DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling.

Espero que lo disfruten.


La suma de todos sus miedos

Capítulo 10: De besos y venenos

Parte II: Bajo la lluvia

Hogsmeade. Mediados de enero/1997.

Aparentemente, hay una reacción humana básica ante el miedo: se llama respuesta de lucha o huida. Cuando algo nos resulta lo suficientemente aterrador como para activar nuestro instinto de supervivencia, la forma más coherente de reaccionar es correr muy rápido en dirección opuesta a la amenaza. La segunda es, de hecho, mucho más compleja: es cuando ignoras todos tus instintos y, en vez de correr, te quedas y le haces frente a esos temores.

Justo en esa disyuntiva se hallaba Draco.

Ahora mismo, él se estaba castigando arduamente por haber cedido tan fácil a su debilidad por Granger y haberla invitado a esa estúpida cita en Las Tres Escobas. Al principio, la idea no había parecido tan absurda. Draco había estado bastante seguro de que él sería lo suficientemente inteligente como para sortear cualquier eventualidad, aun cuando eso supusiera quedar un poco en evidencia. Sí, él había estado seguro de ello hasta que recibió esa carta de Narcisa. Y aunque a él no le gustaba pensar en sí mismo como alguien que huía (era algo que se parecía demasiado a la cobardía) la difusa misiva de su madre había logrado barrer todo rastro de esa seguridad.

Le había recordado quién era y cuál era su misión. Le había hecho ver que quedarse ya no era una opción.

―¿Podrías parar de hacer eso, chico? ―se quejó Blaise un poco cascarrabias mientras echaba un vistazo fuera de Honeydukes; la lluvia seguía cayendo a cántaros.

Draco, que no estaba de mejor humor que Blaise, rodó los ojos con feroz resentimiento ante la indolencia de su amigo y, como si la cosa no hubiera sido con él, siguió deambulando de un lugar a otro en el reducido espacio de la tienda de dulces al tiempo que se devanada los sesos en una disputa mental que, con cada correr de las manecillas del reloj, parecía no poder predecir un ganador.

―¿Es que acaso no dejará de llover nunca? ―profirió Pansy Parkinson con idéntico mal talante que los demás chicos que se hallaban presos por el torrencial―. Está excursión ha sido un verdadero fiasco. A este paso ni siquiera podré ir a Gladrags Wizardwear a ver la nueva Colección de Primavera.

―A nadie le importa si no puedes ir a tu estúpida tienda de modas, Pansy ―adicionó Blaise más cabreado de lo normal―. Todos sabemos que te ves mejor sin ropa, de todos modos.

La bruja abrió la boca, sorprendida por la hosquedad del moreno; su expresión debatiéndose entre la ira y la vergüenza. Por primera vez, Draco le dedicó la suficiente atención a Zabini como para deducir que algo debía andar mal con él.

―¿Y a ti qué te pasa? ―lo confrontó Draco. No que se sintiera como el defensor de Pansy, pero, muy a pesar suyo, no le gustaba que nadie la ofendiera de esa manera―. ¿Tienes tu período?

Antes de que Zabini reaccionara, Malfoy vio a la Slytherin esbozar la clase de sonrisa triunfante que ponen las chicas cuando se saben el centro de las atenciones del chico por el que se sienten atraídas. Estuvo seguro de que ella celebraría un duelo entre ambos magos únicamente por alimentar su vanidad. Sin embargo, Blaise solo se limitó a sacudir la cabeza con visible ofuscamiento y Draco, aunque no sabría decir por qué, solo sintió pena por él.

―No hoy, Draco. ―Su tono fue casi suplicante―. Hoy no puedo lidiar con tus gilipolleces.

El aludido hizo caso omiso a la extraña advertencia de su amigo y, con más empatía de la que se había permitido sentir nunca por Blaise, se acercó a él, conciliador.

―¿Sabes qué puedes contarme lo que sea, verdad?

Su amigo se encogió de hombros al tiempo que, por el rabillo de ojo, Draco constataba como la expresión de triunfo de Pansy mudaba a una de reproche.

―No veo cómo eso puede ayudarme.

―Sacarlo siempre es mejor ―insistió Draco, a sabiendas de que, si lo hubiera querido, Blaise habría podido echarle en cara su hipocresía.

―Es Daphne.

―¿Ustedes siguen saliendo?

―No, exactamente ―murmuró Zabini con enojo; su mirada viendo más allá de la vidriera empañada de la tienda―. Pero eso no significa que ella tenga derecho de salir con otros chicos.

―Tú duermes con otras chicas.

Blaise hizo un mohín ante ese señalamiento.

―Suenas exactamente como ella ―se quejó, rodando los ojos―. Pero… Vamos, Draco, hasta tú y tu condenada rectitud deben saber que eso es totalmente diferente.

―Tal vez lo sea ―convino, pensando en el hecho de que, aunque él no tuviera nada ni remotamente cercano a la exclusividad con Granger, no se alegraría de saber que ella estuviera saliendo con otros chicos―. Pero hasta tú y tu deliberado cinismo deben estar conscientes que las chicas como Daphne no son precisamente unas mártires. Si no le das su lugar…

―Lo sé, lo sé ―rugió Blaise con impaciencia―. Jodidamente, lo sé.

―¿Y con quién está saliendo ella ahora?

De verdad, estaba interesado. Era como si la reciente desdicha de Blaise, hubiese fungido como una premonición de lo que sucedería si él se atrevía a dejar plantada a Granger. Ella, como Daphne, tampoco era una mártir. Si le incumplía, (lo cual estaba cada vez más cerca de hacer), Draco podía estar seguro, era el equivalente a sepultar cualquier futura posibilidad de llegar a algo más con ella. Eso, lejos de tranquilizarlo, lo hizo precipitarse en una decisión o, mejor dicho, reafirmar su resolución.

―Con un Ravenclaw mestizo de séptimo año ¿Puedes creerlo?

Draco sopesó la idea hegemonista que siempre lo había hecho sentir superior, pero que ahora solo lograba hacerlo sentir estúpido. A su mente llegó la imagen de Hermione con Cormac McLeggen durante aquella cena de navidad que Slughorn había organizado para su dichoso Club de Eminencias. Acompañando a ésta, venía la desagradable visión de Hermione siendo escoltada a toda hora por el igualmente desagradable Ronald Weasley. Era una patética broma del destino que uno siendo mestizo y el otro un traidor a la sangre, tuvieran más probabilidades de intimar con ella de las que él con su impoluta sangre no llegaría a tener jamás. La sangre, en este caso, no le servía de nada. La sangre, en este caso, no era más que un sucio obstáculo.

―Más de lo que te imaginas ―musitó Draco, ignorando el tono despectivo empleado por su amigo, al tiempo que una severa urgencia por salir de allí y dirigirse a Las Tres Escobas para llegar a su cita, lo asaltaba―. ¿Y Blaise? No esperes a que sea demasiado tarde para decirle a Daphne lo que sea que sientes por ella.

―Eso sería estúpido, ¿no es así?

―Realmente, lo sería.

La réplica del rubio llegó casi al mismo tiempo que su acción. Sin querer postergarlo más, salió corriendo de Honeydukes, demasiado concentrado en la idea de encontrarse con Granger como para reparar en el barullo de voces que dejó tras su rápida huida o el anodino hecho de que el cielo seguía rugiendo sobre su cabeza. Apenas un par de minutos después, Draco se halló en la entrada de Las Tres Escobas; su túnica un tanto humedecida por el aguacero. Una vez dentro del establecimiento, inspeccionó el lugar, pero, aun cuando se topó con algunas caras conocidas, no logró dar con la chica. Renuente a admitir que había echado por la borda la oportunidad más real que había tenido con ella, su mirada ansiosa se paseó, esta vez con mayor minuciosidad, por cada una de las mesas; el desastroso resultado no varió en absoluto: Granger no estaba allí.

―¡Joder! ―bufó con acritud mientras constataba la hora: había llegado más de treinta minutos tarde―. Esto no puede estar pasando.

―¡Draco! ―Desde una mesa cercana, Daphne Greengrass llamó su atención―. ¿Dónde está Blaise?

Dirigiendo su mirada hacía ella, Draco trató de apagar la rabia que quemaba en su cabeza. Estaba, sin embargo, demasiado furioso como para razonar.

―No lo sé.

―Creí que estaban juntos. O al menos eso fue lo que Pansy me dijo.

―Francamente, Daphne, no veo cómo es mi asunto el paradero de Blaise.

La rubia lo fulminó con una mirada desdeñosa al tiempo que su acompañante, a quien Draco reconoció como Roger Davies, se unía a la mesa, trayendo consigo un par de bebidas.

―Hidromiel para la señorita.

―Gracias ―musitó ella con incómoda amabilidad, agarrando el vaso que Davies le ofrecía.

―Está en Honeydukes ―le reveló más tarde Draco, cuando por encima de la bruma en la que la ira había envuelto su cabeza, recordó su conversación con Zabini―. Blaise está atrapado en Honeydukes, pero sé que tiene algo que decirte.

Draco vio la sangre precipitarse a las mejillas de Daphne y, pese a saber en la posición bochornosa en la que su deliberada indiscreción la estaba dejando, su lealtad estaba reservada para Zabini; así que, empujando lejos el remordimiento, se concentró en analizar el comportamiento de la pareja.

―Gracias ―volvió a decir Daphne; si se quiere más incómoda que hace un momento―. Eres muy amable, Draco.

Si no hubiera estado tan molesto por su propia serie de eventos calamitosos, Draco hubiera reído por el veneno que la rubia había imprimido a la última frase. Estaba preparado para irse, cuando ella volvió a dirigirle la palabra:

―Draco, Madame Rosmerta me pidió que te dijera que necesita hablar contigo.

Conociendo sus antecedentes con la mencionada bruja, la expresión de Draco se descompuso un poco, desplazando a la rabia mientras le daba paso al terror. No obstante, hizo un trabajo loable al esconder de su rostro cualquier viso de malestar. Sin mencionar nada al respecto, el rubio se dio la vuelta y sin mucho esfuerzo pudo ubicar a Madame Rosmerta en la barra del bar. Raudo, se acercó a ella preparado para lo peor en caso de que, para variar, ella hubiese logrado descubrir algo que lo dejara en evidencia. Derribando sus paranoicas teorías, la bruja solo rebuscó en uno de los bolsillos de su overol y con su acostumbrada voz impersonal, le dijo:

―Señor Malfoy, que bueno verlo. ―Ella le tendió un pedazo de papel medio raído―. La señorita Granger me encomendó que le entregara esto.

Como si la bruja acabara de decirle que Albus Dumbledore había muerto por causas naturales y que él ya no tendría que cargar sobre sus hombros con la difícil tarea de su muerte, Draco sintió un esperanzador alivio, golpeando como sangre a través de sus venas. Leyó el recado con una ansiedad irrefrenable y salió de allí rumbo a su destino. A Malfoy se le hizo un poco más complicado de lo normal dar con el lugar al que Hermione había trasladado su cita, pues se trataba de un establecimiento atendido por magos de ascendencia mestiza, cuya atracción principal era la imitación de tecnología muggle usando artefactos encantados con magia y, como muy inteligentemente ella había previsto según corroboró Draco, el sitio (en el que no había puesto un pie antes) era poco frecuentado por los estudiantes de Hogwarts.

Cuando Draco llegó a final de la calle, vio a un grupo de personas guareciéndose del clima bajo el toldo desvencijado de Dervish y Banges. Ningún rostro le resultó familiar; así que entró al local de enfrente sin preocuparse de los fisgones. Una ola de calor, que los músculos agarrotados de Draco agradecieron en el segundo que puso un pie dentro de Cokierribablokie, le abrasó la piel, confortándolo. Rápidamente, él procedió a explorar el lugar. Pese a su apariencia externa, se trataba de una estancia poco espaciosa, pero bien iluminada. Draco trató de averiguar de dónde provenía el estimulante calor que rociaba el ambiente, pero no fue capaz de encontrar una sola chimenea encendida; así que, desencantándose del misterio, ocupó su concentración en lo que lo había llevado a allí en primer lugar.

―Granger ―gimió cuando la vio arrinconada en una mesa; parecía tener las manos ocupadas, pero desde su ángulo de visión, Draco no conseguía determinar correctamente lo que estaba haciendo. Se apresuró a alcanzarla―. Granger.

Ella dio un bote en su asiento, volviéndose bruscamente para encararlo. Se miraron mutuamente sin pestañear, midiendo la oposición y cateando el humor del otro. Acto seguido, Hermione empujó la edición de El Profeta que estaba leyendo y le frunció el ceño con severidad; su voz sonando molesta cuando habló:

―Llegas tarde.

―Todavía me esperabas ―señaló él, tratando que tanto su tono como su expresión no delataran su regocijo por ese hecho. En respuesta, Hermione forjó una mueca de desprecio.

―Realmente, no lo hacía ―interpuso ella―. Solo me quedé atrapada por la lluvia.

―Da igual ―Draco movió una silla hacía atrás con innecesaria aspereza, arrastrándola a través del linóleo―. Lo importante es que todavía estás aquí.

―¿Qué haces?

―Tomo asiento.

―Eso puedo verlo ―le rugió―. No sé si lo notaste, pero hay decenas de mesas vacías.

―Tenemos una cita, Granger.

―No, eso no es así. Llegaste tarde y sabes que odio la impuntualidad.

Claro que él sabía eso, pero el que ella siguiera allí, con lluvia o no, significaba algo y él no pensaba irse sin averiguar qué.

―Vamos, Granger, no te pongas difícil… ―Ponderó la idea por un par de segundos y tras convencerse de que el caso realmente ameritaba que se tragara su jodido orgullo, añadió―: Por favor.

Ella lo escrutó en estricto silencio al tiempo que Draco se cepillaba el cabello con los dedos, pero al traerlo completamente calado, unas cuantas gotas cayeron en la mesa, mojando el periódico que descansaba sobre ésta. Eso pareció alertar a Hermione de algo que su molestia había pasado por alto. Él vio como la severidad había desaparecido de su rostro cuando dijo:

―Estás empapado.

Como el trúhan que era, se aprovechó de su indulgencia.

―También me perdí por un largo rato tratando de dar con este lugar.

Hermione casi río.

―¿Por qué llegaste tarde?

Como abstraído por todo lo que se refería a ella, Draco la observó de hito en hito mientras se acomodaba en su silla. Hermione traía el cabello suelto y extrañamente sus indomables rizos se veían perfectamente peinados. Sus grandes ojos marrones parecían brillar con una intensidad tan desconcertante que se le hacía difícil poder desviar los suyos de ellos. Las pecas que salpicaban su rostro estaban medio camufladas bajo el tenue rubor que se arremolinaba en sus mejillas y sus labios carnosos, se veían aún más provocativos gracias al tono frambuesa de su labial. Era la primera vez que la veía usando algún tipo de producto de belleza y la posibilidad de que lo hubiese hecho porque se encontraría con él; aunque Draco claramente pensara que ella no lo necesitaba en absoluto, le despertó una serie de emociones que no pudo ni quiso calificar en ese momento.

Hermione era, en un discordante sentido, simplemente hermosa. Cada vez que ella estaba cerca, gatillaba todos, los más bajos instintos de Draco. Y, aunque él se había prometido muchas veces que no dejaría que la lujuria lo hiciera sentir indebidamente interesado en ella, allí estaba él, mucho más que indebidamente interesado. A pesar de todos sus esfuerzos, Draco no había podido evitar el desconcierto por la amplia gama de estragos y agitación que Hermione había traído a su vida.

―Estaba en Honeydukes atrapado por la lluvia.

Draco la miró, detectando la expresión pensativa de su rostro; la sospecha ajustándose en sus curiosos ojos cafés.

―Es una buena excusa ―aceptó ella.

―¿Eso significa que tendremos nuestra cita?

―Significa que lo intentaremos ―aclaró la Gryffindor con calculada astucia―. Francamente, Malfoy, no confío en tus modales.

Pero sí tuvieron una cita. Y, contra todo mal pronóstico, una inverosímilmente buena. Tal como sucedió en víspera de Año Nuevo en el aula de Pociones, Draco se halló cautivado por cada nuevo detalle que descubría en torno a la personalidad y los hábitos de Granger. Algunas veces, él no daba crédito que una persona que siempre le había parecido demasiado bizantina como para merecer su atención más allá de las usuales burlas, resultara ser tan fascinante. Algunas veces, como ahora, él no advertía el peligro en el que se encontraba.

―¿Así que solo debo introducir un galeón y seleccionar una canción para que esta cosa…? ¿cómo es que se llama?

―Una rockola ―sonrió Hermione, encantadoramente.

―Ajá, para que la rockola funcioné.

―Exactamente.

―Es un hechizo curioso. Algo caro, si me permites acotar.

―Malfoy eres millonario ―le recriminó.

―Mi familia lo es ―se defendió él, imitando el gesto sonriente de la bruja―. No que a mí me moleste que así sea.

―Solo los millonarios dicen cosas como esas.

Draco se encogió de hombros.

―Me gusta pensar en mí como un ser independiente de los bienes e ideales de mi familia.

Hermione suspiró y Draco, que realmente sí era millonario, deseó dar todas las riquezas que se almacenaban en su bóveda de Gringotts, a cambio de lo que sea que pasara por la cabeza de la chica en ese momento. O podía preguntar. Aunque con Granger las preguntas y respuestas no siempre eran un campo seguro. Decidió no arriesgarse.

―Entonces el sistema de calefacción sustituye esta cosa que los muggles tienen…

―Electricidad ―corrigió la Gryffindor―. Sustituyen la electricidad por magia.

―Y es por eso que hace calor, aun cuando no hay ninguna chimenea encendida.

―Palabras más, palabras menos.

Hermione dio un sorbo a su cerveza de mantequilla, otra vez atrapada en algún pensamiento que Draco anheló descifrar. Justo ahora, la Legeremancia sería de gran utilidad. Malfoy se castigó mentalmente cuando la idea lo hizo sentirse como un canalla. Sabía que su comportamiento era reprensible en más de un sentido, pero con ella era difícil actuar como un mago adolescente normal cuando ni siquiera lo era.

―¿Cuál es tu canción favorita? ―preguntó él mientras rodaba una moneda entre sus dedos.

Imagine ―replicó Hermione de inmediato, sin siquiera considerar su respuesta. Draco asintió un tanto confundido―. ¿No conoces a John Lennon?

―Aún no he tenido el gusto. ¿Crees que esté en la rockola?

Las mejillas de Hermione se estiraron en una sonrisa reluciente.

―Estoy segura que sí.

Ambos se levantaron y se dirigieron hacía la máquina de discos. De cerca, Draco se dio cuenta que era más grande de lo que parecía desde la mesa; las coloridas luces que adornaban las molduras cromadas eran rotatorias y los botones esplendentes estaban incrustados en un tablero de vidrio en el que, además de la lista de canciones, se podían detallar diversos motivos visuales. Él introdujo la moneda y Hermione selección la canción. Cuando las notas de Imagine se fusionaron con la almibarada voz del intérprete, los ojos de la Gryffindor irradiaron un fulgor que Malfoy no había visto nunca en ellos, pese a que hasta ahora seguía pensando que jamás había conocido a alguien cuyos ojos brillaran como los de Hermione.

―¿Te imaginas un mundo así? ―le preguntó; su voz sonando soñadora.

―¿Quieres bailar? ―inquirió Draco, cautivo en su propio sueño.

Un mundo en el que no importara que ella fuera una nacida de muggles y él un mortífago. Un mundo en el que simplemente Voldemort no existiera.

Hermione tomó la mano que él le tendía y dejó que la llevara hasta un recodo del lugar; lejos de miradas indiscretas. Draco acarició su suéter de cachemira, a la altura de su cintura, moviéndose con demasiada urgencia como para ser todo lo gentil que, estaba seguro, ella esperaba que él fuera. Respiró su aroma, perdiendo la noción del tiempo y el espacio por un buen rato. Estar abrazándola, sintiéndola de esa manera tan íntima, hacía difícil que sus antiguas preocupaciones tuvieran algún sentido. Allí tan cerca de ella, Draco podía tantear lo fácil que podía llegar a ser enamorarse de Granger. Era exactamente como precipitarse al vacío: nada que requiriera demasiado esfuerzo. No enamorarse de ella, era todo lo contrario: era el equivalente a desafiar la fuerza de gravedad únicamente con habilidades muggles. Imposible.

―Acompáñame ―dijo Hermione, arrastrándolo hacía el lado opuesto del establecimiento cuando la música dejó de sonar. luego de hurgar en los bolsillos de sus jeans, le preguntó―: ¿Tienes otra moneda?

Draco sacó otro galeón de su bolsillo al tiempo que le lanzaba a Hermione una inquisitiva mirada. Ella solo sonrió mientras decía:

―Relájate, Malfoy, solo nos tomaremos una fotografía.

Antes de que él pudiera hacer más preguntas, ella introdujo el galeón en un tragamonedas y, deslizando una pesada cortina negra que cubría la puerta de una pequeña cabina, volvió arrastrarlo dentro del compartimiento medio iluminado. Draco se acomodó al lado de Hermione.

―Sonríe ―le ordenó al mismo tiempo que estampaba un beso en su mejilla y un fogonazo anunciaba la captura del momento.

Draco se quedó aterido en su asiento, sin ser capaz siquiera de parpadear; el lugar donde Granger acababa de besarlo, ardiendo plácidamente. Su expresión debió ser equivocadamente interpretada por ella, porque cuando reaccionó, pudo ver como la sangre se arremolinaba bajo la pecosa piel de una muy avergonzada Hermione. Eso solo incrementó el deseo que llevaba meses reprimiendo; toda su anatomía clamando por sentirla otra vez. Esforzándose sobremanera, Draco se ciñó a cualquier antigua emoción que lo distrajera de imaginarse cómo sabía su lengua o qué textura podían tener sus labios. Falló. Así que cuando su mano la tocó de nuevo, el alivio que lo inundó fue instantáneo, pero incompleto. Cada molécula de su cuerpo gritaba, rugía implorante, por profundizar el contacto; por ir más allá. Y justo cuando él iba a hacerlo, Hermione pareció despertar de su propio letargo y excusándose torpemente, salió de la cabina a trompicones. Draco iba a seguirla; sin embargo, un extraño pitido lo hizo detenerse. Volviéndose en su asiento, Malfoy se dio cuenta de lo que era: una lámina alargada de papel en la que venían impresas tres copias de la fotografía que acababa de tomarse con Granger.

―¡Granger! ―gritó emergiendo de la penumbra de la cabina; ella, no obstante, ya no estaba en el lugar.

Desesperado, Malfoy la siguió hasta la calzada, todavía anegada por el reciente temporal, y pudo verla antes de que desapareciera en una esquina. Cuando por fin la alcanzó, ella deambulaba errante por los linderos que conducían a Hogwarts.

―¡Hey, Granger, espera!

―¿Qué quieres? ―Gimió ella al sentir la mano de Draco rodear su brazo―. ¡Por Merlín, Malfoy! ¿Qué quieres de mí?

De la nada, comenzó a llover otra vez. La lluvia los acogió con tal fuerza, que en un par de minutos ya estaban completamente mojados. Draco agradeció la capa de agua, porque creaba una especie de muralla entre ellos y el resto del mundo. Los aislaba. Y allí, en medio del aguacero, no importaba nada más que lo que sentían. Él buscó la mirada de Granger y notó como sus ojos cafés parecían estar atrapados bajo su mirada gris. En ese momento, Draco estaba casi seguro de que Hermione Granger quería besarlo. En ese momento, él estaba completamente seguro de que quería besar a Hermione Granger.

Draco la acercó, rodeándola completamente con sus brazos y la respiración de Hermione se volvió ruidosa. Ella trató de zafarse, pero él no estaba listo para dejarla ir; así que endureció la prisión de sus brazos alrededor de su cintura. A esa casi inexistente distancia, Draco podía sentir el calor de su rubor en el aire; su cálido aliento rasguñándole el rostro. Entonces, su boca cayó sobre la de ella. Y eso fue todo. Cada parte del autocontrol que había ejercido en los últimos meses, se fue a la mierda; se escurrió violentamente, como el agua drenándose a través de un dique roto. Ávido, Draco le sostuvo la cara y profundizó el beso. La tersura de sus labios era algo que no había sentido jamás y, aun así, él ni siquiera se esforzó por ser amable. La estaba besando del modo que siempre quiso: con un salvaje y total abandono. O al menos era así hasta que Hermione gimió en su boca, ahogando un grito. A continuación, sin que él lograra hacer nada al respecto, lo sostuvo de sus túnicas y lo alejó de ella.

―¿Qué fue eso? ―profirió con la voz entrecortada y la cara totalmente soflamada. Sus ojos desorbitados inspeccionaban el piso escarchado.

―¿Un beso? ―Todavía azorado, Draco dijo, titubeante; la garganta seca―. Eso fue un beso.

―No me refiero a eso ―aclaró la Gryffindor, tratando de esconder la turbación de su expresión―. Algo acaba de rasguñarme la pierna.

Continuará…


Hola mis queridos lectores; antes que cualquier cosa, quiero agradecerles por el inmenso apoyo que me han brindado. Quiero que sepan que sus reviews, me alegran la vida y me alientan a seguir escribiendo. Y aunque muy pocas veces respondo a sus comentarios, quería decirles que estoy muy agradecida por ellos. Entrando en materia, espero que este capítulo sea de su agrado, pues este episodio es, por mucho, uno de mis favoritos.

¡Por fin se besaron!

¡Feliz existencia!

*Curazao. Agosto 24 de 2017*