Capítulo 10

Estoy aquí

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., 1976. Usados en este Fic sin fines de lucro.

Este capítulo contiene escenas de carácter fuerte; si ellas te ofenden, lastiman, o dañan tu pudor, por favor, te invito a que te abstengas de leerlo. Gracias.

Fue la mejor mañana en la vida de Alistear Cornwell. Sintió el suave peso del cuerpo de Candice sobre su pecho y su corazón se hinchó de felicidad. Esta sensación era cálida y deliciosa. Ella tenía una de sus manos sobre su pecho y su mejilla recargada en su torso; dormía profundamente, su cabello estaba despeinado y una leve sonrisa adornaba su rostro.

Alistear la contempló enamorado y satisfecho; como quien abraza su mayor tesoro, el joven recorrió el despeinado pelo una y otra vez con adoración aún sin poder comprender que la mujer que dormía plácidamente a su lado era el amor de su vida ¿Había algo mejor que esto? El resto de su cuerpo lo mantuvo inmóvil por temor de despertarla...

-¿Pero qué estoy pensando? Candy es una dormilona, no se despertaría con nada del mundo – Stear sonrió y la abrazó con delicadeza. Trataba, incluso, de respirar con suavidad.

La vida estaba dando un giro delicioso en su trayecto y él debía hacer todo lo posible porque esa dirección no se desviara. Ansiaba con todas sus fuerzas brindar a la joven que amaba la seguridad de un hogar feliz. Había una manta que apenas y cubría los cuerpos abrazados de la pareja. El fuego en la chimenea corría el peligro de apagarse pronto. Sin embargo, el ambiente continuaba cálido.

-Un hogar – susurró en un ensueño.

-Sí, un hogar – le respondió una voz igualmente enamorada.

-¿Hace mucho que despertaste? – Stear depositó un suave beso en los labios de la bella durmiente que despertaba a la realidad.

-No – ella se acomodó nuevamente sobre el torso de Alistear y lo abrazó cariñosa – solo escuché la palabra "hogar"

-¿Te entusiasma tener un hogar, Candy? – la miró con dulzura, conmovido, tratando de adivinar cuál era el significado real de esa palabra para la muchacha.

-Bueno... cuando era pequeña tuve que conformarme con llamar "padre" a un árbol – respondió con tristeza – creo que me hizo falta la imagen masculina.

-¿Un árbol? – Alistear la miró con curiosidad, como si estuviera atando cabos – creo que no estabas muy equivocada. El árbol representa a la familia.

-Sí, lo sé – Candy le devolvió una mirada de esperanza – es como si anhelara conocer mis raíces. Recuerdo cuando la tía abuela me dio el Libro de Genealogía de los Andrew... aún cuando me pareció una tarea tediosa al principio, disfruté aprendiendo; esa fue la primera vez que pensé en que yo no tenía raíces... o que no las conocía.

-Candy – Alistear repitió su nombre en apenas un susurro delicioso y dulce. La atrajo con suavidad hacia él tratando de resguardarla de la tristeza que adivinaba en los pensamientos de la chica. Sintió la desnudez de su cuerpo y prefirió concentrarse en el disfrute de esas deliciosas sensaciones.

Finalmente el fuego en la chimenea se apagó obligando a los enamorados a incorporarse para empezar el día.

-Deberíamos hacer lo posible por comunicarnos a casa Candice –Stear salió de debajo de la manta provocando el sonrojo total de su ahora mujer. Aunque la joven debía aceptar que era un deleite la desnudez del muchacho. El joven tomó su bata y se enfundó en ella, con diligencia buscó en la alfombra la camisola que Candy había usado la noche anterior y se la acercó. Ella introdujo sus brazos en la camisola cuando repentinamente Stear la tomó en sus brazos aún con los botones sin asegurar, con una risa traviesa la llevó hasta sentarla en el enorme escritorio de caoba que gobernaba la pieza.

-Al mal paso darle prisa – le dijo. Sin otro comentario, tomó el teléfono, pidió el número a la operadora y después de varios intentos de la dama, finalmente el teléfono sonaba en la mansión Andrew de Chicago.

-¡Hola Spencer! – Alistear sonrió ante la conocida voz del viejo mayordomo que ceremoniosamente tomaba la llamada. Después de pedirle que su llamada fuera atendida por su tío o por su hermano, el joven se atrevió a besar a Candy en un travieso juego que le causaba algarabía.

-Stear – le reprendió Candy, sin perder la oportunidad de corresponder al beso

-¡No te preocupes Candy! Spencer fue a anunciar la llamada, seguramente tardarán en tomarla.

La pareja entonces se perdió en un beso suave y delicado. Esta era la primera mañana del resto de sus vidas. Tras el beso tornarse apasionado, el muchacho llamó a la cordura a la joven en sus brazos.

-Creo que estamos locos – le dijo entre besos y risas. En realidad hubiera deseado no estar al teléfono para perderse nuevamente en el erótico intercambio recién descubierto son su novia.

-Eso siempre lo he sabido – respondió una voz en el teléfono. Era su hermano Archie que no cabía en la alegría de tener la posibilidad de hablar nuevamente con su amado hermano.

-¡Archie! –como un niño descubierto en una travesura, el sargento estuvo a punto de perder el control mientras veía como un arrollador sonrojo nuevamente cubría las mejillas de Candy. Ella era simplemente hermosa. Inclinó su cabeza y contuvo la risa de tal forma que su hermano no descubriera lo que sucedía.

-¿Y esa risa contenida Stear? ¿Está Candy contigo? ¿Qué travesura hizo ahora esa gatita? – Antes de saludar a su hermano, el entusiasmo del menor de los Cornwell lo llevó a hablar con la familiaridad de siempre. Archie pronunció la último palabra como en un suspiro, como acariciando cada letra. ¡Auch! Alistear sentía un puño en el estómago cada vez que escuchaba a Archie llamar de tal manera a Candy, SU CANDY. ¡¿Por qué tenía que conocerlo tan bien?!

-¡Ho...ho... hola Archie! ¿Candy? ¿Con... con... conmigo? –tartamudeó por un instante, porque estaba ensimismado en la reacción de la chica que tenía una sonrisa de angelical picardía.

-Sí claro. A ella me refiero. ¿Están bien? No te había mencionado en mis cartas, pero no creas que estoy muy feliz con lo que hicieron – le dijo en un reproche que ni él mismo creyó.

-Y eso que no sabes todo lo que hemos hecho – pensó Alistear como respuesta, mientras que su hermano lo bombardeaba con un sin fin de indicaciones y preguntas.

Que cuándo regresaban, que ya se habían tardado, que algunos chicos de Chicago ya estaban en sus hogares, que ellos ni siquiera se habían reportado, que si tenían suficiente dinero para regresar, que si ya tenían la fecha... al parecer, Archie no se percataba de que no permitía que su hermano respondiera a ninguna de sus preguntas.

Del otro lado de la línea Stear mantenía en su manos una de las manos de Candy acariciándola para infundirle confianza, a simple vista se notaba que ella estaba más nerviosa que él.

Lo único que pudieron fue aclarar que muchos de los soldados Ingleses aún estaban desplegados en diferentes puntos. Stear y Candy emprenderían el viaje de regreso a su patria en un par de semanas, después de que Candice cumpliera con su promesa de ayuda voluntaria en la post guerra para recibir y estabilizar a los soldados que volvían.

Esa no era la respuesta que Archie hubiese esperado. Deseaba decirle a la familia que la pareja estaría volviendo en el siguiente barco, pero al parecer tenía que esperar un poco más.

-Estoy seguro que Paty se pondrá feliz de saber cuándo vuelves – le dijo inocentemente entusiasmado.

-Patty... – obviamente, la voz del sargento no sonó emocionada. Un velo de preocupación pasó por sus ojos y apretó el auricular con disimulo. Candy sintió un balde de agua fría recorriendo su cuerpo y, como primera reacción, trató de liberar su pequeña mano de las manos de Stear pero él no se lo permitió. ¿Por qué ella deseaba alejarse tan solo por escuchar el nombre de su querida amiga? Alistear le dirigió una mirada decidida para que ella no volviera a intentar alejarse de súbito.

Candy simplemente desvió su mirada con seriedad y preocupación. No dejaba de dolerle la posible reacción que Patty tendría y se preguntaba si ella sería capaz de soportarlo. Stear no podía seguir conversando con su hermano, era mucho más importante para el inventor cubrir las necesidades de su novia.

-Entonces, tan pronto tengamos la fecha exacta nos comunicaremos con ustedes. Pero puedes tener por seguro que no abandonaré a Candy – la voz de Stear trató de mantener la cordura – viajaremos juntos tan pronto ella sea dada de baja.

-No esperaba menos de ti Alistear – Archie estaba emocionado al punto que la voz le tembló – sé que traerás a Candy sana y salva a casa.

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Aún era temprano. Afuera, el pasto estaba húmedo por la lluvia torrencial de la noche anterior, el ambiente húmedo olía delicioso. Una delicada neblina cubría el jardín de la propiedad y un viento frío propio de fin de año se colaba de vez en cuando por alguna rendija. Stear se aproximó a su novia, la tomó de los hombros tratando de adivinar sus pensamientos. Su gesto era de franca preocupación y tristeza. Aunque la camisola sin abrochar de la chica lo desarmaba, el joven se esforzó por sonar coherente.

-¿Qué es lo que estás pensando Candice? – por un momento tuvo miedo de que ella se atreviera a echar por la borda todo lo que sentían.

La muchacha tembló tan solo por el leve contacto de las manos de Stear. Sus esmeraldas estaban tristes.

-¿Qué haremos Stear? ¿Qué hemos hecho? – Candy no fue capaz de mantener la mirada en la del joven.

-¿Qué dices Candy? –Ahora el temor se hizo más palpable en el muchacho. Sintió que el piso se movía. Ella no tuvo la fuerza para volver a mirarlo. Alistear tomó su mentón delicadamente con su enorme mano para levantar su vista-. ¿Te arrepientes mi amor? – clavó la profundidad de sus negros ojos tratando de indagar la verdad en el alma de su amada.

No hubo respuesta. Ella solo continuaba mirando hacia fuera, resistiéndose a la fuerza con que el sargento sostenía su rostro, como si en la neblina estuviera la respuesta.

-¡Contéstame Candy! – Stear no podía creer que esa chica lo llevara de un momento a la felicidad plena y después a la incertidumbre - ¿Te arrepientes? – volvió a preguntar.

-No Alistear. No puedo arrepentirme de mi amor por ti – confesó con sus ojos fijos por primera vez en los del joven – pero amo a Patty, es una mis mejores amigas. No quiero lastimarla.

-Han pasado dos años. Vayamos a casa y enfrentemos juntos esto. Solo quiero pedirte que me prometas que lo resolveremos en equipo. Que no intentarás hacerlo a tu manera –Alistear recargó su frente en la de la chica y acarició su cabello mientras que ella se aferraba a su cintura y se esforzaba por guardar las lágrimas traviesas que luchaban por salir.

-Sí Alistear. Lo enfrentaremos juntos – respondió con voz quebrada.

-Muy bien, entonces trata de sonreír – le pidió – tu sonrisa es el motivo de mis días. Por favor mi amor, no me asustes.

Candy no respondió a la petición. Recargó su cabeza en el pecho del muchacho y escuchó cómo su corazón se aceleraba al mismo ritmo que el de ella. Fue inevitable recordar los días en el San Pablo, en el que no solo había nacido la camaradería, sino un fuerte lazo de hermandad con la joven O´Brien.

Sintió el peso de la cabeza de Alistear sobre sus rizos y se aferró con mayor fuerza a su cuerpo.

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New York

-¡No Terry! ¡Tú no puedes hacerme esto! – Esta era una de las escenas más comunes en la vida de la pareja Grandchester-Marlowe.

Totalmente opuesta a la algarabía que se vivía en las calles neoyorquinas. Susana empezaba su ya bien ensayada escena de la novia sufrida e incomprendida. Recargó su frente en su mano derecha que a su vez, tenía el codo apoyado en uno de los brazos de su silla de ruedas en una pose totalmente actuada.

-¡Basta Susana! –Terry la miró como nunca antes. Estaba totalmente desesperado. Con pasos firmes se acercó amenazante a la débil silueta - ¡No empieces con eso nuevamente! ¡¿Acaso nunca te has visto en un espejo?! –Terry tuvo un triste Deja Vú. Se vio cabalgando en el colegio en Londres, con Elisa parada enfrente de su yegua. Cerró los ojos y suspiró – "Tienes la típica de los que manipulan a los demás" – le dijo. Habría deseado irse, dejarla ahí como en aquélla ocasión hizo con Elisa. Pero no podía, Susana dependía de él.

-¿Cómo puedes decirme eso Terry? ¡Yo te amo! Solo vivo para ti – sollozó la ex actriz mientras limpiaba sus lágrimas con un pañuelo.

-Hemos hablado una y mil veces de lo mismo Susana: No me amas y no vives para mí... ¡VIVES POR MI, PERO NO PARA MI! – Terrence levantó la voz exasperado – Desde el accidente me he dedicado a cuidarte, a protegerte, a darte lo que necesitas para vivir. Me he olvidado de cuánto he podido...

-¡Dices bien! –lo interrumpió Susana – ¡Solo te has olvidado de lo que has podido porque aún continúas pensando en ella! – un terrible color rojo por la cólera invadió el rostro de la hermosa chica que había visto truncados sus sueños de fama y fortuna. Ya había perdido demasiado, pero no perdería la oportunidad de ser la esposa del heredero del Ducado de Grandchester.

Las relación de Terrence con su padre era la mejor. Susana se había mudado con Terry a una casa que el Duque de Grandchester había comprado para el joven y hacía llegar una muy generosa cantidad económica a la chica a modo de fideicomiso.

Ella, aunque chantajista y manipuladora, había salvado la vida de su hijo y eso era algo que el duque honraría y agradecería. Sin embargo, le había prohibido a Terry desposar a la joven y con el tiempo, Terrence había descubierto que eso era lo mejor que le podía haber pasado.

-¡No te atrevas Susana! – Terrence sintió su sangre hervir al descubrir el recelo con que la rubia de ojos azules se expresaba de su señorita pecas – ni siquiera te atrevas a nombrarla.

-¿Qué? – la mujer levantó la mirada, se secó las lágrimas de utilería, esbozó una leve sonrisa de triunfo y continuó -: ¿Tienes miedo de aceptar que sigues pensando en ella? ¿Quieres correr a buscarla ahora que la guerra ha terminado? ¡Ojalá que una bomba la hubiera alcanzado en uno de esos ataques a tu querida Londres! –se burló.

-Ahora puedo verte – fue la tranquila respuesta del muchacho. Estaba haciendo un esfuerzo por controlarse. Apretó sus dientes y puños. Comportándose como el mejor actor de Broadway, Terry cambió su gesto. Fue de uno de ira completa hasta adoptar otro de sagacidad mordaz – Hasta ahora te descubres. Eres muy egoísta Susana. Será mejor que me vaya. Puedes quedarte con la casa, eso es lo que siempre has querido de mí.

-¡No Terry! – Susana lo alcanzó a detener del brazo - ¡No te vayas! – le rogó.

-Es imposible permanecer a tu lado. Debo irme antes de que nos hagamos más daño.

-¿Quién ha metido esas locas ideas en tu cabeza? – preguntó levantando la voz desesperada – Seguramente fueron tus amiguitas esas...

-¿Ahora vas a arremeter en contra de ellas también?

-¡Vamos Terry! ¿No creerás que no me he dado cuenta de cómo te miran?

-¿Cómo me miran? No sé a lo que te refieres.

-¡Ahora resulta que eres un blanco palomo! –le reprochó sin soltarle el brazo del que lo detenía, impidiendo su partida.

-¡No! –Terry se liberó del agarre de la chica - ¡No lo soy! ¡No soy un redentor tampoco! ¡Por eso me voy! Y no metas a Ivett y Adriana en este asunto. Esto es algo entre nosotros.

-¿Nosotros? ¿Cuándo ha habido un "nosotros"?

-¡Nunca Susana! Nunca ha habido "nosotros" – los ojos del aristócrata montaron nuevamente en cólera. Clavó su casi insolente mirada en la chica.

-¡Es por ella! ¡Seguramente ese par de alcahuetas amigas tuyas te ha llenado la cabeza de extraños romanticismos!

-Te equivocas Susana. Ella lo único que han hecho es ser mis amigas. Adriana estuvo conmigo en el tiempo que pasaste en el hospital después de...

-Después de que tu otra amiga, esa tal Ivett, me atropelló – lo interrumpió.

-Tú te atravesaste en su camino sin precaución Susana – le recordó el joven.

-¡No es verdad!

Terry la miró exasperado. Nada de lo que dijera podría mejorar la relación. Él deseaba por fin ser libre. Miró a la joven frente a él con lástima. ¿Por qué no se dio cuenta antes de lo que ella le había hecho a su vida?

-NO llegaremos a ningún lado Susana – la miró decidido y la chica tembló ante la intensidad del reproche que encontró en ese par de zafiros -. Me voy. No me necesitas.

-¡Sí claro! Ahora que ya eres mayor de edad, justo ahora se te ocurre decirme que no te casarás conmigo – la chica supo que su mundo ce cristal se había venido encima de ella, si no cambiaba de estrategia podría salir seriamente dañada.

-¡No es verdad Susana! ¡Siempre te dije que no me casaría contigo! – Terry se volvió hacia ella para enfrentarla nuevamente. ¿Hasta cuándo ella comprendería ese pequeño punto? Una vez más le explicó -: Te he dicho que el matrimonio para mí es mucho más que un contrato y yo no puedo casarme contigo. No te amo. Y no lastimaré mi vida más de lo que ya ha sido lastimada por diferentes cosas en diferentes etapas. Creo en el amor, pero lo que tú me ofreces no es amor y tampoco es amor lo que yo tengo para ti. Lo siento Susana. Estarás mucho mejor sin mí. Al menos tendrás la paz y la tranquilidad de pensar qué es lo que harás con tu vida.

-¡Pero yo te quiero a ti! Si te vas me quito la vida – amenazó tajante.

-¿¡Otra vez con ese cuento!? – Terry ya no estaba dispuesto a dejarse manipular.

-¡Si! Y amenazaré mil veces si fuera necesario –Susana clavó su mirada desafiante en el actor.

-¡Muy bien! ¡Haz lo que quieras! – Terry se dirigió a la puerta que dirigía a la salida de esa casa con los pies ligeros.

Susana la miró estática, incrédula... ¿En qué momento sus chantajes habían dejado de funcionar?

Afuera el aire frío llegaba hasta las mejillas del joven ocasionando que sus mejillas se sonrojaran.

Sus pasos largos llevaban una dirección: El Mar. Solo ahí podía encontrarse consigo mismo. Revivió algunas partes de la conversación con Susana. ¿Cómo se le ocurría pensar que su par de amigas estaban detrás de su decisión?

Él era un hombre cabal que no permitía que nadie influyera en sus decisiones. Recordó los momentos en que su amistad con esas señoritas nació.

Ivett y Susana habían quedado inconscientes tras el accidente, pero Ivett había superado su crisis mucho antes que Marlowe. El tiempo en el hospital sirvió para que Adriana y Terry pasaran de acaloradas discusiones a pequeñas bromas. Se hicieron compañía mientras ambos cuidaban de las chicas convalecientes y, cuando Ivette despertó, se unió a la dupla. Ahora por fin Terry tenía amigas que no lo buscaban por ser el hijo de un noble o por ser el actor más aclamado de Broadway. Terry y las chicas aprendieron a apoyarse en los momentos más críticos y él se sintió feliz de no estar solo.

Ellas fueron discretas y guardaron sus dudas sobre su relación con Susana; jamás hicieron preguntas, se limitaron a intercambiar momentos placenteros. Su relación fortaleció al joven en los momento en que parecía que Susana abandonaría esta vida y continuó una vez que ella se recuperó por completo.

Las muchachas eran sinceras, nobles y muy bien educadas. Una de cuna de alcurnia y otra nacida paria, pero eran las mejores amigas. A Terry le agradaba esa dupla porque le recordaba a su amistad con Charlie.

-Charlie... ¿Cómo estará Charlie?

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Las calles estaban resbalosas a causa de la nieve.

Las familias de Chicago celebraban el fin de la guerra y se preparaban para la llegada de la temporada navideña. Algunas tiendas empezaban a adornar los aparadores con motivos rojos y dorados.

Eran cerca de las ocho de la noche y una pareja caminaba cabizbaja, llena de nostalgia por las calles. De vez en cuando sonreían con tristeza ante la posibilidad de una caída en plena acera.

-¿Y estás muy emocionada porque Stear y Candy volverán pronto, supongo? – un dejo de tristeza se percibía en la voz y en la mirada del joven de New Orleáns.

-Por supuesto que estoy emocionada Adam. Ellos son muy importantes, lo sabes – la naturalidad en la reacción de la joven confundió a su interlocutor.

-Me refiero preciosa, a que finalmente tu amor por Stear podrá realizarse – Adam estaba celoso, aunque había escuchado hablar maravillas del joven que era el dueño del corazón de su preciosa.

Archivald Cornwell gozaba de su simpatía y su tío y sus amistades habían dicho una y mil veces que el primogénito era más simpático y agradable aún que su hermano. Era imposible sentir indiferencia por la figura de ese chico que se levantaba en su mente como una latente amenaza para perder la amistad de Patty. ¿Y si Alistear le prohibía a su preciosa mantener la amistad con él? Pronto volvería del frente, más idealizado aún que un guerrero griego de la Ilíada y la Odisea. ¡Ojalá que él tuviera un poco de la personalidad de Aquiles para vencer ese Héctor que poseía el amor de su Andrómaca. Aunque, pensándolo bien, él era más similar a los pretendientes de Penélope que fueron hechos a un lado con facilidad ante el regreso de Odiseo. Bueno, por lo menos intentaría resistirse. Sostendría su arco con la misma fuerza que Ulises y trataría de superar cualquier prueba que la cabeza de Patty estuviera maquilando. Sí, él no se dejaría vencer tan fácilmente, por lo menos tenía que intentarlo.

Los jóvenes disminuyeron inconscientemente la velocidad de su paso. Era como si no desearan llegar a la mansión en la que Patty continuaba siendo huésped. Su padre había viajado a Irlanda para proteger sus propiedades y los Andrew la habían recibido bajo el cuidado de su abuela Marta.

La anciana, siendo una mujer perspicaz, percibía los pensamientos que atormentaban a su nieta. El compromiso de Patty y Alistear era un hecho ampliamente esperado por las familias. Incluso, el rumor se había extendido entre la alta sociedad de Chicago. Pero Martha O´Brien sabía que su nieta ya no era del todo feliz con la idea de ser desposada por su antiguo compañero del colegio. Nuevas sensaciones habían nacido en la muchacha de noble corazón, sensaciones propias de una mujer, y el único causante de semejantes sentimientos no era otro más que Adam Benson.

Marta, preocupada por el estado anímico de su nieta, esperaba casi impaciente asomada discretamente por la ventana del recibidor de la mansión. Sus deseos fueron cumplidos cuando las siluetas de la pareja aparecieron en el pórtico; como todo un caballero, Adam había acompañado a la señorita y no la abandonaría hasta despedirse apropiadamente de los anfitriones y de la abuela.

La anciana sonrió aliviada al ver aparecer a su nieta. Sonrió con dulzura y trató de esconder su preocupación. El joven Benson gozaba de su simpatía. Ella era testigo de la ternura y veneración con que Adam trataba a Patricia y sufría por la pareja.

Sintió los húmedos y fríos labios del joven posarse en su cansada mano y eso le ayudó a esbozar una coqueta sonrisa mientras se despedía del amigo de su nieta.

-Gracias por traer a mi Patty a casa Adam – los ojitos de la anciana se entrecerraban acompañados de una angelical sonrisa.

-Ha sido un placer Marta. Muchas gracias por permitirme pasar un tiempo con ella – Adam le devolvió una sonrisa fresca y cómplice. Él sabía que era la anciana quien insistía en que Patricia aceptara su compañía sin remordimientos.

-Gracias por la caminata – Patricia se sonrojó al también recibir en su manos un beso de despedida del joven.

-¿Te veré mañana? – preguntó sin esconder su interés.

-No creo que sea correcto – respondió incómoda. ¿Cómo decirle que se moría por pasar más tiempo con él si ella sabía que esa relación no la llevaría a nada? Probablemente lo mejor sería cortarle las alas y no volver a verlo hasta que Stear estuviera de vuelta. Abrió su boca dispuesta a extender su respuesta -. Está bien, pasa por mí a la misma hora – se escuchó decir-. ¿De dónde salieron esas palabras? ¡Yo deseaba rechazar la invitación! ¿Por qué mi corazón no comprende lo que mi cabeza decide?

Adam se despidió con un brillo en sus ojos. Amaba turbar a Patty de tal manera. Sabía que no le era indiferente. Sí, lo sabía. Ella sería su esposa o abandonaría su nombre para siempre. Con estos pensamientos abandonó la mansión antes de que la señora Elroy apareciera y lo invitara a quedarse a cenar; ya eran demasiadas las noches que compartía la mesa con los Andrew y el joven no deseaba abusar de su hospitalidad, sobre todo, al gritarle su corazón que debía luchar por conseguir el amor de la novia de un miembro del clan.

Ahora las calles estaban oscuras. Adam metió sus manos en los bolsillos del sobretodo y caminó calle abajo con un nuevo sentimiento en su corazón; con sus ojos iluminados y una sonrisa de esperanza dibujada en su rostro. Su andar era lleno de energía, a su paso elegante atrajo la mirada de algunas señoritas pero el muchacho ni siquiera se percató de ello. Una chica incluso tiró su pañuelo delante de él, pero el joven se limitó a levantarlo y a hacer una venia a modo de saludo con su sombrero. Sus largos pasos casi bailaban en la acera, su pelo negro se meció al viento cuando se quitó el sombreo al saludar a la dama, sus manos estaban cálidas a pesar del frío y su ebúrnea sonrisa más sincera que nunca. Continuó su camino pensando en los profundos ojos negros que se adueñaban de sus sueños cada noche. Esos años visitando cada día la mansión Andrew con diferentes pretextos lo llenaban de optimismo. No solo Patty se había convertido en su amiga, ahora invertía su dinero en el consorcio Andrew y una fuerte relación de amistad lo unía a William Albert y Archibald Cornwell.

-¡Archie! – suspiró – espero que sea capaz de perdonarme por poner mis ojos en Patty.

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Los comentarios flotaban en el aire con optimismo, la tía abuela estaba entusiasmada por hacer una fiesta para Stear, pero no terminaba de aceptar a Candice White como parte de la familia. Elisa insistía en que había sido la dama de establo quien cambiara a todos sus nietos y la tía abuela no había cambiado su sentir y pensar al respecto. Antes muerta que permitir que Candice tomara su lugar en el seno de la familia Andrew.

Pero William Albert tenía planes diferentes para la aventurada joven. El joven patriarca no permitiría que su hija fuese infeliz, al llegar harían planes juntos. Él la protegería de todos. Sin embargo, el rubio no se atrevía ni siquiera a planear algo sobre Candy, la conocía muy bien y sabía que no podía planear en su nombre, sino escucharla y apoyarla en lo que ella deseara hacer.

Archie y Annie pronto se casarían y ese era otro de los temas entusiastas que había en la mesa. Archie, sin embargo, solo asentía ante las ideas de la tía abuela. Ahora era otra la noticia que rondaba su corazón... el volver a ver s u Gatita. ¿Quizás se precipitó al proponerle matrimonio a su novia?

-¡Diablos! ¿En qué lío me he metido? –pensaba el muchacho.

El menor de los Cornwell sin embargo tuvo una en ese momento una hermosa visión de sí mismo. Se vio feliz y próspero, con una linda familia y su esposa no era una rubia pecosa sino una chica de cabello negro, ojos azules y muy femenina.

-Annie – pensó. ¿Quizás realmente estaba enamorado de su prometida? Seguramente volver a ver a su gatita le ayudaría a esclarecer su mente y corazón.

Al finalizar la cena las O´Brien agradecieron y se dirigieron a sus habitaciones. Ese fue el trayecto más largo que la joven hubiese caminado. Caminó cabizbaja, hundida en sus meditaciones. La mujer mayor prefirió guardar silencio y esperar a estar a solas en la intimidad de la alcoba de su nieta. Una vez que entraron y cerraron la puerta, al anciana pensó en su estrategia.

La abuela Marta miró a Patty con pesadez. Esa muchacha se estaba convirtiendo en verdadera necia. Antes, siempre tan sumisa y ahora tan testaruda. La miró con dulzura, tenía miedo de empezar la misma conversación por enésima vez. Siempre Patty se iba por la tangente, presentaba excusas tontas o simplemente se iba por la tangente para no hablar.

-Patricia O'Brien... ¿Hasta cuando continuarás entre la espada y la pared?

-No entiendo de que me hablas abuela – se turbó la chica. Desde la cena la joven había permanecido muy callada.

Desde que escuchó el nombre de Alistear Cornwell en la mesa, durante la conversación entusiasta de Archie, la muchacha simplemente enmudeció. Sintió un frío tremendo que subía desde la punta de sus pies hasta llegar a su cabeza. De pronto tembló. ¿Qué haría ella cuando estuviera delante de él?

Por un momento se sintió pesada, estaba tan preocupada por sus sentimientos que no se percató que ni siquiera estaba compartiendo la alegría de ver nuevamente a sus amigos. ¿Era eso normal? Patty no sabía qué pensar. Quizás al volver a verlos todo sería como antes; volverían a ser los amigos de siempre, irían de día de campo, harían bromas, aplaudirían los triunfos de Stear, seguirían a Candy... pero ¿Qué pasaría con Adam? Patty era un marasmo de pensamientos. Hubiese deseado que todo fuera más sencillo. Un "Hola Stear, bienvenido", sería suficiente... ¿o no? No deseaba dejar de ver a Adam, no deseaba dejar sus caminatas vespertinas, no podía evitar estremecerse al pensar su relación pudiese cambiar.

-No me digas que no sabes de lo que hablo querida Patty – su abuela la invitó a sentarse al lado de ella, justo al borde de su cama. Patty aceptó encantada. En este momento lo que más necesitaba era la comprensión de una madre y eso era en lo que se había convertido su traviesa abuela.

-Abuela... todo está dicho – trató de convencerse la muchacha –Stear en un hombre maravilloso y seguramente pronto me propondrá matrimonio.

-Patty. No tienes que casarte con él si no lo deseas. Es tu novio del colegio, es cierto que las familias dan por hecho la unión, sin embargo, el joven no te ha dado su palabra de matrimonio – le aconsejó sonriendo tanto como pudo. En el fondo la abuela Marta sabía que aunque no fuese nada oficial, ya había cierto peso ante la sociedad por ese esperado anuncio y que sería complicado ir en contra de esas costumbres.

-Abuela, yo no puedo hacerle esto a Alistear – Patty se arrojó a los brazos de la anciana como esperando aislarse de todo. Durante estas últimas semanas había sentido una carga pesada sobre sus hombros y justo en este momento la chica se rindió a su carga.

-Vamos Patty, hablas como si Stear no fuera tu amigo. Hablas como si él no fuera a comprender lo que ha sucedido contigo – la anciana acarició el cabello de la chica que tenía su cabeza en su regazo.

-No abuela. Estoy segura que Stear comprendería – le respondió ya entre sollozos.

-¿Entonces Patty? ¿Qué es lo que te aflige?

-Es que no me atrevo abuela, en el fondo sigo siendo una cobarde – se recriminó.

-No Patty, no eres una cobarde. He visto como durante estos años de guerra has soportado día con día el estrés de apoyar a dos personas tan importantes para ti que estaban en el ojo del huracán – le consoló la dama. Sus ojos estaban enternecidos por su valiente nieta. Valiente, sí. Valiente era la palabra con la que Marta describía a la joven.

-¿Tú crees eso abuela? ¿De veras lo crees?

-¡Claro que lo creo! Día con día viviste al filo del peligro. Nunca te alejaste de Stear; lo apoyaste y lo animaste en cada carta – la cansada manos de Marta O´Brien paseaba por el negro cabello de Patty una y otra vez. Patricia sentía que la vida le volvía en cada caricia de su abuela – pudiste haberlo abandonado desde hace tiempo. Pudiste no haberlo perdonado por haberse marchado sin despedirse de ti. ¡Pero no lo hiciste! Te mantuviste como un testigo silencioso de las penas de Stear y Candy, los animaste y los reconfortaste. No Patty, tú no eres una joven cobarde.

-Pero abuela...

-Pero nada Patty. En cuanto Alistear llegue, debes hablar con él y confesarle que tus sentimientos han cambiado. Si no lo haces corres el riesgo de perder la amistad de estos muchachos tan valiosos. Debes ser sincera con ellos Patty, pero si no eres sincera contigo misma, no podrás sincerarte con ellos.

-Gracias abuela – la joven morena se acercó y besó la mejilla de la mujer mayor.

La anciana le devolvió una sonrisa y secó las lágrimas de la chica.

En ese momento un dolor en el pecho le impidió continuar hablando. Se llevó la mano al pecho, trató, como siempre de disimular el dolor, pero su nieta ya era una experta en las tratas de Marta y no pudo ser engañada. Patty se exaltó temerosa por el gesto dolor de la dama.

-Abuela, abuela... –la chica la abrazó desesperada –contéstame abuela – le rogó.

La dama tenía sus ojos clavados en los de la joven, tratando de contestar a sus preguntas pero sin emitir palabras.

-¿Abuela, estás bien? – Patty empezó a asustarse. Los ojos de la abuela se pusieron en blanco.

-¡Por favor abuela! – Patty sacudió a la mujer que había alcanzado a recostar en su cama.

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El pasillo que llevaba al área de urgencias del hospital Santa Juana estaba solo. Únicamente Archie acompañaba a la joven O´Brien. Albert había dejado a los muchachos solos para instruir a su chofer sobre algunas diligencias que debía hacer antes de que amaneciera.

Adam avanzó buscando desesperadamente a la señorita.

-¡Patty! – de inmediato el joven apresuró su paso cuando ubicó a la señorita sentada cabizbaja, luchando contra el sueño el final del pasillo.

-¡Adam! – Patricia se levantó sin pensar y caminó hacia Adam Benson en busca de un consuelo que Archie no podía ofrecerle.

--¡Oh Patty, lo siento! He venido en cuanto me he enterado – el joven abrazó a la chica, quien se hundió con el recién llegado en un abrazo más íntimo de lo que le era permitido a una pareja de amigos de inicio de siglos.

Archie no se sorprendió de la escena que presenciaba. Había adivinado los sentimientos de ese par casi desde el inicio, pero, siendo un caballero, era incapaz de preguntar. Decidió dejarlos solos. Lo único que le preocupa es que con toda seguridad alguno saldría herido en todo esto.

-¡Adam! –recapacitó Patty - ¿Qué habrá pensado Archie?

-¡Vamos preciosa! Este no es el momento para pensar en ello – Adam limpió las lágrimas de su amiga – además, ¿Qué va a pensar? Que te quiero – se atrevió a declarar –, que te quiero mucho y que estoy aquí para apoyarte.

-¡Adam! – Patty intentó detenerlo.

-Nada Patty. Tengo muy pocos días para convencerte de que te arriesgues y me des una oportunidad. No desperdiciaré ni un solo momento – le sonrió tímidamente – pero tienes razón: No ahora, no en este lugar... ven siéntate.

El recién llegado tomó de la mano a Patty y la condujo al mismo lugar en que estaba sentada con Archie antes de que él llegara. Una vez que él estuvo a su lado, Patty recargó su cabeza en su hombro y se quedó profundamente dormida.

Archie regresó pocos minutos después. Sonrió discretamente ante la escena y se sentó en silencio al lado de Adam. Adam no supo que decirle, al parecer Archivald Cornwell había descubierto sus sentimientos, además; las manos entrelazadas de la joven con las de él no dejaban muchas dudas...

-Creo que ella te estaba esperando – habló con solemnidad mirando hacia el frente. Archie notó que Adam no comprendía muy bien el mensaje y explicó –le dije que podía usar mi hombro para dormir un poco, pero ella no quiso. Tenemos cinco años de conocernos, somos los mejores amigos, pero no quiso apoyarse en mí – al elegante muchacho suspiró – creo que te estaba esperando – la voz de Archie apenas podía escucharse por Adam.

-Archie yo... –Adam trató de explicarle.

-No tienes nada que decirme Adam – Archie miró al techo como buscando algo en su memoria – Te diré algo: Si la amas, inténtalo. Pero si no eres el elegido... – Archie movió su torso hacia el frente, giró su cabeza para mirar el apacible rostro de Patty al otro lado de Adam – cosa que veo difícil – sonrió preocupado – entonces ten el valor de aceptarlo. Solo espero que estés listo para cualquier cosa.

-Hablas como si estuvieras enamorado de alguien más y no de tu prometida. Como si tuvieras un amor secreto no correspondido y no hubieses luchado por ella –Archie abrió sus ojos antes las perspicacia de su interlocutor y amigo.

-Quizás algún día te cuente mi historia – suspiró con tristeza – ahora no.

-¿Entonces es verdad? – Adam buscaba la respuesta no por mera curiosidad, anhelaba un poco de ayuda con lo que enfrentaba – Ella... es decir... la joven que amaste... ¿Amaba a otro?

-Solo escucha Adam: Debes luchar... yo no lo hice porque ella amaba a otro, pero... al juzgar por lo que veo... –Archie nuevamente miró a Patty y sus blancas manos envueltas por las de Adam – creo que tú si deberías luchar.

-Pero estamos hablando de tu hermano – respondió el joven sorprendido.

-Mi hermano –dijo orgulloso Archie –. Un hombre que entiende más de lo que te imaginas. Un hombre que me enseñó a aceptar cuando la mujer que amas no te ama. Stear es fuerte y maduro, estoy seguro que sobrevivirá.

Después de tan íntimas declaraciones, la pareja de amigos permaneció en silencio.

Ambos meditando sobre lo que habían hablado.

Pronto el médico aparecería para darles noticias sobre la abuela Marta.

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Usualmente Stear esperaba a Candy en las afueras del hospital para llevarla a casa, sin embargo, los constantes cambios de horarios y rutinas de la enfermera lo hicieron desistir de la tarea. En ocasiones había esperado hasta cinco horas por ella. Candy le pidió que dejara de ir a buscarla. Ella no podía abandonar el hospital con la carga de trabajo que cada vez era más pesado.

Era casi la una de la mañana. Diana (su ex compañera de cuarto) y su esposo la habían llevado hasta la villa Cornwell. Candy abrió la puerta con cautela y se introdujo en casa esforzándose por hacer el menor ruido posible. Se dirigió a la cocina con el fin de buscar un vaso de leche. Debía atravesar el comedor para llegar a su objetivo y lo que encontró ahí la enterneció profundamente.

Stear se había arriesgado a meterse a la cocina y había preparado una deliciosa cena: Un espagueti al burro, algunas verduras cocidas al vapor y un corte americano deliciosamente presentado en la mesa. El muchacho estaba dormido recargando su peso en la mesa justo al lado de su plato. Al parecer, la había estado esperando para cenar juntos y no se había atrevido a tocar su propia cena.

Candy lo contempló dormir conmovida por su esfuerzo, no deseaba saber en qué estado estaba la cocina, pero con un suspiro resignado se dispuso a averiguarlo tras acariciar el negro cabello de Alistear. Para su sorpresa, encontró, la pieza más que limpia. Sonrió más enternecida y fue hasta la hielera*. Stear inluso había puesto una nueva barra de hielo dentro. La charola que recibía el agua en el piso estaba casi vacía.

Sirvió su leche, la bebió y se dispuso a lavar el vaso que había usado.

-Algún día te haré un sistema de refrigeración eléctrico a partir de la comprensión y expansión de gases, verás que con gases como el Freón podemos tener alimentos fríos todo el tiempo sin la necesidad de poner hielo en un armario de madera – Stear tomó la cintura de la joven por la espalda y le habló al oído mordisqueando el lóbulo de su oreja.

-Stear – la chica gimió al sentirse en los brazos de su novio – estoy segura de que es una brillante idea – respondió. Candy se giró para estar frente a Alistear y lo envolvió en sus brazos. Un delicioso ósculo fue tomando forma estremeciendo los jóvenes cuerpos.

Al terminar el beso, la muchacha no perdió su mirada de la del joven. Una delicada conversación a media voz empezó a tomar forma.

-Debes estar cansada Candy. ¿Cómo te fue? – Stear despejó el pecoso rostro acomodando sus rubios rizos hacia atrás de las orejas. Notó el terrible cansancio de su compañera y trató de persuadirla una vez más de descansar un poco-. Ya hace más de una semana que trabajas sin descanso. Si sigues con ese ritmo enfermarás. Deberías quedarte un día en casa.

La enfermera correspondió a su preocupación con agradecimiento, con su dedo índice viajó por el acongojado rostro de Stear y trató de persuadirlo.

-Debo terminar mi compromiso, ya pronto nos iremos a casa. Tan solo cinco días Stear –le recordó.

-Eso es lo único que me mantiene tranquilo, saber que pronto estarás en casa – las palabras iban y venían en el mismo tono cariñoso, apacible y delicado. No era necesario hablar fuerte, sus murmullos eran recibidos perfectamente por el otro.

-Pero debemos irnos Stear. En cinco días termino mi compromiso y en seis podemos partir a casa.

-Yo había pensado que podemos quedarnos por lo menos tres o cuatro días más para que me permitas disfrutar de ti sin rendir cuentas a nadie – Stear estrechó a Candy con firmeza hacia él. Notó como la chica se sonrojaba intensamente y acarició su mejilla.

Se aseguró de que sus ojos estuvieran de acuerdo con lo que su cuerpo le estaba pidiendo.

-Piensa que al llegar a América tendremos muchas cosas qué enfrentar y deseo tener un poco de paz antes de partir – Alistear parecía un niño pequeño rogando por una nueva rebanada de su postre favorito. Candy no pudo evitar sonreír con esa idea.

-¿Estás seguro? ¿Quieres hacerlo?

-¡Claro que estoy seguro! Además sé que soy irresistible – le sonrió seductor, logrando que Candy se sintiera desfallecer.

-Vanidoso

-Testaruda

-¿Te crees muy listo? – le retó.

-No – sonrió triunfante mientras le robaba un beso –SOY MUY LISTO –confirmó sin dejar de besarla.

-Travieso

-Mucho. ¿Quieres saber cuánto? – coqueteó el sargento

-¿Es promesa o amenaza?

–Lo que quieras – Stear la tomó en sus brazos y ella se acurrucó en su pecho.

-¿Y la cena? – preguntó inútilmente la rubia.

-Son casi las dos de la mañana, solo tú puedes pensar en comer a esta hora – se burló el inventor.

-¡Stear! Es solo que pensé que tendrías hambre. Yo tuve suficiente con un vaso de leche –le reprochó mientras se dejaba conducir.

-Sí. Dices bien – una intensa mirada fue lo que encontró Candy como respuesta –tengo hambre... – el muchacho empezó a besar a la chica que ya temblaba como gelatina en los fuertes brazos que sin duda la conducían a la alcoba principal.

La sorpresa de la joven fue que Alistear la llevara directamente al baño. La despojó de su abrigo bajo la mirada expectante de ella. Candy no sabía qué hacer. Ahí estaba ella: Permitiendo que su novio la despojara con ternura de su ropa. Sintió las manos de Stear recorrer sus curvas enviando un tremendo calor en su cuerpo. Era fuego vivo el que la tomaba y un sin fin de mariposas revolotearon en su estómago. Stear no se perdió ni uno solo de los instantes que precedieron a la desnudez de su novia, adoraba su sonrojo, idolatraba su inocente sensualidad y disfrutaba de lo que su mente maquilaba en esos instantes de intensa intimidad.

La llevó hacia la tina que había preparado con agua caliente; aún estaba con temperatura agradable, la pareja se introdujo en la enorme tina. Él se sentó de tal manera que la espalda de ella estaba en contacto con su pecho. Ella no era capaz decir una sola palabra y él se dio a la tarea deliciosa y tantas veces soñada de deslizar por el cuerpo de la joven la esponja enjabonada. Con delicadeza recorrió su espalda, ella se relajó dispuesta a vivir uno de esos encuentros dulces y llenos de ternura que él le había mostrado. Sonrió emocionada por el solo pensamiento.

-Eres hermosa Candice – Alistear colocó sus manos en el abdomen de la chica y la atrajo hacia él lentamente para hablarle otra vez a media voz. Sus labios empezaron a viajar por lo hombros femeninos arrancando placentero gemidos.

Sus manos se movieron expertas sobre sus montes y valles. Ella disfrutó del encuentro. Las manos complacientes del muchacho se abrieron paso por cada rincón del cuerpo a veces trémulo de la joven. Alistear deseaba relajar a Candice. Sabía del tremendo esfuerzo que la chica realizaba cada día en el hospital. En ocasiones la había visto correr de un lado a otro mientras que él la esperaba en el vestíbulo del nosocomio. La enfermera iba y venía constantemente: Ora con instrumentos de quirófano, ora con tablas de medición de signos vitales, ora dando instrucciones a otras enfermeras, ora dando un reporte a algún médico... en fin. Alistear admiraba cada día más la forma en que su novia se desarrollaba en su trabajo. En ocasiones, cuando ella pensaba que nadie la miraba, se escondía detrás de algún escritorio y respiraba profundo para tomar nuevos bríos. Sin embrago, Stear no se perdía uno solo de sus movimientos cuando le era posible. Incluso, el joven, en esas largas esperas, de vez en cuando había colaborado con el personal médico trasladando a los pacientes. Esas escenas iban y venían una y otra vez a la mente del primogénito y la amaba más. Deseaba compensar un poco el trabajo de la chica, deseaba hacerla sentir tranquila en ese cielo que era solo suyo.

Él jamás pensó hacer realidad semejante sueño, pero ahora era materializado y estaba dispuesto a disfrutarlo, tanto o más que en sus sueños húmedos de adolescente. Sin prisa llevó su mano con la esponja por una de las piernas de la chica mientras que son su manos libre masajeaba uno de sus senos y pellizcaba sensualmente el pezón.

Le declaró ardientemente cuán feliz era de tenerla en sus brazos de tal forma. Le dijo cuánto lo enloquecía su cuerpo pero también cuánto la admiraba por su labor, cuánto deseaba sus curvas pero también cuánto disfrutaba de verla realizada, cuánto le quemaban sus besos pero también cuánto adoraba su sonrisa cálida que brindaba confianza a quienes se acercaban a ella desesperados. Stear era capaz de ver más allá del físico de la mujer amada. Había sido su amor platónico durante años, cierto, pero también había sido su mejor amiga y él amaba cada faceta de su relación. Alistear amaba a la enfermera responsable, a la niña desventurada y fuerte, a la adolescente atolondrada y enamorada, a la mujer apasionada que había descubierto y sobre todo, a la amiga que confiaba en él, en sus locas ideas, la que lo apoyaba y alentaba mientras que otros se reían de sus proyectos. Ella creía en él de tal forma que incluso había sido capaz de convertirse en su conejillo de indias en todo momento. Ella había sido su inspiración y motivación. Eso era lo que más amaba de ella. Siempre estaba dispuesta a servir a los demás, hoy Stear deseaba ser él quien le sirviera.

Ella correspondió emocionada ante tales declaraciones mientras que Alistear continuaba con el placer de recorrerla. Sus manos se deslizaron hambrientas, su corazón palpitó desbocado cuando sus dedos encontraron la máxima intimidad de su novia. Con manos expertas la llevó a la cúspide del placer solo con sus caricias; Stear la colmó de lo que deseaba y la condujo al punto máximo a su lado. Él también tocó el cielo con ella y se dispuso a descansar con el cuerpo femenino que aún convulso se refugiaba en su pecho.

Cuando se hubo recuperado, el joven terminó con el aseo de la chica. Con ternura dejó caer agua sobre su espalda, sus hombros y su cuello. Ya no dijo nada, se limitó a hacerla sentir bien amada. Alcanzó la toalla que había al lado de la tina, la puso de pie y secó su cuerpo. Ella no alcanzaba a comprender todavía el amor que apenas conocía. Contempló la dedicación con que su novio la cuidaba y se sintió la mujer más afortunada del mundo. Le sonrió con adoración sin emitir palabras. No eran necesarias, ellos comunicaban sus sentimientos con solo sus miradas. Había un delicado y a la vez fuerte canal de comunicación entre sus pensamientos, que podían se fácilmente adivinados por el otro. Stear la vistió y después hizo lo mismo consigo, cuando estuvo listo, la tomó en sus brazos y la llevó a la cama. Con suma delicadeza la colocó sobre ella, se acostó a su lado y con sus dedos peinó su cabello que se había conservado seco lejos de agua resguardado en una coleta alta. Stear empezó a hablarle de sus sueños, de su deseo de una vida a su lado, de lo feliz que era de saberse amado por ella hasta que se quedaron profundamente dormidos con una sonrisa en sus labios. La vida no podía ser más hermosa para ellos.

*La versión primitiva de la hielera era un armario de madera, aislado, en el que había un compartimiento superior, donde se ponía hielo, y de ahí el nombre más antiguo, hielera. La parte inferior servía para almacenar los alimentos que requieren frío para su conservación.

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Candy se sostuvo de una de la columnas en la entrada principal del hospital. Estaba muy cansada. Esa noche había llegado un batallón completo trasladando heridos, muchos de los cuales sumamente graves. La enfermera no estaba usando más su cuarto en el hospital. Al final de cada turno regresaba a casa; estaba a punto de detener un Taxi o un carruaje, lo que apareciera primero.

La enfermera cerró sus ojos por el cansancio, secó el sudor de su frente y respiró profundo. Pronto estaría en casa. ¿Por qué Alistear no estaba esperándola como le había prometido la tarde anterior?

En ese momento justo una voz la llamó desde su espalda.

-¡Candy!

La enfermera sonrió entusiasmada, se giró con prontitud...

-¡Stear! – fue lo primero que dijo, sin embargo su rostro pasó a la sorpresa total. La joven se quedó perpleja y sin poder moverse. De su garganta no podían salir las palabras adecuadas. Después del tiempo que le llevó recuperarse musitó finalmente –Terry – su voz sonó sumamente nerviosa al tener a unos centímetros al caballero que la había llamado. En un instante su mirada se humedeció y una enorme sonrisa adornó sus facciones sin atreverse a eliminar la distancia que la separaba de su amigo. Candy contempló al joven emocionada.

-Nunca pensé ser testigo de una Tarzán pecosa extenuada – el aristócrata le ofrecía su maravillosa sonrisa retorcida tras su broma. Sus ojos brillaban por el encuentro. Su porte siempre erguido, su voz aterciopelada, su cabello brillante, todo él era una maravillosa visión.

-Terry – repitió la rubia en un susurro.

-Candy – el muchacho venció la barrera y estrechó a la joven en sus brazos por vez primera.

A unos cuántos pasos, Alistear contemplaba la escena totalmente desconcertado.

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De mi escritorio: Chicas bellas. Muchas gracias por todos sus comentarios. Son en verdad maravillosas. Me alegro que estén disfrutando de esta locura. Leo todos sus mensajes y les agradezco todo su apoyo.

Malinalli, Julio 09