Kapitel X
Loneliness, fighting back again, seems to me like it never ends
Give us hope, through the labyrinth, moon shine on me
Resuscitated Hope - Lisa Komine
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Draco abrió los ojos y esperó un poco a que éstos lograran acostumbrarse a la luz. Intentó moverse un poco y sólo por eso pudo notar, por extraño que fuera, el brillo que emitía su propio cuerpo. Observó sus manos por unos segundos hasta escuchar una voz masculina, ronca y molesta. Encorvó la espalda hacia atrás para poder tener un mejor ángulo de lo que ocurría debajo de él.
No era la primera vez que sucedía, pero ello no significaba que terminara de acostumbrarse a las posiciones tan extrañas que adoptaba su cuerpo al flotar de cabeza.
―¡No puedes estar hablando en serio! ―exclamó una joven pelirroja que le resultó bastante familiar.
No podía equivocarse, esa era Ginny Weasley… o una versión de ella un tanto mayor, pues la última vez que la había visto había sido durante aquel horrible y desastroso sexto año en el Colegio Hogwarts. Ciertamente nunca había podido interactuar mucho con ella, fuera de las siempre tradicionales discusiones entre Gryffindor y Slytherin, por supuesto. Sin embargo, eso no le impedía poder decir con seguridad que los años habían cambiado varias cosas en la comadrejilla.
Esas pecas nunca dejarían de disgustarle.
―Hablo muy en serio, Ginny ―dijo nuevamente aquella voz masculina, arrancándole un sollozo desesperado a la joven mujer.
Draco desvió la mirada hacia el otro lado de la habitación ―seguramente la sala de los Weasley, tanto mal gusto no debía provenir de otra parte, pensó― y se encontró con los ojos centelleantes y decididos de Potter, quien tenía apretados los labios, aunque no estaba del todo claro si era de culpabilidad o irritación, mientras escuchaba los sollozos provenientes de la chica Weasley.
―¿Pero por qué, Harry? ―dijo la pelirroja mientras enjugaba sus lágrimas, intentando avanzar hacia el moreno.
―No, Ginny ―dijo el Gryffindor con firmeza, deteniendo los movimientos de la joven ―. Trata de entender.
―¡Haré lo que sea! ¡Pero por favor, no me hagas esto! ¡No me dejes!
―Ginny… ―el joven suspiró―. Lo he intentado, lo sabes. Intenté seguir adelante y, por ti, soporté dos años de esto. Intenté tener una relación normal a pesar de lo sucedido en la guerra, incluso después de que los remordimientos comenzaran a atormentarme cada vez que estoy contigo. Simplemente no puedo más.
―¡Yo te amo, Harry! ¡Te amo! ―gritó Ginny con desesperación, derrumbándose hasta quedar de rodillas en el suelo―. Sé muy bien que nunca podrás perdonarme, pero por favor, no hagas esto. No dejes que lo nuestro se termine así.
Draco parpadeó y con un rápido movimiento giró su cuerpo hasta que sus pies quedaron flotando a unos cuantos centímetros del suelo. Paseó la mirada entre Potter y la chica Weasley por unos momentos, después cerró los ojos y suspiró. Seguramente si la pelirroja no hubiera estado tan ocupada secándose las lágrimas hubiera sido capaz de ver el gesto atormentado y lleno de culpa que cruzaba por el rostro del Gryffindor en ese momento.
―Lo lamento… ―dijo Harry con voz suave, llamando la atención de Draco, quien volteó a verlo de inmediato. La chica, por su parte, no hizo movimiento alguno, aunque guardó silencio para poder escuchar las palabras de Potter―. Sé que no tienes la culpa de lo que sucedió, deja ya de atormentarte por eso. Fue mi decisión, fui yo quien ocasionó sus muertes.
―Harry… ―Ginny intentó interrumpirlo, pero la mirada venenosa del moreno le impidió seguir hablando.
―Sé muy bien que fue mi culpa, no es necesario que intentes consolarme ―dijo Potter con voz seca y un tanto dura, no obstante, al notar el temblor que recorrió el cuerpo de la chica suspiró y se llevó una mano a la frente―. Lo siento… de verdad, no quiero lastimarte. Pero aun cuando ya no siento lo mismo por ti, sigues siendo importante para mí… ―suspiró y le dirigió una mirada triste y serena―. Por eso, lo mejor será que no nos veamos por un tiempo.
La chica sollozó una vez más y, angustiada, se puso rápidamente de pie para después correr hacia unas escaleras de madera que seguramente habían conocido mejores tiempos. Harry suspiró con frustración y después se dejó caer sobre un viejo sillón, llevó ambas manos hasta su rostro y permaneció en silencio por unos momentos.
―Lo siento, Ginny, pero no dejo de pensar en esa noche cuando estoy cerca de ti ―el moreno soltó una carcajada amarga―. Y cada vez que te toco me pregunto qué hubiera sucedido si en lugar de pasar contigo la Navidad me hubiera quedado junto a ellos.
―Qué hubiera sucedido… ―murmuró Draco para sí mismo, sintiendo una angustiante sensación en su pecho y que comenzaba a apoderarse lentamente de él.
Todos los días, a cada momento, esa frase se repetía una y otra vez dentro de su cabeza. Así había sido desde hacía casi siete años. Por increíble que pareciera, los sentimientos del Gryffindor eran bastante parecidos a los que él mismo se enfrentaba.
Draco observó a Potter por unos segundos, reconociendo la desesperación que cruzaba por sus ojos verdes. Suspiró, después cerró los parpados y alzó el rostro. Entonces sintió como era arrastrado fuera de aquellos recuerdos. Momentos después, daba dos pasos hacia atrás para alejarse del cuerpo del moreno.
Los dos jadeaban. Harry por el dolor y la tensión por la que su cuerpo se sometía cada vez que el Slytherin utilizaba la Legilimancia con él. Draco, por su parte, jadeaba en busca del aire que sus pulmones necesitaban, se encontraba exhausto. Penetrar en la mente de Potter no era nada difícil, al contrario, pero eran las desequilibradas emociones del Gryffindor las que siempre le hacían el trabajo más difícil. ¡Su magia se encontraba casi en el límite!
El rubio alzó una ceja y apretó los dientes, irritado. Como pudo logró enderezar su cuerpo hasta que su mirada se clavó en la del joven frente a él.
―Francamente, Potter ―escupió Draco con veneno―, siendo el afamado salvador del mundo mágico, uno pensaría que tienes la capacidad de utilizar un nivel aceptable de Oclumancia.
Harry apretó los puños hasta que los nudillos de sus dedos quedaron en blanco.
―Escúchame bien, Malfoy… ―respondió el moreno, furioso, más consigo mismo que con Draco, pues las mejillas ruborizadas del rubio estaban siendo una fuente de distracción bastante grande para él.
―Pensé que me mostrarías recuerdos del Profesor Lupin, no tu tormentoso pasado amoroso ―interrumpió el rubio mientras se cruzaba de brazos.
¿Cómo se atrevía a decir eso? No es como si Harry pudiera evitar que su mente fuera un desastre. El Gryffindor abrió la boca para replicar en contra del pintor, sin embargo, la visión frente a él hizo que se le atoraran las palabras en la garganta. Por la posición en la que Malfoy cruzaba los brazos, la camisa blanca permitía que sus pezones se marcaran en la traslucida tela, atormentándolo con los recuerdos de la noche en la que lo había descubierto masturbándose.
¡Merlín! ¡Ya había pasado casi una semana! ¡No era posible que siguiera pensando en eso!
Simplemente no podía entenderlo, ¿cómo era posible que aquella inesperada atracción hacia el rubio se estuviera convirtiendo ahora en una obsesión? ¿Finalmente había perdido la cabeza?
―Cierra la boca… ―masculló Harry con molestia, desviando la mirada para que así el rubio no pudiera darse cuenta de su lamentable condición.
Draco, por su parte, alzó una ceja y lo observó en silencio por unos momentos. No era como si estuviera haciendo lo que Potter le ordenaba, por supuesto que no, simplemente encontraba la actitud del moreno un tanto inusual, por decirlo de alguna manera. Desde hacía varios días notaba el extraño comportamiento del Gryffindor sin decir nada, después de todo no era asunto suyo; sin embargo, no dejaban de desconcertarle las extrañas miradas que Potter le lanzaba cuando pensaba que no estaba poniendo atención.
Draco dio un paso hacia Harry de manera inconsciente y abrió la boca para decir algo, pero el ruido de la puerta corrediza del jardín llamó su atención. Desde el marco de cristal, Ullysses le dirigió una mirada profunda que duró menos de medio segundo y después caminó hacia las escaleras, ignorando a los dos chicos.
―Oye, Ullysses… ―dijo Draco mientras daba un paso y extendía una mano hacia la criatura, en un intento inútil por detenerlo y hablar con él.
El kelpie ignoró el llamado del rubio y continuó con su camino, consciente de la creciente consternación del Slytherin. Harry, por otro lado, se limitó a observar las reacciones del joven pintor. Para él era bastante notorio que la criatura estaba molesta con Draco, pues había estado ignorando al chico desde aquella noche; no estaba del todo seguro, ya que Ullysses jamás había cruzado con él más de dos palabras a menos que éste lo considerara oportuno, pero todo parecía indicar que Draco no sabía la razón del enojo del kelpie. En esos días no los había visto hablar en lo absoluto.
Draco apretó los puños con fuerza y se mordió el labio inferior, sintiendo cómo el calor en sus mejillas se incrementaba todavía más, después giró hacia su estudio y cerró la puerta del mismo con más fuerza de la necesaria. Harry suspiró, al parecer la indiferencia de Ullysses era algo que realmente lograba hacer flaquear la fuerte coraza que rodeaba las emociones de Malfoy.
Eso dolía, aunque no tenía la menor idea de porqué.
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Draco temblaba sin poderse controlar. A su lado, un hombre corpulento de olor repugnante lo tomaba de un brazo, impidiendo que colapsara finalmente en el suelo. Detrás de él, Theo y Pansy se encontraban en condiciones muy similares a las de él, salvo por su amiga, pues el dolor de las torturas finalmente habían logrado dejarla inconsciente.
Mejor así, pensó el rubio, pues no deseaba que aquella que era la segunda mujer más importante de su vida siguiera viendo semejante pesadilla.
―Entonces, pequeño Malfoy… ―dijo el señor oscuro con una perversa sonrisa mientras se acercaba a él, relamiéndose con cada una de las frías palabras que pronunciaba―. ¿Estás seguro de lo que dices? Siempre podrías decirme en dónde está tu padrino y así salvar tu triste y patética vida.
Draco bajó el rostro y mordió su tembloroso labio inferior. Podría ser tan fácil, su padrino podría perdonarlo por su traición. Demonios, quizás y hasta él mismo le habría exigido que soltara la lengua para así poder salvarse. Porque lo sabía, Severus Snape, bajo toda esa frialdad y desprecio que siempre mostraba ante los demás, lo amaba como a un hijo. Tanto o quizás más de lo que su propio padre alguna vez lo había querido. Por supuesto, Draco también lo adoraba, pues ese hombre, además de ser su profesor favorito, era la persona a quien más admiraba en el mundo. Lo amaba igual que a su padre, de una manera distinta, pero igual de intensa y significativa.
Era precisamente eso, y la certeza de que serían asesinados a pesar de que contestara las preguntas del Señor Tenebroso lo que le impedía decir en dónde se encontraba su padrino. Era mejor así.
Lord Voldemort soltó un dramático suspiro al ver cómo el menor de los Malfoy se negaba a cooperar.
―Entonces no hay más qué hablar ―dijo el hombre con cansancio fingido. Inmediatamente después comenzó a reír como el demente que era.
Detrás de él aparecieron dos magos enmascarados, sosteniendo el frágil y delgado cuerpo de Narcisa Malfoy, quien apenas podía mantenerse en pie.
―¡Madre! ―exclamó Draco con horror, al ver cómo la palidez en el rostro de su madre se había incrementado aún más.
Narcisa le dedicó una pequeña sonrisa a su hijo y negó con la cabeza.
―Te sigues negando a cooperar, muchacho… ―dijo el señor oscuro mientras colocaba la punta de su varita contra el rostro de la mujer―. Hay muchas maneras de hacer que hables, no necesariamente tengo que torturarte a ti.
―¡No! ¡Madre! ―gritó Draco con desesperación, intentando zafarse del agarre del mago junto a él.
―Esto será demasiado fácil. Desearía que tu padre pudiera ver esto. Es una lástima que se encuentre en una misión de suma importancia ―dijo el monstruo mientras se lamía los labios, después soltó una carcajada cruel―. En fin. No es que ustedes le importen demasiado, de todas maneras.
El señor tenebroso movió su varita con rapidez y una luz roja salió de la misma, arrancando gritos de agonía de la garganta de la mujer. Mientras tanto, sonidos desesperados escaparon de la boca de Draco a la vez que lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas.
―¡MADRE!
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Harry recargó la frente sobre el espejo del baño mientras las gotas de agua que bañaban su rostro se deslizaban por sus mejillas. Suspiró y apretó los puños contra la pared, dejando que su peso descansara en ellos por unos momentos.
―Lo lamento…
Recordó los gemidos y jadeos de Draco y maldijo para sí mismo mientras cerraba los ojos y apretaba fuertemente los dientes. De todas las personas en el mundo, ¿tenía que ser precisamente Draco Malfoy quien despertara en él nuevamente esa clase de emociones?
El chico suspiró y alzó el rostro un poco, lo suficiente para observar su reflejo en el cristal. Entonces lo asaltaron imágenes de lo ocurrido esa noche mientras que, por accidente, había sido testigo de aquel momento tan íntimo en la vida de Malfoy.
―Merlín… estoy perdiendo el juicio ―susurró el moreno mientras se alejaba finalmente hacia la puerta.
Harry caminó por el pasillo y bajó hacia el primer piso, consciente de que en su rostro seguía dibujado el gesto de confusión que no lo había abandonado desde la mañana. Al llegar a la sala pudo percatarse de que Ullysses se encontraba recargado sobre uno de los pilares de la habitación, observando fijamente la puerta del estudio de Draco.
―¿Sigue sin salir?―preguntó la criatura sin siquiera voltear a mirarlo.
Harry giró el rostro hacia las puertas que daban hacia el jardín y le contestó después de un par de segundos, ignorando la irritación que le provocaba la actitud del kelpie.
―Ha estado encerrado todo el día, ni siquiera ha salido para comer o beber algo.
―No debería sorprenderte, a estas alturas ya deberías estar acostumbrado a ello ―dijo Ullysses mientras sonreía a secas―. Su salud no le importa mucho, después de todo.
El chico frunció el ceño al ver como la criatura se retiraba de su cómodo lugar y comenzaba a hacer su camino hacia la salida.
―No puedo entenderlo… ―murmuró Harry cuando Ullysses pasaba justo a su lado ―. ¿Por qué no hablas con él si tanto te molesta? Es evidente que la situación no es de tu agrado. Si tanto te molesta no hablar con él, ¿por qué no simplemente lo haces?
El kelpie lo miró de reojo por unos momentos y después sonrió.
―Se está acabando el tiempo… ―murmuró Ullysses, sin decir más movió una de sus manos hacia la puerta y ésta se abrió finalmente.
Harry giró el rostro y le dirigió una mirada incrédula a la criatura, sin embargo, el kelpie ya se había marchado, dejándolo mucho más confundido que antes. El chico suspiró y pasó una mano por sus desarreglados cabellos, en un gesto que demostraba su cansancio. Caminó hacia el estudio del rubio y se detuvo justo antes de empujar la puerta. ¿Qué podría decirle al joven? ¿Cómo le explicaría la intromisión a su espacio de trabajo?
Para él estaba más que claro que el rubio no gustaba de su compañía en lo más mínimo, pues las fricciones entre los dos se hacían cada vez más constantes. Al principio Draco lo ignoraba, y eso estuvo bien. Conforme fueron pasando las semanas, la curiosidad de Harry hacia el Slytherin fue creciendo cada vez más hasta convertirse en lo que él denominaba "una malsana atracción", la cual esperaba, sólo fuera algo pasajero.
El problema radicaba en que, sin importar lo mucho que intentaba llevar una relación tranquila, Malfoy no parecía cambiar en lo absoluto su trato para con él. No es como si quisiera ser el mejor amigo del rubio o algo similar, el infierno se congelaría primero, sin embargo, no podía dejar de sentir esa extraña y molesta sensación que lo invadía cada vez que Draco cruzaba más de dos palabras con Ullysses. Sí bien era cierto que ellos solo compartían conversaciones frías y algunas miradas penetrantes en su presencia, también lo era que a ellos dos los unía algo mucho más grande. Algo dentro de él así se lo decía, y ello no le gustaba.
Harry se amonestó mentalmente por sus pensamientos y negó con la cabeza. Fuera lo que fuera, la relación de Draco y Ullysses no era, ni sería jamás, asunto suyo.
El Gryffindor empujó lenta y suavemente la puerta del estudio, esperando no interrumpir al artista, pues sabía que su temperamento estaba por los límites. La verdad no tenía ganas de presenciar uno de esos violentos y hasta el momento inexplicables ataques del rubio, pues aún no era capaz de aclarar sus sentimientos al respecto.
El moreno no pudo evitar asombrarse al entrar en la habitación, sus ojos se abrieron por completo y rápidamente se desviaron hacia los lienzos que se encontraban esparcidos por el suelo. Los cuadros en los que Draco había estado trabajando desde hacía varias semanas se encontraban prácticamente destruidos mientras que éste simplemente se encontraba de pie frente a un lienzo, respirando agitadamente.
Harry observó al rubio por un par de segundos, notando cómo el pincel que descansaba en su mano derecha todavía se encontraba derramando varias gotas de pintura. Sin saber bien qué decir o qué hacer, optó por acercarse un poco más, esperando poder ver la creación del rubio, pues desde la puerta no era capaz de distinguir la figura del lienzo frente a Draco. El sonido de sus pasos se mezcló con los jadeos del pintor y éste finalmente giró el rostro, arrancándole un gemido angustiado al Gryffindor en el proceso.
Malfoy estaba llorando. No cómo aquella vez en la que había perdido el control en medio de la pelea con el kelpie. Esta vez estaba llorando de verdad. Sus ojos estaban inflamados y un tanto rojos, sus mejillas se encontraban increíblemente ruborizadas y en medio de sus jadeos podía escuchar los angustiosos sonidos que salían de sus labios, aun cuando éstos eran bastante leves. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo de estudiar al rubio, pues éste cayó inconsciente a los pocos segundos.
―¡Malfoy! ―exclamó Harry con preocupación, corriendo de inmediato al encuentro con el pintor. Tomó rápidamente al joven entre sus brazos y lo sacudió ligeramente, tratando de despertarlo―. ¡Malfoy! ¡Hey, Malfoy! ¡Draco, despierta! ―el moreno llevó una de sus manos hasta la frente del rubio y jadeó al comprobar que éste ardía en temperatura―. Merlín, está ardiendo.
Sin una mejor idea en mente optó por sacar su varita y la apuntó al cuerpo del rubio, pero su mirada se desvió un poco justo antes de pronunciar el hechizo. Frente a él se encontraba la figura de una mujer de cabello largo, sentada en una elegante silla con sus manos sobre su regazo. Sin embargo, lo que llamó su atención no eran los finos acabados de lo que seguramente había sido un trabajo ya terminado. No. Lo que le estaba arrancando un jadeo asombrado era el hecho que, en dónde debería estar dibujado el rostro de la mujer, se encontraba una mancha negra que cubría la parte superior del cuadro casi en su totalidad.
Harry recordó, sin poder evitarlo, la segunda vez que visitó la casa de Draco. En esa ocasión había visto un agujero en uno de los lienzos, justo a la misma altura de la mancha negra que ahora se encontraba frente a él.
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Draco corría sin mirar atrás. Estaba asustado y cada vez le costaba más trabajo poder respirar, no había nada ni nadie frente a él, el lugar se encontraba desierto y completamente sumergido en la oscuridad.
―¡Malfoy! ¡Malfoy, reacciona! ―dijo una voz que llenó el lugar por completo.
Draco deseaba detenerse, esa voz le resultaba familiar y parecía estar preocupada por él. Pero no pudo. Sus pies continuaron moviéndose, adentrándolo cada vez más dentro de ese vacío, pues de alguna manera, sentía que era eso lo que debía hacer para liberarse de la dolorosa sensación que le oprimía el pecho.
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―La fiebre no cede… ―murmuró Harry mientras utilizaba un hechizo para enfriar nuevamente los pañuelos que se encontraban sobre la frente y el pecho de Draco.
Llevaba poco más de veinte minutos intentando bajar la temperatura del cuerpo del Slytherin sin éxito alguno. La respiración del chico se hacía cada vez más ruidosa y ahora era acompañada por pequeños gemidos y palabras que Harry apenas podía comprender.
―Está delirando… ―Harry suspiró y negó con la cabeza, después rodeó la nuca de Draco con una de sus manos y lo alzó ligeramente para deslizar un poco de poción antipirética dentro de su boca, esperando que ésta pudiera ayudarle―. Draco, por favor intenta tragar ―murmuró el moreno mientras enderezaba un poco más al joven pintor, sintiendo cómo la temperatura de su cuerpo traspasaba la barrera de la tela.
Harry acarició una de las ruborizadas mejillas de Draco con la mano que tenía libre sin saber muy bien qué hacer a continuación, pues éste no había reaccionado nada bien la última vez que lo había llevado a San Mungo para ser atendido. Todo parecía indicar que se trataba de un resfriado, sin embargo, basándose en las experiencias vividas en los últimos meses que había pasado junto a Draco, bien podría ser cualquier otra cosa. Después de todo, él no era ningún sanador para emitir un diagnostico al respecto.
Fue entonces que se le ocurrió. Louis von Grantz parecía estar mucho más al corriente que él de la verdadera situación de Malfoy, si no mal recordaba, éste había mencionado que él había sido el encargado de atenderlo en el pasado.
―No puedes traer a ese hombre aquí.
―¿Podrías dejar de hacer eso? Es bastante molesto ―preguntó Harry con irritación mientras volteaba a ver a Ullysses, acercando el cuerpo de Draco aún más contra su pecho. ¿En qué momento había entrado la criatura a la habitación? ¿Y cómo demonios le hacía para indagar dentro de su mente sin que él pudiera sentirlo siquiera?
―Te estás desviando de lo importante ―dijo el kelpie con ese tono condescendiente que tanto molestaba al Gryffindor―. Como decía, no puedes traer a ese hombre.
―¿Por qué no? ―Harry alzó una ceja, mitad enfadado y mitad curioso por ese comentario―. Dijiste que la vida de Draco estaba ligada a la tuya, ¿eso no significa que debes velar por su seguridad?
Ullysses suspiró.
―También te dije que eso podía significar muchas cosas, ¿cierto? ―dijo la criatura mientras lo miraba directo a los ojos. Al no recibir respuesta continuó hablando―. A lo que iba, no puedes traer a ese hombre porque las protecciones de la casa lo impedirían.
―¿Qué dices? ―murmuró Harry con sorpresa.
Ullysses puso los ojos en blanco.
―El contrato con la familia Black explica que, como máximo, sólo puede haber dos personas además de mi dentro de esta casa ―el kelpie se cruzó de brazos―. En este momento están ustedes dos, por lo tanto nadie más puede entrar. Es una medida de protección.
―Pero... ¿y si le doy el crucifijo a Von Grantz? Entonces él sería capaz de utilizar el traslador y llegar hasta aquí…
―No puedes ―interrumpió la criatura con voz firme―. Ya has realizado un pacto de sangre con ese crucifijo, por lo tanto, éste solo te reconocerá a ti. Draco fue capaz de traer a ese hombre una vez con el suyo, pero como puedes ver, ahora eso es imposible para él.
Harry guardó silencio, pues no sabía qué más poder decir. Fue entonces cuando sintió cómo Draco comenzaba a moverse y a hacer algunos sonidos.
―Malfoy, ¿qué tal te encuentras? ―preguntó Harry con suavidad, preocupado por el fuerte sonrojo que aún no abandonaba las mejillas del pintor. Hipnotizado a la vez, por sus brillantes ojos grises que lo miraban con somnolencia.
―Ha recuperado la consciencia, eso significa que la temperatura está disminuyendo ―dijo el kelpie con voz neutra, clavando sus ojos en el debilitado rubio.
―Así parece ―dijo el moreno mientras colocaba una mano en la frente de Draco, comprobando que la fiebre había bajado de forma considerable―. Qué bueno ―murmuró Harry con suavidad, esperando que ninguno de los dos hombres pudiera escuchar el tono aliviado de su voz.
―Potter, ¿qué…? ―Draco intentó hablar, pero fue detenido al ver que el Gryffindor negaba con la cabeza.
―No hables, aún tienes fiebre. Necesitas descansar ―Harry recostó nuevamente al rubio y giró el rostro hacia el kelpie―. Si no puedo traer a un sanador para que lo vea, entonces lo llevaré a San Mungo.
―¿Así será? ―Ullysses alzó una ceja y le dirigió una mirada totalmente incrédula.
―Sí, así será ―masculló el chico con irritación.
Harry intentó ponerse de pie pero fue detenido por una cálida mano que le hizo respingar involuntariamente. El moreno giró el rostro y se encontró con la mirada suplicante de Draco Malfoy. El rubio negó lentamente con la cabeza y apretó un poco más la mano de Potter.
―No… ―murmuró Draco en medio de un gemido, intentando incorporarse nuevamente.
Harry abrió los ojos por la sorpresa y se apresuró a tomar su lugar junto a Draco.
―¿No quieres ir a San Mungo? ―preguntó el Gryffindor con cautela, suspirando al ver cómo el pintor negaba con la cabeza―. ¿Entiendes tu situación, Draco? ―guardó silencio al sentir cómo el agarre de Malfoy sobre su mano titubeaba, después continuó―. Estás muy enfermo, necesitas que te vea un sanador.
El rubio desvió la mirada por un momento, después cerró los ojos y negó con la cabeza.
―Estoy bien ―dijo Draco con dificultad.
―¿Cómo puedes decir eso? ¡Apenas y puedes mantenerte consciente! ―exclamó Potter, molesto y a la vez preocupado―. Necesitas ayuda, ¡tienes que ver a un sanador cuanto antes!
―Solo es… resfriado, estoy bien ―entonces el rubio cerró los ojos, jadeando mientras intentaba controlar el ritmo de su respiración.
Harry abrió la boca para replicar pero fue detenido por Ullysses, quien llegó al lado de Draco sin hacer un solo ruido.
―Sobre tú estómago, Draco―dijo la criatura con voz seria y autoritaria.
El pintor abrió un poco los parpados y miró a la criatura con ojos entrecerrados.
―Sigues enojado ―ésa no era una pregunta.
―¿Tú qué crees? ―el kelpie cerró los ojos y con un movimiento de mano desapareció la sudada camisa del pintor, después hizo que éste girará hasta quedar sobre su estómago―. Trata de no moverte.
Ullysses llevó su mano derecha hasta la altura de su rostro a la vez que dos pequeñas espirales blancas aparecían en sus ojos negros.
―¿Qué estás haciendo? ―preguntó Harry, sintiendo que su garganta se secaba con cada segundo que pasaba.
―Ayudar a un chico estúpido, supongo ―dijo la criatura mientras la uña de su dedo índice crecía varios centímetros hasta convertirse en una fina y delicada garra. Sin decir más, dirigió su mano hasta la espalda baja de Draco, dejando que la punta de la uña descansara sobre el tatuaje que manchaba su pálida piel―. Voy a entrar.
Draco suspiró y entonces Ullysses ejerció presión sobre el tatuaje, abriendo una profunda y aparentemente dolorosa herida de la cual comenzó a brotar un pequeño chorro de sangre que rápidamente manchó las sabanas de la cama. El kelpie se incorporó y observó la herida por unos instantes mientras lamía la sangre que había quedado impregnada en su uña, después mordió su labio inferior hasta hacer que éste sangrara y esperó unos par de segundos antes de inclinar su cuerpo sobre el del rubio.
Harry observó cómo el joven pintor comenzaba a hacer un intento de incorporarse, sin embargo Ullysses fue mucho más rápido que él y lo inmovilizó con un solo movimiento de mano. Los dos morenos compartieron una mirada y sin una sola advertencia, el kelpie colocó su boca sobre el tatuaje de Draco, mezclando la sangre de ambos con unos cuantos movimientos de sus labios. El íntimo gesto no duro mucho, quizás solo fueron unos cuantos segundos, pero fue lo suficientemente largo como para arrancarle un gemido a Draco ―Harry no supo si era de placer, dolor, o cualquier otra cosa―. La criatura se incorporó antes de que el Gryffindor pudiera reponerse de la sorpresa.
―Está hecho… ―murmuró Ullysses con voz ronca.
―¿Qué has…? ―Harry no tuvo tiempo de terminar la pregunta, pues Draco comenzó a gemir y a retorcerse casi al instante―. ¿Malfoy? ¿Qué te ocurre? ¡¿Malfoy? ―el rubio no contestó, pues sus dientes estaban fuertemente apretados y éstos solo permitían que de su boca salieran algunos sonidos estrangulados de dolor.
―Va a estar bien ―dijo el kelpie sin inmutarse.
―¿Qué dices? ―masculló Harry con irritación―. ¿Es qué no ves cómo se encuentra Draco? ¡Necesita ver a un sanador cuanto antes! ¡¿Y de qué carajos iba todo eso que hiciste en su espalda?
―Ya te lo había dicho antes, lo que ocurra entre Draco y yo no es asunto tuyo ―contestó la criatura sin importarle la creciente furia del joven Gryffindor―. Pero ya que estás tan interesado… ―Ullysses clavó sus ojos negros en los de Harry y después de unos segundos continuó―. La sangre de un kelpie, mi sangre, es capaz de purificar todo tipo de agua, incluso la sangre.
―¿Purificar? ―preguntó Potter mientras alzaba una ceja.
―Significa que puede limpiar y eliminar las impurezas, mi sangre tiene la capacidad de purificar todo, hasta los más potentes venenos.
―Eso… ―Harry guardó silencio e intentó procesar lo que el kelpie le estaba diciendo―. ¿Dices que la sangre de Malfoy está… ―dudó y después desvió la mirada hacia el rubio, quien continuaba jadeando sobre la cama― contaminada o algo parecido?
Ullysses rodó los ojos y suspiró con exasperación.
―¿Qué tan lenta puede ser una persona? ―preguntó la criatura mientras le dirigía una mirada aburrida―. Creo que está de más decirlo, tú mismo lo has visto, ¿cierto?
Harry no supo cómo contestar, pues las imágenes de lo ocurrido aquella noche lo asaltaron sin piedad, llevándolo hasta esa última escena en la que Draco se había deshecho en lágrimas y desesperación mientras clamaba por perdón a alguien que obviamente estaba sólo en su cabeza.
―Las drogas… ―murmuró Harry para sí mismo, sintiendo como un vacío se iba abriendo espacio en su estómago.
―Por supuesto, no podías esperar otra cosa después de lo que hace, ¿cierto? Estaba al borde de una sobredosis ―Ullysses alzó una ceja y se cruzó de brazos mientras se recargaba en una pared cercana―. Estará bien después de que termine el proceso de purificación de su sangre.
―Esta no es la primera vez que tienes que hacerlo, ¿cierto? ―murmuró el Gryffindor entre dientes.
―Chico listo ―dijo el kelpie mientras sonreía de lado―. Las preguntas que deberías hacerte son, ¿desde cuándo y por qué? Te aseguro que eso es lo más interesante del asunto.
―¿Te vas? ―preguntó Harry con sorpresa al ver cómo la criatura hacía su camino hacia la puerta―. ¿Qué hay de Draco? Todavía sigue enfermo.
―Estará bien, su cuerpo sólo necesita acostumbrarse a mi sangre ―Ullysses volteó ligeramente el rostro y le dirigió una profunda mirada―. Dormirá toda la noche, lo más probable es que siga teniendo algo de fiebre y dolor, pero estará bien después de un rato.
―Pero…
―No necesitas quedarte, ha pasado cosas peores, te aseguro que no le sucederá nada grave.
―Acabas de decir que…
―Sé lo que dije ―interrumpió la criatura, dejando que su voz demostrara lo mucho que esa conversación le disgustaba―. Puedes quedarte a su lado sí así lo deseas. Pero te advierto, no será algo agradable de ver.
Ullysses cerró la puerta sin decir una palabra más.
