¡Buenos días a todos! ¿Qué tal se os presenta el domingo? Jeje Me he decidido a colgar el capítulo por la mañana o al menos intentarlo, así me queda la tarde libre para mí. :P
Bueno, lo primero de todo quería sincerarme y contestaros esos maravillosos reviews que me dejáis y que me hacen gritar como loca y llorar como tonta cada vez que los leo.
Mil gracias a Beeth, Rosa Elena, Lee, catita, theresa, Alx27, Paola, Noe, Savrina y Andrea por haber dejado esos reviews cargados de cariño. Me alegra inmensamente que os haya gustado el capítulo anterior :) Un beso y un abrazo enorme para Rosa Elena que siempre me los manda y yo como tonta nunca se los devuelvo. Mal por mí. Gracias por leerme y por hacerme sonreír cada vez que leo tus reviews Rosa Elena :D / Lee, muchas gracias por leerlo, aunque sea con el Google Traductor, (que es muy malo, sí) debería estar respondiéndote en inglés para que lo entendieses bien, pero soy muy limitada en ese idioma, a nivel escrito y hablado. Eso sí, los fics en inglés los entiendo todos hahaha. En cuánto a tu review: "I must let you know NOW! Sam and Mercedes are so frustrating! Please let them tell each other they love each other SOON! It is driving me crazy! They need to just say the stuff they think to each other.. Please." No puedo prometerte que eso vaya a suceder pronto, y sé que es lo que todos esperáis, pero os aseguro que cuando suceda haré que valga la pena haber esperado tanto para ello. Lo prometo. Además, todos sabemos que esa es la única complicación que tienen los Samcedes de este fic. Disfrutad de la historia y no os preocupéis por ello, ^^ para romperme la cabeza con estos dos necios ya estoy yo jejeje / Paola, me has matado con esta parte: "Gente que lea este review: ¿Qué hacéis que nos os estáis leyendo los otros fics de esta mujer?" No les digas eso que me da vergüenza hasta a mí leerlos, madre mía... Ah, gracias por gritarle a Mercedes todos los capítulos. Casi todas le gritáis, creo que la única que no lo hago soy yo xD. / Noe: "Y el día que estos dos se digan que se quieren doy una fiesta, lo prometo" jajaja ¡ Y yo lo celebro contigo! Espero que no tarde mucho en suceder. :P Y Savrina quiere que se griten su amor jijiji "Me encanta que se amen y no se atrevan a decirlo! Gritenselo carajo!" Me hizo reír un montón tu review :D / Andrea siempre me nombra a Dave y Mary Ann en sus reviews, es la única que lo hace, así que de eso interpreto que quiere resolución de su historia. Me lo apunto Andrea ;) Que sepas que no me he olvidado de ellos. Y la Doctora Housa como la llamas tú, tampoco se irá muy lejos, pronto volverá al fic :D Creo que no me dejo nada y menudo tocón me ha quedado O.o , disfrutad del capítulo y nos veremos el próximo domingo, o se intentará. :D
Para ti, Mine. Porque eres lo mejor que tengo y tendré. Gracias por apoyarme en todas mis locuras y hacerme ver lo mejor de la vida. Cuando te conocí no supe lo importante que ibas a ser para mí. Podrían habérmelo dicho pero seguramente con lo boba que soy no lo hubiese creído. Ahora lo habría entendido. Gracias por ser como eres y por permitirme vivir a tu lado los mejores momentos. Te quiero.
Como siempre los pensamientos de los personajes van en letra cursiva, y en este capítulo no solo los de Sam y Mercy :)
Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario la escena "BOOP" del Behind Scenes del capítulo del Prom, estaría incluida en ese mismo capítulo. Y un make out y la pedida para el prom y cuando la va a buscar a casa y cuando la lleva... lol Samcedes Prom para todos jijiji
Capítulo 10: Persiguiendo el Paraíso:
Y es que en tu vientre encuentro paz
el fuego de mi hogar
que me consume cada vez que hacemos el amor
Soy un náufrago en tus besos
viento entre tus dedos
ámame sin miedo te lo ruego...
Y me pierdo dentro de ti
entre el cielo y el delirio
cada paso dentro de ti
voy persiguiendo el paraíso.
Para cuando llegaron a la granja, Samuel Evans había conseguido calmar su excitación. No había sido fácil. Teniendo en cuenta lo que habían estado a punto de hacer y lo que planeaban hacer cuando llegasen finalmente a casa.
Mercedes sostenía con fuerza las riendas de Relámpago, mientras el sol se ponía en el horizonte. Estaba presenciando una puesta de sol. La puesta de sol más hermosa que había visto nunca.
Sam llevó a Trueno a las caballerizas, mientras ella se quedaba en el exterior, esperándole.
No tardó demasiado en salir, agarrando ya las riendas de su mano y conduciéndolo hasta la puerta del cercado. Ni Dave ni ninguno de sus hermanos se encontraban por allí. Quizás habían entrado ya en la casa, para cenar todos juntos.
Echó un poco de hierba delante del animal, tal y como había hecho con Trueno, y salió del cercado, fijándose como la chica miraba la puesta de sol mientras le esperaba. Permanecía apoyada en los postes del cercado con una sonrisa en sus labios.
Salió de dentro, bordeándolo y se acercó a ella despacio. Sigilosamente. Tratando de detener el tiempo en ese momento.
- Las puestas de sol son una de de las cosas que echo de menos cuando abandono esta casa – le dijo, pegando su cuerpo al de ella.
- Entiendo porqué – respondió la chica, atreviéndose a apoyar su cabeza en su pecho.
Sam buscó su mano para entrelazar sus dedos, temeroso de su reacción, al mismo tiempo que veía como el sol terminaba por desaparecer.
Ambos observaron, durante unos segundos, cómo el caballo relinchaba intranquilo en el interior del cercado. Moviéndose en círculos y provocando que Mercedes se asustase.
- Shhh – la tranquilizó Sam, susurrándole al oído. – Todo ha quedado atrás. No volverás a subirte en él. Ni tampoco en Trueno. Me lo has prometido.
- Sí – dijo ella, apretando su mano, a la vez que Sam dejaba un beso en su pelo negro.
Habían llegado a casa por fin, pero aún era demasiado temprano como para escaparse a su habitación y comerse a besos por mucho que él lo desease. Esperaría pacientemente a que el momento llegase y mientras tanto, disfrutaría de la compañía de su familia.
Entonces, Mercedes giró la mano que tenía entrelazada con la de él, colocando la suya por encima y acariciándola con su izquierda. Planeaba matarle a base de cosquillas y risas. ¿Eso era lo que pretendía hacer?
- Estate quieta - le pidió, ronroneando junto a su oído derecho.
- Lo siento.
La chica lo había hecho inconscientemente y demasiado tarde se había dado cuenta de ello.
La proximidad de Sam y su mano entrelazada a la suya le nublaba el sentido, olvidándose por completo de lo que existía entre ellos. Olvidándose de lo que él sentía por ella. Cariño, deseo, atracción, pero no amor. Debía recordárselo una y otra vez hasta grabárselo para siempre en su corazón. Para no cometer un error. Para no confesarle que en realidad le amaba. Para no confesarle que lo era todo para ella. Que sin él ya no sabría que hacer. Se había metido tan adentro suyo, que ya nada ni nadie, conseguiría sacarlo de su mente y de su corazón.
- ¿Entramos? – le preguntó Sam, apoyándose en su cuello.
- Sí – respondió nerviosa al oírle, creyendo que le soltaría la mano. Creyendo que se separaría de ella. Pero Sam sólo dejó su mano derecha libre para agarrar su izquierda, entrelazándolas de nuevo.
- ¿Tienes hambre? – le preguntó él, dirigiéndose ya hacia la casa.
- No, ¿y tú?
Tengo hambre de ti.
- No. Pero deberíamos comer algo o mi madre sospechará.
- No puedo, Sam. Ahora no podría comer nada. Y tampoco quiero mentirle a tu madre. No quiero mentirles más a ninguno de ellos.
El rostro de Sam palideció como nunca antes al escucharla. Deteniendo sus pasos y los de la chica, asustado.
- ¿Vas a decirles la verdad? ¿Vas a decirles que no somos... nada? – preguntó, bajando la voz y arrastrando las palabras.
Porque eso era lo que ellos eran. Nada. No eran pareja, no eran novios. Solo eran dos chicos que se acostaban juntos, o que lo habían hecho, si eso no llegaba a repetirse.
- ¡No! – susurró, elevando su voz para que él pudiese oírla. – Por supuesto que no, Sam. Jamás te delataría. Jamás nos delataría. Pero no quiero ocultar lo que nos pasó hoy. Tienen que saberlo, tienen que saber cuál es la verdadera razón de porqué no quiero volver a montar a caballo.
- Entiendo – dijo él, tranquilizándose a su lado. Por un momento había pensado que todo se acabaría. Durante un segundo creyó que ella les diría la verdad y luego se iría para siempre de su vida. Durante ese segundo, el corazón de Sam latió con fuerza creyéndola ya lejos de él.
- No voy a comer. No podría ahora.
- Está bien.
- Tengo algo aquí que me lo impide. Un miedo, un temor. No sé lo que es, Sam.
- Lo siento – se lamentó él, acariciando su rostro.
- ¿Por qué te disculpas? No fuiste tú quién arrancó a la carrera conmigo en el lomo sin detenerse – La chica trató de reírse pero no pudo.
- Lo sé – dijo, mirándola fijamente mientras deseaba besarla. Deseaba sentir sus labios de nuevo acariciar los suyos. Se moría por hacerlo otra vez. – No fui yo, pero tampoco hice nada para evitarlo. No hice nada, Mercedes.
- ¿Te parece poco arriesgar tu vida tratando de alcanzarnos? Sam... – quiso continuar pero él no la dejó. Consciente de que estaba cometiendo un error, la besó.
Y ella le correspondió.
¿Cómo no hacerlo? Si él le regalaba besos dulces y apasionados que hacían que sus rodillas le temblasen. ¿Cómo no hacerlo? Si lo único que necesitaba para borrar ese malestar en su pecho eran sus besos suaves.
Acarició su pelo mientras le besaba, enredando sus dedos en él. Mercedes se preguntaba en qué lugar había dejado él su sombrero. No recordaba que se lo hubiese sacado en ningún momento.
- Dijimos... – Trató de hablar, entre besos. – Sam... Dijimos que no...
- Lo siento – respondió él, separándose ligeramente mientras reposaba su frente sobre la de ella y acariciaba sus pequeñas orejas.
¿Cómo podía ser tan dulce? Se preguntaba ella una y otra vez. No existían chicos como Sam Evans. Tan cariñosos...
Te quiero.
Pensó, fijándose en sus hermosos ojos verdes. Esos ojos que ahora brillaban queriendo desnudarla. Sam quería hacerlo. Su piel se lo decía a gritos. Su piel sentía cómo él acariciaba sus orejas, queriendo besarlas. Deseando besarla de nuevo.
Mercedes observó cómo él mordía su labio inferior, separándose de ella finalmente.
Siguieron su camino hacia la casa entrelazando de nuevo sus manos. Como si fuese una costumbre. Como si no hacerlo, no fuese posible ya para ellos. Era su código. Era su manera de saber que todo saldría bien.
Entraron en la casa por la puerta de atrás, y vieron como la madre de él servía el asado en la fuente y lo preparaba para llevarlo al salón. Al parecer, ya todos debían estar esperando en la mesa.
- Mamá – la llamó Sam, suavemente, tratando de no asustarla.
- ¡Cariño! ¿Dónde estabais? Estaba preocupada por vosotros. Scott me dijo que os habíais ido a montar, pero no volvíais. Dave se ha tenido que quedar a cenar esperando a que Relámpago regresase.
- ¿Puedes decirle que se lo hemos dejado atado en el cercado? Mercedes no se siente bien. Voy a acompañarla arriba.
- ¿No quieres cenar? ¿No tienes hambre? – le preguntó la señora Evans.
Mercedes negó con la cabeza, tratando de encontrar las palabras adecuadas para explicarle qué era lo que había pasado aquella tarde, pero Sam se le adelantó.
- Mamá... Mercedes estuvo a punto de caerse del caballo.
- ¡Oh Dios mío! ¿Estás bien, cariño? – preguntó la señora, preocupada, agarrando sus manos entre las suyas y acariciando su rostro con cariño.
- Sí, estoy bien.
- Todo quedó en un susto, mamá. Pero... Mercedes ha decidido no volver a montar.
- ¡Por supuesto que no! ¡Claro que no! ¡Y tú tampoco deberías hacerlo! Hace mucho que no te subes a un caballo, hijo. No quiero que te pase nada, ya te lo dije. Se acabaron los caballos para ti también, jovencito.
- Pero, yo... – Sam quiso protestar, pero su madre levantó un dedo en alto, haciendo que el chico se callase.
- Nada de caballos para vosotros dos. Estoy segura de que tanto a ti como a Mercedes os daría un ataque si el otro se cayese del caballo. ¿O me equivoco?
Los chicos se miraron asustados.
¿Un ataque? Probablemente se morirían de tristeza, si eso llegase a ocurrirle a cualquiera de ellos.
Volvieron a mirar a Mary Evans, asintiendo con la cabeza rápidamente.
- Bien. Queda claro entonces. Nada de caballos... ¿Seguro que no quieres cenar, cariño?
- Seguro. No se preocupe, de verdad.
Mary le sonrió, dulcemente y luego se dirigió a su hijo.
- Ella no come, tú tampoco. Haz lo que haría un novio ejemplar y acompáñala arriba hasta que se duerma.
- Pero si ya-
- Sin reproches, Sam.
Mercedes no pudo evitar reírse. El mismo Sam le había dicho a su madre que la acompañaría arriba, pero ella no parecía haberle prestado atención.
- Sin reproches – le respondió él, mirándola y luego, sonriéndole a Mercedes.
- Buenas noches, hija. ¿Seguro que estás bien?
- Sí, Señora Evans. Muchas gracias por preocuparse – respondió la chica, caminando ya hacia la puerta.
- No te separes de ella, ¿estamos? – Sentenció su madre. – Ya le digo yo a Dave lo que ha pasado.
- No me separaré, mamá. No te preocupes, ¿sí? – le dijo, dándole un beso en la mejilla y corriendo detrás de Mercedes, escaleras arriba.
Por supuesto que no se separaría de ella. No hasta poder amarla de nuevo. No hasta oírla decir su nombre y aún habiéndola oído, jamás podría separarse de su lado.
La alcanzó en el pasillo, recorriéndolo mientras se chocaban con sus cuerpos y sus bocas. Habían empezado ya un baile del que ambos conocían su final. Sus cuerpos chocaron finalmente con la puerta de su habitación sin dejar de besarse, agradeciendo que en ese pasillo no hubiese ningún jarrón ni maceta con peligro de romperse.
- Necesito ir al baño – susurró junto a su boca.
- Yo también.
- Voy al de Scott. Vuelvo ahora.
Mercedes asintió con la cabeza, mientras dejaba que él la besase en el cuello una vez más. Luego, le vio alejarse hacia el fondo del pasillo y entró en la habitación.
Unos minutos después, había salido ya del baño. Sin saber, si debería quitarse la ropa, ponerse el pijama o quedarse con la que tenía puesta. Estaba nerviosa. Como si jamás se hubiesen acostado a pesar de haberlo hecho la noche anterior. Pero así lo sentía en su corazón. Cada día y cada noche que pasaba a su lado, era una nueva conversación. Era descubrirlo nuevamente y amarlo. Y a la vez reconocer lo lejos que estaba de ella. Lo lejos y lo cerca que lo sentía. Su cuerpo la amaba con sus manos y su boca, pero no con su corazón.
El corazón de Sam no sabía lo que era el amor. Y quizás nunca llegase a saberlo.
Segundos más tarde, el chico abrió la puerta de nuevo, entrando en la habitación. Mercedes todavía seguía vestida con esa ropa que había deseado quitarle esa misma tarde. La ropa que ahora le quitaría, para hacerle el amor una vez más. Para perderse en su interior y lograr que se enamorase de él.
- Debería haberme duchado – le dijo ella, mientras él se acercaba. – Huelo fatal.
- No es cierto. Hueles muy bien – respondió él, callándola con un beso.
Ella sonrió, por su reacción. Correspondiéndole y tentándole con la lengua y con sus labios, mientras sus manos acariciaban su espalda.
Por fin.
Pensaba él, sin dejar de besarla. Sin dejar de acariciarla con sus dedos, tratando de sacarle la camiseta. Pero ella se negó, obligándole a él mismo a quitarse la suya primero. Observando como él obedecía y se la quitaba para dejarla sobre la silla.
Mercedes recorrió con su dedo índice cada una de las líneas de sus abdominales, a la vez que se mordía el labio inferior, tratando de excitarle aún más de lo que ya estaba. Siguiendo con sus dedos hasta la cintura de los pantalones y abriendo el primer botón.
¿Así que pensaba desnudarle por completo mientras ella seguía totalmente vestida?
Sam observaba cada uno de sus gestos. Eso era lo que ella pretendía. Quería desnudarle por completo. Y él la ayudaría si eso era lo que ella de verdad deseaba.
Se descalzó rápidamente, fijándose en las botas que llevaba. Ni siquiera se habían parado en el cobertizo para cambiárselas. ¡Qué despistados!
Los calcetines siguieron el camino de las botas y en menos de un minuto, Sam Evans estaba desnudo de pies a cabeza, enfrente de ella.
- Mercedes... – Quería saber que se suponía que estaban haciendo. Quería preguntar que hacía todavía vestida mientras él permanecía delante de ella completamente desnudo.
Entonces, ella le condujo hacia la cama, y lentamente, empezó a quitarse ella misma la ropa delante de él.
Estaba siendo atrevida, estaba siendo... Lo estaba intentando, pero no era fácil. ¡Nada fácil! La dichosa camiseta había decidido enredarse en su cuello, haciéndole casi imposible respirar.
Se estaba avergonzando delante de él. ¡Era un desastre! Un completo desastre y...
Te adoro.
Pensó él, mientras la veía luchar con la fastidiosa camiseta. Ella había querido llevar las riendas esa noche, pero había fracasado estrepitosamente en su empeño, haciéndole que se enamorase aún más de ella, si eso era posible.
La calmó, con un "chsss" dulce y le ayudó a quitársela. Acercándola a él para que se sentase encima de sus piernas.
- No te rías – le pidió, mientras la besaba.
- No me río – dijo él, regalándole una mirada llena de amor.
¡Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría reírse acaso? La mujer que tenía entre sus brazos, estaba haciendo todo lo posible por excitarle. Y él no podría desearla más aunque lo intentase.
Las manos de la chica buscaron el cierre de su sujetador pero se detuvieron en el intento.
- Hazlo tú – susurró a su oído.
Y él obedeció sus órdenes. Desabrochándolo rápidamente y abrazándola para sentir sus pechos sobre su torso.
Le sostuvo su rostro, besando con fuerza sus labios mientras ella se echaba hacia atrás, dejándole paso a su cuello y su mandíbula. Con tan mala suerte, que él no pudo sostenerla lo suficiente y sus cuerpos se precipitaron al suelo, cayendo sobre la alfombra.
- ¡Ay! – Se quejaron los dos a la vez.
Pero mirándose a los ojos, volvieron a besarse.
En el duro suelo, se devoraban con sus bocas. Se alimentaban el uno al otro.
- ¡Au! – El codo de Mercedes chocó contra el lateral de la cama, a la vez que su cabeza se resentía contra el frío suelo.
¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? ¿Tan desastre? Solo quería sentirlo a su lado, pero ella no hacía más que avergonzarse a sí misma una y otra vez.
- Arriba – dijo él, notando lo incómoda que ella estaba.
- ¿Cómo? ¿Qué...? – preguntó, sintiendo como Sam la sostenía entre sus brazos al estilo recién casados y la subía de nuevo a la cama, aprovechando la oportunidad para quitarle sus pantalones.
Ella se rió, mientras él los apartaba a un lado y no perdía el tiempo sacándole también su ropa interior.
- Eres preciosa.
Le dijo, sin dudar. Como había deseado hacer durante tanto tiempo.
- No es verdad – se rió ella.
No me lo digas, por favor. No me lo digas.
- Sí lo es. Mírate, eres hermosa – le dijo, besándola de nuevo, haciéndola olvidar.
Recorriendo su cuello y su mandíbula, sus pechos y su ombligo con su boca y con sus manos, deteniéndose en cada uno de ellos y dedicándoles cariño.
¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no podía hacerle el amor y ya? ¿Por qué tenía que decirle lo hermosa, lo preciosa que era? No quería hacerse ilusiones. ¡No quería! Pero las palabras de amor del chico la confundían, hasta el punto de creerse lo imposible.
No te ama, Mercedes. No lo hace. Por favor, no seas estúpida.
Sintió sus manos acariciando su zona íntima, nublando su mente durante unos segundos.
- Sam... – se le escapó en un susurro.
No quería suplicarle, no quería hacerlo. Pero le necesitaba. Necesitaba sentirle ya dentro de ella.
- Sam – repitió.
El chico se movió en busca de esa protección que tanto había necesitado esa tarde, poniéndosela rápidamente, sin perder tiempo. E introduciéndose en ella, segundos después.
- Oh, Dios – dijo ella, cuando por fin lo sintió llenando su interior.
- Mercedes... – gimió Sam, entrando y saliendo de ella.
Quería hacerle el amor, quería amarla lentamente. Quería enamorarla. Pero, ¿cómo hacerlo si su cuerpo le volvía loco? ¡Cómo hacerlo si ella conseguía que él desease abandonarse en su interior y poseerla una y otra vez. Rápido. Fuerte.
No podía hacerlo, ya no. Por más que trataba de contenerse, no podía. Entraba en ella sin dilación, tratando de llevarla al paraíso con cada uno de sus empujes.
- Sam... – jadeó ella, flexionando sus rodillas, mientras apoyaba sus manos en sus brazos. Quizás haciendo demasiada presión con sus uñas. – Oh... creo que... Creo que sí... – trató de decir.
- ¡Bonita!
Sam se movió un poco más rápido, haciendo que ella llegase por fin, capturándole a él en el momento. Secuestrándole en su placer, llevándole con ella allí donde ella había viajado.
Lentamente, el chico se movió hacia un lado, sacándose de encima y descansando sobre la cama. Agarrando su mano derecha con su izquierda. Como si necesitase que ella le recordase lo que habían sentido segundos atrás. No era un sueño. No lo era. Mercedes le había permitido hacerle de nuevo el amor y Sam no podía estarle más agradecido a Dios por ello.
Mary Evans se acababa de quemar un dedo preparando la leche caliente que pensaba subirle a Mercedes a su habitación. Después de lo que los chicos le habían confesado, ella tampoco había podido cenar y su mente todavía no había regresado a su sitio, a juzgar por el dedo quemado del que ahora se quejaba.
Estaba preocupada por ella. Por Mercedes. Y también por su hijo. Jamás le había visto así. Enamorado, completamente loco por esa chica que compartía su vida con él. Era la primera vez que él traía a una chica a casa. Pero Mary Evans deseaba y esperaba de verdad que fuese la definitiva.
Mercedes le hacía feliz, le hacía sonreír. Sus ojos brillaban cada vez que ella hablaba. Cada vez que ella sonreía. Y la sonrisa del chico se hacía más grande cada vez que ella se reía o le agarraba de la mano.
Esa misma mañana, Mary lo había apartado de su lado, soltando sus manos tratando de averiguar la reacción en su hijo. Comprendiendo lo que ella había pensado tiempo atrás. Le dolía estar lejos de ella.
No conocía su historia. No sabía cómo habían llegado a formar la pareja tan hermosa que hacían, pero él la quería y se preocupaba por ella. Eso era lo único importante.
¿Y Mercedes?
Todo apuntaba a que ella también le quería, que era feliz a su lado.
Mary Evans deseó con todas sus fuerzas que Sam y Mercedes no dejasen jamás su casa. Estaba siendo egoísta, lo sabía, pero solo quería tener a su hijo cerca. Ver su felicidad día tras día y apoyarle si algo salía mal.
Echando la leche caliente en una taza, añadió azúcar y removió su contenido, saliendo ya de la cocina. Subió las escaleras lentamente, llevándole más tiempo de lo esperando, tratando de que la leche no se derramase de la taza.
Minutos después, llegaba a la habitación de su hijo, apoyándose en el marco de la puerta, intentando escuchar ruido al otro lado, pero solo había silencio.
Abrió la puerta con cuidado, lo suficiente como para ver como los dos chicos ya dormían en su cama, girados hacia la puerta sin percatarse de su presencia.
Las mejillas de la señora Evans no pudieron evitar teñirse de un rojo chillón. Los chicos dormían debajo de las sábanas, completamente pegados. Solo se podían ver sus brazos y hombros desnudos por encima de la manta. El brazo de su hijo rodeaba la cintura de su novia y sus manos descansaban una encima de la otra. Se les había olvidado apagar la luz y ahora su madre contemplaba toda la escena con la mano derecha en su corazón. Se veían tan hermosos, tan felices.
En ese momento, Sam se movió ligeramente, sin abrir los ojos, y se acurrucó en el cuello de la chica, a la vez que ella decía en voz alta las palabras mágicas.
- Te quiero, Sam.
No. Mary Evans no estaba soñando. Mary Evans había oído como Mercedes le decía a su hijo que le quería y éste le respondía con un ronquido.
¡Ah! ¡A tu padre tuviste que parecerte, Sam Evans! Eres un desastre hijo. Un completo desastre.
Mary se rió, observándoles dormir tranquilos. Apagó finalmente la luz y cerró la puerta con cuidado
Apoyada en el marco, dio un gran sorbo a la taza de leche. Se la había preparado a Mercedes para que pudiese dormir, pero no había hecho falta. El desastre de su hijo lo había hecho posible. Mercedes le quería y él la adoraba.
Mary Evans dio otro sorbo a la taza antes de dirigirse escaleras abajo, con una sensación de paz en su corazón.
Sam Evans la observaba dormir, mientras recogía el estropicio de ropa que habían dejado en el suelo la noche anterior. Parecía un ángel, respirando suavemente. Un ángel que de vez en cuando le sacaba una sonrisa al ver como la chica se molestaba por los rayos de sol que atravesaban su ventana.
La conocía perfectamente. En poco tiempo, empezaría a moverse tratando de evitar la luz que entraba por la ventana y se despertaría. Así que se dirigió a la cama y se sentó a su lado, acariciando su oreja derecha a la vez que dejaba un beso en su pelo. Después de lo que había sucedido entre ellos la noche anterior, Mercedes podría rechazarle cuántas veces quisiese, pero él ya no se alejaría. Pensaba mimarla todo el tiempo y ya no le importaba lo que ella dijese acerca de ello, ya nada le importaba.
Tal y como había pensado, la chica empezó a frotarse los ojos y luego, intentó cubrirse con la sábana, impidiendo así que los rayos de sol la molestasen. Provocando que él estallase en risas. Pensaba esconderse debajo de las sábanas como si de una niña se tratase.
- Mercedes... – la llamó, suavemente.
- Ummm – gruñó ella, al oír su voz junto a su oído.
- Se te enfría el desayuno.
Todo había cambiado en esos dos últimos días. En las dos semanas que había pasado a su lado compartiendo cama con ella, Mercedes se había despertado temprano y levantado pronto, directa a la ducha, creyendo que él no era consciente de ello. Pero desde que habían llegado a esa casa, desde que habían hecho el amor, Mercedes no hacía más que esconderse debajo de las sábanas para no ver la luz solar. Todo había cambiado y Sam esperaba que aquello fuese a causa de él. De lo que le hacía sentir. De lo bien que ella se sentía a su lado.
- ¿Desayuno? – preguntó la chica, abriendo despacio los ojos, después de destaparse la cabeza.
Poco a poco consiguió abrirlos del todo, observando la bandeja que él había dejado sobre la silla.
El chico se levantó a por ella, acercándosela a la cama y luego, le pasó la chaqueta del pijama para que no pasase frío.
- Lo he hecho para ti – le dijo, con una sonrisa de oreja a oreja, mientras observaba como Mercedes se ponía rápidamente el pijama.
- ¿Por qué? – preguntó, con un nudo en la garganta.
- Porque ayer te fuiste a dormir sin cenar. Así que supuse que te morirías de hambre.
- Y es cierto – le sonrió, notando como sus mejillas se teñían de rojo. – Pero... me lo has traído a la cama. Podía bajar a desayunar con los demás y...
Sam no la dejó terminar la frase. Untó una de las tostadas con mermelada de fresa y se la pasó.
- Todos se han ido ya. Sólo se ha quedado mi padre en casa, descansando.
- ¿Se han ido? ¿Adónde? – preguntó, atónita, mientras sostenía la tostada en su mano sin atreverse a probarla.
- A la iglesia. Es domingo, ¿recuerdas? Mi madre no ha querido despertarnos. Nos ha dejado una nota encima de la mesa de la cocina. Come un poco, anda.
- Se han ido a la iglesia – repitió la chica.
- Sí, ¿qué ocurre?
- Hace mucho tiempo que no voy a la iglesia – le respondió, tratando de olvidar la última vez que había estado en una.
Dejó la tostada sobre el plato, cerrando los ojos durante unos segundos. Sin poder evitar recordarse en el funeral de su madre, mientras el sacerdote le daba su último adiós.
- ¿Soy un idiota, verdad? Haga lo que haga, diga lo que diga, siempre consigo que lo recuerdes y te hagas daño de nuevo.
- Sam...
- ¡No! Creí que tus pesadillas habían quedado atrás. Que yo había conseguido borrarlas por completo. ¡Qué estúpido!
- Sam, por favor. No digas eso. Lo hiciste, lo conseguiste.
- No... – se lamentó. No era cierto, no importaba lo que hiciese, lo que dijese para hacer olvidar. Siempre habría cosas que se lo recordasen. Cosas que la hiciesen recordar la muerte de su madre y todo el dolor que había sentido por ello.
- Sí. Sí lo has hecho. Soy yo quién debo reprocharme a mí misma anclarme en el pasado. No volví a entrar en una iglesia desde el entierro de mi madre. No lo hice. Sin embargo, seguí rezando. Seguí hablándole a Él, porque sé que existe. Y sé que él la cuidará allí donde ella esté. Sigo rezando para que ella no se olvide de mí, ni yo de ella. Sigo rezando para seguir adelante, y le doy gracias por haberte encontrado. Todos los días. Cada día, le agradezco haberte conocido.
Sam la escuchaba atento, incrédulo. Jamás había pensado que Mercedes se hubiese atrevido a decirle todo aquello. Quizás algún día se armase de valor para confesarle lo que de verdad quería oír de sus labios.
- Si tú quieres, podemos ir el domingo que viene – le prometió él.
- Me encantaría – respondió con una sonrisa.
- Con una condición.
- ¿Cuál? – preguntó, preocupada.
- Que te comas todo lo que te he preparado – le dijo, pasándole de nuevo la tostada y obligándola a comer.
- ¿Vas a darme de comer como lo hiciste aquella vez en Richmond?
- No lo sé, ¿quieres?
Mercedes asintió con la cabeza, divertida. Observando ya como él acercaba la tostada a su boca.
- Perfecto, aquí va la primera. – dijo, mientras ella le pegaba el primer mordisco a la tostada, manchando su bigote de mermelada de fresa.
Esperó a que ella tragase todo el contenido de su boca y luego, la besó limpiándola y probando la mermelada.
- No es salsa de tomate, pero se le parece – dijo, una vez separado.
Aquella tarde había deseado tanto besarla, pero no había podido. Ahora se daba cuenta de cuánto había merecido la pena la larga espera.
- Cómetelo todo.
- ¿Y luego qué?
- Luego ya se nos ocurrirá algo – dijo, con una sonrisa seductora.
Mercedes dio otro mordisco a la tostada, sin perderle de vista. Sam Evans era su perdición y ella no podría amarle más aunque lo intentase.
Para cuando su familia regresó por fin a casa, ellos ya habían limpiado, fregado los platos y tazas del desayuno y hecho todas las camas de cada uno de ellos. Habían ido también a visitar a su padre y luego, le habían dado de comer a los caballos y a las gallinas de la granja.
- Buenos días, chicos – les saludó su madre con una sonrisa, entrando en la cocina.
Ambos permanecían sentados a la mesa, descansando del trabajo realizado.
- ¡Oh! Pero si tenéis la cocina súper limpia.
- Y las habitaciones, y los baños. Todos – dijo el chico, estirando la palabra. – También hemos hecho las camas.
- ¿La vuestra también? – preguntó Scott, sentándose enfrente de ellos, mientras se zampaba un trozo de pan. – ¿O la habéis dejado deshecha para que así os sea más fácil y rápido meteros en ella? Pecadores que sois... no habéis ni ido a misa.
- ¡Scott! – le gritó su madre.
Mercedes le miró, harta ya de sus burlas. Hasta ella se había terminado cansando de ellas. Quiso contestarle, pero Sam se le adelantó.
- Sí que la hicimos. Y también la tuya, hermano. No sabía que tenías esas revistas escondidas debajo del colchón – Sam arqueó una ceja, observando la reacción de su hermano mayor, tratando de evitar la mirada acusadora de su madre.
- No sé de qué me hablas.
- Ya... – Sam se rió, victorioso.
Mercedes también se moría por hacerlo, pero no lo haría. No delante de la señora Evans. Tenía que ser difícil para ella conciliar entre sus hijos sin ponerse de parte de ninguno.
Las revistas...
Recordó el momento en el que las había encontrado mientras hacia la cama de Scott. Sam la había pillado in fraganti viéndolas y ella las había dejado rápidamente sobre la cama, a la vez que sus mejillas se sonrojaban como nunca antes.
- Guau. Menudo arsenal – dijo, viendo la cantidad de ellas que su hermano tenía. Abriendo una y moviendo la cabeza a un lado y otro. – Estoy seguro de que ésta postura es imposible. ¿La has visto? – le preguntó, enseñándole la foto.
Mercedes sacudió la cabeza, formando un no como respuesta, y Sam cerró rápidamente la revista, volviendo a colocarlas todas en su sitio.
- Mejor será que las dejemos o creerá que le hemos robado alguna.
La chica rió, mientras él las colocaba de nuevo debajo del colchón, girándose hacia ella luego.
- Sigo pensando que la postura es imposible, pero deberíamos intentarla algún día, solo para comprobarlo. – le dijo, dándole un beso en la mejilla y saliendo de la habitación, directo a la de su hermana Stacy.
¡Oh, Señor! ¿En qué momento se había enamorado de un dios del sexo?
- ¿Mercedes? – Scott la llamó por enésima vez esa mañana.
- ¿Sí? – respondió ella, saliendo del trance.
- Le estaba diciendo a Sam que hoy iremos al Country Bar a marcarnos unos bailes, que si os queréis venir.
- ¿Al Country Bar? – Mercedes miró a Sam, que esperaba su respuesta con una sonrisa en sus labios. – Sí, claro. ¿Por qué no?
- ¡Perfecto! Iremos Mary Ann, Dave, Sam, tú y yo. Verás lo bien que nos lo vamos a pasar.
Mercedes arqueó una ceja, dudosa. Sí, claro. Yendo Mary Ann pasarían una tarde-noche fabulosa... Dios les pillase confesados. ¡Mary Ann, Dave, Scott, Sam y ella en el mismo bar!
Mercedes escuchó como alguien tocaba a la puerta de su habitación. Se había pasado los últimos diez minutos revolviendo su ropa en la maleta, tratando de encontrar algo que ponerse esa tarde.
- Adelante – elevó la voz, lo suficiente para que la oyesen.
La puerta se abrió y Stacy entró rápidamente, cerrando tras de sí.
- Mamá me ha contado que os vais al Country Bar – habló, sentándose en la cama, observando como la chica colocaba y descolocaba su maleta una y otra vez.
- Ese es el plan, si consigo decidirme por algo que poner – dijo, malhumorada.
Stacy se rió a su lado, doblando las piernas en posición de indio.
- Estarás perfecta con cualquier cosa que te pongas.
Mercedes movió ligeramente la maleta para hacerse sitio, y se sentó a su lado dándose por vencida. No había nada en esa maleta, nada que le sirviese para ese bar.
- ¿No tienes una falda vaquera o algo? – le preguntó Stacy.
La chica negó con la cabeza.
Eso era lo que había deseado llevar en primer lugar. Lástima que no tuviese ninguna. Mentiría si no dijese que quería lucir hermosa para él. Quería que cuando la viese sólo tuviese ojos para ella y no para todas las chicas que acudirían a ese bar.
- Y hoy es domingo. Todo está cerrado – se lamentó Stacy.
- Lo sé.
Aunque de todas formas, ella no disponía de dinero para comprarse nada. Sam aún no le había pagado por viajar con él y Mercedes no pensaba aceptárselo por nada del mundo.
- Es una pena, porque a mi hermano se le habría desencajado la mandíbula al verte con falda.
¡Eso mismo había creído ella! Demonio de chica, no hacía más que recordárselo.
- A no ser...
- ¿A no ser qué?
- ¡A no ser que vayamos ahora mismo a ver a Miny! Estoy segura de que su hermana tendrá algo que te sirva – le dijo, con una sonrisa, tirando de su mano para que se levantase ya de la cama.
- Espera, ¿quién es esa tal Miny? ¿Y cómo se supone que vamos a llegar allí? – preguntó, sin levantarse.
- Es mi mejor amiga y... tú conducirás.
- ¿Qué yo qué?- Mercedes abrió la boca, alucinada.
- Vamos, no perdamos tiempo. Tú conduces.
- Pero si no he conducido en mucho tiempo y...
- ¡Vamos! – dijo, levantándola rápidamente y corriendo ambas hacia la puerta.
- ¿No deberíamos avisar a Sam? – consiguió decir mientras se veía arrastrada hacia las escaleras.
- ¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Es una sorpresa! – chilló, agarrando las llaves del llavero de la cocina. – Vas a conducir la camioneta de Mary Ann.
Habían conseguido salir ya de la casa, y ahora bordeaban la camioneta que Stacy le había dicho.
- ¡Oh Dios mío! Que sea lo que Él quiera – respondió, subiéndose ya al coche. - ¿Dónde dices que vive esa tal Miny?
- A diez minutos de aquí – le respondió la adolescente, poniéndose ya el cinturón.
- Esto es una completa locura, Stacy – dijo, poniendo las llaves en el contacto y accionándolo.
- Lo sé. Espero que valga la pena, y que mi hermano se muera cuando te vea.
- Yo no – dijo, divertida. – Sería una viuda muy joven – bromeó.
Pisando ligeramente el acelerador, salieron ya de allí, esperando y rezando porque todo saliese bien.
Llevaba media hora sentado en esa cama. Media hora esperando a que ella regresase de donde fuese el lugar al que se había ido. Hacia ya casi cuarenta y cinco minutos que Scott le había dicho que la había visto conduciendo la camioneta de Mary Ann con Stacy como acompañante. Hacía cuarenta y cinco minutos que se preguntaba dónde podía haberse ido. Se estaba volviendo loco, y se imaginaba lo peor. ¿Se encontraría mal? ¿Mercedes se había encontrado mal? ¿Por qué se había ido? No tenía ningún sentido haberse marchado así, sin decirle nada.
¿Dónde estás, bonita?
Se levantó, cansado de esperar sentado y empezó a dar vueltas por su cuarto. Intranquilo, nervioso. Pasando por distintos estados de ánimo. Preocupado, asustado. ¿Acaso le había contado todo a Stacy? ¿Por eso se había ido? ¿Se había marchado de nuevo de su vida? ¿No pensaba volver?
No, por favor. No me la quites ahora.
¡Qué idiota! No podía haberse ido. Toda su ropa estaba allí. Su maleta, sus cosas. ¡Que estúpido!
Pero si no se había marchado, ¿adónde había ido?
La puerta se abrió finalmente, mientras él miraba hacia la ventana. Dándose la vuelta, demasiado rápido, estuvo a punto de perder el equilibrio. Apoyándose en el marco de la ventana, se tranquilizó, esperando no hacer una escena. Pero pronto se le olvidó todo lo que había pensado decir. Delante de él se encontraba Mercedes, preciosa, hermosa, con una falda vaquera y una camisa de cuadros roja. Las botas que llevaba también eran nuevas y Sam no tenía ni idea de dónde las había conseguido.
- ¿Dónde...? – empezó a decir, mientras veía como ella cerraba la puerta y dejaba unas bolsas sobre la cama.
- He estado en casa de Miny – respondió, sentándose en la cama y cruzando las piernas, dándole una buena vista al chico.
- ¿Quién es Miny? – le preguntó, tratando de no fijarse en sus hermosas piernas.
- La mejor amiga de Stacy – respondió ella de nuevo, mientras jugaba con su pelo, apartándolo de su cuello.
¿Puedes dejar de hacer eso? Me estás matando.
- Podías haberme avisado – le reprochó.
Le estaba matando con su vestuario y la rabia había nacido en él como respuesta. Una rabia que sólo se disiparía si...
¡Piensa en otra cosa!
- No me dio tiempo – se excusó la chica. – Stacy me dijo que tenía prisa y... ¿Estás enfadado?
- No, no lo estoy.
Y no lo estaba. Por supuesto que no. Solo deseaba sacarle esa falda que llevaba y hacerle el amor hasta que no pudiese más.
- ¿Seguro?
¡Tonta! ¿Pensabas que te diría lo hermosa que estás? Quítatelo de la cabeza. No ocurrirá.
- Seguro – respondió él, viendo como ella se levantaba ya de la cama y se dirigía al baño. - ¿Mercedes?
- ¿Sí? – La chica se giró, ilusionada, esperando lo que ya sabía que sería imposible.
- Eres preciosa.
- Gracias.
Mercedes notó como sus mejillas se sonrojaban sin poder evitarlo.
Un momento.
¿Había dicho "Eres preciosa" no "Estás preciosa", verdad?
- Creía que no querías ponerte faldas.
- Stacy me convenció – le dijo por última vez, antes de entrar por fin en el baño.
Stacy... Stacy... Hermanita. Gracias por intentar matarme.
- ¡Dios mío, Mercedes! – Chilló Scott, al verla bajar por las escaleras - ¡Eso es una falda y lo demás son tonterías! ¿Sigues vivo, Sammy?
Su hermano pequeño le miró con ganas de estrangularlo. Mary Ann y él ya los esperaban abajo en el salón de la casa. Su hermana, al contrario que Mercedes, había decidido vestir pantalones esa tarde. Ojalá la chica hubiese hecho lo mismo. Ahora Sam se pasaría toda la noche tratando de mantener sus manos en sus caderas en lugar de perderse con ellas bajo esa falda.
- ¿Estamos todos listos? – preguntó, evadiendo a su hermano.
- Sip. Listos para arrasar. Al menos yo, vosotros no podéis – les recordó, Scott.
- Yo sí puedo – dijo su hermana.
- Ya... Lástima que los chicos no te hagan caso, hermanita – le respondió Scott, con su misma frase.
Mary Ann bufó, levantándose ya del sillón y dirigiéndose hacia la cocina.
- ¿No esperamos a Dave? – preguntó Sam a su hermano.
- Dijo que se encontraba allí con nosotros.
- Perfecto. Vamos al camión, entonces – oyeron decir a Sam con una sonrisa en su rostro.
- ¿Camión? ¡Ni de coña! Vosotros os venís con nosotros en la camioneta – le dijo Scott.
- Pero-
- ¡Nada de camiones! Aquí no hacen ninguna falta, ¿estamos? – respondió su hermano mayor.
- Vale, vale.
Sam le vio pasar a su lado, mientras él agarraba la mano de Mercedes y salían también al exterior. Recorriendo el camino hacia la camioneta, observó cómo el camión permanecía allí, solitario.
- Lo siento, colega. Pronto nos volveremos a ver las caras. Muy pronto – dijo en voz alta.
Mercedes trató de seguir sus pasos hacia la camioneta, pero las botas que llevaba le hacían caminar más despacio. No habían sido las palabras de Sam las que habían hecho que aminorase sus pasos. No...
Él quería largarse de allí. No hacía más que desear subirse a ese camión y marcharse para siempre.
Quiere irse. Es sólo cuestión de tiempo que se vaya de tu vida.
Sam se detuvo de repente, observándola.
- ¿Estás bien? – le preguntó, mientras soltaba su mano y la sostenía por la cintura.
- Sí – respondió ella en un susurro, enroscando su brazo también en la cintura del chico.
- Vamos, que se nos hace tarde - le dijo, deteniéndose ya a un lado de la camioneta y abriéndole la puerta para que se subiese en ella.
La ayudó a subir y luego, dio la vuelta al coche para ocupar su lugar en el asiento de atrás junto a ella.
¿Qué la había puesto así? Por un instante la había visto sonreír y al momento siguiente, la chica mostraba la mirada más triste que había visto nunca. ¿Qué se suponía que había hecho? ¿No contestarle a su hermano? No decirle "Sí, Scott. Sigo vivo, a pesar de todo. A pesar de haberla visto con esa falda y no haber podido hacerle el amor como hubiese deseado. Sigo vivo a pesar de que ella se empeña en matarme con cualquier cosa que se ponga. Con cada una de las miradas que me regala. Y sus sonrisas me matan, hermano. Pero sí, sigo vivo, a pesar de todo."
Inclinándose hacia ella, volvió a susurrarle al oído.
- Estás preciosa.
- Ya me lo habías dicho – Mercedes no pudo evitar soltar una risita.
No. No lo había hecho. "Eres preciosa" era lo que le había dicho.
- ¿Sí? – preguntó, haciéndose el despistado.
- Sí – dijo ella, notando como sus mejillas se sonrojaban.
Scott les miró por el espejo retrovisor, provocando que ellos se agarrasen de las manos como acto reflejo. O quizás, ambos habían aprovechado la oportunidad para acariciarse.
Porque eso era lo que ahora hacían con sus manos. Ambos jugaban haciéndose cosquillas sin recibir ningún tipo de descarga. Éstas habían quedado ya atrás, en el pasado.
- No hagáis manitas delante de los pobres, tened compasión – les dijo Scott.
- Calla y conduce – le respondió su hermano, antes de que Mercedes intentase soltarse.
No se lo permitiría. Y menos para obedecer a Scott. Si su hermano no quería manitas, manitas tendría.
Mercedes se rió, observando la reacción de Scott y el bufido de Mary Ann.
No tardaron mucho en llegar al Country Bar. Allí, ya había varios coches aparcados en el estacionamiento. Y esperaban que alguno de ellos fuese ya el de Dave.
- Id entrando, voy a aparcar un poco lejos de aquí. No quiero que un borracho me rompa un cristal.
- Qué precavido – rió Mercedes, bajándose ya del coche y esperando por Sam y Mary Ann.
Scott les observó entrar en el bar y luego, pisó el acelerador, dirigiendo el coche un poco más lejos del parking.
Se preguntó si Dave habría llegado ya, pero no veía su coche por ninguna parte todavía. Aparcó, bajándose ya de él y cerrando con llave. Acomodándose luego los pantalones y la camisa, y mirándose en el espejo lateral del coche.
- Estás perfecto – se dijo a sí mismo.
Si nadie se lo decía, alguien tendría que hacerlo.
- ¡No me cuentes historias! ¡Sé que tú eres su fulana!
Scott se giró como un resorte hacia el lugar donde provenía la voz chillona.
¿Fulana?
Se fijó bien, pero no conocía de nada a la mujer que acababa de hablar. ¿Sería nueva en el pueblo? ¿Sería del pueblo vecino?
Bordeó el coche para tener una mejor visión de la escena y entonces, la vio.
Enfrente de la mujer que acababa de gritar, se encontraba nada más y nada menos que su querida Doctora Harbor. La misma que había conocido la mañana anterior, la misma que había rechazado cenar con él. ¡La misma que había hecho un estofado con sus pelotas!
- Se equivoca de persona, señora – le oyó decir a la doctora.
Scott se quedó inmóvil durante unos segundos, escondido detrás de su camioneta. Deseando entender de que iba todo aquello.
- Todas sois iguales. ¡Todas! Creéis que podéis engañarme pero sé perfectamente lo que hacéis.
- ¡No sé de qué me habla!
- Mi Wilbur planea dejarme por ti y no pienso permitirlo. ¿Me has oído, mosquita muerta?
- ¿Perdone? ¿Qué me ha llamado? ¡No conozco a ningún Wilbur!
- ¡Mientes!
- No sé por qué la ha tomado conmigo, señora. Pero tengo cosas más importantes que hacer que escuchar toda la tarde cómo me falta el respeto. ¿Me ha oído?
- ¡Cariño! ¿Por qué tardas tanto?
Las dos se giraron para ver como Scott Evans aparecía en escena, abrazaba a la doctora y luego, le plantaba un beso delante de la señora. Un beso largo y profundo. Un beso que había disfrutado como ningún otro.
Un beso que odió romper.
- Buenas tardes, señora. Nunca la había visto por aquí. ¿Es del pueblo de al lado? – preguntó Scott girándose hacia ella, mientras dejaba su mano en la cintura de la chica.
La señora abrió la boca asombrada.
Quizás fuese porque su Wilbur no era tan guapo como lo era el muchacho que tenía delante de ella o tan joven. Pero la señora ni siquiera le contestó, levantó su nariz respingona y salió de allí dejándolos atónitos.
Sin embargo, Scott no perdió el tiempo, yendo a por todas y tratando de besarla de nuevo.
- ¡¿Cómo se atreve? – chilló la chica, abofeteándole sin compasión - ¿Es que acaso no se lo dejé claro ayer?
- ¿El qué? – preguntó Scott, acariciando su mejilla dolida. - ¿Que querías cenar conmigo o que querías besarme? Lo segundo ya lo hemos hecho, dime que sí a lo primero y podremos subir de nivel.
La doctora abrió los ojos como platos. Negando con la cabeza, empezó a alejarse de su lado. Pero Scott no la dejó marchar, agarrando su mano y tirando de ella volvió a atacar sus labios una vez más.
Besándola sin descanso. Besándola y perdiéndose en esa boca dulce que tanto había deseado probar. Abriéndola lo suficiente para rozar su lengua con la de él. La estaba besando y ella se estaba dejando llevar...
- ¡Ay! – gritó, separándose de ella. - ¡Me has mordido!
- Si no le queda claro ahora es que es un estúpido, Scott Evans.
- Estoy sangrando – se quejó él, mirando la sangre en sus dedos.
- No me diga que de verdad le afecta... – No acabó la frase. El chico empezó a marearse, alcanzando a impedir que se cayese sosteniéndolo por la cintura – Ahora entiendo su palidez de ayer.
- No te rías – le pidió Scott, pegándose a la pared.
- No lo hago.
La doctora sacó un pañuelo y con él, limpió la sangre que él tenía en sus labios. Deteniéndose durante unos segundos para observar sus hermosos ojos azules. Él la observaba fijamente, sin mover sus manos. – En unos minutos estará mejor. Quédese aquí mientras se recupera.
- ¿Vas a dejarme sólo?
- ¿Dejarle sólo? Ni hablar. Lo que me faltaba ahora es que se cayese y se abriese la cabeza. Me echarían a mí la culpa. No puedo permitirlo.
La doctora se apoyó también en la pared a su lado.
- Aún no sé tu nombre – le recordó él, luego de unos minutos en completo silencio.
- No necesita saberlo.
- ¿Por qué presiento que es un nombre horrible y por eso no quieres decirlo?
- ¡No es horrible!
- No... Claro que no – la picó él.
- ¡No lo es! ¡Es inapropiado! – estalló ella.
- ¿Inapropiado? ¿Ina... qué? ¡Oh, Dios Santo! – No, no podía ser... ¿o sí?
- No, no por favor. Ni se le ocurra decirlo en voz alta. ¡No lo diga!
- ¡Pearl Harbor! ¡Oh, Dios mío! – Scott Evans, completamente recuperado, estalló en risas.
- ¡No tiene gracia! ¡No se ría!
- ¡Sí la tiene! – No podía parar de reírse. - ¿A quién en su sano juicio se le ocurrió ponerte ese nombre?
- ¡A mi padre! Y no estaba en su sano juicio, ¡estaba completamente borracho!
- Eso lo explica todo.
- Prométame que no se lo dirá a nadie, por favor.
- ¿Por qué razón? Es un nombre muy bonito.
El chico paladeó su nombre en sus labios, susurrándolo. Provocando que ella se fijase en cómo su boca lo decía con cariño y a la vez, con una sensualidad que la hipnotizaba.
- Pearl...
- Es el nombre de un ataque en el que murieron miles de personas. – se atrevió a decir, mirando al frente.
Scott se quedó sin habla durante unos segundos.
Segundos que a la doctora le parecieron eternos.
Ella tenía razón. No lo había visto de ese modo. El chico trató de decir algo que la reconfortase pero sus palabras murieron en su boca.
- ¿Me promete que no se lo contará a nadie? – le pidió, ésta vez mirándole a los ojos.
Scott quiso responderle que sí. Que jamás haría nada que le hiciese daño. Pero no podía desaprovechar una oportunidad cuando se la servían en bandeja de plata. Con una sonrisa torcida, le susurró.
- Con una condición.
- ¿Cuál?
- Quiero que cenes conmigo.
- ¿No se cansa, verdad?
- No. Nunca desisto si realmente merece la pena luchar por algo.
- Supongo que si no quiero que todo el pueblo conozca mi nombre, tendré que aceptar su proposición.
- Supones bien – le respondió él, dándose cuenta de que ya tenía la partida ganada.
- Sé que me arrepentiré de esto, pero... acepto.
- Bien – Scott esbozó su sonrisa de triunfo.
- En realidad, pensé que me pediría que dejase de llamarle de usted.
- Ah, no. De hecho me encanta que lo hagas. Es una de mis fantasías – susurró en su oído, acercándose peligrosamente.
- Es usted un estúpido, Scott Evans – le palmeó el brazo, apartándolo rápidamente de ella.
- Ya lo sé, cariño. Ahora... ¿Puedes volver a repetírmelo mientras me besas?
La doctora bufó de nuevo, separándose de la pared y dirigiéndose ya hacia la puerta del bar. Scott no se había movido ni un milímetro. Observaba detenidamente cómo sus caderas se movían con cada paso que ella daba.
- ¿Viene o qué? – preguntó la chica, girándose de nuevo hacia él.
- Ahora mismo – dijo él con una sonrisa de oreja a oreja.
Ahora mismo, Pearl.
Por un momento verla contoneando sus caderas le hizo imaginarse cómo sería acostarse con ella. Besarla y acariciarla mientras ella se lo exigía. Porque la Doctora Harbor no era de las que suplicaban. No lo era. Y Scott estaba convencido de que tarde o temprano, él conseguiría que ella, llena de placer, gritase su nombre.
- ¿Dónde se ha metido Scott? – preguntó Mary Ann por enésima vez asqueada de la escena empalagosa que tenía lugar delante de ella.
Sam dejó de mirar durante un segundo a su novia de mentira, para hablarle a su hermana.
- Probablemente esté ligando con alguna chica o esperando a Dave en el exterior.
- Dave es mayorcito como para necesitar que lo esperen. Que venga ya de una vez. No vine para hacer de carabina.
Mercedes se rió ligeramente, mientras observaba como Dave McCain entraba en el bar. La chica no dudó en levantar su mano para que él les encontrase más fácilmente.
- De hecho, Dave viene para aquí sin Scott.
Mary Ann se negó a girarse para verlo llegar. No pensaba prestarle atención.
Puede que tuviesen que sentarse el uno al lado del otro, en el mismo banco, pero no pensaba hablarle.
- ¡Ey! – Dave los saludó al llegar, sentándose a su lado sin perder el tiempo. - ¿Y Scott?
- Pues... Estaba aparcando. Hace media hora... Supusimos que te estaría esperando a ti.
- No lo he visto – les respondió, encogiéndose de hombros.
Puede que Mary Ann estuviese sentada a su lado, pero no pensaba dirigirle la palabra. Si así lo esperaba ella, estaba muy equivocada.
- ¿Cómo estás, Mercedes? La Señora Evans nos contó lo que sucedió ayer en la tarde. Siento mucho todo lo ocurrido. Lo siento, de verdad. No se qué le pasó. Relámpago no es así.
- Está bien, Dave. Todo está bien. El susto ya pasó y bueno... He decidido no volver a montar – le dijo, mientras apretaba fuerte la mano de Sam por debajo de la mesa, buscando su apoyo.
- Lo entiendo. Y lo siento de verdad, Mercedes. Te pido disculpas a ti también, Sam. Podía haber ocurrido una tragedia y... Lo siento de nuevo.
Sam asintió con la cabeza.
- No fue tu culpa, Dave. Olvídalo. Todo ha quedado atrás – le tranquilizó.
- Sí – dijo, suavemente.
- ¿Estoy viendo bien? – preguntó Mercedes, observando la puerta de la entrada.
- Si estás viendo lo mismo que yo, sí – le respondió Sam, atónito.
- ¿De que habláis? – preguntó Mary Ann, girándose al mismo tiempo que Dave.
- Vale, esto es asombroso. ¿Cómo lo ha hecho? – oyeron decir a Dave.
Buena pregunta.
Pensó Sam. Viendo como Scott y la nueva veterinaria se dirigían hacia allí con una sonrisa en sus labios.
Y hasta aquí el capítulo de este domingo. Espero que os haya gustado o que al menos os haya podido sacar una sonrisa de domingo ^^ Hacedme saber si os gustó en un review, el botoncillo ha cambiado de forma, pero sigue estando aquí abajo :D ¡Hasta el próximo capítulo! Besos y abrazos.
Syl.
PD: acabo de fijarme que llevo más de 100.000 palabras escritas de esta historia O.o Madre mía.
