?... —en cuanto aquellas palabras abandonaron sus labios y Ontari fue consciente de las lágrimas y la más absoluta desolación en el rostro de Harper, el suyo cambió y se arrepintió de descargar toda aquella rabia contra ella. Solo era... solo era eso... rabia, impotencia... Harper había sido la única allí en ser buena con ella, ¿y la había despreciado reduciéndola a una niñita desvalida, resignada y desamparada?... por todos los dioses, ¿qué era lo que le pasaba?—. Harper, yo...
Harper que se apartó instintivamente, levantó la mano a modo de defensa mientras las lágrimas llenaban sus ojos curvando sus espesas pestañas antes de caer y rodar por sus sonrojadas mejillas.
—Lo... lo siento... yo... —se disculpó Ontari queda y sentidamente sintiendo como la desesperación iba a volverla loca en algún momento—. No... no sé lo que digo, no sé lo que estoy diciendo...
"¿Halena, donde estás?", gritó su interior...
Harper que asintió imperceptiblemente bajo la mirada al suelo con evidente aceptación.
Ella tenía razón...
Era débil, era una vergüenza, era una pusilánime sin honor... y lo era desde hacía ya demasiado tiempo, no podía rebatirle aquello... Ontari tan solo había puesto las palabras en su boca que sentía ella misma en su propio corazón, ¿por qué culparla?...
—Disculpas, no soy precisamente la persona indicada para convencerte de lo contrario... —se disculpó Harper con un hilillo trémulo de voz—. Soy una deshonra si... una deshonra pero viva que ya ha tenido suficiente dolor...
El rostro de Ontari se contrajo de pura angustia y decepción, ella no quería decir que... ella... ella no pensaba en absoluto que aquella muchacha fuese... ella... ella solo quiso decir que...
Harper tan solo desvió la mirada evidentemente afectada y herida antes de separarse para marchar de allí con resignación.
—Iré a ver porqué tarda tanto el medicus y si ha terminado con dómine, disculpas...
Ontari no podía sentirse peor, había lastimado a aquella pobre chica de una manera tan vil y mezquina, tan rastrera y atroz que cerrando su mano con todas sus fuerzas golpeó la destartalada pared sintiendo como esta enviaba a través de su mano un dolor intenso que prometía expandirse por todo su ya lastimado cuerpo.
Harper dio un respingo ante el inesperado sonido que manó de los labios de Ontari cuando la invadió el amenazante dolor, el miedo había conseguido volverla como un animalillo asustadizo y frágil pero en cuanto vio la sangre manar de su mano, rápidamente se acercó.
—No has debido hacer eso... —musitó a modo de reprimenda mientras acunaba entre sus manos la fuente de su dolor. Harper buscó con la mirada y al no hallar nada con que poder curarla, se inclinó arrancando un buen pedazo de la áspera tela que cubría su cuerpo y precipitadamente la envolvió—. Te han herido ya lo suficiente por hoy...
Ontari que no supo como reaccionar, como actuar ante aquel gentil e inmerecido gesto, tragó con fuerza cerrando su mano sintiendo la tela empaparse con su sangre.
No, definitivamente era un error que aquella pobre chica pagase el precio del odio que le habían inculcado otros con razón. Y aunque presumía ser arisca, orgullosa e inclemente, aquel gesto la conmovió, y prometió devolverle algún día algo de dignidad a aquel bello milagro cuya generosidad no tenía parangón.
No fue hasta que cruzó los imponentes muros de su Villa cuando supo que algo andaba terriblemente mal.
Ante las labradas puertas de bronce, una conocida litera aguardaba junto a seis guardias que parecían fornidos y esculpidos como dioses salidos de algún romano parteón.
Luna miro a su hermano y en cuanto dos de sus esclavos de confianza salieron a recibirles alertados por los sonidos del exterior, tuvieron claro quien aguardaba en el interior.
—Por el mismísimo Júpiter? — farfullo Ilian con agrio gesto viendo a su hermana cambiar súbitamente su expresión—. ¿Qué está haciendo esta infeliz aquí?...
Luna sintió aproximarse a Emori, y a Otan, un par de hermanos cuya madre había servido durante muchos años a su padre antes de morir y que con el tiempo habían pasado a ser de su propiedad y sin apartar la mirada de la puerta hizo un gesto.
—Llevad a la chica dentro... —ordeno presta y sereno—. Lavadla y quemad esos harapos que trae puestos, ocultadla hasta que ella haya abandonado estos muros...
—Si, domina —musito Otan con un suave asentimiento de cabeza haciendo un gesto a Emori para sacar a la desfallecida chica de la litera y conseguir llevarla dentro de la forma más rápida y discreta.
—Su presencia me inquieta... —reconoció Ilian en voz baja con cierta reticencia mientras extendía su mano para tomar la de Luna y ascender juntos las labradas escaleras.
—Descuida, hermano... —procuro tranquilizarle ella sintiendo la cálida brisa de la tarde recorrer su piel mientras llegaban a las puertas—. No permitiré que te quedes a solas con ella...
En cuanto atravesaron las enormes puertas, encontraron lo que era de esperar. Guardias en todas las puertas y aquellos pobres esclavos a la precipitada carrera para complacerla.
—Nia... —saludó Luna nada más aproximarse viéndola tendida en un diván tomando algo de vino y fruta deleitándose en su espera—. No contábamos con tu inesperada presencia...
—Oh mi querida pequeña, ¿es que acaso he de ser anunciada para entrar en la que una vez fue mi villa?... —inquirió sibilinamente Nia saboreando una ultima uva negra antes de cambiar su postura para levantarse y posar sus labios en su mejilla susurrando de igual manera—. Quizás es que los secretos que tú e Ilian guardáis tan celosamente bajo este techo temes que sean revelados ante mi presencia...
La expresión de Luna gélida y contenida, impasible y serena se expandió ligeramente al separarse de ella. En cuanto Nia abandonó sus brazos para saludar con cierto afecto a Ilian.
—Madre... —saludó Ilian con una afable sonrisa que no disimulaba nada su descortés afrenta.
—Cada día, te pareces más a tu él... —admiró Nia llevando la mano a su mejilla acunándole—. Y por lo que he oído, no derrochas monedas como hacía descuidadamente tu padre, es un buen criterio que te permitirá conservar su fortuna mucho más allá de lo que esperaría él.
Luna que dirigió sus ojos hacia los de su hermano ahora el digno y joven sucesor de su padre en tales asuntos, se aproximó a ella tomándola suavemente del brazo para acaparar la atención.
—Dinos, ¿qué te trae por aquí?... —murmuró Luna sin mero interés—. Te hacíamos en Neapolis disfrutando del clima y de la nueva remesa.
La expresión en el rostro de Nia se lleno de jactante orgullo y desdeñosa altivez.
—Me pregunto que clase de rumores han podido llegar hasta estos preciosos oídos tuyos —murmuró Nia con un indulgente tono de condescendencia—. Es cierto que en Neapolis el clima ha traído mi atención si, pero he ido para atender los negocios que tu padre dejo pendientes ya que... —más sonrisas desdeñosas y miraditas de desprecio a Ilian—. Alguien debe hacerlo...
—Espero que tu regreso haya saciado las ansias de nuevas presencias en la arena, por lo que he oído el Ludus Albino continua estando a la cabeza —alabó como si de verdad le interesasen algo los juegos Luna con fingida entereza.
—Os traigo una buena nueva —anunció frivolamente Nia mientras tendía su copa y rápidamente uno de los esclavos de la casa la llenaba entera—. Ese imbécil de Marcus Vero ha adquirido gusto por la sangre fémina, ¿os podéis creer que esa sea la nueva novedad en la arena?...
Luna despreciaba aquellos odiosos juegos, aquellos espectáculos de muerte y arena pero sonrió para si con un suave gesto.
—Hemos estado ocupados poniéndonos al día con los negocios de padre, como sabrás falta parte de su herencia... —repuso Luna con cierta condescendencia—. Tú no sabrás quien ha podido hacerse con ella, ¿verdad?...
Nia, la segunda esposa de su padre y madrastra de ambos le sostuvo fríamente la mirada sin dejar de sonreírle a ella.
—Me temo que solo soy una pobre y desdichada viuda demasiado mayor ya para ocuparme de bagatelas, gracias a los dioses los beneficios que me da el Ludus Albino sirven para mantener el recuerdo de tu padre tan vivo y presente como lo estaba cuando compartíamos lecho...
Ilian que jamás había podido verla desvió la mirada con ansia y desapego, rechazando su sola presencia.
—Parecéis exhaustos... —señaló Nia con una burda sonrisa casi placentera—. Y me temo que mi visita trae consigo un asunto breve, la Vulcanalia se aproxima y espero que como era deseo de vuestro padre, compartáis palco con el senador Graco y conmigo. Ha tenido a bien invitarnos en honor a la memoria de vuestro padre para inaugurar los juegos y me apenaría muchísimo que os perdieseis la expresión en el rostro de Vero cuando mis hombres arrastren su apellido por el suelo.
Luna se dispuso a responderle pero fue Ilian quien recordó que de momento convenía a tenerla a bien con ellos hasta que todo aquel asunto de la herencia y las propiedades se aclarasen.
—Allí estaremos, saluda a tu hijo de nuestra parte.
Nia que se sonrió terminándose la copa la tendió mientras el esclavo corría a cogerla casi al vuelo.
—Saludos sin duda que serán expresados con afecto...—se despidió Nia con soberbia mientras hacia un gesto a sus guardias para que la escoltasen fuera—. Que Vulcano os proteja, hasta pronto mis queridos hijos...
Ambos la siguieron con la mirada hasta que esta se perdió entre las puertas abandonando la Villa Albina orgullo una vez de su padre y la madre que les había traído hasta esta vida.
—No has debido hacer eso —reprochó Luna a su hermano cruzando la habitación con ligereza—. Sabes cuanto odio esos sangrientos juegos...
—Lo sé, pero no podemos escatimar nuestra presencia en cuanto al nombre se refiere, padre así lo habría querido y además nos conviene —le recordó Ilian mientras Semet uno de sus esclavos de confianza se acercaba a él quitándole la túnica y procurándole algo de vino y fruta fresca.
Luna que no respondió a ello sencillamente prosiguió su camino atravesando los elegantes pasillo que conducían como no a otros salones y a las estancias privadas de ella. Una de sus esclavas hizo por seguirla pero un gesto de su mano fue suficiente para detenerla, quería estar sola. Completamente sola y no podría hacerlo si estaba ella.
En cuanto cruzó la puerta de su habitación, esta se cerró inesperadamente a sus espaldas y una fuerte mano rodeo su cintura al tiempo que otra cubría su boca evitando que algún sonido se le escapará.
Luna dio un respingo y sus ojos se abrieron ante aquella desconocida presencia pero cuando esta la hizo girar, la sorpresa en sus ojos se convirtió en serena comprensión.
—Necesitaba verte... —murmuró Roan, el primogénito y único heredero de Nia, la viuda de su padre y su más secreta predilección—. Estás tan hermosa hoy...
Luna sintió su mano acariciar la suave piel de su mejilla y se estremeció antes de fundirse en un cálido abrazo.
—No has debido venir, si Ilian te encuentra aquí... —susurró con preocupación—. Si tu madre se entera, yo...
La sonrisa en el esculpido y endurecido rostro de Roan la confundió, no entendía como él sabiendo lo que se jugaban no tenía el más mínimo temor.
—Calma tu mente de tal preocupación... —susurró Roan tomándola del rostro antes de proferirle un apasionado beso que dejo a Luna apenas sin respiración —. Ni madre ni tu hermano deben ser causantes de tu dolor, olvídalos...
A Luna verdaderamente le hubiese gustado poder hacerlo, más no podía olvidar su ínfima posición. No solo era una patricia huérfana, era una patricia en una precaria situación por muy bien situada que estuviese económicamente y un escándalo más entorno al apellido de su padre, ensuciaría sin duda el buen nombre de Albino.
—Te he echado tanto de menos... —repuso en un murmullo nuevamente Roan apartando esos oscuros pensamientos de su mente, llenando así su corazón—. Estos días lejos de ti, lejos de tu calor han mermado mi espíritu y mi corazón, necesitaba tanto volver a verte...necesitaba tanto estos labios... —susurró Roan al tiempo que posaba sus labios sobre los suyos capturándolos en un lento y apasionado beso lleno de anhelo y pasión—. Necesitaba tanto volver a oír tu voz...
—Roan, por favor... —susurró Luna completamente embelesada no queriendo que nadie les encontrase en esa situación—. Por favor, debes marcharte... Ilian, él no... no aprobaría está situación...
—A mi no me importa Ilian, ni lo que aprobaría o no...—volvió a decir Roan bajando suavemente por su cuello con besos húmedos que hicieron agua las delicias de Nia y ablandaron su corazón—. No me importa su madre, ni tampoco su opinión...
Un suave gemido escapó de los labios de Luna mientras sentía como Roan deslizaba la mano entre la suave seda de su vestido acariciándola allá donde latía algo más que su corazón.
Y Luna olvidó su deber, olvidó su preocupación pues todo lo que quería era estar entre aquellos brazos y que estos aliviasen todo su dolor.
Continuara...
