Capítulo 9
Noah bufó mientras intentaba maniobrar el coche en el atestado aparcamiento público de la playa. Su intención había sido llegar por lo menos dos horas antes para tener sitio donde aparcar, pero la tía Shelby había insistido en que desayunaran juntos para discutir varios detalles del ensayo de la boda.
Salió del coche tras comprobar en el espejo retrovisor que su pelo estaba bien colocado y se dirigió al maletero para coger los utensilios de playa, intentando ignorar a los adolescentes que merodeaban entre los coches con sus monopatines.
Hacía un día estupendo y Noah estaba deseando pasar un rato a solas con Quinn. Creía de veras que así podría suavizar la tirantez que existía entre ellos desde que habían llegado a la casa. Para él la clave estaba en alejarse lo máximo posible de su familia para que Quinn no se sintiera presionada.
Aquella era una de las mejores playas de la zona. Tenía el abrigo necesario los días de viento y no era excesivamente calurosa cuando el sol apretaba como lo hacía aquella mañana. Si el tiempo continuaba así, Rachel y Finn iban a tener suerte con la boda.
Colocaron sus cosas en el único espacio que quedaba libre cerca de la orilla, al lado de una familia con cuatro niños, que por fortuna parecían estar bien educados. Noah extendió las toallas y empezó a echarse loción protectora en el pecho y las piernas. Le ofreció a Quinn el bote de crema, que esta aceptó en silencio, dedicándole una media sonrisa. Pero una vez más no fue capaz de mediar palabra.
Quinn había permanecido callada todo el día. Su mente se había convertido en un disco rayado que regresaba una y otra vez a la noche anterior, a su velada con Rachel, a sus palabras.
«Quinn, en el fondo tú y yo no somos tan diferentes —había dicho ella. —Lo único que nos hace distintas es que tú sigues intentándolo y yo me he cansado de esperar a que llegue la persona correcta.»
¿Y si Rachel tenía razón? A lo mejor ella tampoco estaba predestinada a encontrar el amor de su vida y simplemente tenía que conformarse. A lo mejor ese era el camino más directo a una felicidad que hasta entonces no había encontrado. Ahí estaba su currículo amoroso para demostrarlo. Quinn tenía a sus espaldas una respetable lista de relaciones fallidas. Había salido más o menos en serio con una decena de hombres, todos diferentes unos de otros, pero con una cosa en común: ninguno había conseguido hacerle sentir algo que distara del cariño propio del roce diario entre dos seres humanos. Se había encontrado a gusto a su lado y el sexo le resultaba satisfactorio, pero el resultado siempre era el mismo: al final se daba cuenta de que volvía a estar atrapada en una relación que no significaba demasiado para ella.
Se trataba, además, de un proceso bastante repetitivo, que solía seguir unas ciertas pautas. Una mañana cualquiera Quinn se despertaba y descubría que su manera de sentir era completamente diferente a la del día anterior, como si ya no estuviera a gusto con su propia piel. A partir de ese momento, cuando miraba con detenimiento a su pareja, descubría que ya no encontraba en él ni un solo motivo para seguir invirtiendo tiempo y esfuerzo en esa relación. Entonces se convertía en una auténtica cirujana del amor. Sacaba el bisturí y realizaba un corte limpio y quirúrgico, sin echar la vista atrás, sin que le temblara el pulso. Así había sido siempre y así parecía que iba a terminar también su relación con Noah. Y por eso se encontraba tan callada, aunque fuera consciente de lo injusto que era para él tener una compañía muda, monosilábica.
Quinn sentía que la lengua se le atoraba cada vez que intentaba encadenar más de dos palabras consecutivas. Para rematarlo, los temas de conversación que Noah sacó durante el trayecto en coche no le interesaban en absoluto, por lo que prefirió escuchar y ser lo más asertiva posible para compensar su falta de entusiasmo.
Le apetecía ir a la playa, de eso estaba segura. Le pareció que sería una gran idea alejarse durante unas horas de la casa, dejar atrás la confusión que le producía todo lo relacionado con Rachel. Sin embargo, ahora que ya estaban allí, su mente viajaba una y otra vez de vuelta a la casa, preguntándose qué estaría haciendo la actriz, con quién se encontraría en ese momento, cuándo volverían a verse... o si ella también pensaba en el beso que casi se habían dado. Porque estaba segura de que así habría sido si hubiera tenido agallas para dejarse llevar. Había dado muchos besos antes para saber identificar el momento que antecede a un beso. La mirada nublada, las pupilas dilatadas y sus labios partidos en dos solo podían significar una cosa: Rachel deseaba besarla, y ella había deseado tanto que lo hiciera que todavía sentía un dolor físico, punzante, cada vez que lo recordaba. Ahora lo sabía, ya no podía negárselo por más tiempo, y estaba hecha un lío.
—Todavía no me has dicho qué te ha parecido.
Quinn miró a su derecha y se sorprendió al ver que Noah arqueaba las cejas con expectación, como si estuviera esperando una respuesta. Pestañeó varias veces, mientras tomaba de nuevo conciencia de dónde se encontraba. La cara de Noah le hizo suponer que llevaba ya varios minutos perdida en sus pensamientos.
—Perdona, me he quedado en blanco. ¿Qué me ha parecido el qué?
—Mi prima —puntualizó él, —todavía no me has dicho qué te ha parecido. ¿Lo pasasteis bien anoche?
Quinn trató de bloquear cualquier reacción externa a la pregunta, aunque su corazón se hubiera olvidado de dar uno o dos latidos. A veces se preguntaba si era demasiado transparente y Noah podía leer sus pensamientos, sobre todo cuando él se interesaba justo por el único tema que realmente la preocupaba.
—Es... —titubeó. Estaba segura de que había alguna manera de dar su opinión sin abrir del todo su corazón. —Me ha caído muy bien. Parece una persona estupenda.
—Sabía que encajaríais —afirmó Noah con entusiasmo, como si estuviera feliz de haber dado por fin con un tema de conversación que despertara su interés.
— ¿Tú crees? ¿Por qué lo dices?
—No sé, un presentimiento. Además, pienso que tu influencia puede venirle bien.
Quinn frunció el ceño, enviándole una señal para que profundizara en la explicación.
Noah se reacomodó en la toalla y se puso de costado.
—A mi prima le cuesta mucho confiar en la gente, pero contigo se nota que está a gusto. Creo que le vendrá bien tener una amiga que no esté relacionada con la industria del cine.
Tiene sentido, pensó Quinn. Por lo que le había comentado, Rachel solía tener problemas para encontrar personas en las que poder confiar, pero ella no era la persona indicada. Si acaso, era la persona menos indicada.
— ¿Y sus amigas?
— ¿Amigas? ¿Qué amigas? —ironizó Noah, sonriendo con melancolía. —Su única amiga de verdad es Marley, y trabaja para ella. Rachel ha tenido muchos desengaños.
—Sí, pero recuerdo que me habías hablado de una chica. ¿Cómo se llamaba? —Se detuvo un momento a pensar. Tenía el nombre en la punta de la lengua, pero había pasado algún tiempo desde aquella conversación.
— ¿Ashley?— se aventuró Noah.
— ¡Ashley, eso es!
Él bajó la mirada a la toalla primero y luego empezó a cavar un pequeño surco en la arena con la mano, como si intentara decidir si Quinn estaba preparada para escuchar lo que tenía que decirle. Tapó el hueco con la arena que había sacado y por fin se decidió a hablar.
—Digamos que Ash fue algo más que una simple «amiga»— dijo Noah, dibujando con sus dedos unas comillas en el aire nada más pronunciar esa palabra.
Normalmente Quinn era una persona de reacciones rápidas. Casi siempre tenía una respuesta preparada, sin importar el tema, pero aquello la había cogido por sorpresa y sus ojos se abrieron tanto que se alegró de tener las gafas de sol puestas.
— ¿Le gustan las mujeres?
Noah sonrió.
—Es lógico que te sorprenda. No es un tema de dominio público. Rachel siempre ha sido muy discreta.
—Pero pensaba que lo suyo con Finn iba en serio.
—Bueno, sí. Pero mi teoría es que Rachel solamente siente atracción física por las mujeres.
—Te refieres a que las usa...— puntualizó Quinn.
—Se podría decir que sí. Aunque con Ashley fue diferente. Su publicista tuvo que hacer muchos favores para que no saltara a los medios de comunicación. El tema se le fue de las manos.
El tema se le fue de las manos. ¿Qué significaba aquello? ¿Que los paparazzis las cazaron en una situación comprometida? ¿Que Ashley la amenazó con contarlo todo a la prensa? ¿Que Rachel no estaba dispuesta a renunciar a aquella relación? Las preguntas se iban acumulando una tras otra en su cabeza en un bucle infinito de incógnitas inconexas. ¿Dónde estaba Ashley? ¿Lo sabía Finn? ¿Había significado algo para Rachel o trataba a las mujeres como un artículo de usar y tirar? Necesitaba respuestas y quería interrogar a Noah, de veras que sí, pero se dio cuenta de que lo primordial no era exactamente esto. Lo realmente importante consistía en descubrir de qué modo cambiaba esa información su manera de ver a Rachel. Cuando quiso retomar la conversación, ya era demasiado tarde: Noah se había levantado y la miraba desde las alturas, con la mano haciendo de visera.
—Venga, vamos al agua, me estoy asando— le dijo, tendiéndole la otra mano.
Quinn se levantó como una autómata. Había dejado escapar su oportunidad.
…..
La llegada del resto de la familia cambió por completo la dinámica de la casa. Ahora eran multitud, y el día de la boda estaba cada vez más cerca, por lo que empezaba a ser difícil para Rachel tener un rato de paz.
Aquel era el primer momento del día en el que podía relajarse y estar a solas. Había pedido a los camareros que le sirvieran un tentempié frío en la piscina, porque sabía que Will, su exigente y estresante publicista, no la buscaría allí. Will llevaba menos de dos horas en la casa, pero su voz ronca y autoritaria era tan efectiva que ningún medicamento había conseguido calmar la jaqueca que le despertaba su presencia. Rachel masajeó sus sienes trazando círculos concéntricos con los dedos y se dejó caer sobre una de las hamacas, feliz de haber podido zafarse de sus garras, al menos durante unos minutos.
Los preparativos de la boda estaban acabando con su paciencia. Los encargados de los arreglos florales habían anotado mal el pedido y ahora Marley estaba toreando esa crisis en el jardín, haciendo esfuerzos inusitados para no gritar a los muchachos que cargaban con inmensos bouquets florales, todos del color equivocado. Rachel no sabía por qué era tan importante que fueran de color lavanda y no verde aguamarina, pero por la cara de malas pulgas de Marley comprendió que se trataba de una crisis de gran magnitud y prefirió no estar presente mientras discutían cómo arreglarlo.
Más familiares llegaron en tropel a la hora de la comida y, aunque adoraba a sus primas, aquellas mujeres estaban tan cargadas de energía que resultaban agotadoras. Aguantar sus gritos de emoción era algo a lo que no estaba acostumbrada en la casi siempre inquebrantable paz de aquella casa.
Por si eso fuera poco, Will y su madre habían planeado otro cóctel más para aquella noche. No sabía con qué gremio ni a qué hora, pero ya ni siquiera le importaba. En aquel momento lo único que quería era gozar de unos minutos de paz, disfrutar de las cosquillas que le producía en el paladar aquella bebida isotónica y saborear el tentempié que acababan de servirle.
Cerró los ojos y encendió su mp3, permitiendo que su cerebro viajara hasta donde la música quisiera llevarle. Inmediatamente esta la transportó a su cena con Quinn, a su falda corta, la sonrisa sincera y la calidez de sus ojos color avellana a los que le resultaba imposible decir que no...
Por Dios santo, Rachel... ¡Es hetero! Y está con tu primo. Olvídalo de una vez.
Consiguió hacer un pacto consigo misma para no pensar de aquella manera en la novia de Noah. Dispuesta a ignorar los atractivos físicos de Quinn, intentó diseccionar y comprender el sentimiento de ausencia que la había acompañado todo el día.
Había estado ocupada, pero al parecer no lo suficiente para no echarla de menos. Se encontró en varias ocasiones pensando en Quinn, preguntándose a qué hora volvería y si tenía pensado ir al ensayo de la boda. Se encontró a sí misma buscándola con la mirada, a sabiendas de que no la encontraría. Se dio cuenta de que la echaba de menos.
Vale, eso es todavía peor: ahora ya no solo la deseas sino que también la echas de menos, pensó, consciente de la creciente necesidad que sentía de verla.
La tarde estaba empezando a refrescar, pero la temperatura del agua solía ser la mejor a aquella hora y estaba deseando darse un baño. Esperó a que remitiera un poco el punzante dolor de su cabeza y se puso las gafas de bucear. Tenía ganas de hacer unos largos.
….
El teléfono empezó a sonar cuando se bajaron del coche. La mano de Quinn se perdió en el fondo de su inmenso bolso de rayas marineras y sacó su móvil, que dejó de sonar tan pronto como pulsó la tecla verde.
—Hey, hermana, ¿qué tal te va la vida campestre?
El cuerpo de Quinn se relajó por completo, como siempre hacía cada vez que escuchaba el tono cálido y tranquilizador de la voz de su hermana mayor.
—Bien, lo estoy pasando bien. ¿Qué tal tú?
Frannie dejó escapar un suspiro de cansancio.
—Lo de siempre. Trabajo, trabajo y más trabajo. Te juro que si mis vacaciones no empezaran la semana que viene, me plantearía acciones drásticas como irme del país o mudarme a una isla.
Quinn podía imaginar perfectamente a Frannie, vestida con algún pantalón cómodo de estar por casa, el cabello ligeramente despeinado tras haber pasado todo el día en la oficina. Compaginar la maternidad con sus leoninos horarios laborales le resultaba una idea aterradora. Como siempre que pensaba en ello, una ola de orgullo por su hermana invadió todo su pecho.
—Cuéntame lo bien que te lo estás pasando para que pueda morirme de celos— le pidió Frannie.
Hablaron sobre lo maravillosa que era la casa y aquella zona de la costa. Quinn le hizo un gesto a Noah para indicarle que subiera a la habitación y caminó sin rumbo fijo, como siempre hacía cuando mantenía largas conversaciones por teléfono. En el extremo más alejado de donde se encontraba había un grupo de personas que parecían estar discutiendo a causa de unas flores. La empresa de organización de eventos ya había ubicado el altar donde el párroco oficiaría el enlace, y vio a unos chicos colocando las sillas en las que se iban a sentar los invitados.
Dispuesta a no alejarse demasiado de la casa ni llamar la atención del grupo que discutía acaloradamente, cambió la dirección de su paseo y se dirigió a las inmediaciones de la piscina.
— ¿Estás a gusto con la familia de Noah?
—Sí, se están portando todos genial conmigo.
— ¿Y qué tal es la novia?
— ¿Te refieres a la prima de Noah?
—Sí, ¿no es ella la que se casa?
Quinn hizo una pausa, dudando si debía contarle a su hermana quién era en realidad Rachel. En ese momento se dio cuenta de que todavía no lo había hablado con nadie, aunque no estaba muy segura de querer hacerlo.
— ¿Hola? Quinn, ¿sigues ahí?
La voz de Frannie sonó fuerte y clara en el altavoz del móvil.
—Sí, perdona, me he quedado embobada pensando.
—Oye, si estás ocupada podemos hablar en otro momento.
Quinn se imaginó la expresión de preocupación en la cara de su hermana. Siempre había tenido un maternal instinto de protección hacia ella, que se había multiplicado tras la muerte de su madre.
Barajó la posibilidad de hablarle de Rachel. Necesitaba que alguien cercano le restara importancia a lo que la actriz le hacía sentir cuando estaba a su lado, a los cada vez más recurrentes pensamientos sobre ella, al beso que casi se habían dado. Su hermana sería la persona adecuada. Frannie tenía la capacidad de escuchar sin llegar a juzgar y eso era justo lo que necesitaba en aquel momento. Casi podía escuchar su voz, diciéndole: «¡Es Rachel Berry, por todos los santos! ¿Cómo no te ibas a poner nerviosa cada vez que la tienes delante? Quinn, no eres de piedra». No eres de piedra. Ella siempre le decía eso.
En cambio, lo que hizo fue mirar el reloj y comprobar que se estaba haciendo un poco tarde si pretendía acompañar a Noah al ensayo de la ceremonia.
—Sí, no te preocupes, estoy perfectamente. La prima de Noah es genial. Es guapa, divertida, inteligente...
—Oh, veo que te ha impresionado.— Frannie rio con ganas, un sonido que Quinn siempre había adorado.
—Un poco sí, a ti no te puedo mentir. Escucha, me tengo que ir. Tenemos el ensayo de la boda y, si no me doy prisa, llegaré tarde. Pero prometo darte más detalles la próxima vez que hablemos.
—Está bien, hermanita, de todos modos ya me he cansado de ti por hoy. ¿Le darás saludos a Noah de mi parte?
—Lo haré.
Se lanzaron un beso de despedida y Quinn colgó el teléfono, una sonrisa formándose en sus labios. Estaba tan absorta meditando sobre la conversación con su hermana que no pudo evitar sobresaltarse cuando notó la presencia de alguien en el interior de la piscina. Tardó todavía un par de segundos en darse cuenta de que se trataba de Rachel, que tenía la barbilla apoyada en los brazos, y estos reposados en el borde. Su cabello estaba recogido en una simple y empapada coleta. Rachel le dedicó la más radiante de sus sonrisas.
—Lo siento, no pretendía asustarte— le dijo.
Quinn se llevó una mano al pecho. Había sido una grata sorpresa encontrársela, pero todavía tenía el corazón desbocado a causa del susto.
—No me había dado cuenta de que había alguien en la piscina.
—Intenté avisarte, pero no quería interrumpir la llamada.
— ¿Llevas aquí mucho tiempo?— preguntó, aunque lo que en realidad pretendía decir era «¿qué parte de la conversación has escuchado?».
—No demasiado. Pero me alegra saber que soy guapa, divertida, inteligente...
A Quinn le hizo falta hasta la última gota de autocontrol para no ruborizarse. Por supuesto, falló estrepitosamente y sus mejillas se sonrojaron con furia.
—Tranquila, tu secreto está a salvo conmigo. —La actriz acompañó el comentario con una de sus sexys sonrisas, que despertó en Quinn una conocida señal de cosquilleo en el centro de su estómago.
Oh, Dios. ¿Qué me está pasando?
— ¿Te animas? —Rachel hizo un gesto con la mano, invitándola a entrar en la piscina.
La temperatura todavía era buena y Quinn llevaba puesto el mismo bañador que había usado en la playa. Barajó los pros y los contras de aceptar la invitación. Se estaba haciendo tarde y Noah seguramente estaría preguntándose dónde estaba, pero si la novia tenía tiempo para pegarse un baño antes del ensayo de su boda, ella también lo tenía.
Consciente de la intensa mirada que le dedicó Rachel mientras se quitaba los pantalones cortos, notó que le temblaban ligeramente los dedos al desabotonar su camisa playera. Los ojos de Rachel bajaron unos centímetros hasta detenerse en sus pechos, apenas sujetos por aquel sugerente biquini de color azul eléctrico. Y de pronto fue como si la conversación que había tenido con Noah en la playa empezara a cobrar significado, generando una espiral de pánico en su interior.
La mirada de Rachel recorriendo su cuerpo le hacía sentir nervios, curiosidad y terror a partes iguales. Pero era demasiado tarde para preguntarse si estar allí, a solas con ella, había sido la mejor de las decisiones.
Bajó por la escalera de mano y dio unas lentas brazadas hasta alcanzar el lugar donde ella flotaba, cerca del borde de la piscina.
—He visto que ha llegado más gente —comentó Quinn en un desesperado intento por distraer su mente del nerviosismo que le provocaba tenerla tan cerca. Mojada y tan cerca.
—Sí, están todos tan histéricos que he tenido que esconderme aquí para no tener que aguantarles.
— ¿Y funciona?
—Es refrescante, pero todavía tengo mucho calor.
Una oleada de calor se enroscó en el vientre de Quinn y entre sus muslos. Podía sentir la excitación en las pupilas dilatadas de Rachel y en el sonido ronco de su voz. Esta vez la actriz ni siquiera estaba intentando ocultarlo, lo que despertó en ella el mismo deseo. No sabía a qué se debía esa repentina necesidad, pero tuvo que esforzarse para suprimir un suspiro cuando Rachel nadó hacia ella y se recostó en el borde de la piscina, de manera que su cabeza quedó apoyada en el bordillo y su torso flotó, salpicado de pequeñas gotas, delante de sus ojos.
Quinn permitió que sus ojos se centraran en el escote de la actriz mientras el agua resbalaba libre por su cuello, camino de sus pechos. Tragó con fuerza, intentando ignorar el nudo que se le había formado en la garganta.
— ¿Qué tal en la playa? ¿Había mucha gente?— preguntó Rachel, aparentemente ajena a las reacciones que le despertaba su cercanía.
Quinn se preguntó cómo era posible que un momento que para ella lo cambiaba absolutamente todo no significara nada para Rachel. Pero así era. La actriz parecía tranquila, encantada de estar allí flotando, ajena al vértigo que crecía rápidamente en la boca de su estómago. Intentó contestarle, pero no estaba segura de que su voz no empezara a temblar, así que simplemente asintió.
Lo que vino después fue todavía peor porque Rachel posó una mano sobre su hombro y la acarició con delicadeza.
—Tienes la piel un poco roja— le dijo con aquella sonrisa ladeada que resultaba tan sugerente, —no te olvides de ponerte crema hidratante.
El contacto de sus dedos con su piel fue la gota que colmó el vaso. Quinn consiguió en el último momento reprimir un jadeo de placer que nació en el centro de su pecho. Era habitual en ella poseer el control de la situación en todo momento. Incluso en momentos íntimos se veía capaz de predecir las reacciones que iba a tener su cuerpo y cambiarlas si así lo quería. Sin embargo, cuando Rachel la tocó, sintió que perdía el control. Estaba excitada, su cerebro acababa de enviar otro mensaje muy claro y no tenía ni idea de cómo calmar aquella necesidad repentina sin hacer algo completamente absurdo. Sus ojos buscaron la boca de Rachel y se desviaron con rapidez al comprobar que su respiración se hacía más pesada.
¿Qué me está pasando?
—Quinn...
Rachel apretó su hombro y la obligó a mirarla. Quinn pensó que le diría algo, que otras palabras seguirían a su nombre dicho en voz alta, con esa voz grave y seductora que tenía a veces. Pero Rachel no dijo nada. Solo permaneció con la mano apoyada en su hombro, mirándola fijamente, trazando suaves círculos con su pulgar.
Quinn tragó con dificultad, la excitación creciendo con fuerza en su interior. Sabía que si seguían mirándose así acabarían besándose, y no tenía demasiado tiempo si no deseaba que ocurriera.
— ¿Qué hora es? —preguntó entonces con voz temblorosa, diciendo lo primero que se le ocurrió.
—No lo sé. ¿Qué prisa tienes? —se insinuó Rachel, ladeando la cabeza, sus labios carnosos pareciendo moverse a cámara lenta.
Oh, mierda, quiero besarla.
—Ninguna, pero si no nos apuramos llegaremos tarde al ensayo.
En el fondo quería seguir en la piscina, y la mirada suplicante de Rachel hizo todavía más difícil tomar aquella decisión, pero encontró el último resquicio de autocontrol para obligarse a salir del agua.
— ¿Vienes? — le dijo, antes de dar unas brazadas para alejarse.
Rachel negó con la cabeza.
—Ve yendo tú, yo quiero hacer un par de largos más.
Con piernas temblorosas, Quinn subió la escalerilla y envolvió su cuerpo en una de las toallas. En ningún momento echó la vista atrás, aunque estaba casi segura de que los ojos Cafés de Rachel la seguirían hasta que saliera del recinto de la piscina.
….
Noah ya estaba duchado cuando Quinn llegó a la habitación. Había subido las escaleras con la esperanza de que él todavía estuviera ocupado en el baño. Eso le habría dado algo de tiempo para amueblar su cabeza y poner orden a sus sentimientos. Pero Noah ya estaba casi listo. Vestía una simple camisa azul de manga corta que, combinada con su piel tostada por el sol. Pocas veces lo había visto tan favorecido y, sin embargo, cuando se acercó para darle un beso, su reacción inicial fue girar la cara, de manera que Noah acabó besando su mejilla. Por suerte, él estaba tan obsesionado con la hora que ni siquiera se percató de que Quinn acababa de torcerle la cara.
— ¿Dónde has estado? Verás cómo se pone la tía Shelby si llegamos tarde.
—Me entretuve hablando con Frannie. Ya sabes lo mucho que le gusta hablar.
Noah puso los ojos en blanco, dando a entender que estaba suficientemente familiarizado con la cantidad de palabras que su hermana era capaz de decir por minuto. En alguna ocasión se había quedado dormido en el sillón mientras las dos mujeres mantenían una de sus largas charlas telefónicas.
—Vale, pero date prisa. No quiero que empiecen sin nosotros.
Quinn se mordió el labio, meditando si aquél sería un buen momento para decirle que en realidad no se encontraba de humor para ir al ensayo. A fin de cuentas, ella no era uno de los testigos de la boda.
—Noah, si no te importa, creo que prefiero quedarme— comentó con la esperanza de que reaccionara bien. —He tomado demasiado el sol y me gustaría descansar un poco.
Él abrió los ojos, pero enseguida cambió el gesto por uno más relajado y amistoso.
—Claro— comentó. —De todos modos, es un ensayo para testigos y familiares de la boda. Quédate aquí y te vengo a buscar cuando acabe.
El alivio que sintió fue casi inmediato. Quinn estaba muy agradecida de poder quedarse a solas en la habitación, especialmente tras lo ocurrido en la piscina.
Como buen miembro del gremio académico, tenía una mente analítica, con la que intentaba razonar todos los acontecimientos de su vida. Le gustaba encontrar el porqué de las cosas, estudiar las causas, ponderar sus consecuencias y tomar decisiones en base a las reflexiones que hiciera. Pero con Rachel estaba completamente perdida. Desconocía el origen de aquellos sentimientos tan fuertes hacia ella, muy especialmente las reacciones físicas. Y la sensación de quemazón que todavía sentía en el centro de su entrepierna corroboró sus sospechas de que se estaban convirtiendo en algo físico.
Al principio había pensado que aquello era solo una amistad, pero ahora ya no podía negárselo: Rachel la excitaba, no cabía duda, aunque se sintiera absolutamente mortificada por ello.
No era que nunca se hubiera fijado en los atractivos físicos de las mujeres que la rodeaban. Quinn podía ser objetiva como el que más y apreciar la belleza de alguien, incluso si ese alguien era de su mismo sexo. Pero nunca antes había sentido la necesidad de volver a la piscina y suplicarle a una mujer que aliviara su palpitante deseo.
Se dijo a sí misma que a lo mejor todo ello se debía a que nunca había tenido delante a una mujer como Rachel, de un atractivo que resultaba imposible apartar los ojos de ella. Este pensamiento consiguió tranquilizarla un poco. También le ayudó a restar importancia el hecho de que Noah y ella no hubieran hecho el amor ni una sola vez desde su llegada a la casa. Eso seguro que contribuía a tener su libido descontrolada.
Además, estaba aquel otro problema: la sensación permanente de encontrarse fuera de su elemento. Se trataba de Rachel Berry, por todos los santos, y, por mucho que la actriz hubiese tonteado antes con mujeres, en ningún momento se fijaría en alguien tan común y simple como una profesora de universidad. Las estrellas de cine no se fijaban en personas como ella.
Abrió una de las cervezas que había en el minibar mientras se decía a sí misma que necesitaba retomar el control de su cuerpo y de su mente. No ir al ensayo de la boda parecía un buen paso. Si quería tener alguna opción, necesitaba estar lo más lejos posible de Rachel y esperaba que la apretada agenda de la actriz se convirtiera en una gran aliada.
Quinn se tendió en la cama, tentada de meter las manos en sus pantalones cortos y aliviar el deseo que todavía latía con fuerza entre sus piernas. Podía hacerlo, nada ni nadie se lo impedían, pero tenía tanto miedo de que Rachel se colara en sus fantasías que, en lugar de eso, respiró profundamente y agarró el mando de la tele. Con un poco de suerte habría algún programa aburrido que le hiciera olvidar las ganas que tenía de masturbarse con el recuerdo de las gotas de agua resbalando por el escote de Rachel.
