Capítulo 10
―Hay una cosa que no entiendo ―comentó Enjolras.
Fue apenas un murmullo, pero el eco de las paredes amplificó su voz. Llevaba diez minutos en silencio y Grantaire creía que se había dormido. Él mismo estaba a punto de hacerlo cuando respondió con un lánguido:
―¿Hum?
―Si no sabías lo de ABC, ¿por qué "te gustó" aquella foto?
Grantaire continuó con los ojos cerrados, pero su paz interior se fue ordenadamente hacia la salida más cercana.
―¿Era una foto muy buena? ―probó por si colaba.
No obtuvo respuesta, y ya iba conociendo los silencios de Enjolras. Abrió un ojo con cautela, sin levantar la cabeza del borde de la bañera, y lo vio mirándolo con severidad a través de las nubes de vapor de agua. Habrían firmado el armisticio, pero aquello no iba a ser una paz duradera; ninguno se había rendido por muy en serio que se hubieran tomado la máxima de hacer el amor y no la guerra.
―Está bien, te lo diré ―cedió Grantaire.
Enjolras arqueó una ceja, esperando. Una de sus piernas descansaba sobre el borde de la bañera. Grantaire lo cogió del tobillo y añadió:
―Dentro de un año tomando un café.
―¡No, no, que tengo cosquillas! ―exclamó Enjolras.
―Uy, no deberías habérmelo dicho.
―Déjame, en serio, lo digo en seri… oh…
Se quedó muy quieto cuando Grantaire le hundió los dedos en el talón, y se relajó progresivamente conforme los deslizaba hacia su tendón de Aquiles. Ah, el punto débil de los héroes. Grantaire sonrió mientras lo veía sumergirse en el agua hasta la nariz, aunque lo hizo, eso sí, sin dejar de mirarlo ceñudo y resentido.
―Ya te vengarás de mi ―le prometió.
Enjolras acabó cediendo y lo dejó hacer. El vapor de agua había empañado la ventana, y la ciudad se adivinaba a través de un velo translúcido que apagaba los colores de un paisaje ya apagado. Era uno de esos días de cielo blanco en los que el mundo adquiere un color ceniciento y el tiempo parece detenerse, sin mañana ni mediodía ni tarde ni atardecer. Eran más de las tres y ni siquiera habían almorzado. Tampoco habían salido del piso desde que llegaron. Pero era un piso bastante grande así que, en cierto modo, habían estado haciendo turismo. Grantaire estaba casi seguro de que nunca había usado aquel cuarto de baño. A Enjolras le pareció "ostentoso y ridículo" tener una bañera frente a una ventana como aquella, pero después de un ratito en el agua se quedó sin argumentos. Era adorable cuando estaba tan relajado.
―Fue un accidente ―confesó Grantaire ahora que lo había amansado.
―¿Qué?
―Lo de la foto. Fue sin querer.
Enjolras no lo comprendió inmediatamente, pero después se echó a reír. No era un castigo tan terrible, ¿verdad? El sonido de su risa le hacía cosquillas a él.
―Estabas curioseando ―lo acusó.
Grantaire había bajado la vista, pero sabía que Enjolras lo estaba mirando. Aquellos ojos penetrantes lo hacían sentir más denudo de lo que estaba.
―Gracias por decírmelo ―lo oyó añadir. Ojalá no lo hubiera dicho como si significara algo.
―Gracias por no reírte demasiado ―dijo Grantaire.
Ojalá no significara nada, estaba pensando. Y ojalá pudiera dejar de pensarlo: que Enjolras quiso hablar con él aquel día en Glastonbury, después de tantos años, y que él escogió ese momento para burlarse y ridiculizarlo. ¿Cómo se sentiría cuando lo oyó decir aquella estupidez desde el escenario? Grantaire no se atrevía a preguntárselo, pero estaba convencido de que le había dolido mucho más de lo que demostró cuando apareció hecho una furia para recriminárselo.
―Soy un idiota, ¿sabes? ―murmuró.
Enjolras esbozó una sonrisa muy leve y dijo:
―Lo sé.
―¿Pues qué haces conmigo en la bañera? ―sonrió Grantaire, aunque su sonrisa no fue tan convincente como la de él.
Enjolras volvió a recostarse y cerró los ojos. Le puso en el pecho el otro pie.
―Se está bien.
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Pero en la cama se estaba aún mejor, sobre todo después de un baño caliente. Se quedaron dormidos allí, envueltos en la misma esponjosa toalla, y despertaron entre caricias distraídas y lánguidos besos. Era como un sueño; tenía que serlo. Pero en sus sueños Enjolras nunca era tan tierno. Era implacable y cruel, no dulce y cruel como ahora. Grantaire había intentado abrazarlo cuando él se sentó en su regazo, pero Enjolras lo empujó para que se quedara tumbado y Grantaire tuvo que obedecer, indefenso ante la mirada de aquel ángel sin alas que se alzaba sobre él. Le gustaba que Grantaire lo follara en toda la extensión de la palabra, pero incluso cuando estaba de rodillas era él quien lo tenía a su merced, y se lo demostró aquella vez moviéndose enloquecedoramente despacio, causándole una lenta agonía que lo estaba matando. Iba a acabar con él… ¿Pero cuándo?
―Todavía no ―le dijo Enjolras mientras acariciaba su tenso abdomen. No necesitaba leer sus pensamientos cuando su cuerpo hablaba tan claro―. Me gustas justo así. Déjame verte.
Grantaire había girado su rostro, pero él no asió su cabello en su puño para que lo mirara como en aquellos delirios que lo enloquecían por las noches no hacía tanto tiempo. En vez de eso, le acarició los antebrazos con sus delicados dedos mientras Grantaire jadeaba aferrado a sus muslos.
―No tenías tantos tatuajes. Solo algunos ―recordó―. Me gustaban. Me gustabas mucho, pero tú… ―Su voz dorada también temblaba; también su aliento se entrecortaba mientras se movía para llevarlo dentro de él―. Me tocaste el pelo y me llamaste rayo de sol. Y me dijiste que me fuera a casa. Me gustabas muchísimo, solo para que lo sepas.
―Enjolras…
A él le gustó oír su nombre arrancado de sus labios. Enjolras. Apolo. Su rayo de sol se había convertido en una estrella, en un dios, y hasta los dioses más benévolos desean ser adorados.
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Cuando Grantaire despertó, casi había anochecido. La habitación se había quedado a oscuras y estaba solo en la cama, desnudo sobre las frías sábanas. Se incorporó lentamente, con la mirada perdida y la mente en blanco. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, pero fuera no se oía nada. Se vistió y salió a buscarlo.
Enjolras estaba en su estudio, sentado delante del piano, hojeando notas viejas que Grantaire había descartado. Estaba descalzo, despeinado, pero sus rizos ya secos habían recobrado su forma y su color dorado. Alzó la vista cuando vio a Grantaire en la puerta, inmóvil, mirándolo, y la sensación de déjà vu fue tan intensa que Grantaire se sintió mareado. Duró menos de un segundo, pero hizo que los ojos le ardieran mientras se acercaba y se sentaba a su lado. No se atrevió a tocarlo. Enjolras le parecía etéreo, irreal. Su belleza casi sobrenatural le robaba el aliento, pero era como él, de carne y hueso.
―Yo no soy la persona que tú crees ―tuvo que decirle Grantaire. Enjolras tenía que saberlo―. No sé qué creíste o qué te hice creer, pero…
―Yo sí lo sé.
―Te decepcionaré ―le advirtió Grantaire―. Te haré daño, Enjolras. No me lo permitas, no me des ese poder, porque…
Él cortó el tembloroso hilo de sus palabras al abrazarlo. Grantaire se dejó atraer y se ocultó en su cuello con los ojos cerrados.
―Fuiste sincero ―le susurró Enjolras al oído―. Aún lo eres, y yo he sido injusto contigo. Perdóname, si puedes. Si es así cómo te sientes, tienes derecho a decirlo. Siento que creas que nadie te escucha. Yo tampoco lo hice al principio. Es terrible no creer en nada… y sentirse tan vacío…
Grantaire tuvo que apretar los dientes para reprimir un sollozo. Si él lo notó, o si sintió el calor de las lágrimas que finalmente derramó, fue indulgente y no dijo nada. Pero tenía que saberlo, ¿verdad? Que lo estaba haciendo pedazos. Grantaire había soportado los golpes; había encajado su desprecio. Eso se lo merecía, pero aquello…
Todo el mundo tiene su máscara, su muralla, un lugar en su interior donde guarda bajo llave lo más feo. Nadie quiere asomarse a ese pavoroso espejo que nos devuelve nuestra verdadera imagen. Pero Enjolras había penetrado hasta allí con una sola mirada, lo había visto tal y como era… y lo perdonaba. Grantaire quería arrojarse a sus pies y decirle que lo amaba.
No te vayas. Por favor, quédate. Quédate hasta mañana…
No entendía sus propios pensamientos. Parecían los de otra persona, pero le daban tanto miedo que estrechó a Enjolras entre sus brazos y enterró el rostro en su cabello. Olía muy bien… y era tan suave como seda entre los dedos. Grantaire lo acarició tratando de recordar su tacto. Rayo de sol, lo había llamado. ¿Por qué no podía recordarlo?
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Enjolras se marchó aquella noche. Lo dejó todo desordenado: su alma, su piso… La casa estaba vacía ahora que se había ido. Grantaire se sentía exactamente igual.
Sobre el piano encontró las notas que él había estado hojeando. Eran ideas desordenadas, unas buenas, otras malas, casi todas tachadas, aunque ninguna con tanta furia como aquellas palabras:
A ver cómo brillas…
Se sirvió una copa y le dio vueltas a la idea. Pasó la noche en vela, componiendo una canción mientras él cruzaba el océano. Horas antes, Grantaire lo había llevado al aeropuerto. Lo acompañó hasta la terminal y allí se despidieron con un largo beso. Alguien les sacó una foto. Ya estaba hecho.
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―Bueno, ¿ya estás contento? ―le dijo Montparnasse al día siguiente.
No habían tenido que esperar mucho. La foto se había hecho viral en cuestión de minutos y el teléfono de Bossuet echaba humo. Pero no había sido un accidente ni tampoco una decisión impulsiva; los dos sabían que si intentaban ocultarlo solo lo empeorarían. Lo que habían hecho era lo más sensato que se podía hacer: confesar y salir con las manos en alto. Después ya verían como manejaban el asunto. De momento, tocaba lidiar con Montparnasse, que se lo había tomado tan mal como cabía esperar.
Estaban los dos solos en el estudio del grupo, pero los demás no tardarían en llegar. Grantaire esperaba haber zanjado el tema para entonces, así que más valía hablar clarito:
―Di lo que tengas que decir si así te quedas tranquilo, pero vete haciendo a la idea de que no me interesa.
―Eso ya se ve ―replicó Montparnasse, tirando en la mesa su móvil con la foto en la pantalla―. Como hablar con una puta pared. Ya habíamos hablado de esto, joder.
―Lo hablaste tú solo ―le recordó Grantaire―. Hiciste algo más que hablar, si no recuerdo mal. Bossuet lo entiende, pero contigo no se puede razonar. Eres como esos perros de presa que no sueltan lo que muerden ni aunque los maten.
―Mira quién fue a hablar ―le espetó Montparnasse―. Dos años detrás de un tío que te lleva usando desde el principio. Será por sitios donde meterla… De verdad, R, me das pena.
―Gracias, hombre ―sonrió Grantaire, bebiendo un trago de cerveza―. ¿Por qué no me lo escribes en una tarjeta?
Montparnasse hizo un aspaviento de exasperación.
―Nada, que no te entra en la cabeza.
―¿Qué? ¿Que tiene que ser por interés?
―Y si no, ¿por qué?
Grantaire esbozó una sonrisa. Lenta, torcida. Sus ojos no sonreían.
―No lo sé ―dijo―. A lo mejor resulta que le gusto. Ya sé que parece una gilipollez…
Montparnasse chasqueó la lengua y encendió un cigarrillo. Estuvo un rato callado, pero Grantaire sabía que no se había dado por vencido. Le estaba dando vueltas a algo.
―Es que es una gilipollez ―dijo finalmente sin mirar a Grantaire. El tono de su voz era de rabia contenida―. No pretendo herir tus frágiles sentimientos, eres adorable y todo eso, pero ya no recuerdas las cosas que hicimos tú y yo por mucho menos. No, no me mires así ―añadió cuando Grantaire puso mala cara―. Si no te gusta hablar de eso, imagínate a mí. Pero las cosas son así, y si no te acuerdas es porque ya no eres la puta sino el que paga la cuenta. A eso hemos llegado, y parecía la hostia desde abajo pero qué va. Nadie te dice que aquí ya no hay amigos que valgan, que solo hay buitres detrás de tu pasta y de tu fama. A tu rubito se la sudas tanto como a ti la gente que nos hizo favores, pero por lo menos ellos sí sabían por qué te bajabas los pantalones. Y no hablo solo de él: Babet y Sous tienen la vida resuelta, y Bossuet tampoco es amigo nuestro; trabaja para nosotros… o nosotros para él, no lo tengo claro del todo. Pero lo que sí sé… ―soltó el humo de forma brusca y siguió diciendo―: Lo que sé es que estamos solos en esto. Estamos tú y yo, R, y se acabó.
Grantaire no lo estaba mirando. Pero lo escuchó. Se estaba preguntando si lo habría escuchado últimamente con suficiente atención. Hacía mucho tiempo que Montparnasse tenía algo roto dentro, igual que él. A veces sonaba desafinado y otras casi daba el pego, pero hoy estaba chirriando a base de bien. ¿Y por qué? ¿Porque le jodía estar equivocado? ¿Porque no le había pasado a él? Si tan solo se sentía, que no la hubiera cagado con Éponine. Nunca supo lo que tenía y ahora no quería que lo tuviera Grantaire. Aquello no era justo. Si de verdad fuera amigo suyo, se alegraría por él.
―Me voy a París en cuanto pueda ―le dijo Grantaire―. Deberías venirte conmigo.
―¿Y eso por qué?
―Porque sienta bien disculparse ―dijo mientras se ponía de pie. Babet y Sous acababan de llegar y no quería que los oyeran hablar―. Y porque, a lo mejor, ella te perdona.
Montparnasse ni siquiera lo miró. La mano le temblaba cuando se llevó el pitillo a los labios para darle una última calada.
―Que te jodan.
