Hola a todos. Espero que la espera (valga la redundancia…) no se os haya hecho muy larga. He tenido que pensar y repensar el capítulo hasta que he conseguido darle el toque que quería. Espero que os guste y me deis tiempo para preparar el siguiente :P. Un saludo y gracias por seguir ahí, una vez más.

Roxana: me alegro de que lo entiendas. Lo que quiero dejar claro es que a los Hombres nadie les dijo qué hacer ni cómo organizarse; heredaron algunas costumbres de los Elfos con los que convivieron, pero muchas otras terminaron siendo propias. De todos modos, cuando quieras me pasas tu mail y lo discutimos más a fondo ;) Un abrazo y gracias por leer y comentar.

Amaral: Llegó el Akallabêth, sí. Confieso que para mí es la historia más triste que Tolkien escribió. Y lo que sigue no será alegre, precisamente… Claro que Isilmë se apresuró, pero como todos nosotros tiene derecho a cometer sus propios errores. No quisiera escribir el típico fic en el que todo es fácil y maravilloso y todo les sale bien a todos. Por cierto que no puedo ver tu correo, si quieres escríbelo en un review separando lo que vaya antes del y después, y en cuanto lo lea lo borraré. Gracias por leer y comentar, un abrazo y cuídate tú también :).


Los informes de los exploradores llegaron en un goteo continuo a lo largo de toda la tarde y parte de la noche, portando noticias de navíos de velas tan negras como el cielo sobre sus cabezas. Cuanto más se acercaban, más podía sentir la intranquilidad, como si Elenna también poseyera el don del rey de percibir los sentimientos de los demás. Al fin, ya cerca del alba y sin haber podido pegar ojo, se levantó de la cama.

Ocupaba la misma habitación que en la primera visita, y parecía que durante aquellos años nadie hubiera tocado ni una sola mota de polvo. Elenna sospechaba que el rey había tenido algo que ver en ello, pero prefería no pensarlo. Su equipaje seguía tirado a los pies de su cama; por encima de una camisa de lino suave se puso unas prendas de cuero desgastadas por el uso, y sobre ellas se ajustó la cota de malla. No sabía qué iba a suceder, pero sentía que todo su entrenamiento había sido para una ocasión como aquella. Por encima de la cota se puso una sencilla túnica verde; no le pareció prudente lucir la divisa de su padre, pues si se trataba de los restos de la flota de Pharazôn, llevar la túnica de las estrellas sería como pintarse una diana encima.

Justo cuando se estaba calzando las botas escuchó unos leves toques en la puerta. Gruñó algo que esperó que sonara como una invitación a entrar, y al cabo de un instante se encontró con Isilmë, Elatan y Calion, con aspecto de no haber dormido mucho más que ella. Los tres llevaban cota de malla, pero de lejos Elatan era el que más cómo parecía con ella. Isilmë la llevaba con serena dignidad, consciente de la necesidad de ir protegida, y a Calion la suya le iba un poco grande. Tampoco parecía acostumbrado al peso extra, pues se removía inquieto. Elenna le dirigió un amago de sonrisa.

-¿Aún no sabemos nada?-preguntó Elatan con la voz ligeramente ronca.

-Unas pocas horas más…-murmuró Elenna con un hilo de voz. Se abrochó el cinto, y al sentir el peso de la espada y el puñal se sintió un poco más segura. Si iba a morir, al menos no moriría con las manos vacías.

-Puede…-aventuró Isilmë-que no sea Pharazôn…-ante las miradas incrédulas de los otros tres, bajó la vista. Se puso a juguetear con una de las flechas del carcaj que llevaba a la espalda; no le gustaban las espadas, pero su puntería era prodigiosa para no haber recibido nunca entrenamiento adecuado.-Bueno… ya sabéis lo que piensa de los Elfos. No veo por qué…

-Para acabar con ellos.-sentenció Elatan, sin dejarla terminar.

-Es lo que teme el rey.-asintió Calion.

-Lo sé.-insistió la doncella-Es sólo… si son de los nuestros… tal vez los intimiden con todo el ejército y todo…

-No va a sacar todo el ejército al puerto.-replicó Elatan con fastidio-No es tan idiota.

Elenna suspiró, presintiendo el comienzo de otra pelea, y salió a la terraza, incapaz de soportar tanta tensión. Afuera amanecía ya sobre el palacio; a pesar de las nubes, el negro de la noche iba dejando paso a un mundo de tonalidades de gris. Calion la siguió, aliviado por tener una excusa para evitar ser incómodo testigo de otra discusión.

-¿Dónde están los demás?-preguntó ella, con los ojos clavados en el pedazo de mar visible desde allí. El agua comenzaba a tornarse ligeramente azul, pero aún no había rastro de los barcos.

-Con Mardil, en su taller.-explicó el chico, jugueteando nervioso con el broche de su capa-Tenía algunas armas sueltas por allí, y está buscando algo que le vaya bien a todo el mundo.

-Bien.-nada más recibir la noticia, el joven herrero se había consagrado a la tarea de proveer a los suyos de armas apropiadas. Por supuesto que lo que hacían sus maestros era mucho más ligero y resistente, pero también más adaptado al temperamento y a las artes de combate de los Eldar, bastante diferentes de las de los Dúnedain, como Elenna había tenido ocasión de comprobar. Se arrebujó en su capa, y durante un rato permanecieron en silencio. Sólo se oían, amortiguadas, las voces airadas de Isilmë y Elatan, enzarzados, cómo no, en una de sus interminables peleas.

-¿Se hartarán algún día?-murmuró Calion, con la vista fija en sus manos. Elenna suspiró.

-Es su manera de descargar la tensión, supongo.-se encogió de hombros-¿No lo sientes?-a pesar del inminente amanecer, el aire parecía gris, como presagio de algo terrible que estaba por llegar. Calion asintió levemente.

-Es como la calma tensa antes de una tormenta.-musitó, mirando el mar inmóvil.

-¡No te soporto!-el grito de Isilmë los sobresaltó a ambos. La doncella irrumpió en la terraza, con el rostro colorado de furia y los ojos brillantes-¡No consiento que me hables así! ¡No tienes derecho a…

-¿A qué?-Elatan la siguió, con la mano en el pomo de su espada, desafiante-Mardil sí que tiene derecho, a pesar de que digas que no le amas. En cambio yo…

-Chicos…-los interrumpió Calion con un hilo de voz. Elenna retrocedió y se apoyó contra la pared, hasta confundirse con las sombras grises, tratando de evadirse de los sonidos de la pelea.

-¿Tú qué?-Isilmë apretó los puños-¡Que yo sepa, hasta que Mardil lo hizo, nunca demostraste interés!

-Ya sabes a dónde te conduce ese camino, ¿verdad?-Elatan la ignoró-Empiezas por un amigo al que le gustas, y terminas en…

-Chicos…-repitió Calion, aferrándose a la balaustrada de mármol, con la mirada fija en el golfo.

-¿Dónde?-Isilmë alzó el puño-¡No te atrevas a decirlo, Elatan, o te juro que te atravesaré la garganta con una flecha!

-¿Qué pasa, no te gusta la verdad?-se burló Elatan-Si ya sabes cómo acaban esas cosas… empiezas acostándote con alguien a quien no amas y luego… te compadezco.

-¿Me compadeces?-Isilmë abrió unos ojos como platos-¡Pues ya sabes lo que tienes que hacer la próxima Erulaitalë!

-Chicos…-la tercera vez, Elenna percibió el tono de urgencia en la voz del muchacho, y se acercó a la balaustrada. Entornó los ojos para ver donde señalaba Calion.

-¿Qué?-inquirió Elatan a sus espaldas. Oyeron a Isilmë gruñir y soltar el arco, y luego nada más.

-Barcos.-murmuró Elenna-Ya están aquí.-había distinguido en la tenue luz del alba la silueta de cinco altos navíos númenóreanos. Se volvió hacia los otros dos.-Chicos…

Se giró justo a tiempo para ver cómo Isilmë cruzaba la distancia que la separaba de Elatan de dos enérgicos pasos. Ante las miradas atónitas de los otros dos, cogió al chico del cuello de la túnica, lo atrajo hacia sí e hizo callar sus protestas con un beso más bien brusco.

-Eh… chicos…-Elenna carraspeó-¿Podríais… no sé… dejarlo para más tarde?-no parecieron escucharla, concentrados en no despegarse mientras sus manos se buscaban entre los pliegues de la ropa.-Isilmë, Elatan-insistió Elenna con voz más firme-ya vienen, por favor…

-¿Qué?-Isilmë consiguió apartarse por fin, tan ruborizada que su rostro emitía calor. Se giró lo justo para ver las velas negras perfiladas contra el horizonte, avanzando amenazadoras hacia el puerto de Forlond-Oh… oh, oh no...-con el corazón en un puño, los cuatro exiliados contemplaron la pequeña flota, que se acercaba rodeada de una sombra que ya extendía sus dedos hacia ellos.

Varios niveles por debajo de donde los cuatro númenóreanos trataban de controlar su ansiedad, en la armería, Glorfindel se afanaba en ajustarle la armadura a su rey. No era una tarea que el capitán de la guardia y consejero personal de Gil-galad tuviera que realizar, pero el risueño noldo lo hacía de buena gana.

-¿Has informado a Elrond?-preguntó mientras cerraba uno a uno los remaches de la exquisita coraza dorada. Gil-galad asintió.

-Envié a Gildor en cuanto tuvimos los primeros informes.-explicó, alzando el brazo izquierdo por encima de su cabeza para que Glorfindel pudiera terminar con la coraza-Tiene órdenes de prepararse en caso de que tuviera que acudir en nuestra ayuda.

-Eso le encantará.-bromeó Glorfindel. Todo Lindon conocía la aversión del Señor de Imladris hacia las batallas y confrontaciones de cualquier tipo. Elrond no tenía nada del carácter impulsivo y belicoso de los Noldor, ni de la agresiva pasión de los Hombres, y habiendo presenciado tanta muerte y destrucción de niño, nunca se acostumbraría a tener que marchar en la vanguardia del ejército del rey.

-Por esta vez-dijo Gil-galad, cerrando los broches de acero esmaltado que sujetaban su manto azul a la armadura-le permito quedarse en la retaguardia. Pero-se volvió hacia su capitán con un brillo burlón en los ojos-eso te deja a ti una tarea más tediosa que la de ajustarme la armadura, me temo.

-¿Cuál?-Glorfindel abrió los ojos azul claro fingiendo inocencia. Le tendió la corona. Gil-galad se la ajustó sobre su cabello azabache antes de contestar.

-Tendrás que ocupar el lugar de Elrond-dijo con una sonrisita, poniendo en las manos del capitán un asta de fresno envuelto en un lienzo azul-como mi heraldo.

-Oh…

-Meletyalda-los dos se volvieron. En lo alto de las escaleras asomó la cabeza de Vorondil, a cuyo cargo había quedado la disposición de las tropas en el puerto-ya están cerca.

-Estamos listos.-Gil-galad tomó a Aiglos, y escoltado por sus dos capitanes se encaminó al puerto.

En los muelles los esperaban ya Erestor y los demás consejeros, todos ataviados para la batalla, preparados para lo peor. Y detrás de una línea de lanceros de Gondolin, semioculta bajo la capa gris, Gil-galad descubrió el semblante pálido de Elenna. A su lado, Elatan e Isilmë tenían las manos enlazadas. El rey sonrió al verlos y se aprestó a posicionarse en el muelle más grande, el único que podría dar cabida a los enormes buques de Númenor.

Y después, silencio. Toda la ciudad parecía contener la respiración. Glorfindel sostenía su estandarte tan quieto y callado como una estatua, algo muy poco habitual en él. Gil-galad cerró los ojos y se llevó a Vilya a los labios, buscando…

Su mente tardó muy poco en dar con lo que buscaba: aquella terrible sensación de angustia, tan clara que podía contar a cada miembro de la tripulación de cada barco de los Dúnedain, y su jerarquía en el mismo. Tenían mucho miedo.

Pero no fue el miedo lo que hizo que Gil-galad apartara el anillo de un respingo. Un profundo dolor, una tristeza tan honda como el abismo que decían, se había tragado a su isla, emanaba de la pequeña flota. Y había algo que no encajaba en las enseñas que enarbolaban en sus velas negras. Los dibujos eran de plata, no dorados. A pocos pasos detrás de él, alguien más debió de darse cuenta, pues escuchó a los Dúnedain hablar en susurros.

El silencio se hizo aún más denso a medida que el primero de los barcos enfilaba la boca del puerto. Ayudado por dos centenares de remos, avanzó pesadamente hasta situarse de costado junto al muelle. A la derecha de Gil-galad, Glorfindel soltó una mano del asta del estandarte y se la llevó al pomo de su espada, alerta. A su espalda, algunos de sus guardias hicieron lo mismo. Del enorme buque emergió una escalera, que chocó contra el muelle con un ruido sordo. Sobre sus cabezas, cincuenta arcos se tensaron y apuntaron al primer hombre que descendía ya del barco. Sorprendentemente alto incluso para su raza, se cubría con una capa gris similar a las de los jóvenes Dúnedain que ya se habían exiliado. En el jubón que se adivinaba bajo el manto se veía el mismo emblema que en el estandarte que portaba uno de sus hombres: siete estrellas sobre campo de sable. Reconoció aquel emblema: el señorío de Andúnië. El dúnadan hincó una rodilla en tierra, y su tripulación al completo lo imitó.

-Salve, Gil-galad, rey de Lindon y de los Noldor en Endor.- pronunció el extraño en quenya con un levísimo rastro de acento adûnaico. Alzó la cabeza y se descubrió el rostro, y a espaldas de Gil-galad Elenna ahogó una exclamación. Los rasgos le resultaron familiares; le recordaron vagamente a Amandil, el último señor de Andúnië, pero el hombre que tenía ante sí debía de ser varias décadas más joven, pues apenas unas pocas hebras plateadas salpicaban su cabello negro. La pena y el dolor se habían grabado a fuego en sus ojos grises, unos ojos que Gil-galad ya había visto antes.-Mi nombre es Elendil, hijo de Amandil de Andúnië, y del Gran Mar llego a la Tierra Media, para hacer de esta tierra mi morada y la de mis descendientes hasta el fin del mundo.

Gil-galad sonrió ante la elocuencia de las palabras del señor númenóreano. Le tendió una mano en un gesto de amistad para ayudarlo a incorporarse.

-Sed bienvenido a mi reino, señor Elendil.-no sin cierto asombro, comprobó que el hombre le sacaba un palmo y medio en estatura; de hecho, sobrepasaba a todos los presentes. Gil-galad era consciente de que los Dúnedain eran más altos que el resto de los mortales, signo de su noble linaje. Sin embargo, él siempre se había considerado muy alto para su raza, tan alto al menos como decían que su padre había sido.-Habláis de estableceros a este lado de mar ¿es que vuestra hermosa patria ha sufrido algún daño?-una mirada le bastó para saber qué había ocurrido exactamente. Los cuatro barcos que el nuevo señor de Andúnië había conducido al otro lado del Belegaer estaban repletos de rostros ensombrecidos, tristes por el horrible final de su querida isla.

-Númenor ya no existe.-confirmó Elendil en un tono que pretendía ser neutro-Nuestro rey partió al Oeste a desafiar a los Poderes y… no sabemos qué sucedió, pero suponemos que no debió de sentarles muy bien.-aunque mantenía una postura erguida y orgullosa, Gil-galad no pudo dejar de percatarse de que los ojos de Elendil buscaban algo entre la multitud.

-Ya veo.-asintió el rey cortésmente-Estaréis agotados del viaje, imagino. Si tenéis la amabilidad de acompañarme a palacio… me gustaría mucho oír lo que tengáis que contar.-miró de reojo a Erestor y prosiguió-Estoy seguro de que podremos idear alguna manera de acogeros, a vos y a vuestro pueblo, hasta que decidáis qué camino tomar.

-Eso no será necesario, majestad.-Elendil negó con la cabeza-Podremos dormir en los barcos. Lo único que he venido a pediros es consejo.

-Me halagáis.-sonrió Gil-galad afablemente-Mas permitid que al menos a vos y vuestra escolta os acojamos en palacio. No creo que me equivoque-continuó, girándose-si me atrevo a decir que no querréis estar lejos de vuestra hija, ¿verdad?

Sólo al comprender las implicaciones de aquella frase abandonó Elendil su máscara de impasibilidad. Apartó la vista y buscó entre la gente, a tiempo para ver a Elenna emerger entre los guardias al lado de Gil-galad, quien le dedicó una sonrisa cómplice. Elendil sonrió también, pero antes de que pudiera decir nada su hija se arrojó a sus brazos, con tanto ímpetu que se escuchó un ligero tintineo metálico. Detrás de ella, los demás disolvieron la formación para buscar en los abrazos de sus familias en calor del hogar perdido.

-¿Estás bien?-Elendil acarició la cabeza de su hija contra su pecho.

-Muy bien…-no hizo falta que Elenna se apartara para saber que estaba llorando, liberada por fin de la tensión-He pasado… tanto miedo…-se le quebró la voz. Nunca hasta ese momento había parecido tan vulnerable, tan frágil… incluyendo que entre los brazos de su padre parecía más pequeña.

-Ya lo sé.-Elendil la apartó, sonriendo sinceramente por primera vez-Yo también.

-Creo-terció Gil-galad sin perder la sonrisa ante la escena-que esto lo arregla todo ¿no os parece?

Se reunieron en el gran salón en la planta baja del palacio, en torno a la enorme mesa de roble. Elendil tan sólo escogió a un puñado de sus hombres para que lo acompañaran; los más cercanos, supuso Gil-galad. Por su parte, a él lo acompañaba Glorfindel, como siempre, y unos cuantos de sus consejeros. Vorondil se quedó en la puerta con la excusa de guardar los accesos, pero al rey no se le escapó el gesto de incomodidad del capitán ante la numerosa hueste de los Dúnedain presente en su ciudad.

Mientras su padre intercambiaba los pertinentes saludos con la corte del rey, Elenna tomó asiento a su izquierda, junto a un hombre alto de cabello corto y ligeramente ondulado. En los rasgos de ambos estaba escrito el parentesco que guardaban, que quedó confirmado cuando la joven se inclinó para preguntarle algo.

-¿Y mi abuelo?

-Tu padre te lo dirá, sobrina.-el hombre hizo un gesto señalando a Elendil, que acababa de ocupar su asiento como invitado de honor del rey.

-Ahora lo sabrás.-dijo en voz baja antes de volverse a Gil-galad-Permitidme que os presente, majestad, a Voronwë, mi consejero y amigo más leal.

-También soy su cuñado.-sonrió Voronwë, inclinando la cabeza en señal de respeto, cortés-Es un honor estar aquí hoy, majestad.

-El honor es mío. Hacía años que no recibíamos una delegación tan numerosa de Númenor.-replicó Gil-galad en tono afable-Bien, señor Elendil.-dos asientos a su derecha, Erestor alisó un pergamino y mojó una pluma en el tintero, listo para tomar nota de todo lo que se contara en aquella reunión.-Me gustaría escuchar la historia desde el principio, si sois tan amable.

-Supongo que conocéis lo que ocurría en Númenor bajo el reinado de Ar-Pharazôn.-replicó Elendil-Mi hija os lo habrá contado.

-Así es.

-Entonces sabréis que la influencia de Sauron sobre nuestro rey ha ido creciendo…-ante la sola mención del maia, todos los Dúnedain presentes se estremecieron-hasta conseguir erigirse como su consejero personal. Podríamos decir que en realidad era él quien gobernaba por medio de Pharazôn.

-Eso tengo entendido.-asintió Gil-galad-Proseguid, por favor.

-También estaréis al corriente de la persecución que hemos sufrido-Elendil se acomodó en su asiento-a manos de los Hombres del Rey, aquellos quienes en vez de renegar de Ilúvatar y codiciar el don que otorgó a la Hermosa Gente, preferimos mantener nuestra amistad con vuestro pueblo. Pero la paranoia de nuestro rey alcanzó un extremo que nunca habíamos imaginado: propuso un ataque sobre Valinor, para recuperar lo que según él, nos pertenece también a nosotros.

-Menuda ridiculez.-murmuró Glorfindel-Como si pudiéramos siquiera soñar con enfrentarnos a los Valar y salir victoriosos.

-Ya lo veis, mis señores-asintió Elendil-que la soberbia de Pharazôn no tenía límites. Hará algo más de dos semanas que toda la flota del rey puso rumbo al Oeste… para no regresar.

-¿Y cómo fue eso?-Galdor, que asistía a esa reunión como representante de los Teleri, se inclinó sobre la mesa con mucho interés. Nunca había navegado en torno a la hermosa isla de los Hombres del Oeste.

-Lo ignoramos. Pero suponemos que la ola que lo arrasó todo también se los llevó a ellos.-explicó Elendil con gesto torvo-Por orden de mi padre, yo permanecí en Rómenna con nuestra gente. Él… se aventuró al Oeste, con la esperanza de arribar al Reino Bendecido antes que nuestro rey y poder interceder ante los Valar.

-Y no lo consiguió, ¿verdad?-inquirió Elenna con ansiedad. Por cuestión de protocolo, se aferraba al brazo de su tío, permitiendo que Elendil continuara su relato.

-No lo sabemos. Él tampoco regresó…-Elendil apretó los labios-Pero la ola nos arrastró a nosotros hacia el este, antes de que el mar se abriera y…-respiró hondo e intentó continuar. Elenna se cubrió el rostro con las manos. A su espalda, Elatan se puso pálido.

-Númenor desapareció bajo las aguas.-terminó Voronwë con voz más calmada-Ya no existe. Akallabêth, la llamamos ahora, La Sepultada.

-Eso… es una noticia terrible.-dijo Gil-galad después de un largo silencio-¿Qué fue de vuestros hijos?

-Mi flota se dividió en dos en mitad de la tempestad.-Elendil recuperó la voz-Sé de buena fuente que Isildur y Anárion se dirigen hacia las colonias que tenemos en Pelargir, con parte de mi pueblo. Se establecerán allí un tiempo y esperarán instrucciones mías.

Hubo un silencio, mientras todos los asistentes digerían la información. Para Gil-galad supuso la confirmación de sus peores presagios. Ahora se encontraba en la tesitura de ofrecerle su ayuda a Elendil sin que su pueblo se molestara por ello; ya había bastantes reticencias hacia los Hombres como para animarlos a instalarse entre ellos alegremente. Pero no podía abandonarlos a su suerte.

-Os agradezco la información, mi señor.-le dijo a Elendil con amabilidad-Sé que ha sido duro volver a revivir todo el dolor y el miedo que habréis pasado. A cambio, os ofrecemos nuestro apoyo en todo lo que consideréis necesario.

-Bueno.-Elendil se aclaró la garganta-Buscamos un lugar donde establecernos; ya que nos hemos quedado sin hogar… necesitamos encontrar uno. Pero el otoño se acerca, y aunque es evidente que no podemos invadiros la ciudad… tal vez haya algún lugar que consideréis adecuado para un asentamiento puntual.

-Es posible.-Gil-galad pensó su respuesta un momento-Lo consideraré detenidamente. Entre tanto, permitidme ofreceros mi hospitalidad, como superviviente… y alguien que se ha mantenido fiel pese a la adversidad.

-Os lo agradezco de corazón, majestad.-con esas palabras se dio por concluida la reunión.

El sol estaba ya alto cuando por fin Elenna tuvo un rato para informar en privado a su padre de todo lo acontecido en aquellos dos años lejos de casa. Organizar a los suyos había llevado sorprendentemente poco tiempo; y ahora que no tenía por qué responsabilizarse de nadie, que Elendil estaba allí para tomar el mando, se sintió aliviada.

Su tío se quedó en el puerto, revisando las provisiones y tratando de organizarse para llevar, al día siguiente, a la pequeña flota hacia la colonia. Lo primordial, en eso habían estado de acuerdo los tres, era reunirse. Y por mucho que Gil-galad les hubiese ofrecido quedarse todo el tiempo que estimasen necesario, Elenna conocía la opinión que algunos de los súbditos del rey noldo tenían sobre los mortales. Su padre había coincidido en que lo mejor sería darles unos cuantos días para ir haciéndose a la idea de que en adelante, rondarían mucho por allí.

Elendil también se había pasado el resto de la mañana en el puerto, de modo que Elenna tuvo que postergar el momento de explicarle todo lo que había conseguido llevar adelante. Entretanto, se aseguró de que los jóvenes que debía tener a su cargo, los que optaron por permanecer en Forlond para intentar aprender algo de los Elfos, se reencontrasen también con sus familias. Si había algo que los ayudaría a sobrellevar el dolor de la terrible pérdida, sería estar todos juntos. Había sido la división provocada por Sauron lo que había llevado a Númenor al desastre; de modo que su fuerza radicaría en presentar un frente unido a todo lo que se les pusiera por delante.

Con cierta desgana, depositó sobre la mesa de la salita una jarra de cerveza fría. No podía enfrentarse aún a la mirada escrutadora de Gil-galad, de manera que optó por aquel saloncito, en las estancias que el rey le había asignado a su padre, a salvo de las miradas de compasión de los Elfos. Quería poder lamerse las heridas en la intimidad, poder abandonarse por una vez a la desesperación. Habían luchado tanto para devolver a la isla y a su gente al camino recto… y habían perdido.

Apoyada en el ventanal, observó la silueta familiar de los buques númenóreanos, pensados para viajes de larga distancia como aquel. No pudo evitar una punzada de nostalgia al recordar el puerto de Andúnië, donde como en Forlond, se mezclaban sus barcos y los de los Elfos, en días más felices. Luego habían llegado los tiempos de la clandestinidad y del terror. El miedo a que la arrancaran de los brazos de su familia como le arrancaron a su madre. Y Elenna, que siempre se había considerado afortunada por contarse entre la raza de los Hombres del Oeste, bendecidos con la capacidad de poder abandonar la vida cuando lo desearan, se encontró temiendo a la muerte que parecía acechar en cada esquina.

Y aún así… sintió el sabor amargo de la pérdida en la garganta. No era justo. Era un castigo desproporcionado y terrible a un pueblo que tan sólo había cometido el pecado de sentirse abandonado y perdido. Si en vez de reprenderlos los Valar los hubiesen escuchado… una lágrima resbaló por su mejilla al pensar en su abuelo. Seguro que Amandil pensaba lo mismo cuando se embarcó. Que conocía las palabras para persuadirlos de que aún quedaba bondad en el corazón de los Hombres. Aunque después de todo lo que había visto en Rómenna, Elenna no estaba muy segura de ello.

Lloraba en silencio, con las manos crispadas a los costados, cuando el ruido de la puerta anunció la llegada de su padre. Elenna se dio la vuelta y se las enjugó en la manga de la túnica.

-Lo… lo siento-se excusó, tratando de recomponerse. Sabía que no debía mostrar debilidad ante su pueblo; ellos habían presenciado el dantesco espectáculo de ver a su patria hundirse en el mar, no necesitaban que se lo recordarse-es que… es…-Elendil no la dejó continuar. Depositó con cuidado un montón de pergaminos sobre una mesita junto a la puerta, y atravesando la habitación a zancadas, fue a rodearle los hombros con un brazo a su hija. Permanecieron en silencio un rato, mientras ella trataba de calmarse.

-Ha sido muy duro para todos.-dijo Elendil al fin con aire distraído-Primero fue la ola… y luego el viento, el mar abriéndose ante nuestros ojos… No es algo fácil de olvidar. No tienes por qué fingir que no te afecta.

-Lo sé.-asintió Elenna con la voz tomada-Nosotros también lo vimos… en sueños.

-¿Lo soñasteis?-inquirió Elendil con interés. Elenna asintió con la cabeza-Eso sí que es curioso…-siguió a su hija hasta la mesa, donde aquella espesa sopa de marisco al estilo Teleri los aguardaba pacientemente.

-En los últimos días-explicó su padre, sirviéndose un poco de cerveza-yo también soñé con la ola... Supuse que no era más que una representación de mis temores pero…

Elenna negó con la cabeza.

-Gil-galad también lo había visto.

-Oh. Así que es cierto lo que dicen.-los rumores sobre el don del rey habían alcanzado también a Númenor, hacía ya varios siglos. Elenna asintió.

-También puede ver lo que piensas-añadió-así que te aconsejo que tengas cuidado la próxima vez que te entrevistes con él.

-Hum.-Elendil se rascó la barbilla sin afeitar-Lo tendré en cuenta.

Hubo un silencio mientras daban cuenta de la comida.

-Y aparte de esos… detalles, ¿qué opinión te merece nuestro ilustre anfitrión?-Elendil miró a su hija, inquisitivo, con unos ojos grises que se veían reflejados en otro par idéntico.

-Lo considero… leal.-Elenna procuró elegir cuidadosamente las palabras-De fiar. Nos ayudará en lo que necesitemos.

-¿Incluso aunque lo que necesitemos sean tierras?-Elendil enarcó una ceja-Que probablemente tendrá que cedernos de las suyas.

-No creo que haya ningún problema.-explicó Elenna, adoptando el tono de una estudiante aplicada-Entre Lindon e Imladris hay cientos de millas que aunque considera dentro de su área de influencia, están totalmente deshabitadas. Pero…-arrugó el entrecejo, confusa-¿No vamos a ir a Pelargir? Con Isildur y Anárion...

-Demasiada gente,-dijo Elendil-moviéndose demasiado despacio, durante demasiado tiempo. Seríamos la presa perfecta. Sauron no tendría más que rematar la jugada.

-¿Sauron?-Elenna pareció aún más confundida-Pero si he oído que se hundió con Númenor…

-Se hundió, sí, pero un maia no puede morir.-Elendil suspiró-Están ligados a esta tierra y a su destino, igual que los Eldar.

-Oh.-Elenna se mordió el labio; había pasado por alto aquel detalle-Es cierto. Pero entonces…-se removió en la silla, inquieta-¿Crees… crees que vendrá a por nosotros?

-No me cabe la menor duda.-Elendil se puso en pie y caminó hacia la ventana; Elenna se fijó en que cojeaba ligeramente al andar-No sé qué habrá sido de él; qué aspecto tendrá ahora, ni siquiera si tendrá cuerpo. Pero estoy seguro-se volvió hacia su hija con gesto torvo-de que querrá terminar el trabajo. Que precisamente nosotros nos hayamos salvado…

-Cuando era a nosotros a quienes quería destruir en realidad.-asintió Elenna desde la silla. Resultaba reconfortante que su padre compartiera con ella sus pensamientos, igual que antes. Al menos había pequeñas cosas que nunca cambiarían.

-Exactamente. Estará furioso.-confirmó Elendil-De todos modos, espero que el cataclismo de Númenor lo deje fuera de combate al menos por un tiempo. El suficiente para poder organizarnos.

-¿Por eso me enviasteis a Lindon?-Elenna empezaba a comprender-El abuelo y tú… pensasteis que convenía ganarnos la amistad de Gil-galad. ¿No es cierto?-su padre asintió-Pero no es su guerra. Es nuestro problema.

-No del todo. Al fin y al cabo, lleva toda esta Edad intentando destruirlo a él.-Elendil sonrió ligeramente-Gil-galad sabe que llegará el día en que lance el ataque definitivo; aliarnos no sólo nos conviene a nosotros, también a él.

-Sí.-no sabía qué más decir. Empezaba a entender el papel que ella había representado, aún sin saberlo, en los planes de su padre y su abuelo. Todo empezaba a cobrar sentido.

-Zarparemos a primera hora.-dijo Elendil después de un silencio, volviéndose a contemplar el puerto por una esquina del ventanal-Te aconsejo que vayas a disponerlo todo para que pueda ser así. Avisa a tus chiquillos; al fin y al cabo, te respetan ¿no es así?

-Eso creo.-Elenna se levantó para irse. La conversación había terminado. Sabía que por el momento no tendría más información sobre sus intenciones, así tendría tiempo para asimilar lo que acababa de escuchar. Ya estaba en la puerta, con la mano en el pomo cuando su padre volvió a hablar.

-¿Elenna?-ella se volvió. Elendil sonreía-Buen trabajo. Estoy orgulloso.

Encontrar un lugar donde establecerse les llevó menos tiempo del esperado. Como Elenna predijo, Gil-galad le ofreció a Elendil establecerse en las tierras que se extendían entre la frontera oriental de Lindon e Imladris, no lejos de algunas de las ciudades que sus ancestros construyeron cuando aún iban a la Tierra Media a comerciar y no a conquistar.

Pero como la exploración de las vastas tierras de Eriador les iba a llevar tiempo, por no hablar de trasladar a toda la población y comenzar a construir ciudades para alojarlos, Gil-galad le ofreció también un asentamiento temporal.

-Se trataría de algo que esté lo suficientemente cerca como para que podáis regresar a pedir lo que necesitéis-explicó, a la cabeza de la enorme mesa de roble en la planta baja del palacio. Ante él se extendía un mapa casi tan grande como la mesa, minuciosamente detallado-pero que quede fuera de las fronteras de Lindon. No es nada personal, es sólo…

-No tenéis que excusaros, majestad.-Elendil estaba sentado a su derecha, y sostenía en una mano una pequeña pieza de madera plateada, tallada en una forma redonda y plana-Comprendo las reservas que alberga vuestro pueblo.

-Hum.-Glorfindel, de pie enfrente de Elendil, miró el mapa con el ceño fruncido, pensativo-¿Como a cincuenta millas?-siguió con el dedo la línea del río Llûne-Demasiado al norte… no sé si podríais resistir el próximo invierno.

-Si se me permite-intercedió Voronwë, sentado junto a su sobrina a la derecha de Elendil-me gustaría sugerir que no se encuentre muy lejos de la costa. Como sabéis-hizo un gesto de deferencia en dirección a Gil-galad-somos un pueblo muy ligado al mar, dado que hemos vivido siempre en una isla y bueno…

-Atenuaría la nostalgia.-terminó Elenna. No había dicho apenas nada en toda la reunión, como empezaba a ser habitual. Solía limitarse a escuchar y absorber toda la información que pudiera; Gil-galad sospechaba que era un hábito profundamente arraigado en la relación de la joven con su padre.

-Por ejemplo-se incorporó en la silla para seguir el curso de un río hacia el sur-la desembocadura del Baranduin.

-No serviría.-Gil-galad se levantó de su asiento. Fue a situarse junto a Elenna-Pero tal vez aquí…-reflexivo, cogió otra de las fichas de madera de la mesa, rozando la mano de ella como al descuido. La situó, después de una pausa, a cuarenta millas al sudeste de Mithlond.

-No es mala idea.-Erestor se acercó también a observar el mapa-Hay restos de una edificación anterior, una torre o algo por el estilo.

-Es una idea excelente.-celebró Glorfindel con entusiasmo-No necesitarían construir apenas nada; lo suficiente para explorar el terreno y encontrar algo más adecuado.

-Torres-murmuró Elendil, haciendo girar la ficha que tenía entre los dedos-blancas como la nieve al sol de la mañana.-Gil-galad sonrió.

-Así será, entonces.-le dijo. Los demás los miraron sorprendidos, como si se hubiesen perdido esa parte de la conversación. Gil-galad disolvió la reunión con la intención de volver a reunirse con Elendil en unos días, para concretar los planes.

Los tres Dúnedain bajaron hacia el puerto, con la intención de comprobar los ánimos por allí. Elendil había decidido que debían partir cuanto antes; no le eran ajenos los prejuicios que algunos Elfos tenían hacia los Hombres, y no deseaba causarle más incomodidades a Gil-galad, a quien tanto le debía. Ahora, por lo visto, parecía que encima iba a construirle unas torres; un lugar desde el que mirar el mar y dejarse llevar por la nostalgia. La voz de su hija lo sacó de sus pensamientos.

-¿Cómo te hiciste eso, padre?-preguntó, señalando su pierna-¿Te hirieron?

-Oh, no fue nada.-Elendil sonrió y tomó a Elenna del brazo-Un encontronazo con los hombres de Pharazôn. Querían llevarme al barco con ellos; al parecer, pensaban que eso les traería suerte.-Voronwë soltó una risita.

-Afortunadamente, tu padre sacó a Narsil a pasear y cambiaron de idea.-tomó el otro brazo de su sobrina-Alguno, de hecho, perdió algo más que las ideas. Fue espectacular.

-Bah.-Elendil hizo un gesto despectivo con la mano que tenía libre-Un par de muchachos imberbes, que se creían invencibles por las malas artes de Sauron y el veneno que vertió en sus oídos. Lástima que no supiera hacerlos más hábiles.-se tocó la pierna distraídamente-No fue más que un rasguño.

Elenna arrugó la nariz al oír aquello. Elfos y Hombres, todos los miembros del sexo masculino se comportaban igual. Recordaba un comentario muy parecido escuchado de los labios de Gil-galad y…

Debió de haberse distraído más de la cuenta, porque cuando volvió a prestar atención, la conversación giraba en torno a cómo iban a organizarse: Voronwë sugirió que deberían coronarlo, pero Elendil no quería ni oír hablar del asunto.

-La sangre no hace un rey.-decía su padre-Ar-Pharazôn es el mejor ejemplo de ello.

-Pero tú no eres como él.-replicó su cuñado sabiamente-Y estoy seguro de que en cuanto empiece a pensar en ello, el pueblo lo pedirá a gritos. Necesitan… necesitamos un líder. No un señor. Ocupa el lugar que te corresponde, que debería haberte correspondido.

-No sé, Voronwë. ¿Tú qué piensas, hija?

-¿Eh?-Elenna se sobresaltó-Yo… bueno, no sé. Todo dependerá de lo que diga el pueblo, ¿no? Al fin y al cabo… siguen a quien quieren… es lo que Gil-galad me dijo…-algo debió de notarse en sus ojos cuando pronunció el nombre del rey, pues Voronwë se rió.

-No hay duda de que su majestad te ha cautivado, sobrina.-le pasó el brazo por los hombros-¿Seguro que quieres acompañarnos? Tal vez si te quedas aquí… quién sabe, termine convirtiéndote en su consorte.

-Ni lo menciones, tío.-Elenna miró el perfil súbitamente serio de su padre-Eso nunca pasará.

-Elenna-cuando habló, su padre lo hizo con suavidad, pese a su gesto serio-si deseas quedarte, no tienes más que decirlo. Estoy seguro de que el rey no pondrá ninguna pega.

-Ya lo creo que no.-sonrió Voronwë-Tiene todo el aspecto de que vaya a encantarle la idea.

-Dejadlo, por favor.-Elenna se deshizo del abrazo de su tío y caminó resuelta hacia el puerto-Mi deber está a tu lado, padre. No creas que lo he olvidado. Y con Isildur y Anárion tan lejos…

-Está bien.-Elendil alzó las manos-Tú decides.

Un par de semanas más tarde, sentada al final de la escollera, Elenna contemplaba la playa con los brazos en torno a sus rodillas. Aunque aún era media tarde, y por lo tanto quedaban unas cuantas horas de sol, sabía que debería estar en palacio haciendo su equipaje. Sin embargo, y por muchas ganas que tuviera de poner tierra de por medio entre Gil-Galad y ella, cada vez que pensaba en recoger sus pertenencias siempre encontraba algo más interesante que hacer. Como ultimar los preparativos para la partida. O ayudar a su padre a organizar su asentamiento provisional en Elostirion. O sentarse y mirar cómo las olas lamían la arena dorada de la playa. Allí, en la orilla, Adanel y Erendis tampoco parecían tener mucha prisa por marcharse, pues llevaban un buen rato persiguiéndose entre la marea ascendente.

-¿Interrumpo algo?

Sobresaltada, Elenna se levantó de un salto. A pocos pasos de ella estaba, cómo no, Gil-galad, con una expresión amable pero sin sonreír. Durante un fugaz segundo le pareció que estaba triste.

-No, yo… yo ya me iba…-Elenna saltó de una roca a otra, tratando de evitar al rey y darse a la fuga una vez más. Entonces sintió la mano de él en el brazo, reteniéndola sin brusquedad pero firmemente. Alzó los ojos.

-Por favor-dijo Gil-galad en un tono de voz mucho más bajo de lo habitual-por mí no te marches.-la soltó, pero ella se quedó donde estaba, atravesada por aquellos ojos azules.

-No… no seré una buena compañía, me temo.-Elenna bajó los ojos, incapaz de aguantar la intensidad de aquella mirada-Tengo muchas cosas en la cabeza y…

-Tan sólo quería disfrutar de tu compañía, nada más.-explicó Gil-galad en tono sencillo-Antes de que te marches.-pasó junto a ella y se sentó sobre la roca que Elenna había ocupado hasta hacía un instante. Ella sintió el mudo reproche y se le hizo un nudo en el estómago.

No había querido decírselo porque no sabía si tendría el valor. No, en realidad no había podido decírselo. Decirle que se marchaba lejos de él haría que la separación resultase aún más definitiva, y aunque ella sabía que eso era lo correcto… en el fondo no era lo que deseaba. Se quedó de pie observando la espalda del rey, fijándose en que había prescindido de las ropas oficiales y tan sólo llevaba una sencilla túnica gris por fuera de los pantalones, sin cinturón, y unas botas descoloridas por el salitre. Ni la corona, ni una joya, ni nada.

-En realidad-él se volvió, con el mismo aire desamparado de antes que lo hacía parecer melancólico-quería preguntarte algo.-hizo un gesto con la cabeza; Elenna se apresuró a sentarse en una de las rocas de manera que quedasen a la misma altura, más o menos-Tal vez haya sido fruto de mi imaginación pero… he tenido la sensación de que me has estado evitando.

-Eso no es una pregunta.-apuntó ella. Gil-galad suspiró y miró a la playa.-Lo siento. Yo… supongo que debería haberte dicho que pensaba marcharme.

-Ya no importa.-respondió él en tono ausente, siguiendo con la mirada a Erendis saltar entre las olas. En aquel momento la joven tomó a Adanel de la cintura y la hizo caer al agua, cayéndose ella también en el proceso. Para rematar la faena, una ola les pasó por encima, empapándolas. Las dos rompieron a reír, y el sonido le llegó a Elenna hasta la escollera.

-Míralas.-murmuró Elenna, con los brazos en torno a sus rodillas-Todo a su alrededor se desmorona y sin embargo… ellas son felices.

-Eso demuestra que hasta en las peores situaciones hay esperanza.-él se volvió para mirarla.

-Para nosotros no.-ella negó con la cabeza-No podemos esperar que los Valar se muestren misericordiosos después de lo que pasó en Númenor.

-No hemos hecho nada para enfadarlos, que yo sepa.-Gil-galad se encogió de hombros con frustración-¿O es que piensas arrebatarme la inmortalidad?-terminó medio en broma. Elenna arrugó el ceño.

-¿No crees que es así como lo interpretarán?-giró el cuerpo hacia él para encararlo, molesta por la poca seriedad con la que Gil-galad se tomaba el asunto.-En todos los casos hasta ahora, ha habido decisiones que tomar respecto al destino final de los dos. Y no creo que tú quieras seguirme más allá de los Círculos del Mundo.-Elenna se pasó los dedos por los bucles negros, con aire apesadumbrado-Y si no es así, tendrá que terminar en una separación tan dolorosa que no te alcanzará toda la eternidad para superarla. Eso tampoco pueden permitirlo.

-No-coincidió él-con todo lo que estamos luchando para acabar con el reinado del terror de Sauron. Quieran o no reconocerlo, estamos haciendo su trabajo.

Muy a su pesar, Elenna sonrió. En ese punto de su amistad con el rey, o lo que fuera la extraña relación que mantenían, conocía de sobra sus puntos de vista sobre casi todo. Y nunca hubiera imaginado que podría llegar a ser tan insolente con los Poderes, reverenciados por el resto de su raza. Tal vez tuviera algo que ver con el destino final de Númenor, o tal vez con que él había sufrido el exilio y varias guerras que ni había provocado ni se merecía.

-Entonces, la única salida lógica que le queda a Ilúvatar es la misma que le dio a Tuor.-siguió Elenna-Y eso tampoco podrá ser, es más, no puedo imaginarme qué desgracia hará caer sobre mi pueblo si llego a insinuar siquiera que ése es mi deseo.

-¿Lo es?-preguntó Gil-galad suavemente, con un brillo melancólico en sus ojos de zafiro. Elenna inspiró profundamente antes de responder.

-No. Ya lo sabes.-se tocó distraídamente el broche de plata que llevaba al hombro-Soy demasiado… humana, supongo para poder concebir una vida eterna. La muerte-pronunció aquella palabra sin la nota de temor que solían imprimirle el resto de los Edain que había conocido-es lo que le da sentido a la nuestra, lo que nos impulsa, el fuego que nos mantiene en movimiento constante.

-Se dice-Gil-galad apoyó la barbilla sobre una mano, volviendo los ojos a la playa-que Ilúvatar creó a los Hombres de manera que, de su mano, toda su obra fuese completada. Puede que eso explique vuestro carácter. Y no me extraña en absoluto que a tu raza en particular, ese propósito se le revele aún más claro, pues habéis podido comprobar la bondad de los Valar cuando crearon para vosotros la tierra más hermosa que jamás haya existido.

-No lo sabes bien.-Elenna suspiró con nostalgia-Comparada con Númenor esta tierra es fría y gris, muerta. Pero es lo único que tenemos ahora.

Hubo un silencio. Elenna apoyó los codos sobre las rodillas y se cogió la cabeza con las manos, consciente de que Gil-galad la estaba mirando, a la espera de escuchar el veredicto definitivo. Sabía las razones por las que ella se marchaba, pero quería oírselas decir. Suspiró.

-Y por eso-le temblaban las manos cuando volvió a alzar la vista-es por lo que no podemos estar juntos. Porque mi pueblo ya ha sufrido demasiado. Esto-se señaló a sí misma y después a él-terminará mal, para mí, para ti, y para mi pueblo. Y puede que también para el tuyo. Ojalá-se volvió a mirar la playa, donde Adanel sacaba a Erendis del agua abrazándola cariñosamente-fuera tan fácil como para ellas. Pero no lo es.

-¿Para…? ¿Qué quieres…? Oh.-siguió la mirada de Elenna hacia la playa y comprendió-¿Eso… es legal?-ella se encogió de hombros.

-Lo que hagan en su casa, en la intimidad, no es asunto de nadie.-dijo-Y si quieren irse a vivir juntas, una vez Adanel alcance la mayoría de edad… bueno, no hay ninguna ley que lo impida.

-¿Y eso es algo que nosotros no podremos hacer?-Gil-galad enarcó una ceja.-Tampoco seríamos los primeros. Ni los últimos, con vuestra llegada a la Tierra Media…

-No. Va contra las reglas.-se empecinó ella-No debemos amaros. No debo aspirar a algo que no me corresponde, que no merezco. Por eso-suspiró-voy a marcharme con mi padre. Por nuestro bien. Tenemos que terminar con esto.

-Yo no quiero terminar con esto.-repuso Gil-galad, repentinamente serio-Si así lo deseas, saldré de tu vida. Pero nunca renunciaré a lo que siento por ti. Y sé que tú también lo sientes, lo veo mirándome desde el fondo de tus ojos. Creo-terminó, estirando las piernas como para levantarse-que cometes un error.

Elenna guardó silencio. Haría lo que tenía que hacer, porque era su deber. Tenía una responsabilidad para con su pueblo que no podía ni quería eludir pero… en el fondo de su corazón quería poder decirle que no iba a irse de su lado. Ni entonces ni nunca.

-No puedo hacerlo.-murmuró, con la vista baja-No puedo quedarme; no puedo arriesgar tanto… por un capricho. No soy así.

-Lo sé.-masculló Gil-galad-Y puede que sea ésa la razón por la que te amo tanto.

No le dio tiempo a digerir sus últimas palabras. A Elenna se le quedó la mente en blanco en el momento en que sintió aquellos labios sobre los suyos. Lo que siguió fueron instantes, minutos o tal vez horas de labios, saliva y lenguas que se buscaban en un confuso torbellino donde el tiempo parecía detenerse. Suspiros y respiraciones entrecortadas se alternaban con manos en la cintura y en el pelo. Ya no recordaba ni su nombre; sólo supo en un instante de aterradora lucidez, que quería quedarse allí con él, para siempre.

Pero no duró tanto. Gil-galad se apartó de ella con expresión indescifrable. Se puso en pie, se colocó la túnica en su sitio y se alejó a zancadas sin siquiera dirigirle una última mirada, dejando a Elenna temblando tras de sí.


N. de A.:Para los despistados, Elostirion es el nombre de las torres que Gil-galad construyó en honor a Elendil a su llegada a la Tierra Media. Creo que en El Señor de los Anillos se nombran como Las Torres Blancas, en la frontera occidental de la Comarca. Si no leísteis el Silmarillion, o no lo recordáis, Tuor era un Hombre mortal que se casó con Idril Celebrindal, la hija de Turgon de Gondolin. Cuando se le acercaba la hora de morir se embarcaron los dos al Oeste, y nunca más se supo de ellos. Y se dice que fue el único mortal que pasó a formar parte de la raza de los Elfos.

Quería utilizar expresiones en quenya en este capítulo, en especial la frase que Elendil pronuncia al desembarcar, pero aparte de que no me encajaba, he querido no hacer la lectura más pesada. Ya sé que sus palabras no fueron exactamente ésas, según El Retorno del Rey, pero en más de 3000 años de historia algo se distorsionaría, ¿no os parece?

Y por mi parte, esto es todo por ahora. Espero que hayáis disfrutado con el capítulo. A partir de ahora sí que tendré que cogerlo con más cuidado pues no hay nada escrito de este período… espero que sigáis teniendo esa paciencia conmigo. Un saludo.