NdA: Muchísimas gracias por vuestros comentarios ^^ Y felicidades a Tom, que hoy es su cumpleaños. Veinticuatro añitos ya, cómo pasa el tiempo...
Capítulo 9
Cuando Draco bajó a desayunar, aún a las cinco y media de la mañana, Potter ya estaba allí tomando el té. Draco había olvidado lo de la noche anterior, pero lo recordó cuando vio que Potter parecía ligeramente incómodo en su presencia, como si no supiera cómo actuar. Increíble, ¿de verdad se creía que lo de anoche tenía alguna importancia? ¿Especialmente el día en el que iban a rescatar a su madre?
-Relájate, Potter, no eres el primer tipo que me dice que no –dijo, sirviéndose el té.
-Qué raro, con tu talento para hacer que un chico se sienta especial. –Draco se quedó mirándolo, sin entender por qué decía eso y sin interés por descubrirlo-. Estoy relajado, pero no quiero que lo de anoche vuelva las cosas raras entre nosotros.
Draco rió sin humor.
-Las cosas siempre han sido raras entre nosotros. Mira, lo único que me importa es sacar a mi madre sana y salva de Azkaban, ¿de acuerdo? Ni siquiera me acordaba de lo de anoche ya. Olvídate de lo que pasó, o mejor dicho, de lo que no pasó, y concéntrate en nuestro objetivo.
Potter asintió, aunque el resto del apresurado desayuno transcurrió prácticamente en silencio. Cuando terminaron, Draco fue a recoger su Firebolt robada mientras Potter iba a por su escoba, un modelo que no existía en los Estados Unidos y que parecía muy aerodinámico.
-Es una NimbusCosmic Extreme. Alcanza los doscientos por hora en cinco segundos.
-Doscientos por hora… -repitió, asombrado. La suya sólo llegaba a los ciento noventa-. ¿Y es estable a esas velocidades?
-No es una escoba para novatos, pero tampoco es tan difícil manejarla.
Se Aparecieron directamente desde Grimmauld Place, pero en un punto que estaba a unos quince kilómetros de la costa, para no atraer la atención de las barreras de la cárcel, capaces de registrar algo así. Aunque no fuera ilegal Aparecerse por allí, era mejor no llamar la atención. El resto del camino lo hicieron volando, ocultos bajo un hechizo desilusionador. Un kilómetro antes descendieron; harían el último tramo caminando.
-Draco –le llamó Potter-. ¿Dónde estás?
-Aquí –contestó, calculando que lo tenía un par de metros a su derecha. Potter le sujetó del brazo y Draco notó cómo le cubría algo. La Capa de Invisibilidad. Al ser una de las reliquias sagradas, nada podía siquiera sentir que estaban allí, ni los dementores ni las protecciones de Azkaban. Por desgracia, no era muy cómoda. Resultaba un poco pequeña para dos hombres adultos y les obligaba a caminar pegados el uno al otro, Pero cubiertos con ella pudieron quitarse de encima los hechizos desilusionadores-. Venga, vamos a acercarnos.
Azkaban era una mole áspera y desapacible quinientos metros mar adentro. Mientras descendían por el pequeño camino que bajaba hasta la cala, Draco se sintió desgarrado al verla. Por un lado, todos sus recuerdos eran atroces; por otro lado, allí estaba su madre. Tan cerca, tan lejos. La necesidad de verla se volvió brutal. Quería volar hasta allí, reventar las paredes y sacarla de su celda, llevársela donde nadie pudiera hacerle daño jamás. Quería gritar su nombre y que supiera que estaba vivo y dispuesto a liberarla. Pero se obligó a contenerse porque sabía que no podía hacer eso, todavía no. Habían discutido si avisarla del rescate o no y habían decidido no hacerlo hasta el final, por miedo a que los guardias le notaran algo raro, aunque fuera simplemente su esperanza atrayendo a los dementores.
Tal y como habían explicado durante la reunión de la Orden, había cuatro guardias en la pequeña playa; uno de sus propósitos era vigilar los botes que transportaban a los presos y a los visitantes a la cárcel, pero también eran la primera línea de defensa si alguien intentaba un ataque a la cárcel desde allí.
Los guardias estaban razonablemente atentos a los alrededores, pero Draco no pudo encontrar en ellos la tensión que demostraría que estaban sobre aviso. Eso era buena señal. Podrían ocuparse de ellos si actuaban de manera rápida y eficaz.
La primera barrera de la cárcel comenzaba en la línea de mar, así que se acercaron hasta allí en silencio, disimulando sus pisadas en la gruesa arena. Hacía viento –allí siempre lo hacía, frío y cortante- y Draco tenía miedo de que los guardias escucharan el ondear de la Capa de Invisibilidad, pero por suerte, las olas y las propias capas de los guardias disimulaban ese ruido. Con mucho cuidado, Draco murmuró un hechizo que había aprendido en la Agencia, uno indetectable, y tuvo un atisbo de las barreras. Su complejidad era extraordinaria comparada con lo que solía ver en los Estados Unidos. Tal y como McGonagall y Bill Weasley le habían explicado, la primera capa se activaba cuando alguien la cruzaba, mandando un aviso a los guardias del interior de la cárcel. Más adelante podía ver la segunda barrera, más activa que la segunda. Se las había visto con algo de ese estilo en una casa iraní, reconocía ese temblor azul. Si alguien sin permiso intentaba cruzarla, la barrera reaccionaría como si se tratara de una tela de araña, atrapándote con hilos pegajosos y resistentes. La tercera no podía verla ni sentirla desde allí; Bill Weasley decía que no había manera de atravesarla limpiamente y que tendrían que echarla abajo, cosa que sabía cómo hacer. Draco tenía la impresión de que el mayor de los Weasley, como rompemaldiciones de Gringotts, no sólo examinaba objetos malditos para los duendes, sino que también se los conseguía de manera no siempre legal del todo.
De repente, Potter le apretó el brazo. Draco lo miró y éste le hizo una seña con la cabeza, indicando un punto de la playa. No se veía absolutamente nada, excepto la arena revoloteando y, al fondo, la pared rocosa que enmarcaba la grisácea playa. Cuando le hizo una seña a Potter, indicando que no entendía cuál era el problema, Potter volvió a señalar con vehemencia el mismo sitio, instándole a fijarse mejor.
Y entonces lo vio. Había algo ahí; alguien, seguramente. Estaba oculto bajo un hechizo de invisibilidad o algo semejante, pero se había colocado, sin saberlo, en una zona bastante castigada por el viento y aunque no era fácil darse cuenta, los pequeños torbellinos de arena se estrellaban contra su cuerpo, creando de vez en cuando un efecto extraño.
Su corazón, que ya había aumentado de ritmo al llegar a la playa, se volvió frenético. ¿Sería alguien de la Orden, que había ido allí sin avisar para echar un vistazo? O como temía, ¿sería alguien de la Agencia? Por la cara de Potter, éste no tenía ni idea de quién podía ser y eso hizo que Draco se inclinara por la segunda opción. Un agente… Debía de estar allí por él, por él y por su madre. ¿Qué debía hacer? Llevaba la pistola con silenciador encima, pero si el agente estaba bajo un hechizo, y no bajo una capa, al morir se volvería visible, los guardias lo descubrirían y la rutina que necesitaban desaparecería. Eso si le acertaba a la primera en la invisible cabeza; si fallaba el tiro y el agente conseguía huir sabrían sin lugar a dudas que había sido él y que pretendía rescatar a su madre -¿por qué otra razón iba a estar allí, si no?-.
Pero, ¿y si no atacaba a ese agente y lo único que conseguía era que la Agencia actuara antes que ellos y se llevara a su madre?
Potter le estiró del brazo para indicarle que debían marcharse de allí, pero Draco se resistió. No quería irse y dejar sola a su madre, no cuando estaba allí ese agente que podía intentar llevársela. Potter insistió y Draco negó con la cabeza. ¿Es que no lo entendía? ¿No entendía que hablaban de su madre?
-¿Y si se la llevan? –se atrevió a susurrar, desesperado.
Esta vez fue Potter quien negó con la cabeza, tratando de tranquilizarle, y le volvió a estirar del brazo. Draco no supo realmente por qué le siguió, porque era lo último que quería. Estuvo a punto de soltarse y cargarse al agente, pasara lo que pasara. Pero no lo hizo y subió con Potter por el camino, alejándose de los guardias, tragándose las protestas.
Cuando llegaron arriba, Potter le miró con seriedad.
-Nos vamos a casa –dijo en voz baja.
-Pero quieren…
-Es sólo una persona, Draco. No puede hacer nada. –Potter prácticamente le colocó la Firebolt entre las piernas-. Te está esperando a ti.
-No puedes estar seguro –protestó Draco.
-No, pero sí estoy seguro de que si intentamos parar a ese tipo ahora, los guardias se darán cuenta y se pondrán en alerta. Así que voy a echarte encima el hechizo desilusionador y nos vamos a ir volando de aquí, ¿entendido? Quiero que me prometas que no vas a volver a la playa. Lo estropearás todo. Sólo espera unas horas más, ¿de acuerdo? Sólo unas horas. –Draco asintió, sin estar realmente convencido del todo y Potter los cubrió a ambos con el hechizo desilusionador. Después les quitó la Capa de Invisibilidad de encima-. Vamos, Draco, asciende. Tenemos que irnos.
De muy mala gana, Draco obedeció. Podía notar a Potter ascendiendo también, pegado a su lado. Draco miró hacia atrás con angustia; todavía deseoso de volver y acabar con esa posible amenaza. Pero Potter seguía hablándole, pidiéndole que tuviera paciencia y prometiéndole que todo iba a salir bien, que esa noche su madre dormiría en Grimmauld Place. No se detuvo hasta que llegaron al punto en el que ya podrían Aparecerse sin que notaran nada en Azkaban.
-Vamos a casa, hablaremos allí –dijo, quitándole el hechizo de invisibilidad.
-Potter, si se la llevan…
-No se la llevarán –le interrumpió-. Pensaremos algo para tenerla medio vigilada hasta que sea la hora. Venga, vamos a Aparecernos a Grimmauld Place, ¿vale?
Potter se lo llevó con la doble Aparición y Draco se encontró de nuevo en el vestíbulo de la vieja mansión Black. Un momento después, su frustración estalló por fin.
-¿Por qué no me has dejado matarlo? –gritó, dándole a Potter un buen empujón-. ¡Tendría que haberlo matado! ¡Quiere llevarse a mi madre!
-Por última vez, Draco, los guardias habrían notado algo –contestó, en un tono que indicaba que se estaba conteniendo a duras penas para no devolverle los gritos-. Ni siquiera podemos estar seguros de que no hubiera otro agente allí. No podemos hacer nada hasta esta noche que despierte sospechas y provoque que aumenten la seguridad. Cálmate y vamos a hablar con Nereida. Quizás ella pueda volver a Azkaban hoy también y vigilar a tu madre.
Draco le siguió hasta la salita con la chimenea conectada a la Red Flú y observó cómo llamaba a Hannah Abbot; no iba a hablar directamente con la auror porque entonces en el ministerio sospecharían de ella. Potter le contó a Abbot lo que pasaba y ella prometió llamar a Nereida y contarles después lo que le había dicho la auror. Después, llamó también a Weasley y Granger y les contó lo mismo.
-Intentaré pensar algo. Nos vamos a Hogwarts, te avisaré desde allí.
-¿Por qué os vais a Hogwarts?
-Quiero consultar un par de cosas en la biblioteca y Ron va a ayudarme. Además, tenemos la sensación de que alguien está vigilando la casa. Luego hablamos.
Potter cerró la conexión, reflexionó un segundo y llamó al elfo.
-¿Has notado si hay alguien fuera, vigilando la casa?
-Kreacher no ha notado nada, amo.
-Avísame si lo haces.
-Sí, amo –dijo, volviendo hacia la cocina.
Potter se giró hacia Draco.
-Vamos a ver si en la radio dicen algo sobre nosotros.
No había más que música en esos momentos, pero poco después llegó una lechuza con El Profeta y allí la cosa cambiaba Potter ocupaba la primera página con una imagen poco favorecedora; el titular preguntaba qué le pasaba al antiguo Chico-que-vivió –ese adjetivo tenía muy mala idea- y el artículo era una exhibición de los peores rasgos de ese periódico, lleno de insinuaciones malévolas sobre la salud mental de Potter disimuladas bajo una aparente preocupación. Según el periódico, Potter había dado muestras de una conducta anómala desde que había regresado de los Estados Unidos y se negaba a contactar con el ministerio, que estaba terriblemente preocupado por él. Potter, recordaba el periodista, ya había tenido otros problemas de inestabilidad antes, producto a la tensión de verse amenazado por los mortífagos y su deficiente crianza, emocionalmente desestabilizadora.
-Bueno, veámoslo por el lado positivo –dijo Potter-. Sigue sin haber indicios de que el ministerio sepa que estás vivo.
-Potter, me da igual, sólo quiero estar seguro de que no se llevan a mi madre.
-Lo sé, lo sé, pero es mejor preocuparnos sólo por la Agencia que por la Agencia y el ministerio.
Aún pasó media hora hasta que tuvieron noticias de Nereida en forma de patronus. La auror dijo que ella no podía ir a Azkaban, pero que había hablado con Finnigan y este trataría de hacer algo.
-¿Qué puede hacer Finnigan? –preguntó Draco, de mal humor.
-Su familia tiene un scáthán.
-Me suena, ¿qué es eso?
-Es un espejo mágico. Con el encantamiento adecuado, puede mostrarte el lugar que desees. No podrá ver las celdas, el scáthán no puede atravesar esas barreras, pero sí verá la cárcel y si pasa algo raro podrán avisarnos. Si entonces tenemos que saltarnos el plan e ir a por tu madre a la desesperada, lo haremos, pero hasta entonces tenemos más posibilidades de éxito si mantenemos la calma y hacemos las cosas bien.
Mantener la calma era algo que resultaba más fácil de decir que de hacer. Sin embargo, si había algo capaz de distraerle aquella mañana eran las lechuzas y llamadas constantes del ministerio, instando a Potter a presentarse allí. Los avisos fueron haciéndose cada vez más duros y después del almuerzo empezaron a recordarle a Potter que su negativa a colaborar con los aurores podía tener ciertas repercusiones legales. Potter, tranquilo al principio, empezó a preocuparse al ver que no paraban de llegar notificaciones y que, según Kreacher, había dos magos que llevaban ya un buen rato rondando la casa.
-Estoy empezando a pensar que puede ser peligroso que nos quedemos aquí –le confesó a Draco, pensativo.
-Habías dicho que nadie podría entrar aquí sin tu permiso.
-Y no pueden –le confirmó-. Pero el ministerio está apretando cada vez más fuerte, y sí pueden cerrar nuestra conexión Flú y lanzar un hechizo anti-Aparición y anti-trasladores alrededor de la casa. Y entonces nos quedaríamos atrapados. Tú y yo quizás podríamos escaparnos volando, pero si tu madre ya está aquí… Bueno, necesitará unos días para reponer fuerzas y eso. Creo que es mejor que nos traslademos los tres a la casa de Bath.
-¿La de anoche?
-Sí. Los aurores no saben de su existencia, así que no nos buscarán allí. Y tu madre estará bien; la parte de abajo está un poco desastrada, pero las habitaciones de arriba son bonitas y cómodas.
Draco lo consideró unos segundos; a él lo mismo le daba una casa que otra. Y quizás su madre preferiría incluso la casa de Bath, con más aire libre a su alrededor.
-Por mí bien.
-Voy a empaquetar unas cuantas cosas, entonces.
Potter se fue y Draco se quedó solo en el comedor, pensativo. Sabía que Finnigan ya estaba vigilando la cárcel con su espejo irlandés y que de momento todo estaba en orden. Eso le tranquilizaba un poco, pero no demasiado. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan inquieto antes de afrontar una misión; estaba claro que la cosa cambiaba cuando había intereses personales por medio.
Lovegood llegó cuando Potter aún estaba arriba, haciendo su maleta. Llevaba con ella una bolsa de viaje que hizo que Draco se preguntara si iba a instalarse con ellos, pero ella se la dio a él.
-Es para tu madre –explicó, con su vocecita casi etérea-. No tendrá nada que ponerse cuando salga de Azkaban y he pensado que estos vestidos de mi madre podrían venirle bien hasta que podáis conseguir vuestra propia ropa.
Sin saber qué decir, Draco sacó uno de los vestidos de la bolsa. Era muy sencillo y el estilo había pasado de moda, pero era bonito y parecía de la talla de su madre. También había un paquete de la tienda de madame Malkin y al abrir una de las esquinas comprendió que se trataba de ropa interior nueva. De pronto, se sintió invadido por una emoción difícil de describir. No había hecho más que decirse que iba a cuidar de su madre, pero no se le había ocurrido pensar en esos detalles, prácticos y necesarios. Se le había ocurrido a la chica estrafalaria que había sido prisionera en Malfoy manor durante varias semanas. Draco notó algo raro en la garganta y tragó saliva para hacerlo bajar.
-Gracias.
-No hay de qué –dijo, sentándose en un sillón-. ¿Qué está haciendo Harry allá arriba?
-Las maletas –contestó, dijo, agradeciendo esa ocasión de recomponerse. De intentarlo al menos. Un millón de emociones que no entendía parecían bullir en su interior desde aquella mañana, y aunque lo hacían muy lejos de la superficie, Draco tenía la impresión de que eran peligrosas-. Hemos decidido que es mejor que nos instalemos los tres en la casa de Bath. El ministerio está presionando demasiado y a Potter le preocupa que nos puedan encerrar aquí dentro.
Lovegood asintió.
-Sí, es buena idea. –Lo miró fijamente con sus extraños ojos saltones-. ¿Estás nervioso?
-Un poco.
-Seguro que sale bien.
Draco frunció ligeramente las cejas; no comprendía la actitud de aquella chica.
-¿No le guardas rencor a mi madre?
-No… No creo que ella quisiera tener nada que ver con Voldemort. Si hubiera podido, tu madre me habría sacado de vuestro sótano y me habría llevado con mi padre sana y salva. –Se quedó pensativa unos segundos-. Traté de decirlo durante sus juicios, pero no me dejaron. Sólo me preguntaron si yo había estado prisionera durante la guerra en tu casa y si tus padres habían sido mis carceleros. Les dije que sí y ya no pude decir nada más. Y luego me dijeron que la situación de mi padre era muy delicada y que si seguía defendiendo a antiguos mortífagos podía perjudicar su juicio.
-¿Tu padre fue llevado a juicio? –preguntó, extrañado.
-Intentó entregar a Harry, Ron y Hermione a los Carroñeros a cambio de mi liberación. Uno de los Carroñeros lo contó mientras lo interrogaban y mi padre fue acusado de colaboracionista. Tuvo mucha suerte; fue uno de los pocos que fue declarado inocente. Aunque al final ha terminado en Azkaban de todos modos.
-¿No quieres que intentemos sacarlo de allí?
-Oh, sí… Le echo de menos. Y seguro que no está comiendo bien. Pero él no quiere marcharse, dice que es más útil allí. A mucha gente le molesta verlo en la cárcel y eso ayuda a que pongan en duda lo que está haciendo Madison.
Draco recordó que Potter le había contado algo así la primera noche.
-Azkaban es un agujero; no entiendo que alguien quiera quedarse allí.
Lovegood no dijo nada y después de una breve pausa, cambió de tema.
-¿Fue muy duro ser otra persona?
-¿Qué clase de pregunta es esa? –Pero ella simplemente se quedó en silencio, esperando su respuesta y él se sintió obligado a contestarle algo-. Fue solitario. Como si fuera invisible, a veces. Pero era mejor que estar muerto.
-¿Y ahora? ¿Es muy duro volver a ser Draco?
Las palabras salieron solas, como si tuvieran vida propia.
-No creo que sea Draco todavía.
Sólo cuando duermo, pensó, sin saber tampoco de dónde venía ese pensamiento. Pero comprendió que era cierto y la pequeña sonrisa de simpatía de Lovegood no llegó a ser un consuelo.
Cuando Potter lo tuvo todo listo se marcharon a la otra casa y con la ayuda de Kreacher, que les había acompañado, arreglaron las habitaciones. Potter tenía razón, estaban bastante bien y las camas parecían cómodas. Su madre estaría bien instalada; su habitación tenía un bonito paisaje, lleno de cielo y campo abierto.
La gente empezó a llegar a la hora convenida y Potter les contó lo de la persona encubierta que habían vislumbrado aquella mañana en la playa. La señora Weasley propuso cancelar el rescate hasta que hubieran solucionado eso y Rolf Scamander la apoyó, pero Draco no quería oír nada de ese estilo. Iría esa noche, solo o acompañado. La necesidad de rescatar a su madre era demasiado fuerte y no quería ni podía esperar una hora más.
-Tengo una idea –dijo Granger-. Si ese tipo es de la Agencia, seguramente estaba en esa playa esperando encontrarte a ti, ¿no?
-Sí.
-Hay una manera de alejarlo de allí muy fácil. Llama a la Agencia, diles que quieres reunirte con ellos a las once y media en algún sitio concurrido, en Picadilly o así. Lo más lógico es que manden al tipo que estaba en la playa, ¿no? No creo que tengan a todos sus agentes detrás de ti.
-Pero Hermione, ni siquiera sabemos de cuántas personas estamos hablando –objetó Molly Weasley.
-Pues yo creo que es un buen plan –replicó Draco, pensando rápidamente-. Tanto si son uno como si son diez, no me esperarán en Azkaban si piensan que voy a ir a hablar con ellos. Si sospechan algo, sospecharán que quiero tenderles una trampa en Picadilly, no que quiero alejarlos de la cárcel.
-Es una locura. Con tan poco tiempo y sin saber qué va a hacer esa gente, estamos corriendo demasiado riesgo.
-El riesgo es que la Agencia se lleve a mi madre antes que nosotros.
Potter intervino con voz firme.
-Seguiremos el plan tal y como estaba previsto. Draco, haz lo que ha dicho Hermione.
Draco hizo aparecer su móvil, en el que tenía tres llamadas perdidas de la Agencia, introdujo su código y después mandó un mensaje de texto. Fue breve. "Quiero hacer un trato. Picadilly Circus, 11:30 pm". Apenas cinco segundos después, el móvil empezó a sonar, pero Draco lo hizo desaparecer a toda prisa. No quería hablar con Lucas delante de todos, y menos en esa situación. Temía que Lucas le metiera dudas en la cabeza o que pudiera descubrir en su voz que le estaba tendiendo una trampa.
-Bien, ¿todo el mundo sabe lo que hay que hacer? –inquirió Harry, paseando la vista a su alrededor.
Todos asintieron con aire más o menos decidido.
-Vamos a prepararnos.
El agua estaba helada. Draco llevaba un hechizo encima que le protegía de las frías temperaturas del mar del Norte, pero aún así resultaba dolorosamente punzante. La ropa, además, se había vuelto pesada y tiraba de él hacia abajo. Tampoco veía muy bien; era plena noche y buceaba a diez metros bajo el agua. Un hechizo de visión nocturna que le había enseñado Nereida, la auror, le permitía al menos distinguir los bultos de las personas que nadaban con él: Potter, Seamus Finnigan y Dean Thomas.
Cuando llegaron a la altura de la primera barrera de Azkaban, esperó un par de segundos hasta notar que Potter le hizo una señal. Bill Weasley, Lovegood, Scamander y Goldstein habían llegado ya al punto contrario de la barrera y Weasley ya estaba listo para empezar a desarmar la barrera.
Draco salió a la superficie del agua. Durante un segundo, no pudo respirar, el aire era incapaz de atravesar su cuerpo. Después sus pulmones recordaron cómo hacerlo y tomaron el relevo de las agallas que había hecho aparecer las branquialgias suministradas por Longbottom. Superado ese momento de crisis, empezó a mover la varita en dirección a la barrera. Notaba el eco de los movimientos gemelos de Bill Weasley. Podría haberlo hecho él solo, pero habría tardado muchísimo más; la faena se simplificaba notablemente cuando la barrera se deshacía entre dos personas.
Después de cinco minutos, la primera barrera se debilitó lo suficiente como para dejarles atravesarla sin activarse. Draco se sumergió de nuevo y buceó con los demás hasta la segunda barrera. Un banco de peces se interpuso en su camino; nadar entre ellos fue ligeramente desagradable. Finnigan hizo un gesto brusco y Draco vio cómo se quitaba de encima un pez que se le había colado por debajo de la camisa. Continuaron; estaban quizás a doscientos metros de la cárcel. Draco se imaginó a su madre tumbada en su cama, incapaz de sospechar que él estaba tan cerca, que aquella noche dejaría Azkaban para siempre.
Cuando llegaron a la segunda barrera tuvieron que esperar unos segundos de nuevo antes de ponerse a trabajar. Esta vez los hechizos eran muy complicados. Draco agradecía a cada segundo el entrenamiento que había recibido en la Agencia; sin él, no habría sabido por dónde empezar. Y esta vez, él solo tampoco habría podido abrir un agujero en esa barrera, eran necesarias dos varitas expertas trabajando a la vez, ya fuera para levantarla, para echarla abajo o para penetrarla sin que nadie se diera cuenta.
Por el rabillo del ojo vio que Potter asomaba la cabeza, quizás para mirarlo a él o quizás para echarle un vistazo a la orilla, donde todo parecía en orden. Potter se quedó unos segundos con él, castañeteando los dientes, y después se sumergió de nuevo. Draco siguió meneando la varita en los patrones precisos, murmurando los encantamientos adecuados. Sentía la mano derecha entumecida por el frío, pero agarró la varita con fuerza para que no se le cayera. Una especie de revoloteo le hizo mirar hacia arriba, temiendo que fueran los dementores, pero no vio nada; todavía no se habían percatado de su presencia. Habría sido alguna de las solitarias gaviotas que a veces se acercaban al islote.
Por fin, con un susurro que quedó apagado por el viento, consiguió abrir un agujero en la segunda barrera. Draco la atravesó, seguido por los demás, y buceó hasta llegar a la isla. Ya, ya estaban. Había llegado el momento. Potter le hizo una señal para que se detuviera y consultó su reloj sumergible. Era necesario que estuvieran perfectamente sincronizados con el grupo que iba a atacar desde la playa.
Potter hizo una silenciosa cuenta atrás con los dedos. Cinco. Cuatro. Tres. Dos.
Uno.
Draco lanzó un hechizo contra la barrera con todas sus fuerzas. Potter hizo lo mismo, igual que Bill Weasley y Tony Goldstein al otro lado. La barrera se vino abajo con un chirrido espantoso. Al mismo tiempo, la orilla se llenó de gritos y fulgores de hechizos. Granger, Weasley y los demás habían atacado también.
-Vamos, rápido, rápido –exclamó Potter.
Sólo tenían unos cinco minutos antes de que llegara todo un contingente de aurores desde el ministerio. Draco sacó su escoba de la funda que llevaba atada al bolsillo y la devolvió a su estado normal. Finnigan ya se había sumergido debajo de él. Draco se colocó a horcajadas sobre la escoba y apoyó los pies en los hombros de Finnegan. Utilizándolo como suelo firme, dio una suave patada y mientras Finnigan se hundía, él salía volando en dirección al ventanuco miserable de la tercera planta que daba a la celda de su madre. Potter le seguía; él había usado a Thomas para hacer volar la escoba.
-¡Mamá! –la llamó Draco, ya sin importarle quién pudiera oírle-. ¡Mamá!
Llegaron a la ventana, pequeña y con barrotes.
-¡Narcissa, apártese de la ventana!
Draco probó ansiosamente uno de los primeros hechizos que había aprendido en la Agencia, capaz de hacer que las paredes se volvieran franqueables como si no fueran más que una ilusión. No funcionó. Pero en cierto modo lo habían esperado y Potter estaba ya listo para el segundo plan. Su varita lanzó un haz de chispas doradas que prendieron sobre la roca como pequeñas luciérnagas; las palabras de su encantamiento eran griegas. Origen. Primigenio. Nacimiento.
Un súbito pesimismo se apoderó de él y por unos segundos estuvo convencido de que no iban a conseguirlo, de que iban a terminar todos atrapados o muertos.
-¡Expecto patronum! –gritaron desde abajo.
¡Dementores! Les habían descubierto, pero Finnigan y Thomas habían sido rápidos y sus patronus ya los estaban alejando mar adentro. Draco se sintió mejor rápidamente, convencido de nuevo de su éxito a pesar de los gritos de alarma que se empezaban a escuchar por toda la cárcel. No sabía qué tal les estaba yendo a los de la orilla, o a Bill Weasley y compañía, que básicamente sólo tenían que alborotar para atraer a los guardias y quitárselos a ellos de encima en todo lo posible.
-Vamos, Harry…
La retahíla de nombres griegos continuó durante quince, veinte segundos más y de repente media pared se desmoronó frente a ellos como si estuviera hecha de arenisca. La celda apareció ante ellos, una pequeña y hedionda habitación de piedra que sólo tenía un catre y un retrete.
Y allí estaba su madre, de pie, reclinada contra la puerta de la prisión, mirándolos a ambos con ojos desorbitados. Alumbrada sólo por la luz de la luna, no parecía ella; su cuerpo estaba encorvado, su pelo, enmarañado. Pero era su madre. Después de siete años.
-¡Mamá! –exclamó, dando un paso hacia ella.
No pudo caminar más porque la puerta de la celda se abrió con fuerza, haciendo caer a su madre al suelo, y dos guardias de Azkaban comenzaron a acribillarles a hechizos.
Continuará
