Aclaración:
Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
[Eres mi razón]
Aunque el cambio de apariencia de Naruto lo había dejado pasmado, Kiba tardó sólo un momento en salir tras él. Como sospechaba, Naruto detuvo su camioneta junto al callejón en el que Hinata había sido atacada. Cuando Kiba aparcó el coche patrulla y entró en el callejón, Naruto estaba agachado sobre una rodilla, examinando el suelo embarrado. Ni siquiera levantó la mirada cuando Kiba se acercó. Siguió examinando con atención cada mata de malas hierbas y cada fragmento de grava, cada raspón y cada hendidura del suelo.
Kiba dijo:
—¿Cuándo te has cortado el pelo?
—Esta mañana. En la barbería de Harpston.
—¿Por qué?
—Porque Hinata me lo pidió —dijo Naruto lisa y llanamente, y volvió a fijar su atención en el suelo.
Luego recorrió lentamente el callejón, llegó a la parte trasera de los edificios y se detuvo en el lugar en que el agresor de Hinata la había tirado al suelo. Continuó avanzando, siguiendo exactamente el mismo camino que había tomado el agresor, y en el siguiente callejón profirió un gruñido de satisfacción y se arrodilló junto a una huella de pie medio desdibujada.
Kiba había pisado por allí, lo mismo que mucha otra gente. Y así se lo dijo a Naruto.
—Esa huella podría ser de cualquiera.
—No. Es de un zapato de suela blanda, no de una bota —tras examinar la huella un rato más, añadió—: Apoya poco los dedos cuando camina. Creo que pesa unos setenta y ocho u ochenta kilos. No está en muy buen forma. Ya estaba cansado cuando llegó aquí.
Kiba se sintió de pronto intranquilo. Algunas personas le habrían quitado importancia a aquella habilidad para rastrear, achacándola al origen de Naruto, pero se habrían equivocado. Había excelentes rastreadores de animales salvajes que podían seguir las huellas de un hombre por el monte tan fácilmente como si llevara las suelas de las botas impregnadas de pintura, pero los indicios que había distinguido Naruto sólo estaban al alcance de alguien que hubiera sido entrenado para cazar hombres. No dudaba de lo que Naruto le había dicho, porque había visto a algunos hombres capaces de seguir un rastro de aquel modo.
—Estuviste en Vietnam —ya lo sabía, pero de pronto le pareció que aquello cobraba mayor significado.
Naruto siguió examinando la huella.
—Sí. ¿Tú?
—En el Veintiuno de Infantería. ¿Tú en qué regimiento estabas?
Naruto levantó la mirada, y una sonrisa muy leve y despiadada curvó sus labios.
—Era un LRRP
El desasosiego de Kiba se convirtió en escalofrío. Los LRRP, llamados lurps, formaban parte de las patrullas de reconocimiento de largo alcance. A diferencia de los soldados rasos, los LRRP pasaban semanas enteras en la jungla y en las zonas montañosas, viviendo de lo que sacaban de la tierra, cazando y siendo cazados. Sobrevivían sólo gracias a su astucia y a su habilidad para combatir, o para desaparecer entre las sombras, lo que requiriera la ocasión. Kiba los había visto salir de la maleza, fibrosos y sucios, despidiendo un olor semejante al de los animales salvajes que en el fondo eran, con la muerte en los ojos y los nervios tan a flor de piel que era peligroso tocarlos inesperadamente o acercarse a ellos por la espalda. A veces no eran capaces de soportar el contacto con otros seres humanos hasta que sus nervios se aplacaban. Si uno era listo, pasaba de puntillas junto a un LRRP recién salido de la selva.
Naruto tenía en ese instante una mirada tan fría y letal, tan colérica, que Kiba sólo alcanzaba a adivinar la intensidad de su ira, aunque entendiera sus motivos. Naruto sonrió de nuevo, y en el tono más sereno imaginable, casi suave, dijo:
—Ha cometido un error.
—¿Cuál?
—Ha atacado a mi mujer.
—No te corresponde a ti atraparlo. Eso es cosa de la ley.
—Entonces será mejor que la ley me vigile de cerca —dijo Naruto, y se alejó.
Kiba se quedó mirándolo fijamente; ni siquiera lo había sorprendido la franqueza con que había dicho que Hinata era su mujer. Sintió que otro escalofrío le recorría la espalda y se estremeció. El pueblo de Konohagakure había cometido un error al juzgar a aquel hombre, pero el violador había cometido uno aún mayor. Un error que podía resultar fatal.
Hinata ignoró estoicamente todas las protestas y los ruegos cuando anunció su intención de irse a casa en su propio coche. Agradecía la preocupación y las buenas intenciones de aquella gente, pero no podía quedarse allí ni un momento más. No estaba herida, y el médico había dicho que el dolor de cabeza se le pasaría en un par de horas. Sencillamente, tenía que irse a casa.
Así pues, se fue sola en el coche, conduciendo con movimientos automáticos en medio de la lluvia brumosa. Más adelante no recordaría ni un solo instante del trayecto. Sólo se dio cuenta de que, al entrar en la vieja casa, que crujía sin cesar, experimentaba una intensa sensación de alivio que la asustó tanto que intentó apartarla de sí. No podía relajarse. Tal vez más tarde. De momento, tenía que conservarse de una pieza.
Artemis dio varias vueltas alrededor de sus tobillos, maullando quejumbrosamente. Hinata intentó desaturdirse para darle de comer, aunque estaba muy gordo, y aquel esfuerzo la dejó exhausta. Se sentó a la mesa y enlazó las manos sobre el regazo, manteniéndose inmóvil.
Así fue como la encontró Naruto media hora después, cuando la luz gris del día empezaba a disiparse.
—¿Por qué no me has esperado? —preguntó en la puerta con voz baja y suave.
—Quería volver a casa —explicó Hinata.
—Yo te habría traído.
—Lo sé.
Naruto se sentó a la mesa, junto a ella, y tomó sus manos frías y apretadas. Ella lo miró con fijeza, y el corazón de Naruto se encogió como un puño. Habría dado cualquier cosa por no ver nunca aquella mirada en sus ojos.
Hinata había sido siempre indomable, con aquel espíritu suyo de «al cuerno con todo». Su cuerpo era menudo y delicado, pero ella se creía invencible. Como la idea misma de la derrota le resultaba ajena, se había paseado por la vida alegremente, actuando conforme a su capricho y aceptando como cosa natural que los tenderos se acobardaran ante su dedo acusador. Esa actitud irritaba a veces a Naruto, pero con mayor frecuencia lo fascinaba. La gatita se creía un tigre y, como se comportaba como un tigre, los demás le seguían la corriente.
Pero ya no era indomable. Sus ojos mostraban una espantosa debilidad, y Naruto sabía que nunca olvidaría aquellos instantes en que se había sentido indefensa. Aquel cerdo la había lastimado, la había humillado, la había arrojado literalmente al barro.
—¿Sabes qué es lo que más me horroriza? —preguntó ella tras un largo silencio.
—¿Qué?
—Que quería que la primera vez fuera contigo, y ese hombre iba a... —se detuvo bruscamente, incapaz de acabar.
—Pero no lo hizo.
—No. Me subió la falda y empezó a restregarse contra mí, y me estaba desgarrando la ropa cuando Kiba... Creo que fue Kiba quien gritó. Puede que disparara. Recuerdo que oí un ruido muy fuerte, pero pensé que era un trueno.
Naruto comprendió por su tono monocorde y plano que seguía en estado de shock.
—No permitiré que vuelva a acercarse a ti. Te doy mi palabra —ella asintió con la cabeza; luego cerró los ojos—. Ahora vas a darte una ducha —dijo Naruto, urgiéndola a levantarse—. Una ducha larga y caliente, y mientras te la das, yo voy a prepararte algo de comer. ¿Qué te apetece?
Ella intentó pensar en algo, pero la sola idea de comer le repugnaba.
—Sólo té.
Naruto subió con ella al piso de arriba. Hinata estaba tranquila, pero su calma parecía muy frágil, como si estuviera manteniendo a duras penas el dominio de sí misma. Naruto deseaba que pudiera llorar, o gritar; cualquier cosa que quebrara su tensión.
—Voy a por mi camisón. No te importa que me ponga el camisón, ¿verdad? —parecía ansiosa, como si temiera causarle demasiadas molestias.
—No.
Naruto alargó el brazo para acariciarla, para enlazar su cintura, pero bajó la mano antes de tocarla. Tal vez ella no quisiera que la tocara. Un intenso malestar se apoderó de él al darse cuenta de que, a partir de ese día, tal vez su contacto, o el de cualquier otro hombre, le resultara insoportable.
Hinata fue por su camisón y se quedó dócilmente de pie en el anticuado cuarto de baño mientras Naruto ajustaba la temperatura del agua.
—Estaré abajo —dijo él cuando se incorporó y retrocedió—. Deja la puerta abierta.
—¿Por qué? —sus ojos eran grandes y solemnes.
—Por si te desmayas o me necesitas.
—No voy a desmayarme.
Él sonrió un poco. No, la señorita Hinata Hyuga no se desmayaba; no se permitía semejante debilidad. Tal vez no fuera la tensión lo que la mantenía tan derecha; tal vez fuera el hierro de su columna vertebral.
Naruto sabía que no podía obligarla a comer, pero de todas formas calentó una sopa de lata. Calculó el tiempo a la perfección; la sopa acababa de romper a hervir y el té de reposar cuando Hinata entró en la cocina.
A Hinata no se le había ocurrido ponerse una bata; llevaba sólo el camisón blanco de algodón. Naruto sintió que empezaba a sudar, porque, pese a que el camisón era sumamente recatado, veía la sombra de sus pezones a través de la tela. Maldijo para sus adentros mientras Hinata se sentaba a la mesa como una niña obediente. Aquél no era momento para el deseo. Eso, sin embargo, no apaciguaba su lujuria; deseaba a Hinata en cualquier circunstancia.
Ella se comió la sopa mecánicamente, sin protestar, y se bebió el té; luego le dio las gracias por haberlo preparado todo. Naruto recogió la mesa y fregó los escasos platos; cuando se dio la vuelta, Hinata seguía sentada a la mesa, con las manos unidas y la mirada perdida. Se quedó inmóvil un instante y masculló una maldición. No podía soportarlo ni un minuto más. De pronto levantó a Hinata de la silla, tomó asiento y la sentó sobre sus rodillas.
Ella se quedó envarada en sus brazos un momento; luego un suspiro se filtró entre sus labios, y al fin se apoyó, relajada, contra el pecho de Naruto.
—Estaba tan asustada... —musitó.
—Lo sé, cariño.
—¿Cómo vas a saberlo? Tú eres un hombre —su voz sonaba levemente agresiva.
—Sí, pero estuve en la cárcel, ¿recuerdas? —se preguntó si ella sabía lo que quería decir, y vio que fruncía el ceño, pensativa.
Luego Hinata dijo:
—Ah —empezó a poner mala cara—. Si alguien te hizo daño... —dijo.
—No, nada de eso. No me atacaron. Se me da bien luchar, y todo el mundo lo sabía —no le contó cómo se había ganado aquella reputación—. Pero les pasaba a otros presos, y yo sabía que podía pasarme a mí, así que siempre estaba en guardia —dormía sólo cuando podía dar una ligera cabezada, con un cuchillo hecho con una cuchara afilada en la mano; su celda escondía diversas armas que los carceleros veían sin darse cuenta de lo que eran. Habría hecho falta otro LRRP para descubrir algunas de las cosas que había hecho y de las armas que había llevado. Sí, siempre estaba en guardia.
—Me alegro —dijo ella, y de pronto inclinó la cabeza sobre el cuello de Naruto y empezó a llorar.
Naruto la sujetó con fuerza, metió los dedos entre su pelo y la abrazó. Su cuerpo suave y esbelto se sacudía entre sollozos cuando le echó los brazos al cuello. Ninguno de los dos habló, pero no hacían falta las palabras.
Naruto la acunó hasta que, por fin, Hinata sorbió por la nariz y dijo, aturdida:
—Necesito sonarme la nariz.
Él alargó el brazo para agarrar el servilletero, sacó una servilleta de papel y se la puso en las manos. Hinata se sonó la nariz con delicadeza y luego se quedó muy quieta, buscando en su interior el mejor modo de afrontar lo sucedido. Había sido horrible, pero era consciente de que podía haber sido mucho peor. Sólo se le ocurría una idea: no quería quedarse sola esa noche. No había podido aguantar a las mujeres que revoloteaban a su alrededor, atosigándola, pero si Naruto se quedaba con ella, se pondría bien:
Alzó la mirada hacia él.
—¿Te quedarás conmigo esta noche?
Naruto sintió que todos sus músculos se tensaban, pero no podía decirle que no.
—Sabes que sí. Dormiré en el...
—No. Quiero decir que... si pudieras dormir conmigo esta noche y abrazarme para que no esté sola, sólo por esta noche, creo que mañana me encontraría mejor.
Naruto confiaba en que fuera así de fácil, aunque lo dudaba. El recuerdo de lo ocurrido permanecería en su memoria, surgiría de oscuros rincones para abalanzarse sobre ella cuando menos lo. esperase. Hasta el día que muriera no podría olvidarlo por completo, y por ese motivo Naruto quería atrapar a su asaltante y romperle el cuello. Literalmente.
—Voy a llamar a Konohamaru para decirle dónde estoy —dijo, y la levantó de sus rodillas.
Todavía era temprano, pero a Hinata le pesaban los párpados, y después de llamar a su hermano, Naruto decidió que no tenía sentido posponerlo. Hinata necesitaba irse a la cama.
Apagó las luces y la rodeó con el brazo cuando subieron juntos por la estrecha escalera. Su piel era cálida y flexible bajo la fina tela de algodón, y su tacto hizo que el corazón de Naruto comenzara a latir con violencia. Apretó la mandíbula al sentir que la sangre palpitaba a través de su cuerpo y se concentraba en su sexo. Lo esperaba una noche cruel, y lo sabía.
El dormitorio de Hinata era tan anticuado que parecía de principios del siglo XX, pero Naruto no esperaba otra cosa. El delicado olor a lilas que asociaba con Hinata era allí más intenso, y el pálpito doloroso de su sexo se intensificó.
—Espero que la cama sea lo bastante grande para ti —dijo ella, preocupada, mientras miraba la cama de matrimonio.
—Servirá.
No era lo bastante grande, pero serviría. Tendría que pasar la noche encogido junto a Hinata. Sus nalgas lo rozarían, y se volvería loco en silencio. De pronto dudó de si podría hacerlo, de si podría pasar toda la noche acostado con ella sin hacerle el amor. Dijera lo que dijese su razón, su cuerpo sabía exactamente lo que quería; estaba ya tan excitado que le costaba un enorme esfuerzo no ponerse a aullar.
—¿Qué lado prefieres?
¿Qué importaba eso? El tormento era tormento, de un lado o del otro.
—El izquierdo.
Hinata asintió con la cabeza y retiró la colcha. Naruto quiso apartar la mirada cuando ella se metió en la cama, pero los ojos no lo obedecieron. Vio la curva de sus nalgas cuando el camisón se tensó un instante. Vio sus piernas blancas y delgadas, y enseguida se las imaginó enlazadas alrededor de su cintura. Vio la silueta de sus bonitos pechos, con sus pezones rosados, y recordó su tacto al tocarlos, su sabor y su olor al chuparlos.
De pronto se inclinó y la tapó con la sábana.
—Tengo que darme una ducha.
Vio en los ojos de Hinata un fugaz dardo de miedo ante la idea de quedarse sola, pero ella pareció dominarse y dijo:
—Las toallas están en el armario, junto a la puerta del baño.
Naruto se metió en el baño y se quitó la ropa mientras por dentro maldecía sin cesar. Una ducha fría no le serviría de nada; se había dado muchas últimamente, y su efecto era cada vez más efímero. Necesitaba a Hinata, desnuda, bajo él, envolviendo su carne hinchada y palpitante. Estaría tan tensa que él no aguantaría ni un solo minuto...
Demonios. Esa noche no podía dejarla sola. Por más que le costase.
Le palpitaba todo el cuerpo cuando se colocó bajo el chorro de agua tibia. No podía meterse en la cama con ella en aquel estado. Lo último que necesitaba Hinata era tenerlo toda la noche excitado a su lado. Ella necesitaba descanso, no lujuria. Pero no era sólo eso lo que lo preocupaba; no estaba del todo seguro de poder dominarse. Hacía demasiado tiempo que no estaba con una mujer, demasiado tiempo que deseaba a Hinata.
No podía marcharse, pero no podía acercarse a ella estando así. Sabía lo que tenía que hacer, y deslizó la mano llena de jabón por su cuerpo. Por lo menos aquello le procuraría un poco de calma, porque prefería cortarse la garganta a ver de nuevo aquella debilidad y aquel miedo en los ojos de Hinata.
Hinata estaba tumbada, muy quieta, cuando Naruto se reunió con ella, y no se movió cuando él apagó la luz. Hasta que el peso de Naruto hundió el colchón, no cambió de postura para ponerse de lado. Naruto también se tumbó de costado y, rodeándola por la cintura, la sujetó con firmeza en el hueco que formaba su cuerpo. Ella suspiró, y Naruto sintió que su tensión refluía lentamente a medida que iba relajándose.
—Qué bien —musitó Hinata.
—¿No tienes miedo?
—¿De ti? No. De ti, no —su voz rezumaba ternura. Alzó una mano, la echó hacia atrás y tocó con la palma la mandíbula de Naruto—. Mañana estaré bien, ya lo verás. Sólo estoy demasiado cansada para afrontar ahora lo que ha pasado. ¿Me abrazarás toda la noche?
—Si quieres.
—Por favor.
Naruto le apartó el pelo a un lado y, al depositar un beso en su nuca, sintió el delicado estremecimiento que atravesaba su cuerpo.
—Será un placer —dijo con suavidad—. Buenas noches, cariño.
La tormenta despertó a Hinata. Apenas había amanecido y la luz era todavía tenue, pero las nubes negras contribuían ya a la grisura del día. El fiero vendaval le recordaba las violentas tormentas eléctricas del sur. Los relámpagos hendían el cielo negro, y el estallido de los truenos hacía vibrar el aire. Contó con indolencia los segundos que pasaban entre el destello del rayo y el retumbar del trueno para ver lo lejos que estaba la tormenta: doce kilómetros. Sin embargo, estaba ya lloviendo a cántaros; la lluvia repiqueteaba con fuerza sobre el viejo tejado de lata. Era maravilloso.
Se sentía al mismo intensamente viva y en calma, como si estuviera esperando algo. El ayer pertenecía, por propia definición, al pasado. Ya no podía hacerle daño. El hoy era el presente, y el presente era Naruto.
Él no estaba en la cama, pero Hinata sabía que había pasado allí toda la noche. Hasta dormida lo había sentido a su lado, rodeándola con sus fuertes brazos. Dormir con él era un gozo tan intenso que Hinata no lograba darle expresión, como si fuera algo destinado a ocurrir. Y quizá lo fuera. No podía evitar tener esperanzas.
¿Dónde estaba él? Le pareció que olía a café y salió de la cama. Entró en el cuarto de baño, se cepilló el pelo y los dientes y regresó al dormitorio para vestirse. De pronto se sintió extrañamente constreñida por el sujetador que acababa de ponerse y volvió a quitárselo. Una sensación sutil y palpitante envolvió todo su cuerpo, y la impresión de estar esperando algo se hizo más intensa. Incluso las bragas le estorbaban. Se puso sólo un vestido de estar en casa suelto, de algodón, sobre el cuerpo desnudo, y bajó descalza.
Naruto no estaba en el salón ni en la cocina, aunque la cafetera vacía y la taza que había en el fregadero explicaban el olor que quedaba en el aire. La puerta de la cocina estaba abierta; la mosquitera dejaba entrar el aire húmedo y frío, y el olor fresco de la lluvia se mezclaba con el del café. La camioneta de Naruto seguía aparcada junto a los escalones del porche trasero.
Hinata tardó sólo unos minutos en hervir agua y poner en remojo una bolsita de té. Se bebió la infusión sentada a la mesa de la cocina, mirando la cortina de agua que caía por la ventana. Hacía tanto frío que podría haberse quedado helada, cubierta sólo con el fino vestido, pero el frío no la incomodaba, a pesar de que podía sentir cómo se le endurecían los pezones. Antes, aquello la avergonzaba. Ahora sólo pensaba en Naruto.
Estaba a medio camino entre la mesa y la pila, con la taza vacía en la mano, cuando de pronto Naruto apareció al otro lado de la puerta mosquitera y se quedó mirándola a través de la malla de alambre. Tenía la ropa pegada a la piel y la lluvia le corría por la cara. Hinata se quedó de una pieza, con la cabeza girada para mirarlo.
Parecía un salvaje, con los ojos achicados y brillantes y los pies separados. Hinata veía cómo se hinchaba su pecho cada vez que respiraba; veía el pulso que latía en la base de su garganta. Aunque estaba muy quieto, ella podía sentir que todo su cuerpo vibraba de tensión. En ese momento comprendió que iba a hacerle el amor, y supo que eso era lo que había estado esperando.
—Siempre seré un mestizo —dijo él con voz baja y áspera, apenas audible por encima del tamborileo de la lluvia—. Siempre habrá gente que me mire con desprecio. Piénsalo bien antes de decidir si quieres ser mía, porque no hay vuelta atrás.
Ella dijo suavemente, con claridad:
—No quiero volver atrás.
Naruto abrió la puerta mosquitera y entró en la cocina con movimientos lentos y deliberados. A Hinata le temblaba la mano cuando la alargó para dejar la taza sobre el armario; luego se dio la vuelta para mirarlo.
Naruto le puso la mano en la cintura y suavemente la apretó contra sí; tenía la ropa mojada, y al instante la parte delantera del vestido de Hinata absorbió su humedad y la tela empapada se le ciñó al cuerpo. Hinata deslizó las manos hacia arriba, hasta sus hombros, las juntó tras su nuca y acercó su boca a la de Naruto Él la besó lenta y profundamente, haciéndola estremecerse, al tiempo que un deseo ardiente empezaba a atravesarla a toda velocidad. Hinata ya sabía besar, y recibió la lengua de Naruto con las leves e incitadoras caricias de la suya. Una profunda y áspera bocanada de aire hinchó el pecho de Naruto, y la abrazó fuertemente. De pronto, el beso se hizo ansioso y urgente, y la presión de la boca de Naruto resultó casi dolorosa.
Hinata sintió que le agarraba la falda para subírsela; luego, la palma curtida de Naruto se deslizó sobre su muslo. Al llegar a su cadera, Naruto se detuvo y se estremeció con violencia al darse cuenta de que estaba desnuda bajo el vestido; luego su mano se movió hacia las nalgas desnudas de Hinata y empezó a acariciarlas. Aquello era sorprendentemente placentero, y Hinata comenzó a restregarse contra su mano. Naruto había abierto para ella un mundo enteramente nuevo, el mundo del placer sensual, cuyos límites se extendían constantemente.
Naruto no podía esperar mucho más, y la levantó en brazos. Su rostro tenía una expresión dura e intensa cuando bajó la mirada hacia ella.
—A no ser que la casa se incendie, esta vez no pienso parar —dijo con calma—. No me importa si suena el teléfono, si viene algún coche, o si aporrean la puerta de la habitación. Esta vez, vamos a acabar.
Ella no contestó, pero le lanzó una sonrisa dulce y lenta que lo hizo arder en deseos de tomarla allí mismo. La abrazó con más fuerza mientras la subía por la estrecha y quejumbrosa escalera, hasta su dormitorio, donde la depositó suavemente sobre la cama. Se quedó mirándola un momento; luego se acercó a la ventana y la subió.
—Dejemos entrar la tormenta —dijo, y un instante después la tormenta estaba con ellos, llenando la habitación medio en sombras de sonidos y vibraciones. El aire helado por la lluvia bañó a Hinata, límpido y fresco sobre su piel ardiente. Ella suspiró, y el estrépito de los truenos y de la lluvia sofocó su suspiro.
Junto a la ventana, la luz gris y tenue silueteaba los músculos poderosos, tersos y abultados, de Naruto mientras se quitaba la ropa empapada. Hinata permaneció inmóvil en la cama, con la cabeza girada hacia él. Primero se quitó la camisa y dejó al descubierto sus hombros lisos y pesados y su vientre plano. Ella sabía, porque lo había tocado, que su cuerpo era increíblemente duro; que no cedía bajo la piel tersa. Naruto se inclinó para quitarse las botas y los calcetines; luego se irguió y se desabrochó el cinturón. El estruendo de la tormenta convertía sus ademanes en una pantomima, pero Hinata se imaginó el pequeño pop del botón de sus vaqueros y el siseo de la cremallera al separarse los dientes metálicos. Naruto se bajó los pantalones y los calzoncillos sin vacilar y se los quitó.
Estaba desnudo. El corazón de Hinata se contrajo dolorosamente cuando lo miró; por primera vez se sentía realmente pequeña e indefensa a su lado. Era grande, fuerte y viril... Ella no podía apartar los ojos de su miembro duro. Iba a tomarlo dentro de sí, iba a aceptar su peso cuando sus cuerpos se unieran, y estaba un poco asustada.
Él lo notó en sus ojos y se tumbó a su lado.
—No tengas miedo —musitó, y le apartó el pelo de la cara. Luego introdujo las manos bajo ella y le bajó suavemente la cremallera del vestido.
—Sé lo que va a ocurrir —murmuró Hinata, volviendo la cara hacia su hombro—. El mecanismo, por lo menos. Pero no entiendo cómo es posible.
—Lo es. Lo haré despacio y con calma.
—Está bien —musitó ella, y dejó que la levantara para quitarle las hombreras del vestido.
Sus pechos quedaron desnudos, y Hinata los notó tensos y pesados. Naruto se inclinó para besarle los pezones; los humedeció con la lengua, y, embargada por el deseo, Hinata arqueó la espalda. Naruto le bajó rápidamente el vestido y dejó al descubierto sus caderas y sus piernas; el deseo de sentirla desnuda bajo sus manos era tan urgente que ya no podía seguir ignorándolo.
Hinata tembló y luego se quedó quieta. Era la primera vez desde la infancia que alguien la veía completamente desnuda; se puso colorada y cerró los ojos mientras luchaba por sofocar la sensación de vergüenza y el penoso desvalimiento que experimentaba. Naruto le tocó los pechos, estrujándolos suavemente; luego su palma áspera se deslizó por el vientre de Hinata hasta que sus dedos tocaron el triángulo de sedosos rizos de su pubis. Hinata dejó escapar un leve quejido, y al abrir los ojos bruscamente vio que Naruto la estaba mirando con una expresión tan fiera y ardiente que al instante olvidó su vergüenza. De pronto se sentía orgullosa de que él la deseara tan intensamente, de que su cuerpo lo excitara hasta aquel punto. Relajó las piernas, y Naruto hundió un dedo entre los pliegues suaves de su sexo, acariciando con delicadeza su carne ultrasensible. Hinata se tensó por completo otra vez y dejó escapar un gemido. Ignoraba que fuera posible tanto placer, pero al mismo tiempo intuía que había todavía mucho más, y no sabía si podría soportarlo. El gozo era tan intenso ; que resultaba casi insoportable.
—¿Te gusta? —murmuró Naruto.
Ella profirió un gemido de sorpresa, y su cuerpo comenzó a retorcerse lentamente sobre las sábanas, con un ritmo tan antiguo como el tiempo. Naruto le separó un poco más las piernas con la mano y luego retomó sus dulces caricias al tiempo que se inclinaba para besarle ávidamente la boca. Hinata sentía que le daba vueltas la cabeza; le clavaba las uñas en los hombros y se aferraba a él. Apenas podía creer que Naruto la estuviera tocando, que ella fuera capaz de experimentar aquellas sensaciones, pero no quería que aquello parara nunca. Naruto provocaba en su interior un frenesí que se iba extendiendo y haciéndose cada vez más intenso, hasta que ella perdía la noción de todo, salvo de su propio cuerpo y el de él. Naruto la elevaba hacia el delirio con sus caricias, y al mismo tiempo sofocaba con la boca sus débiles gemidos.
Hinata apartó la boca de la de él.
—Naruto, por favor... —suplicó, poseída por un frenético deseo.
—Un momento más, cariño. Mírame. Déjame que te vea la cara cuando... Ahh...
Ella dejó escapar un gemido. Naruto empezó a tocarla aún más íntimamente, y la encontró húmeda y esponjosa. Su mirada azul permanecía fija en la de ella mientras deslizaba despacio un dedo en su interior, y los dos se estremecieron violentamente.
Naruto sabía que no podía esperar más. Todo su cuerpo palpitaba. Hinata estaba suave y húmeda e increíblemente tensa, y se retorcía al borde del éxtasis. Su piel pálida y translúcida lo embriagaba, lo fascinaba; sólo con tocarla se volvía loco. El tacto de su cuerpo lo excitaba más que cualquier otra cosa que hubiera conocido. Todo en ella era suave y terso. Su cabello era fino como el de un bebé; su piel, fina y satinada; hasta los rizos de su pubis eran suaves, en lugar de crespos. La deseaba más de lo que deseaba seguir respirando.
Se colocó entre las piernas de Hinata, separándolas para hacerse sitio, y se acomodó sobre ella. Hinata aspiró bruscamente al sentir su miembro duro y ardiente. Sus ojos se encontraron de nuevo mientras Naruto alargaba la mano entre sus cuerpos y se colocaba en posición; luego comenzó a penetrarla.
La tormenta estaba ya sobre ellos. Un rayo rasgó el cielo y casi simultáneamente retumbó un trueno que sacudió la vieja casa. El viento, que soplaba en ráfagas violentas, agitaba las cortinas y las empujaba hacia el interior de la habitación, y la lluvia mojaba el suelo delante de la ventana abierta, exhalando un leve vaho sobre sus cuerpos. Hinata empezó a llorar, y sus lágrimas se mezclaron con aquel vaho sobre su rostro mientras aceptaba la lenta penetración de Naruto.
Naruto se sostenía encima de ella apoyado en los antebrazos, con la cara a unos pocos centímetros de la de ella. Le lamió las lágrimas y luego le besó la boca, que sabía a sal. Hinata sintió un dolor ardiente cuando su cuerpo se distendió para dejarle paso, y luego notó una enorme presión. Más lágrimas surgieron de las comisuras de sus ojos. Él la besó con mayor ansia al tiempo que sus nalgas se flexionaban para ejercer más presión, y de pronto la barrera del cuerpo de Hinata cedió: Naruto la penetró del todo, hundiéndose hasta el fondo en ella con un gemido profundo, casi atormentado, de placer.
Había dolor, pero había también mucho más. Naruto le había dicho a Hinata que hacer el amor era febril y hacía sudar, y que seguramente la primera vez no le gustaría, y tenía razón en parte, y en parte se equivocaba. Era, en efecto, febril y fatigoso, y también brusco y primitivo. Era tan sobrecogedor que su ritmo la arrastraba. Pero, a pesar del dolor, se sentía exultante. Notaba la tensión y la salvaje excitación del cuerpo de Naruto mientras lo acunaba entre sus piernas y sus brazos, llenas sus suaves entrañas de él. Quería a Naruto, y él la deseaba. Hasta ese momento, al entregarse al hombre al que amaba, no se había sentido viva.
No podía callárselo, aunque tampoco importaba. Él ya tenía que saberlo. Hinata nunca enmascaraba sus sentimientos. Sus manos se movieron sobre los hombros lisos y húmedos de Naruto y se introdujeron entre su densa cabellera.
—Te quiero —dijo con voz tan suave que apenas se oyó por encima de los estampidos de los truenos.
Si él contestó, Hinata no lo oyó. Naruto introdujo de nuevo la mano entre sus cuerpos unidos, pero esta vez la posó sobre su sexo, y empezó a moverse. El placer atravesó de nuevo a Hinata, haciendo que el malestar se disipara; ella se arqueó, levantando las caderas en un esfuerzo porque la penetrara aún más, y le dijo otra vez que lo quería. El sudor humedecía el rostro crispado de Naruto, que intentaba controlar sus embestidas, pero la tormenta estaba en la habitación, en sus cuerpos. Las caderas de Hinata se mecían, ondulaban, lo volvían loco. Se tensaron juntos, acompasados sus movimientos por el trueno, por el golpeteo seco del cabecero de la cama contra la pared, por el chirrido de los muelles de la cama bajo ellos. Gruñidos en voz baja y suaves gritos; carne húmeda y músculos trémulos; manos que se agarraban frenéticamente; respiración áspera y veloz y urgentes embestidas: Hinata conocía todo eso, lo percibía, lo oía, y se sentía consumida por la fiebre.
—¿Naruto? —su gemido sonó agudo, frenético. Sus uñas se hundieron en los músculos tensos de la espalda de Naruto.
—No te resistas, nena. Déjate ir —contestó él con voz ronca, y al sentir que el clímax de Hinata se acercaba, ya no pudo contenerse. Apartó la mano de entre sus cuerpos y agarró las caderas de Hinata, alzándolas; se encajó más firmemente en ella y comenzó a oscilar sobre su cuerpo.
Hinata sintió que la tensión y la fiebre se incrementaban hasta niveles insoportables, y un instante después sus sentidos estallaron. Dejó escapar un grito, y su cuerpo se convulsionó y se encogió por entero. Era la más dulce locura imaginable, un placer que no admitía descripción y que se prolongó hasta que Hinata creyó morir. Naruto la sujetó hasta que se calmó, y luego comenzó a dar embestidas fuertes y rápidas. Sus gemidos guturales se mezclaron con el trueno cuando la aplastó contra el colchón, y su cuerpo se convulsionó cuando la poderosa efusión de su orgasmo lo vació por completo.
Después se quedaron en silencio, como si las palabras fueran entre ellos una intrusión. Su encuentro había sido tan ansioso y apremiante que se habían olvidado de todo. Incluso la violenta tormenta había sido sólo un acompañamiento. Hinata se sintió volver a la realidad lentamente, con desgana, y se contentó con quedarse tumbada junto a Naruto y no hacer nada más que acariciarle el pelo.
La respiración de ambos se había aquietado y la tormenta había pasado cuando Naruto desenredó sus cuerpos y se apartó a un lado. Estuvo abrazándola un rato, pero ahora que su piel se había enfriado, la cama húmeda resultaba incómoda. Cuando Hinata empezó a tiritar, Naruto salió de la cama y se acercó a la ventana para cerrarla. Hinata observó cómo se tensaban y se relajaban sus músculos con cada movimiento de su cuerpo desnudo. Luego él se dio la vuelta, y ella se quedó irremediablemente fascinada. Deseaba tener valor para deslizar las manos por todo su cuerpo, sobre todo por su sexo. Ansiaba examinarlo, como si emprendiera un viaje de descubrimiento por territorio sin cartografiar.
—¿Te gusta lo que ves? —la voz de Naruto sonó baja y alegre.
Las cosas habían llegado demasiado lejos entre ellos como para que Hinata se sintiera avergonzada. Levantó la mirada hacia él y sonrió.
—Mucho. Una vez te imaginé con una tunica como la de zeus, pero esto es mucho mejor.
Naruto alargó los brazos y la levantó de la cama tan fácilmente como si fuera una pluma.
—Será mejor que nos vistamos antes de que pilles un resfriado, y antes de que yo olvide mis buenas intenciones.
—¿Qué buenas intenciones?
—No seguir haciéndote el amor hasta que estés tan dolorida que no puedas andar.
Ella lo miró con expresión grave.
—Ha sido maravilloso. Gracias.
—Para mí también ha sido maravilloso —Naruto esbozó una sonrisa y deslizó las manos entre el pelo negro azulado de Hinata—. ¿No has tenido malos momentos?
Ella comprendió enseguida lo que quería decir y apoyó la cabeza contra su pecho.
—No. Eso fue completamente distinto.
Pero tampoco lo había olvidado, y Naruto lo sabía. Estaba todavía temblorosa y débil, aunque mantuviera la cabeza muy alta. Él pensaba hacer pagar al culpable por el daño que le había hecho a su espíritu indomable. Llevaba años viviendo apaciblemente en los márgenes, manteniendo una tregua armada con los ciudadanos de Konohagakure, pero eso se había acabado.
Encontraría al cabrón que había atacado a Hinata, y si a la gente del pueblo no le gustaba, peor para ellos.
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Continuará...
