Capítulo 9
Decir que el pánico inundó el puente tras el desvanecimiento de Jim era suavizar la situación en demasía: en cuanto los ojos del capitán se cerraron sus hijos dieron la voz de alarma y la actividad se volvió frenética y confusa. Fue Spock el que, con toda la coherencia que logró reunir, llamó a la enfermería para requerir al doctor McCoy en el puente.
Cuando el médico hizo su aparición, escoltado por dos enfermeros que llevaban una camilla, tomó el control de la situación ordenando a todos alejarse de Jim. Con cuidado movió al capitán hacia delante, dejando que el peso de su torso quedase contra él y evaluando la gravedad de la herida en la espalda que había logrado empapar todo el respaldo de la silla de mando y gran parte de los pantalones de Jim. Dando secas órdenes a los enfermeros, Bones traspasó al capitán a la camilla y desapareció por el turboascensor mientras inyectaba una hipo en el cuello de Jim.
El silencio en el puente sólo era roto por los leves pitidos de los radares en busca de obstáculos en su camino. Spock evaluó la situación y actuó en consecuencia.
–Sé que todos están preocupados por el estado de salud del capitán, pero lamentarnos no nos ayudará a llegar antes a la Tierra en dónde Kodos será juzgado, y eso es lo que el capitán querría. Así que recompónganse y hagamos juntos esto: se lo debemos al capitán– las miradas de miedo y confusión comenzaron a ser sustituidas por otras más firmes–. Sulu, rumbo a la Tierra, informe de nuestra llegada, pero evite decir que Kodos viaja a abordo. Tratemos de evitar que la noticia se propague por la Tierra todo lo que podamos. Uhura, vigile cualquier frecuencia anómala, por ínfima que sea, Kodos tenía aliados Klingon y no quiero que volvamos a ser sorprendidos por ellos– se giró hacia los supervivientes de Tarso–. Kevin, te confío a ti a Josh, llévale a la enfermería y asegúrate de que descansa. Los demás podéis acompañarle pero no interfiráis en la labor del doctor McCoy mientras atiende al capitán.
Todos asintieron y comenzaron a moverse bajo las decididas órdenes de Spock pues el Vulcano no estaba dispuesto a permitir que la Enterprise se viniese abajo mientras Jim luchaba por su vida.
Si bien la herida de Jim no parecía especialmente complicada, comparada con otras que el capitán ya había sufrido, la sepsis y la pérdida de sangre se encargaron de minar la salud del joven.
–Buenas tardes, doctor, ¿cómo se encuentra hoy el capitán?
Bones se acercó al Vulcano, que le había interceptado a las afueras de la enfermería, y caminó con él hasta la sala dónde Jim estaba aislado para evitar que los posibles patógenos y alérgenos complicasen su recuperación. Tras el cristal, y velando el reposo de Jim, Sulu, Kevin, y Uhura se mantenían atentos a cualquier cambio en los sensores de su cama, por tercer día consecutivo.
–Sigue igual. Su cuerpo se recupera pero lentamente– dijo el médico comprobando que todas las lecturas estaban en orden.
Estudiando la palidez del rostro del capitán, parcialmente cubierto por una máscara de oxígeno, así cómo el relieve de sus costillas ya visible tras la pérdida de peso provocada por las tensiones previas y a la batalla y los tres días de sueño forzado, Spock alzó una ceja.
–El capitán ha estado en situaciones peores, ¿no debería haber recuperado ya la consciencia?
–Tal vez– musitó Bones cruzándose de brazos y mirando a su amigo descansar sobre la cama médica–. Pero creo que esta vez hay algo diferente en todo este proceso al que nos habíamos acostumbrado a vivir con el capitán tras una batalla.
–¿Y qué es?
–Creo que ahora Jim no siente una imperiosa necesidad de reponerse: Kodos ya ha sido atrapado y está custodiado en la propia Enterprise, la cual sabe que está bajo su control y que nada ha de temer por ella. Esta vez no debe salir corriendo de la enfermería, aún con la mitad de sus tripas cicatrizando, para proteger a sus hijos o llevar a la Enterprise a buen puerto. Tal vez eso hace que, por primera vez, el cuerpo de Jim esté sanando de verdad.
Sin demostrar emoción alguna, Spock asintió. Estaba a punto de entrar en la sala para seguir de cerca la respiración de su capitán cuando su intercomunicador sonó.
–Señor, la flota nos ha enviado un mensaje urgente. Uno de sus oficiales está de camino a la Enterprise para supervisar nuestro regreso. Llegará a la sala de transportes en seis minutos y doce segundos.
–Entendido, iré a recibirle– dijo el Vulcano cerrando la comunicación
Bones intercambió una mirada con Spock.
–¿Un supervisor?– repitió el médico–. ¿Por qué la flota envía a alguien de rango inferior al suyo a husmear?
–No lo sé, pero pienso averiguarlo.
–¿Voy contigo?
–Gracias por su oferta, doctor, pero me sentiría más tranquilo si se quedase al cuidado del capitán.
Dedicándole una última mirada a Jim, Spock dejó la enfermería y fue a la sala de transportes en dónde, a la hora prevista, una figura se materializó. Por primera vez en mucho tiempo los ojos del comandante se abrieron demostrando un genuino gesto de sorpresa al reconocer a la persona ante él.
–Señora Kirk.
–Capitán Spock– la voz de la mujer fue cómo un latigazo.
El primer oficial no tuvo que hacer muchas elucubraciones para comprender que la mujer estaba furiosa, y que su llegada iba a ser tan "agradable" cómo recibir un huracán con los brazos abiertos. A diferencia de su primera visita a la Enterprise durante la cual se había mantenido tras los pasos de su hijo tratando de no llamar la atención, en esta ocasión Winona apareció en la sala de transporte haciendo gala de su rango de oficial dentro de la flota.
–Pensaba que usted sería más racional que mi hijo, capitán Spock, pero pasar tanto tiempo junto a él le debe de haber pegado su estupidez– el Vulcano abrió la boca para replicar pero la mujer ya estaba a su altura, clavando en él sus fríos ojos azules–. Guarde sus fuerzas, capitán en funciones, tenemos mucho de lo que hablar.
Obviando que el Vulcano tenía un rango superior al suyo, la mujer echó a andar hacia la enfermería, lugar al que entró con gesto regio y hombros erguidos. No tardó en dar con McCoy.
–Winona, no te esperaba.
–Tampoco yo me esperaba recibir una comunicación en la que se me decía que mi hijo había ido a por Kodos resultando mal herido en una batalla hace tres días, casi cuatro Leonard, casi cuatro días.
El médico reconoció la mirada que ahora mostraban los ojos de la mujer y ahogó un gemido, pues era la misma mirada que Jim mostraba cuando de verdad su paciencia se había agotado.
–Lamento que tuvieses que enterarte así– Spock entró en ese instante en la enfermería–. Ninguno de nosotros pudimos oponernos a los deseos de Jim.
–Intuyo que vuestra posición no era la más ventajosa– admitió Winona–. La culpa de ello recae sólo sobre Marcus por permitir algo así sabiendo que Jim era uno de los supervivientes. Sin embargo a vosotros dos os culpo de ocultármelo– haciendo acopio de todo su autocontrol, Winona prosiguió hablando–. Quisiera continuar esta discusión, pero lo más importante es Jim. ¿Cómo está?
–Durante la batalla su cuerpo sufrió varias quemaduras al cruzar un río de aguas ácidas que en su mayoría hemos logrado curar, aunque aún tiene una en el brazo derecho, y otra en la cadera, en vías de cicatrización– comenzó a explicarle Bones–. En cuanto a las contusiones tiene al menos media docena, la peor de ellas en un riñón que por fortuna está respondiendo satisfactoriamente al tratamiento de regeneración celular. La peor de sus lesiones ha sido en el abdomen, sufrió una gran incisión que nos obligó a retirar parte de su intestino delgado. Durante el tiempo de espera hasta la cirugía esta lesión se infectó y el cuerpo de Jim acabó sufriendo un proceso de sepsis del cual ya está saliendo, aunque aún no ha recuperado el conocimiento. En unas horas podrá dejar la habitación de aislamiento en la que le hemos mantenido hasta ahora.
Tomando aire, Winona asintió.
–¿Cuándo despertará?
–Creemos que puede ser en cualquier momento. Sus funciones ya están suficientemente estables cómo para que despierte. Si no lo ha hecho de momento es por que creemos que no ha encontrado una razón para hacerlo.
–Entiendo. Quiero verle.
Indicándole que le siguiera, Bones fue hacia la sala en la que ahora Chekov velaba a su capitán. Al ver al pequeño grupo entrar el alférez dejó su puesto y se excusó. Winona caminó hasta situarse al lado de la cama de su hijo y tomó su mano con delicadeza. Rozó su fría piel y una triste sonrisa apareció en sus labios.
–Jim– dijo la mujer con suavidad acariciando el cabello de su hijo–. ¿Recuerdas que es lo que más me gusta del día? Veros despertar a ti y a Sam. ¿Crees que podrías despertar para mi Jimmy? ¿Me dejarías volver a ver tus preciosos ojos azules?
Por imposible que pareciese los párpados de Jim lucharon por alzarse y aunque fueron sólo unos segundos Jim trató de enfocar su mirada en la figura de su madre.
–Oh Jimmy– sollozó Winona–. Mi pequeño Jimmy.
A través de la máscara de oxígeno Jim movió los labios formando la palabra "mamá".
–Sí cariño, estoy aquí.
La afirmación de Winona relajó el cuerpo del capitán que volvió a cerrar los ojos para quedar profundamente dormido.
La vela del estado de Jim hizo que Winona no se separase de él durante casi una hora durante la cual leyó con atención los informes médicos e hizo diversas preguntas a la enfermera Chapel que ahora cuidaba el avance en la mejoría del capitán. Cuando estuvo satisfecha, y tras decirle Bones que Jim tardaría al menos unas cuatro horas en poder volver a despertar debido a los antibióticos que acababa de suministrarle, Winona fue hacia el despacho del médico solicitando hablar con él y con Spock.
–Ahora que tenemos un poco de tiempo ha llegado el momento de que hablemos de temas un tanto espinosos.
Si bien Bones podía leer con facilidad las acciones de Jim, su madre guardaba sus emociones con una fiereza encomiable, por ello cuando vio el sobre rojo aparecer sobre su mesa frunció el ceño. Spock tomó la misiva de la mujer, rasgó el sobre, sacó el papel que contenía y lo leyó antes de pasárselo a Bones que se apresuró a devorar la carta.
–No entiendo del todo sus órdenes, oficial Kirk– dijo Spock–. Según indica la carta de los almirantes usted va a poder interrogar a Kodos.
–Así es.
–Pero, ¿por qué?
–Siempre se me ha dado bien sonsacar información a los enemigos.
–No lo pongo en duda, sin embargo en la nave contamos con nuestros propios medios y personal. ¿Por qué la flota la enviaría a usted con semejante misión?
Sin alterar su expresión, Winona se inclinó hacia delante en su silla, acercándose al Vulcano.
–Podría decirte muchas cosas que seguramente acallarían tu cháchara, señor Spock, pero creo que ya sabes por qué estoy aquí y por qué voy a interrogar a Kodos: se trata de una simple y llana venganza.
–Las consideraciones personales no deben interferir en las misiones.
–Permítame señor Spock una pregunta. ¿Es usted padre?
–No, no lo soy.
–Entonces, casi con seguridad, no va a entender nada de lo que le voy a decir y sólo cuando sea padre, y sostenga a su hijo en sus brazos, recordará mis palabras y me dará la razón. Cuando uno adquiere la responsabilidad de craar a sus vástagos lo hace hasta las últimas consecuencias. En mi caso todos saben el terrible acontecimiento que marcó la vida de Jim. Luego he de admitir que yo no fui la mejor madre, no velé lo suficiente por mis hijos aún cuando trataba de hacer lo mejor por ellos. Intentando remediar mis errores envié a Jim a Tarso para que pudiera disfrutar de unos tranquilos meses junto a sus tíos y cuando parecía que todo nos iba bien Kodos golpeó nuestras vidas– Winona tomó unos segundos para tratar de apartar los fantasmas que ahora amenazaban con regresar a ella–. Espero Spock que jamás tengas que ir a recoger a tu hijo tal y cómo yo tuve que recoger al mío: apaleado, famélico y destrozado. Estaba tan delgado que la piel sobre los huesos de sus articulaciones se resquebrajaba con el más suave de los roces. Ni siquiera podía mantener un sorbo de agua en su estómago– la mujer se recompuso–. Durante semanas le cuidé, traté de rehacer lo poco que quedaba de Jim y, cuando lo logré, le recé a los dioses de todas las religiones pidiéndoles una única cosa: si Kodos estaba vivo debían permitirme llegar a estar frente a frente con él. Hoy por fin mis plegarias llegarán a su fin, y ni usted, ni nadie en la flota estelar, van a impedirlo. ¿He sido clara?
–Lo ha sido– convino Spock–. Pero en la carta del alto mando no dice nada de que sus acciones puedan ser supervisadas.
La sonrisa de Winona curvó sus labios de una forma lobuna que Bones reconoció como propia de Jim. Sin duda alguna madre e hijo se parecían más allá del físico.
–Temes que mate a Kodos– dijo Winona, y Spock asintió.
–Sí señora.
–Tranquilo Spock, nada en ese aspecto has de temer. Si quieres supervisar mis acciones podrás hacerlo sin mi oposición. Tras tantos años de espera lo último que tengo en mente para Kodos es la muerte.
Sin poder decir nada ante la aseveración de Winona, Bones y Spock la escoltaron fuera del despacho para ir hacia la zona dónde Kodos estaba custodiado. Antes de abandonar la enfermería Winona volvió a ver a su hijo, y su pétrea máscara amenazó con venirse abajo cuando vio a cuatro cadetes rodeando la cama en la que Jim continuaba su recuperación, velándole con auténtica angustia.
–¿Son ellos? ¿Son los hijos de Jim?– preguntó la mujer.
–Sí– contestó Leonard–. Algunos. Desde que Jim fue operado han estado rondando la enfermería. He tratado de mantenerles alejados insistiéndoles en que cuando Jim recobrase la consciencia les avisaría, pero siempre acababan volviendo. Al final he desistido.
–Estoy segura de que su presencia está reconfortando a Jimmy.
La dulzura de Winona hizo que Bones se volviese hacia ella, pero al mirar a la mujer esta volvía a mostrar la dureza en sus facciones.
–Vamos– dijo la oficial.
Y siguiendo a Spock, los tres dejaron la bahía médica.
Lo primero que Winona hizo antes de entrar en la sala en la que Kodos había sido aislado fue ponerse unos guantes de color negro. Bones enarcó una ceja al reconocer la utilidad de los mismos: evitar dejar huellas sobre el hombre que iba a ser interrogado en el caso de que se produjese algún contacto físico. Frunció el ceño pero fue incapaz de decir nada ya que en su interior la idea de que Kodos pagase por sus actos a través del sufrimiento corpóreo era bastante atractiva.
Siguiendo a la mujer el médico entró en la sala junto a Spock y la puerta se cerró.
El ruido alertó a Kodos que, sentado en el pequeño catre, alzó el rostro.
–Ya era hora de que alguien se dignase a venir– dijo el gobernador mientras Winona se acercaba a él–. Exijo saber cuales son los cargos de los que se me acusa y…
Su voz se extinguió cuando la mano de Winona cruzó su rostro. Si bien hubiera podido parecer que una bofetada no sería capaz de causar un gran daño, cuando Kodos se recuperó Bones vio cómo sus labios se habían partido tras el impacto.
–¿Quién…?
De nuevo la voz de Kodos quedó interrumpida por la acción de Winona que, para asombro de Bones, cayó sobre Kodos derribándole, le forzó a abrir su boca y con un fino cuchillo, que el médico no había visto hasta ese momento, sesgó la mucosa que mantenía la lengua de Kodos unida a su paladar mientras el ex gobernador prefería un agudo chillido de dolor.
–Regla número uno: Hablarás cuando se te indique– dijo Winona sin aflojar su agarre–. Ni antes, ni después. ¿Entendido?– Kodos balbuceó algo entre borbotones de sangre–. Tomaré eso cómo un sí. Ahora responde, ¿Por qué secuestraste a Josh Morrigan?
–Por qué era la única manera de llegar al resto de insolentes que habían visto mi rostro.
A pesar de la respuesta, Winona chocó con fuerza el cráneo del hombre contra el suelo.
–Regla número dos: mantendrás un lenguaje respetuoso y omitirás el uso de cualquier frase o palabra despectiva.
–Sí.
Otro golpe.
–Te recuerdo la regla número uno: hablarás cuando se te indique. Ahora dime, ¿para que encontrar a los nueve ahora?
–Por que… ellos– Kodos regurgitó una bocanada de sangre que cayó desde sus labios y arrolló hacia el suelo–… iban a ser los primeros en ver Tarso V.
Bones ahogó una exclamación y Spock cambió el peso de una de sus piernas a la otra otra.
–¿Un nuevo Tarso?– inquirió Winona–. ¿Para qué?
–Para terminar lo que tu hijo empezó.
La mano izquierda de Winona se cerró entorno a la garganta de Kodos con la suficiente fuerza cómo para recordarle al hombre que seguía a su merced.
–¿Qué empezó mi hijo? Explícate.
–Su mejora del maíz, él siempre insistió en que la clave estaba en la planta del maíz– Kodos profirió algo parecido a un gruñido–. Cuando la hambruna cayó sobre Tarso él pidió una audiencia conmigo para tratar de convencerme de que podíamos salvar los cultivos implantando una modificación genética en sus semillas.
La forma en que Winona alzó sus hombros hizo que Bones supiese que algo acababa de sacudir la mente de la mujer.
–No habríais podido salvar los cultivos: los habríais salvado– le corrigió la oficial–. La modificación del gen de resistencia fue probada por el capitán Kirk años más tarde en la universidad. ¿Cómo te enteraste de que la teoría del capitán era cierta?
–Tengo oídos en todas partes– siseó Kodos–. Cuando me enteré de que el maíz modificado podía resistir hasta la sequía, en atmósferas favorables, supe que tenía que hacerme con él. Ordené que robasen varias semillas del prototipo y lo planté en un planeta yermo. Créeme cuando te digo, Winona, que a tu hijo le habría entusiasmado ver cómo su idea repoblaba un trozo de materia estelar casi inerte.
La osadía de Kodos al pronunciar sus últimas palabras con una arrogante sonrisa tuvo una reacción inmediata en Winona que, tomando la mano izquierda del gobernador, rompió tres de sus dedos.
Kodos se retorció de dolor y la mano izquierda de Winona se cerró aún más entorno a su garganta.
–¿Por qué querías que Jim estuviese con los otros ocho de Tarso en tu planeta?
–Ya… te lo he dicho… quería… viese… su trabajo.
–¿Y luego?
–Luego yo… terminar mi… propia obra: Iba a matarlos.
La revelación del hombre hizo creer a Bones que Winona acabaría con él en ese mismo instante, pero la mujer permaneció firme en su posición.
–¿Cómo conseguiste Tarso V?
–Tengo buenos amigos Klingons.
–¿Cuál fue el precio que pagaste a esos amigos tuyos por Tarso V?
–Simples coordenadas.
–¿De qué?
–De las bases periféricas de la flota estelar.
El movimiento de Winona fue demasiado rápido para Bones pero los ojos de Spock lo captaron por completo: la mujer se alzó sobre sus caderas, balanceó su peso hacia la rodilla derecha, giró sobre ella y, volviendo a empuñar su cuchillo, lo clavó en la rótula izquierda de Kodos.
Mientras el gobernador se retorcía de dolor, profiriendo desgarradores gritos, Winona se puso en pie y le dio una patada en las costillas con la suficiente fuerza cómo para que dos se rompiesen.
–El interrogatorio ha terminado.
Se volvió hacia la puerta y enfrentó la mirada de Spock y Bones antes de dirigirse a este.
–Leonard, todo tuyo.
–Creo que esperaré mi turno– dijo el médico mirando cómo el hombre a sus pies seguía ahogado en dolor–. Unos minutos de sufrimiento no parecen mucho castigo comparado con lo que le hizo a su propio pueblo.
Spock le dedicó una curiosa mirada al médico pero el Vulcano no replicó sus palabras, la imagen de Jim postrado en la sala de aislamiento de la enfermería aún estaba muy fresca en sus recuerdos, y algo en los gritos de Kodos aliviaba parte de la opresión que se cernía sobre su pecho.
Las cuarenta y ocho horas que Winona permaneció en la Enterprise dejaron a todo el mundo claro que la furia que Jim había mostrado en contadas ocasiones la había heredado de su madre: después de que Jim despertase brevemente, y tras volver a quedar dormido, Winona exigió una comunicación con la flota. Para sorpresa de los oficiales de la Enterprise la flota aceptó en pocos minutos la petición y en la pantalla del puente de mandos aparecieron Archer y Komach. Sin tan siquiera saludarlos Winona comenzó a hablar, en un tono frío e impersonal, relatándoles cómo acababa de enterarse de que su hijo estaba en el EFIT al mismo tiempo que capitaneaba una nave de la federación. Tras casi diez minutos la mujer cortó la comunicación instándoles, no con buenas palabras, a que sacasen a su hijo del programa de inteligencia y tecnología de la flota antes de que ella misma tomase cartas en el asunto. Una vez la pantalla se quedó en negro, Winona se encaminó al turboascensor para regresar a la enfermería.
La forma en la que los dos almirantes permanecieron cuadrados ante la mujer, así cómo su incapacidad para replicarle aún cuando Winona estaba empleando un sinfín de amenazas, hicieron que Spock comprendiese que el poder de aquella mujer no era el de una simple oficial. Analizando semejante descubrimiento, el capitán en funciones abandonó el puente tras la madre de Jim y tomó el transporte con ella.
–¿Qué sucede capitán?– le preguntó la mujer.
–Nada señora.
–Yo creía que los vulcanos no mentían.
–Y no lo hacemos. Yo sólo estaba pensando.
–Comparte tus pensamientos conmigo.
Si bien la voz de Winona había sido amable, en ella no había lugar a réplica, y Spock se encontró expresándole su reciente descubrimiento en voz alta.
–Mi rango es el que ves. Sin embargo es cierto que tengo cierto poder sobre Marcus y los suyos. ¿Cómo? Supongo que la muerte de George tuvo algo que ver. Tras la destrucción del Kelvin el ánimo de la flota estaba por los suelos. Marcus lo sabía, así que tomó el nombre de George y su hazana en un paño de oro, elevó la acción de mi esposo y le aduló por todos los medios de comunicación. Una muerte heroica puede ensalzar hasta el ánimo más decaído– Winona le miró con una sonrisa cansada–. Yo formé parte de ese circo mediático durante casi un año, participé en las conferencias que el alto mando me indicó, y compartí con otros supervivientes muchas conversaciones. Tras el aniversario de la caída del Kelvin me retiré a Iowa con mis hijos. Durante el año que permanecí en San Francisco la flota dobló el número de inscripciones. Luego el número se estabilizó, pero cada vez que se acerca un nuevo aniversario del Kelvin las matrículas vuelven a dispararse. Los ahora almirantes, capitanes por aquel entonces, no olvidan eso– Winona miró a Spock–. Pocas veces he hecho alarde de la confianza que Marcus y los demás tienen en mi, sin embargo por Jim o por San sería capaz de cualquier cosa, espero que entiendas eso.
–Lo hago señora Kirk– aseguró el Vulcano comenzando a comprender la extraña relación de la familia Kirk con la flota estelar.
El turboascensor llegó a la zona médica y ambos fueron a la enfermería.
Jim continuaba durmiendo, ahora en una pequeña área separada del resto de camas para facilitar su descanso, seguido de cerca por Bones.
–¿Cómo está?– preguntó Winona sentándose junto a la cama y tomando la mano de Jim tal y cómo lo había hecho horas atrás.
–Mejorando, la fiebre ha bajado hasta los treinta y ocho grados. Eso me permitirá un mejor descanso. Además sus riñones están retomando la función por si mismos.
Las buenas noticias hicieron que el humor de Winona mejorase e incluso compartió una conversación liviana con Uhura, que se interrumpió cuando las lecturas médicas de Jim indicaron que este estaba despertando. Esta vez, a pesar de la máscara de oxígeno, Jim tuvo la suficiente energía cómo para poder hablar.
–¿Mamá?
–Hola Jimmy, ¿cómo te sientes?
–Cansado y entumecido– musitó mientras trataba de ver dónde se encontraba. Su mirada se cruzó con la de Bones, que pasó el tricorder sobre su cabeza.
–Buenas días capitán, ¿has tomado una buena siesta?
–Creo que sí– dijo Jim esbozando una sonrisa–. ¿Cuánto tiempo he estado fuera?
–Cuatro días y medio. Y te agradezco que te hayas dignado a despertar– dijo Bones buscándole el pulso a la vieja usanza en el cuello–. Ya estaba cansado de espantar de aquí a tu maldita tripulación, no dejaban de lloriquear por su capitán.
–Soy adorable– dijo Jim sonando casi cómo él mismo a pesar de que sus ojos estaban hundidos en su rostro–. Mi madre puede corroborarlo.
–Lo eres– aseguró Winona peinándole varios mechones rubios.
–Hay alguien más aquí, ¿verdad?
Spock y Uhura se acercaron a la cabecera de la cama para quedar dentro del reducido campo de visión del capitán.
–Eres muy perspicaz, o muy engreído, aún no lo tengo claro– dijo la teniente antes de darle un beso en la mejilla–. Es bueno tenerte aquí capitán.
–Gracias Uhura.
Fue el turno de Spock para acercarse.
–Me alegro de verle consciente capitán.
–¿Alguna novedad interesante durante mi pequeño sueño?
–Nada que no podamos manejar mientras usted se recobra, señor.
–Eso suena un poco cómo un motín.
–Nada más lejos de mi intención, capitán.
A través de la máscara Jim rió. De inmediato lamentó la brusquedad de sus movimientos y tocó torpemente la máscara de oxígeno mientras el médico le administraba con suavidad un hipospray para aliviar los dolores.
–¿Cuándo me quitarás esto Bones? ¿Y cuando podré salir de aquí?
–Si el ritmo de tus quejas es proporcional a tu mejora mañana puede que te deje continuar la recuperación en tus cuartos.
–Suena prometedor– alcanzó a decir Jim antes de volver a quedarse dormido bajo los atentos cuidados de su familia.
Al día siguiente, y tal y cómo Bones le había prometido, Jim pudo ir a su habitación. El que el joven no replicase al ser llevado en una cama médica dejó constancia de su cansancio, que incluso le impidió protestar al ser metido en la cama por dos enfermeros.
Una vez acomodado en sus aposentos, y recostado sobre dos suaves almohadones, el capitán suspiró.
–Esto se siente mucho mejor– aseguró el rubio–. ¿Puedo beber algo?
El rubio no tardó en tener ante él un vaso de agua del que bebió a través de una pajita hasta quedar saciado.
–Gracias Bones– Jim se acurrucó bajo las mantas–. ¿Qué ha pasado con Kodos?
Uhura miró alternativamente a Spock, Bones y Winona, pero nadie habló, lo que hizo que Jim tratase de incorporarse con urgencia.
–¿Sigue preso? ¿No ha logrado escapar verdad?
–Calma hijo– Winona se sentó en el borde de la cama y obligó a Jim a volver a recostarse–. Kodos está a buen recaudo. Él ha sido interrogado y la flota ya está estudiando lo que nos ha dicho para preparar su juicio.
El alivio fue patente en el rostro de Jim.
–¿Ninguno de mis niños lo ha visto, verdad?
–Salvo Josh, ninguno– le aseguró Spock.
–Gracias a los cielos– suspiró Jim–. Asegúrate de que ni se acercan a la zona de los calabozos.
–Por supuesto capitán.
–¿Hasta cuando te quedarás?– le preguntó Jim a su madre.
–Me iré hoy. Ya estás despierto y tu tripulación me ha demostrado que pueden cuidarte mucho mejor que yo.
A pesar de estar frente a sus amigos, Jim extendió su mano para agarrar la de su madre.
–¿Te quedarás hasta que me duerma?
La mujer asintió.
–Siempre Jimmy.
Con su madre abrazándole, Jim se quedó dormido sin necesidad de sedante o analgésico alguno. Winona permaneció envolviendo el cuerpo del capitán hasta que casi dos horas después llegó el aviso de que su transporte estaba listo. Moviéndose con cuidado, la mujer acomodó el cuerpo de su hijo en la cama, lo arropó, y dejó un último beso en su frente.
En el pequeño vestíbulo de los cuartos de su hijo, la mujer se detuvo ante Bones y Spock que habían evitado que nadie molestase el descanso del capitán mientras Winona cuidaba su sueño.
–He de irme ya– dijo la mujer–. Desearía poder quedarme con Jim, pero la noticia de la captura de Kodos ha sido filtrada, muchos medios han comenzado a especular.
–¿Llegarán hasta los nueve de Tarso?
–Ese es parte del trabajo de la flota en estos momentos, Leonard– le confesó la mujer–. Van a hacer lo imposible por evitar nuevas filtraciones. Incluso el juicio va a ser llevado a cabo en las instalaciones de los EFIT para evitar que nada de lo que allí ocurra durante el proceso salga a la luz.
–Mucha gente en la nave conoce ahora el paradero de los Tarsos– dijo de pronto Bones.
–No es algo de lo que tengamos que preocuparnos– aseguró Spock–. Ya me he encargado de tomar declaración a todos los miembros de la nave y he sellado las palabras de aquellos que habían llegado a relacionar a los hijos de Jim y a Jim con Tarso IV.
–Gracias Spock. Me gustaría pediros algo antes de marchar. En cuanto lleguéis a la Tierra… puede que la situación se descontrole. Si eso pasase quisiera que sacaseis a Jim del planeta.
–¿Pasando sobre las órdenes de la flota?– preguntó en voz baja Bones entreviendo lo que Winona quería decir.
–Sí. Sé que no tengo derecho a pediros esto pero…
–Si la seguridad del capitán se ve comprometida yo mismo le llevaré de vuelta a la Enterprise y dejaremos la Tierra.
Tanto Bones cómo Winona miraron con sorpresa a Spock.
–Sabía que Leonard podía ir en contra de todo por ayudar a Jim, pero saber que un Vulcano está dispuesto a romper las normas por mi hijo…– la mujer rió–. Increíble.
–Hablo por mi, y por gran parte de la tripulación, cuando le aseguro que daríamos nuestro mejor esfuerzo por ayudar a nuestro capitán. Y en cuanto a las normas, y a cómo y cuando romperlas, puede que alguien me haya enseñado, a lo largo de estos últimos dos años, que a veces para hacer lo que debemos tenemos que ir en contra de ellas.
–Te lo agradezco de nuevo Spock– dijo con sinceridad la mujer–. Aunque vuestro regreso a la Tierra está previsto para dentro de dos días quiero que me aviséis con cualquier novedad– les instó Winona.
–Así lo haremos– le aseguró Leonard antes de abrazar brevemente a la mujer.
Spock le dedicó un saludo militar y, con una última mirada a la puerta tras la que su hijo descansaba, Winona dejó el camarote del capitán.
El regreso a la Tierra fue tan terrible cómo Bones se había imaginado: los medios de comunicación y los curiosos abarrotaban los muelles de San Francisco. La afluencia era tan que, cuando la tripulación comenzó a desembarcar, y las cámaras comenzaron a tomar fotografías, los flashes hicieron que la noche pareciese pleno día. Por fortuna Spock había sido precavido: camuflados entre el resto de tripulantes, los Tarsos desembarcaron sin dejar ni una pista de su identidad mientras que Bones sacaba a Jim desde otro muelle más alejado y menos expuesto al circo mediático. Además el médico contaba con una segunda ventaja: Jim aún se encontraba lo suficientemente sedado cómo para no oponerse a ninguna de las órdenes que Bones había dado.
–Vamos, vamos, vamos– murmuró para si mismo el médico empujando al silla en la que estaba desplazando a Jim.
Rodeado por varios de los miembros de seguridad Bones se dirigía hacia uno de los turboascensores que debían llevarlos al centro de la base de la flota, esperando que nadie reparase en sus movimientos.
Varios periodistas les vieron, pero cuando iniciaron sus carreras hacia ellos Bones entró en el turboascensor, el equipo de seguridad bloqueó la visión de los periodistas y las puertas se cerraron. Bones palmeó el hombro de Jim.
–Conseguido muchacho. Vamos a casa.
–Bien.
La voz de Jim apenas había sido un susurro ya que estaba a punto de volver a quedarse dormido; ver a su amigo tan vulnerable hacía sentir inquieto a Bones, pero sabía que era la única forma de evitar que sufriese la presión de los acontecimientos. Mientras el ascensor se movía, Bones especuló en su mente con todo lo que estaba por venir en las próximas horas. Cuando las puertas se abrieron, dejándoles en el área restringida del hospital, el médico deseó poder tomar una bolsa con ropa, algo de dinero y salir de allí con Jim, escondiéndolo hasta que el juicio hubiese terminado.
