X. Y tú lo acusaste, ¿no?

«La risa no es un mal comienzo para una amistad y es la mejor manera de terminarla.»

Oscar Wilde.

Marzo de 2025.

Alphonse ya se veía venir semejante reacción y aun así, la temió.

En el breve momento en que había ido a hablar con los fantasmas para recibir al Hermano Elijah, no había prestado demasiada atención a las figuras que circulaban frente a la casa Bellefleur. Rafael sí, al menos eso le dio a entender su expresión ceñuda al entrar de nuevo a la casa y hallarse en el recibidor con algunas personas a las que no había visto antes.

Todo el mundo fue quedándose callado en cuanto vieron que los acompañaba un Hermano Silencioso. La figura de color pergamino era imponente, así que los pocos cuchicheos que se alzaron fueron sofocados enseguida.

—Buenas noches.

Ante cualquier situación en la que no sabía qué decir, Alphonse procuraba saludar primero, para hacer ver que tenía modales. Pocos reaccionaban mal ante una persona bien educada, aunque en su caso, era más bien un mecanismo de defensa, algo que antaño, amortiguaba el malestar ante las miradas frías y el obvio desdén dirigido a su persona.

—¿A qué vino el Hermano? —preguntó un hombre bajo y delgado, cuyo traje de combate parecía haber conocido mejores tiempos.

—Lo llamó el chico —respondió Colette, cruzada de brazos y en una posición evidente de liderazgo ante los allí reunidos—. Bien, muchacho, ¿vas a preguntarle…?

¡Merde, Matt! Si no estuviera muerto, te daría una lección.

La reprimenda de Frédérique Montclaire, en otras circunstancias, habría divertido a Alphonse. O tal vez no, dado que no podía imaginar el hacerle daño a Rafael, por más que lo hiciera enfadar. Respiró hondo y se giró, solo un poco, hacia el Hermano Elijah.

Grand–père quisiera darle una lección, pero obviamente no puede —dijo sin vacilar.

—¿Cómo se atreve ese chico a hablar así? —oyó que mascullaba una voz femenina.

"Puedo imaginarlo perfectamente. ¿Fred está aquí, en esta habitación? ¿Y Juliette?"

—Sí, señor. Los dos.

—¿Los dos qué? —se extrañó Suzanne Nightwine, arrugando la frente.

"Puedo percibirlos. Es algo muy débil, un pensamiento que no puede ser alcanzado de una manera convencional. Alphonse Montclaire, ¿qué quiere saber Fred exactamente?"

—Eso… Ha preguntado dónde estaba su parabatai, porque no lo percibía del otro lado… Me refiero a que no sentía que hubiera muerto. Los del Instituto de la ciudad no parecían saber algo al respecto, así que decidí consultar con uno de ustedes.

"Has hecho bien. Aquí, de haber decidido hablar, los Nightwine no te habrían dicho más que mentiras que, por haberlas sostenido tanto tiempo, ya las consideran verdad. Los Hermanos Silenciosos saben la historia completa, se las he contado yo en más de una forma, pero nada se podía hacer para revertir lo que, para mí, fue un profundo daño. ¿Puede Fred saberlo? ¿Le dirías que jamás fue mi intención abandonar a mi familia?"

—Yo… Sí, se lo diré. Solo que… Necesitamos testigos de que estoy ayudando a resolver el problema con los fantasmas y… Lo lamento, pero… Los demás presentes…

Alphonse hizo un movimiento de mano para abarcar su entorno, desviando los ojos de la figura del Hermano Elijah, quien antaño fuera Mattius Fairchild. Aquello resultaba tan difícil de creer como de imaginar y, sin embargo, era lo único que encajaba en aquella situación.

"Comprendo lo que quieres decir. Este Enclave ha vivido en una especie de letargo y ya es tiempo de que despierte. Responderé lo que se necesite y deberán atenerse a las consecuencias."

Las últimas palabras causaron un respingo general, señal del momento en que el Hermano Elijah se dirigiera a todos y no solo a Alphonse quien, de reojo, notó que las fantasmales figuras de Frédérique y Juliette observaban con curiosidad aquella reacción.

—¿Qué ha pasado? —Quiso saber ella.

—El Hermano Elijah hablará para todos —respondió Alphonse, dudando solo un segundo antes de mirar hacia Frédérique sin titubear—. Antes pidió que supieras que jamás quiso abandonar a su familia. Supongo que se refería a ustedes.

—Supones bien —Frédérique asintió con la cabeza—. Cuando nos conocimos, Matt no tenía ya parientes cercanos que velaran por él, o que quisieran hacerlo, en realidad, porque había unos pocos Fairchild en Idris. En fin, mi padre se enteró y como había sido amigo de sus padres, lo trajo a casa. Crecimos juntos y fue normal para todo el mundo cuando decidimos ser parabatai.

"Alphonse Montclaire, ¿Fred te está hablando?"

Dando un respingo, Alphonse se giró hacia el Hermano Elijah, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo antes de asentir.

—Me estaba contando que crecieron juntos —indicó, en un susurro.

"Es correcto. Aprendí a ver a Fred como mi hermano, mi mejor amigo y por eso, fue algo natural que lo siguiente fuera el ser parabatai."

—Eso… Grand–père ha dicho algo muy parecido —admitió Alphonse.

El Hermano Elijah asintió, recorriendo a los demás con la mirada, o al menos eso parecía, pues no se había bajado la capucha del hábito. Alphonse se preguntó si sopesaba de alguna forma la fiabilidad de aquellas personas o al contrario, sabía quiénes eran los buenos y quiénes los malos en la historia de su vida pasada, una vida donde tuvo una familia con la cual no pudo morir.

"Colette Madeleine Beausejours. Hija de Maurice–Louis Beausejours y Suzanne Cartwritgh. Debiste haber sabido que este día llegaría."

—¿De qué está hablando? —soltó Colette con desprecio, pero para Alphonse fue evidente el leve temblor en sus labios, que demostraba nerviosismo.

"Antes de venir, he dado testimonio a mis Hermanos. De nuevo. Cada año lo hago y cada año es dejado de lado. Dicen que el pasado es inamovible y en cierta manera, tienen razón. Sin embargo, este año han aceptado que viniera, porque no solo atestiguaré lo ocurrido, sino que haré que los demás lo sepan, para que decidan lo que crean más conveniente con tu persona."

—¿Lo ocurrido? ¿Hablas de hace…? ¿Qué pretendes hacer conmigo?

"He solicitado que se emite una acusación formal por privación de la libertad."

Aquello conmocionó a más de uno. Alphonse se imaginó que pocos habían captado lo que el Hermano Elijah había querido dar a entender con eso, pero él lo intuyó, supuso, por aquel don que su sangre materna le había dado. Comenzaba a identificarlo cada vez que salía a la luz: era como un cosquilleo en su nuca, que le recorría la columna vertebral y empezaba a inundarle la cabeza, los oídos, los ojos y la lengua.

Apretó los labios, porque no quería ni debía decir nada. No aún.

—¿Escuché bien? ¿Privación de la libertad? —dejó escapar Millicent Nightwine, pasmada.

—¿Cuándo ha hecho eso mi abuela? —soltó Suzanne, indignada.

Alphonse hizo una mueca, mirando de reojo a Rafael, que apenas contuvo un bufido, quizá pensando lo mismo que él: que debieron haber adivinado antes que Suzanne y Colette estaban emparentadas de forma tan cercana.

"Colette animó a que se salvara mi vida, cuando había aceptado mi muerte. Pero no lo hizo con el fin de que un niño siguiera teniendo a alguien que lo amara, sino que me privó de ello al convencer a los Hermanos de que me unieran a sus filas. Les pidió que lo intentaran como último recurso para conservarme, sin tomar en cuenta lo que yo tuviera qué decir. Me privó de la libertad de elegir mi vida o mi muerte, de seguir con mi existencia como Mattius Fairchild o con una nueva, lejos de la familia que me quedaba. Si alguien opina diferente, estaré dispuesto a escucharlo."

Alphonse sintió que el impulso en su lengua, ese que quería obligarlo a pronunciar frases que apenas comprendería cuando lograra escucharlas, remitía. Tal parecía que era necesario que alguien más expusiera lo que el don le dictaba, o éste pugnaría por hacer sus revelaciones.

—¡Colette! ¿Es cierto eso? —Nathan Nightwine miró estupefacto a su esposa.

—¿Vas a creer semejante disparate? —espetó Colette a su vez.

—¿Cómo va a ser disparate algo que dice un Hermano Silencioso? —intervino una mujer menuda y de cara redonda, cuyo pelo rubio y canoso iba bien sujeto en un apretado moño en su nuca—. Recuerdo aquel día. Cuando llegamos hasta ellos, Frédérique y Juliette habían muerto, pero Mattius no. Estaba encima del niño, chorreando sangre, todavía sujetando la espada…

Esta vez, Alphonse tragó saliva y un cosquilleo diferente al anterior le recorrió los ojos. No había que ser genio para deducir que la rubia, al hablar de un niño, se refería a Jérôme, su padre.

—Logramos llevarlo al Instituto —se acordó un hombre de cabello rojizo al lado de la rubia, cuya expresión severa era bien complementada por unos ojos azules y fríos como el hielo—. En ese momento nadie dijo nada, pero después sí, pensábamos que Mattius había salido del Instituto para patrullar con Frédérique y Juliette como en los viejos tiempos y que no tardaría, porque nunca dejaba el Instituto por mucho tiempo. ¿Fue así, Colette? ¿O tienes algo más que añadir?

—¡Tú qué vas a saber, Clem!

—Creo que lo suficiente —Clem adoptó una pose más erguida, al tiempo que sus ojos recorrían su entorno y se quedaban fijos, solo unos segundos de más, en ciertas caras—. Mattius era buen director, Colette. No llevaba las cosas de manera ordinaria, pero eso no significaba que no funcionaran. Los Acuerdos aquí estuvieron a punto de romperse un montón de veces, gracias a algunos de tus amigos, por cierto, pero Mattius siempre pudo arreglarlo. Él y Frédérique. Mira a tu alrededor, esto es lo que queda de los nuestros en Lyon, ¿pero cuántos éramos entonces, que se empezó a correr la voz de la labor de Mattius y Frédérique? Empezamos a llegar aprendices y luego, muchos de ellos querían quedarse. Varios aquí decidimos tener hijos, porque veíamos un buen ambiente para que crecieran, aunque llevemos una vida de guerreros —Clem les dedicó una leve sonrisa a un par de adultos, un hombre y una mujer, ambos con sus mismos ojos azules pero mientras él era rubio, ella tenía el pelo rojizo—. ¿Todo eso no era suficiente para ti? ¿Estabas tan empeñada en que el Instituto no fuera de un extranjero? ¿O había algo más?

—¡Clem, no digas tonterías! —se exaltó Suzanne, poniéndose delante de Colette.

—No me sorprende que Anne sea como es —añadió la rubia, entrelazando su brazo con el de Clem en actitud de apoyo—. Murieron sus padres y le has llenado la cabeza de ideas más viejas que los Acuerdos. Nathan debió decir algo, pero estoy seguro que no lo dejaste y eso no me da pena, sino vergüenza ajena. Les habrían caído bien a los tres unas visitas a Frédérique y a Juliette. Su hijo era tan bien educado… Todo un encanto y un cazador de sombras excelente, aunque fuera tan pequeño. Podría jurar que celebraste el deshacerte de él.

—¡Ese niño era un fenómeno que…!

Colette no pudo terminar lo que sea que fuera a decir. De pronto, la hoja de una espada estaba ante sus ojos, rozando peligrosamente una mejilla de Suzanne, que no había tenido la ocasión de retirarse porque sencillamente, no había visto venir semejante movimiento.

—¡Al!

Rafael… Ese que hablaba era Rafael…

Alphonse se forzó a concentrarse en la voz, en su tono apremiante, con tal de no perderse en el remolino ocasionado por el don en esa ocasión, uno que lo impulsaba a actuar de tal forma, que después no podía explicar cómo o por qué había hecho todo eso.

—He sido enviado a Lyon a ayudar con el bloqueo a su Instituto —comenzó, instando a su mente a recapitular lo que había sucedido recién porque si no, sentía que iba a cometer una equivocación—. He dicho que fue ocasionado por fantasmas y han renegado porque dichos fantasmas fueron mis parientes en vida. No me importa que no hayan querido a ninguno de ellos, pero no le permitiré que los insulte. Mucho menos a mi padre. Bastante tuvo que afrontar en París, como para encima tener que escuchar que una mujer como usted lo llame de forma tan cruel. Créame, tiene suerte de que jamás la tacharan de fenómeno o de poca cosa. Mi padre hizo grandes cosas y nunca olvidó de dónde venía. No creo que usted pueda decir lo mismo.

A continuación, Alphonse bajó poco a poco a Hauteclaire, lo que originó un jadeo colectivo.

—¡Por el Ángel! ¡Fue como ver a Frédérique otra vez! —musitó la rubia junto a Clem.

—Pensé que Hauteclaire estaba perdida —comentó el rubio que se parecía a Clem.

—¿A qué se refieren con «perdida»? ¿Escuchaste eso de nuestra Hauteclaire, Juliette?

—¿Qué? —Alphonse se olvidó de todo lo demás y se giró en dirección a sus parientes espectrales—. ¿No sabían que Hauteclaire estuvo perdida?

—¡Jérôme jamás habría permitido algo así! —aseguró Juliette, frunciendo el ceño, antes de adoptar una expresión más seria, casi acongojada—. Nos hemos dado cuenta de… de que murió —musitó, mirando a su alrededor, mostrando una mueca de desagrado hacia casi todos, como éstos se las dedicaban a Alphonse—, pero en el otro lado no lo encontramos. Pensábamos que tal vez… Creímos que quizá se habría quedado en París, contigo. Pero cuando llegamos aquí…

—Cuando llegamos aquí, grand–mère Linette tampoco lo encontró —completó Frédérique, con los ojos inundados de tal pena, que Alphonse imaginó que así debía verse él cuando vivió todo el proceso contra Thorwyn—. Y si ella no puede encontrar a alguien que ha muerto, más si es un pariente suyo, entonces no sabemos qué pudo haber pasado.

—¿No saben cómo murió? ¿Nada de la Guerra Oscura?

—Hemos oído de todos ellos cosas de la Guerra Oscura, pero no lo suficiente como para comprenderla —admitió Juliette, haciendo un mohín de frustración—. Lo que nos ha quedado claro es que desprecian a nuestro Jérôme por haber sido… ¿Cómo lo llamaron? ¿Oscuro?

—Oscurecido —corrigió Alphonse con suavidad, casi sin atreverse a mover un dedo, con tal de no percatarse de las reacciones a su alrededor—. La teoría dice que, aunque físicamente siguieran vivos, los Oscurecidos ya no eran ellos mismos. Yo… Creo que Edward Longford se dio cuenta y por eso… por eso se obligó a matarlo.

—¿Quién es Edward Longford? —se interesó Frédérique.

—Él… Edward era el parabatai de mi padre.

Al oír eso, Frédérique compuso una expresión de pasmo y asco.

—¿Cómo un parabatai pudo…? —musitó, meneando levemente la cabeza.

—No tuvo más remedio —aseguró Alphonse, aunque era más una creencia suya que una verdad que supiera con certeza—. He leído todos los testimonios que hay al respecto. La familia de mi parabatai los combatió. Los Oscurecidos… Era como si algo caminara con sus rostros y sus voces, hasta con sus recuerdos, pero no eran ellos. ¿Habrías dejado a Matt andar por el mundo destrozando todo lo que se suponía que debía defender? ¿Lo habrías dejado asesinar a otros solo por el placer de hacerlo? ¿Lo habrías dejado, grand–père?

"Quiero creer que Fred no lo habría permitido. Él era sabio, a su manera. Aunque me amara como su otra mitad, si veía que ya no era yo, quiero creer que me habría hecho el mismo favor que le hicieron a su hijo."

Las palabras del Hermano Elijah causaron otro respingo colectivo. Era un poco difícil olvidarse de que estaba allí, pero Alphonse se percató, vagamente, que hasta el momento la atención de los presentes estaba en él, en el diálogo que mantenía con alguien a quien ellos no podían ver ni oír, seguramente conjeturando las frases que se estaban perdiendo.

—Jamás —sentenció Frédérique, irguiéndose cual alto era, junto a una Juliette que también se mostró recta y decidida—. Matt merece todo mi respeto, y de haberle pasado algo así, sé que me perdonaría si era para detenerlo. Yo mismo lo habría querido y quiero pensar que Jêrome también. Me gustaría conocer a ese parabatai, Edward Longford.

—Él también murió. No soportó la pena por lo que había hecho. Se suicidó.

Los fantasmas intercambiaron miradas y Alphonse pensó que su aspecto no pudo ser más triste. Sin valor para verlos a la cara, desvió los ojos hacia el Hermano Elijah, pero tampoco supo si debía repetir aquellas palabras.

"Fred lo ha dicho, ¿verdad, Alphonse Montclaire? Ha dicho que me habría matado."

Incapaz de pronunciar palabra, Alphonse asintió.

—¿Por qué estamos escuchando sobre algo tan vergonzoso? —espetó Colette.

—¿Qué dice? —Rafael, quien había conseguido dominarse hasta el momento, volvió a fulminar con la mirada a Colette.

—Es vergonzoso, todo el mundo lo sabe. ¿Cómo un parabatai mata al otro y luego se suicida? Debió haber sobrevivido, ese chico Longford, para que se le castigara.

—Se nota que no tiene parabatai —espetó Rafael, con ira contenida, antes de sonreír de lado y añadir, burlón—, aunque tampoco me extraña, ¿quién habría querido pedírselo?

—¡Tú, mocoso impertinente! ¿Es eso lo que los subterráneos les enseñan a sus hijos?

—No sé otros, pero si se refiere a papá, él me ha enseñado a no quedarme callado si veo algo que no está bien. Y déjeme decirle que aquí nada parece estar bien. Casi agradezco que echaran a monsieur Jérôme cuando lo hicieron.

—¡Nosotros no echamos al mocoso de aquí!

—Pero no hicieron nada porque se quedara, ¿verdad?

La acotación de Rafael dio en el blanco, comprendió Alphonse. A su alrededor, comenzaron a aparecer expresiones de disgusto y pena, pero todas significaban lo mismo: habían retirado a un niño de su ciudad natal sin miramientos, esperando que superara su duelo en otra parte cuando bien pudo hacerlo en el sitio donde nació, donde todo le era conocido, mientras intentaba construir una nueva familia con la gente a su alrededor.

—Voto por la dimisión de Colette Nightwine como directora del Instituto —dijo Clem de repente, con voz fuerte y clara—. Es evidente que después de lo que hemos oído, no podemos confiar en que siga dirigiéndonos.

—¡Clem! ¡No puedes hablar en serio! —Suzanne vio al hombre con pasmo, para luego recorrer a los demás con ojos ansiosos—. ¡No podemos permitirlo!

—Podemos y lo haremos, Anne —dijo una joven de pelo rojizo y ojos azules, que era físicamente muy parecida a la rubia tomada del brazo de Clem—. ¿Cómo puedes tú creer que no lo haremos? Has oído tantas historias de Mattius Fairchild y los Montclaire como nosotros.

—¿Y eso qué? Eran un poco raros, siempre intentando negociar con los subterráneos y todo eso… Me han dicho que nadie en su sano juicio haría eso.

—¿Estás oyendo las tonterías que dices? —dejó escapar un joven que, por su aspecto, parecía hermano de la muchacha de pelo rojizo. Se cruzó de brazos mientras fulminaba a Suzanne con la mirada—. Acabamos de ir a Alacante, de ver cómo están las cosas en un sitio que no es Lyon, ¿y todavía crees que nadie cooperaría con subterráneos? ¿Estás loca?

—¡No, Pierre, pero…!

—Si Mattius Fairchild siguiera con nosotros, no estaríamos como ahora, podría jurarlo —sentenció Clem, antes de girarse hacia el Hermano Elijah—. Si necesitas algo de nosotros, solo dilo. Evidentemente, no podemos pedirte que vuelvas, pero quizá tengas alguna sugerencia.

"La tengo, aunque mi deber es informar a mis hermanos y al Consejo del resultado de esta reunión. Alphonse Montclaire, ¿Fred y Juliette se marcharán ahora?"

—Eso… Grand–mère y grand–père querían saber de usted, y también… Esta casa…

"Me imagino que Juliette quiere que se haga valer el testamento."

—¿Testamento? —Nathan se mostró desconcertado—. ¿El de quién?

"Fred y Juliette eran precavidos, Jonathan, seguramente lo recuerdas. Cada dos o tres meses, revisaban sus testamentos para asegurarse de que siguieran en orden. Cuando murieron, de hecho, acababan de hacer una de esas revisiones. En el suyo, Juliette añadió esta casa como herencia, dado que sus padres habían fallecido. Todo lo de Juliette fue para Jérôme y podría jurar que él, tan previsor como sus padres, dejó todo a su hijo. Por lo tanto, esta casa debe ser suya."

—Nosotros nunca supimos de testamentos —aseguró Colette, ceñuda.

—Y como lo dices tú, no vamos a creerte —añadió la rubia del brazo de Clem, antes de dirigirse al resto de los allí reunidos—. Enviaremos un aviso a la Clave solicitando la dimisión de Colette. Si gustas decirles a los fantasmas que necesitamos el Instituto y que Colette no va a entrar, te lo agradeceríamos mucho, Alphonse.

—Yo… Sí, lo haré. Disculpe, ¿con quién tengo el gusto de…?

—¡Oh, por el Ángel! Qué desconsiderado de nuestra parte el no presentarnos antes. En cuanto podamos entrar al Instituto, ¿gustas venir a tomar algo con todos nosotros? Aunque habrá que revisar la despensa, no he estado allí en una semana…

—Eso… No quisiera causar molestias, madame. Además, no podemos entrar.

La frase hizo que todos, visibles e invisibles, se fijaran en Alphonse.

—¡Por el Ángel, es cierto! —exclamó la mujer rubia que tenía los mismos ojos que Clem—. Parte de su sentencia de exilio es no poder entrar a un Instituto. Díganme ustedes si les parece lógico eso, cuando al mismo tiempo, obligan a estos chicos a seguir en servicio.

—Pensamos que nadie de Lyon, aparte de ella, había estado en la última reunión de la Clave —dijo Rafael, señalando a Suzanne con un gesto despectivo.

—¡Qué tontería! No nos habríamos perdido aquello por nada. Al principio, queríamos ver que le dieran su merecido al hada, lo admito, pero luego… Bueno, llegamos a la conclusión de que tanto prejuicio es absurdo a estas alturas. Dimos un paso adelante en los Undécimos, ¿por qué habríamos de retroceder ahora?

—No lo había notado pero ¡mira, Fred! Ella es Jannina.

—Ah, sí… Por cómo se aferra a Clem, parece que al final logró atraparlo. Me pregunto cómo lo logró. Los Lindquist debieron poner el grito en el cielo…

—Disculpa, ¿quiénes? —Alphonse se giró hacia su abuelo, arqueando una ceja.

—Los Lindquist. Suponemos que si se casó con Clem, ahora es Jannina Coeurfer, pero de soltera era Lindquist. Casi todos en esa familia son buenas personas, como el chico aquí presente, pero Jannina tuvo por padres a los únicos que no toleraban a los subterráneos. ¿Te imaginas eso viniendo de una familia que siempre ha tratado con el clan de vampiros de su ciudad?

Dejando a Juliette con sus recuerdos, Alphonse volteó hacia Hans, quien ahora se hallaba cerca de los chicos que se parecían tanto a quien, ahora sabía, se apellidaba Coeurfer.

—Hans —llamó en tono muy serio, y habiendo obtenido la atención del susodicho, preguntó con toda seriedad—, ¿cuándo pensabas decirnos a Rafe y a mí que tienes familia aquí?

Al ver a Hans sonrojarse furiosamente, Alphonse temió que Rafael y él hubieran confiado demasiado pronto en el joven Lindquist, pero pronto iban a averiguarlo.