Los días pasaban largos, el calor acentuaba el sopor e imposible era realizar actividad alguna al sol; la madera servía, no obstante, de buen aislante y dentro de la cabaña era agradable. Dipper leía el misterioso diario con un interés sobrehumano, hacia observaciones, muchas de ellas absurdas y que no llevaban a ningún lado. Mabel, por su parte, había creado ya su propio mundo de imaginaciones y quimeras donde todo tenía su tiempo y sitio. Se había adaptado muy bien a la mentalidad paisana sin conocer esta siquiera. Gracias a esto no se aburría nunca, muy a pesar de no estar haciendo nada.
Y volaron las semanas primeras del verano. Los gemelos conocieron a quienes su tío Stan, en la cabaña del misterio, tenia de empleados.
Soos, el primero, era un veinteañero afable y regordete. Su alma de niño, acompañada de un candor poco común en las personas que ya atrás dejan las buenas venturas y las virtudes de la niñez, lo hacían el compañero perfecto de juegos de Dipper y Mabel, particularmente de esta última, quien lo encontraba fascinante y le admiraba, pues, veía en él un modelo de adultez: crecer en cuerpo, mas, no en alma.
La segunda, Wendy, quedó fuera del espectro de atención de los gemelos durante los primeros días. Su actitud en extremo desinteresada y lacónica la hacían algo aburrida a primera vista. Sin embargo, como Mabel marcó su preferencia por Soos, Dipper la marcaria por Wendy.
Al amanecer del lunes de la segunda semana de la estadía de los gemelos en Gravity falls, El tío Stan, olvidando su común austeridad, trajo víveres frescos del pueblo. Los gemelos pudieron finalmente comer cuanto quisieron. Hasta entonces, sus desayunos constaban solamente de algo que hubiese sobrado del día anterior. No podían, empero, comer mucho pues también tenía que quedar para el almuerzo y la cena. El tío Stan era un hombre solo, que nunca en su vida había cocinado para alguien más que si mismo, ni aunque tuviera visita, por lo que solo las hacía de chef una vez cada tres días, sobra decir que era bastante mediocre en este oficio. Cocinaba solo lo que había y nada más, negándose a reabastecerse a menos de que cuanto hubiera se hubiese agotado.
Sin embargo, las reverberantes quejas de sus sobrinos lo hicieron ceder, más no sin una condición: el viejo zorro se volvía a salir con la suya, ya que no traería nada de alimentos frescos a la cabaña a menos que fueran los gemelos quienes cocinaran. Mabel quien nunca se cerraba a nuevas experiencias hizo el loable intento y luego de casi inmolarse, por ser su suéter inflamable y parte fundamental de atavío, logró, con creces, superar las expectativas de su tío Stan, aprendiendo en menos de una quincena a cocinar.
—Si he de hacer el papel de señorita, al menos, lo hare bien —se decía Mabel a sí misma.
El mismo día del esperado reabastecimiento, viendo a los gemelos tan activos y felices, el tío Stan se contagió del germen de la juventud y decidió sacar a sus sobrinos, mantuvo, sin embargo, el lugar de destino en secreto y obligó a los dos jóvenes, una vez metidos en el coche, a vendar sus ojos.
El viaje fue de lo más emocionante para los gemelos. La improvisada y repentina ceguera hizo de los baches, montañas y curvas, las ondas descomunales de un rio enrarecido, siendo ellos indefensos hombres en una canoa y de la brisa el más furioso de los torbellinos. Una vez arribados, mareados y excitados, el tío Stan hizo de Cristo y les devolvió la vista. Lo que vieron sin embargo, les hizo querer ser ciegos.
Habían llegado al lago. Su tío abuelo llevaba puesto atuendo de pesca y apuntaba a un viejo bote. Los esperaba el más terrible de los aburrimientos posible: freírse en el sol del verano en un triste intento de bajel esperando a que un pez, más miserable que ellos, se convirtiese en pescado.
—¡No serán más que ustedes junto a mí y estas carnadas por diez horas!— declaró eufórico el tío Stan.
Los gemelos reaccionaron cada uno, si bien ninguno de manera positiva, diferente. Dipper, por su parte, no quería desperdiciar en caso alguno, el que creía, valioso tiempo en un bote andrajoso pudriéndose en aburrimiento. Mabel, empero, era más indulgente. Si su tío abuelo quería pasar tiempo con ella, feliz, ella lo pasaría. Sin embargo, la pesca no era algo que le atrajese en lo más mínimo.
Dipper el primero fue en expresar su descontento.
—¿Desde cuando que te quieres relacionar con nosotros tío Stan?
El tío Stan, si bien fuerte en fachada, se sintió algo herido por el aparente rechazo de su propuesta y como recurso desesperado, en función de captar la atención de sus sobrinos, a quienes no conocía ni entendía, inventó una nueva patraña.
—Vamos chicos, no será tan malo, he memorizado inclusive algunos chistes para pasar el rato —dijo.
Esto no hizo sino repeler más a Dipper y hacer a Mabel sentir como una mártir por estar dispuesta a ir con él.
Los siguientes minutos, la definición misma de incomodidad, fueron eternos. Ni diez, ni cinco fueron, pero se sintieron como horas. El gélido ambiente se había vuelto a calentar con el remesón de un estruendo, una voz que gritaba, trémula, algunas palabras y conjeturas incomprensibles. Los tres miraron hacia donde procedía tal fenómeno.
Vieron, entonces, casi sobre ellos, a un viejo, barbado, cano hasta las cejas, pequeño y roñoso. Sus ropas estaban reducidas a andrajos, la dentadura la tenía desgastada, amarilla e incompleta. Varios vellos, igual de blancos que el resto del cabello de su cuerpo, sobresalían desde los orificios nasales, sus ojos estaban muy irritados y llenos de lagañas, dando a entender no solo una mala higiene, si no, también falta de sueño. La hipótesis de una higiene descuidada se veía reforzada por la fuerza penetrante del tufo que exhalaba con cada alarido. Siempre encorvado, el hombrecillo dio salto tras salto, dejando al estupefacto trio y yendo a visitar a otros que se encontraban en la bahía del lago.
Luego de un minuto de escucharlo con atención, Dipper, quien había ganado especial interés en su extravagante visitante, logró vislumbrar algunos conceptos entre todo su incomprensible balbuceo: "Ojo" u "Ojos" se repetía constantemente, acompañado de "Marioneta" o algo por el estilo.
El profundo análisis de Dipper se vio de golpe truncado cuando el viejo calló súbitamente. Un hombre salió de una cabaña que se encontraba algo más allá de donde estaban, ahora el viejecillo corría hacia el diciendo despacio pero claro: "Hijo".
Sus susurros casi inaudibles se convirtieron en gritos conforme más cerca se encontraba de esta nueva figura, el hombre ahora increpaba al pequeño, cano y loco saltimbanqui.
—Padre, ¿cuantas veces he de decirte que no espantes a mis clientes?
Al oír esto el viejo en seco detuvo su carrera.
—Pero hijo… —titubeó
El hombre, rígido, le contestó rápido.
—Esta es tu última advertencia. —Dicho esto, procedió a corretear al pobre viejecillo y volverse a guardar en cabaña.
Mabel, sobre todo, se sintió tocada por esta escena. Las travesuras del pobre viejo aquel, le parecían en extremo divertidas, no dignas de castigo. Su pequeña vena de locura la hacía identificarse con el miserable hombre, su empatía la llevó casi hasta las lágrimas. Preguntó entonces al tío Stan el porqué de tal escena. Él se dignó a responder que aquel hombrecillo estaba senil y que probablemente era una carga.
—Cuando tu estés senil, quieres que te tratemos así? — le dijo Mabel, de manera indignada y tajante.
Esto remeció un poco el espíritu del viejo Stan quien, entre el rechazo anterior de sus sobrinos y la aparición del locuaz personaje, la que había servido como ominoso recordatorio de su propia mortalidad, estaba extrañamente sensible. Dipper, mientras tanto, estaba sumido, como de costumbre, en sus propios pensamientos: se preguntaba un millar de cosas.
El tío Stan, luego de unos segundos de pasmo, reacciono.
—O.K, Mabel, ¿que quieres?
Mabel reafirmó su sensación de mártir, esta vez elevándose en su mente al rango de beata diciendo:
—Hablemos con el señor, ese que correteo al afable viejecillo, quizás lo hagamos entrar en razón.
El tío Stan, en su ya mencionado estado de sensibilidad, se vio conmovido por la actitud altruista de su sobrina. Accedió, sorprendentemente, sin rezonga y decidieron marchar a ver al caballero que habitaba en la cabaña. Dipper tardo unos segundos en darse cuenta de que estaba solo y los siguió.
Su aproximación a la cabaña no pasó desapercibida. El hombre salió nuevamente y preguntó rápido y algo enojado que querían. Mabel, entonces, se adelantó y dijo:
— ¿Por qué trata así a ese pobre hombre que, además, es su padre? ¿Que crimen cometió digno de tal escarmiento?
La mirada tierna, si bien acusadora, acompañada de lo rimbombante de las palabras de la chiquilla acabaron de enfriar el excitado ánimo del hombre. Suspiró y se hincó.
—Niña, ese pobre señor está mal de la cabeza, no vale la pena tratar con él, lo sé, lo he intentado, ha estado en ese estado desde que me acuerdo —respondió.
Dipper, una vez, fue adalid de la curiosidad y preguntó.
—¿Cómo es que acabo así? Si se puede saber.
El hombre, quien como Stan, tenía buen ojo para los negocios, estaba, también como este último, en extremo solo. Esta compañía no le venía nada de mal así que, con un aire comprensivo le respondió a los gemelos.
—Les diré algo: si convencen a su abuelo de comprarme algunas carnadas les contaré y mostraré todo lo que tengo y lo que sé.
Rogaron con el porte y la mirada los gemelos al tío Stan, quien una vez más acepto. Entraron los tres y el hombre a la cabaña.
