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Capítulo IX
"El sincero deseo de su corazón"
Sakura
—¿Tokio?
Estábamos los cuatro, como era usual, almorzando sentados en el césped del jardín de la escuela. En un comienzo, sí era común pasar mucho tiempo con Fye y Shaoran, pero desde que habíamos comenzado a salir, se había vuelto en un siempre. Y estaba bien. Los tres eran muy amigos, desde antes que yo llegara. Tomoyo me confesó lo feliz que estaba de tener una amiga como yo en el grupo, ya que casi siempre eran solo ellos tres.
Siempre almorzábamos los cuatro en el jardín de la escuela. Y estaba bien. Algo que sucedía siempre, también, era que Shaoran me sonreía por las mañanas y me mandaba un mensaje de texto deseándome dulces sueños. Yo siempre me sonrojaba, siempre me latía fuerte el corazón, y siempre me preguntaba cuánto duraría esta extraña sensación.
—Sí, Tokio. ¿No te parece? —mi amiga volvió a preguntar.
Tomoyo sonrió con dulzura.
—Bueno, la verdad…
—¿No faltará mucho para las vacaciones de invierno, como para que ya estés planeándolas?—preguntó Shaoran
—Estamos recién terminando septiembre —dijo Fye, apoyando a su amigo.
—Hace menos de un mes que terminaron las vacaciones de verano —agregó el castaño.
Tomoyo les sacó la lengua, un modo muy infantil de decirles que no le importaba lo que estaban diciendo.
—Yo solo proponía ideas —respondió ella, fingiendo que estaba dolida.
—¿Por qué Tokio? —inquirí yo, luego de haberme terminado el almuerzo que Nadeshijo me preparó por la mañana.
—Pensé que querrías ver a tus amigos de allá. No has viajado desde que llegaste.
Ah, Tokio. Hayase y Kurogane.
—Cierto —reí, un poco nerviosa—. Quizás sea buena idea. Podría enseñarles bonitos lugares.
—Sigo opinando que falta mucho. Ya veremos —dijo Shaoran, tan grave y molestoso como siempre—. Quizás después te dan ganas de ir a otro lugar.
—¡Tokio! ¡Será Tokio! —exclamó la morena.
Yo reí. Me provocaba ternura que Tomoyo se preocupara tanto de mí. Era natural que yo extrañase la ciudad que me vio crecer y a los amigos que me acompañaron durante toda mi vida. Era normal, ¿cierto?
Entonces, ¿por qué no lo extrañaba para nada?
—¿Qué opinas, Sakura? —me preguntó Tomoyo, con los ojos brillantes.
—Está bien. Yo voto que vayamos.
Ella sonrió con alegría.
—¿Shaoran, Fye? —volvió a preguntar, asegurándose que todos deseábamos lo mismo.
—Por mí está bien.
Shaoran me apretó la mano con delicadeza y yo sonreí ante su tacto. Él también se preocupaba por mí.
—¿Fye…?
Él se limitó a encogerse de hombros y le quitó a Tomoyo el último pedazo de pescado que le quedaba. Fye nunca traía almuerzo, por lo que entre Tomoyo y yo, con nuestros almuerzos enormes, nos dedicábamos a alimentar al pobre hombre.
—¿Te da igual?
Fye siguió en silencio y solo sonrió. Eso bastaba para Tomoyo, que aplaudió con alegría.
Shaoran siempre compraba algo para comer en el colegio. Él tampoco tenía alguien que le preparara el almuerzo, y me imagino que era igual de flojo que Fye y no se animaban a despertarse antes para hacerlo.
La verdad, por lo que yo recordaba, Nadeshiko nunca me preparó nada. Si apenas estaba en casa. Mi padre, menos. Y era una lástima, porque ambos cocinaban muy bien. Desde que llegamos de Tokio, Nadeshiko había estado más en casa. También ahora me preparaba los almuerzos y los desayunos. Era más mamá que antes, pero yo todavía no podía dejar de sentirme extraña ante estos súbitos ataques de amor maternal.
La vida en casa había cambiado tanto con respecto a lo que siempre fue en Tokio, que no podía evitar sentir que eran personas diferentes. Fujitaka también estaba más en casa, a pesar de que ahora estaba con un trabajo más exigente. Se quedaba hasta muy tarde en su estudio, estudiando y trabajando.
Pero si no estaba Touya, todo era muy diferente. Teníamos siete años de diferencia, por lo que yo apenas había cumplido los once años cuando él partió al extranjero a estudiar. Yo nunca le podría perdonar que me dejara sola, cuando en el fondo lo necesitaba. Había decidido que prefería estudiar medicina en Europa que cuidar de su hermana pequeña. Era una egoísta al desear que se quedara, pero yo de todas formas lloré por muchos años.
Y a veces vuelve. Una vez al año, una vez cada dos años. Allá consiguió una pareja, o al menos así me contaron mis padres. Yo ya no leía sus mails. Los borraba apenas llegaban. Con el tiempo, dejó de enviarme.
Cuando sonó la campana y fue hora de volver a clases, Tomoyo y yo dejamos escapar un gritito de horror ante el inminente examen de matemáticas. Shaoran me miró con sus ojos ámbares antes de entrar al salón y me preguntó si estaba bien. Yo sonreí y le aseguré que no pasaba nada, pero él no pareció creerme. No me sentía bien cuando recordaba a mi hermano, porque en el fondo seguía extrañándolo. ¿Cuándo nos visitaría?
Observé a Eriol entrar al salón. Lo saludé agitando una mano y él sonrió. Había cumplido bien mi petición y ya no se acercaba a saludarnos todas las mañanas, ni en los recesos ni después de clases. Por un lado me entristecía, ya que sinceramente él me agradaba mucho. Pero estaba bien. Ya no se le veía a Tomoyo tan cabizbaja ni preocupada. Es más, se la veía más activa de lo normal. Más sonriente, más alegre. Incluso podría decir que estaba ansiosa. ¿De qué? No sabía. Pero no me metería más. Estaba conforme.
De vuelta a clases, caminamos los cuatro amigos denuevo. Normalmente Tomoyo, Shaoran y yo nos devolvíamos juntos, cada uno a su casa. El camino que hacíamos era el mismo, por lo que nos acompañábamos. A veces Shaoran me acompañaba todo el trayecto a casa, a pesar de que su departamento quedaba mucho más cerca de la preparatoria que la mía. Había otras veces en las que Fye nos acompañaba, pero porque quería pasar la tarde en el departamento de Shaoran.
Los dos se llevaban muy bien y eso me alegraba. A pesar de ser tan diferentes (Shaoran todo malhumor y Fye todo sonrisas), eran muy buenos amigos.
—Sakura, nunca nos cuentas mucho de Tokio —preguntó Tomoyo de pronto.
Yo la miré con una sonrisa un poco triste, pero hice mi esfuerzo por esconder mis sentimientos.
—No hay mucho que contar. Me gusta más Tomoeda, es más tranquila. Y ustedes son tan buenos conmigo, que no hay tiempo para recordar Tokio.
Shaoran y yo no caminábamos de la mano, pero solo porque nos incomodábamos un poco en presencia de los demás. Él no era reconocido por su expresividad ni efusión, y la verdad era que yo aún no podía evitar sonrojarme. Por eso, no hacíamos demasiadas expresiones de cariño en presencia de otros.
—¿Y no extrañas a tus amigos de allá? —preguntó Shaoran.
Yo lo miré a los ojos mientras caminábamos. Me conmovía que se preocupara por mí.
—Bueno, sí. Tampoco tenía muchos amigos —me encogí de hombros—. Ya les he contado de Hayase, mi mejor amiga desde el jardín de niños…
—Sí, una rubia escandalosa —agregó Fye, usando las palabras que yo siempre utilizaba para describirla.
Yo sonreí.
—Bueno, también estaba Kurogane. De él no les he comentado mucho, porque era un malhumorado.
—Ah, pero si estás saliendo con el Sr. Malhumor —dijo Tomoyo, mientras reía.
Yo también reí. Shaoran frunció el ceño y yo enredé mis dedos con los suyos para recordarle que era una broma.
—¿Quién?
Fye me miraba directo a los ojos. Tragué pesado, porque su rostro sin sonrisa era algo tan extraño como sus ojos tan fijos en mí.
—El Sr. Malhumor obviamente es Shaoran —aclaró Tomoyo, aunque todos habíamos entendido perfectamente la broma.
—No, el otro.
—Ah, quizás nunca me escuchaste hablar de él. Kurogane. Es alto y aún más pesado que Shaoran —le sonreí a mi novio—. Pero en el fondo es una buena persona. También me ha acompañado desde pequeña. Me gustaba verlo en sus competencias de kendo —me quedé un poco en silencio, enternecida por la tristeza que sentía en mi corazón—. La verdad, quizás sea buena idea ir a visitarlos a Tokio. Los extraño a ambos.
—¿Kendo? —preguntó Tomoyo.
Yo asentí.
—Era el capitán del club de kendo en mi escuela y era muy aficionado. Prácticamente era lo único que hacía en su tiempo libre.
Fye pareció quedar satisfecho con mi respuesta, porque me dedicó una leve sonrisa.
Nos despedimos de Tomoyo en la esquina en la que nuestros caminos se separaban. Su casa quedaba solo un par de cuadras hacia el oeste en esa dirección.
—Espero que podamos ir a Tokio y nos presentes a tus queridos amigos. Suenan divertidos.
Yo asentí y sonreí.
Cuando estuvimos bajo el edificio de Shaoran, Fye se detuvo.
—Creo que mejor me iré a mi casa. Olvidé que tenía algo que hacer —dijo, con una de sus típicas sonrisas.
—¿En serio? —preguntó Shaoran— Serás idiota. Tu casa queda en la dirección opuesta.
Él se despidió con otra sonrisa y disculpándose por su estupidez.
—¿Te acompaño a casa?
En el camino, le conté más cosas de Tokio. Nunca le había contado mucho de las cosas que viví allá. La verdad, no le había contado mucho a nadie acerca de mi vida en Tokio. Y no es que quisiera ocultar algo, sino que no me daban ganas de hablar del tema. Además, hace un tiempo que mis recuerdos de Tokio estaban cada vez más confusos.
—¿Debería ir a un neurólogo? No creo que sea normal empezar a olvidar tantas cosas de mi pasado.
—No te preocupes, seguro se pasará —me tranquilizó—. Solo no pienses en ello.
A pesar de sus palabras, no podía dejar de sentir un dejo de incomodidad al respecto. Pero tenía razón, no tenía sentido que me preocupara por algo así. Estaba bien. En Tomoeda, con Shaoran, Fye y Tomoyo, estaba bien.
Nos detuvimos al llegar a la puerta de mi casa. Me tomó la mano y me depositó un pequeño beso en mis labios.
—Adiós, pequeña.
Y nuestros dedos estuvieron a milímetros de separarse, cuando volvía apretar fuerte su mano para detenerlo.
—¿No quieres pasar? Podemos ver una película —ofrecí yo, intentando ocultar mi sonrojo con una sonrisa chueca—. A menos a que tengas que estudiar, o algo así.
Shaoran aceptó con una sonrisa más sincera que la mía.
Le indiqué el camino a la sala, pero él insistió en ayudarme a preparar algo pequeño para comer. Ya sentados en el sillón, yo con mi dichoso vaso de Coca-Cola normal (sí, normal, no me engatusen con sus otras porquerías), entramos al catálogo de películas que tenía Netflix para ofrecernos.
—Esa ya la vi.
—¿En serio? —preguntaba yo, una y otra vez, luego de que Shaoran rechazara todas mis opciones.
—Esa también.
—¿Eres cinéfilo o qué? No tenía idea.
Él se encogió de hombros y escogió una para nosotros.
Era una película que se notaba a leguas aburrida, pero yo no me quejé, porque si no terminaríamos por no ver nada.
La media hora que logramos aguantarnos ese intento de película sentimental, fue una pequeña tortura. Comencé por tomar su mano, pero rápidamente ese simple toque fue insuficiente. Luego apoyé mi cabeza en su hombro, y él me abrazó. Después ya nos estábamos besando, aunque yo nunca pensé que llegaríamos a eso. Digo, que llegaríamos a lo que empezó a pasar después.
Y no es que no quisiera, ni que me creyera yo misma mi pretexto de "veamos una película", cuando lo único que quería era estar a solas con él. Pero nos comenzamos a besar y con cada toque de nuestros labios, la temperatura subía, las caricias eran más bruscas y sentía su respiración más pesada en mi boca. Yo le besé el rostro, los labios, el cuello.
A pesar del giro que había tomado la situación, los actores de la película seguían conversando y llorando, pero nosotros les habíamos dejado de prestar atención hace rato. Y repito que, a pesar del giro que había tomado la situación, Shaoran no continuó como habría hecho otro chico, sino que se separó de mí, me miró a los ojos, y con una sonrisa, se giró a continuar a ver la película.
Pero no, eso no iba a quedar ahí. A mí no me iba a engañar.
Lo tomé por los hombros y lo obligué a mirarme a los ojos. Él pareció sorprendido, pero no quiso separarse de mi agarre.
—¿Soy tu primera novia?
—¿Ah?
—Hace tiempo que quería preguntarte eso —me confesé.
—¿Por qué?
—Tomoyo me comentó algo al respecto, pero no le creo. ¿Es verdad que soy tu primera novia?
Él pareció dudar un segundo, pero después de una sonrisa, me dijo que sí.
Aunque eso no era lo que realmente me preguntaba, no sabía cómo preguntarlo sin parecer una pervertida. "Oye, Shaoran, ¿eres virgen? No es que quisiera hacer algo recién contigo, pero quiero primero saber eso. O sea, tampoco es que no quisiera…"
Al fin y al cabo, yo ya había tenido un novio antes, en Tokio. Recordaba sus caricias por mi cuerpo, su aliento en mi pecho y los besos castos que también nos dábamos en la escuela. No recordaba mucho más, pero me imagino que se debía a que fue en Tokio y todo lo de Tokio es extraño ahora.
Bueno, además del novio de mis sueños. Ese extraño de ojos color ámbar, pero que no era ni el chico de Tokio ni Shaoran. Un chico que me acariciaba con cariño y me hacía sonreír con cada gesto.
Si lo sumamos a él, mi novio imaginario, pero tan preciado, había tenido dos novios antes de Shaoran. Ah, y si somos más exactos, estaba siéndole infiel a mi novio imaginario con Shaoran, ya que él llegó antes. ¿O no? ¿O fue al mismo tiempo? Ya no recuerdo. A estas alturas, esos extraños sueños de un mundo paralelo, ya no me eran tan extraños ni desconcertantes. Los aceptaba como parte de mi vida, ya que desde el comienzo de año, desde que llegué a Tomoeda, que no me habían abandonado.
—¿Y tú? —preguntó él, con algo muy extraño en los ojos.
¿Serían celos?
—Uno en Tokio —respondí yo, sin ninguna intención de contarle de mis alucinaciones nocturnas.
—Ah.
—No te preocupes, no fue nada importante.
—No me preocupo, si al cabo que ahora eres mía —y me besó suavemente en los labios.
Shaoran no parecía de esos chicos que tendrían una aventura nocturna con una chica. Si dice que nunca había tenido novia, lo normal sería asumir que era virgen. Dios, qué extraño era eso.
Era extraño, porque Shaoran no se sentía como un inexperto con las mujeres. Sabía cómo tratarme para que me sintiera bien y no besaba nada mal. Quizás si había tenido aventuras juveniles con chicas.
Relajé mi agarre y después de sonreírle, lo solté para que viera la película si esos eran sus deseos. Podía escaparse de mi agarre, pero no se iba a escapar de mis preguntas cuando llegara el momento. Porque, claro, una chica tímida y más aniñada quizás habría intentado postergar lo más posible el encuentro… sexual con su pareja (dios, como odiaba esa palabra), pero yo no era así. Yo no le temía a lo que un hombre podría hacerme, mucho menos alguien como Shaoran.
Estaba por terminar la película, conmigo al borde de las lágrimas, porque la pareja era demasiado adorable y las cosas que les pasaron eran sumamente terribles, cuando alguien llamó a la puerta.
—Qué raro…
Shaoran no pareció entender mi extrañeza.
—Mis padres no llamarían a la puerta, si tienen llaves —él asintió, seguramente porque ya había comprendido—. No sé quién puede ser.
—Quizás te vino a ver Tomoyo.
Revisé la pantalla de mi celular para ver si tenía algún mensaje de la morena. Como ese no fue el caso, me encogí de hombros y decidí que, fuera quien fuera, tenía a Shaoran para protegerme de la posible violación o asalto.
Y lo que vi por el hoyito de la puerta, me sorprendió tanto que no pude respirar hasta que tuve a una rubia escandalosa abrazándome con fuerza.
Eran Hayase y Kurogane.
Hayase había saltado a mis brazos apenas abrí la puerta y Kurogane me dedicó una de sus escasas sonrisas.
—¡Sakuraaaa! —gritó mi amiga, mientras fingía que lloraba desconsoladamente.
—¿Qué hacen acá? —pregunté yo, realmente sorprendida.
—Dudo que esa sea manera de saludar a tus amigos —se quejó Kurogane, quien se había adelantado para revolverme el cabello.
Y eso había sido una gran muestra de cariño de su parte, que quede claro. Porque una sonrisa sumada a ese acto tan paternal, era lo máximo que alguna vez Kurogane hizo por mí. Eso realmente me hacía saber que me quería, a pesar de ser un ogro malhumorado.
—¡Más aún si Sakura es una ingrata que no llama ni visita! —exclamó la rubia, haciendo un puchero— ¡Prometiste que nos visitarías, pero nunca lo hiciste!
—Perdón…
—Ya no importa —dijo ella—, vinimos a recordar tu rostro, ya que ni siquiera en Facebook subes fotos tuyas, como para saber que sigues viva.
—Sabes que nunca he sido muy fanática de las redes sociales…
—Además, ¡tienes que presentarnos al bombón de tu novio!
Yo me sonrojé como un tomate y recordé mi posición en el mundo terrestre. Estábamos aún en la entrada de la casa, con mis dos mejores amigos de Tokio que había aparecido de improvisto para visitarme, y el bombón de mi novio en la sala de estar.
—¿Y qué hice yo? —preguntó Shaoran.
A juzgar por el volumen de su voz, se acercaba a nosotros (estaba a mis espaldas, por lo que no podía verlo). Y, claro, a juzgar por la amplia sonrisa de mi amiga, parecía que no decepcionaba con respecto a sus expectativas.
—Y, ¿sigues preguntándote por qué estamos tan molestos contigo, Sakurita? —preguntó Hayase— Tienes un novio escondido y eres la amiga más ingrata del mundo —antes que pudiera disculparme, cabizbaja, ella continuó—, pero seguimos queriéndote tanto, que decidimos pasar el fin de semana acá.
—Sí, perdón, pero tendrás que alojarnos —dijo Kurogane—. Es idea de la rubia esta, no me mires a mí.
Cuando Shaoran ya estuvo con nosotros, saludó a mis amigos con una sonrisa. Conociendo a Hayase, tuvo que aguantarse para no agarrarse de su cuello y maldecirme a gritos por mi buena suerte.
—Es un gusto —dijo Shaoran—, Sakura ha hablado mucho de ustedes.
—¿Ah, sí? —dijo Hayase, con una mano a cada lado de su cadera—. Si tanto nos quiere, que nos ayude a bajar el equipaje. Ah, y no te olvides de presentarnos a tus otros compañeros de salón.
Yo solté una carcajada y me apresuré a cumplir los mandatos de mi amiga.
Lo primero que debía hacer luego de eso, era avisar a mis padres de la sorpresiva visita, y organizar algo en algún pub, para que todos mis amigos pudieran conocerse. Seguro Hayase se colgaba de Fye, pensé, ya que él también era muy guapo.
Así comenzó un fin de semana bastante ajetreado, pero que disfruté en demasía.
Shaoran
La visita de los amigos de Sakura me tomó más por sorpresa a mí que a ella, seguramente. Es decir, hasta ese momento, yo habría apostado que se trataba de amigos imaginarios. Que los falsos recuerdos de Sakura eran al cien por ciento falsos. Pero resultó que no: Hayase y Kurogane realmente existían. Y, en sus memorias, habían pasado tantas cosas juntos, que decidieron venir a visitarla a Tomoeda.
No pudimos finalizar la mala película que comenzamos ver esa tarde, ya que se convirtió en una reunión amistosa con sus nuevos amigos. No me molestaba para nada, ya que la película había estado pésima y se veía a Sakura realmente feliz con sus inesperadas visitas.
Hayase y Kurogane eran exactamente como la castaña los había descrito. Una muy gritona y extrovertida (sin pelos en la lengua para decirle a su amiga que prácticamente desearía haberme conocido primero), y un chico silencioso y hosco, pero que se notaba a kilómetros el cariño que sentía por su buena amiga Sakura.
Cuando la madre de Sakura llegó a casa, abrazó con euforia a la antigua amiga de su hija.
—¡Hayase, Kurogane! —exclamó— Qué bueno que vinieron a ver a mi hija.
Parecía que la relación entre ellos era muy buena.
—Hayase puede dormir conmigo —dijo Sakura, cuando su madre preguntó dónde se iban a hospedar—. Podemos compartir cama, si ella promete no golpearme por las noches.
—¡No hables mal de mí!
—Y Kurogane puede dormir en el sofá —continuó mi novia.
—Por mí no hay problema —se encogió de hombros.
—Puedes quedarte en mi casa, si no tienes problema con eso —ofrecí yo, irrumpiendo en la extraña atmósfera que se había formado.
La madre de Sakura pareció reparar en mi presencia por primera vez desde que entró al salón, hace unos tres minutos. Y Sakura pareció darse cuenta que esta era la primera vez que su madre y yo nos veíamos, por lo que decidió presentarnos.
—Mamá, él es Shaoran.
Los ojos de su madre brillaron con la misma intensidad que había visto brillar a los de su hija. "Realmente se parecen", pensé yo.
—Si te recuerdo —dijo ella, con una sonrisa, al tiempo que me abrazaba—. Vi cómo le robaste un beso en la obra de la escuela.
Ah, estuvo allí.
—¡¿Qué?! —exclamó Hayase, quien dio saltitos al lado de su mejor amiga— ¿¡Por qué ya no me cuentas nada, desgraciada!?
Sakura rio, un poco nerviosa por el rumbo que había tomado la conversación. Y si era sincero, yo también me sonrojé un poco ante el recuerdo.
—Es un gusto, señora Kinomoto —le dije yo a la madre de Sakura.
—Por favor, dime Nadeshiko —respondió ella con una sonrisa.
Y así fue como conseguí un extraño compañero de departamento por un fin de semana completo. Al final, Kurogane accedió a quedarse en mi hogar. Me imagino que dormir en la habitación de huéspedes del novio de su amiga era mejor que el sillón de una familia como la de Sakura.
Cuando ya eran algo así como las siete de la tarde, Sakura nos obligó a irnos para que todos pudiésemos arreglarnos e ir a un pub más tarde. Kurogane había viajado en coche desde Tokio, por lo que condujo hasta mi departamento y lo estacionó en el estacionamiento de visitas. Desde el momento en el que vi el serie 1 plateado estacionado fuera de la casa de Sakura, sentí que nos íbamos a llevarnos bien con Kurogane.
Lo cual no estoy seguro si fue un error, ya que el moreno apenas me respondía cuando le hablaba. Quizás nuestro amor por los BMW no iba a ser suficiente para forjar una amistad.
Siempre creí que Fye era demasiado diferente a mí en términos de personalidad. Compartíamos muchos gustos y el sentido del humor, pero él era un payaso de fiesta y yo un oso gruñón. Es por eso que pasé la mitad de la preparatoria preguntándome si sería más feliz con un amigo más parecido a mí. Pero luego de cinco minutos en el auto con Kurogane, me pregunté seriamente cómo me soportaban algunas personas. Vamos, yo no era ni la mitad de serio que él, pero seguramente yo era igual de desagradable.
Después de acomodarse en la habitación que usaría, nos sentamos a conversar en la sala de estar hasta que Sakura nos llamara para informarnos de los planes para la noche.
Sentía sincera curiosidad por conocer con un poco más de profundidad los recuerdos que Kurogane tenía de Sakura en Tokio. Por eso, le pregunté muchas cosas acerca de la infancia que compartieron, cómo era ella en clases, cuál era su comida favorita.
—¿Realmente la quieres, no? —preguntó él, con algo así como una sonrisa.
Yo asentí. Seguramente él creía que yo quería conocer más de la castaña, ya que al fin y al cabo era su novio nuevo y él su amigo fiel de la infancia. Pero lo que él no sabía, es que yo también había pasado mi infancia con Sakura. Ella nunca lo recordaría, pero era la verdad.
Mi teléfono celular sonó y contesté la llamada de Sakura.
—De pura casualidad —comenzó ella—, resulta que Eriol hará una fiesta en su casa.
—Ok. Pero, ¿estará bien llevar a Tomoyo para allá?
—Ella me dijo que estaba bien. De hecho, ella me lo propuso como panorama. Alguna chica le debe de haber comentado, ya que dudo que Eriol la haya invitado personalmente.
Yo dudé un poco, pero acepté el plan de todas formas. Al cabo que yo este fin de semana sería un personaje secundario, teniendo de visita a sus dos amigos.
—Iremos por ustedes en un momento —dije yo.
—Ya llamé a Fye —agregó ella—. Se irá en colectivo con otros chicos. A Tomoyo podemos pasarla a buscar, ¿cierto?
—Pregúntale a tu amigo —respondí yo.
—Bah, no podrá negarse.
—Nos vemos, entonces.
Le conté rápidamente a Kurogane el plan y ambos entramos al auto luego de recoger una chaqueta.
Cuando llegamos a casa de Sakura, me bajé del asiento del copiloto para cedérselo a Hayase.
—¿No quieres separarte de la pequeña Sakura? —preguntó ella, guiñándome un ojo.
Sakura no llevaba vestido, como solía hacer para las fiestas. Sino, unos pantalones apretados, una blusa verde y una chaqueta de cuero oscura. Se había maquillado, también. Quizás sería un poco innecesario mencionar que su amiga rubia sí llevaba un vestido corto —cortísimo—, y por lo que pude observar cuando subió al auto, Tomoyo también.
Sakura presentó a su nueva mejor amiga a los otros dos y todos se saludaron con muchas sonrisas.
Cuando Kurogane encontró un lugar para estacionar su auto, caminamos las dos cuadras que nos separaban de la grandiosa fiesta que estaba dando Eriol en su casa.
—¿No será por allá? —preguntó Sakura, indicando una calle.
Tomoyo negó con la cabeza.
—Yo les indico el camino.
Y como prometió, nos llevó a la puerta de la gran mansión de Eriol Hiragizawa.
—¿Por qué todos son millonarios menos yo? —se quejó Sakura, suspirando.
Todos reímos y yo tomé su mano.
Yo no conocía personalmente la situación económica de Eriol, pero sí sabía que sus padres hacían negocios con los de Tomoyo, lo cual al menos me indicaba que tenía mucho dinero. Pero la mansión de Eriol era, al menos, dos veces más grande que la de Tomoyo. Estaba en la parte más alta de Tomoeda, en el cerro, y era de un bonito estilo británico tradicional.
Entramos a la gran casa y nos encontramos con más personas de los que yo habría deseado. Allí seguramente estaría toda la preparatoria y otra más. En el último tiempo había asistido a más fiestas escandalosas que en toda mi vida. Todo gracias a la nueva Sakura que prefería un vaso de vodka y música a todo volumen que quedarse en casa viendo una película con el novio.
La fiesta estaba principalmente centrada en el jardín. Intentar encontrar a Eriol fue en vano. Sakura rápidamente se rindió y decidió ir con sus dos amigas a buscar algo para beber. De esa forma, me quedé solo con Kurogane.
Pero no duró demasiado, porque no tardé en observar a la distancia el cabello platinado de Fye.
—¡Por acá, Fye! —grité mientras agitaba mi brazo en el aire, para que pudiera verme.
—¿Fye?
Nunca sabré cómo me escuchó por sobre la música, si estaba tan lejos, pero se giró para observarme a los ojos. Y yo quise explicarle a Kurogane quién era Fye, pero en el mismo instante en el que sus ojos se desviaron de los míos, para observar al moreno a mi lado, éste prácticamente empujó a todo el mundo como si fuera un jugador de rugby y se plantó en frente de Fye.
Fue tan rápido que no alcancé a reaccionar. A preguntarle: ¿hey, qué te pasa? Es solo Fye, mi amigo, el buen amigo, Fye.
Pero de pronto estaba Kurogane, frente a Fye. Tan cerca y evidentemente molesto por alguna razón desconocida, que no me habría sorprendido si le hubiera plantado un golpe en toda la cara, con toda su fuerza. Pude observar cómo Kurogane agarró al rubio por el cuello de la camisa y fruncía el ceño.
Me acerqué, preocupado por lo que pudiese pasar a continuación. Estuve lo suficientemente cerca como para escuchar la risa nerviosa de Fye y sus palabras:
—Hola, Kurogane. Tanto tiempo.
Fye
Mi vida siempre había sido muy normal.
Toda mi familia era de Inglaterra. Todos éramos rubios y siempre habíamos llamado mucho la atención en Japón. Mi familia estaba compuesta por mi padre, madre, yo y mi gata Chii. Era una gata blanca y peluda, que siempre disfrutaba de dormir a mi lado. Sí, era hijo único.
Nos mudamos a Japón porque el sueño de mi madre siempre fue vivir aquí. Fue un acto de egoísmo, pero yo no se lo cobraré. En términos prácticos, yo soy japonés. Viví un par de años en Inglaterra, pero era muy pequeño para recordarlo. Nos mudamos a Tokio, y allí viví hasta que decidí mudarme a Tomoeda.
Lo único especial de mí, era que era muy bueno para el violín. Y muy, muy bueno. ¿Por qué "era"? Porque no he vuelto a mirar un violín desde que vine a Tomoeda. Además de mi inusual talento, mi vida era completamente promedio.
Es un poco extraño contar mi historia sin que resulte enredado, pero intentaré hacerlo.
Mi madre, además de siempre desear vivir en este país, siempre deseó tener un hijo prodigio. Por esa razón, me contrató instructores de violín. Fue el violín porque era el instrumento favorito de mi mamá. Y está bien, tampoco se lo cobraré. El violín me hizo muy feliz toda mi vida.
En Tokio, mis mejores amigos eran una chica llamada Hayase y un chico llamado Kurogane, a quienes conocí en la primaria. La primera tenía el cabello rubio y ojos color miel. Su rubio era más dorado que el mío, que era más platinado. Era gritona, le gustaba bailar y cantar karaoke. Le gustaba el pop americano y la comida mexicana. ¿Suena familiar?
Vamos, que ahí no terminan las similitudes. Kurogane era un chico alto y musculoso. Era un fanático de los deportes y se le había agarrado el gusto al kendo luego de probar muchos otros deportes que no llegaron a satisfacer sus necesidades. Era agresivo y enojón, pero a la vez era maduro y sereno. Era una extraña mezcla que lo hacía perfecto para las artes marciales. Su dedicación por el kendo era asombrosa.
Sí, sí, están en lo correcto. Hayase y Kurogane, mis mejores amigos desde la primaria, también habían sido los mejores amigos de Sakura, según sus falsos recuerdos. Quizás era un juego de la bruja de las dimensiones, no lo sé. Si alguna vez tengo la oportunidad de volver a encontrarla, sin duda alguna le preguntaré que carajo sucedió.
Me mudé a Tomoeda sin darles muchas explicaciones a mis padres. Solo les dije que quería cambiar de ambiente, que Tokio era demasiado exigente para mí, que Tomoeda estaría mejor. Y en parte, era verdad.
Yo me había mudado a Tomoeda porque quería escapar de Tokio. Quería escapar de la ciudad y de Kurogane, especialmente. Utilicé todos mis ahorros y le pedí a mis parientes en Inglaterra que me enviaran dinero por mi siguiente cumpleaños por adelantado. Al final, logré alquilar una habitación en Tomoeda. Vivo en el mismo lugar desde entonces, en la casa de una viejita amable que le gusta cocinar sopa en los inviernos.
Les dije a mis padres que quería buscar inspiración para mi música. Que quería seguir componiendo, que necesitaba un aire más despejado, más montañas, personas nuevas. A pesar de que mi madre siempre fue mi fan número uno, se negó rotundamente. Pero nada pudo hacer cuando me despedí con una maleta en mano y el bolso del violín colgado del hombro. Pude pagarme por mí mismo el alquiler de los primeros dos o tres meses. Después de eso, mis padres comenzaron a enviarme dinero.
Aunque prácticamente solo traje el violín para pasearlo, ya que no he vuelto a abrirlo.
¿Por qué?
Bueno, porque no puedo observar el violín sin sentir que se me cae el mundo. Recuerdo a Kurogane, a Hayase, a mis profesores de violín. Recuerdo los aplausos de quienes escuchaban mis presentaciones en concursos.
Pero… ¿por qué realmente me mudé a Tomoeda? Como dije, era complicado.
Kurogane era la persona más importante para mí. Me di cuenta demasiado tarde, cuando las circunstancias ya no nos favorecían. Me gustaba molestarlo. Mi sonrisa lo enfurecía y eso me hacía reír más. En un comienzo nos llevamos muy mal, pero con el tiempo logramos llevarnos bien. Aprendimos que éramos polos opuestos, pero que eso era divertido. Yo no podía dejar de meterme con él y hacerlo enojar.
Kurogane siempre había sido mi real motivación para tocar el violín. Ver su dedicación con el kendo me motivaba a mejorar, a seguir practicando, a no dar la vuelta y hacer el vago cuando debía seguir tocando la pieza del siguiente concurso. Kurogane practicaba hasta que le sangraban las manos, hasta que no podía mantenerse de pie. Ganaba la mayoría de los torneos a los que iba, pero también perdía en varios. La competencia en Japón es increíble. Hay muchos talentos impresionantes, en el kendo y en el violín.
Pero cuando a mí me daban ganas de destrozar mi instrumento de la frustración, él llegaba con las manos vendadas a golpearme con torpeza la espalda, intentando consolarme.
Estábamos terminando la secundaria cuando él tuvo ese grave accidente. Se fracturó las manos, se rompió un par de costillas, tuvo daño severo que le impediría caminar con normalidad. Claro, eso si la operación salía bien.
Fue horrible. Hayase lloraba como si el mundo se fuera a acabar, y yo solo podía abrazarla para que el dolor de su corazón se aliviara, aunque sea un poco.
Cuando Kurogane estaba en medio de la operación, yo vagué por Tokio. No podría haber soportado estar en la sala de espera, con su familia y Hayase llorosa. Vagué por las calles de Tokio, hasta que de pronto estuve sentado frente a la bruja de las dimensiones. Ella estaba recostada en un amplio sillón, su cabello lacio y larguísimo recorría las curvas de su cuerpo. Fumaba de una larga pipa y el humo parecía llenar toda la habitación.
—Tienes un deseo —afirmó, rompiendo el largo silencio.
Yo dije nada, porque no entendía nada. No entendía qué hacía allí, cómo había llegado. No lo recordaba. Pero luego de observar sus fríos ojos carmesí, yo dejé de tener miedo y no me importó la extrañeza de la situación.
Yo sentí en mi interior que ella era poderosa. Sentía que de ella desprendía algo maravilloso, un aura de seducción y poder que nunca había observado en mi vida. Podía sentir que con el peso de su mirada podría destruir la moral de los más valerosos caballeros si lo deseaba. Como comprendí su poder, solo supe que debía responder.
—Sí — respondí.
Y no lo hice por miedo, porque de la misma forma que podía sentir su poder, sabía que no era malvada.
Solo sabía que debía responder, porque ella podía acallar el sufrimiento de mi alma.
—¿Qué deseas?
La paz mundial, erradicar la pobreza y que los pequeños animales del mundo dejaran de ser aniquilados por comida. Quería revivir a Chopin y que me tocará el OP. 10, ya sea la parte tercera o la cuarta, dependiendo de sus ánimos. Quería sorprender al juzgado del siguiente concurso al que asistiría, para así poder matricularme en esa prestigiosa preparatoria de música a la que quería entrar.
Quería tantas cosas, pero los ojos de la bruja podían ver en mi corazón. Sabían que todas esas cosas eran solo mentiras, que yo solo deseaba una cosa en ese momento.
—Deseo que Kurogane pueda seguir practicando kendo —dije yo.
Ella dejó de sonreír.
—¿Sabes quién soy?
—No.
—Me llaman bruja de las dimensiones —hizo una pausa para inhalar de la pipa y luego exhalar lentamente. Yo tragué pesado—. Puedo concederte el sincero deseo de tu corazón, pero tendrás que pagar un precio.
—Pagaré lo que sea.
—No habría dinero suficiente para pagar el costo. Debe ser algo más. Algo igual de poderoso que tu deseo. No puede ser más ni menos, ¿entiendes?
—Lo pagaré.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Acércate.
Dudé un segundo, pero me levanté. Ella me indicó que me sentara frente a ella, lo suficientemente cerca para que pudiera tocarme.
—El pago será algo muy preciado para ti. Cuéntame, ¿qué es ese tal Kurogane para ti?
—Es… la persona más importante para mí.
—¿Lo amas?
Yo asentí.
En ese momento, ella me tocó con su dedo índice en la frente. Fue un toque débil, casi imperceptible. Yo me vi forzado a cerrar los ojos, porque no pude soportar mantener la mirada de ella.
—Me parece que no lo sabes, pero posees magia.
—¿Qué?
—Tus antepasados fueron poderosos. Tú también lo eres. Podrías cumplir tu deseo por ti mismo, si aprendieses a hacerlo. Pero sería peligroso. Además, no tienes tiempo para aprender —yo me estremecí, ya que no entendía sus palabras—. ¿De todas formas deseas continuar?
Mantuvo su dedo en mi frente, y yo continué con los ojos cerrados. Musité un "sí", y sentí que me arrebató parte del corazón.
Después de eso me despedí de ella y volvió a sonreír. Le pregunté cómo podría encontrarla de nuevo si algo salía mal, si necesitaba su ayuda. Qué era la magia, si podía explicarme. Ella me respondió que si volvía a necesitar de sus servicios, la encontraría. Solo eso. Entonces, quizás podríamos conversar.
No le pregunté qué di a cambio, porque sentí en mi corazón la respuesta.
Yo no podría volver a tocar el violín. Había sido un intercambio de talentos: él seguiría practicando kendo, pero yo tendría que abandonar por completo el violín. Ni siquiera era algo de promesa, sino un hecho. Yo no pude volver a tocar un violín, nunca más. Abrí muchas veces la funda de mi instrumento, solo para descubrir que no podía eliminar los milímetros que separaban mis manos de la madera. No podía, literalmente, volver a tocar un violín.
Parte de mi corazón se destrozó cuando llegué a mi casa y descubrí que mis sospechas eran ciertas. Ese mismo día, por la noche, llamé a Hayase para preguntarle si todo había salido bien en la operación.
—¡Fue un milagro! —respondió ella— Está perfectamente. El doctor asegura que podrá caminar. No inmediatamente, claro, ya que está muy debilitado.
—¿Podrá volver a practicar kendo? —inquirí yo, con un hilo de voz.
—Seguramente. El doctor nos aseguró que estaba perfectamente.
Allí me despedí de ella.
No fui a la clínica a visitarlo. No podía verlo más. Era una decisión personal, pero lo suficientemente fuerte como para seguir mis deseos hasta el final. Terminamos los exámenes de la secundaria y tendríamos nuestra ceremonia de graduación. Yo solo asistí a los exámenes, ya que sabía que Kurogane no asistiría porque seguía hospitalizado. Después de finalizados los exámenes, me mudé a Tomoeda.
¿Por qué no podía volver a ver a Kurogane?
Fácil, porque no tenía cara para decirle que no podía volver a tocar el violín. Él siempre había disfrutado de escucharme tocar. Me iba a ver a los concursos y presentaciones. ¿Cómo le decía que había abandonado lo que me hacía ser persona? ¿Lo que me hacía llorar, reír, emocionarme hasta el desmayo?
Eso último era más fácil aún de explicar: no lo había abandonado, solo intercambiado por alguien que me hacía sentir todas esas cosas, pero multiplicadas por dos.
Claro, sí, era una fácil explicación. Pero no era fácil confesarse así. Además, ¿no era un poco extraño? Decirle algo así a alguien como Kurogane. Más encima, de mí parte.
Y, por favor, obviemos el hecho de que ambos somos hombres. Porque ya de por sí eso es "poco común" y tiene muchas probabilidades de salir muy mal. Además de ese indiscutible detalle, no era fácil observar a alguien a los ojos y decirle: "¡te amo más que al violín!".
Pero la realidad es que era cierto. Que lo amaba más que al violín, por lo que había intercambiado mi habilidad musical por su recuperación y que, así, pudiera continuar practicando kendo.
Y esa, damas y caballeros, es mi tragicómica historia de vida. Entré a la preparatoria en Tomoeda y allí conocí a Shaoran, Sakura y Tomoyo, quienes se volverían en las personas que me ayudarían a olvidar mis penas y todo lo que había abandonado en Tokio. Le arrendaba a una ancianita la habitación que había desocupado su hijo. Me había mudado con Chii, mi gata peluda, y la ancianita disfrutaba de su compañía. Me preparaba sopa de verduras cuando hacía frío y cuando me resfriaba. Era tan amable conmigo, que no me gustaba abusar demasiado de su hospitalidad. Por esa razón frecuentaba mucho la casa de Shaoran. Además, muchas veces la visitaban sus parientes y no me gustaba incomodar.
El Fye de Tokio y el de Tomoeda eran personas diferentes, pero el de ahora me gustaba.
Y todos los recuerdos de Tokio siempre los mantuve muy escondidos. No los frecuentaba, intentaba olvidarlos. Pero era difícil, seguía doliendo.
El hecho de que los falsos recuerdos de Sakura incluyeran a Kurogane y Hayase hacía que doliese más. ¿Sería una broma de la bruja? Se lo preguntaría algún día. Quizás no, quizás era una mera coincidencia. Tenía que inventarse algo la bruja, ¿cierto? Era posible que fuese una casualidad que sus falsos recuerdos fueran en la primaria que yo fui, en la secundaria que yo asistí…
En un comienzo, cuando Tomoyo propuso que nuestro siguiente viaje como amigos fuera a Tokio, me asusté horriblemente. ¡Visitar las calles que frecuentaba con Kurogane y Hayase, sería un suplicio! Además, ahora que sabía que Sakura querría ver a sus "antiguos amigos", ¿no estaría yo obligado a verlos también? Debía negarme a toda costa. No podía acompañarlos en ese viaje. No podía volver a Tokio, ver a Kurogane a la cara otra vez.
Nunca me despedí de él. No volví a hablarle después de su operación. Para facilitar las cosas, borré mi existencia de las redes sociales. Apenas si tenía un celular que podía chatear con internet móvil, y solo porque en casa me aburría mucho y me gustaba molestar a Shaoran.
No lo había llamado desde que vine acá. Él me llamó varias veces al comienzo. Hayase también. Pero no contesté las llamadas de ninguno de los dos. Debían odiarme ahora, por desaparecer de sus vidas de esa forma.
¿Cómo volvía a Tokio, los miraba a las caras, y les decía que ahora tenía otros amigos, otra vida, otra casa? ¡Que dejé el violín! ¡Que abandoné aquello que más quería en todo el mundo, el violín!
Todo era demasiado complicado, y yo demasiado idiota y cobarde. No podía enfrentarlos. No podría haber soportado la cara de decepción de Kurogane cuando le confesara que dejé el violín. Incluso si le contaba mi extraña reunión con la bruja de las dimensiones, Yuuko, estaba muy seguro que él me miraría con los mismos ojos de desaprobación.
Pensaba pasar esta tarde en el departamento con Shaoran, pero escuchar tanto hablar de Tokio, me puso de malhumor. Y eso era extraño en mí. Intenté sonar lo más natural posible, pero era probable que Shaoran luego me preguntara qué me pasó. Y no es que él fuera muy perspicaz ni nada, pero yo no era muy bueno falsificando una sonrisa. Y él ya estaba muy acostumbrado a mis sonrisas verídicas como para confundirse.
Ese día, en la pequeña habitación que llamaba mía, me senté sobre la cama y observé el violín en su funda. Descorrí el cierre y abrí la cubierta, por el simple masoquismo de verlo ahí, tan sucio y quieto en su lugar. En el pasado, habíamos bailado en el escenario. Pero ahora solo acumulaba polvo. No me atrevía a intentar limpiarlo, ya que la sensación de mi cuerpo deteniéndose contra mi voluntad, al querer tocarlo, era demasiado desesperante para soportar.
Y lo observé por largas horas, añorando el sonido de sus cuerdas junto al arco. Me pregunté cómo estarían mis amigos en Tokio. Si me habrían olvidado.
Pero aquí estaba. Una noche, en casa de Eriol Hiragizawa, un chico tan extraño como divertido. Una noche de fiesta, donde Sakura prácticamente me obligó a asistir porque decía tener muchas ganas de un poco de música y baile. Claro, ella me había engañado, no me había dicho que mágicamente me encontraría con Kurogane.
En una casa donde había unas doscientas personas en el jardín, bailando y gritando. La música tan fuerte que apenas escuchas el llamado de tu mejor amigo. Allí, de todas las personas del mundo, crucé la mirada con un chico moreno, alto y con los ojos castaños, levemente carmesí.
Y tan rápido como un rayo, con la misma rapidez en la que antaño lo observaba golpear la espada de bambú en las competencias de kendo. Con una velocidad que siempre creí inhumana, él se teletransportó frente a mí, con los ojos llenos de rabia. Me tomó por el cuello de la camisa. En ese momento, desee que me golpeara. Que me golpeara por mi estupidez, porque me lo merecía.
Por esa razón dije lo que dije, para enfurecerlo.
—Hola, Kurogane —sonreí—. Tanto tiempo.
Tenía llamas en sus ojos, pero no me golpeó. Soltó su agarre, aunque continuó con la mirada llena de rabia.
—¿Qué mierda haces acá? —preguntó.
Ah, seguía igual de insoportable.
—Pues, aquí es donde vivo.
—¿Esta es tu casa?
—No, idiota —reí—. Vivo en Tomoeda.
Él pareció utilizar toda su fuerza de voluntad por no golpearme.
—Hey, ¿qué pasa? —preguntó Shaoran, quien estaba a nuestro lado. Se le veía asustado, ya que no entendía la situación.
Yo sonreí, para calmarlo.
—No le digas nada de este idiota a Hayase —le soltó Kurogane a Shaoran, mientras me agarraba del brazo con fuerza y me arrastraba al interior de la casa.
Fue muy difícil encontrar un lugar relativamente a solas, por lo que terminamos en un pasillo del segundo piso. Me parecía un poco cómico que esta, de todas las veces, Kurogane intentase ser discreto a la hora de discutir, ya que nunca había sido una de sus prioridades. Pero parece que esta vez, esconderme de Hayase, era lo suficientemente importante como para que Kurogane se tragara la rabia y no me gritara en la mitad del jardín.
Y, sí, admito que no era una muy buena idea irrumpir en la casa de alguien de esa manera, ya que, a pesar de que Eriol prestase la casa para dar una gran fiesta, aún era probable que algún miembro de su familia estuviera en el segundo piso de la casa.
Pero eso ya era ser demasiado discreto, y Kurogane no andaba de ánimos.
—¿Qué haces acá? —preguntó él.
Una vez en la oscuridad del pasillo, Kurogane me soltó. Yo me apoyé contra una muralla y sonreí. No es que en sí la situación fuera divertida, pero de todas formas me hacía mucha gracia la forma en la que había reaccionado Kurogane. No esperaba menos del campeón del torneo regional de kendo de hace un par de años.
—Vine por la misma razón que tú: una fiesta con alcohol gratuito, música a todo volumen. Es viernes, Kurogane, ¡día de fiesta!
Eso pareció exasperarlo de verdad, por lo que me recordé no volver a decir algo tan idiota, si no quería que aplastara su puño contra mi rostro.
Se quedó callado, como si fuera innecesario el que volviera a formular la pregunta. Solo me observó.
—Ahora vivo en Tomoeda, como te dije antes —respondí.
Aquello no pareció convencerlo, porque continuó con los brazos cruzados, observándome con furia.
—Vivo con una ancianita y Chii.
Nada.
—Tokio era demasiado ruidosa.
Ni cercano.
—Vamos, no te pongas tan así —le golpee levemente el hombro, intentando tranquilizarlo.
Pero no había caso. Suspiré. Kurogane realmente podía ser una roca a veces.
—Fye —dijo él, sin levantar la voz. Yo me mantuve expectante a que continuara, pero tardó lo suyo. Sentía el corazón en mi garganta—. Dime, Fye, ¿por qué te fuiste de Tokio?
—¿Qué tiene de malo que quiera cambiar de aires? —respondí, con mi infaltable sonrisa—. Mis padres tampoco querían comprenderlo, que a veces a uno le dan ganas de cambiar de ambiente. Tokio era demasiado ruidosa, grande, rápida… Tomoeda está bien.
No bastó con todo el teatro que le estaba montando, porque él se mantuvo en la misma posición, con el mismo ceño fruncido.
—¿Por eso no respondiste las llamadas, Fye? —preguntó él— ¿Por eso no dijiste nada? ¿Armaste una maleta, tomaste tu violín, y te mudaste con Chii y una abuelita? Siempre pensé que eras un idiota frívolo, pero no me jodas, Fye.
Ah, el violín. Obviamente tuve que mudarme con el violín, ¿cierto?
Ni siquiera pudieron preguntarles a mis padres qué había sido de mí, porque nunca los había invitado a mi casa. No los conocían, incluso luego de años de amistad. Sí, ese tipo de amigo era yo.
Yo bajé la mirada y me quedé en silencio. ¿De verdad quería una explicación? ¿Y si esa explicación era tan terrible que te mata el alma todos los días?
Él pareció aburrirse de su posición de brazos cruzados, porque lo escuché suspirar y relajar la postura.
—¿Cómo va el violín? —preguntó él, con la voz baja.
—Bien —mentí.
Después de un par de segundos en silencio (no silencio real, vamos, que la música seguía sonando fortísimo hasta el segundo piso; solo silencio entre nosotros), me atreví a continuar con la conversación.
—¿Cómo va el kendo? —pregunté yo, aún con la mirada en el suelo.
—Mal.
Y levanté la mirada, lo observé a sus ojos oscuros.
—¿Mal?
Él se encogió de hombros, quitándole importancia al asunto.
—Explícate —inquirí yo, intentando esconder mi preocupación.
—¿Ahora quieres respuestas, eh? —casi sonrió— Como yo no soy un desgraciado, te voy a responder: mal. Bah, ni siquiera es que "ande mal", solo no anda nada.
—No entiendo.
No, el miedo no. No quería volver a sentir miedo. Esa pregunta me había acosado durante los años que pasé aquí en Tomoeda: "¿cómo iba el kendo?". ¿Sigues ganando, Kurogane? ¿Te siguen sangrando las manos por las heridas, o ya se volvieron un par de callos mutantes? ¿Se te cayeron los dedos, Hayase siguió cocinándote pasteles para desearte buena suerte? ¿Cómo va el kendo?
—No puedo practicar más kendo, Fye. Ya, no hablemos más de eso.
Algo indescriptible me consumió la garganta. Un calor que no quizás no había sentido nunca antes en mi vida, un estremecimiento en la columna frío, pero a la vez caliente. Mis manos empezaron a tiritar y, para evitar que Kurogane se diera cuenta, tuve que apretarlas entre sí tras mi espalda.
Algo que no había sentido nunca antes en mi vida con tanta sinceridad: rabia.
—¿Cómo que no puedes practicar más kendo?
—No puedo, Fye. Después de la operación no pude continuar. El doctor dijo que era muy peligroso. Al cabo que, en esas condiciones, ni siquiera podía tomar el sable de bambú con rigidez. Ya era un milagro que hubiera sobrevivido al accidente, dijo el doctor.
—No entiendo…
—¡No puedo, Fye! —exclamó él— El auto chocó, yo estuve al borde de la muerte y no pude volver a tomar un sable como antes. ¿Está bien así la explicación, señorito?
Rabia.
Esa bruja de mierda me había estafado. Me había quitado el violín, me había quitado a Kurogane, y no había pasado nada. Empecé a caminar de un lado para otro, casi en círculos, preguntándome cómo diablos podía llamar a esa bruja para tirarle los pelos hasta que se le salieran.
Le pegué un golpe con toda mi fuerza a la muralla, con toda esa rabia aún en mi garganta.
—Oye, para, cuida tus manos —dijo él, acercándose un poco más a mí, intentando tomarme la mano, pero yo me separé con rapidez y lo observé a los ojos.
Claro, obviamente se preocupaba de mis preciadas manos de violinista. ¿Cómo iba a tomar el arco con las manos magulladas y ensangrentadas? ¿Cómo presionaba con la debida fuerza la cuerda?
Escuché los pasos de alguien que subía por las escaleras. Y Kurogane también pareció escucharlos, ya que me tomó sin delicadeza del brazo, abrió la puerta más cercana a nosotros, me lanzó dentro y cerró la puerta tras nosotros.
Luego nos quedamos en silencio, en la completa oscuridad, durante un par de segundos. Yo palpé la muralla, en busca de un interruptor de luz, e identifiqué la fría cerámica de la muralla. Estábamos en un baño. Encendí la luz y nos vimos encandilados otro par de segundos.
Alguien tocó la puerta.
Kurogane se limpió la garganta y respondió que el baño estaba ocupado. Le echó llave a la puerta, se apoyó en la puerta y lentamente se dejó caer al suelo, hasta quedar sentado y con la espalda apoyada.
Yo me dejé caer el otro lado del baño, también apoyado contra la muralla. No era demasiado grande, pero sí lo suficiente como para que ni nuestras piernas pudiesen tocarse.
Nos mantuvimos en silencio.
Me di cuenta que la rabia que inicialmente había sentido en mi garganta se había esfumado. En su lugar, solo quedó una presión en mi pecho. Observé a Kurogane en su lugar. Estaba con una pierna flectada, un brazo apoyado en la rodilla y la cabeza a su vez apoyada en el brazo, de forma que ocultaba su rostro.
Muchas preguntas acerca de Yuuko, la bruja de las dimensiones, me atacaron. Pero también muchas preguntas dirigidas a Kurogane. Por primera vez en todos estos años, me sentí realmente miserable. Me sentí una basura, un esperpento de la peor calaña posible. Me sentí un asco al darme cuenta que de verdad había abandonado a mis amigos. Y no solo eso, había abandonado a Kurogane cuando más me necesitaba.
—Y, ¿cómo está Hayase? —pregunté.
La música ya casi no se escuchaba desde el baño.
—Bien —respondió, desde la misma posición, sin darme la cara—. Como no estuviste tú, me obligó a mí a acompañarla al karaoke después de clases —reímos un poquito—. Sigue coqueteando con todos y aún no encuentra al príncipe azul por el que sueña. Yo le sigo repitiendo que si se pone a buscar un chico que le responda sus coqueteos, solo va a encontrar pervertidos alcohólicos.
—Es un poco ingenua.
—Solo se conforma con muy poco. Al primero que le dice lo bonito que son sus ojos, lo proclama el nuevo amor de su vida.
Reí.
—Y, ¿tú?
La pregunta iba dirigida a mí. Tragué pesado.
—Bien.
Él suspiró pesadamente y levantó la cabeza para dirigirme una mirada asesina.
—Bien, bien. Hice nuevos amigos, como podrás darte cuenta —me explayé un poco más—. Shaoran es la nueva víctima de mis bromas. También está la dulce Tomoyo y la pequeña Sakura…
Aún encontraba extraño el tema de Sakura y los falsos recuerdos. No dejaba de molestarme… Si según sus falsos recuerdos, ellos me conocieron al mismo tiempo que a ella, ¿acaso creían que nosotros también nos habíamos conocido entonces? ¿Cómo vivían en la misma cabeza los recuerdos reales de la secundaria y los falsos, donde había una proyección de una Sakura falsa?
—¿La conociste aquí? —yo asentí—. Es una gran coincidencia —dijo él—. Es muy extraño que no se hayan conocido en Tokio. ¿Seguro que no la viste nunca allá?
—No.
—Bue, es extraño, pero está bien. Digo, me alegro que se hayan conocido.
"Al fin y al cabo, es la razón por las que volvimos a encontrarnos".
Eso lo rellené en mi mente yo. Es algo que Kurogane nunca podría decir en voz alta, porque era terriblemente cursi y no iba con él, pero seguramente lo pensó al igual que yo.
No quise indagar en los falsos recuerdos de Sakura. Ya habría otro momento para eso.
Respiré profundo.
—Dejé el violín.
Me imagino que la cara con la que yo lo miré a él en su momento fue igual a la de estupefacción que me dirigió ahora.
—¿Cómo que dejaste el violín?
—No lo hagas parecer un deja vu, por favor —reí—. Lo dejé. No me pidas explicaciones, simplemente lo dejé. No hablemos de nuestras habilidades desechadas, por favor.
Él me miró en silencio. Yo sabía que se moría de ganas de preguntar algo más, pero nos quedamos así.
—Hayase va a llorar cuando te vea—dijo él.
—Lo sé —respondí, con una risa triste.
Tomoyo
—Bah —se quejó Hayase, la amiga rubia de Sakura—, el baño del segundo piso estaba ocupado. Pero justo desocuparon el de abajo, el de visitas, y ahí entré —sonrió ampliamente.
Yo le devolví la sonrisa.
Después de ir a buscar algo para beber con Sakura y Hayase, esta última se había tragado un vaso de vodka con jugo de arándanos de un sorbo, prácticamente. Un rato después de eso, empezó a quejarse de que necesitaba un baño y que el de visitas llevaba cinco minutos ocupado. Yo hice uso de mi información privilegiada y le indiqué donde había otro baño que podía usar.
Encontraba especialmente cómico que el mismo día que proponía viajar a Tokio, vinieran los amigos de Sakura a visitarla. Realmente, eso me ponía muy feliz. Sakura estaba radiante, era todo sonrisas y carcajadas.
Antes que Hayase empezara a lamentarse por el baño, volvimos a donde habíamos dejado a Shaoran y a Kurogane, el alto y atractivo amigo de Sakura. Nos sorprendimos al encontrar al novio de mi mejor amiga solo y con una cara de extrañeza impresionante. Cuando la rubia preguntó por Kurogane, él se limitó a contestar que no sabía nada, que no había visto a dónde se había metido.
Llevábamos menos de media hora en la fiesta de Eriol y Hayase ya se había bebido dos vasos de vodka con jugo (uno de un sorbo y otro un poco más lento luego de volver del baño).
Y esa media hora había sido insufrible. Lentísima, horrorosa. No habíamos visto a Eriol en toda esa media hora, lo cual me había dejado un poco preocupada. ¿Y si le pasó algo? ¿Si estaba desmayado en alguna parte? ¿Si había entrado un asesino y le había lastimado esa bonita nariz?
Intenté no pensar en esas tenebrosas posibilidades.
En la siguiente media hora, nos encontramos con Rika y Chiharu. Junto con ellas dos, Sakura y Hayase, bailamos esa horrible música electrónica que últimamente estaba de moda. No tenía la costumbre de beber más que licores suaves, con mucha fruta y combinaciones coloridas, pero por alguna razón, lo único que había en casa de Eriol era vodka y ron (sí, Eriol había decidido dar una fiesta tan grande, que para convencer a todos de ir, ofreció bebidas gratis). En esa media hora que pasamos bailando con las demás chicas, me alcancé a beber dos vasos de vodka. Con más alcohol del que desearía, pero Hayase fue la que me entregó el vaso preparado.
Sí, después de esa última media hora, gracias a la ayuda del alcohol, mi paranoia alcanzó los niveles suficientes como para recorrer el jardín en busca de Eriol. Cuando observaba a Hayase beber vasos completos en segundos y a Sakura reír ante la desfachatez de su amiga, entendía que dos vasos era poquísimo alcohol. Pero, Dios, yo nunca bebía, lo juro.
Por esa razón, terminé por la casa de Eriol, en su busca. Yo sabía que sus padres no estaban en casa, ya que estaban en viajes de negocios, o al menos así me comentó mi madre cuando canceló la cena del lunes. Eso me dio un poco más de valor para adentrarme en la mansión Hiragizawa. No estaba la posible amenaza de una señora Hiragizawa escandalizada al ver a la pequeña Señorita Daidouji con un vestido cortísimo y un poco ebria. ¡Qué escándalo!
En el primer piso no encontré nada más que un par de personas conversando y riendo, por lo que subí las escaleras al segundo. No había ninguna luz encendida allí. La única iluminación que llegaba, provenía del exterior y del primer piso. Más adentrada en el pasillo principal, pude observar por la delgada línea bajo la puerta, que el baño seguía ocupado.
Toqué la puerta. Pensé que quizás Eriol estaba allí. Una voz masculina que no pude identificar me respondió que estaba ocupado. A causa de mi creciente paranoia, solo pude imaginarme a un asesino serial degollando el cuerpo de Eriol en el baño. Bueno, y que tal vez estaba con un par de chicas teniendo sexo desenfrenado. Una sentada encima del lavamanos, besándole la boca mientras el otro respondía con furiosas caricias en los muslos, los pechos, y la otra acariciando la espalda ancha del pelinegro…
Volví a tocar con más insistencia la puerta.
—¿Eriol? —pregunté— ¿Estás ahí?
Nunca en mi sano juicio habría insistido a una persona que respondiera "está ocupado" en un baño, pero dos vasos de vodka habían logrado sacarme de mi cordura. Dios.
La puerta se abrió abruptamente y me tapé los ojos como reflejo. Por una parte, por la fuerte luz que iluminó mi rostro a oscuras, y por otro lado, ante el miedo de observar en el interior a Eriol teniendo un trío con dos inglesas.
—¿Tomoyo?
Me destapé los ojos y me encontré con el sonriente rostro de Fye.
Y creo que nunca antes en mi vida había estado tan feliz de ver su cara, porque me tiré sobre él y lo abracé por el cuello. Él me preguntó si yo estaba bien, si me pasaba algo, porque al parecer me veía un poco descompuesta. Yo le respondí que estaba todo bien, que estaba feliz de encontrarlo en vez de a Eriol.
Reparé en la presencia de otra persona a su lado. Era el amigo de Sakura, el que vino de Tokio a verla.
—¿Kuro…?
—Kurogane —aclaró él.
—¡Cierto! —sonreí— Que bueno que estabas tú con Fye, y no un par de putas.
—¿Ah?
—Un trío, imagínate. ¡En un baño! Ay, no. Mejor sigo buscando…
Y quise darme la media vuelta, pero de pronto me di cuenta de lo extraño que era encontrarlos a ellos dos encerrados en un baño. Porque, vamos, dudaba que estuviesen realmente haciendo cosas que se hacen en un baño.
—¿Qué estaban…? —quise preguntar yo.
—Nada, no importa. ¿Bajas? —me interrumpió Fye, quien se había deshecho de mi abrazo y empezaba a bajar por las escaleras.
—No, olvidé algo por aquí.
—¿Qué cosa?
Iba a responder, pero decidí que era mejor que se quedara en un secreto. Me despedí agitando mi mano un par de veces en el aire y me encaminé por el pasillo.
Si continuabas por el pasillo, llegabas a una gran sala de estar, que usualmente usaba Eriol para ver películas cuando invitaba gente. Hacia el otro lado del pasillo, estaba la habitación de Eriol. Decidí que era más probable encontrarlo allí que en la sala de estar, por lo que me dirigí a la puerta blanca que encerraba su intimidad. Dudé antes de entrar, preguntándome si no sería mejor llamar a la puerta. Me aterraba un poco lo que podría encontrar allí.
Respiré profundo y giré la manilla de la puerta. Para mi sorpresa, estaba cerrada con llave. Suspiré. Yo haría lo mismo si diera una fiesta como esa. A nadie le gusta encontrar una pareja desconocida intimando sobre tu cama. Otro lado de mi cerebro me gritaba "¡está adentro! ¡Teniendo un trío! ¡Manoseando a una inglesa mientras otra le besa el cuerpo!", pero tuve que acallarlo. No sacaba nada tocando la puerta, ya que si fuese verdad, no habría ninguna posibilidad de que me abriera para ver quién hacía tremendo escándalo, menos si estuviera con dos top model en su cama.
Me di media vuelta al escuchar un sonido a mis espaldas. Desde mi posición, tenía vista a la entrada de la sala de estar que mencioné anteriormente, y al comienzo de las escaleras que daban al tercer piso (donde estaba la habitación de los padres de Eriol).
Allí estaba Eriol, con una sonrisa de oreja a oreja, saliendo de la sala de estar, para empezar a subir las escaleras hacia la habitación de sus padres. Subiendo por las escaleras, frente a él, solo pude observar el final de un par de piernas desnudas y delgadas. Apenas me di la vuelta, solo tuve un milisegundo para ver esta escena: Eriol, todo sonrisas, subiendo a la habitación de sus padres, de la mano con una chica que lo guiaba a lo que sería, seguramente, una buena noche de diversión.
Y después de ese milisegundo, observé los ojos de Eriol observándome. Yo estaba en la oscuridad, en la puerta de su habitación, con mi corto vestido violeta. No debía haberme visto de donde estaba, pero seguramente un rastro de luz que entraba por la ventana contigua, me delató.
Y el contacto solo duró otro milisegundo, lo juro. Ya que, después de eso, yo me dirigí a las escaleras para bajar al primer piso. Como me había visto in fraganti en mi misión de rescate, no me esforcé en ser sigilosa.
Conocía a perfección la gran casa de Eriol. Había asistido un millón de veces, desde que tenía memoria. En el primer piso, había un gran salón de entrada, decorada con obras del más exquisito gusto. También tenían un comedor con una gran mesa de caoba. Una sala de estar para los invitados, una cocina gigante y elegante, un par de habitaciones de alojados (que seguramente en las fiestas eran aprovechadas), y por el final de la construcción, un pequeño gimnasio, con una elíptica, máquinas de pesas y demáses, ya que la madre estaba un poco obsesionada con el ejercicio y su figura.
Para una fiesta de esta envergadura, Eriol seguramente había cerrado las puertas del comedor y otros con llave, al igual que su propia habitación, para que los desastres no pasasen a un nivel monstruoso e imperdonable por los padres.
Yo en el máximo de tres segundos que estuve sola, intentando escapar por las escaleras, no entendí cómo era que Eriol tenía el descaro de ir a tirarse a una chica a la habitación de sus padres. ¿Por qué hacerlo, si su propia habitación estaba tan cerca?
Pero, claro, una mano me detuvo. Y no con suavidad, como esperaría de un caballero inglés. Me tomó del hombro y me impidió escapar de lo que acababa de ver.
—¿Tomoyo?
Me giré y me encontré con un Eriol con la camisa desabotonada y el cabello desordenado. Los anteojos también estaban levemente inclinados. Yo lo noté.
Yo sonreí, a modo de saludo.
—¿Qué haces acá? —yo intenté soltarme, pero él no disminuyó su fuerza.
—Vine a la fiesta más grande que habrá en Tomoeda en todo el semestre —respondí.
¿Cómo me había enterado?
En el pasado, Eriol se preocupaba por que me enterara de todos sus jueguitos. Invitaba a Fye y Shaoran a las fiestas, se paseaba de la mano frente a Naoko, quizás con la esperanza de que ellos me informaran. ¿No estaré siendo muy paranoica y egocéntrica? Quizás, pero podría apostar un dedo que disfrutaba de que lo viera con otras chicas.
¿Cómo me había enterado esta vez? Si no invitó a ninguno de mis amigos, ni a mí en persona, seguramente es porque no tenía ningún interés en verme en su fiesta esta noche. Bueno, yo me había acercado personalmente a Yamazaki, el mejor amigo de Eriol, hace una semana atrás, a decirle que "ante cualquier fiesta, me avisara, ya que últimamente andaba muy floja y quería despabilar un poco". Claro, él no sospecharía nada, porque no había chico más despistado que él. Tampoco le contaría nada a Eriol, ya que creería que a él no podía importarle menos lo que hiciese o dejase de hacer yo.
Y Yamazaki me había invitado. Fácil. Facilísimo.
Los ojos de Eriol me mostraban que él no esperaba para nada mi presencia. Ah, así que no eres tan lector de mentes como te jactas de ser, ¿cierto? "¿No puedes leer las ganas que tengo de pisotearte en este momento?".
Yo agradecí en ese momento que la fiesta estuviera más ruidosa y buena que nunca, ya que nadie entraría ni nos vería allí, en la mitad de la escalera.
Qué desgracia si alguien lo hiciera.
—Lamento haberte interrumpido, ya me iba —dije yo, finalmente deshaciéndome de su agarre.
Él intentó volver a tocarme, quizás tomarme del brazo, pero yo bajé dos escalones de un salto y me mantuve a una distancia segura.
—Eriiiii, ¿qué pasó?
Supuse que la voz chillona que provenía del segundo piso sería de la chica que vi antes. La que se llevaba a Eriol a la habitación de sus padres. La que lo tomaba de la mano, la que lo entretenía en este momento. ¿No debería advertirle que hacía lo mismo con todas? ¿Qué no esperara un chocolate ni una llamada amorosa? Decidí no meterme, ya que era probable que ella ni siquiera esperara esas cosas, que tuviera las mismas intenciones de Eriol.
—Ya voy —respondió él, sin mirar atrás.
Seguramente la chica de largas piernas lo esperaba sentada en la otra escalera, expectante ante lo que disfrutaría a continuación.
—Ya me voy —dije yo—. Deberías saludar a Sakura. Estaba buscándote.
Me di media vuelta para retirarme, pero con su voz me detuvo.
—¿Y tú? ¿Qué buscabas en mi habitación?
—Fui al baño, nada más —reí, intentando hacerle ver lo divertido que era que pensase que buscaba algo en su habitación.
—¿Tú también me buscabas? —insistió.
Me di vuelta, ya que sentía la mirada de Eriol perforándome la nuca. Me observaba a los ojos, expectante ante mi respuesta. Pero, oh, Eriol, tú conocías la respuesta.
—No —respondí.
Pero ambos sabíamos que sí, que te buscaba y que siempre te busqué. Pero tú estuviste muy ocupado con Himari, luego con Asuka, otra compañera de salón. Y después de ellas, estuviste ocupado con muchas otras chicas de mi salón, otras chicas de otros salones, más de la preparatoria…
Y ahora estaba esa chica de piernas largas, esperando al machote de Eriol Hiragizawa.
—¡Eriiii! —llamó la chica.
Qué apodo de mierda.
—Ve, Eri, no deberías hacer esperar a una dama —sonreí, un poco maliciosa.
¿Cuánto me había hecho esperar a mí? Muchos años.
Sí, tomé dos vasos de alcohol, pero no eran suficientes para hacerme decir lo anterior en voz alta. Sí lo suficiente para buscarlo por su casa, pero no tanto. No tanto para la humillación, para el llanto que escondí bajo mi almohada, para los gritos y las rabietas de celos.
La chica parecía impacientarse, porque asomó su cabeza. Pero antes que pudiera volver a llamarlo con ese apodo de mierda, Eriol se dio media vuelta y volvió a sus asuntos sexuales con la puta de piernas largas y cabellera oscura.
Yo quise caminar al jardín y reencontrarme con mis amigos, pero, en vez de eso, fui a la cocina. No estaba cerrada con llave, lo cual agradecí. No encendí la luz, ya que sentí que con la luz que entraba por las amplias ventanas bastaba. Observé la nevera y me pregunté si Eriol habría escondido todo el licor caro de sus padres en su habitación.
Me senté en una silla blanca. Observé el reloj plateado que se movía, segundo a segundo, colgado en la muralla. Pude contar quince movimientos del segundero, cuando sentí la respiración de alguien en mi cuello.
Me paralicé como un animalito que sabe que está en peligro. Me mantuve con la espalda derecha y los ojos muy abiertos, exactamente cuatro movimientos del segundero plateado. El miedo se disipó casi inmediatamente, ya que supe que la persona que estaba a mi espalda nunca podría hacerme daño alguno.
Lo sentí en su perfume, el ritmo de su respiración, su aura, no sé. Todo de Eriol lo reconocí luego de solo instante de terror. No podía ser un violador, ni Jack el destripador. Era Eriol, la persona que me había acompañado toda mi vida.
Quise preguntarle por qué me había seguido, qué había pasado con la chica que llevaba a la habitación de sus padres, pero temí hablar. Me embriagué de su perfume. Debía concederle a Hermès que, además de sus preciosas carteras, no se quedaba atrás con la fragancia que Eriol había usado desde que tenía memoria.
Dejé de contar el segundero al décimo movimiento. Eriol seguía allí, a mis espaldas, tan cerca de mi cuello y mi oreja, que oía su respiración. De pronto, tan delicadamente como si me tratara de una pluma, puso sus dos manos en mi cintura. Sentí el tacto a través de la seda violeta. Me acarició con suavidad la cintura.
Se acercó aún más a mí, hasta apoyar sus labios en mi cuello desnudo. Me besó largamente en la piel de mi hombro y me acarició con sus labios con tanta sensualidad que no me habría importado perder mi virginidad en ese momento, con él, arriba de la mesa de la cocina.
Pero él solo me besó el cuello, el hombro, el lóbulo de la oreja, mientras me acariciaba la cintura, el estómago.
Y solté un gemido de placer, completamente rendida ante el tacto. Era Eriol, era Eriol, era Eriol.
Se detuvo, de pronto, pero no se movió de su lugar. Con su boca tan cerca de mi oreja, me susurró:
—No vuelvas a decirme Eri, por favor. No tú.
¿Acaso era su apodo playboy? ¿Era para las otras? ¿Por qué yo no?
¿Por qué yo no podía salir con Eriol? ¿Por qué no me quería a mí? ¿Por qué las prefería a todas menos a mí?
Tantas preguntas se quedaron atascadas en mi garganta. Quizás las habría pronunciado si se hubiera quedado más tiempo así de cerca, acariciándome y besándome.
Pero se había separado de mí.
—Tú sabes que me encanta cómo te ves con el cabello tomado. Gracias por peinártelo así para mí—dijo él.
Yo me di la vuelta, queriendo observar su figura bajo la luz de la luna que entraba por las ventanas. Quería añorar su cuerpo, su espalda, cómo se veía con camisa, a pesar de tenerla toda desarmada y desabotonada por culpa de una puta de piernas largas.
Pero ya no estaba. Me di la vuelta, y Eriol ya se había ido.
Me acaricié el cabello sedoso, que había arreglado en un bonito peinado, lleno de rulos y pinches para afirmarlo. "Ah", pensé "hasta que se dio cuenta que lo hacía".
Shaoran
Yo me encontraba sentado en una banca de jardín, observando a mi novia con sus amigas bailar. Observé como Tomoyo se escapó de la especie de círculo que habían formado para "bailar todas con todas" y entró en la casa de Eriol.
Esta vez no bebería alcohol. Había hablado más de la cuenta con Sakura el otro día y me asustaba soltar demasiado y terminar contándole todo, todo. De todas formas, nunca me había gustado beber. Un chico de cabello oscuro y gran sonrisa se sentó a mi lado. Me contó que era el novio de Chiharu, Yamazaki, y una historia muy extraña sobre la construcción de la mansión Hiragizawa. Si no hubiera sido por el tono de voz que usó, quizás no le habría creído. Pero la forma en que entregó fechas y datos, hizo que terminara un poco asustado con la historia.
Cuando estaba por terminarla (en la parte que llegaba un fantasma con sierra eléctrica y estaba a segundos de cortarle la cabeza al abuelo de Eriol), llegó Chiharu y le pegó en el brazo, con evidente fuerza.
—¡Ya empezaste a inventar cosas! —exclamó ella, con el ceño fruncido.
¿Eh? ¿Había sido una mentira? La risa de Yamazaki lo delató y llenó de besos en la mejilla a su novia. Ella se quejó e intentó quitárselo los primeros tres segundos, pero después se rindió ante el amoroso de su novio. Luego de aquello, se despidieron de mí y se alejaron.
Me dejaron solo por unos minutos, en los que observé reír a carcajadas a mi novia y a su rubia mejor amiga.
De pronto sentí que alguien se había sentado a mi lado, y observé que se trataba de Kurogane. Busqué a Fye con la mirada y lo encontré: se dirigía donde las chicas. La escena que observé fue muy similar a la de Kurogane encontrándose con Fye por primera vez.
Hayase se quedó estática, con los ojos muy abiertos. Dejó de bailar y Sakura notó lo extraña que se había puesto. Observó a su amiga con los ojos fijos en Fye y seguramente no entendió nada de nada, al igual que yo, sentado en una banca y observando a la distancia. Después de un par de segundos, la rubia se llevó las manos al rostro y un montón de lágrimas inundaron sus mejillas y ojos.
Fye, para entonces, ya había llegado a su lado y le sonrió. Le dijo algo que no pude escuchar, porque estaba muy lejos y la música muy fuerte, y la abrazó por sobre los hombros. Ella tardó un poco, pero rodeó su espalda con sus brazos.
Yo no entendía nada. ¿Sería su novia? Y, ¿qué pasaba con Kurogane? ¿Por qué casi lo había golpeado y se lo había llevado al interior de la casa de Eriol?
¿De dónde mierda lo conocía?
Intenté recapitular lo poco de Fye que sabía. Sabía que antes de Tomoeda, había vivido en Tokio. Que había nacido en un pueblo de Inglaterra. Imaginaba que se habían conocido en Tokio, entonces. Fye nunca hablaba de su pasado, de nada de él. Yo entendía que no le gustase, por lo que nunca intentaba entrometerme mucho.
Podría preguntarle a Kurogane, quien estaba a mi lado, acerca de cómo y dónde había conocido a Fye, pero la verdad es que, al girarme y observar su semblante serio, un escalofrío me recorrió la espalda y decidí no hablarle.
La escena de Hayase y Fye, abrazados con fuerza, él con su eterna sonrisa y ella prácticamente tragándose los mocos por el llanto, era bastante conmovedora. Sakura se acercó a mí con una enorme cara de preocupación.
—¿Qué diablos está pasando? —me preguntó.
—No lo sé.
—No sabía que se conocían —continuó ella, con la mirada fija en sus dos amigos—. Mucho menos que habían sido novios o algo así.
—Nunca lo fueron. Solo son amigos. Y Hayase una llorona —aclaró Kurogane, desde su lugar.
—Ay, Kurogane, ¡explícame! —suplicó la castaña.
Él no respondió nada. Ni siquiera la miró, ya que tenía la mirada muy fija en los dos rubios. Sakura continuó suplicando, hasta que tomó del brazo al pelinegro y lo sacudió, como si fuera una niña de cinco años pidiendo un dulce.
—Porfi, porfi, porfi —repitió.
Pero él continuó en silencio. Y, de hecho, no volvió a abrir la boca hasta que, pasados unos quince minutos, los dos rubios se acercaron a nosotros.
—¡Mira quién está aquí! —le idjo Hayase al pelinegro, secándose las lágrimas de las mejillas.
Kurogane asintió. La rubia empezó a decir muchas cosas, de las que no comprendí ni una palabra. Algo de un violín, de Tokio y un accidente automovilístico. Algo de un rubio hijo de puta, sin corazón y desgraciado. Ese seguramente era Fye.
Sakura le pidió una explicación a su mejor amiga, y justo cuando iba a empezar a hablar, Fye se acercó a mí y me pidió que fuéramos a otro lugar a hablar.
Yo accedí, pero me lamenté de perderme la explicación de Hayase. Pero estaba bien, después podía preguntarle a Sakura, porque seguramente Fye no abriría la boca.
Caminamos hasta el otro lado del jardín. Apoyó su espalda en la muralla de la casa y se sentó en el césped húmedo. Yo suspiré y lo acompañé en la misma posición, a su lado.
—¿Qué diablos pasó? —pregunté.
—Un encuentro incómodo y algo desafortunado, pero imagino que inevitable —sonrió, pero con tristeza.
—No me vas a explicar —dije, sabiendo que no tenía sentido preguntarlo.
Él mantuvo su sonrisa.
—Esa maldita bruja de las dimensiones me engañó, Shaoran.
Y habría esperado que fuese una broma, pero yo sabía que no importaba lo desgraciado que pudiese ser Fye, nunca me bromearía con un tema así de delicado.
"Ah, el deseo de Fye", pensé. "Así que está relacionado con los dos chicos de Tokio".
—Explícate.
Él suspiró profundo y después de un par de segundos, comenzó a hablar.
—Esa maldita bruja de las dimensiones me engañó —repitió. Yo quise golpearlo con fuerza, pero al entender mis intenciones continuó con rapidez—. Yo desee que Kurogane pudiera seguir practicando kendo, pero ya no puede. Tuvo un accidente automovilístico gravísimo. Al borde de la muerte, al parecer. Yo no estuve allí con él, porque estaba con Yuuko.
No quise interrumpir su historia. Nunca creí que Fye pudiese hablar de sí mismo sin tantos rodeos.
—Yo desee que pudiese seguir practicando kendo después de la operación. Que todo saliera bien —escondió su rostro entre medio de sus piernas, más específicamente sus rodillas, y sentí que su voz se quebró—. Pero no puede, Shaoran. La operación salió bien, todo ok, sobrevivió, pero no puede practicar kendo.
Sentí que algo en él se rompió además de su voz.
—¡Me engañó! —exclamó—. Yo desee su recuperación exitosa, pero todo salió mal. No puede practicar kendo y yo dejé de tocar violín…
Quise preguntarle qué tenía que ver un violín en toda la historia. ¿Tocaba violín? ¿Desde cuándo? Nunca siquiera lo había visto escuchar música clásica. Quise preguntarle, lo juro, pero me tragué todas las ganas y lo dejé continuar con el monólogo. No sabía cuánto duraría. No quería que se arrepintiera.
—Esa bruja de mierda… Me quitó lo más importante para mí, pero no cumplió mi deseo. ¡Y dejé Tokio! Por la vergüenza, por la rabia… Ah, perdón, Shaoran, pero encontrarme con esos dos me dejó un poco alterado de nervios. Sensible, no sé.
Yo le di un par de palmadas en la espalda. Quise abrazarlo, pero nunca habíamos sido de abrazos ni expresiones de cariño, ninguno de los dos.
Él levantó su rostro y yo observé en él una profunda desesperanza. Comprendía su situación. Fye había pedido un deseo y había dado un gran precio a cambio, pero la bruja lo había engañado. ¿Qué mierda significaba aquello?
—Lo lamento, Shaoran.
En un comienzo, no entendí sus palabras. Pero luego todo hizo sentido.
¿Qué le impedía a la bruja engañarme a mí, como hizo con Fye? ¿Y si no cumplía mi deseo?
Pero sí había rebobinado el tiempo. Estábamos un año antes, con una Sakura con recuerdos falsos y personalidad diferente, a causa del karma de desear alargarle la vida más de lo que debería. Pero estaba viva. No podía engañarme, ya que ya me había dado lo que había deseado. ¿O no?
Un horrible sentimiento cruzó mi cuerpo. De pronto sentí miedo ante lo que significaba lo que acababa de vivir Fye. Este suceso había abierto un mundo de posibilidades, todas igual de terroríficas. Había abierto la puerta de la incertidumbre, el miedo, el "qué pasará".
Crucé un brazo por sobre la espalda de Fye y lo acerqué a mí. No importaba que nunca hayamos sido ese tipo de amigos, los que se abrazan y se dicen lo mucho que se quieren. Daba igual en ese momento. Lo acerqué a mí y él se apoyó en mi pecho. Allí, por primera vez en mi vida, escuché a Fye llorar. Muy poco, mucho menos de lo que yo habría llorado si hubiese estado en su situación. Pero sentí el estremecimiento de sus sollozos.
Allí supe que Fye era un mentiroso. Que se había alejado de sus amigos, como me había explicado, creyendo que todo estaba bien. Que estaba feliz en Tomoeda, que no necesitaba nada más. Pero era un horrible mentiroso. Tan poco sincero, que incluso le había mentido a la bruja de las dimensiones.
"Puedo cumplir el sincero deseo de tu corazón", dijo el recuerdo de la voz de la bruja en mi cabeza.
Y comprendí que Fye había sido un horrible mentiroso. Había querido creer que su deseo era que Kurogane siguiera practicando kendo, cuando en realidad lo único que podía desear era que siguiera viviendo. Su precio no había sido tan alto, ya que solo se trataba de sanar un par de heridas mortales (como si fuera poco). No se podía comparar con lo que di yo a cambio, porque al parecer era mucho más difícil el traer de vuelta un alma que ya había abandonado el cuerpo y lo había dejado frío.
En los sollozos que escuché, sentí que él también lo había comprendido. Que no eran lágrimas de tristeza, sino de vergüenza y felicidad. Una extraña mezcla, pero que había logrado que llorara en mis brazos y se diera cuenta que, en realidad, la bruja no lo había engañado: solo había podido ver bajo las mentiras de Fye y cumplirle el sincero deseo de su corazón.
Notas de la autora:
Este capítulo me quedó larguísimo en comparación a los anteriores. Cada vez me quedan más largos... Espero que los disfruten y no sea tedioso.
Quería agradecer a todas las personas que dejaron reviews, los que agregaron a alguna lista, los que leyeron... ¡Muchísimas gracias!
Espero tengan una buena semana. Me disculpo por actualizar siempre tan tarde, pero soy ansiosa.
Lía
PD: por este capítulo, le subí a M la clasificación.
