-Capítulo Noveno-

El domingo necesitas amor

Losiento

Feliks

Un trozo del papelito, arrancado de una hoja más grande, se ha quedado enganchado debajo de la puerta. El mensaje cabe bien, pero las letras están muy juntas, redonditas, ladeadas como si estuviesen escritas en cursiva.

Toris se ha levantado para abrir la puerta, para su segunda oportunidad (amigos, amigos, pero por favor), y esa disculpa le sienta fatal a su cuerpo dolorido de nervios. Abre la puerta enseguida, pero no hay nadie, y apenas oye pasos, y ese algo que no quiere pensar que es parecido a la desesperación lo hace abrir la ventanita sobre su cama y asomarse, asomarse por segunda vez desde que entró a vivir allí.

La primera fue el primer día; esa le da la sensación de que ya no va a poder llamar 'hogar' al sitio en el que está su cama, y el pensamiento lo sacude por dentro (un pinchazo exagerado, amplificado). Tiene dentro, dentro, una espiral de nervios y de decepción y de rabia y de miedo y de todas las sensaciones negativas del mundo, más dolor psicosomático y más enfado inexplicable que nunca antes.

Con el mundo, consigo mismo por enviarle cartas cortas y feas a su padre y comportarse como si fuese idiota, con Feliks por, por, ¿por qué?, con Feliks por ser Feliks y...

Grita contra la almohada porque al menos quiere sus problemas solo para él.

—¡Qué imbécil!

No está seguro de saber de quién habla.


El alivio solo le dura hasta que pierde la casa de Toris de vista.

A Feliks los dibujos sin terminar se le clavan, y suelta un improperio en polaco, en voz baja, que en realidad sí que mitiga algo esa sensación molesta de que quizá lo que ha hecho está mal.

La opción de volverse y hacer el ridículo y confirmar, confirmar cosas que sabe pero quiere seguir ignorando le da vergüenza y un miedo sordo en el fondo de la garganta, como si ya se lo hubiese tragado.

Los dibujos no lo consuelan porque nunca le han salido bien los ojos de Toris, que le quedan planos y vacíos, por muy bien que reproduzca sus gestos.

Una vez en casa, Feliciano lo mira.

—¿Te ha dejado tirado?

—Sí. —La mentira se le escapa sola, con el mismo automatismo con el que estrecha la carpeta siempre—. Aunque igual hoy trabaja y se le olvidó cuando hablamos. Ya sabes cómo funcionan las cafeterías, ¿no? Y en el fondo es un despistado.

—¿De verdad? —Feliciano tiene los ojos profundos y tranquilos, color chocolate, y una presencia cálida y untuosa que le hace bien. Sonríe siempre y se le pega como si fuesen bostezos—. Pues mira que parece un chico serio cuando trabaja.

—Bueno, tú también trabajas en serio.

(Gracias a Dios, gracias a Dios por no haberse llevado esos comentarios de su lengua ni la cara entre ofendida y divertida de Feliciano, que nunca sabe qué contestarle.)


Por favor, vuelve a casa.

Por favor, vuelve a casa.

Es como darse cuenta de que se ha terminado el mes: Toris se levanta un día y ya ha dejado de ser enero, y piensa que en realidad su hogar es solo suyo. Como un anestésico.


El último día, Yekaterina rompe una taza con sus manos temblorosas de emoción y se echa a llorar mientras cierran el local.

Lleva varios días con una bola de alegría en el corazón, con el me voy a casar, me voy a casar, tintineándole como una campana en la cabeza. Piensa en el cambio de anillo y en el vestido que al final sí ha podido permitirse y en la iglesia, pequeña y apartada, y en que ojalá nieve, y en que ojalá Toris pueda venir.

Ella y su marido se olvidaron de hacer todas las invitaciones que tocaba y Toris ha sido de los que se han quedado sin, y recuerda que puso una cara rara cuando se lo dijo. Lo que más claro se le ha quedado ha sido la respuesta.

—No sé. Quiero decir, ¡sí, sí lo sé! Ah, claro que voy, mujer.

Lleva tanto tiempo en las nubes que a veces se plantea si no tendría que decirle a Amelia que construya una escalera de palabras para rescatarlo.

Pero ahora, mientras cierran el local, Yekaterina llora.

—¡Toris!

Cree recordar que nunca ha tocado a Toris más allá de algún roce accidental de manos al pasarse bandejas y platos sucios, y ese abrazo se le hace raro; él es más anguloso que su prometido y hay un par de segundos en los que le parece que no sabe qué hacer.

—¡O-os voy a echar mucho de menos, cielo! —dice, casi sollozando—. Habéis s-sido muy, muy buenos co-conmigo aquí, de verdad.

Está a punto de darle dos besos al despedirse, pero a Toris de repente se le tuerce el gesto, se le alarga la línea discreta de su boca, y se le caen las lágrimas en silencio.


Lo de Yekaterina lo entiende, pero lo suyo, aunque le salga de dentro, aunque suponga que es mejor llorar de noche delante de una mujer mayor que él que vomitar solo en su casa, lo suyo es uno de sus misterios interiores, y quizá debería pararse a escucharse a sí mismo más de vez en cuando.

Como si fuese un crío, no sabe por qué está llorando, aunque el primer sollozo es lo más liberador que ha sentido en tiempo.

—Ay, Toris, que voy a venir a veros de vez en cuando...

Yekaterina lo mira con cierta preocupación y le da la mano, y consigue sonreírle mientras intenta traducir unas lágrimas que parecen hablarle en un lenguaje que no entiende. Cuando ella se marcha, enjugándose los ojos con los dedos, Toris suspira y deja que el aire le enfríe las mejillas, y de repente le da vergüenza.

La sal de ese momento de debilidad, el magnetismo de las lágrimas confusas de Yekaterina que han llamado a las suyas, tiene cierto regusto ferroso; no es un sabor raro y lo primero que hace Toris al llegar a casa es lavarse la cara, con el abrigo aún encima y el frío de la calle pegado a las manos.

Somatiza, lo entiende, si no habla tiene que terminar saliendo por algún lado, pero ojalá hubiese tardado un poco más en llegar a desbordarse. El estrés se le sale por los ojos y por la boca, y que venga, que venga, que venga.

Ha decidido que va a dejar de mentirse, a ver si así consigue sacarse esa espina de dentro también.


Si se llena la cabeza de trabajo antes de irse a dormir, dándose una tregua solo entre sueños que no va a recordar al día siguiente, en realidad se pasa bastante bien, piensa Feliks, piensa Toris. Los papeles escritos a mano y los dibujos y los deberes autoimpuestos y las flores que estarán muriéndose, hartas de agua, tienen un aire a guirnaldas usadas en alguna fiesta, y si se esfuerza lo suficiente aún nota el sabor de la nata del pastel de Nochebuena en la boca.

El hogar está donde esté tu corazón.

El hogar está donde esté tu corazón.

No es algo que le venga como un rayo de sol en la cara mientras intenta dormir, aunque las ventanas de casa estén colocadas de forma que eso no pasa nunca; es más bien la sensación de haber tenido que dejar el abrigo en casa, de no necesitarlo al día siguiente.


Feliks tiene frío cuando se levanta. El aire nocturno se le cuela por debajo de la camisa que usa para dormir, y tiene las manos y el cuerpo llenos de un nerviosismo extraño, de la confianza y la seguridad de antes de empezar a entintar un boceto que ha salido especialmente bien.

Se viste en silencio y, antes de salir de casa, con cuidado de no despertar a Feliciano, coge su carpeta de los dibujos. El trocito de papel que falta en una de las hojas llenas de retratos sin terminar le sienta como una regañina, y lo llena de ganas de arreglarlo.

Arreglarlo como pueda, con las manos o con las palabras que ahora le burbujean en las cuerdas vocales como notas en una armónica nueva.

Es el impulso del si no lo hago yo, no lo hará nadie, grande y satisfactorio y terrible, que le humedece los ojos y la boca cuando se arrebuja en su abrigo viejo y le impulsa las piernas. A medio camino, Feliks empieza a correr, vamos vamos vamos, como si la puerta de casa de Toris fuese a escapársele.

Es la primera vez que va de su casa a la de él, y tiene que recuperar el aliento cuando llega a esa terrorífica puerta, ominosa y alta, enorme como las fauces de un gigante que atraviesa sabiendo que está abierta siempre, y sube las escaleras como huyendo de alguien. Ante la entrada de la casa de Toris, Feliks tiene las mejillas arreboladas y los ojos brillantes.

Llama a la puerta como quien rompe un hechizo.


Toris se hunde aún más entre las sábanas cuando oye a alguien llamando y, medio dormido, se alegra de que al menos ese ladrón que había previsto desde el primer día resulte ser una persona educada.

La voz, ahogada detrás de la madera, lo arranca de la cama.

—¡Toris!

Reconoce el timbre, el acento, la sensación de que las letras de su nombre se acurruquen en esas notas. Por un momento, la cerradura le da miedo, y casi puede oír cómo las llaves de casa tiemblan y tintinean de pánico.

Feliks le sonríe.

Como en un sueño.

—El domingo —dice—. A las tres.

Lleva la carpeta de dibujo y el pecho le sube y baja con un ritmo rápido y dulcísimo y ojalá pudiese tenerlo cerca, cerca, contra la piel. Toris traga saliva y Feliks le corta las palabras, entrando en casa como una tormenta, como el primer día. La misma oscuridad, ahora rota por las chispas de la existencia de Feliks.

—Los dibujos, yo... —Le gusta ver cómo sus piernas esquivan inconscientemente los bordes de la mesa, el lugar donde dormía, las cajas—. Ya te lo dije, ¿verdad? Que no conseguía terminarlos. Y... y, de verdad, quiero... quiero terminarlos. ¡Quiero terminarlos!

Tiene estrellas en los ojos, y Toris abre y cierra la boca, buscando las palabras.

—Estamos a oscuras —murmura—. No se ve... No se ve nada.

Es como que tiene ganas de llorar otra vez, además, ¿sí? Como que vuelve a tenerlo todo en la garganta. Feliks se queda quieto un momento, sujetando la carpeta con las dos manos, y deja de sonreír.

Pero las mejillas le florecen como un rosal de prohibiciones, y lo tiene tan cerca en su hogar oscuro, y no sabe qué hacer con todo lo que es él y todo lo que es él, con nada.

—No se ve nada...

Feliks le coge las manos, lo besa en la nariz, en las mejillas, en los labios.


Casi lo nota tensarse y luego relajarse de golpe, siente cómo abre las manos y luego las cierra alrededor de las suyas, grandes y ásperas y calientes y medio dormidas, torpes.

El hogar está donde esté su corazón, latiendo fuerte en su garganta, la única cosa que rompe el silencio de aquella casa, de aquel domingo por la madrugada.

Si el hogar está donde esté su corazón, Feliks vive en el pecho de ese chico.

—Está bien que no se vea nada —musita, despacio—. Son retratos, a mí me gusta más cuando... cuando puedo inventarme cosas.

Toris le rodea la cintura con los brazos, despacio, tan despacio...

—Y te tengo aquí.

Asiente contra el hueco de su cuello, su pelo le hace cosquillas y Feliks piensa que nunca lo han abrazado así.


El miedo efervescente del fondo de su estómago parece haber terminado de evaporarse, extinguiéndose como una vela que se queda sin mecha. No le hacen falta luces con el pelo dorado de Feliks, aunque ojalá las tuviese para ver esos retratos.

De él, de él, retratos de él. Las manos de Feliks reconstruyendo sus rasgos. Él está tan tranquilo y Toris tiene que cerrar los ojos mientras apoya la cabeza en su hombro.

Tiene una sensación de completo, de que todo está en su sitio, tan frágil, tan frágil.

—Cuando no viniste —empieza— no sabía si alegrarme o no. Porque esto tampoco lo podemos sacar de aquí, ¿entiendes?

—Hm.

—Y si dejaba de verte, igual las cosas se arreglaban solas. Si esperaba lo suficiente, igual, yo que sé, igual volvía todo a su sitio.

—Hm.

Le gustan esos ruiditos mudos suyos, la respuesta de siempre, que ahora suena más divertida que antes.


Le gusta la voz de Toris, pero no sabe si quiere seguir escucharlo diciendo esas cosas.

Mejor se olvidan, ¿verdad? Mejor siguen lo que dijo él el primer día, el día de la maletita, el día de la camisa arrugada y aquella especie de nido de mantas, el día de la sonrisa animada de aquella chica que aún no sabe cómo se llama, el día del año pasado, aquel día de invierno.

El día, el día.

—Pero acuérdate de que esto es tu casa —repite, completa, como una broma—, y en tu casa se hace lo que tú quieras.

Y yo te quiero tanto...

Las palabras, la afirmación que le viene en su idioma materno y no en inglés, hacen que vuelvan a encendérsele las mejillas, y la risa en las cuerdas vocales, y Toris lo mira con una expresión que le hace cosquillas en el ánimo.

—¡Es que tienes una cara...!


La casa es pequeña y no caben los dos, y Feliks vuelve de madrugada a su cama, con el cuerpo calentito en ese aire de febrero.

Toris le ha dicho cuál es su apellido, y su color favorito. Dónde vivía antes, por qué tiene ese acento, cuándo es su cumpleaños, y todos aquellos detalles que le faltaban para rellenar sus ojos de acuarela en el papel, su nariz algo grande y los rasgos finos de su cara.

Tiene los retratos terminados en la carpeta, y hay dos en la mesa de Toris, junto a las flores, que se mancharán de café a la mañana siguiente.

Empieza la semana y el mes (el cumpleaños de Toris es el día dieciséis, y tantea en su cabeza el qué podría regalarle.)


En esta historia a trompicones, de días como las huellas de Feliks en el aguanieve de enero y ahora febrero, en estos días aún tranquilos de inicio de siglo, todo, todo ha terminado, ha empezado como debería.

El sol sale con la cara lavada, en el principio de la semana, del mes, de tantas cosas.


Mi parte favorita de las novelas románticas es cuando los personajes se empiezan a conocer antes de que el libro te diga "sí, son pareja". Donde esté tu corazón es una historia de eso, de un principio, aunque ahora mismo me da terror que sea decepcionante porque a la gente le gusta leer el desarrollo de la relación :'D

¡Y bueno! Hasta aquí hemos llegado con esto. QUIERO DAR MIL GRACIAS A FRESI porque va a sonar supercliché pero sin ella yo no habría llegado ni a la mitad de esto, y a la gente que me ha soportado con mis neuras. Supongo que ahora toca decir que los títulos de los capítulos son versos de canciones, y que una de ellas es La Canción de la historia. Lógicamente no sale, pero Ta p'tite flame de Amélie-les-crayons es la banda sonora de todo esto y trasmite la sensación que quería que trasmitiese esto.

Me siento superorgullosa de haber podido terminar una historia larga, realmente, aunque también me da algo de pena. Escribir esto ha sido cansado y a veces frustrante pero al final me alegro.

No creo que llegue a escribir nunca una secuela, así que os toca imaginar cómo les irá a todos.

¡Muchas gracias por haber leído hasta el final!