Disclaimer: los personajes no me corresponden si no a sus respectivos dueños. En este caso de Rumiko Takahashi.
Sol de primavera
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La bestia es querida por todos
Inuyasha abrió sus ojos y olfateó el aire. Apretó la espada que estaba en su pecho pero se tranquilizó al identificar el olor a humano y a incienso, las personas que se acercaban a la aldea eran sacerdotes, nada de qué preocuparse.
―¿Sucede algo, Inuyasha?―Miroku despertó en ese instante, sobresaltado, pasó una mano por su rostro despejando todo rastro de sueño y sacudió la cabeza. Algunos hombres se despertaron también―. ¿Son ellos?―Inuyasha negó, pudo percibir el suspiro de alivio de su mejor amigo.
Realmente estos días habían sido duros, hace algunas semanas surgió una guerra civil no muy lejos de donde se encontraban. Algunas aldeas vecinas habían sufrido saqueos de soldados desertores y mercenarios. Después del incidente que pasó Kagome y Sango hace dos años, los hombres de la aldea tomaron medidas: mujeres y niños debían irse a la aldea de Jinenji. Claro, las esposas de los dos hombres más importantes de la aldea se resistieron, pero después de una fuerte discusión terminaron por aceptar… No podían darse el lujo de ser infantiles, no cuando la aldea contaba con ellos. Las mujeres necesitaban la fortaleza de Sango y los niños el optimismo de Kagome. Además, Inuyasha y Miroku no podrían soportar ver a sus mujeres heridas de nuevo, sus almas se quebrarían si volviesen a escuchar los delirios de ambas a causa de la pérdida de sangre, y las cicatrices que Kagome aún conserva en su espalda es un castigo para Inuyasha, un recuerdo de su descuido.
―Son sacerdotes―musitó, alzando la cabeza para olfatear mejor.
―Son siete―La voz de Shippô se escuchó cerca, posiblemente utilizaba su magia para ocultarse afuera de la cabaña―. Tres de ellos están armados, pero no son armas comunes…Son armas espirituales…Como el báculo de Miroku.―Inuyasha asintió, en su interior hubo un salto de orgullo al notar la voz calmada del zorrito. No había miedo, ni siquiera odio, solo estaba atento, sigiloso…Ya no era un niño, dejó de serlo cuando mató a los mercenarios que atacaban la aldea hace dos años.―. Creo que…―No terminó la frase, salió volando por los aires con una fuerza descomunal. Inuyasha y Miroku salieron de la cabaña, seguido de los hombres de la aldea; la bestia ya tenía su espada desenvainada y gruñía, vio a lo lejos al pobre zorro que se incorporaba y apagaba con dos dedos un mechón de cabello que se incendiaba por la descarga espiritual.
―¿Qué mierda quieren?―grito la bestia. Miroku negó con la cabeza al escuchar al jefe de la aldea. No le gustaba para nada el aura de estos sacerdotes, si bien las intenciones eran buenas había un rastro de desprecio hacia las criaturas sobre naturales como Shippô e Inuyasha.
―¿En qué podemos ayudarles, sus excelencias?―Miroku se incorporó e hizo una reverencia de respeto. Los sacerdotes respondieron de la misma forma―. Como verá somos un pueblo que está en alerta debido a los combates cercanos.
―No encontramos presencia de niños ni de mujeres y decidimos investigar―habló el sacerdote en jefe, un hombre anciano con un sombrero de paja y pies descalzos. Miroku no pasó de inadvertido el santo rosario que traía en su mano izquierda y el gran medallón escondido en su túnica.―. No queremos problemas…Sin embargo…―Sus ojos entrecerrados que mostraban cierta amabilidad se abrieron, había desconfianza y cierto desprecio en ellos―. Me sorprende que usted, monje, esté más preocupado por las presencias humanas que las demoníacas.―Inuyasha gruñó, realmente no deseaba comportarse como el hombre civilizado que era. Podía soportar el desdén y el desprecio hacia a él, pero realmente estaba cabreado…Miró a lo lejos a Shippô, estaba ileso, solo tenía uno que otro raspón en la cara. Volvió a fijar su vista en aquellos ojos llenos de un inexplicable odio.
―El señor inuyasha y el joven Shippô no son criaturas peligrosas―Se atrevió decir un anciano. Caminó hasta llegar a la altura de Miroku. Inuyasha no apartó la mirada de aquellos hombres solo hubo un leve movimiento en su oreja derecha. ―. Ellos nos protegen y proveen alimento.
―¿Inuyasha, eh?―La cabecilla de los sacerdotes no cambió su mirada, inclusive se dio el lujo de utilizar un tono sarcástico…Miroku respiró hondo. Las auras de esos hombres eran ya algo alarmante y su amigo…Bueno, agradecía que aún se estuviese conteniendo.―. Así que este es la aldea que está custodiada por un híbrido, ¿Cómo puede permitir eso, monje?―Los aldeanos se miraron entre si cuando escucharon el timbre de voz de aquel anciano. Miroku suspiró y relajó su postura, estaba cansado y realmente quería evitar problemas, pero viendo la situación…
―Si quiere alimento podemos dárselo, inclusive, tenemos algunas medicinas; pueden tomar lo que quieran y sigan su camino, sus excelencias.―Con sumo cuidado su mano derecha viajó hasta la empuñadura de la espada de su amigo y levemente la bajó. Inuyasha puso resistencia, Miroku suspiró y ofreció una caricia con su pulgar.
Vamos amigo, ya no somos unos niñatos para dejarnos llevar por los impulsos…
Inuyasha se incorporó y de un solo movimiento envainó su fiel espada. La mirada que ofrecía no era nada amistosa, sin embargo hizo un movimiento con la cabeza, dos minutos después, dos aldeanos jóvenes traían un costal de arroz con unos paquetes de hierbas.
―¿Crees que vamos a aceptar estos alimentos traídos por los demonios?―Se burló uno de los sacerdotes, al parecer era aún aprendiz, su arrogancia salía por cada poro de su ser.―. ¿De un engendro como tú, híbrido?―Shippô frunció el ceño, quiso hablar pero antes de decir algo Inuyasha le dirigió una mirada.
―Si no lo quieren tomar, entonces, largo de aquí.―Inuyasha estaba molesto, claro, pero no por los comportamientos hostiles hacia a él, sino hacia el pueblo.―. Primero llegan aquí y lastiman a Shippô, insultan a Miroku y desprecian la comida que mi gente les ofrece.
―¿Acaso has hechizado al monje, tu bestia infernal?―acusó un sacerdote, señalándolo con el dedo.
―¿No te das cuenta, Matsumoto? Esa mitad bestia llamó "mi gente". Al parecer manipula a todos con sus palabras.
―¿No es el demonio que violó a una sacerdotisa?―Miroku y Shippô miraron rápido a la bestia. Inuyasha comenzó a flexionar sus nudillos. Hasta ahora, nadie se había atrevido a juzgar la relación de Kagome e Inuyasha, era un tabú hacerlo…―.Se dicen que actúan como un matrimonio…Es peor de lo que pensé.
―Si eso es correcto…―La voz del sacerdote supremo fue suave, muy suave para ser amable.―. Debe ser exterminado.―Esta vez sacó de su manto un sagrado medallón. Miroku sintió un escalofrío al sentir la fuerza espiritual que emanaba tal artefacto, se puso en guardia.
―Aléjate Miroku.―La advertencia de Inuyasha no era agradable. El monje se rehusó, podía sentir el aura de Inuyasha. Suspiró y tomó con más fuerza el báculo.
―No queremos pelear con usted, monje.―Otro sacerdote alistó su fiel pergamino, las escrituras sagradas comenzaron a brillar―. Sería más fácil si no pone resistencia. El monje tensó la mandíbula, ¿Cómo podría evitar este combate?
Para sorpresa del monje, los aldeanos avanzaron hasta ponerse adelante del medio demonio. Inuyasha parpadeó sorprendido, cada anciano, adulto y joven llevaba consigo un arma. Los sacerdotes se quedaron pasmados, todo el pueblo completo les hacía frente.
―Ustedes no lastimarán al señor Inuyasha.―Uno de los jóvenes avanzó un poco. Mostró el azadón y lo apretó con fuerza―. Él ha hecho mucho por nosotros. No vamos a permitir que lo lastimen.
―Tiene razón el joven Kenji―Un anciano acarició con su dedo la empuñadura de su katana―. Hemos soportado ya sus insolencias, pero si vuelve a insultar al señor Inuyasha o la señora Kagome…―Esta vez avanzó hasta llegar a la altura del sacerdote mayor y desenvaino la katana, la punta rozaba la nariz del anciano―… ya no nos quedaremos con los brazos cruzados.
La multitud avanzó un poco más, cubriendo por completo a Inuyasha y a Miroku. Prácticamente se habían convertido en un escudo humano. El monje atónito, solo pudo apreciar el leve temblor de manos que padecía su fiel amigo.
―¡Gran sacerdote!―El estudiante miró a su maestro en busca de auxilio. A su corta edad era la primera vez que veía algo así, ¿un pueblo completo protegiendo a un demonio? Imposible. Podían enfrentarse a ellos…No, eso sería estúpido.
―Ya veo.―El sacerdote bufó con ironía.―. No podemos salvar a alguien quien no quiere ser salvado.―El anciano hizo una reverencia y dio la espalda a la gran multitud.―. Debemos seguir con nuestro camino, dejen a aquellos que quieren seguir los pasos de ese demonio.―Los demás sacerdotes miraron con recelo a la aldea y en silencio comenzaron alejarse.
Una vez que se perdieron en el horizonte, el pueblo respiró en paz.
―¡Feh! ¿Son idiotas?―Inuyasha se cruzó de brazos. Los jóvenes sonrieron entre sí y volvieron a meter el saco de arroz en la cabaña. Los adultos negaron con la cabeza y los ancianos rieron un poco.―. Eso fue imprudente…―Una mano callosa tocó su hombro. A su derecha estaba el anciano que había desafiado al sacerdote mayor. El viejo sonrió, a pesar de su falta de dientes Inuyasha no pudo desviar la mirada un poco avergonzado.
―Nosotros también lo queremos, señor Inuyasha.
Soy una mala persona. En serio, pero realmente mi cabeza tenía un bloqueo para este fic. Ahora, no quería hacer una secuela sobre el capítulo de Kagome y Sango, si leen con atención desde el capitulo pasado se hace mención que había ya transcurrido dos años de ese incidente. Las chicas se recuperaron, puede que Kagome se haya vuelto un poco desconfiada pero no completamente y, bueno, como dato extra. Inuyasha ya no duerme en las noches de luna nueva. :)
En fin, este capítulo va para ustedes, lectores míos. Ojalá lo disfruten 3
Firee fuera
