Capítulo ocho
Nuevos aires
Tanto Ann como ella se quedaron completamente pasmadas al ver el letrero de "cerrado" en la puerta. La japonesa revisó su reloj, frunciendo el ceño y mirando hacia el interior hasta llegar a tocar, pero nadie abrió. Sakuno, a su lado, miraba inquieta hacia el suelo.
—Esto es realmente extraño. ¿A ti te dijeron algo sobre que cerrarían? Creí que podríamos habernos retrasado en las clases de literatura, pero es imposible. Debería de estar abierto.
Afirmó por quinta vez desde que habían llegado. Ann ya parecía una sospechosa que quisiera robar en el bar-restaurante. Pero no se atrevía a pedirle que se detuviera. Pese a que habían pasado tres meses juntas, todavía sentía cierta vergüenza al contacto con ella. Así como Tomoka era un torbellino que siempre terminaba abrazándola, Ann le producía cierta necesidad de precaución por culpa de su temperamento decidido.
No solo con Ann habían cambiado las cosas en esos tres meses. Había logrado entrar en el grupo de literatura con Kintaro en la cabeza de todo. Era raro ver al alocado chico encargarse de un lugar que necesitaba silencio y tranquilidad. Pero extrañamente, y gracias al "sub capitán" Shiraishi, el grupo iba viento en popa.
Y si la relación con el pelirrojo volvía a ser la misma que tenían de niños, con Ryoma se había vuelto difícil. Si bien el chico continuaba cuidándola de forma que ella jamás se enterara, la relación se había ido decayendo por culpa del trabajo que mantenía ocupado al chico la mayor parte del día y al cual molestaba sus visitas al bar por las mañanas junto con Ann. No le incordiaba que Ann demostrara que pensaba llevar siempre una pasional relación con Momoshiro, es que según le había explicado éste, a Ryoma le repateaban las miradas obscenas de algunas trabajadores de obra o de algunos ejecutivos. Cuando el bar era más bar que restaurante, era normal verlos pululando por ahí para comer o merendar.
Muchas veces había escuchado sus frases y no eran muy agradables, por supuesto. Todos hablaban de ella como si nunca estuviera presente, seguramente, porque ignoraban que una Española como era ella, supiera y entendiera perfectamente el Japonés. Pero Momoshiro había creado una buena estrategia que consistía en esperar y cuando se pusieran más pesados, hablarle en japonés. Cuando ella contestaba, los hombres agachaban la cabeza, pagaban rápidamente y se marchaban. Otros no, se quedaban avergonzados, aunque terminaban saliendo por patas cuando Ryoma salía al exterior al ser llamado por Takeshi. No es que Ryoma impusiera miedo o respeto: Es que era uno de los jefes.
Cuando finalmente Ann se cansó de dar golpes al cristal, ella había recordado que Ryoma le había comentado a media lengua y en su escaso parlamento, que hoy se reuniría con Momoshiro en el piso. Al parecer, necesitaban discutir algo que solo en privado podría hacerse. Cuando se lo explicó a Tachibana, ésta casi le arrancó el brazo al estirar de ella hasta su casa. Y tal y como sabía, los dos chicos se encontraban ahí, con papeles revueltos a su alrededor.
—Pero, ¿dónde demonios os habíais metidos? ¿Por qué el bar no está abierto?
Momoshiro fue el primero en ponerse en pie y sacudirse los pantalones para que cubriera sus piernas. Con gesto serio, se acercó a ellas, tomándolas de las manos. Instintivamente, se encogió. Pero por lo visto, sus nuevos amigos habían decidido no atormentarse por ese hecho y la mano de Takeshi continuó apretando la suya gentilmente. Parpadeó y se humedeció los labios.
—Chicas, necesitamos vuestra ayuda.
Ambas mujeres se miraron para mirar a los hombres. Ryoma bostezaba, con las cejas ligeramente fruncidas: Mala señal. Se liberó con la mejor posibilidad de no ser brusca del roce y corrió a sentarse junto a él. Ann se llevó las manos a las caderas y esperó impaciente una explicación. Al no obtenerla, su imaginación pareció volar.
—Ya lo entiendo: Habéis dejado preñada a una de las clientas.
Los ojos de los dos jóvenes se abrieron desmesuradamente, mirándola con reproche y una negativa escapó de sus labios. Mientras Ann se enzarzó en una pelea absurda sobre si era mentira o no con ellos dos, aprovechó la ocasión para cotillear acerca de aquellas misteriosas y arrugadas hojas. Momentos después, tiró de la blusa de Ann. Tachibana la miró desconcertada y acalorada.
—Ann…esto es… otra cosa. No han hecho nada malo. Ellos solo necesitan crear novedades, como todos los lugares públicos.
—Exactamente— zanjó Momoshiro cruzándose de brazos—, mira que eres mal pensada, mujer. Lo que sucede es que no se nos ocurre qué hacer. Ya tenemos suficiente clientela, pero creemos que de vez en cuando podemos agradecerles ser tan leales de algún modo. Pero como tenemos mujeres y hombres, no sabemos qué hacer exactamente.
—Podríais alternar los días precisamente. Una semana hacer una noche exclusivamente para mujeres y otra para hombres. Lo que cambiaría sería qué hacer.
—Que lista— gruñó Ryoma bostezando.
—Eso lo tenemos claro, Ann. Pero qué hacer. Ese es el dilema. No creo que traer hombres y mujeres de baile sea correcto. Sí es cierto que tenemos sitio para poder traer de vez en cuando grupos de música para cantar, pero no sé…
—Pases de modelos…
Las palabras habían escapado de su boca y cuando todos los ojos pararon sobre ella casi sintió la necesidad de que la tierra la tragara. Ann sonrió ampliamente, tomándola de las manos.
—Eso… ¡Es genial! Podrías ser un nuevo lugar para cazatalentos. Takeshi, tú tienes mucha gente del mundillo que conoces. La plataforma que hay es perfecta para ello. Un mes desfilan hombres y otro, mujeres. No se pagará entrada, pero puedes subir un pelín las bebidas. Estoy segura que con chicos tan apuestos como vosotros no tendrás problemas de conseguir modelos.
—También se pueden buscar en academias. Podría hablar con un colega que abrió una hace poco. Igual le interesa y todo.
—Sí. ¿Ya está solucionado?
—No del todo, Ann— respondió Momoshiro cruzándose de brazos— Con eso tenemos para un par de meses de distracción. ¿Qué más podríamos hacer?
Los arilados ojos se posaron sobre ella, observándola con detenimiento para posarlos después sobre Ryoma. Éste arqueó una ceja.
—Como también somos de lujo… creo que no estaría mal que tú madre viniera a firmar libros y de paso, podríamos poner una noche de lectura. Alguien lee dulcemente un libro mientras nuestros clientes cenan. Podríamos llamarlo: "La noche del romanticismo". Sakuno podría escribir algo y exponerlo. Quizás se hace famosa.
Agrandó los ojos, retrocedió y movió las manos. Ann mostró una sonrisa retorcida.
—Vaya, vaya. Justo en literatura tenemos un trabajo muy interesante. Chicos, guardad la noche del viernes para ella. Leerá.
—Ah…. Nh….
Las palabras parecían haberse esfumado de su garganta. El aire no revotaba lo que quería decir. Defenderse y negarse. Tendría que hacer lo que los demás querían… nuevamente. Aunque no era mala idea, le resultaba incómodo leer algo que no llegaba a la altura ni de una buena nota.
Tal y como Ann había dicho, tenían que entregar un trabajo escrito en leves líneas sobre un libro que habían recientemente leído y pretendía inspirarlas sin llegar al plagio. Ninguna de las solas notas que pudieran ser interpretadas en el libro estaban permitidas. La inspiración tenía que venir por sí mismo.
Pero llevaba tres días poniéndose ante una hoja en blanco y no sucedía nada. No le llegaba esa inspiración que tanto ansiaba para poder aprobar. Y encima, ahora tenía mayor estrés que antes con la idea de tener que leerlo ante un montón de gente.
Cuando Ann y Momoshiro se marcharon, comprendió que solo una persona podría darle el consejo que necesitaba y no, no era el hombre que estaba roncando en la cama. Lo miró de reojo y suspiró. Finalmente, Ryoma también había terminado cansándose de ella y si no la echaba de casa seguramente sería por miedo a que Rinko le diera un buen rapapolvo. Pero seguía teniendo miedo de vivir sola y por algún motivo que no comprendía, Ryoma continuaba pareciéndole el muro que podía protegerla.
— ¿Diga?
—Ah, Rinko… Esto…. Soy….
—Ah, ¡Sakuno! Justo estaba pensando en ti. ¿Cómo te va todo? ¡Qué suerte que me llames! ¿Ryoma se está portando bien o necesita una regañina?
Sonrió, Rinko continuaba siendo la misma de siempre.
—Sí, está bien. Duerme. Solo llamaba por una consulta… que bueno… igual encontrarás absurda pero… me gustaría poder obtener tu consejo y…
—Dispara.
Intentó explicarle lo mejor posible la situación. Rinko pareció pensárselo un poco hasta que finalmente pareció quedar convencida y hasta se la imaginó sonriendo.
—Te voy a dar un consejo que nunca falla, siempre y cuando, utilices personajes propios. Escucha bien…
Sonrió mientras la escuchaba hablar. Era algo que siempre le había gustado. Rinko hablaba sabiamente y ella aprendía las cosas que debía de aprender sin perder detalle alguno de la conversación. Ni siquiera ahora, cuando Ryoma se despertó y apareció, rascándose las zonas íntimas y mirándola con perplejidad y un gruñido. Seguramente, las voces le habrían confundido y querría ver qué pasaba. Cuando se dio cuenta de qué estaba haciendo, se posicionó a su lado y mostró la mano en espera de que le pasara el teléfono. Ella accedió y lo dejó a solas, aprovechando la ocasión para ponerse el pijama.
Ya no le incomodaba compartir del todo la casa con él. No era lo mismo que cuando estaban cobijados bajo las alas de Rinko y Nanjiro. Ahora eran adultos y Vivian por sí mismos. Lo peor de todo es que por culpa de sus estudios no podía ayudar a Ryoma con la casa. En pocas palabras, él compraba la comida. Él compraba los muebles y hasta él compraba su ropa. El poco dinero que había logrado ahorrar durante su vida se había esfumado terriblemente gracias a los libros.
Pero convivir con un hombre nunca era fácil. Pese a que en el bar era la mar de limpio y no le hacía ascos a limpiar una mesa sucia, en casa era otro teorema muy diferente: No hacía nada. Era ella la que limpiaba, cocinaba y hasta la que le cosía los calzoncillos por pura vergüenza de ir a comprarle unos. Esperaba que en una noche que echara una caña al aire, no tuviera que caminar en calzoncillos.
—Oí, teléfono.
Parpadeó. Se miró las manos. Volvió a parpadear y le cerró la puerta en las narices. Este, era el más grave de los inconvenientes de convivir con él: Que no tenía el menor de los pudores.
Dejó el sujetador que sostenía entre las manos- que había mirado cuando Ryoma abrió la puerta- y se puso el pijama superior rápidamente. Ryoma le entregó el teléfono como si nada y bostezando, regresó a la cama. Rinko continuó hablándole sobre las vacaciones de verano que estaban por comenzar en España y la gran ilusión de tener unos días para ir a verlos. Claro que más bien era una indirecta para que fueran ellos. La idea de ver a Tomoka y Eiji estuvo a punto de hacerla caer en la trampa, además de la playa que daba en la misma puerta de la casa de los Echizen. Sin embargo… volver a España era meterse en la boca del sufrimiento de nuevo.
Pero también tenía que madurar de una vez. Ojeó el calendario a su lado y sonrió.
—Dentro de unas semanas tenemos una semana de vacaciones. Allí debe de hacer ya mucho calor, ¿Verdad? Creo que… intentaré ir.
—Os estaremos esperando, Saku-chan. Intenta convencer a Ryoma de que también venga. Por lo que me ha dicho, quiere que vaya a firmar alguno de mis libros a su restaurante… Pero no lo haré si no viene de vacaciones. Déjaselo bien clarito, por favor.
—Eh… intentaré.
Pero no prometía nada. Ryoma era de aquellos que una vez tomaba una decisión no la torcían. Era cabezón como él solo. El problema era exponerle lo que quería hacer sin que sonara demasiado gorrista, más, teniendo en cuenta que no trabaja. Pensó en buscar un trabajo, pero su japonés todavía era malo y no se entendía con la moneda. Le faltaba mucho todavía.
—Ryoma-kun… —murmuró al verlo despierto en la cama, estirando cuan largo era— Creí que… dormirías.
—No.
—Oh….
Se metió bajo las sábanas, observando distraídamente las arrugadas sobre el vientre masculino. Subían a la par de la respiración tranquila del chico. Aquel silencio la incomodaba. Se volvió para apagar la luz.
— ¿Leerás?
La pregunta la hizo dar un brinco. Siempre le había parecido que la voz del chico era demasiado sensible para sus oídos cuando la luz estaba apagada y se sentía desnudar sin que siquiera la tocara. Pero la pregunta la inquietaba más que todas esas inquietudes simultaneas.
—Yo… No… no sé… qué debería de hacer.
Echizen bufó, moviéndose ligeramente entre las sábanas.
—Haz lo que quieras hacer.
Se humedeció los labios.
—Y… y si… te dijera que… me gustaría ir de vacaciones a España con los titos.
El joven se removió sobre las sábanas, encendiendo la luz y parpadeando al verla escondida bajo las telas, dejando la visión únicamente de sus ojos y frente. Una perplejidad asombrosa que la hizo encogerse. No era enfado, era sorpresa. Probablemente, no estaría contento de que regresara a un lugar donde le habían hecho tanto daño. Se alegraba de esa comprensión.
—Quiero verles… y también a Tomoka y Eiji… los echo un poco de menos y…
Antes que terminara la frase, la puerta se hizo valer. Un estridente sonido no esperado a las dos de la mañana. Ryoma parpadeó, levantándose a regañadientes seguido de ella. Dos figuras sonrientes se dejaron ver a través de la puerta y un grito la hizo llevarse las manos a las orejas con deseos de evitar el estridente sonido. Las lágrimas se anidaron, sin embargo, en sus ojos. Las dos figuras se lanzaron sobre ella al instante, aplastándola entre sus brazos. Sintiéndose empequeñecida, su cuerpo no pareció hacer caso a sus años pasados y la dejó demostrar su ansiedad de querer verlos y abrazarlos. Buscó la mirada dorada, encontrándosela orgullosa y decidida: De nuevo, Ryoma había movido cartas sin que ella comprendiera. Y la petición de Rinko era una indirecta que esperaba que ella comprendiera, pero hasta este momento no lo comprendía.
— ¡Sakuno! ¡Saku! — Gritaron al unisonó.
Parpadeó, sintiendo las lágrimas ser cada vez más molestas, pero consiguió corresponder.
—Chicos… ¿Por qué estáis aquí?
Tomoka fue la primera en explicarse.
—Han comenzado las vacaciones de verano y como ambos hemos aprobado perfectamente, decidimos venir a veros.
—Aunque quien realmente nos convenció— aclaró Eiji sonriendo gatunamente— fue éste. Ryoma nos envió un mensaje de aviso y decidimos venir. Casi nos perdemos. Menos mal que Tomoka sabe japonés, Nya.
Sonrió feliz. No podía ocultarlo. Ryoma había vuelto a saber leer en sus barreras y mostrarle el camino correcto de lo que ansiaba. Probablemente, el peli verde que bostezaba apoyado en la puerta cerrada, se mereciera una buena dosis de paga de alquiler… si ella tuviera la fuerza necesaria para dárselo.
Tomoka y Eiji no tardaron en sentirse como en su casa y tras dejar las maletas a un lado, comenzaron a curiosear por la cocina, alegando no haber comido nada desde que habían subido al avión. Con una sonrisa decidida, les preparó uno de los nuevos platos japoneses que había aprendido en las clases de cocina de la universidad y gracias a dios, ambos quedaron totalmente satisfechos. Mientras, Ryoma decidió volver a acaparar la cama y desde luego, de ahí no se movería hasta que la alarma del despertador sonara. Por tal de que el joven descansara, cerró la puerta y sacó tres futones que recientemente habían comprando por culpa de Momoshiro y de Ann, que siempre terminaban acoplados por alguna que otra razón.
Eiji se mostró totalmente cariñoso con ambas hasta que terminó cayendo rendido en uno de los futones y Tomoka sonreía mientras se esforzaba por hablar bajo para no despertar a ninguno de los chicos. Especialmente a Ryoma, tras enterarse que trabajaba. Había quedado claro que las ganas de visitar el restaurante eran tan inmensas que las ideas se le veían a través de los ojos. Sakuno no podía hacer más que sonreír y jugar con el filo de la bata del pijama de Tomoka, hasta que sufrió uno de los asfixiantes abrazos de su mejor amiga.
—Muchas… muchas gracias por venir a vernos…— agradeció sinceramente, sintiendo una sonrisa cálida de los labios de Osakada.
—Has cambiado mucho, Sakuno. En éste tiempo has logrado hacerte más fuerte que nunca. Me gusta. Sigue creciendo, mi pequeña amiga.
Sonrió agradecido y entre los brazos de su mejor amiga, se quedó dormida hasta el día siguiente. Cuando despertó, Tomoka no estaba. Eiji dormía mientras se rascaba el vientre y aseguraba entre sueños que no podía beber más leche mientras su boca se retorcía felinamente. Parpadeando y entre sueños, buscó la hora con su adormecida mirada. Las doce y media. El sonido del teléfono la hizo dar un brinco y nada más cogerlo, la gruñona voz de Momoshiro la asustó. El chico cambió radicalmente al descubrir que era ella y no Ryoma quien había contestado, demandándole por qué su compañero de piso no había ido a trabajar.
Se asustó nada más pensar que le pasar algo, pero no era así. Es que Ryoma no había salido de casa. Sus zapatillas estaban en el casillero. Su abrigo colgado y las llaves de la casa en el cenicero de siempre. La casa no olía al perfume que solía echarse y tampoco quedaban restos de un vaso de leche utilizado. Tras asegurarle a Momoshiro que iría enseguida a averiguarlo, entró en la habitación. La luz apagada dejaba ver las formas masculinas del chico dormido en la cama y la idea de que olvidara de poner el despertador la hizo sonreír. O quizás, el maltratado aparato había decidido rendirse y no volver a sonar.
Se acercó lentamente hasta la cama. Ya sabía mejor que nadie que Ryoma podía dar algún que otro movimiento brusco cuando se le despertaba. Desorientado, siempre solía mover el brazo izquierdo como defensa. Pero esta vez, fue diferente. Un despertar que no esperaba. Los dorados ojos la observaron con frustración y un parpadeó inesperado, que se convirtió en sorpresa. Igual que si hubiera visto un fantasma, el joven la sujetó de los brazos hasta que protestó y se giró como endemoniado hasta la pequeña figura que se dejaba ver por debajo de las ropas. Una maldición la hizo retroceder y correr hasta el salón, cerrando la puerta, respirando agitada y colorada. Eiji se despertó justo cuando cerró la puerta y la observó asustado entre sus ojos adormilados.
— ¿Ocurre algo, Sakuno? Estás totalmente colorada.
Sonrió obligatoriamente y movió la cabeza de lado a lado, buscando sus cosas rápidamente. Con la misma rapidez, la puerta se abrió. Ryoma parpadeó, buscándola con la mirada y cuando finalmente la halló, la sujetó de los hombros, queriendo que le mirase.
—Oí, esto no…
—Ryoma-kun no tiene que darme explicaciones— Interrumpió rápidamente, encogiéndose con gesto de miedo, sabiendo que él la soltaría—. Ryoma-kun es libre de hacer lo que quiera. Siento… haber molestado. Solo quería decirte que momo está preocupado por ti y… nada más. Llego tarde… a clases.
Sin añadir nada más y con el rostro a punto de explotarle de vergüenza, logró escapar. Su etapa aprendida de huidas por tal de no recibir más de lo necesario pareció darle las alas necesarias para evitar encontrarse con la realidad que él mismo le había explicado sin hablar. Ryoma y Tomoka habían compartido la cama y no para dormir exactamente. Ella, no necesitaba explicaciones, pero sí que sabía que necesitaría un trabajo para poder pagar el alquiler, porque sus labios nunca más volverían a ser poseídos por los jóvenes audaces de Ryoma Echizen.
n/a
Bien. Continuacion. Si quieren saber qué pasó para que tardara visiten el lj. Ya digo que todo aquel que me acuse, se acusará a sí mismo. Si quieres rapidez, escribe tú. Los escritores somos personas, no máquinas.
