Autor: Kami-cute.

Summary: Y nadie supo comprenderlo. Todo el mundo lo juzgó. Dicen que estaba cuerdo, pero el amor lo enloqueció. El pobre muchacho sólo en la oscuridad vagó. Y por siempre, su alma en pena, cada vez que pudo, pidió perdón.

Advertencias: Gore. Sangre. Tripas. Mutilación. Asesinatos. Víctima y victimario. Miedo. Temores. Lágrimas. Trastornos psicológicos. Si no te gusta, no lo leas.

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen. Son parte de la monarquía de Masashi Kishimoto. Los utilizo sin fines de lucro y con la idea de crear el mundo paralelo que tanto anhelo.

Notas de autor: Han sido unas arduas semanas sin escribir, leer o siquiera salir del pequeño bloqueo mental que todo autor sufre por momentos. Y que yo sufro demasiado seguido como para su gusto. Pero heme aquí de nuevo, niñas. Si, el fic debe continuar. ¿Les ha tomado por sorpresa? No quiero dejarlo inconcluso, ya que como dice mi neechan: 'tengo una imposibilidad física que me impide acabar con las cosas, lo cual hace que luego las elimine y me olvide de ellas'. Y creo que nadie quiere eliminar esto. A sí mismo como nadie quiere que esto termine olvidado. (Creo que recibiría muchas quejas y amenazas de parte de algunas lectoras). Pero ya qué. He tenido unas extrañas vacaciones (sí, mis vacaciones son alejadas de fanfiction y cualquier medio de… expresión, por así decirlo) y de perderme en mí misma. Les recomiendo escuchar Shinkirou en las partes de Hanabi y Kiba, y Broken wings de Bleed the dream en las partes de Itachi. De acuerdo, ahora sus respuestas.

Katsumi_of_Doom: Gracias por alagar la recreativa muerte, pero… el noticiero no es quien relata lo ultimo sucedido. En realidad, es un informe policial. Los policías suelen hacer esos informes, antes del informe forense. Sí, con detalles y todo. Lo cual es algo morboso (quizás para ustedes), pero en la escena del crimen se debe tomar todo como prueba y marca del delito. Itachi… no matará a Sakura. Tengo un mejor final planeado. O eso creo. No está del todo concreto. Saludos, Kat-chan.

Marijf22: Es el nombre más raro que he tenido que transcribir. Me ha costado. Nah, es broma. Por lo del tiempo de actualización… Últimamente suelo tomarme esos plazos. Supongo que la historia toma muchos causes diferentes y no logro del todo darle el rumbo que quiero. Y me siento alagada de que la historia te agrade. ¿Acaso eres adicta a mi morbosa y atrayente forma de narrar? Haha, saludos.

Isaku-93: Gracias por comprenderme. Es realmente relajante ver que alguien te comprende y no te juzga. Aunque si yo fuera una lectora, también juzgaría. Creo que no se me da el sufrir la intriga, pero si el darla. En cuanto al reconforte que mi historia te brinda, supongo que las palabras para el dolor oculto pueden encontrarse cuando ya lo has vivido o lo has sentido, ¿no? Solo los que tienen el papel de la experiencia logran plantear las cosas como son en realidad. Lo del pequeño gesto de Deidara hacia Hanabi fue un gran paso que no esperaba dar. En realidad, quise darle otro aire a Deidara, no la del chico malo que no quiere relacionarse. Creo que he usado mucho eso de 'no juzgues por la portada'. Y me ha funcionado (lo cual, puedo decirte, me alivia muchísimo ya que pensé que sería un fiasco). Lo de los padres de Itachi fue otro gran paso… pero ese estaba planeado, haha. Supongo que todos los que leen este fic aman y temen a la muerte. Quizás no en tu medida, o quizás más. Quién sabe. Pero me alegra mucho que mi forma de auto aniquilarme (la cual planteo en Itachi con demasiado… ¿ímpetu?) te resulte bella. Bueno, y en cuanto al tema que te compete: espero que tengas muchísima suerte con el muchacho. Quién sabe, quizás el futuro te depare muchas cosas con él.

Dany14-black8: La continuación, creo que es esta (?). Haha, un placer el saber que la historia es de tu agrado. En cuanto al lemmon, no sé si la historia tendrá lemmon nuevamente o no. No está en mis planes por el momento. Veré más adelante. Y como dije en mis notas, no dejaré la historia. Le he tomado cariño.

Wampira: Muy agradecida. Es alagante ver que el sadismo de la obra te agrade. Y sí, Itachi hará sufrir como sufre. Quizás más, quién sabe. Es cuestión de ver los ánimos con los que el demonio se levanta…

Vampire_Crow: Oh, niña. Te has muerto y has vuelto a vivir (?). Haha, ha sido un tiempo sin verte. Espero que tus exámenes no estén ajetreándote mucho, de la misma forma en que espero que los apruebes (quizás no con honores, pero aprobarlos es suficiente ¿no?). Estoy realmente feliz de poder poner en ti la sorpresa cada vez que lees un nuevo capítulo. ¡Y el que te hayas fascinado! Caray, gracias. Y me alegra que comprendas el por qué Itachi decide no olvidar a Sakura. Muchas solo creen que es romance, pero además de eso está el propósito de aun mantener una meta. Algo a lo que aferrarse en la poca cordura que tiene. Muchas gracias por tal alago. Me siento realmente… extasiada al saber que te gusta mi forma de escribir. De la misma forma, estoy completamente feliz al saber que cuento contigo. Tu cuentas conmigo también.

Ahora sí, que el juego del horror comience…

x…. Mi infierno ….x

Itachi se sentía vacío. Hacía horas su cabeza divagaba en redondo. Un pensamiento iniciante, luego muchos otros que le seguían. Y un último que se unía al primero. Y le resultaba tan asquerosamente confuso. Sentía miles de voces dentro de su cabeza. Muchas gritando. Otras llorando. Otras silenciosas, pero Itachi sabía que estaban ahí. Suspiró, restregando sus ojos con la yema de los dedos. Limpiando las lágrimas secas, las nuevas lágrimas también. Luego se dejó caer sobre su cama. El mullido colchón dejó que su cuerpo, pesado por las penas, se dejara hundir. Cerró los ojos. No quería dormir, porque sentía que tendría pesadillas. Pero tampoco quería dejar abiertos los ojos, por miedo a que la realidad se esfumara. Los abrió, sintiendo que tener los ojos cerrados era de cobardes. El blanquecino techo fue su única vista. Y no pudo detener el pensamiento curioso de qué sucedería luego de morir. ¿Acaso uno vería todo absolutamente blanco? ¿O negro? ¿O no tendrías uso de tu propia conciencia ni razón como para comprender que estás muerto? ¿O acaso solo mueres y es eso: mueres, no hay otra vida luego? Suspiró, girando el cuerpo y quedando de costado. Qué importaba qué sucedía después de que morías. Qué le importaba.

x….x

Sus ojos cafés estaban fijos en ella. No había dormido en toda la noche. Y no planeaba hacerlo. Temía que ella volviera a estar en peligro. ¿Y si él no estaba de nuevo? Se mordió la punta de la lengua, intentando controlarse. No quería que Hanabi se decepcionara de él. No quería eso. Ni lo querría nunca.

Bajó la cabeza, poniéndose de pie y alejándose del sofá del cuarto de Deidara. Caminó hacia una pared cercana y dejó chocar su espalda contra ésta, para luego dejarse caer hasta el suelo. Bufó, dejando sus brazos sobre sus piernas. Se sentía tan patético. Aunque siempre se había sentido así, así que estaba acostumbrado. Levantó el rostro, apoyando la cabeza contra la pared en que su espalda estaba apoyada. Dejó escapar una risa intoxicante, dolorosa. Era increíble ver que su mundo era Hanabi, y que por ella experimentaba toda clase de sensaciones. De dolores.

Giró el rostro hacia su derecha. Podía ver el sofá y a Hanabi sobre éste. Un pequeño y tenue rayo de sol escapaba de la ventana frente al mueble, iluminando imperceptiblemente a Hanabi. El sedoso cabello caía sobre el rostro de ella de forma delicada. Sus ojos cerrados con una paz indescriptible. Sus labios entreabiertos, suspirando. Podía ver su pecho bajar y subir con lentitud gracias a la respiración pausada. Volvió a girar el rostro hacia el techo. Se preguntaba si Itachi habrá tenido esa imagen de Sakura. Si el gran Castigador, un asesino de sangre fría, habrá visto con tanto amor y tanta delicadeza a un ser externo a él. A una chica. A Sakura.

Un murmuro insinuante y llamativo se coló por sus oídos. Volvió a girar el rostro hacia el sofá, para ver a Hanabi medio erguida, mirando hacia su dirección y tallándose un ojo. La vio sonreírle. Solo una sonrisa. Y su corazón dio un tumbo impresionante. Pasando de estar triste y acongojado a palpitar con fuerza, pidiendo porque se acercara a ella y la abrazara. Pero no fue así. Kiba tenía los ojos cerrados. Y su corazón palpitaba tan fuerte en sus oídos que no escuchó las pisadas. Solo pudo sentir los féminos brazos alrededor de su cuerpo. Un sutil aroma a primavera. Y unos delicados labios estrellándose contra los suyos. No se detuvo y le correspondió el beso. Era increíble cuanto la amaba…

x….x

Tenía pesadillas. No sabía cuando se había dormido, pero había despertado acongojado. Había soñado con que todas las personas que quería morían. En sus manos. Gruñó, sentándose en la cama. Podía sentir el frío, ya que la ventana estaba abierta de par en par. Y lo agradecía. Así podía despertarse y mantenerse despierto. Tembló levemente. Se puso de pie, suspirando. Sacudió su cabello. Lo sintió duro, pegajoso. Maldijo en voz baja y se introdujo en el baño. Comenzó a quitarse la camisa, viendo las manchas de sangre. Y luego los pantalones en iguales condiciones. Suspiró, sacándose la ropa interior y metiéndose debajo de la ducha. Podía ver el agua caer, pero acompañada de un color rojizo que resultaba tan atrayente y repulsivo al mismo tiempo que era imposible explicarlo. Golpeó la pared de la ducha, para luego apoyar la frente contra ésta. Las gotas de agua golpeaban contra sus hombros y bajaban por su espalda. Y aunque era relajante, Itachi sentía que seguía teniendo el alma atormentada. ¿Cómo había llegado a eso? Solo había intentado proteger a Sakura. ¿O acaso cuando defiendes lo indefendible obtienes de castigo tu alma hecha trizas? O quizás no se lo merecía y se lo otorgaron por error.

El agua comenzó a salir fría, por lo que cerró la llave y salió de la ducha. Tomó una toalla. Secó su cabello, su cuerpo. Podía sentir el ambiente frío y el ligero vapor salir de sobre su piel. Quizás el agua estaba muy caliente. Sonrió de medio lado, caminando hasta su cuarto. Se colocó nueva ropa interior y unos pantalones limpios. Unos jeans negros, sus favoritos. Observó su cuarto. Un desastre. Al igual que su cabeza. Cosas por todos lados, suciedad. Vacío. Chasqueó la lengua. Cuando más piensas en eso, más presente está. Y la solución era no pensar. Pero… ¿cómo hacer? Los seres humanos siempre piensan. Bufó, sintiendo que la raza humana no era superior, sino inferior. Se colocó una camisa negra y unas zapatillas negras. Tomó a Scarlet y la colocó en su bolsillo trasero izquierdo. Scarlet siempre quedaba mejor allí.

Salió de su cuarto, atravesando el pasillo luego. El silencio de la mañana era asquerosamente molesto. Dejaba que uno pensara. E Itachi quería dejar de pensar. Aunque fuera solo por ese día. O por ese año. Un año… un año que no se merecía. Un año que no compartiría, que no viviría. Itachi, los planes de adelantados no siempre salen bien.

x….x

En total eran más de 50 km entre el lugar en que se ubicaba su apartamento y el lugar donde antiguamente estaba ubicado el orfanatorio. No sabía por qué había decidido ir hasta allí tampoco. Quizás nostalgia. Quizás simplemente ansias de encontrar eso que había perdido. Esa chispa, es vida. Esa sombra que le seguía y lo abatía. Y que hacía un largo tiempo había dejado de ver.

Aspiró con fuerza. Olor a cenizas y fuego aun reinaba el aire. Y habían pasado años. Sonrió de medio lado, comenzando a caminar entre los escombros. Podía oír y sentir maderas, pedazos de paredes y hasta objetos que antes decoraban el interior crujir bajo sus pies. Una forma espectral de anunciar a las almas que vagaban allí que él estaba presente. Que él había vuelto. Pero la pregunta era si había vuelto para sentirse honrado de sus horrores o para demostrar que sus orgullos a veces le destruían.

Se detuvo frente a lo que recordaba era su cuarto. Parecía aún más intacto que el resto de la desastrosa construcción que con los años y el deterioro había perecido. Las paredes se mantenían en pie en cierta forma. No completamente derruidas. En las paredes grisáceas y añejas, se podía ver la marca del fuego. Como si éste aún existiera. Y aunque la puerta ya no estaba en su sitio, sino hecha cenizas en el suelo, Itachi sintió que con sus manos la empujaba. Para permitirse entrar en lo que alguna vez fue su mundo. Y ya no lo era más.

Observó las cuatro paredes medianamente de pie, dentro de un edificio ya adyacente al suelo. Y pensó. En Deidara y en Sasori. Tocó las paredes destrozadas, como intentando descifrar como se mantenían en pie. Como les había salvado. Su cuarto, su mundo. Y cerró sus ojos, imaginando exactamente todo tal cual Deidara lo había contado. Exactamente de la forma en que Sasori nunca hablaría de eso.

x….x

El fuego consumía todo. Paredes. Los suelos. Las flores en los jardines. Los cuadros en las paredes. Las cortinas, las ventanas. Puertas, pestillos. Personas. Todo perecía bajo el poder consumidor del fuego. Y que solo el fuego poseería por siempre.

Se oían los gritos. El horror bailaba en el aire, de la mano de la muerte. Deidara lo veía. Por eso huía. Siempre había sido muy inteligente, o eso le habían dicho. Por algo había sobrevivido a las persecuciones que le habían corroído durante años. Por algo supo huir cuando su madre era molida a golpes. Por algo nunca decidió ir con su padre.

Jadeaba con fuerza. Sus piernas ya no podían soportar el peso de su cuerpo y el devastador temblor que los nervios poseían sobre éstas. Quiso llorar. Pero Deidara no había llorado cuando su madre obtuvo todos sus huesos rotos, su cráneo por la mitad y los sesos desparramados por el suelo. Así que no lloraría ahora. Tomó una bocanada fuerte de aire, girando la mirada a su alrededor. Todos los pasillos estaban cerrados. Fuego por doquier. Y ni una sola salida. Sus pequeños ojos celestes vagaban por cada centímetro del lugar. Debía tener una salvación, aunque fuera una pequeña.

Colocó su mano derecha sobre su pecho. Podía sentir su corazón latir desaforado. Y aunque estaba aterrado, al mismo tiempo se encontraba extasiado. ¡Nunca había comprendido que uno podía tener tanto poder sobre la materia solo con un poco de fuego! Pero ese no era momento para pensar esas cosas. Retrocedió un par de pasos, dispuesto a buscar otro lugar. Pero un lloriqueo le llamó la atención. Giró la mirada hacia el lugar donde se había oído. Lado izquierdo, tercera puerta. No parecía estar padeciendo el poder degradante del fuego. Pero… Dio otro paso, pero al oír nuevamente el lloriqueo, se sintió una basura. Y luego un idiota. Arriesgaba su vida por alguien que no sabía quién era.

Comenzó a golpear la puerta con el hombro, hasta lograr abrirla. Entró rápidamente al no ver signos de fuego, y cerró nuevamente la puerta. ¿Para qué? Para evitar que otros entraran. Era su refugio, y todos sabían que Deidara era algo demasiado egoísta. Comenzó a respirar agitado. Sabía que no había huido del peligro, que solo lo había esquivado por unos segundos. Encorvó su cuerpo, doblando un poco sus rodillas y colocando sus manos sobre ellas. Dejó caer la cabeza hacia abajo. Demonios, era todo un maldito y asqueroso desastre. Hubiera deseado no estar allí dentro, pero lo estaba.

El lloriqueo se volvió a escuchar, pero ahora más cercano. Giró el rostro, revisando cada rincón del cuarto. Gris, vacío. Con un olor a encierro y una atmósfera tan pesada que cualquiera pensaría que el peor de los demonios vivía allí. Y recordó que ese era el cuarto de Itachi. Y temió por su pellejo. Aunque si está lloriqueando por el fuego, quizás pueda salvarme. Comenzó a caminar, hasta dar con la cama. Observó detrás del respaldo de ésta, ya que allí se podía sentir el lloriqueo agudo y algo molesto. Pero cuál fue su sorpresa y alivio al no encontrarse con Itachi, sino con Sasori.

Los pequeños ojos celestes de Deidara se abrieron alarmados. Sasori tenía sus ropas quemadas. Al igual que su pecho y abdomen, que presentaban horribles quemaduras. La piel chamuscada ante el calor inminente. No podía observar su espalda, pero seguramente estaba en igualdad de condiciones que el frente. O aún peor. Haciendo apego a la poca fuerza que tenía e intentando olvidar sus nervios, corrió la cama completamente. Se arrodilló a un lado de Sasori y acariciándole el cabello lacio y rojizo, intentó tranquilizarlo. Sasori elevó la mirada ámbar y llorosa, clavándola en Deidara. En el único ojo libre que Deidara dejaba de su cabello. Y el rubio sintió que quizás debería tranquilizarlo mostrándole que él también estaba sufriendo. Elevó el cabello de sobre su ojo izquierdo, mostrando la enorme quemadura que albergaba el lugar. Y le sonrió, para luego volver a taparse. Sí, el fuego le había atacado mientras dormía. Y había podido salvarse de puro milagro, o de pura suerte. Porque un llanto le despertó.

Sasori dejó de llorar, y le sonrió a Deidara. Después de todo, el rubio no era tan endemoniado como parecía.

x….x

Abrió los ojos, suspirando con fuerza.

Se preguntó cuánto habrían tardado los bomberos en acudir. O cuanto habría tardado Deidara en darse cuenta que las ventanas de su cuarto tenían barrotes. Sonrió de medio lado. Si, las hermanas habían sido inteligentes. Después de todo, si Itachi moría no era gran pérdida, ¿no?

Comenzó a caminar hacia la salida. No quería estar más en ese lugar. Sentía que millones de ánimas se agolpaban contra él. Culpándole. Y culpándole con las razones que tenía. Además de sentir el peso de saber que Deidara cubría su rostro para no mostrar la terrible quemadura que le agobiaba. Y que Sasori nunca se quitaba su camiseta en público ni exhibía su abdomen por culpa de las quemaduras horribles que poseía. Chasqueó la lengua, volviéndose sobre sus pisadas. Estaba huyendo, de un pasado que a veces extrañaba y que en ese mismo momento le agobiaba. Y le hacía odiarse a sí mismo. Todo porque quería defender un indefendible, por querer seguir una historia que había tenido el final hacía tiempo.

x….x

Hanabi hacía un par de horas había vuelto a su casa. Kiba no le había dejado volver sola, así que la había acompañado hasta la exacta puerta de su casa. Y no se fue hasta que ella no estuvo dentro y hubo cerrado la puerta. Dejó escapar una pequeña risilla, tal de una niña de su edad. Kiba era tan adorable. Y le gustaba tanto, que no lograba entender cómo era que un muchacho así existía. Habiendo conocido a muchos de otras maneras.

Comenzó a subir las escaleras que le llevaban hacia el piso superior, en que se hallaba su cuarto. Por suerte no había oído a su padre. Ni a nadie de su familia. Ni a los mayordomos. Sí, porque la familia a la que era perteneciente Hanabi era una de las más allegadas al dinero había en Tokio. Aunque Hanabi no se regodeaba de tener su apellido, porque ella era la hija bastarda que nadie quería. Llegó a su cuarto y cerró la puerta con llave. No quería que nadie interrumpiera, como siempre hacían en esa enorme casa a la que todos llamaban mansión y ella pocilga. ¿Por qué le decía así? Para ella mansión era un lugar como el departamento donde Kiba vivía. Un lugar donde el amor, el compañerismo y la ayuda mutua, la compañía era lo único que había. Y no interesaba el dinero, ni tus intereses, ni nada de esa calaña. Y allí, donde ella vivía, eso no podía verse. Era todo soledad, frialdad, y desamparo. No interesaba si eras menor o mayor, siempre debías apañártelas solo. Y eso a Hanabi le hastiaba. A tal punto que odiaba a su padre. Y maldecía el que su madre hubiera muerto dándole a luz.

Se dejó caer sobre su cama. Un desmotivante cubrecama de color gris y negro se extendía por sobre su cama. Y un extraño conejo de felpa a rayas, negro y blanco, con cruces en vez de ojos era su acompañante en ese lugar. Hanabi lo tomó en manos, prestándole la suficiente atención como para ver la cantidad de puntadas que las cruces en sus ojos habían necesitado. 325 puntadas. Suspiró, soltando al muñeco y dejando que cayera sobre el suelo. Se acomodó sobre la cama, quedando boca abajo.

Ahora que estaba sola, en un lugar que era suyo pero que solo funcionaba como tal cuando la puerta tenía el cerrojo puesto, Hanabi comenzaba a extrañar a Kiba. Extrañaba su aroma, sus ojos clavados en ella y la forma en que pronunciaba su nombre. Extrañara oír el olfateo en el aire. Extrañaba que alguien estuviese tan pendiente de ella como para sentir que era su mundo. Y al mismo tiempo, sentir que él era el mundo de ella. Dejó escapar un pequeño quejido. No era justo. La única persona que amas y la tienes lejos. Sobre todo cuando la necesitas cerca. Se giró, quedando recostada de lado, y abrazando sus rodillas. Quería llorar. Quería gritar. Quería estar con Kiba.

¿Pero cómo eliges estar con alguien que aún no está seguro de quién o qué es? A ella no le interesaba si era un asesino, un estudiante ejemplar o un niño mimado. Ella lo amaba. Y sabía que él la amaba a ella. Siempre se lo demostraba, con gestos claros u ocultos. Pero también demostraba que tenía miedo. De perderla o de perderse. No tenía bien en claro qué era ese miedo irracional. Y deseaba que se fuera con toda su alma. ¡Ella quería que entendiera, maldita sea! Lo amaba, y lo amaba como nadie. ¿Pero cómo dejarlo más en claro?

- Maldita sea Kiba… Eres tan maduro para cuidarme y no para darte cuenta…

Suspiró con fuerza, cerrando los ojos. Estaba cansada. Lo cierto es que la noche anterior no había dormido. Kiba la había estado observando y la sensación agradable y abrumadora de eso fue más fuerte que ella, y no se pudo permitir dormir. Quería disfrutarlo, hasta el inconsciente. Sonrió tontamente. Le resultaba tan extraño pensar que… ella lo amaba. Y él la amaba a ella. Pero que lo que sucedía ahora les separaba un poco en cierta forma. No, en realidad no era así. En realidad se unían más. Siempre se unirían más.

Abrió sus ojos posándolos en una pequeña mesita de luz a un lado de su cama. Una cajita de música. Sonrió de medio lado, apenada. Dolida. Se sentó en el borde de la cama, tomándola entre sus manos. La abrió, dejando que una musiquilla enloquecedoramente deprimente. Deprimente y lenta. La muñequita dentro de la caja bailaba con desazón y algo de dolor. Hanabi siempre quiso saber si esa muñequita sería una copia de un modelo real. Y que la verdadera mujer había muerto de pena. Suspiró, sacando de dentro de la caja una pequeña hoja de afeitar.

Sabía que Kiba si lograba enterarse de eso, se asustaría. Y se sentiría mal. Sabía que si Itachi-san se enteraba, se decepcionaría de ella. Y no la miraría de la misma forma. Sabía que Deidara-san se sentiría idiota. Y dejaría de sonreírle. Sabía que Sasori-san no diría nada. Pero tampoco volvería a mirarla. Y ella no quería nada de eso. No quería perderlos, no quería perder a ninguno de ellos. Lloriqueó, pasando el filo de la hija sobre su brazo. La sangre no se hizo esperar y salió. El dolor la invadió por unos segundos, junto a un ardor quemante y molesto. La caja de música que quedaba en su mano libre sonando, cayó al suelo. La melodía se dejó de oír. ¿Y entonces por qué diablos lo hacía? Tragó sus lágrimas, dejando caer el arma al suelo luego de un par de cortes. Tapó su rostro con pena, sintiéndose asquerosamente sucia. Culpable. Ella sabía que los defectos que había tomado, quizás nunca los podría dejar. Y aunque ella amaba lo que para Kiba era un defecto, sabía que Kiba seguramente no amaría el defecto que ella guardaba tan celosamente. Esa era su única forma de sentirse viva, y la que más despreciaba porque sabía que a quien amaba la podría odiar.

x...x

Itachi pensaba. En vano o correctamente, pero la verdad es que no tenía ganas de hacerlo. Se preguntaba internamente qué sucedería si Sakura viniera y le pidiera disculpas. Si le dijera que áun le amaba y que lo quería a su lado. ¿Acaso él iría? Negó con la cabeza, pateando una pequeña piedra que se cruzaba en su camino. Lo más probable es que la aceptara a su lado y la amara. Pero, ¿y qué si abría finalmente los ojos? Despues de todo, era tarde para pedir disculpas. Itachi n podía recuperarse. No pudo hacerlo en años, no podría hacerlo de un momento a otro tampoco. La idea de saber que hasta hacía segundos, ella estaba en sus brazos. Besandole. Diciendole que lo amaba. Y en los segundos siguientes, solo el frío se colaba entre el hueco de sus brazos, como dándole una fría bienvenida a la nueva soledad. La amargura era lo único que besaba sus labios. Y en sus oídos solo bailaban las palabras de terror, los sollozos. No, Itachi no podría recuperarse de un momento a otro. Porque no sería a Sakura, la Sakura que él amaba a su lado. Sino una idea vacía y sin sentido, una sombra de lo que era. No sería Sakura, sería otra. Una que huyó y gritó. Una que lloró por un temor infundado. Una que lo odió. Y esas cosas, Itachi no las olvida. Porque le siguen doliendo.

Suspiró. Estaba cansado de sentirse vacío, inseguro. Pero sabía que eso no cesaría. No aún. Kiba debería ayudarle con eso. Le gustara o no al cachorro. Le gustara o no a quien quiera que se le ocurriese oponerse en su camino. Se bufó de si mismo y de sus desiciones de último momento. Se bufó de cómo llegaba a ser seguro y sentirse completo, decisivo, cuando de esas cosas se trataba. Porque despues de todo, eso era lo único importante. La sangre y el sufrimiento. En eso se había basado su infancia. Había sido marcado desde pequeño como una lacra, como un monstruo. ¿Por qué no actuar como tal en los últimos...? Suspiró de nuevo. No, no. Quizás estaba siendo muy precipitado. Debía tomar en cuenta que estaba enojado. Que estaba dolido. Que estaba, que estaba... y no dejaba de estar. Tomó un trozo de madera a sus pies y se sentó en el suelo. Estaba a un par de kilómetros de su antiguo orfanato. Podía sentir el olor a cenizas, al ayer. A recuerdos, a llantos. Podía oir los gritos, aún, recorrer sus oídos. Dibujó en la tierra un ojo, y éste estaba vacío. No tenía mirada. Luego dibujó una especie de corazón roto. Nada fuera de la realidad. Y luego golpeó el suelo, borrando todo, cuando se dio cuenta que quería escribir la palabra 'Sakura' y no la palabra 'destino'.

Itachi a veces, se engañaba a sí mismo.

x...x

- Hanabi...

Kiba había despertado inquieto. Soñó que Hanabi se hería, que ella lloraba. Que él no entendía, pero la observaba. Y ella le decía que toda su vida estaba en eso. En herir y sanar. Como la vida de todos, como la vida de nadie. Gruñó bajo, molesto. Sentía que transpiraba en frío y que la garganta le ardía. Quería llorar, pero no tenía las fuerzas para hacerlo. No había dormido un ápice siquiera, estaba tan cansado que hasta respirar le era dificultoso y doloroso. Se secó la frente y tembló un poco. El frío del ambiente era asquerosamente terrorífico cuando acabas de tener un sueño de tal magnitud. Aún más cuando el sueño es tan real, que dudas si correr a la casa de esa persona y bajar la puerta a golpes hasta verla bien, en vez de quedarte en tu cama y convencerte que no es nada, para seguir durmiendo.

Pero Kiba no era asi. Se levantó de la cama, dejándola desarreglada, con las sabanas desparramadas en el suelo y la transpiración aún impregnada en ellas. Se puso los pantalones y una remera, con una campera sobre ésta. Dejó sus pies descalzos unos segundos, para luego calzarse. No recordaba la sensación del suelo helado, de la nieve bajo la planta de sus pies, quemandole la piel. No recordaba esos inviernos solitarios y dolorosos. Pero tampoco quería recordarlos. Se colocó sus zapatillas y decidió ir a la cocina. Se sirvió un vaso de jugo de naranja y lo bebió con completa tranquilidad, mientras observaba por el enorme ventanal de la sala la nieve caer. ¿Por qué los sueños suelen ser más realistas cuanto más dolorosos son? Nunca un sueño tranquilo. Siempre Hanabi muriendo. Siempre él la perdía. Siempre, siempre. Y nunca sucedía. ¿Sería por el enorme miedo de perderla? ¿Sería porque comprendía que de verdad la amaba y la necesitaba? ¿O sería pequeñas versiones de un futuro posible, que no se dignaba a aceptar? Fuera la que fuera, a Kiba no le dejaban conforme.

Pero tampoco le interesaba, más que la realidad.

x...x

Itachi no lograba recordar exactamente la última vez que había escuchado su nombre en los labios de alguien que realmente amaba o apreciaba. Recordaba a una Sakura pequeña llamándole. Recordaba a un Naruto susurrando su nombre, sin fuerzas. Recordaba a Hinata, la dulce Hinata, tiritando el frío de la muerte y diciendo su nombre. Recordaba a Temari, diciendo su nombre en el extasis de la venganza y el dolor de la verdad. Pero no recordaba un momento puntual. No recordaba algo que realmente le moviera a seguir adelante. ¿Kiba acaso? ¿Hanabi? Dos niños ingenuos que jugaban a amarse. Un juego que llegaba a una realidad impresionante. Y solo se necesitaban a ellos dos, no a un tercero. Aunque Kiba a veces dijese que le necesitaba, Itachi sabía que no era cierto. Itachi entendía que el pequeño le necesitaba como una esperanza, pero ya la esperanza estaba implantada y el pequeño, ya podía seguir adelante por sí mismo.

Itachi tampoco recordaba cuando había sido la última vez que se había sentido alguien y no una cosa. Quizás con Sakura. Quizás con Naruto. con Hinata. O con sus compañeros de departamento: Deidara, Sasori o Kiba. O quizás, nunca se había sentido una persona. Sino más bien una cosa, un instrumento. Algo que debía proteger, pero no ser amado ni necesitado realmente. Una mueca de completo dolor adorno el rostro del ojinegro. ¿Sería tan así? ¿Sería el mundo capaz de...? Una lágrima asomó en su ojo izquierdo. Pero antes de que lograra secarla, millones más le precedieron. Y sin darse cuenta, estaba llorando en medio de un camino cercano al bosque, que cruzaba un pequeño pueblo con la ciudad de Tokio. Lloraba de dolor y rabia. Sin vergüenza, a grito abierto. A pleno aire libre. Golpeaba el suelo y gritaba con fuerzas. ¿Pudor? Ninguno. Nadie había tenido pudor al arruinarle la vida, él no lo tendría al llorar.

Tampoco al morir. Pero faltaba mucho para eso. Itachi intentaba convencerse de eso entre las lágrimas incesantes. Falta mucho para tu muerte, maldito. Así que no sé por qué lloras, Itachi. A nadie le importas. Dejó de golpear el suelo, para pasar a arañarse los brazos y el pecho. ¿Por qué demonios dolía tanto? ¿Por qué? Por que eres un ser humano, despues de todo. Tosió, sintiendo que las lágrimas le obstruían la respiración. Quería dejar de respirar. Quería dejar de sentir. Pero nada funcionaba. Absolutamente nada. Las uñas en sus brazos comenzaban a arrancar pedazos de piel y a hacer sangrar la carne. Pero Itachi no dejaba de arañarse y llorar.

Itachi no dejaba de sufrir.

¿Por qué, Itachi? ¿Qué te lo impide?

- Sentirme humano. Sentirme un monstruo. Sentirme perdido y no amado. Todo me lo impide. Todo es un por qué...

Dio otra bocanada de aire y cayó de bruces al suelo, golpeando su perfil derecho contra el suelo. Exhaló con fuerza. Sentía sus ojos pesados. Su cuerpo helado. Sentía que todo se mezclaba, que todo giraba. Sonrió levemente al sentir un par de pasos infantiles y erráticos, al mismo tiempo que la imagen de una Sakura sonriente, niña y sonrojada, le decía que lo mejor era jugar y dejar de observar el mundo exterior. Porque se volvería viejo muy rápido y extrañaría ser joven de nuevo. Y tenía toda la razón. Extrañaba ser jóven. Correr con ella, gritar de placer infantil con ella. Saltar, chillar, escapar del mundo real. Bufó, haciendo que la tierra del camino volara en una pequeña nube frente a su boca y su nariz. Tenía los ojos casi blanquecinos, a punto de desmayarse. ¿Qué mejor lugar para esconderte que tu propio inconciente? Itachi no supo responderse. Solo esbozó una sonrisa sin forma ni fuerza, al mismo momento en que la imagen de Sakura le extendía la mano y le invitaba a jugar a las escondidas.

Las escondidas, un juego que no habían dejado de jugar.

x...x

Kiba se detuvo enfrente de la casa de Hanabi. No golpearía la puerta ni la derribaría a golpes, porque sabía que si ella estaba viva, no le permitirían volver a verla. Y si ella no lo estaba, irrumpiría su paz y lo sacarían a patadas. Sacudió la cabeza con violencia. No, no, nada de muerte, Kiba. Hanabi está bien, viva. Había decidido plantarse y hacer vigilia lo que quedaba de noche, hasta el amanecer y que Hanabi saliera. Él la vería viva y se sentiría mejor. La vería sana, y se sentiría feliz.

Suspiró, acurrucándose debajo de un árbol de cerezos congelado, enfrente de la gran mansión que significaba la casa de Hanabi. Observó hacia la ventana del cuarto de ella. Suspiró de nuevo, restregando sus manos para conservar el calor. ¿La amaba? Enloquecidamente. Y se estaba dando cuenta de que ese era su infierno. Que le amaba con tanto fervor, con tanto ímpetu y verdad, que si ella desaparecía o moría... no podría seguir vivo. No podría avanzar. Restregó sus ojos, antes de llorar. Kiba es un hanyou de lobo, y los demonios no lloran. Suspiró con pesadez, tranquilizandose. Movió sus ojos rápidamente al cielo al ver una paloma blanca volar y arrojar nieve a su paso. No supo si suspirar o respirar tranquilamente. Se decidió por la ú siguió vigilando la puerta de la casa de Hanabi, como un perro guardian. Como algo que no deseaba ser, pero... que por ella, lo era. Pero no dejaba de pensar. Nada es eterno. Y eso Kiba lo sabía.

Pero no quería aceptarlo.