Había sido peor en Guam…
O cuando grabó el vídeo para sus padres…
Ren tiene los ojos cerrados mientras la peluquera le lava el cabello para retirar los restos de tinte.
Esta vez no será la grabación de un momento privado para sus padres, ni una prueba para consigo mismo. Demonios, ni siquiera tendrá que ser Corn…
No, esta vez tendrá que seguir siendo Tsuruga Ren pero dolorosamente más cerca de quien realmente es…
Y Kyoko… Por todos los cielos, Kyoko es una bomba de la que no se sabe si explotará o no…
Anoche, cuando la llamó, con el pretexto de saber cómo le iba en el rodaje (porque es lo propio de un sempai, agh), tan solo quería prepararla un poco para el shock que supondría verlo así. Pero quizás (y esto es lo más probable) sería más shock para él, el tener que enfrentarla siendo más él, y menos la persona que ella está acostumbrada a ver.
Al menos físicamente. Pero estamos hablando de Kyoko, señores, Kyoko y su superpoder antropométrico, con un ojo entrenado para la medida y la mentira.
—¿Teñirse, Tsuruga-san? —preguntó ella.
—Sí, por exigencias del guión, me temo —contestó él, con medias verdades… Pero hombre de Dios, una media verdad sigue siendo una mentira…
—Hmm, será interesante de ver… —murmuró ella—. No consigo imaginar a Tsuruga-san de ninguna otra forma.
Y Ren sabía que era cierto, porque el Corn que ella conocía y el hombre al otro lado del teléfono, para Kyoko eran dos seres independientes, y que jamás se mezclarían en su cabeza ni en su corazón…
A no ser, claro, que tuviera delante precisamente al eslabón intermedio entre los dos…
Lo dicho, una bomba…
—Listo, Tsuruga-san —La voz suave de la peluquera interrumpe sus pensamientos.
Ren abre los ojos y el espejo le devuelve la imagen de alguien demasiado parecido a Kuon.
A Kyoko le gustaba trabajar con Momose-san. Su Himawari era divertida, vanidosa y no tenía reparos en manifestar su afecto por su Meiko. Kyoko encontraba fascinante su forma de actuar esa despreocupación por los hombres, mientras fuera de escena mantenía a Kijima-san a un brazo entero de distancia. Él no la estaba cortejando ni mucho menos (o eso pensaba ella), pero parecía ser la clase de hombre dispuesto a aprovechar la mínima abertura para colarse dentro. Iugh, sí, el símil era horroroso. Ni que fuera un ladrón o algo así…
Pero para Kyoko era maravilloso tener de una mejor amiga cariñosa, aunque fuera en la ficción, porque demonios, cualquiera era más cariñosa que Moko-san… Pero visto lo visto, eso ya era todo un avance en la clase de papeles atípicos que le había tocado interpretar…
Y además, pensar en la amistad siempre era mejor que pensar en el romance que tendría que actuar…
—Kyouko-san, permítenos —le dice una de las peluqueras.
—Oh, sí, por supuesto —responde ella, sentándose en una de esas sillas de tijera para los actores, detrás de las cámaras. La mujer le sonríe y Kyoko lo hace a su vez, mientras la (des)peina y otras compañeras repasan y retocan su maquillaje para la siguiente escena.
Hace más de una semana que comenzó el rodaje y Kyoko no tiene más que elogios (sinceros y nada exagerados, por favor) para con sus compañeros. Sin embargo, hoy no puede evitar que las maripositas vuelen nerviosas en la boca del estómago. Hoy tiene su primera escena con él…
Nada de romance (aún, susurró una vocecita traicionera en su cabeza), así que de momento estaba a salvo, pero siempre era un desafío actuar junto a él. Echaba de menos esos momentos en que la actuación de él la desafiaba a dar lo mejor de sí misma como actriz. Ella no sería una tontita más, que babeara durante su escena con él, no, señores. Ella lucharía por ser su igual y llegar a su nivel…
Kyoko lo ve entrar en el plató y cruzar la sala para saludar al director. También viene Yashiro-san con él, pero ¿a quién demonios le importa Yashiro-san ahora mismo?
Especialmente cuando te olvidas de respirar al ver al hombre al que admiras (y amas, chica, no se te olvide eso) así…
Kyoko no sabe qué sentir con respecto a esa desacostumbrada barba. Bueno, no es, en sentido estricto, una barba. Es más una muestra de falta de aseo (huy, no, eso no… Que los dioses la perdonen, porque Tsuruga-san puede ser cualquier cosa menos desaseado), mejor dicho, de no afeitarse durante días. Es…, ¿poco elegante?, ¿descuidada?, ¿demasiado casual?, ¿endiabladamente sexy?, y absolutamente en contra de la cuidada imagen pública de Tsuruga-san… Y por hacer uso de la jerga propia del dorama, debería decirse very Tsuruga unlike…
Pero incluso así…
Parecía otro, bueno, no, o sí… O no… Definitivamente era Tsuruga-san, pero a la vez no.
Sí, chica, recuerda respirar. Respira… Respira…
—Buenos días, Mogami-san —saluda él, con la misma voz amable de siempre. Kyoko da un respingo en su silla. ¡Demonios! ¿Cuándo se le acercó?
Ella parpadea y se queda mirándolo. Sus dulces ojos castaños y la ligera tensión en su postura deberían haberle dicho algo, pero Kyoko aún está lidiando con esa nueva imagen suya, tan de otro, tan él…, y los efectos que suscita en ella.
—Tsu…, Tsu…, Tsu… —empieza a decir ella al fin. Por alguna razón, a Ren los balbuceos de Kyoko le recordaron un trenecito de vapor, de esos de los de antes… Pero nada lo había preparado para el berrido que vino a continuación—, ¡Tsuruga-saaaaaaaan!
Medio plató se detuvo en seco al escuchar el alarido, la otra mitad echó una mirada y cuando confirmaron que procedía de la joven actriz, continuaron con sus quehaceres. Excéntrica, era una palabra que asociaban con ella. Aparte de profesional, trabajadora, amable…, y todo eso… Pero excéntrica, a fin de cuentas…
—¿Mogami-san? —preguntó Ren, aún con el grito resonando dentro de su cabeza. Él esperaba alguna reacción, por supuesto. Quizás algo más en la línea de "Sé-que-eres-Corn", pero con Kyoko nunca se sabe…
—Es injusto, el mundo es terriblemente injusto… —dice Kyoko, llevándose las manos al pecho, mientras gruesos lagrimones empiezan a deslizarse por sus mejillas, y las chicas de maquillaje se encogen de metafórico espanto al ver el desastre que se está haciendo la muchacha… Se le están enrojeciendo los ojos, se le está hinchando la nariz, y está haciendo un pucherito de niña chica abatida por las injusticias del mundo. Una de ellas le pasa discretamente un pañuelo de papel, pero nada hay discreto en la forma en que Kyoko lo usa… Se tapa la nariz con el pañuelo e inhala, llevándose hacia arriba lo que estaría mejor fuera (en el pañuelo, obviamente), pero es que en Japón jamás se suenan la nariz en público. Es tremendamente grosero, y Kyoko jamás cometería esa falta de etiqueta. Otro pañuelo limpio aparece en su campo de visión y ella lo emplea esta vez para secarse los ojos, terminando de 'arreglar' su esmerado maquillaje—. Tsu…, Tsu…, Tsu… —vuelve a repetir Kyoko, tratando de respirar mejor, al menos para hilar una frase entera—, Tsuruga-san parece el primo rebelde de un hada y a mí me convierten en… —suspira, a la vez que hace un gesto en torno a su rostro con las dos manos aún empañueladas—, en esto…
—¿Disculpa? —pregunta él, tratando de entender algo de lo que ha dicho.
—Los pelos, los tengo como si hubiera metido los dedos en un enchufe… —explica ella—. Mis mejillas parecen las de un personaje de anime, con dos círculos escandalosos, y tengo más pecas que estrellas hay en una constelación. Mientras que tú…
—Es un crimen, Kyouko-san, un verdadero crimen hacerte esto… —concordó la peluquera. Las chicas de maquillaje asintieron vigorosamente, y aprovecharon para acercarse a ella, con sus útiles de trabajo (y algún colirio), y tratar de arreglar el estropicio causado.
—La belleza está en el interior, Mogami-san… —le dice Yashiro-san, con la sana intención de traerle algún consuelo.
—Ya, ya… —responde ella, agitando una mano en el aire. Los lagrimones amenazaban con reaparecer—. ¿Pero tiene que ser tan adentro?
Ren rió entonces, y fue la suya una carcajada alta, clara, brillante, que hizo que las mejillas de Kyoko se encendieran, aunque por cosas del maquillaje no se notó demasiado.
—Tú eres hermosa por dentro y por fuera, Mogami-san —dice Ren. Kyoko abrió mucho los ojos ante esas inesperadas palabras (Yashiro también; y la peluquera; y las dos chicas de maquillaje; y cualquier otro que estuviera lo suficientemente cerca como para oírlas)—. Ni siquiera el maquillaje puede ocultar eso…
—¡Tsuruga-san! —exclamó Kyoko, sobresaltando (una vez más) a todo el mundo—. Definitivamente los productos químicos del tinte te han dejado el cerebro frito.
—¿Qué? —pregunta él. Aunque no debería sorprenderle. Kyoko tiene una habilidad innata en desviar cualquier bola curva que le lancen…
—Yashiro-san, por favor, encárgate tú —le pide ella, mirando a su mánager.
—Kyoko-chan, ¿de qué hablas? —le pregunta Yukihito a su vez.
Ella suspira, ignorando todas las alarmas de su cabeza, antes de responderle.
—De un oculista para Tsuruga-san, por supuesto. Tienes que pedirle cita.
