Capítulo 10

Regresos

Cuando el sueño terminó con brusquedad, Emma se incorporó de repente, notando como un grito moría en su garganta. Todavía con el rubio y largo pelo sobre el rostro, sentía que el corazón se le iba a salir del pecho y que el aullido que quería soltar, no había desaparecido por completo. De repente, lo escuchó. Se quedó sorprendida, ¿había chillado sin darse cuenta?

Llevándose los dedos a la garganta, miró alrededor para cerciorarse, pero entonces descubrió que Aurora estaba pálida como la cera, sudando. Philip acudió a su lado para consolarla. La colocó entre sus brazos para acunarla con suavidad, susurrándole algo al oído, mientras le acariciaba la coronilla con la barbilla. Entonces, y sólo entonces, Emma se permitió el suspirar, pues no había perdido el control por completo. Se apartó el pelo del rostro, descubriendo que Jefferson la escrutaba.

- Tú tampoco tienes buen aspecto, princesa, ¿un sueño?

- ¡Que no me llames princesa! - siseó, recibiendo como respuesta una sonrisa traviesa. Emma resopló, antes de mirar por encima del hombro a Aurora, que parecía mucho más tranquila. Se volvió hacia Jefferson de nuevo.- Sí, era un sueño de esos... Llevo unos días soñando con el mismo - miró a la princesa durante otro instante.- ¿Qué le ocurre a Aurora? Parece asustada.

- Habrá tenido una pesadilla - se encogió de hombros Jefferson.- Entre la maldición y el espectro, no es raro que se tengan pesadillas... Aún recuerdo esos ojos rojos y vacíos - pareció estremecerse un poco.- Deberías dormir, Emma, nos espera un día duro de viaje.

- Estoy cansada de soñar.

- Necesitas una vela - para su sorpresa, fue August quien habló. Aunque se había mantenido en silencio y quieto, debía de estar tan despierto como ellos. Se incorporó un poco, por lo que sus azules ojos se clavaron en Emma y ésta se sintió impresionada.- La llama de una vela aleja las pesadillas. También podría ayudar a Aurora.

Al escuchar aquellas palabras, Philip se puso en pie para rebuscar en las alforjas de su caballo. Al final, halló una larga vela amarillenta. Tras hacer una seña a los demás, se puso en cuclillas para colocarla en el suelo, casi encajada, y prenderla. Se quedó quieto, contemplando la titilante llama dorada con aire pensativo. Después, se acomodó para servir a Aurora de apoyo.

- Ya verás como funciona, mi amor - le susurró, antes de dedicarle un asentimiento de cabeza a August.- Gracias por la información.

Emma se acercó a la ardiente vela, abrazándose al macuto que le habían dejado para que utilizara como almohada. Tenía frío, pero no se habían arriesgado a encender una hoguera por si el olor advertía a los ogros de su presencia... Estupendo. También tomaba completamente en serio frases que implicaban la palabra "ogro", ya que cada hecho aparentemente fantástico se había tornado una realidad insoldable. Notó que algo le tocaba y se dio cuenta de que August le había colocado por encima su chaqueta de cuero, por lo que Emma le sonrió.

- ¿Cómo sabes lo de la vela? - le preguntó.

- Cuando era pequeño tenía unas pesadillas horribles. Mi padre solía hacerlo y funcionaba. La verdad es que, al cabo de un tiempo, dejé de sufrirlas.

Emma se acomodó como pudo y, mirando la pequeña y rutilante llama, cerró los ojos, cayendo en un profundo y dulce sueño.


El señor Spencer empuñó su espada con maestría, pero el espectro ni se inmutó. Por eso, él alzó una de sus manos, sintiendo como la energía chisporroteaba entre sus dedos.

- ¡Apartaos! - exclamó.

Una esfera de luz salió despedida de su mano para dirigirse hacia los espectros. Ambos chillaron de forma desagradable, aunque sólo uno desapareció, el otro la esquivó y volvió al ataque. Mientras su hechizo surtía efecto, el sheriff había cogido una flecha del carcaj que llevaba a la espalda para tensarla en su arco. Sin embargo, no llegó a dispararla, pues la señora Blanchard había acudido a su lado.

- ¿No tendrás un mechero, Graham?

- No hará falta, señora Blanchard - comentó él.

Ante un chasquido de sus dedos, la flecha que sostenía el sheriff se inflamó. Éste la disparó contra el espectro, el cual andaba entretenido con el señor Spencer. Repitieron la misma operación otra vez y, entonces, la criatura desapareció.

- ¿Os las habéis cargado?

- Mucho me temo que no, seño... Belle - agitó la cabeza de un lado a otro, apretando los labios, pues no le gustaba el cariz que estaba tomando la situación.- Es muy difícil matar a un espectro, se necesita una gran cantidad de magia. Así que, en este lugar que apenas tiene, es imposible.

- ¿Y cómo vamos a hacer para deshacernos de ellas? - quiso saber el señor Spencer.

- La única solución que se me ocurre es mandarlas a través del portal...

- ¡No! - exclamó la señora Blanchard con demasiada vehemencia.- ¡Emma está al otro lado del portal! ¡No podemos enviarle dos espectros, estará completamente desvalida ante ellos! Esa no es una opción.

- No pretendía arriesgar la vida de su hija, señora Blanchard - apuntó con sequedad, entrecerrando los ojos.- Le recuerdo que estoy aquí para salvarla. Por eso, mi plan era enviarlos a través del portal a una dimensión donde reine el caos o la nada. A su propia dimensión, por ejemplo - hizo un gesto con la cabeza.- Creo que podré manipular el portal, aunque necesitaré algo de tiempo.

- Pero toda magia conlleva un precio - apuntó Belle.

- En esta ocasión lo que menos me importan son las consecuencias.

Sobre todo cuando lo que estaba en juego, entre otras cosas, era la seguridad de Belle. No iba a permitir que nada malo le sucediera, aunque tuviera que perder los brazos, las piernas o el alma en el camino. Justo en aquel momento, uno de los espectros regresó de entre las sombras, aunque el sheriff lo asustó con una de sus flechas ígneas.

- ¡No tenemos tiempo que perder! ¡Vamos!

Él mismo se dio cuenta de que las flechas se estaban agotando, lo que no auguraba nada bueno. No estaba seguro de la magnitud de sus poderes. Sí, creía poseer la suficiente capacidad como para manipular el portal, pero no creía que, además, pudiese hacer más hechizos para mantener alejados a los espectros. El problema era que, a excepción de él, nadie más podía mantenerlos a raya, ni siquiera el príncipe encantador con su espada.

Mientras pensaba en todo eso, se dirigieron hacia un árbol guiados por el lobo del Cazador. Por el camino, la señora Blanchard cogió un par de ramas y, utilizando una de las flechas del sheriff, les prendió fuego.

- Así le conseguiremos tiempo, Gold - apuntó la mujer.

Al final, tras atravesar una zona llena de pinos, llegaron a un enorme roble, cuyas raíces se extendían por el suelo formando gruesos nudos. Entre ellas, se veía una madriguera oscura, lo suficientemente grande como para que cupiera un hombre adulto. Definitivamente, ahí estaba el portal. Se agachó junto a él, ayudándose de su bastón, aunque luego lo dejó tirado en el suelo para poder trabajar.

Mientras él construía el hechizo, los demás se situaron en torno a él, agitando las improvisadas antorchas para mantener alejados a los espectros. Éstos no tardaron en hacer acto de presencia, amenazantes, y pronto quedó claro que así no iban a aguantar mucho, ni siquiera con las antorchas.


No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que el señor Gold no iba a tener tiempo suficiente de arreglar el portal. Las ramas que estaban usando los adultos como antorchas se estaban extinguiendo a pasos adelantados y, entonces, todos iban a tener problemas. Belle se mordió el labio. Se sentía una inútil, pues sólo podía mirar mientras el señor Gold seguía haciendo el hechizo y los tres adultos, manteniendo a los espectros a raya como buenamente podían.

En ese preciso momento, la señora Blanchard se quedó sin fuego, por lo que los espectros se abalanzaron sobre ella. El señor Spencer los ahuyentó al golpearlos con la antorcha como si fuera un bate de béisbol.

- Gold, date prisa - le urgió, apretando la mandíbula.- ¡No nos queda tiempo!

Al escuchar eso, a Belle se le ocurrió una idea. Era una locura, pero... Se volvió un poco, lo suficiente para contemplar a Gold. El hombre estaba agachado junto a la madriguera, con su fino cabello castaño cayéndole sobre el rostro, el cual mantenía inmóvil, seguramente debido a lo concentrado que estaba. Sí, su idea era una auténtica locura, pero iba a funcionar. Lo sabía.

Por eso, corrió hacia los espectros. No encontró resistencia pues, por un lado, los adultos estaban muy ocupados con sus respectivas tareas y, por otro, no podían ni imaginarse lo que iba a hacer.

- ¿Belle...? - escuchó susurrar, sorprendido, al señor Gold.- ¡No, espera!

Pero ella le ignoró, siguió corriendo hasta agarrar el colgante de oro que llevaba uno de los espectros. En cuanto su mano tocó el metal, éste pareció arder. Los espectros, entonces, emitieron a coro un horrible aullido, que le congeló la sangre. Se dirigieron hacia ella, pero el señor Spencer los volvió a alejar con su antorcha.

Antes de que pudiera reaccionar, Belle se vio arrastrada hacia atrás y, de repente, se encontró ante la expresión desencajada de Gold. Éste estaba pálido, entre furioso y preocupado.

- ¡¿Pero qué has hecho?! ¡Has quedado marcada! - tiró de su muñeca para enseñarle que había una marca en la palma de su propia mano.- Ahora sólo desearán tu alma, ¡te la arrancarán!

- ¿Cuánto tiempo necesitas?

Graham y David, trabajando en equipo, hicieron que los dos espectros se mantuvieran alejados.

- Se muestran mucho más decididos, más fuertes - comentó David.

- ¿Cuánto tiempo necesitas para cambiar el portal?

- No mucho. He hecho grandes avances.

- Bien. Los mantendré lejos de ti durante un rato, ¡aprovéchalo!

Y, tras dedicarle una temblorosa sonrisa al hombre, echó a correr velozmente. Por suerte, su padre la había obligado a apuntarse a algún club deportivo y, como detestaba a las animadoras, había terminado en el de atletismo. Enseguida notó que los dos espectros se dirigían hacia ella, volando a toda velocidad, amenazantes.

- ¡Belle!

Para su sorpresa, David apareció detrás de ellos, arco en mano. Lanzó una de las flechas ígneas con tanta puntería que atravesaron a los espectros, por lo que se esfumaron, diluyéndose en el aire como el humo. Se detuvo, sorprendida. No obstante, David siguió corriendo y la cogió del brazo, tirando de ella, obligándola a dirigirse hacia la derecha.

Se internaron en un grupo especialmente de pinos. Una vez ahí, se detuvieron y David cogió uno de los recipientes que había clavados en los troncos. Sin perder ni un segundo, vació el contenido en el suelo, formando un enorme círculo con aquella cosa viscosa. Le indicó con un gesto que se colocara dentro, así que Belle lo hizo y, desde ahí, vio como David utilizaba una flecha para prender aquella sustancia.

- Leroy vende resina - le explicó, observando las llamas.- La saca de los pinos de esta zona. Se me ocurrió que, así, al menos ganaríamos algo de tiempo - los dos espectros surgieron de la nada, cada uno como un remolino oscuro, que intentaba atraparla con sus enormes garras.- ¿Cómo narices se te ha ocurrido hacer eso? ¡Ha sido...!

Uno de los espectros intentó traspasar el círculo, aunque sólo consiguió desaparecer momentáneamente, acompañándose de un chillido de dolor.

- Voy a dejar la bronca para luego...

- Estupendo.

David le miró fijamente, dejándole claro que no era el momento ni de bromear, ni siquiera de abrir la boca, por lo que Belle le mostró una sonrisa cándida. Después, el hombre agitó la cabeza, se pasó una mano por la nuca y se acercó a ella.

- En cuanto el fuego se extinga, echaremos a correr de vuelta y en zig zag, ¿de acuerdo? Espero que, para entonces, Gold ya haya terminado con el portal.

- Yo también lo espero.


No sabía si se había debido a la vela, pero el resto de la noche transcurrió con tranquilidad tanto para Aurora como para ella. Por eso, no les costó ponerse en camino al día siguiente, durante el cual únicamente se dedicaron a andar y andar, siguiendo a Philip y Mulan, ya que eran los únicos que conocían el camino hacia aquel refugio que, según ellos dos, lideraba Lancelot.

- ¿Vosotros conocéis a Lancelot? - le preguntó Emma a August y Jefferson, mientras seguían caminando, cerrando la marcha.

- ¿Más allá del personaje literario, dices? - inquirió Jefferson.- No.

- La verdad es que parece que vosotros sabéis cosas sobre este mundo, sobre lo que está pasando - los miró alternativamente.- ¿Sabéis? Estaría bien que me pusierais al día. ¿Qué narices ocurre? ¿Por qué tengo esos sueños? ¿Por qué vosotros sabéis cosas? ¿Y qué sabéis? Vamos, no creo que sea tan difícil compartir la información.

- Yo no puedo hablar por nuestro callado amigo - dijo Jefferson, encogiéndose de hombros.- Pero, en mi caso, tampoco sé demasiado. Sé que mis tías huyeron del reino de las maravillas, llevándonos a mi hermana y a mí. Desde entonces me han instruido para ayudarte y protegerte en tu misión.

- Ah, ahora tengo una misión.

- Claro, por algo eres La elegida.

- Ni que fuera Buffy, la cazavampiros o algo así.

- Eres algo mejor. Tú debes acabar con la reina malvada y su reinado de terror - al escuchar eso, Emma resopló. Jefferson sonrió, divertido, durante unos instantes.- De todos modos, ni siquiera sé cuál es el origen de la maldición o quién es quién. Sólo sé que todos los personajes de cuento que conoces como... No sé, Caperucita roja o Hansel y Gretel existen de verdad. La malvada reina, utilizando una maldición, envió a todos a este mundo, donde no recuerdan quiénes son - se quedó un instante callado.- También sé que la reina ha despertado y quiere llevar a cabo un ritual para hacerse con un poder inimaginable y someter a todos a su malvada dictadura.

- ¿Sabes? Si escribieras todo eso, lograrías un gran best seller - apuntó ella.

- A mí nunca me ha interesado escribir.

- Deberías empezar a tomarte esto en serio - repuso August.- Mira dónde estás, Emma. Estás en el bosque encantado, tras haber despertado a la bella durmiente y haber enfrentado a un espectro. ¿De verdad eres tan reticente? - frunció el ceño.- Ha pasado el tiempo de no creer, ¿no crees?

- ¡Qué fácil es decirlo para ti! - exclamó ella, deteniéndose.- ¡A ti no te ha tocado el gran papel de salvar a todos! ¡Elegida! ¡Salvadora! ¡Yo no quiero ser nada de eso! ¡No quiero tanta responsabilidad!

- No eres la única con responsabilidades.

- Pero soy la única que no sabe nada.

- No, no lo eres - repuso August con seriedad.- El sombrerero ya te ha dicho que sólo sabe algunas cosas y él es afortunado porque se libró de la maldición. Pero yo, todos los de Storybrooke, no sabemos nada. No saben quiénes son, no recuerdan a quién querían, qué hacían... No recuerdan nada. Y los que recordamos, no es en totalidad, sólo vemos flashes, datos aislados... ¿Crees que es agradable? ¿Qué es mejor que tu situación?

Los dos se miraron a los ojos, ambos echando chispas de pura ira, aunque, más allá de eso, Emma sintió que había una conexión entre ellos. Era como si existiera una historia entre ellos que, con el tiempo o la maldición, se había apagado, aunque aún quedaban reminiscencias.

- Basta ya - les interrumpió Jefferson.- Estáis llamando la atención - murmuró; Emma se dio cuenta de que sus otros tres compañeros se habían detenido, varios metros por delante, y permanecían vueltos hacia ellos.- Vamos a seguirlos, ir con Lancelot y encontrar un sombrero o tela o lo que sea para volver a casa, ¿entendido? Y, hasta que estemos en Storybrooke, nos vamos a dejar de peleas, maldiciones y demás - miró a uno y a otra.- ¿Comprendido?

Ambos asintieron con un gesto, casi a regañadientes, antes de continuar con su camino.


Acababa de anochecer cuando, a lo lejos, vislumbraron un nítido brillo anaranjado. En ese momento, Philip sonrió, alentándoles a seguir caminando, pues su destino ya estaba cercano. No obstante, tras viajar durante todo el día, todos estaban cansados, así que siguieron andando en silencio, esforzándose por llegar, a lo que resultó ser una pequeña aldea de casas humildes y habitada por gentes de aspecto humilde. Éstas les miraron con evidente sorpresa, incluso con algo de miedo, e intentaron seguir con sus tareas.

Philip les condujo a través de aquella pequeña aldea hasta una casita que, además de ser ligeramente más grande que el resto, tenía mejor aspecto. Al llegar, el príncipe descendió de su corcel de un elegante salto y se acercó a la puerta, mientras exclamaba con voz potente:

- ¡Lancelot!

En cuanto pronunció aquel hombre, un hombre salió de la casa. Se trataba de un auténtico caballero, vestía jubón y portaba cota de malla. Su piel era oscura, al igual que sus ojos; sus espaldas eran anchas, sus brazos poderosos, lo que le daba aspecto de fiero guerrero. Aunque, en ese momento, una enorme y radiante sonrisa apareció en sus labios al ver al príncipe.

- ¡Philip, viejo amigo! ¡Has vuelto! - se fundieron en un amistoso abrazo. Al separarse, Lancelot reparó en Aurora, por lo que volvió a sonreír.- Veo que has encontrado a tu amada. Cuánto me alegro - se volvió hacia la chica, justo cuando ella descendió del caballo y le besó la mano.- A su servicio, majestad.

- En todo caso sería al revés - repuso ella, acompañándose de un gesto de cabeza.- Ayudaste a Philip cuando lo necesitaba, así que estoy en deuda contigo.

- Lancelot - intervino el príncipe de nuevo.- Mucho me temo que no podemos entretenernos con reuniones puramente sociales. A decir verdad, tenemos que contarte mucho, pues han sucedido demasiadas cosas - se volvió hacia ellos tres, que habían permanecido en un discreto segundo plano.- Hemos encontrado...

Emma dejó de escuchar las explicaciones del príncipe, pues se dio cuenta de que, al mirarla, la expresión de Lancelot había cambiado. Había abierto los ojos de forma desorbitada, asombrado, y ella supo entonces que la conocía. Por algún extraño motivo, aquel caballero medieval la conocía y, de hecho, avanzó hacia ella con lentitud, mientras decía con un hilo de voz:

- Emma... Princesa...

Para su asombro, el caballero se situó delante de ella e hincó una rodilla en el suelo, agachando la cabeza, mostrando un respeto sin igual. Emma, por su parte, no entendía nada, así que se limitó a mirarle sin saber qué hacer o qué decir. ¿Por qué conocía su nombre? ¿Por qué la había llamado "princesa"? ¿A qué venía todo eso?

Seguía formulándose miles de preguntas a las que no podía dar respuesta, cuando Lancelot se puso en pie y volvió a sonreír. Sin embargo, aunque era tan radiante y cariñosa como la que le había dedicado a Philip, también era mucho más sentida, incluso más íntima, como si entre ellos hubiera una estrecha relación, una relación que venía de mucho tiempo atrás. Antes de que pudiera inquirir el motivo, el caballero ya la estrechaba entre sus brazos.

- Mi princesita, has regresado. ¡No me lo puedo creer!

La voz de Lancelot resonó en su cerebro como un eco, mientras Emma sentía que algo la arrancaba de ahí para sumergirla en un recuerdo...


Paseó de un lado del corredor al otro, nerviosa, ansiosa. Los tacones de sus zapatos repiqueteaban contra el suelo de blanca y brillante baldosa, acompañándola en su espera junto a su silencioso protector, el cual se mantenía a cierta distancia. En una de aquellas caminatas, se encontró con un espejo así que se detuvo para comprobar que su aspecto era impecable: los largos bucles dorados estaban en su sitio, el vestido no tenía ni una arruga... ¿Pero dónde narices estaba su padrino? ¡Tenía que haber llegado ya! ¿Y si los trolls le habían herido en su viaje? No, no era posible, a él nunca le sucedería eso.

- Veo que me estabas esperando, pequeña.

Al escuchar la voz grave de su padrino, una sonrisa brotó en sus labios. No perdió el tiempo, ni un solo segundo. Se giró para tirarse a sus brazos, disfrutando del cálido abrazo del caballero. Éste, al cabo de un rato, la dejó en el suelo, por lo que ella enarcó una ceja.

- ¿No sabes que no se hace esperar a una dama?

- No ha sido mi voluntad retrasarme, princesa.

Lancelot hizo un gesto de disculpa con la cabeza, mientras ella se mordió el labio. Tras apartarse el pelo del rostro, le tendió un brazo, que el hombre aceptó con gusto. Entonces comenzaron a caminar con lentitud hacia las escaleras que se alzaban al final del pasillo.

- Supongo que los caminos no son precisamente acogedores en estos días tan aciagos - Emma suspiró, apoyando la cabeza en el poderoso hombro del caballero.- ¿Cómo están las cosas ahí fuera, padrino? - se humedeció los labios, titubeando, pues se moría por formular una pregunta, pero al mismo tiempo le aterraba la respuesta que pudiera hallar. Al final, tras titubear unos instantes, inquirió.- ¿Sabes algo de mi padre?

- Está perfectamente. No te preocupes, Emma - el caballero le sonrió con evidente cariño.- Cierto es que los trolls son más poderosos durante estos días, pero tu padre es un bravo guerrero y todo su ejército le protege. Está bien. No le sucederá nada, Emma - se sintió más aliviada, le creía; al fin y al cabo, en sus quince años de vida no le había mentido ni una vez y siempre, absolutamente siempre, había cuidado de ella.- ¿Cómo se encuentra tu madre, por cierto?

- No pasa por su mejor momento.

- No soporta quedarse sin hacer nada, ¿eh?

- Como la conoces.

- Un poquito - le guiñó un ojo con complicidad.

Hacía años, cuando era una niña, se había sorprendido del hecho de que Lancelot y no otro fuera su padrino. El caballero no vivía en el palacio, sino que les visitaba continuamente y se pasaba la vida viajando de un lado a otro, buscando aventuras; no así muchos de los amigos de sus padres, como su tía Roja o sus queridos enanitos, que habían jugado con ella desde que tenía memoria.

Por eso, acabó preguntándole a sus padres el motivo. Su padre le respondió que Lancelot había oficiado su primera boda, que había tenido lugar en el lago Nostros, durante la reconquista de sus reinos. Tras que su padre le contara toda la fascinante historia, su madre le besó la coronilla y añadió en un susurro:

- Tu padre no lo sabe, pero, de no ser por él, tú no habrías nacido - le sonrió, acariciándole la mejilla.- Ese será nuestro secreto, ¿de acuerdo?

Desde entonces, se había sentido todavía más unida a su padrino y eso que no lo había creído posible.

Mientras se dirigían al dormitorio de su madre, Lancelot le contó varias anécdotas que había compartido con su padre, mientras batallaban contra los trolls. Emma desconocía por qué los trolls habían decidido tomarla con su reino, ya que los adultos consideraban que no debía de saberlo, algo que la ponía de los nervios, era capaz de lidiar con cualquier cosa y, algún día, sería ella la reina, tenía que adquirir experiencia para cuando lo fuera.

Intentó sonsacarle información a Lancelot, pero el hombre no le contó nada importante, así que Emma tuvo que resignarse. Cuando llegaron a la habitación de su madre, decidió dejar completamente el tema, pues no quería irritarla.

- Esta muy sensible con el hecho de no poder ayudar - le advirtió.

- Lo tendré en cuenta.

Emma asintió y abrió la puerta, echándose a un lado para que Lancelot entrara primero. Después, ella lo hizo y volvió a cerrar la puerta tras ella. Entonces pudieron ver a la reina, que estaba acomodada en su cama con el rostro fruncido, como una niña pequeña en plena rabieta. El largo pelo negro le caía por los hombros, destacando por la nívea tela de su vestido que, debido a la brillante luz de aquella mañana, parecía brillar como un diamante. A pesar de lo amplio de la prenda, se le ajustaba entorno a la tripa, la cual estaba muy abultada; parecía que iba a dar a luz en cualquier momento.

- Blanca, que hermosa te encuentro - la saludó Lancelot.

- Gorda, dirás - resopló ella, agitándose; Emma sabía que no se encontraba cómoda, así que acudió en su ayuda con varios almohadones de plumas.- Empiezo a temer que tendré un gigante, no un bebé.

- James me avisó de que estarías un poco gruñona - rió el caballero.

- ¿Cómo se encuentra?

- Bien. Te echa mucho de menos, pero está bien.

Entonces los dos compartieron una mirada seria, como si no necesitaran las palabras para hablar y, de hecho, su madre se volvió hacia ella para pedirle que le trajera algo de comer. Emma suspiró. Sabía que no tenía ningún antojo, que era una mera excusa para hablar de temas importantes que ella no debía escuchar. Abandonó el dormitorio, aunque no cerró del todo la puerta, quedándose detrás para poder espiarles.

- James me ha enviado para cuidar de vosotras - explicó Lancelot, sentándose en la cama para tomar la mano de la reina.- Hemos confirmado las sospechas, Blanca. El ataque de los trolls no ha sido un hecho casual, ni está motivado por su propio comportamiento. Hemos descubierto que les han instigado y James teme que se trate de una maniobra de distracción para dejar al reino y a vosotras desprotegidas. Por eso, estoy aquí.

- No me extrañaría que todo fuera un plan orquestado por mi querida madrastra para vengarse - asintió su madre, gravemente. Debió de notar algo en la cara de Lancelot, pues preguntó.- ¿Ocurre algo más?

- Cora ha reaparecido.

- ¿Qué quieres decir?

- No sabemos cómo o por qué, pero nuestros informadores nos han comunicado que madre e hija trabajan ahora juntas - al oír aquello, su madre palideció.- Creemos que están llevando a cabo algún tipo de ritual. De hecho, hemos recavado alguna noticia que otra muy inquietante - hizo una pausa.- Están desapareciendo personas. La princesa Ariel, por ejemplo. También han intentado atacar a Cenicienta...

- ¿Ceni? ¿Está bien?

- De momento sí. Fue Thomas, de hecho, quien nos contó que Cora había reaparecido. Fue Cora quien atacó a la princesa, aunque pudieron impedir que se la llevaran - exhaló un profundo suspiro.- No sabemos qué están planeando, pero no puede ser nada bueno.

- Tenemos que hablar con él - decidió su madre.- Ve a buscar a Roja y al Cazador. Rápido. Deben ir cuanto antes a buscar a Rumpelstiltskin, es el único que puede saber lo que están planeando.


- ¿Qué narices ha sido eso?

Dio un paso hacia atrás, mareada, por lo que estuvo a punto de caer. August la sostuvo. Sus manos eran grandes, fuertes y le provocaban una seguridad que no sentía desde que empezó a tener esos sueños tan extraños. Aunque se sintió agradecida por ello, no tuvo tiempo de decir nada al respecto, pues cosas más importantes en las que pensar y a las que hacer frente. Por ejemplo, aquel hombre que la miraba con ansiedad y familiaridad, que había sido parte de su infancia... o de una infancia paralela o algo así.

- ¿Te conozco? - preguntó Emma, frunciendo el ceño con desconfianza; en realidad, una parte de ella creía que Lancelot era de fiar, pero su cerebro le repetía que nada de eso tenía sentido, que todo era una locura y, por tanto, no terminaba de confiar.

- Una vez, al menos, fue así, princesa.

- ¿Una vez? ¿Qué es lo que he visto? ¿Qué está pasando?

Lancelot le dedicó una mirada de advertencia, que ella comprendió bien: no era el lugar idóneo para responder aquellas preguntas. De hecho, no solo sus amigos y sus tres improvisados compañeros les observaban, sino que toda la aldea curioseaba con más o menos discreción.

Seguramente para que el resto mantuviera la calma, Lancelot sonrió con gentileza, antes de mirar a todos los recién llegados con rapidez.

- Bueno, bueno, bueno. Me imagino que estaréis exhaustos por el viaje, también hambrientos y sedientos - hizo un gesto con la cabeza.- No es que estemos abastecidos en exceso, pero todavía podemos ofrecer comida y bebida a los amigos - acompañándose con un ademán, se dirigió de nuevo a su pequeña casita.- Vamos, fieles amigos, entremos en mi humilde hogar y descansad.

Él inició la marcha, siendo seguido rápidamente por Aurora. Philip y Mulan se retrasaron un momento al amarrar los caballos a un poste cercano. Emma fue a seguirlos, pero August la retuvo, sujetándole la muñeca; ante la escena, Jefferson enarcó una ceja, aunque se mantuvo en silencio.

- ¿Qué has visto? - preguntó August con un tono discreto.

- Tonterías...- al ver la expresión del joven, Emma resopló.- Era una princesa, hija de Blancanieves, para más datos. Lancelot llegaba, le abrazaba y me decía que mi padre estaba en guerra contra los... ¿orcos?

- Dirás "ogros", que no estamos en la Tierra Media - comentó Jefferson.

- Lo que sea. Como ya he dicho, un montón de tonterías... Ni siquiera sé qué era, seguramente una alucinación por todo lo que está pasando - alzó un dedo, mirando a ambos dos con seriedad.- Y nada de llamarme "princesa". Al primero que lo haga...

- Anda, vamos, princesa, que Lancelot espera.

- ¡Jefferson!

El chico le dedicó una sonrisa traviesa, una sonrisa traviesa y bonita más bien, antes de entrar en la casa, muy divertido. August le siguió, meditabundo, y Emma lo hizo casi suspirando, no sabía cuál de los dos la volvía más loca.


Apenas quedaban unas lánguidas llamas del círculo de fuego, por lo que Belle se preparó para correr como nunca lo había hecho. En cuanto los últimos resquicios se extinguieron, arrancó como si fuera un bólido, mientras el señor Spencer hacía frente a los dos espectros y gritaba a pleno pulmón:

- ¡AHORA! ¡CORRE, BELLE!

Lo hizo. Corrió más que en toda su vida junta, sintiendo la constante amenaza de aquellas dos criaturas que deseaban absorberle el alma. No. No iba a dejar que la cogieran. ¡Jamás!

- ¡Señorita French!

La voz del señor Gold hizo que su corazón, que ya latía a mil por hora a causa de la carrera que estaba llevando a cabo, diera un vuelco. Entonces, pese a la oscuridad que envolvía al bosque, lo encontró. Estaba junto a la madriguera, apoyándose en su bastón con manos inquietas. Vio ansiedad en él. Estaba preocupado por ella, por su seguridad. En otras circunstancias, le habría parecido adorable, encantador e incluso habría dado saltitos de alegría, pero estaba a punto de ser engullida por los dos espectros.

- ¡Vamos! ¡Salté a la madriguera!

- ¡Pero viajaré entre mundos! - exclamó ella, sin desacelerar.

- ¡Confíe en mí, señorita French!

Por supuesto que confiaba en él. Una parte de ella estaba absolutamente convencida de que el señor Gold era la persona en la que más podía confiar del mundo. No tenía evidencias, pero siempre se había dejado guiar por su instinto y sus corazonadas no le habían fallado nunca.

Llegó a la madriguera. Sin dudar, se tiró hacia el agujero, casi conteniendo la respiración. Entonces una luz brotó del orificio. Era azulada, cálida y poderosa, una luz que parecía atraerla como un imán. Junto a ella, además, brotó un vendaval. Belle estaba convencida de que iba a ser arrastrada por aquel viento. Y en ese preciso momento, algo la sujetó y tiró de ella. Belle chocó contra algo duro, firme. Al alzar la mirada, descubrió que el señor Gold la sostenía entre sus brazos, protegiéndola. Ambos permanecían quietos entre el caos que, en cuestión de un segundo, se había formado.

Las dos sombras negras que eran los espectros acabaron atrapados en la luz azulada, girando sobre ellos como si estuvieran en medio de un tornado. Giraron sobre sí mismos unos instantes, peleando por liberarse, pero no lo consiguieron. De hecho, desaparecieron por la madriguera.

Tanto la azulada luz como el viento que la acompañara permanecieron unos instantes más, agitando las copas de los árboles y la hierba... Además de los cabellos y las ropas de ellos dos, que seguían abrazados, resistiendo a su fuerza. Al final, la magia pareció replegarse y desapareció, provocando un pequeño estallido de poder. La onda expansiva les alcanzó, por lo que se vieron impulsados hacia atrás y cayeron al suelo uno sobre el otro, haciéndose entre ellos un lío como si de dos cuerdas trenzadas se trataran.

- ¿Se encuentra bien? - el señor Gold había terminado encima de ella. La observaba con sus oscuros ojos teñidos de miedo contenido, de patente preocupación. Belle únicamente pudo asentir, pues, de repente, se sentía muy impresionada con la cercanía del hombre. Ante su respuesta, el señor Gold suspiró.- Me alegro...- y su mirada se tornó dura.- ¡¿Cómo narices se le ocurrió actuar así?! ¡¿Y si le hubiera sucedido algo?! ¡Es usted una insensata!

- Alguien tenía que hacer algo...

- ¡¿Pero por qué tuvo que arriesgarse tanto?!

Belle se apartó con brusquedad, irritada. Sentada en el suelo, apartándose las castañas ondas del rostro, se enfrentó a él con dureza.

- En primer lugar, porque podía ayudar y así lo hice, por cierto. En segundo lugar, porque no soy ninguna inútil, ni damisela que salvar - apretó los labios en un mohín un tanto infantil.- Y, para acabar, porque sabía que arreglarías el portal a tiempo. También sabía que, de necesitarlo, me salvarías. Aunque, mira, no ha hecho falta.

El señor Gold tenía su fino cabello revuelto, la sorpresa en su cara. Se pasó una mano por el rostro, respirando agitadamente, mientras agitaba la cabeza de un lado a otro. A Belle le dio la sensación de que estaba pensando algo como "me vas a matar de un disgusto", aunque de una forma amistosa; también creyó que se sentía orgulloso de ella, pero no lo admitiría...

- Has sido valiente. Inconsciente, pero muy valiente, desde luego.

Se quedaron en silencio. Belle se percató de que estaban solos. Por algún motivo, ni los señores Spencer, ni el sheriff estaban cerca. Se mordió un labio, indecisa. Había algo que le rondaba la cabeza, ¿debía decírselo o estaría jugando con fuego? Bueno, siempre se había quejado de lo normal que era su vida, de la falta de pasión, así que en aquel momento decidió arriesgarse y, si acababa quemándose, al menos lo habría intentado.

- La verdad es que no sé por qué confío tanto en ti - dijo muy seria. Al notar el asombro, un poco dolido quizás, del señor Gold, curvó sus labios con aire travieso.- Me prometiste que me llamarías Belle y he escuchado unos cuantos "señorita French". Y yo que creía que tenía palabra - le hizo burla.

- Supongo que cuando estoy aterrorizado por perderte, no tengo la capacidad para pensar en cómo llamarla.

- Oh, por favor, ¡deja de llamarme insensata!

- Si no quiere que la tilden de eso, no se comporte como tal.

- ¡No corría ningún riesgo! El año pasado hasta gané un campeonato de atletismo, ¿sabía? Y, además, sabía que no ibas a permitir que esas cosas me hicieran nada...

- ¡De acuerdo! ¿Pero no piensa que casi me muero al pensar que le iba a ocurrir algo? ¿Eh? ¿No se ha parado a pensar que, quizás, estoy aterrado, Belle? ¿Acaso sabe que se me ha detenido el corazón al ver como, en un ataque de insensatez sin igual, ha cogido uno de esos colgantes? ¡Dios! Si le habría sucedido algo, yo...

Tras aquel arrebato tan vehemente, el señor Gold parecía desinflarse, aunque no dejaba de mirarla a los ojos, ligeramente confuso. Ella, por su parte, se había quedado sin respiración. ¿Él qué? ¿Qué?

- Tú...

Pero el señor Gold no respondió, en su lugar se inclinó hacia delante y la besó. La besó. La besó con pasión, con deseo liberado y con una intensidad que abrumó a Belle. Pese a estar sentada en el suelo, la chica notó que le flaqueaban las fuerzas, que las rodillas le temblaban, así que se aferró a la chaqueta de su profesor, mientras se dejaba llevar y disfrutaba aquel beso. El beso más apasionado que se había dado jamás en Storybrooke.


Al principio, únicamente se sentaron en torno a una mesa donde pudieron comer y beber un poco, mientras descansaban del largo viaje que habían perpetrado. Emma, sin embargo, no estaba excesivamente cómoda, ya que sus ansias por descubrir respuestas parecían arder en su interior y la situación comenzaba a desesperarla. ¿Cuándo narices iban a dejarse de tonterías cordiales y hablar de lo que estaba sucediendo o de lo que había visto?

Cuando, al fin, terminaron aquel encuentro más social que otra cosa, Lancelot se reclinó en su asiento y miró a Emma con una breve sonrisa asomando en los labios. Seguía notando una sensación de familiaridad en él, incluso de cariño.

- Siempre has sido una persona impaciente, Emma - ella fue a preguntarle, de nuevo, de qué se conocían, aunque el caballero se le adelantó.- Sí, te conozco. Prácticamente te vi nacer, Emma. Conocí a tus padres tiempo ha, incluso les casé junto al lago Nostros - hizo una pausa, inclinándose hacia adelante para sostener una de sus manos.- Creí que os había sucedido algo... ¡Estoy tan contento de verte de nuevo!

- Pero, a ver... Lo que yo no entiendo es por qué me conoces y por qué te he recordado. Siempre he vivido en Storybrooke y, desde luego, ni mi familia ni yo hemos vivido jamás en un palacio, ni sido una especie de familia real...

- Debe de ser resultado de una maldición - dedujo Lancelot, acariciándose la barbilla.- Eso explicaría por qué hemos estado congelados en el tiempo.

- ¡Maléfica! Debió de hacer algo más que la maldición del sueño...

Era Aurora quien había hablado, tensa, con las manos crispadas, seguramente debido a la rabia y la frustración. A su lado, Philip no tardó en sujetarlas con delicadeza, acompañándose de un gesto de cabeza.

- Mucho me temo, mi amor, que la culpable de lo que está sucediendo no es ella - el príncipe apretó los labios un momento.- Sé que debería habértelo dicho antes, pero entre el espectro y todo lo que ha sucedido, se me olvidó. Maléfica ha desaparecido. No debe quedar rastro de ella... Al menos no en este mundo.

- Además, la aldea ha despertado hace poco - apuntó Lancelot, sin dejar de mirarla a ella.- Ha sido por Emma, ella ha roto la maldición con su presencia - hizo un gesto con la cabeza.- Sea la maldición que sea, tiene que ver contigo, mi princesa. Y sólo conozco a una persona que pudiera crear una maldición así y contigo en su centro: la reina malvada. Ya intentó destruir a tus padres en más de una ocasión y, mucho me temo, tú le provocabas la misma simpatía.

- ¿Todo esto es culpa mía?

- No - se apresuró en responder Jefferson con una rotundidad, que la hizo sentirse mucho más tranquila.- Tú no hiciste nada. Fue la reina, ella creó la maldición y la llevó a cabo. En todo caso, por algún motivo, tú eres la que puedes romper la maldición y destruir a la reina. Eres la elegida, Emma.

Empezaba a estar cansada de que intentaran adjudicarle aquel papel de elegida. No era nadie especial, sólo una chica que iba al instituto y que sacaba notas mediocres. Sin embargo, se quedó callada.

- Lo único que sé, Emma - Lancelot habló de nuevo.- Es que, de repente, comenzaron a desaparecer personas y, antes de que pudiéramos darnos cuenta, nos quedamos atrapados en una zona. No sé exactamente cuánto abarca, pero me han llegado historias que hay una barrera invisible e infranqueable. Debe de ser cosa de magia, quizás un efecto secundario de la maldición - se calló un momento para beber algo de cerveza; después, se quedó acariciando la jarra.- Al final, el tiempo se congeló. No sé cuánto hemos pasado así, tan sólo que estuvimos atrapados como un insecto en ámbar.

Emma se dio cuenta de que August y Jefferson compartían una mirada preocupada, aunque debió de ser la única, pues el resto de los presentes la contemplaba a ella. Por eso, se agitó en su asiento.

- ¿Y no sabes cómo se originó la maldición? - quiso saber.

- Lo siento, querida, pero no. Verás, tras que me viera expulsado de mi reino, de Camelot, decidí llevar una vida errante. Desde Arturo nadie fue mi rey, ni siquiera tu padre, al que aprecio sinceramente - explicó con seriedad.- Viajaba de un reino a otro, buscando aventuras, siendo contratado por quien me necesitara. Tras la última guerra contra los ogros, decidí partir de tu reino y, desgraciadamente, ya no pude volver. Esta aldea estaba siendo atacada por El señor oscuro, así que vine a enfrentarme a él. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, desapareció sin dejar ni rastro, así que acabé quedándome a la espera de aventuras.

- Y entonces la maldición tuvo lugar, ¿no? - comentó ella.

- Exactamente.

- ¿El señor oscuro? - se extrañó Aurora, frunciendo el ceño.- ¿Por qué iba Rumpelstiltskin a intentar asaltar esta aldea? No te lo tomes a mal, pero la última vez que supe de él tenía un enorme castillo lleno de toda clase de tesoros - añadió, confusa.- ¿De qué le podía servir una pequeña aldea?

- Rumpelstiltskin ya no es el señor oscuro - le informó Lancelot.- No sé la identidad del nuevo, pero Rumpelstiltskin ha sido el único que ha podido desprenderse del título sin ser asesinado. Lo último que supe de él era que se había retirado a su palacio, ya no hacía ni magia ni tratos.

- Las respuestas a tus preguntas, princesa - intervino entonces Jefferson con seriedad.- están en casa. La reina está ahí, Rumpelstiltskin también - calló durante un segundo, su rostro había adquirido una seriedad que Emma nunca había visto en él.- Y mucho me temo que la reina está dispuesta a llevar a cabo un terrible ritual, que incluye asesinar a personas inocentes. De momento ha muerto una, pero, si no regresamos a tiempo, podrían ser muchas más.

Fue entonces, gracias a las palabras de Jefferson, cuando Emma reparó en algo que, hasta hacía unos días, había sido lo que más le había preocupado: el sueño de la chica que era atacada por una bestia y moría, la chica que, creían, era Ashley Boyd. ¿Y si ya le habían atacado? No, no lo creía porque había vuelto a soñar con ella, pero Jefferson tenía razón: debían volver cuanto antes si querían salvarla.

- Tú sabes mucho, muchacho - comentó secamente Lancelot.

- Mis tías escaparon de la maldición. No sé qué ocurrió exactamente, no suelen hablar demasiado del tema - explicó sin inmutarse.- Nos encontraron a mi hermana y a mí y me educaron para ayudar a Emma. Por eso, sé algunas cosas. Sólo algunas.

- Es de confianza, Lancelot - apuntó ella.

- Escúchame, Lancelot - pidió Jefferson, mirándole a los ojos con franqueza.- Ya no es sólo salvar a personas inocentes, tenemos que volver por nuestras familias. No sé cuánto tiempo habrá transcurrido allí, pero seguramente los padres de Emma, el de August y mis tías estén histéricos. Tenemos que volver - insistió.

Lancelot asintió, asimilando la información.

- Lo comprendo, muchacho, pero no veo cómo puedo ayudarte. No es como si tuviera magia, una judía mágica o un portal a mi disposición.

- En realidad, sólo necesito un sombrero.

Salvo August y ella, que ya conocían esa información, los demás le miraron con asombro, casi como si Jefferson fuera una criatura mitológica. Era curioso que, precisamente, personajes de cuento como eran ellos, miraran así a su amigo.

- ¿Eres un sombrerero? - inquirió Philip con los ojos muy abiertos.

- Asombroso - murmuró Mulan.- Yo creía que apenas quedaban ya.

Jefferson parecía encantado con su nueva popularidad, hasta el punto de que le brillaban los ojos y su sonrisa había adquirido un cariz petulante, que no intentó ni disimular. Emma puso los ojos en blanco, casi suspirando.

Dejó de concentrarse en él, pues Lancelot soltó una alegre carcajada.

- Si sólo necesitáis un sombrero, creo que podréis volver ahora mismo a casa.

Lancelot no tenía ningún sombrero, pero sí tela, por lo que Jefferson pudo confeccionar un bonito ejemplar. Era de copa, bastante grande. A Emma le sorprendió la facilidad con la que Jefferson pudo crear algo así, parecía que incluso pudiera hacerlo con los ojos cerrados, como si hubiera hecho muchos, muchísimos. Cuando terminó, lo depositó en el suelo y se puso en cuclillas a su lado.

Todos los demás permanecían expectantes, contemplando la escena con curiosidad y, al menos en el caso de Emma, con un ligero temor. ¿Cómo sería viajar así?

- Bien. Emma, August, tenéis que acercaros. El resto, apartaos un poco.

Los dos interpelados obedecieron, quedándose junto a Jefferson que hizo girar el sombrero. Éste primero lo hizo despacio, aunque el ritmo aceleró más y más, mientras un remolino de luz purpúrea del interior. Al cabo de unos instantes, la luz había formado un tornado que parecía no tener fin. Entonces, Jefferson asintió con un gesto: había llegado la hora de partir.

Emma ya se había despedido de Lancelot, con quien había compartido anécdotas, lo que le había hecho sentirse más cercana al hombre. Era raro. No hacía ni un día que conocía al caballero, pero se había adueñado de ella una melancolía más propia de separarse de un familiar o un amigo, que de casi un desconocido.

Mientras la luz seguía girando sin parar, miró a aquellas cuatro personas que acababa de conocer y se despidió con un gesto. Después, notó que le estrechaban la mano. Jefferson sostenía sus dedos, protector. El tacto del joven le puso la piel de gallina. Además, su corazón comenzó a latir a mil por hora, aunque no sabía si se debía a la situación, a que estaba asustada... o al hecho de que Jefferson le estaba dando la mano. Entonces le miró, observó sus rasgos elegantes, hermosos y serenos. Estaba tranquilo. Y ella se sintió más calmada, protegida, pues sentía que Jefferson jamás permitiría que le pasara algo. Emma era independiente, se las podía arreglar sola, pero era bonito saber que había personas que, en caso de necesitarlo, cuidarían de ella.

Ella agarró la mano de August y, justo después, saltaron al interior del sombrero.

El resto fue confuso. No sintió nada, tan solo que todo a su alrededor giraba y giraba sin parar, revolviéndole el pelo rubio. Pero no se mareó, ni sintió vértigo. De hecho, antes de que pudiera darse cuenta, sus pies habían tocado suelo firme y nada le daba vueltas o tenía ganas de caerse. Menos mal.

Además, para su sorpresa, a lo lejos vio como un grupo de gente se había vuelto. ¡Sus padres! ¡Eran sus padres! ¡Sus padres! ¡Jamás se había sentido tan aliviada y tan contenta de verlos!

Corrió hacia ellos. Hubo abrazos, lágrimas e intercambio de historias. Después se reunieron con Belle y el profesor Gold, que se habían encargado de los espectros, mientras Mary y el sheriff se habían distraído al ver la luz morada del sombrero. De nuevo, más abrazos y alegría, era un placer volver a ver a Belle.

Todo parecía ir bien, haberse normalizado.

Pero todos sabían que era la calma antes de la tormenta.


Lo primero que tengo que decir es: ¡Feliz año nuevo a todos! Espero que hayáis tenido unas fiestas guays y esas cosas ^^

Creo que me ha quedado el capítulo más largo hasta la fecha y con él hemos puesto fin al viaje al bosque encantado, ¿volverán algún día? Ah, ya se verá ;P También han pasado más cosas y espero que la parte Rumbelle os haya gustado, ya me diréis en esos bonitos comentarios que me dejáis ;)

Y, como siempre, daros las gracias por los reviews, ¡sois más bonicos! Y también daros las gracias por leerme, aunque me cuesta la vida actualizar, ¡muchas gracias a todos! En especial a... Usio-Amamiya (Lancelot es Lancelot, no es Cora, de hecho aquí la historia de Cora es distinta, ya veréis ^^ Y, bueno, imagino que te habrá gustado la parte Rumbelle, ¡yuju!), lisbeth snape (espero haber dejado mejor este capítulo, jajaja. Ahora sabes por qué no aparecieron un par de buenorros, para que pasara esto, jajaja. Y, por cierto, vi el vídeo que me recomentaste y es una pasada, está súper bien hecho, mola, mola, es muy awesome. La elección de la música brutal), Caridee Von Ross (habrá enfrentamiento de los chicos por Emma, sep, sobre todo ahora que están de vuelva en Storybrooke. Regina puede usar magia, aunque, al igual que le pasa a Gold, no con tanta facilidad como en el mundo de los cuentos y eso es algo que va a querer cambiar), Kodoku-moh (gracias, espero que hayas disfrutado con la parte Rumbelle) y gothicmetal (yo aún tengo esperanzas de que haya Emma-Jefferson en la serie, a ver qué pasa ahora que Emma ha regresado a Storybrooke ^^ Al contrario que en la serie, me salió más maja Aurora que Mulan, sep).

Próximamente: Capítulo 11 - Un baile de ensueño.

Nos vemos en el próximo capítulo =D