Palabras: 3850.

Disclaimer: Evidentemente, los dioses griegos no me pertenecen.


Huye del amor y la niebla:

Sacar a Ares de líos e intentar por todos los medios posibles endulzar las consecuencias de sus actos sin que se notara había sido una de sus especialidades por cientos de años. El dios de la guerra tenía muchísimas cualidades atractivas que hacían que Afrodita lo admirara, que se inflamara de ganas de vivir su existencia al máximo cada vez que le dirigía esa sonrisa suya, tan inolvidable, agresividad y pasión tan entremezcladas que era prácticamente imposible separarlas. Ares era el único dios que conseguía hacer de una mirada una provocación, y nunca dejaba de divertirla, hacerla sentir furiosa e inspirar en ella una tentativa revelación: Entre tantos otros amores que habían sido y serían, quizás él era el gran amor.

Sin embargo, no era precisamente brillante en cuanto a la fabricación de planes, ni tenía una visión de futuro clara. Asumiendo que siempre ganaría, nunca se preocupaba por lo que podría pasar después, por pensar en una huida. Heriría demasiado su orgullo de guerrero, el cual, habiendo sido tantas veces vencido, ahora se alzaba sobre todos aquellos que alguna vez se habían atrevido a mirarlo con condescendencia o superioridad. Merecía la superioridad que estaba sintiendo, aunque sólo fuera porque las Moiras estaban recompensándolo por todas las decepciones sufridas.

La expresión de Ares cuando sentía verdadera felicidad sólo había podido verla en el momento en que Hera, altiva y con una sonrisa radiante, ordenaba el destierro de todos los hijos ilegítimos de Zeus y proclamaba una nueva era para los dioses. Ni siquiera en el nacimiento de sus hijos Fobos, Deimos y Harmonía había parecido el dios de la guerra tan extático que cuando miró la espalda de la diosa de la sabiduría alejarse del Olimpo sin mirar atrás y la increpó a no volver jamás. Su capacidad de regodearse era abrumadora y habría llegado a la morbosidad si no le hubiera parado los pies con suavidad.

Nunca trataría de hacerle entrar en razón revelándole la duda que no quería escuchar: Sin Atenea, su contraparte en tantos aspectos, ¿qué sería del mundo? No era una ingenua. El aburrimiento era un sentimiento que no iba con Ares. Cuando llegaba a sentirlo, el mundo entero temblaba de pánico, sintiendo los maníacos ojos del dios en cada ciudad, cada ejército.

Y no les faltaba razón. Primero, Ares había hecho caer Atenas con la ayuda de Esparta y Tebas, y luego a éstas mismas gracias a los macedonios, y así, incontables guerras se habían sucedido. No tenía en él ni un ápice de lealtad por ningún pueblo y, tras valerse de uno, lo arrasaba con otro. Parecía divertido para él, algo que le hacía sentirse realizado, y ella...

Bueno, en su opinión, los mejores amores eran los trágicos.

- Más te vale que ésto no sea una estratagema, Afrodita.

Acechando cada sombra, consciente de cada sonido y con los ojos color miel teñidos de solemnidad, estaba el dios de la profecía. Su desconfianza era insultante, pero comprensible. Al fin y al cabo, lo había dejado colgando sobre la boca del lobo, y ella misma estaba sujetando la cuerda. Una mano suave dejó ir poco a poco la seguridad de Apolo al producir un ruido particularmente fuerte debido a su risa y el tintineo de sus brazaletes.

- ¿Qué podrías hacer entonces, cariño? No es como si estuviéramos dando un paseo por el campo, ésto es el Olimpo.

Unos pasos más lentos la colocaron al lado del dios que, testarudo, no le había puesto los ojos encima desde que Afrodita había dicho que su intervención era indispensable para salvar a Niké. Pobre Apolo, demasiado enamoradizo para su propio bien, y completamente incapaz de retener a una sola persona a su lado que no fuera su hermana. Bien visto, era un dios atractivo. Podía apreciar en él el mentón de Zeus, su nariz recta y mirar severo, unos bonitos rasgos varoniles. "Una pena desperdiciarlos encerrado", pensó mientras su mano se cerraba sobre el antebrazo del dios, acercándolo a ella.

- Y tú eres...

- Soy un bastardo, y pese a no hacer alarde de ello como la bestia salvaje que tienes como... Quién sabe qué...

De un tirón brusco, se deshizo de ella y fue él esta vez quien agarró a la diosa del amor, que sentía la sonrisa seductora desfallecer en su rostro. Habiendo sido sencillo hacerlo caer en sus redes en el agujero de los bastardos, esperaba más facilidad, algo de camaradería. Era demasiado serio para su propio bien.

- También soy un dios guerrero, y nunca olvidaré quién ha ayudado a que esté donde estoy por ser quien soy. Espero que tú tampoco lo olvides.

Con el aliento atascado en la garganta, Afrodita alzó el mentón y, con una valentía que realmente no sentía, esbozó una sonrisa beatífica, su rostro una sucesión de todas las amantes del dios a modo de provocación y burla. Estaba tan cerca de Apolo que podía oler su angustia y su desprecio, que él podía oler las rosas en su pelo. No sentía por ella más cariño que el que ella pudiera sentir por él, por cualquiera de los de su clase excepto, quizás, por Hermes. Por lo menos él sabía cómo divertirse.

- Así no es como se trata a una señorita. Ya no quedan caballeros...

- ¿Tú ves alguna por aquí?

El aleteo de una paloma blanca hizo que la tensión se disipara lo suficiente para que Afrodita pudiera respirar y se deshiciera con dedos delicados del duro agarre del dios, sin abandonar la dulzura en su gesto. Se necesitaban el uno al otro, más ella a él, para ser sinceros, pero no podía demostrarlo. Estos juegos no se jugaban así.

Ares no sabía de estrategia, pero éso no significaba que estaban perdidos. No mientras ella siguiera respirando.

- La paloma era nuestra señal. Hécate debe estar esperándonos. ¿A qué estás esperando, cielo?

Sus largas pestañas rubias aletearon hasta detenerse en un guiño divertido. Sus brazaletes tintinearon de nuevo, un sonido alegre y fuera de lugar, al girar la diosa sobre los talones de sus sandalias, dando la espalda a la incredulidad y la sospecha.

- ¿Hécate? Nunca nombraste a Hécate. ¡Afrodita!

Lo sintió acelerar su ritmo conforme su indignación creía, sus largas piernas dando grandes zancadas para alcanzarla. Ante un intento de volver a agarrarla, ella se deslizó hacia delante con rapidez, al borde de la risa. Enarcó una ceja en su dirección, mordiéndose el labio para controlarse.

- ¿Me creías capaz de deshacer por mí misma un hechizo lanzado por la misma diosa de la magia? No sabía que me tenías en tan alta estima.

Su tono, maternal y condescendiente, fue suficiente para que la luz de los ojos de Apolo cambiara de tenue a puros soles ardientes y rabiosos. A Afrodita le encantaba jugar con fuego, y el del dios de la profecía podía quemar tan fácilmente como el de Atenea, o incluso el de Ares. Su puño se cerró en torno a su arco, descargándolo de su espalda con un solo movimiento fluido, y colocó una flecha sobre la mira.

Había algo de rutinario y bello en la manera que cerró los ojos, inspiró y disparó a una sombra casi imperceptible. La flecha de plata cortó el aire con un silbido y se disolvió antes de tocarla. Una risa salió de ella, un sonido casi sólido, que se enroscaba sobre ella misma de una manera similar a los poderes de Afrodita. Aún así, era característica y reconocible, y tan misteriosa como el primer día que la había escuchado, milenios atrás.

- Estoy desolada, Apolo... ¿Qué mal te he hecho para merecer este trato?

Un remolino de sombras dio forma al cabello de Hécate, negro como la tinta, mientras la niebla pálida formaba su carne, su piel fantasmal. Retiró la capucha con tinte solemne, desvelando unos ojos que eran dos amatistas cubiertas por un velo de secretos, fluctuantes y llenos de vida y de muerte. Entre sus clavículas colgaba un collar pesado de anillos de plata rematado con una piedra plateada y brillante, tallada en una forma extraña, una triple espiral. A su lado, un perro de caza huesudo enseñaba sus afilados dientes a los olímpicos, inseparable de Hécate, que dejó caer su mano para acariciar el pelaje del animal y calmar su sempiterna bravura.

Pese a la espectacular entrada, el cansancio era patente en su rostro divino, en forma de hondas ojeras moradas y un gesto que la hacía parecer más anciana de lo que ella podía desear. Sus manos, antaño juveniles y estilizadas, aparecían ante Afrodita con incipientes manchas de edad, y acariciaban sin cesar las espirales de su collar, una especie de ritual tranquilizador.

Toda aquella parafernalia no había sido suficiente para hacer temblar a Apolo. Su postura, relajada, encubría la rigidez en sus hombros. Su expresión, insondable, lo hacía parecerse más a su padre que nunca antes, guardando la tensión en su ceño y la dura línea de su boca. Cargó otra flecha en su arco, listo para disparar. Estaba lleno de silenciosa hostilidad y, si Afrodita había podido oler su desprecio, ahora sentía el odio salir de sus poros.

- Cualquiera que decepcione a mi hermana no merece caminar bajo el mismo sol que ella.

Oh, era cierto. Aquel asunto con Artemisa. Parecía casi imposible que alguien estuviera en buenos términos con aquella virgen amargada y salvaje, además de la otra virgen amargada del Panteón, pero Hécate, Selene y ella habían sido completamente inseparables por un tiempo. Artemisa tan pronto tomaba el carro de la Luna con la titánide hija de Pallas, como se ausentaba de sus cacerías para aprender magia y compartir secretos con la diosa de la magia. Incluso los humanos habían captado la cercanía y las habían adorado como una triada. El final había sido toda una tragedia, pero a Afrodita no le había sorprendido lo más mínimo. Los dioses que valoraban su pellejo por encima de todo lo demás no le debían a nadie ninguna lealtad, pero los que se movían por el poder eran mucho peores.

Como era de esperar, Hécate no malgastó otra palabra más en responder a Apolo. Caminaba erráticamente sobre pies fluctuantes y translúcidos de niebla, ejecutando una danza propia. Sus brazos comenzaron a despedir un brillo malicioso y oscuro al ser agitados, ejecutando signos perdidos con esas manos antiguas. De cada rincón se alzaron susurros en lenguas muertas, guturales y profundas, y su pelo, casi como si estuviera sumergido en el océano, comenzó a fluir como tinta en el agua. Los contornos de su cuerpo se desdibujaron, y su perro, a su lado, gruñía y olfateaba el aire con los ojos inyectados en una sangre de carbón.

No era la primera vez que presenciaba la magia de Hécate, pero siempre deseaba que fuera la última.

De repente, las partículas brillantes del aire alrededor de la diosa detuvieron su camino, suspendidas en el tiempo, para después vibrar. La rapidez y la violencia hizo algo romperse bajo la presión del contrahechizo, resquebrajarse en cientos de pedazos que saltaron despedidos a todas direcciones, volviéndose polvo antes de tocar las paredes o el suelo. Los últimos restos bailaron en torno a Apolo y Afrodita, juguetonas y maléficas luciérnagas. El mero hecho de estar cerca de éstas hizo que la recorriera un escalofrío.

El cabello de Hécate volvió a ser una manta lisa sobre sus hombros blancos y su túnica morada. Su cuerpo cobró de nuevo la definición perdida, y los ojos del animal y los suyos propios palidecieron totalmente, simples cuencas vacías que hicieron a Afrodita apartar la mirada. Justo en el punto donde las partículas habían explotado, se erigía una nueva espiral oscura que llamaba a su esencia divina como la luz a una mosca. Sus entrañas deseaban fundirse con el torbellino con una intensidad que la asustaba, y le hacía preguntarse cuán poderosa y antigua era Hécate. Quizás tanto como la misma Afrodita, o incluso más, mucho más. Al mirar a la hechicera, nunca podría decirlo con certeza.

De igual manera, su cabeza le decía que se alejara. Nunca era bueno verse envuelta en magia negra. Sentía la inhumana desesperación y el desconsuelo de la diosa cautiva como el suyo propio, las alas retorcidas, atrapadas, inutilizadas, los labios secos, los ojos eternamente húmedos y la cara tiznada, con surcos de lágrimas. Sintió las suyas propias llegar a sus pestañas, y tuvo que parpadear y coger la mano de Apolo, que había dejado caer el arco con un ruido envolvente, para anclarse a la realidad que les rodeaba. Por su falta de rechazo, Afrodita asumió que la angustia que se arremolinaba en su estómago y lo atrapaba con sus uñas afiladas era la misma, tanto para él como para ella.

Al recuperar Hécate pupila, iris y sonrisa socarrona, el remolino de emociones se fue, como si nunca hubiera estado allí en un principio. Al otro lado del torbellino, escuchó un grito desgarrador y unos dientes que volvían a apretarse. La certeza fue calando poco a poco en la diosa del amor. Se puso rígida y miró a la hechicera, más bien un monstruo con fachada divina, con el corazón encogido. Sus manos no podían parar de temblar, y le costó que la voz fluyera.

- La hechizaste para magnificar sus emociones. Para que sufriera por toda la eternidad.

Escandalizarse por el hecho no era una hipocresía de su parte. Nunca se había preocupado más de la cuenta por Niké, al creer que Hera sentiría algo de respeto por el ángel del Olimpo. Si bien era cierto que Afrodita no era ninguna santa, y gozaba de manipular las emociones ajenas de humanos y dioses a la par, nunca se atrevería a hacer sentir un sufrimiento tal a ninguna divinidad de manera tan continuada, tan permanente. Por Zeus, ¿cuántos años había durado la guerra? ¿Varios cientos? Con una sola fracción, ya sentía que su cabeza iba a explotar. Ni siquiera Atlas, que cargaba el peso del propio mundo, podía estar sintiendo un dolor semejante.

- Eres peor que el último demonio del Tártaro.

La voz de Apolo no era incrédula como lo había sido la suya, sino segura y consecuente. También su agarre era constrictor, pero el suyo propio no se quedaba atrás. Estaban unidos por la misma compasión, y no necesitaban intercambiar una mirada para saber que pensaban lo mismo. Por un segundo, Afrodita pudo llegar a comprender la causa por la que luchaban los bastardos. Sacudió la cabeza con vehemencia al darse cuenta de su error. No podía permitirse simpatizar con dioses que, tan pronto como liberaran a Zeus, la buscarían y la prenderían en el Tártaro si Ares derramaba siquiera una gota de sangre inocente.

Poniendo los ojos en blanco, Hécate profundizó su pérfida sonrisa.

- ¿Crees que debes hablarme así tras probar de qué soy capaz? Para ser dios de la razón, no eres muy inteligente.

- ¿Crees que eres la más poderosa de esta sala? -Dejó ir a Afrodita y dio un paso decidido en dirección de la hechicera. Su perro gruñó como advertencia, a la que Apolo hizo caso omiso.- No te tengo ningún miedo.

Lejos de amilanarse, Hécate llevó las cosas al siguiente nivel, haciendo que sus calculadores pies descalzos la dirigieran justo frente a Apolo. Ambos tenían una estatura similar, lo que suponía otra brasa añadida a la lucha por la intimidación. Una mano de nieve se posó sobre el moreno cuello del dios, sus fantasmales tentáculos extendiéndose para abarcarlo por completo, al tiempo que unos dedos tostados sujetaban una flecha esbelta y dorada sobre la túnica morada de la hechicera sin mediar palabra. La sonrisa de Hécate se torció en una mueca.

- Quizás deberías.

Otro grito ahogado rasgó el silencio, casi un lamento entre dientes, sacando a Afrodita de su ensimismamiento. Un enfrentamiento entre poderes tan distintos, las emociones tan violentas que se desprendían de ellos, la intensidad… Era hipnótico sentir el desbordamiento de dos dioses normalmente contenidos, y le dejaba un agradable cosquilleo en el pecho. En conocer las pasiones de los dioses consistía el mayor poder que la diosa del amor poseía. De aquella forma, la manipulación de éstas resultaba más sencilla.

Con un suspiro resignado, Afrodita hizo que ambos bajaran sus armas, interponiéndose entre sus cuerpos. Al ver que seguían dedicándose miradas que echaban chispas sobre su cabeza, se cruzó de brazos y se inclinó sobre una cadera, enarcando una ceja perfecta en dirección a Hécate. Ni siquiera Eros había sido tan infantil.

- Lo ha pillado, cariño, eres una bruja muy mala, vudú, magia negra, ajá. ¡Ya has cumplido con tu parte del trato! Si tu artilugio funciona, no escucharás más de nosotros en una temporada… -Sólo para asegurarse, se colocó la mano sobre el pecho de su ligera túnica. La llave era pequeña, otorgada a escondidas previamente a las espaldas de Hera, y era el pasaporte a la libertad de Niké.- Haz tu magia escalofriante y esfúmate antes de que te acuse de abandonar a su hermana de nuevo y te pongas a llorar. -Simuló una explosión, chispas de todos los colores saliendo de sus dedos mientras agitaba las manos en una exagerada parodia de la hechicera.

A su espalda, notó una risa ahogada, a lo que se giró en redondo, danzando su vestido translúcido entre sus piernas. - ¡Y tú, Brillitos! -Le puso el dedo en el pecho al dios, inclinada hacia delante, la otra mano sobre su cadera. Su sonrisa derramaba dulzura. La expresión de Apolo bailaba entre la confusión, el enfado y la diversión.- Eres todo un macho, ¿no es así? Y menudo intelecto, amenazando a una diosa con la que hemos hecho un trato del que no sólo dependes tú, sino tu adorada hermanita y todos tus compañeros bastardos. -Le dio golpecitos en las sienes, la diversión del dios muriendo en su rostro. Volvió su ceño fruncido, que Afrodita imitó. Aquéllo no era ninguna broma.- Vaya una manera de mostrar fidelidad, compromiso y sangre fría. Atenea y Hermes estarán muy complacidos de saber que casi echas a perder su oportunidad, ¿verdad, cabeza hueca? Casi tanto como yo, ¡de ver que ibas a arruinar mi plan!

Las manos tostadas se cerraron alrededor de sus delgadas muñecas, y apartaron el esbelto cuerpo de Afrodita del suyo sin ningún reparo. Éste era el dios que ella conocía, erguido, serio, centrado. Y era el que necesitaba.

- Muy bien, muy bien, no hace falta que te repitas más. Te encanta escucharte hablar...

Una risita se escapó de entre sus labios, dándole toda la razón. Por encima de su hombro pudo ver que Hécate había seguido su consejo. Las espirales oscuras se habían difuminado ya, fundidas con las sombras del ambiente. Sólo podía esperar que sus palabras no quedaran grabadas en la mente de la hechicera. Odiaría que fuera ella quien la castigara en el Inframundo, si acababa allí algún día, contra sus planes y plegarias. Estaría encerrada, sería torturada durante el tiempo que Zeus conviniera, prisionera de su voluntad caprichosa, como Prometeo, como Atlas...

Como Niké.

Toda diversión se esfumó, y las espirales oscuras que facilitarían la entrada de los dioses a la celda parecieron hacerse más profundas, más reales. La llave volvió a llenar su mente, y parecía querer prenderse fuego contra su corazón. Quemaba como el remordimiento, un sentimiento desconocido y desagradable. La cogió con el dedo índice y el pulgar, apartándola de sí y no habría deseado más que dejarla caer en la palma abierta de Apolo. No quería aquella responsabilidad. Ninguna, en realidad, si hubiera podido elegir.

Pero el asunto era cuestión de salvar la vida. Cada pequeño testimonio que apoyara su deseo de ayudar a salvar a Zeus podría ser crucial en un más que seguro juicio. Ignoró la mirada sorprendida de su compañero al ignorar su mano extendida, fingiendo haberla pasado por alto, y la sostuvo con la otra, tirando de él hasta el portal de negrura.

La cercanía empeoraba la sensación. Convertirse en esencia divina por voluntad propia era agradable, casi como liberarse de un peso, de algo extraño. No obstante, ser forzado a ello podía resultar violento, como si te volvieran el corazón del revés o te lo patearan dentro del pecho. Un acto tan íntimo y privado expuesto por obligación jamás dejaría un buen sabor de boca. Las ganas de salir corriendo y evitar lo inevitable eran desproporcionadas, y en un pequeño rincón de su cabeza, una vocecita le susurró que, al fin y al cabo, aquélla no era su lucha, y no había necesidad de sufrir la exposición a magia negra, una verdadera tortura. Tuvo que acallarla con continuas imágenes de Tártaro, suficientemente potentes para eclipsarla. Al estremecerse por enésima vez, determinó que no había sido una buena idea.

Afrodita sólo pudo cerrar los ojos y dejarse llevar. Abrazó el hechizo que los llevaría a Niké, sintiendo su piel de marfil erizarse al contacto. La sustancia que la rodeaba estaba helada y era viscosa, y la sentía deslizándose por cada parte de su alma. A su lado, escuchó el gruñido lastimero de Apolo. No había nada que un dios tan relacionado con la luz, la calidez y la naturaleza que unos tentáculos de niebla manchando su esencia. Ambos giraron y giraron sobre sí mismos, cuidando de no entrelazarse o tocarse siquiera más allá de un leve roce para no perderse en el laberinto de sombras.

Nunca se había sentido tan sola, desamparada y ansiosa que entonces. Veía por todas partes escenas horribles en cada cúmulo, incluso a través de sus párpados. Las Musas y sus queridas Cárites, incluso Aglaya, cubrían el suelo allá donde alcanzaba su imaginación, los cuerpos retorcidos y pálidos, con flores marchitas adornando sus cabellos. Alzando la vista de la horrible estampa, Eros colgaba de una pared negra a varios metros de altura. El albor de sus plumas contrastaba con la sangre que las recorría, de un rojo encendido, a causa de unas estacas clavadas a través de los nervios más cercanos a la espalda. Un grito recorrió su garganta, apenas un gemido en aquella realidad. Debía salir de allí. Al cuerno con la supervivencia, pensaría en algo, siempre lo hacía. Pero su hijo… ¡Eros!

Se sintió correr, o más bien avanzar a tientas, dando la vuelta hacia la salida. Había desaparecido, al igual que la presencia de Apolo. Sus ojos, grandes y verdes, giraron, frenéticos, y se cruzaron con los rojos que había aprendido a adorar. Ares estaba apoyado en una pared, en proceso de deslizarse hacia el suelo pero sin poder hacer el resto del camino. La lanza de Atenea atravesaba su viente de parte a parte.

- Afrodita, despierta… No es real, ¡Afrodita!

El eco desesperado era ruido de fondo. Ares le tendió la mano, llena de costras sangrantes y cortes, y Afrodita se colocó a su lado, acunando su rostro de facciones duras, ensuciándose de humo y polvo y muerte. El dios sonrió con facilidad, una de esas encantadoras sonrisas que hacía que las rodillas le temblaran y deseara besarlo más que nada en el mundo. Abrió la boca, pero de sus labios cuarteados del fragor de la batalla salió una voz sibilante, misteriosa, que se enroscó a su alrededor.

- La niebla no miente. Éste es tu futuro.

Afrodita chilló y se desvaneció.


No, la verdad es que yo tampoco puedo creer que haya vuelto a escribir este fanfic. Pensaba que lo iba a tener a medias para siempre... ¡Pero, como dije, me quedaba tan poco! Así que voy a hacerlo, ya que se acercan las vacaciones de Navidad, voy a intentar darle un final. En cuanto a escribirlo en inglés, bueno. Puede ser que ocurra un milagro.

Me frustra haber escrito tanto para contar tan poco, pero en los meses que llevo sin updatear he avanzado algo en mi manera de escribir, y ha cambiado, qué le vamos a hacer. Iba a juntar el capítulo siguiente con éste, pero me parece que no va a ser posible, quedaría muy largo para la media de palabras por capítulo de este fanfic. ¡Y éso que no me gusta especialmente Afrodita...!

En fin, siento mucho el parón, pero la vida del escritor y su inspiración es voluble.

Sin nada más que añadir, ¡gracias por leer, nos vemos en el siguiente!