La niña de mis ojos

Por TokioCristal

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NOTA AUTOR: Editado 02/11/16

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Abrió el grifo de la canilla y con ambas manos atrapó un poco de agua. No lavó su somnoliento rostro simplemente dejó que el liquido se escurriera escapando entre sus dedos hasta dejarlas vacías, sólo dejando un rastro húmedo en su piel. Pestañeó unas cuentas veces intentando mantener su vista en un punto fijo. Frunció el ceño y sus pies tambalearon en el suelo como si no pudieran aguantar su peso.

Sus ojos chocaron contra la imagen impregnada en el espejo.

Se preguntó quién era aquel chico. No lo conocía, nunca en su vida lo había visto, o tal vez estaba mintiendo y lo había visto tantas veces que le daba pena reconocerlo.

Las húmedas palmas de sus manos acariciaron su rostro y sintió las pequeñas grietas que ya se estaban formando sobre él. Lo veía desde hace algún tiempo: estaba envejeciendo prematuramente. El hombre que antes fue se había ido, ya no tenía las fuerzas necesarias para seguir haciendo lo que quería y estaba enfermo, muy enfermo, y sabía que iba a morir, aunque su médico personal sólo dijera que no tenía nada y que sus síntomas sólo se debían a simple angustia...

¿Cómo podían justificar las punzadas fuertes en su pecho, que su cuerpo estuviera más pesado de lo común y el dolor terrible en sus articulaciones?

¡Oh, maldito estress!

¡Maldita depresión que lo hacía sentir muerto!

Además, ya tristemente no soñaba.

¿Qué les había pasado a aquellos recuerdos y fantasías que solían aparecer en aquellas horas de inconsciencia en las cuales se entregaba a Morfeo? Desaparecieron fugazmente, al igual que los sentimientos de Serena, tal como lo "deseó" el día que destrozó el corazón de la chica.

Aunque realmente no había sido un deseo, sólo un fugaz pensamiento sin importancia. Su gran orgullo admitía que anteriormente se había quejado de todo pero ahora se daba cuenta que realmente nunca quiso que se hiciera realidad la "realidad" que creía anhelar.

Su vida no era vida.

Hace cinco días atrás se dio cuenta de ello, desde que dejó a Serena.

Dio un último vistazo al espejo y se giró hacia la salida. Apenas caminó unos pasos hasta llegar al marco de la puerta. Su espalda resbaló, dejándose caer sentado sobre el frío suelo. Suspiró fuertemente mientras su mano viajaba sobre su desordenado cabello al ver la descartada ropa femenina a metros de él. Sus ojos siguieron el camino de las desparramadas sabanas hasta la cama.

Observó vagamente a la figura curvilínea recostada sobre su colchón. Pestañeó y sus ojos viajaron hacia sus manos.

No sentía nada.

Ni culpa. Ni vergüenza. Ni ganas de seguir continuando el juego de la noche anterior.

¿Qué había hecho?, ¿por qué lo había hecho?

No lo sabía.

Ayer solo había salido por un rato, a disfrutar un poco de la llamada "vida" nocturna. La oscura soledad que inundaba en su apartamento, ciertamente, ya le causaba aprensión. No disfrutó de la horrenda música actual, tampoco se atrevió a beber, aunque lo había intentando con una de esas extrañas bebidas que daban por allí y que descartó enseguida al primer sorbo. La posibilidad de querer envenenarse como un tonto no era algo que él quisiera hacer.

Sin embargo hubo un punto en cual tuvo éxito: con las chicas. Era una cara bonita, un imán para las muchachas más osadas.

Y lo odiaba.

Odiaba que se sentaran frente a él sin pedir permiso, que comenzaran hacer ojitos como si él no se diera cuenta y que luego se echaran a parlotear sobre la vida de ellas sin él ni siquiera haberles preguntado algo, poniéndole en una situación muy incomoda de la que no sabía salir.

No era muy sociable y hablaba cuando tenía que hablar o simplemente contestaba con monosílabos, pero ellas no se daban cuenta de ello, parecían estar tan sumergidas en seguir hablando y hablando de estupideces...

Darien miró hacia su cama al escuchar el sonido de las sabanas. La chica se había movido molesta por los primeros rayos del sol que se asomaban por la apenas corrida ventana.

Suspiró.

La había conocido ayer, ¿y él como todo un galán la había invitado a su apartamento?

No.

Lo cierto es que le había pechado con el auto a la vuelta de la estúpida bailanta y, claro, como él es todo un caballero no podía dejarla abandonada ahí en medio de la calle luego de que casi la matara. Entre fugaces comentarios, que se fueron por momentos y volvieron del paseo, amanecieron en la cama.

Era una chica muy bonita...

Punto y aparte.

Vergonzosamente admitía que la noche anterior no había hecho el amor con aquella extraña sino con el espejismo de Serena.

Si, estaba loco, pero juraría ante cualquier dios que realmente eran los ojos de Serena los que lo miraron con pasión, que eran los labios de Serena los que lo besaron con fervor, que eran sus suaves manos las que acariciaron lentamente su cuerpo, que era su voz la que gimió, suspiró y suplicó por las atenciones de él. Su mente había estado tan intoxicada por Serena durante lo largo de la semana que la noche anterior finalmente había enloquecido por completo…

Serena. Serena. Serena. Serena. Y más… Serena.

Había nombrado reiteradamente su nombre mientras lo "hacía" con la otra, hasta el momento de terminar, cuando el ensueño de estar con Serena se esfumó y finalmente la realidad lo golpeó.

Y más que sentirse preocupado por los sentimientos de la otra chica se encontraba impactado por el hecho de haber pensado en Serena de aquella forma tan cruel, tan vulgar, tan asquerosa…

Era la primera vez que le era infiel a Beryl, realmente le importaba poco o nada, al fin y al cabo en ningún momento había pensado en ella.

Su corazón palpitó fuertemente al recordar el día que dejó atrás a Serena.

Darien intuía que iba morir de tristeza y lo anhelaba...


Suspiró y con esfuerzo comenzó a liberar uno a uno sus rígidos dedos del volante, sin embargo al primer segundo volvió a cerrarlos como si fueran pinzas.

—Darien, no pasara nada, sólo tienes que decir: Soy Darien Chiba, profesor de biología de Serena, en el colegio quieren que sea su tutor… ah, ¿no?, bueno, adiós —musitó mientras gesticulaba con sus manos—, bueno eso se oyó como si estuviera vendiendo algún articulo para el hogar, capaz que me confunden con un vendedor ambulante y…

Suspiró otra vez.

Miró hacia las afueras, preguntándose si era Serena la que estaba detrás de aquella cortina apenas corrida, observándolo y, seguramente, diciéndole basuras a Ikuko sobre él.

Tragó duro.

No quería llamar a la puerta pero debía hacerlo. Podía golpear dos veces y si nadie le contestaba se iría. Recordó fugazmente cuando era niño y como con sus amigos solían golpear las puertas de sus vecinos y luego salir corriendo como si nadie hubiera estado ahí. ¿Cómo era que se llamaba en su tiempo? Ah, sí: el ring raje.

Separó sus dedos rápido del volante por miedo a que se arrepintiera, abrió la puerta del chofer, salió del auto con dos enormes zancadas y quedó estático al primer paso.

Se sintió como uno de los Beatles en la portada de Abbey Road.

Suspiró.

Dio otro pasó y al tacto con la cera escuchó un pequeño chiflido a sus espaldas. Viró su cabeza hacia atrás y no vio a nadie. Su imaginación lo había engañado. Volvió a virar su cabeza hacia el frente y al instante oyó otro chiflido, pero mucho más fuerte. Enojado, se giró sobre sus pasos con las manos en sus caderas. Frunció el ceño cuando vio una mano mecerse detrás de su auto.

Mina asomó media cabeza

Darien frunció el ceño.

Se giró otra vez y caminó dos pasos más cerca de la casa de Serena y, de repente, escuchó el sonido de una puerta abrirse y cerrarse detrás de él. Dio media vuelta furioso y allí la vio, sentada dentro de su auto con sus sucias manos sobre su volante.

—¡Sal de mi auto! —gritó acercándose como un poseso.

Los ojos de la rubia se abrieron horrorizados al verlo venir hacia ella y a la velocidad de la luz alzó su dedo índice hacia el botón de seguridad. Darien pegó su mano contra el cristal mientras con la otra tiraba de la puerta para poder abrirla, sin embargo, al no poder lograrlo, se separó dos pasos más de su auto.

—Mina, por favor, sal de mi auto —pidió intentando mantener la calma—, ¿qué quieres a cambio? Vamos, dime.

Mina descansó su dedo índice y pulgar sobre su quijada, como tomando en cuenta el trato que le estaba ofreciendo. Una sonrisa de extrema confianza cruzó por el rostro del chico, Mina al ver eso arrugó la nariz y una fina línea se formo en su boca, negando con la cabeza.

Sabía que apenas saliera del auto, él iba a deshonrar su palabra.

La expresión de Darien se retornó de extrema preocupación al ver a la rubia alzar ambas manos, las cuales comenzó a mover de forma ridícula al son de:

—Soy una guerrera que lucha por el amor y la justicia, y castigaré tú falta de respeto en nombre de Sere... —pausó sus palabras y una barbaridad se escuchó escapar por la boca de Darien.

Por el reducido espacio en el auto, al alzar con fuerza su brazo hacia la izquierda, rompió el espejo retrovisor.

Darien apretó sus puños con fuerza y apenas sus oídos pudieron percibir el "cuanto lo siento" de la rubia.

—Mina, sal de mi auto, ¡ahora! —entonó la última palabra en forma amenazante—, ¡no me parece gracioso, maldita sea!

Mina movió sus pestañas como plumeros y sus ojos brillaron con inocencia.

—Darien, si me perdonas, prometo no intentar estrenar mi nuevo bálsamo labial contigo.

Mina tiró besitos hacia Darien, el chico entrecerró los ojos y alzó las cejas hacia arriba.

—Sólo quiero que te mantengas alejada de mí y de mi auto.

La muchacha puso los ojos en blanco.

—¿Has pensado entrar por la puerta del acompañante?

Darien entreabrió la boca como un tonto, realmente no había tomado en cuenta eso. Corrió rápidamente hacia la puerta del acompañante y la abrió, adentrándose en el auto.

Apenas cerró la puerta se viró hacia Mina.

—Baja —pidió, agarrando entre sus manos el espejo retrovisor y abriendo la cajera.

Mina movió la cabeza curiosa y antes de que Darien cerrara la cajera alzó la mano para sacar un folleto de papeles que tenía él ahí.

—¡Oye! —protestó Darien al verla.

—¡Ah, pero si tienes muchas fotos aquí! —exclamó mientras las veía una a una y las descartaba tirándolas hacia el asiento trasero—, ay, pero que bonito te ves en esta. De pequeño hasta pareces simpático, me pregunto que te habrá pasado de grande.

Darien frunció el ceño.

—¿Acaso no conoces el espacio personal?

Mina lo miró a medias mientras se detenía a observar una foto.

—Realmente no.

—Pues se nota —respondió irónicamente.

La rubia pegó frente a los ojos de Darien una foto.

—¿Esta chica tan mona es tu novia? —preguntó señalando a la susodicha.

—Sí, ¿por qué?

Mina puso cara fea mientras imaginaba a Serena con un enorme par de senos falsos.

—¿Para que la quieres si estas enamorado de Serena? Sabes, te haré el favor de ir a tu apartamento y quemar todas las cosas que te recuerden a tu antigua novia, así que comenzaré por esta foto.

Mina agarró por ambos extremos la foto y tiró de ella, rompiéndola a la mitad. Darien observó como los trozos de la foto caían lentamente en la falda de la rubia.

—¿Quién te dio permiso de romper esa foto?

—Tú.

—¡¿Cuándo?

—Tu corazón —respondió ante la sorpresa de Darien.

El muchacho no expresó palabra alguna mientras agarraba la destruida foto. Como un tonto junto ambos trozos, observando de forma vacía a la sonriente Beryl que posaba allí. Mina estaba parloteando sobre unas cuantas cosas a las cuales hizo oídos sordos mientras su mente navegaba en el recuerdo de su novia.

Fugazmente pasaron aquellas imágenes de cuando eran jóvenes, cuando eran simplemente amigos y solo se dedicaban a pasar el rato sin más pretensiones.

Sabía que su primer beso había sido con ella pero cuando pensaba en el primer beso llegaba a su mente el beso con Serena. Los recuerdos que mantenía con Beryl, que en aquellos tiempos habían sido tan especiales para él, estaban nada más cercano a lo lejano, ya que habían sido sustituidos por el día que conoció a Serena hasta la reciente separación de ella.

Beryl había tenido parte de su pasado, pero Serena lo había destruido con el presente…

Mirando por última vez la foto en sus manos, suspiró, cerró los ojos y comenzó a destrozarla completamente, para luego tirar los trocitos hacia el asiento trasero.

Abrió los ojos y miró vaciamente hacia Mina.

—Aprendes rápido —dijo la muchacha con una sonrisa, mientras alzaba otra foto frente a los ojos de él—, ella tiene que irse.

Darien frunció el ceño y apartó la foto de su rostro, mirando directamente hacia los ojos de Mina.

—No toques más nada y quédate quieta —respondió con seriedad. La rubia sonrió picaramente y sus ojos viajaron otra vez a la imagen.

Darien bajó del auto y caminó decididamente hacia la casa de Serena, a sus espaldas pudo escuchar el ruido de la puerta del chofer abrirse, pero no le dio importancia, es más, le parecía bien que finalmente se haya ido.

Al llegar a la puerta, acomodó su chaqueta y arregló su cabello mirándose en el reflejo de la ventana. Alzó su dedo índice hacia el timbre y lo tocó con suavidad. Suspiró, cerrando los ojos e intentando concentrarse en las palabras que iba a decir y cuando escuchó que la puerta se abría, sonrió ampliamente abriendo los ojos.

—Buenos días…

Fue interrumpido inmediatamente por la señora Ikuko, la cual se había agachado repentinamente hacia el suelo.

—¡Qué tierno! —exclamó agarrando unas rosas rojas y una caja de chocolates abandonadas allí.

Las mejillas de Darien se encendieron, no entiendo la situación. Él no había traído nada de eso.

—Para Serena de Darien —leyó la señora Ikuko en una tarjeta.

Darien retrocedió sorprendido, y viró rápidamente su cabeza hacia atrás en busca de Mina Aino. ¡Maldita sea, esa niña lo estaba metiendo en problemas! Apretó los labios, y los dedos de sus manos se tensaron, imaginando que entre ellos estaba el cuello de la rubia. Sin embargo poco duro su furia, cuando las manos de la madre de Serena comenzaron a empujarlo dentro de la casa.

Tartamudeó como un tonto unas cuantas incoherencias, sin embargo la mujer parecía no estar prestando atención al casi inexiste dialogo de Darien.

—Sera mejor ponerlas en agua inmediatamente —dijo, perdiéndose a la vuelta del pasillo, dentro de otra habitación. Darien caminó incomodó un par de pasos más hacia adentro, mirando sus alrededores con extrema curiosidad. Era una casa modesta, pero elegante. El piso parecía recién encerrado y el ambiente olía a flores silvestres.

Podía sobrevivir.

Sí, lo haría.

Ikuko asomó su cabeza por la puerta de la cocina, exclamando:

—Joven, siéntase como en casa. Si desea puede colgar su chaqueta en el perchero.

Darien asintió en silencio, sacándose la chaqueta lentamente y girándose sobre sus propios pasos hacia el perchero. Sus manos quedaron como detenidas en el tiempo, al ver una prenda colgada allí, que anteriormente había visto usar a Serena. Miró hacia sus espaldas por si Ikuko estaba observándolo y cuando estuvo ciento por ciento seguro de que ella no saldría de allí por un rato, alzó su mano y acarició la tela.

No estaba muy seguro de lo que estaba haciendo, pero se sentía bien. Tomó entre sus dedos parte de la prenda y la acercó hasta su rostro.

Era tan suave como ella.

Olía a ella.

Serena.

Deseaba suspirar su nombre, pero sabía que no podía hacerlo. En aquel momento podría haber llenado casillas de hojas solo con el nombre de Serena. Ya lo había echo tantas veces en plena clase, cuando sentía que la mirada de ella descansaba sobre él, y en respuesta tan vergonzosamente solo se dedicaba a desquitar su alma.

Sus alumnos creían que estaba haciendo algo tan importante como escribir un libro, que hasta le preguntaban curiosos de que se trataba y él mentía. Claro, no podía decirles que como un tonto solo se dedicaba a escribir repetidamente una sola palabra hasta el cansancio…

Abrió sus ojos y sus ojos cayeron sobre la pared. Su corazón se detuvo al instante al verla, allí, a la niña de sus ojos, su mirada, su infantil figura, perpetuada para siempre en aquella foto de la pared. Tal como la conoció aquel día en el cementerio

La puerta de la casa de los Tsukino se abrió y los ciegos ojos de Darien chocaron, por primera vez, contra aquella mirada, que actualmente se alojaba en cuerpo adulto.

(*)—¡Nos vemos luego! —gritó alzando la mano en manera de despedida.

—¡Espera!, ¿cómo te llamas? —preguntó corriendo hacia ella.

—Mi nombre es Serena.

Darien detuvó sus pasos sorprendido, mientras su corazón galopaba fuertemente en su interior, llenó de paz.

Serena…

Su mirada desprendía aquella misma sensación, nunca lo olvidaría, jamás olvidaría aquel nombre tan hermoso.

—Sí algún día, nos volvemos a ver, ¡prometo devolverte el favor sea cual sea!

Serena viró su cabeza hacia él y sonrió enormemente.

—Eres extraño…

¿Cómo antes no pudo verlo?, ¿por qué había estado tan cerrado a lo que era una realidad?

Serena, la niña de sus ojos, siempre había estado frente a él y él siempre cuestionando donde se había escondido, cuando el que había estado escondido junto con sus sentimientos había sido él.

La amaba.

La amó desde siempre.

Quería tener algo con ella, quería tener todo con ella…

Su corazón latió fuertemente al dar por sentado el terrible error que había cometido días atrás. La amaba, sin embargo, ella ya había comenzado a olvidarlo. Su mirada, tenía un cierto aire a melancolía que inmediatamente alertó los cinco sentidos de Darien.

—Hola —saludó suavemente, mientras sus mejillas se acaloraban.

Mantuvo su postura rígida frente a la entrada, como si intentara hacerle frente a la realidad, demostrando que ella no estaba afectada por su rechazo y que había podido recuperarse en este pequeño periodo en el cual no se habían visto.

Darien movió sus labios para articular alguna respuesta, sin embargo inmediatamente fue interrumpido por la persona más fastidiosa que había conocido en su vida.

—¡Walaa!

Frunció el ceño con fuerza mientras observaba a Mina asomar su cabeza detrás de la espalda de Serena.

—Oh, pero si es Darien el profesor de biología —dijo la alegre muchacha, con una fingida sonrisa.

El muchacho frunció el ceño y Mina salto frente a él, de ese modo quedando entre medio de la desafortunada pareja. Con su codo golpeó levemente el hombro del muchacho mientras las comisuras de sus labios se levantaban llenos de picardía. Sus dientes blancos se mostraron en todo su esplendor y, sin ocultarlo, le guiñó un ojo, mientras sus brazos se abalanzaban hacia su cuello, abrazándolo de una forma muy posesiva que hizo que la postura rígida de Darien se desmoronara.

Los ojos de Serena se abrieron como platos mientras chocaban con la asustada mirada de Darien. La rubia frunció el ceño con fuerza y sus ojos se volvieron cristalinos, llenos de rencor.

Crush.

Se oyó el ruido proveniente de la cocina, aunque fácilmente podía haber sido confundido con el sonido del corazón de Darien destrozándose.

—N-no es lo que piensas —respondió por inercia, intentando empujar el cuerpo de Mina de él, pero sus manos parecían no reaccionar.

La palma de Serena se alzó en lo alto, próximamente siendo su destino la mejilla de Darien, sin embargo, no llegó tan lejos al asomarse la cabeza de la señora Tsukino por la puerta de la cocina.

—¡Serena ya llegaste, mira quien vino a visitarte!

Los tres miraron a Ikuko. Serena con amargura, Mina con decadencia y Darien con alivió.

—¿Sucede algo malo? —preguntó con los ojos como platos, sin entender del todo la situación.

Mina se separó de Darien y el muchacho inmediatamente reaccionó, aprovechando la ocasión para irse por la tangente y separarse de aquel pequeño lugar llenó de tensión. Caminó hacia Ikuko, la cual traía sosteniendo una pesada bandeja.

—Perdone, por favor déjeme ayudarle.

—Oh, no, joven…

—No es ninguna molestia —respondió Darien, atrapando la bandeja entre sus manos.

Darien suspiró, observando el hipnotizante vapor que bailaba sobre las tazas. El mundo le daba vueltas y sus manos temblaban nerviosas, poniendo en peligro el juego de cerámica de la señora Ikuko, el cual intentaba mantenerse en equilibrio sobre la bandeja.

—¿Dónde dejo esto? —preguntó tratando de sonreír, pero nada más lejano que una fea mueca se asomó por su boca.

—Allí —dijo Ikuko, señalando una habitación separada del corredor por un enorme marco.

Darien caminó despacio seguido por Ikuko, la cual iba atenta a cada paso torpe paso del muchacho. Los zapatos de la mujer rozando el suelo sonaban como estallidos en los oídos de Darien, el cual creía que en cualquier momento iba a desmayarse sobre la alfombra. A unos centímetros del destino, apresuró los pasos y, casi tropezando con sus propios pies, dejó abandonada la bandeja en la mesita ratona que se encontraba entre dos largos sillones color beige. Suspiró aliviado al ver que ni una gota del té se había desparramado.

Mina entrecerró los ojos y miró hacías sus espaldas a Serena. Las miradas de ambas chicas chocaron con tanta intensidad, que se podía percibir en el aire la tensión que había entre ellas.

Mina levantó su quijada y comenzó a caminar balanceando las caderas hacia donde estaba Darien. Serena frunció el ceño y, como un soldado aprontándose para la guerra, caminó detrás de Mina, casi pisándole los talones.

Ikuko le ofreció asiento a Darien en uno de los sillones. El muchacho, que sentía como si un terremoto se fuera a asomar, no dudo en sentarse y, inmediatamente después, Mina se apresuró en tomar lugar a su lado, abalanzándose de una manera desconsidera que tomó de sorpresa a Darien.

El muchacho miró con reproche a la rubia y la chica le sonrió amorosamente, sosteniendo entre sus manos las manos del muchacho. Las mejillas de Darien se encendieron y apartó las manos de Mina con delicadeza, pero la chica volvió a insistir. Darien frunció el ceño y miró las manos entrelazadas, sacó una de las suyas del candado de Mina y le pellizco el dorso sin ninguna delicadeza.

La rubia se quejó con un apenas audible auch y se alejó de él. Darien apenas pestañeó por su reacción y miró hacia Serena la cual se mantenía parada frente al sillón del par, con la postura rígida y los puños apretados con fuerza.

Ikuko miró a profesor y alumna, sin entender del todo que sucedía, y tomó asiento en el enorme sillón frente a Darien y Mina.

—Serena, ¿acaso no piensas sentarte? —preguntó su madre.

Serena apartó su mirada de Darien, el corazón del muchacho cabalgaba con tarta fuerza que fácilmente podía separarse de su cuerpo y tomar rumbo propio hacia cualquier lado.

La rubia miró a Mina.

—Tengo que estudiar —dijo de forma robótica.

—¿E-estudiar? —preguntó Ikuko sin poder creérselo—, vaya… no me lo esperaba.

—Sí, para eso habías venido, Mina, ¿no? Tenía que pasarte los deberes de vacaciones, ¿recuerdas? —cuestionó aumentando los decibeles de su voz en cada pregunta. Fácilmente se podía percibir el reproche.

Mina sonrió irónicamente.

—Sí, sí, lo sé —respondió—, ve tú, apronta todo que yo luego voy.

La rubia cruzó ambas piernas y descansó sus manos sobre sus rodillas, mirando con una sonrisa llena de confianza a la señora Ikuko.

Serena frunció el ceño. Esta era su casa, apenas hace una semana que conocía a Mina y sus padres le habían visto sólo un par de veces. No podía creer que caradura que era aquella chica nueva.

—No desayune —dijo Mina, de forma inocente y dulce—, mis padres suelen trabajar hasta tarde, rara vez los veo y…

—Oh, Mina… —musitó Ikuko sintiéndose conmovida—, come algo si quieres y luego ve con Serena.

Darien puso los ojos en blanco y Serena lo imitó.

—Cariño, tú también desayuna algo —pidió su madre.

—No —respondió Serena de forma cortante, cosa que sorprendió a Ikuko—, iré a estudiar.

Y sin decir nada más, se apartó de los tres caminando hacia el corredor. Desde el living se escucharon los pasos pesados y furiosos de Serena sobre la escalera y luego el enorme portazo desde su habitación, que hizo casi temblar las paredes de la casa.

Darien miró con reproche a Mina y esta le correspondió con una sonrisa llena de inocencia.

—Vaya, no sé que le sucede —comentó Ikuko con los ojos como platos.

—El amor la trae mal —contestó Mina alzando su mano hacia los biscochos.

Ikuko miró a Darien, cosa que puso en alerta al muchacho.

—¿Todavía no se reconciliaron? —preguntó repentinamente.

Los ojos de Darien se abrieron como platos y Mina continuó con su típica calma, comiendo de a poco los biscochos de una forma ruidosa.

—¿D-de que habla? —cuestionó shockeado, sin todavía poder procesar la información que llegó a su mente.

—Lo sé todo —respondió.

Darien se fue de espaldas contra el sillón, como si lo hubieran empujado con fuerza. Mina continuó pasivamente comiendo todo lo que había en el platillo lleno de masitas.

—¿Q-qué sabe?

—A Mina y a ti, los he visto en la Obra Teatral. Se supone que mi hija Serena iba a actuar en esa obra en el papel principal, pero, ciertamente no sé porque no lo hizo, y usted era su contra-parte. Recuerdo aquellos días en los que se iba a ensayar con el rostro iluminado. Lo sé, sé que usted es el novio de mi hija y algo habrá pasado con ella antes de la Obra Teatral, y que ahora están peleados. No tengo nada contra usted, sé que es mayor, pero no importa, mi hija lo ama y por eso mismo lo acepto, tampoco tengo nada contra ti, Mina, aunque creo… —su rostro se retornó llenó de seriedad—, que tú eres la tercera en discordia

Mina apenas pestañeo. Movió los hombros en respuesta y siguió comiendo.

Darien suspiró con alivió y, sin que nadie se lo esperara, se largo a reír. Realmente era gracioso. Casi se moría infartado, tenía ganas de llorar por los nervios, pero no podía hacer nada más que reír.

—Pero yo soy el profesor de su hija, señora Tsukino —respondió.

Ikuko frunció el ceño y su postura se volvió rígida.

—Bueno, si es el profesor de mi hija, las cosas cambian... —contestó de forma amenazante y alzando su mano hacia el teléfono.

Darien dejó de reír y su rostro se retornó llenó de seriedad.

—Con todo respeto, señora Tsukino, soy el profesor de biología de su hija, yo no tengo nada con ella, ¿acaso Serena no le ha dicho que venía por las clases extracurriculares? Hasta le di un teléfono para que me llamaran.

Los ojos de Ikuko se abrieron y su rostro ser retornó de mil colores.

—¡Ay, que pena! —exclamó con las manos sobre las mejillas—, ¡discúlpeme malinterprete todo! —pausó—, ¿pero por qué entonces le trajo rosas y chocolates a Serena?

—Yo no fui.

Darien miró a Mina, y Mina se movió incomoda en el sillón.

—Yo tampoco fui —respondió la rubia en defensiva.

Los tres se miraron entre sí durante algunos segundos. Un incomodó silencio inundó la habitación, destrozado únicamente por el molesto maullido de un gato. Mina fue la primera en virar la cabeza para observarlo. Luna se encontraba sentada en la entrada del living, mirando de una forma demasiado intimidante a la rubia.

La chica sonrió con ironía y Luna se puso en posición de ataque. Sus garras se increparon con fuerza contra la alfombra, mientras sus pelos se ponían en punta al son de un molesto mugido, más atemorizante que el de un mismo león.

Darien miró hacia allí y por su espalda sintió el frió repartiéndose lentamente por todo su cuerpo.

Los ojos rojos de Luna escondían a la misma parca en ellos, admitía que esa mirada la había visto varias veces en su vida, sin embargo, esta era la más atemorizante de todas. Intentó alejar esos feos pensamientos que le atemorizaban, los cuales vivían siempre escondidos en su mente y tomaban represalias contra el amor que sentía hacia Serena.

Repentinamente, Ikuko se levantó del sillón, rompiendo el trancé que existía entre Darien, Mina y Luna, la cual salió corriendo de la sala como si el mismo demonio la hubiera espantado.

—Vaya, ¿acaso hoy todos están extraños? —comentó la madre de Serena.

Mina posó su mano sobre el hombro de Darien y a modo de secreto, susurró:

—No te preocupes, ella no piensa hacerte daño alguno a ti, ni a Serena.

Darien miró confundido a Mina, la chica le correspondió con una amable sonrisa llena de sinceridad.

—Todos están locos —respondió Darien siendo interrumpido inmediatamente por una perdida Ikuko.

—Bien, ¿por qué no mejor comenzamos a hablar del porque de su visita?

Darien la observó, recuperando la postura y dando por cerrado el tema anterior.

—Perdone el malentendido —dijo el muchacho.

—No, perdóneme usted, es que es algo extraño… creo que hoy no dormí bien… —pausó—, bien dígame sobre las clases extracurriculares, usted debe conocer a mi hija, lo distraída que es… y… ya sabe —rió suavemente.

—Pues yo pienso que su hija es muy inteligente —respondió inmediatamente siendo seguida por una risotada de Mina.

—Ya te estas aprontando para ya sabes que…—dijo la rubia, pegándole en el hombro a Darien y guiñándole el ojo.

Ikuko sonrió no comprendiendo la reacción de Mina.

—Disculpe, la señorita Aino es muy… explosiva.

—Bueno… —asintió Ikuko.

Darien suspiró. Abrió su malentín y saco una hoja, la cual dejo encima de la mesita ratona a lado de las tazas de té y el platillo vacío de biscochos.

Acomodó su garganta y como si antes lo hubiera practicado, comenzó:

—Vera, señora Tsukino, su hija últimamente no esta rindiendo muy bien en el colegio.

—Sí, me he dado cuenta, su último boletín, ciertamente, no fue la mejor noticia que he recibido —respondió Ikuko.

—En la reunión de profesores y bajo la supervisión de la directora, hemos decidido que Serena tome clases particulares, sobretodo para mejorar su rendimiento en clases y más en esta época que nos estamos acercando hacia los parciales de Agosto, los cuales son definitivos para que un alumno salve la materia y no se la lleve a examen. Siéndole sincero, creo que Serena podrá mejorar y, con todo respeto, el único problema que tiene su hija se llama pereza. Le confieso que rara vez entrega sus deberes a tiempo y me ha pasado un par de veces que en plena clase se ha dormido…

—Pues debes ser muy aburrido como para que se duerma… —comentó Mina por lo bajo.

Darien frunció el ceño, pero no tomo en cuenta su comentario.

—¿Un tutor? —cuestiono Ikuko.

—Sí, un tutor.

—Oh, ya veo…

—En la reunión de profesores hicimos una especie de votación —mintió Darien, recordando fugazmente lo vagos que eran sus compañeros de trabajo—, y yo, estoy dispuesto a darle a su hija clases particulares.

Mina sonrió pícaramente de lado.

—¿Tutor de tantas materias?

—Debe ser superdotado —musitó Mina, aunque con cierto doble sentido en sus palabras.

Las mejillas de Darien se encendieron.

—Pues, no quiero parecer presuntuoso, señora Ikuko, pero tengo varios diplomas académicos, en el colegio siempre fui el mejor en todo, mis notas siempre han sido excelentes, además que me gusta descubrir en la lectura nuevos conocimientos que me ayudaran a incrementar mi cultura… y estoy por recibirme de medico —respondió con orgullo.

Mina puso los ojos en blanco.

—Sorprendente —opinó Ikuko con una enorme sonrisa—, vaya, como me gustaría que Serena algún día fuera como usted.

Darien frunció el ceño y su mirada cayo tristemente sobre sus rodillas. Él lo sabía casi todo, pero de todo no tenía nada.

—Claro que si usted, como el señor Tsukino, aceptan que yo sea el tutor de su hija, pondré todo mi esfuerzo para ayudarla, todos mis conocimientos para que Serena pueda superarse a si misma. Serena podría quedarse luego de clases unos minutos conmigo y puede venir a casa o, si se sienten más cómodos, yo venir aquí.

Ikuko miró pensativa la planilla que había puesto Darien sobre la mesita ratona.

—Supongo que Serena no tiene ninguna otra clase extraarticular —sonrió irónicamente, Serena más que ir al salón de videojuegos, no creí que tuviera nada más que hacer—, si es así con gusto volveré a acomodar mis horarios —Darien comenzó a señalar los días—, el lunes, el miércoles y el viernes, luego de clases dos horas y media por día. El martes, el jueves y el sábado, como no dispongo de mucho tiempo, luego de clases podría quedarse en el salón tan solo una hora, repasando lo que dimos el día anterior. Lo que sucede en el colegio es que los salones deben ser entregados para los alumnos de la tarde, por eso el lunes, el miércoles y viernes, debería ser en otro lugar, si desea en mi casa o yo puedo venir hasta aquí.

Ikuko observó los ojos de Darien.

—Pues no sé —respondió Ikuko—, tendría que consultarlo con Kenjin.

—Ikuko —dijo Mina, llamando la atención de profesor y madre—, yo también tomare clases extracurriculares con Serena, mis padres ya aceptaron la propuesta de Darien.

El rostro de Darien se retornó azul. Él no recordaba haber invitado a Mina a ningún lado.

—Piense que el futuro de Serena esta en juego, sería muy desalentador volver a repetir el grado, ¿no?

Ikuko sonrió.

—Pues si lo pones de esa forma —pausó mirando hacia Darien—, claro que aceptó.

—¡Qué bien! —exclamó Mina saltando del sillón—, ¡qué bien la pasaremos con Serena, además de estar en clases juntas, estaremos en las clases extracurriculares, seremos las mejores amigos!

Mina miró hacia Darien y quedó congelada al ver la mirada asesina del muchacho.

—Bueno, yo ya comí, muchas gracias señora Ikuko, usted cocina muy bien.

—Gracias.

—¡Ahora yo me voy con Serena, si! —grito llena de alegría corriendo hacia las escaleras.

Desde abajo se pudo oír el sonido de la puerta de la habitación de Serena abrirse y el entusiasmado "adivina" desgarrador de Mina.

—Esa chica es extraña, aunque muy simpática —musitó Ikuko.

—Sí… —apenas asintió.

—Oh, el té ya se ha enfriado, tanto embrolló y no ha podido ni siquiera probar un sorbo, ¡Cuánto lo siento!

La mujer alzó sus manos hacia la helada taza.

—No, perdóneme usted que se tomó la molestia de preparar esto para mí —respondió Darien mirando su reloj—, bueno, señora Tsukino, creo que se me ha hecho algo tarde, ya me tengo que ir.

—¡Qué lastima! Yo que quería quedarme hablando con usted un rato.

—No sé preocupe, un día de estos, si vengo a dar clases extracurriculares, hablamos, mientras Sere… la…sss… chica… sss… estudian —respondió tratando de esforzarse para hablar en plural, cuando Mina, realmente no estaban en sus planes.

—Claro.

—En la planilla, tiene mi número de teléfono, mi dirección, el correo electrónico, el número del colegio… si necesito algo urgente.

—Oh, muchas gracias.

—No, gracias a usted —pausó agarrando su malentin y levantándose del asiento—, por cierto, este lunes comenzaría las clases de Serena.

—Oh, que bien.

De a poco se fueron acercando hacia la entrada, Ikuko le abrió y Darien se paró en el marco.

—Preferiría que fueran en mi casa, claro sino le incomoda, ya que yo apenas termine con la clase tengo que ir a mis estudios de medicina…

—¡No sé preocupe!

—Gracias Ikuko, fue un gusto conocerla —dijo besando suavemente la mejilla de la mujer—, espero que tenga un buen día, saludos a Kenjin, adiós…

Darien se alejó de la entrada alzando su mano en son de despedida. Ikuko le correspondió con un tímido "adiós" y luego cerró lentamente la puerta. Apenas Ikuko desapareció, Darien se echo a correr hacia su auto. Cruzó la acera con velocidad y, apenas tocó la puerta del chofer, percibió la mirada de alguien a sus espaldas.

Viró su cabeza descubriendo a Serena observándolo desde la corrida cortina de su habitación. Ambas miradas chocaron por segundos, aunque raramente, y para el dolor de Darien, la mirada de Serena ya no expresaba nada.

Serena alzó su mano extendiendo sus dedos en son de despedida y dejo que la cortina se corriera, tapando a Darien de su panorama. Se mantuvo algunos segundos pensativa frente a la ventana con el corazón galopando fuertemente dentro de su pecho, aunque su postura se mantenía tranquila. Suspiró con fuerza, separándose de allí y volviéndose a sentar al lado de Mina.

—¿Lo amas? —preguntó la rubia repentinamente sin apartar los ojos del reciente abierto libro.

—Realmente, ahora ni sé que siento hacia él.

—En el amor no existen dudas, se ama y punto —respondió Mina de forma cortante.

Serena viró su cabeza hacia ella, y sus ojos se abrieron como platos al ver un brillo extraño en la mirada de la rubia.

—Sino quieres nada con él, no te preocupes, él podrá encontrar el amor en otra persona —musitó entrecerrando los ojos y sonriendo confianzudamente—, hasta en mí…

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