No puedo menos que pedir una disculpa por tanto tiempo que he tenido relegada, más no olvidada, esta historia. Lo reconozco, me está costando trabajo sacarla adelante. Pero como soy muy necia, pues ando aquí todavía. Espero y aún la recuerden y le sigan dando la oportunidad de continuar al aire. Gracias a todos los que me han honrado con su preferencia.


EL AMOR... NO LLEVA CUENTA DEL MAL

A. Hay una expresión bastante conocida, muy espontánea. Si nos molestan, fastidian o nos ofenden, surge la sentencia popular y personal: ¡ME LA PAGAS! O ¡VAS A VER! Y las más de las veces se acompaña con un signo bien reconocido: se muestra la palma de la mano moviéndola hacia adelante y hacia atrás marcando con esa señal el énfasis que se quiere imprimir a la inquebrantable amenaza...En ese caso el "cobrador" de la dignidad ofendida, se vuelve nuevo intérprete de la Ley del Talión, o sea la ley mosaica que establecía "ojo por ojo" "diente por diente".

B. Esta fórmula en las relaciones humanas intenta guardar el orden en la justicia casi matemática y material. Una justicia que exige con medida exacta, la cantidad de pena, por la cantidad de culpa. En cambio la caridad supera enormemente la justicia, no en la cantidad, sino en la calidad. Cambia el orden matemático, por el orden afectivo. Por eso, la caridad no lleva cuentas... la caridad no sabe contar...

C. "Perdono, pero no olvido" es otra frase demasiado común. Falsa y contradictoria. Terriblemente anticristiano. El pretendido perdón declarado se viene por tierra, si con la memoria seguimos llevando la "cuenta" de los agravios. Qué diferente el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo quien no solo olvidaba las ofensas sino que lograba encontrarles explicación y disculpa. En el momento culminante de su amor, desde la Cruz, nos legó el testamento invaluable de aquella Palabra Divina, a favor de sus verdugos, excediendo toda justicia y revelando la máxima caridad cuando dijo: "PERDONALOS, PADRE, POROUE NO SABEN LO QUE HACEN..."


Antes de retomar la historia de los rubios, quienes son los principales protagonistas, haré un pequeño paréntesis para una aparición de nuestro actor favorito, quien merece la oportunidad de cerrar ciclos. Y además, creo que la frase que da título a este capítulo, queda que ni pintada para la relación de Terry Grandchester y Eleanor Baker.


Terry despertó con un dolor de cabeza horrible; además, sus ojos no aguantaban la luz que se filtraba a través de las cortinas que ocultaban la ventana de su diminuta alcoba, y los ruidos que surgían de la igualmente pequeña cocina le taladraban los oídos.

-¡Demonios! –exclamó.

Acabó por levantarse, mareado y con malestar general, probó dar un par de pasos para dirigirse al baño y mientras hacía uso del servicio, luchó por mantener el control de su estómago, que insistía en jugar a la ruleta rusa, viendo si podía ganar la apuesta contra el deseo de vomitar que experimentaba el joven actor. Mascullando una sarta de malas palabras, Terry salió del baño, todavía no muy seguro de sus pasos.

Se quedó de una pieza cuando un par de ojos azules, idénticos a los suyos, se toparon con su rostro demacrado. La mente embotada del muchacho no había procesado que el ruido que escuchaba tenía que ser producido por alguien en la cocina, y al contrario de cuando vivía en Nueva York, en Rockstow no había contratado una mucama que se ocupara de la casa.

-¿Madre? –preguntó incrédulo-. ¿Qué haces aquí?

Eleanor Baker sonrió un tanto avergonzada y un tanto cariñosa; la charla que había sostenido con Candy le había dado el valor para acercarse a su hijo, a pesar del rechazo que ambos se habían expresado en diferentes ocasiones.

-Vine por ti, Terry –acabó por confesar Eleanor-. Ven, creo que necesitas un buen desayuno.

El estómago de Terry continuaba dando vueltas.

-No estoy muy seguro de eso –meneó la cabeza y sus ojos se tornaron acerados-. ¿Qué deseas aquí? –preguntó.

-Ya te lo dije, vine por ti –Eleanor le indicó la mesa de la cocina-. Ven a sentarte, hablaremos más cómodamente.

Terry acabó por ceder, molesto y escéptico por la presencia de su madre en su departamento. Aceptó un vaso de jugo de naranja, que con lo fresco le asentó el estómago y su mente comenzó a despejarse igualmente. Pudo darse cuenta de que, en unas pocas horas, la mano femenina se había dedicado a recoger el desorden que tenía en el minúsculo cuarto que ocupaba. Cuando se llevó a la boca el primer bocado del desayuno, que dicho sea de paso, era la primera comida decente que probaba en meses, una idea se le vino a la mente.

-¿Tú estuviste en el teatro anoche? –preguntó a su madre, sentada frente a él.

Recordó una rizada y rubia cabellera y el grito agudo de una mujer que pedía le respetaran. Su mente y su dignidad reaccionaron y pudo levantarse y terminar su actuación, con la misma maestría que había demostrado en Nueva York, al representar "Romeo y Julieta". ¿Qué hacía ahí perdiendo el tiempo? Su lugar se encontraba bajo las candilejas de los mejores teatros del mundo, actuando y ganándose la admiración y el aplauso del público, no en tugurios de mala muerte, ante un público ahíto de alcohol y de baja estofa, que más que aplausos, le lanzaba improperios, ahogando los diálogos que él recitaba.

-No, Terry, no fui yo quien estuvo contigo en esa carpa –precisó Eleanor y bajó los ojos llenos de pena-. Fue Candice White.

-¡Candy vino a buscarme! –el corazón de Terry saltó, alegre por un momento.

-No, Terry –la voz seria de Eleanor acabó con esa efímera alegría-. Eso pensé yo y la esperé fuera de la carpa para hablar con ella –aspiró profundamente-. Quise convencerla de hablar contigo, pero se negó –titubeó un poco, no deseando lastimar a su hijo, pero tampoco podía dejarlo creer en algo erróneo-. Candy vino buscando a otra persona.

Se guardó, sin embargo, la revelación del amor de Candy hacia esa otra persona.

-Y viniste tú en su lugar –replicó Terry, enojado por la información de su madre y lo que implicaba.

Candy llegó a verle en uno de sus peores momentos; ni siquiera aquella vez que se presentó golpeado y herido, apestando a alcohol, cuando estudiaban en Londres, se sintió tan avergonzado como ahora. Acabó por aventar el tenedor y ponerse de pie, dándole la espalda a su madre.

-No te necesito –declaró, cruzándose de brazos-, así que puedes irte y volver a Nueva York, a tu carrera y a tu casa.

Eleanor se quedó paralizada, por un momento, pensó en tomarle la palabra a Terry y huir de ese lugar, lastimada por el tono frío de su hijo. Sin embargo, las palabras de Candy le vinieron a la mente, por una vez, debía actuar como la madre del joven.

-No, Terry. No me voy –apretó los labios por un momento, tomando valor-. Y claro que me necesitas.

-¡No es así! –se negó el muchacho, como un chiquillo petulante de dos años haciendo berrinche.

-Candy tiene razón, tú necesitas a alguien que te quiera. Y yo soy tu madre…

Terry la interrumpió con una carcajada burlona.

-¿Ahora te acuerdas? –preguntó sarcástico-. Y además, me dirás que hasta eres capaz de abandonar tu carrera por ayudarme.

Eleanor lo dejó desahogarse; después de todo, no pretendía que Terry le recibiera con los brazos abiertos. Un desayuno no compensaba años de abandono. ¿De qué servía invocar la crueldad del Duque de Grandchester al llevarse de su lado a Terry cuando era pequeño? De nada, puesto que cuando el muchacho la buscó por su propia iniciativa, ella misma se encargó de alejarle, anteponiendo su carrera a su amor maternal.

Si bien no solo Terry sufrió durante esos años de separación, no podía ella decirse que fuera el modelo de amor maternal. Debió buscarle, a pesar del océano de separación, a pesar de las amenazas del Duque contra su carrera y de las promesas de que Terry sería feliz, cosa que no era cierta. El daño hecho a su hijo no solo era responsabilidad de su padre, sino también de ella, su madre. Sin embargo, mientras hay vida, hay esperanza. No pretendía borrar el dolor sufrido, sino recomenzar su vida al lado de su hijo. Ya en los días pasados en Rockstow, buscando un acercamiento con Terry, esperando una brecha en el despectivo rechazo del muchacho, Eleanor había reflexionado sobre lo que haría si su hijo la aceptaba. Porque no podía quedarse solamente en un abrazo sentimental y no pensar en el futuro. Y el futuro era Terry, así de sencillo.

-¿Y si te dijera que sí, Terry? Que estoy dispuesta a ser tu madre y a dejar de ser actriz.

No le dijo nada más, sino que se le quedó mirando fijamente, esperando que Terry leyera su sinceridad en ellos. Los pocos segundos que transcurrieron, entre las miradas azules enganchadas, hasta la acción que siguió, les parecieron interminables a los dos.

-Mamá –murmuró Terry, para después derrumbarse en llanto, como un niño pequeño.

Hundió los hombros, y los sollozos estremecieron su cuerpo cansado y lastimado; Eleanor no soportó más y acudió a abrazarle, mientras sentía que sus propios ojos derramaban un sinfín de lágrimas, acorde con las de su hijo.

-Mamá –repitió Terry, refugiándose, por vez primera desde su primera infancia, entre los brazos de la mujer que le diera la vida.

-No digas nada –pidió Eleanor, con la voz ahogada.

¿Qué podían decir uno y otra? Aunque lo desearan, por ahora las lágrimas lavaban años de soledad y rencor. Sin embargo, el amor que sentían uno y otra era verdadero, porque era de los más puros creados por Dios: entre madre e hijo. Ese amor perdonaría todos los errores de ambos, dejándolos en el pasado. Y, poco a poco, sanaría la persona de cada uno.

El amor maternal y filial, que Eleanor y Terry sentían uno por el otro, acabaría por crear lazos irrompibles a partir de ese momento. Terry dejó su amor por Candy de lado, mientras se sentía inundado por el amor de su madre y por su amor hacia su madre. No llevaría a cabo la condición de pedirle a Eleanor abandonara el teatro, puesto que él sentía por su carrera con la misma pasión que su progenitora. Por el contrario, años más tarde, compartirían el escenario y su talento, dando gran renombre a la compañía Strafford.

oOoOo

El calor del sol le envolvía como un delicioso abrigo y la vista del hermoso jardín le llenaba el corazón y el alma de amor. William Albert Andley dejaba divagar su mente mientras transcurría la mañana. Recordaba a Mal'ak y se preguntaba qué tan real había sido su encuentro. Le parecía un sueño sumamente vívido, y a diferencia de la mayoría de los sueños que tenía, no había olvidado ningún detalle ni las palabras que intercambió con el mensajero. Así, William Albert Andley peligraba al borde de sus sentimientos por Candy, ya no podía seguir negándolo a sí mismo: la amaba más que a su propia vida y, al mirar a través del enorme ventanal, tan claro y transparente, las bellísimas rosas, herencia de Rosemary y Anthony, un profundo suspiro surgió suavemente de su pecho. Candy, la menuda figura femenina, llena de rizos rubios y pecas sobre la orgullosa y altiva naricilla le deleitó la mente; podía verla claramente entre las rosas Dulce Candy. Sonrió al recordar la sonrisa de Candy y el varón acabó por cerrar los ojos, disfrutando el silencio, sólo interrumpido por los trinos de la multitud de pajarillos que visitaban el enorme jardín. A fuerza de pensar y reflexionar, en la quietud de la mañana, empezaba a dormitar, sintiéndose cómodo en el sillón de cuero y recibiendo el calor del sol, cuando escuchó la puerta del solárium abrirse suavemente. De momento, pensó que sería el ama de llaves quien se atrevía a entrar al recinto, ansiosa de atender al joven patrón; sin embargo, la voz suave que le llamó, tuvo la virtud de espabilarle por completo, evitando por muy poco, el saltar y desvelar su identidad a la propietaria de esa voz.

-¿Tío abuelo William?

Candy se encontraba ahí, con voz temblorosa, la sorpresa le hizo esperar, como gato al acecho, a fin de averiguar qué había sucedido para que la chica llegase a Lakewood. La chica rubia, por su parte, temblaba visiblemente asustada ante el mutismo del hombre que ocupaba el sillón ante el enorme ventanal. La luz que entraba no le permitía distinguir ningún rasgo de su fisonomía y ella no se atrevía a acercarse al escritorio. Es más, tenía ganas de salir corriendo y no parar hasta Canadá, por lo que respiró profundamente, a fin de reunir el aire suficiente para dejar salir las siguientes palabras, que lo hicieron en tono tembloroso y más bajo de lo que pretendía.

-Tío abuelo, soy Candy –no sabiendo cómo continuar, a pesar de haberlo ensayado durante su viaje desde Chicago, tragó saliva y continuó con tono lento-. Yo… antes que nada quiero agradecerle todo lo que ha hecho por mí… y pedirle perdón por haber huido del Colegio San Pablo…

Candy se debatía entre mantener la voz serena, los ojos bajos y escudriñar el sillón. Si es que había alguien sentado en el mueble, no daba señales de estar enterado de su presencia. Los acontecimientos del día anterior cayeron en el ánimo de Candy y sus nervios comenzaron a traicionarla, temblaba visiblemente, triste por la situación en la que su padre adoptivo la había puesto y totalmente decepcionada. Además, estaba enojada por lo mismo y, como cereza del pastel, el amor que había cultivado hacia el anciano tío William, quien había tenido la gentileza de darle una familia, también estaba presente.

Jamás pensó en reclamarle airadamente su decisión de casarla con Neal. Seguramente, el patriarca pensaba que era lo mejor. Seguramente, él no conocía a Neal como le conocía ella. Seguramente, la tía abuela y Sarah Leagan habían abogado para esa unión.

Seguramente sufriría un colapso si el tío abuelo no se volvía hacia ella, a fin de que pudiese verle. Pero, al mismo tiempo, era un alivio no ver el rostro del insigne varón, mientras expresaba su negativa a obedecerle. Candy volvió a respirar profundamente, a fin de continuar con su soliloquio.

-Yo… tío abuelo… he venido a hablar con usted de algo muy importante… es decir, quiero pedirle algo muy importante.

"Eso ya lo dije" se horrorizó Candy, intentando encontrar la mejor manera de expresarse. Pudo, al fin, su carácter firme y expresó su sentir.

-Por favor, tío abuelo William, no me obligue a casarme con Neal Leagan, se lo ruego –el tono ansioso hablaba mejor que las palabras.

William se quedó helado cuando escuchó la petición. ¿Qué había sucedido? Ya no escuchaba claramente el torrente de palabras entrecortadas que Candy pronunciaba. Una sola idea le rondaba en la mente: su Candy obligada a casarse con Neal. Y el que se hubiese atrevido a llegar ante su presencia revelaba que su nombre había sido usado para lograr tan terrible fin. Acabó por volver el sillón a fin de dar la cara a Candy, sorprendiendo a la chica nuevamente con la vista baja, derramando una serie de lágrimas que resbalaban por sus mejillas y sin que ella se decidiera a enjugarlas; con voz suave y grave, William habló, a fin de que levantara la vista.

-¿Es todo lo que tienes que pedirme, Candy?

Candy se sacudió por la impresión. No podía creerlo, ante ella estaba Albert, vestido de negro, cómodamente sentado en un sillón de cuero, con tal actitud de dueño, que ella no acertó a dudar que ese era su lugar. Le vio ponerse de pie y comenzar a acercarse a ella, sintió un profundo mareo por la impresión y sus piernas comenzaron a flaquear, al comenzar el desvanecimiento.

-¡Candy!

William prácticamente saltó, alargando los brazos para evitar que cayese al piso y la menuda joven se vio nuevamente arropada en el abrazo firme, cálido y sereno del hombre que más amaba en su vida, sin pensar en nada, correspondió abrazando el torso del rubio, ocultando su rostro en el pecho de él, por lo que no pudo ver la sonrisa de satisfacción que iluminó el varonil rostro.

William confirmó que la amaba profundamente, deplorando el tiempo que estuvo separado de ella y totalmente arrepentido por causarle pesar con el ocultamiento de su verdadera identidad. En esos momentos, Candy no pensó en el tiempo que estuvo separada y en lo que sufrió por el silencio de William, pues el amor que sentía por él, acalló todo reproche que pudiese hacer.

El rubio varón acabó por llevarla al sofá y la hizo sentar, haciendo lo propio a su lado, muy pegado a ella.

-Albert, tú eres el tío abuelo… -comenzó Candy, cuando la emoción por volverle a ver, bajó un poco.

-Así es, Candy, mi nombre completo es William Albert Andley –respondió William con simpleza-. Es una historia muy larga y no hay versión corta, ¿quieres escucharla ahora? ¿o prefieres tomar la revancha dándome un buen golpe por haber callado tanto tiempo ante ti?

El tono de William sonaba entre arrepentido, sincero y de chanza, la rubia le miró con malos ojos, por unos momentos, leyendo en los ojos del rubio el pesar por todo lo sucedido.

-Primero cuéntame todo, y ya después decidiré qué hacer –respondió.

William le contó, a grandes rasgos, la historia de su familia y de su vida, viéndose interrumpido de vez en cuando, por Candy, quien pedía detalles de lo que escuchaba.

-Entonces, ¿la madre de Anthony era tu hermana? –preguntó sorprendida, en un momento dado.

Los dos fijaron su vista en un precioso retrato al óleo, que mostraba la esbelta figura de una hermosa dama rubia, con el rizado cabello recogido en un elaborado peinado y ojos verdes.

-Ella era mayor que yo, falleció a los pocos años que nació Anthony y yo me quedé prácticamente solo, con el peso del patriarcado sobre mí. La tía Aloy decidió mantener mi identidad en secreto y creó la personalidad del tío abuelo William, a fin de protegerme contra posibles maniobras que me despojaran de mi herencia.

William le contó sobre su rebeldía y sus escapatorias de casa, de su amor por la naturaleza. No se guardó nada, recordando las recomendaciones de Mal'ak, abriendo su corazón a Candy y mostrándole sus más íntimos sentimientos.

La mañana transcurrió con rapidez y, de pronto, se vieron interrumpidos por el ama de llaves, quien se sorprendió de ver a la joven en compañía de sir William; recomponiéndose con toda propiedad, les indicó que la comida estaba lista. La plática continuó en el comedor, donde Candy y Albert se sentaron muy cerca, a fin de no perder palabra uno de la otra.

-Debes estar hambrienta, pequeña –indicó William, cuando sirvieron la sopa.

-Más de lo que te imaginas –confesó Candy.

La noche anterior, con todo lo sucedido, Candy había perdido el apetito. Y llegando a la mansión, la sorpresa no dio lugar a pensar en comer. William aprovechó el momento para retomar la petición hecha por Candy al mítico tío abuelo.

-Candy, ¿qué sucedió? ¿Quién te dijo que yo pretendía casarte con Neal?

Candy sintió un peso en el estómago. Por lo que le había contado Albert, se daba cuenta que la anciana amaba como a un hijo propio al muchacho, hijo de su difunto hermano. Sin embargo, no quiso callar la verdad.

-Sarah y Eliza Leagan –dijo con cautela, poniendo a sus dos enemigas como principales culpables-. Me llamaron a la Mansión y la tía abuela me dijo que era orden tuya.

William apretó con fuerza los puños y sintió la sangre agolparse en sus venas, al latir su corazón más deprisa de lo normal, de igual manera, su respiración se hizo más rápida.

-Yo jamás ordenaría algo contra tus deseos –declaró, con voz contenida.

-Ahora lo sé –declaró Candy, sonriendo con inquietud ante la furia de Albert.

No iba dirigida contra ella y, sin embargo, le causaba cierto miedo. ¿Qué podría hacer él, siendo el patriarca del clan? Desde que ingresó en la familia Andley, había escuchado y tenía muy claro, por lo tanto, que lo que el patriarca decidía, era sagrado. Que sus órdenes se debían seguir al pie de la letra, sin contradicción alguna. Claro que eso no rezaba con ella cuando se decidió a abordar el ilustre personaje y abogar para no casarse con Neal; sin embargo, no podía negar que se sintió asustada ante la perspectiva de que el tío abuelo William no escuchara sus argumentos y continuara con la decisión de ese matrimonio. Gracias a Dios, no había sido así.

Su tutor, ya que no podía pensar en Albert como en su padre, no había ordenado nada para su futuro. Y por el contrario, estaba sumamente enojado por el mal uso de su nombre y de su autoridad de parte de la, hasta ahora, matriarca del clan.

Eso se iba a acabar.

-Albert… -se atrevió a decir Candy, preocupada por la tormenta que se adivinaba en la faz del rubio.

-Dame unos momentos, Candy –pidió William, cerrando los ojos por unos instantes y respirando profundamente.

Candy guardó silencio, terminaron la comida en el mismo, mientras que un torbellino de pensamientos continuaba dando vueltas en la mente de los dos rubios personajes. Ella misma respiró aliviada cuando vio que Albert relajaba tanto su rostro como sus apretados puños.

-Vamos al jardín, Candy, pasearemos hasta que caiga la noche –pidió William.

La fragancia de las rosas calmó los ánimos de Candy y de William; observaron en silencio, recordando ambos los alegres momentos que vivieron en el jardín, recordando a los amados ausentes: Rosemary y Anthony. El jardín continuaba ofreciendo rosas y llenando de belleza la mansión de Lakewood, convirtiéndolo en un lugar muy querido para ambos paseantes.

-Me trae tantos recuerdos –confesó Candy con suavidad.

-Igual a mí –replicó William, ya totalmente calmado-. Candy, tú no te casarás con Neal –declaró.

La mirada azul era firme y hasta gélida y Candy vio, por vez primera, al verdadero patriarca, al "tío abuelo William", hombre de firmes decisiones y cuyas palabras eran ley para su familia.

-Me encargaré de todo de ahora en adelante, pequeña –prometió.

Candy, preocupada por el futuro de los implicados, se atrevió a inquirir:

-¿Qué harás con los Leagan y con la tía abuela? Ella estaba preocupada, le dijeron que Neal se enlistaría al frente si no se casaba conmigo. Albert –le miró suplicante-, ella no quiere perder otro sobrino.

William observó la verde mirada llena de confianza en él. Candy no deseaba venganza, ni siquiera un justo castigo para una de las principales implicadas en tan sórdido asunto. Amén de abusar de la autoridad del jefe del clan, era una verdadera bajeza pretender casar a Candy con Neal, quien se comportaba con un patán con ella. El muchacho recordaba muy bien la vez que llegó a recogerla y le vio plantado para lo mismo. Si Neal se había visto implicado en la sucia treta para engañar a Candy, tendría que responder como un hombre ante él. No solo como patriarca, si no como…

Detuvo su pensamiento, por ahora, no quería hablar a Candy de sus sentimientos, primero tenía que poner en orden a su familia. Aloy Andley debía dejar de ser el rostro del clan ante la sociedad. Ese juego sucio suyo precipitaría la presentación del patriarca. El también sabía jugar con cartas marcadas.

-¿Te quedarías un par de días conmigo, Candy? –preguntó William-. Todavía tenemos mucho de qué hablar.

-De acuerdo –aceptó Candy, sonriendo ampliamente y logrando que el corazón de William latiera más rápido.

Candy confiaba totalmente en él, eso era evidente. El temido estallido de furia y decepción no había llegado, gracias a Dios. Hablar con el corazón en la mano le había ganado esa confianza.

La cena, a diferencia de la comida, estuvo llena de la charla de los dos rubios. Candy le habló de su búsqueda y de la ayuda del Doctor Martin para soportar ese tiempo, lo mismo que el apoyo recibido por parte de Archie, Annie y Patty.

-Mañana continuaremos –propuso William-. Descansa, Candy.

La muchacha fue despedida con un beso en la frente, precedida por el ama de llaves, quien arregló con rapidez la habitación que ocupara Candy en su breve paso por la mansión, recién adoptada por la familia. William la siguió con la mirada, hasta que se perdió de vista escaleras arriba.

oOoOo

El teléfono del departamento de George Johnson repiqueteó con insistencia, mientras que el dueño de la casa se apresuraba a responder, enfundado en una bata oscura.

-George –pidió William -, quiero que vengas a recoger a Candy dentro de dos días. La fiesta de compromiso no se puede llevar a cabo sin la novia presente, así que por ahora no me preocupo de la situación de los Leagan y de la tía Aloy.

George sonrió complacido. Su plan había funcionado, aunque apenas estaba recién echado a andar. William solo reclamó el silencio de su guardián al no informarle que Candy se dirigía a la mansión, pero por lo demás, todo tomaría su cauce correcto.

-Se hará como digas, William –aceptó.

Ahora, era cuestión de esperar las consecuencias de quienes osaron retar la autoridad del patriarca.

Continuará…

Lady Lyuva


Gracias a todos y todas quienes dediquen un ratito a leer esta historia (aunque tarde tanto en actualizarla). Les recuerdo que las reflexiones están tomadas de la página de Catholinec y que los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.

Nadia Andrew: Yo también adoro este himno. En nuestra boda, lo elegimos como una de las lecturas de la celebración. Gracias por tus hermosas palabras y ya sabes que te aprecio muchísimo.

Chiquita Andrew: sobrina, gracias por continuar con la lectura. Y sí, el verdadero amor no se irrita.

CandyFan72: Perdón por la tardanza, espero poder espuelear mejor a la musa, a fin de continuar con esta historia y no dejarla tanto tiempo.

Amigocha: Perdón por tanto tiempo sin actualizar, no pude cumplir tu petición. Pero aquí ando todavía.

Friditas: Muchísimas gracias, amiga querida, por darte un tiempecito y leer esta historia. Tú bien sabes cuánto adoro a mi mero amor hermoso y quisiera volverlo el héroe de todas mis historias, sin embargo, procuro ser versátil y controlarme. Gracias por tus hermosas palabras, sabes que la admiración es mutua, nena.

Stear's Girl: Te prometo no dejar mal parado al señorito, mira que gracias a ti, he aprendido a apreciarlo. El problema con él, es que ha sido muy mimado. Pero ese encontronazo por tratar de salirse con la suya sin importarle los medios, le será muy provechoso para madurar, te lo aseguro.

Josie: Gracias por tus buenos deseos, nena. Subo y bajo, aunque no me dejo ganar por la depre. He tenido que latiguear a la inspiración para que continúe trabajando y no deje esta historia inconclusa. Gracias por leer.

Clau Ardley: Tocayis, muchísimas gracias por tus palabras, a mí me encanta ese carácter arisco y brusco de Neal y estoy segura que en el fondo, es un buen chico. Simplemente, está muy mimado. Además, para efectos de la historia, sería muy joven cuando se le declaró a Candy, un adolescente, por lo cual, no mide consecuencias con tal de salirse con la suya.

Sabrina Weasley: Pareja, me has convencido (presionas duro, nena), el inventor volverá. Y te prometo que presionaré duro a la inspiración para continuar con la otra historia que tengo detenida.

A quienes leen en forma anónima, muchas gracias por darse un tiempecito y visitar esta historia. :)