Capítulo 9: Un ser despreciable

Farah tenía muy claro qué hacer. Hablarían con Cyrus. Él no permitiría que Kaileena se marchase, por mucho que la evitara. Sabía que en el fondo la seguía queriendo, y bajo ningún concepto dejaría a Karsham desposarla. Así pues, fueron a hablar con él, pero su reacción no fue la que esperaban.

Vale, se casa … ¿Y qué?

¡¿Cómo que "y qué"? ¿Es que no piensas hacer nada? – Farah no se lo esperaba.

Si Kaileena quiere ser desposada por ese estúpido, que lo haga. Es su decisión.

Cyrus, ¿nos estás diciendo que vas a permitir que Kaileena se marche con ese mentiroso? – Le preguntó Malik. - ¿Vas a dejar a Kaileena en manos de semejante sujeto?

Mirad, lo que Kaileena haga con su vida no es asunto mío, y tampoco vuestro. Haríais bien en dejar de meteros en la vida de los demás y centraros en la vuestra como futuros Padres. Por cierto, enhorabuena.

Intentamos evitar una desgracia. – Insistió Farah.

La única desgracia que va a haber a este paso es que perderás al bebe por preocuparte demasiado. ¡Deja de esforzarte por algo que sabes que no vas a conseguir!

¡Cómo te atreves! – Farah se encaró, enfurecida por su actitud. - ¡Sabes tan bien como yo que te haces el duro porque no quieres que nadie sepa que te arrepientes de haberla abandonado! ¡Estás usando a Sindra como cebo para poner a Kaileena celosa! Pero te duele que no te haga caso.

Farah, no eres NADIE para decirme semejantes injurias. ¡Así que cierra la maldita boca!

¡Eh! – Malik se interpuso entre ambos, defendiendo a Farah. - ¡Eso si que no! No te consiento que le levantes la voz a mi esposa de ese modo.

Pues que deje de meterse en mi vida. Y lo mismo te digo a ti.

Indignado, Cyrus se marchó de sus aposentosdando un portazo. Farah sufría en silencio la impotencia de no poder hacer nada por evitar aquella unión. La boda sería en menos de 5 días, y no habían avanzado nada. Decepcionada consigo misma, se fue sin decir palabra a sus aposentos. Cuando Malik llegó, Farah ya estaba tumbada en la cama dándole la espalda.

Farah, ¿te encuentras bien? – Le preguntó, acercándose.

No tengo ganas de hablar, Malik. – Se le notaba en la voz que estaba llorando.

Malik no insistió, pero sabía que la situación se les estaba yendo de las manos. Sin decirle nada más, se tumbó también en la cama y trató de conciliar el sueño.

Llegó la víspera del temido día. Kaileena ya tenía todo lo que necesitaba, pero estaba hecha un lío con los preparativos. Aunque Asha estaba allí, su mejor amiga no estaba para animarla. No se habían dirigido la palabra desde aquella discusión.

Nadie vio a Kaileena en todo el día. No salió de sus aposentos ni para comer. Estaba realmente estresada, y lo estaría aún más conforme pasara el tiempo.

Aquella noche, Farah no quiso cenar nada. Se negó a bajar al comedor. Tampoco lo hizo Kaileena. Malik, preocupado por su esposa, decidió llevarle un plato con comida a sus aposentos. Ordenó a un sirviente a llevar una bandeja con varios platos que dejó sobre la cama.

Adentrándose en la zona de sus baños privados, encontró a Farah metida en la piscina, tratando de relajarse. Pero estaba llorando.

¿Otra vez llorando? – Le preguntó, pero no obtuvo respuesta. Quitándose la ropa, Malik se metió en la piscina y se sentó junto a ella, abrazándola. – Farah, no puedes seguir así.

La boda es mañana …

Lo sé. Pero deja de martirizarte. Has hecho lo que has podido.

Pero no he logrado nada. – Farah apoyó su cabeza en el hombro de Malik. – Sólo acabar peleada con Kaileena y Cyrus. Soy un desastre.

No, Farah. Sabes que eso no es cierto.

Dime una cosa que haya hecho bien.

Me has hecho el hombre más feliz del mundo y vas a ser una gran Madre.

Eso no lo sabes.

Sí que lo sé. Se te nota en la manera en la que actúas, como hablas … Serás una Madre magnífica. Todo lo contrario de lo que yo jamás seré como Padre.

No digas eso.

Sí … Jamás dediqué una palabra de afecto a mis hijos. No era un Padre, era un entrenador …

Bueno … Piensa que ahora tienes una oportunidad de cambiar. Seguro que serás un gran Padre y un gran Rey, al igual que estás siendo un marido ejemplar.

¿Ejemplar? ¿Yo?

Sí. Me proteges, te preocupas por mí y me cuidas con mucho cariño. ¿Qué más puede pedir una mujer?

¿Quizás que le traigan la cena a sus aposentos cuando no ha querido bajar al comedor? – Le dijo sonriendo.

¿Ves? Ahí tienes la prueba.

Tienes que comer.

Sí, pero quiero quedarme aquí un poco más.

No muy lejos de allí, Cyrus era incapaz de pegar ojo. Al día siguiente, Kaileena se casaría con aquel incordio de Karsham. Aunque quisiera, no podía negarse a sí mismo que aquello le había sentado como un jarro de agua fría. ¿Por qué él? ¿Por qué ese Daeva creído e insolente? ¿Qué es lo que había visto en él?

Harto de estar en la cama, se levantó y bajó por el balcón de sus aposentos hasta los Jardines. Haciendo uso de su agilidad, trepó hasta una torre de vigilancia, desde donde podía ver toda la ciudad. Aquellas vistas le relajaban. Su amada Babilonia, ya recuperada casi del todo de los ataques sufridos, brillaba en la oscuridad de la noche.

Unas voces procedentes de los pies de la torre le alertaron. Eran dos Daevas, los dos matones de Karsham. La conversación le llamó la atención y se ocultó entre las sombras para escuchar atentamente.

¿Lo tienes todo?

Sí, está todo listo para mañana.

Perfecto. Asegúrate de que el veneno le llegue sólo a ella. Tenemos órdenes de no hacérselo llegar a nadie más.

Sí.

Imagina la cara que pondrán esos Persas cuando encuentren a la Emperatriz del Tiempo muerta tras la fiesta.

Sí, esa arpía tiene los días contados.

Los dos Daevas empezaron a reírse. Cyrus no daba crédito a lo que oía. ¡Iban a matar a Kaileena! No podía pasar eso por alto. Tenía que advertirla.

Sin ser detectado, abandonó el lugar y escaló por los muros de Palacio hasta llegar a los balcones de Kaileena. Pero cuando quiso entrar, se vio incapaz de hacerlo. Sólo pudo observar a través del fino vestido su indiscutible belleza. Aquella belleza que, junto a su carácter único, habían hecho que perdiera la cabeza por ella.

Estaba peinándose frente a un espejo. Su cara mostraba agotamiento, pero también tristeza. Dejó el cepillo y fue en busca de su vestido de novia. Regresó al espejo y se lo colocó encima. Así se vería el día siguiente.

Desvió la vista hacia el suelo, desanimada e insegura sobre lo que iba a hacer. Tal vez no era buena idea. No amaba a Karsham, ni siquiera le gustaba como amigo. Era un niño mimado en el cuerpo de un adulto. No tenía ni idea de lo que era la responsabilidad o el deber. Lo único que hacía era vacilar ante los demás. Era muy diferente a Cyrus. Él, aunque tenía sus fallos, le había salvado la vida en más de una ocasión, y le había dado una oportunidad de redimirse por su oscuro pasado. Jamás le dio las gracias por ello.

De pronto, una mano le tapó la boca, tirando de ella hacia atrás, al tiempo que un brazo la rodeaba a la altura del hombro. Trató de defenderse, pero su captor la tenía bien sujeta.

No grites. – Le dijo, alejando la mano de su boca.

¿Cyrus? – Kaileena no podía creer lo que veía. - ¡¿Qué haces tú aquí?

Salvarte el pellejo. No puedes casarte con Karsham.

¿Que no puedo? ¿Ahora vas a decirme lo que puedo y no puedo hacer? Querías que desapareciera de tu vida, ¿no? Pues eso es lo que voy a hacer.

Creo que no lo has entendido. Si quieres seguir viva, renuncia a casarte.

¿De qué estás hablando?

Planean envenenarte.

¡Oh! ¿Y dónde has leído eso esta vez? ¿En algún pergamino? – Se burló ella, sin creerle.

Escuché una conversación donde dijeron que iban a matarte.

Claro Cyrus, por supuesto. Seguro que el resto de la conversación no la habrás escuchado, ¿verdad? – Le dijo, recogiendo su vestido.

No, porque he venido corriendo a advertirte.

¡Qué detalle por tu parte! – Exclamó con sarcasmo.

No te equivoques. Por mí puedes hacer lo que quieras, pero no pienso quedarme con el sentimiento de culpabilidad por no haberte advertido. Lo que hagas es responsabilidad tuya.

Ya me parecía a mí que estabas actuando como una persona decente … Pero lo siento, pienso casarme con Karsham, tanto si te gusta como si no.

Kaileena, si te casas, al menos que sea alguien que lo merezca. – Insistió él.

Cualquiera que no seas tú merece ese privilegio. Cualquiera que no me dé la espalda es mejor que tú.

Entonces creo que estás algo confundida. Karsham no es precisamente mejor persona que yo.

A ver … Irrumpes en mis aposentos, me apresas, me dices que no me case e insultas a mi futuro marido. ¡Ya estoy harta! Vete de aquí.

De acuerdo … Si quieres ser la esclava de un hombre que jamás te verá como algo más que su sierva y con el que jamás disfrutarás yaciendo con él en la misma cama … ¡Adelante!

Te equivocas, Cyrus … Disfruto mucho con él.

¿Qué? – Aquello pilló a Cyrus desprevenido.

Lo que oyes. Ya he yacido con Karsham y sabe complacer todos mis deseos. – Kaileena remarcó la palabra "todos" usando otro tono de voz.

Eres una maldita ramera. – Cyrus se sentía asqueado.

Tú no eres mejor que yo. Según he sabido, mientras yo estaba con Karsham tú besaste a Sindra. ¡A saber qué habrás hecho con esa pobre Princesa! – Dándole la espalda, añadió. – Y, por cierto, Cyrus … Se nota que no sientes nada por ella. Deberías pensártelo mejor.

¡Qué sabrás tú de mis sentimientos!

Bueno, sé que si has venido a advertirme para que no me case es porque te preocupa que me pase algo, aunque intentes negarlo. Además … He visto cómo me mirabas antes de entrar.

¡Ja! ¡Qué ilusa eres! ¿No te has visto? Llevas un vestido que deja ver prácticamente tu cuerpo entero.

Oh ... ¿Y eso te excita? – Le preguntó, aproximándose a él, utilizando un tono de voz seductor. Le estaba poniendo a prueba. Pretendía que confesase que aún la quería para darle la espalda. - ¿Desearías tenerme en tu cama para ti solo?

Ya veo lo mucho que te satisface Karsham, tanto que te insinúas ante mí. – Cyrus, que conocía los trucos de Kaileena, sabía cómo darle la vuelta a la situación, aunque ello conllevase ofenderla. – Te daré un consejo. Hay muchos soldados que llevan mucho tiempo sin disfrutar del calor de una mujer. ¿Por qué no les llamas y montas una orgía como las que solías hacer en la Isla con tu querido Cuervo y tus secuaces? ¿Eh? ¡Como en los viejos tiempos!

Que Cyrus dijera aquello fue como una puñalada por la espalda para Kaileena. Cyrus no sólo había leído lo que le quedaba de diario, sino las páginas anteriores también. Lo que decía no era ninguna mentira.

Kaileena se sentía sola en la Isla del Tiempo, y con frecuencia, ordenaba a varios de sus soldados esperarla en sus aposentos con la intención de yacer con todos ellos. La única pega era que si no lograban satisfacerla por completo, eran ejecutados de inmediato.

Con los años, su sed se vio incrementada, y exigía más a sus amantes. Podía pasar noches enteras sin dormir. Pero cuando la visión de muerte aconteció, Kaileena dejó de encontrar placer en aquellos encuentros.

Ofendida por su pasado, y sobre todo por el atrevimiento de Cyrus para usarlo en su contra, Kaileena no supo qué responder a eso. Ahora sería incapaz de hacer semejante cosa. Nadie le daría el placer que sintió con Cyrus, un placer que aún recordaba, y que ahora se convertía en dolorosos recuerdos.

Márchate. – Le dijo con voz temblona, aguantando las lágrimas.

No.

He dicho que te marches.

No me iré de aquí hasta que me respondas. – Cyrus estaba siendo muy duro con ella. Pero se lo había buscado. - ¿Qué harás? Lo digo para avisar a unos cuantos amigos míos. Quizás estén interesados.

He dicho que te marches, Cyrus. – Pero él no se movió. - Llamaré a los guardias.

¡Está bien! Está bien … - Se rindió alzando los brazos. – Me voy, pero si luego ocurre algo, a mí no me eches la culpa.

Antes de marcharse, Cyrus lanzó una última chispa al corazón ya devastado de Kaileena.

Por cierto, espero que Karsham te haga sentir toda una mujer. – Burlándose de ella, se llevó la mano al pecho. – Te lo digo de corazón.

Kaileena cerró la puerta de golpe, dejando a Cyrus prácticamente a oscuras en el pasillo. Apoyada en la puerta, las palabras de Cyrus resonaban en su mente. Finalmente, rompió a llorar, llevándose las manos a la cara.

Cyrus … - Se dijo a sí misma. – Eres un ser despreciable … ¡Te odio!

Cyrus estaba pegado a la puerta y la escuchó. En un principio, se sintió mal por lo que había provocado. Pero luego recordó que había sido Kaileena quien le había puesto a prueba primero.

De regreso a sus aposentos, Cyrus maldijo a Kaileena por no querer escucharle. Al abrir la puerta, se encontró con una sorpresa que no esperaba. Sindra le estaba esperando en su cama, semidesnuda.

Sindra, ¿qué hacéis aquí?

¿A vos que os parece? – Le preguntó con voz seductora. – Venid.

Cyrus, desconfiado, se acercó lentamente, sentándose junto a ella. Sindra le obligó a tumbarse y se sentó sobre sus caderas.

Quiero que esta noche sea muy especial …

¿Por qué? – Preguntó él, confuso.

Por ninguna razón en concreto. Sólo quiero que disfrutemos el uno del otro.

Sindra empezó a besarle y a quitarle la camisa. Cyrus, dejándose llevar, hizo lo mismo con ella. Se colocó sobre Sindra y la miró. Pero en su mente, no era Sindra a quien veía tumbada con él. Veía a Kaileena, rebosante de belleza, sonriéndole alegremente.

¿Ocurre algo?

No … - Negó él, volviendo en sí. – Nada.

Entonces no me hagáis esperar más …

Cyrus estaba dispuesto a empezar, pero cuando iba a hacerlo, una serie de recuerdos asaltó su mente. Era su último encuentro con Kaileena, en aquella misma cama. Aún podía sentir sus pieles ardiendo de pasión rozándose la una con la otra. La suave voz de Kaileena pidiéndole que no parara, sus suspiros entrecortados, sus uñas clavándose en su espalda como cuchillos. No. No era capaz de hacer lo que planeaba.

No puedo … - Confesó, apartando la mirada. – Lo siento.

Lo sabía … - Escuchó a Sindra. Su voz ya no sonaba seductora, ni tampoco triste. – Sabía que no seriáis capaz de hacerme el amor. ¡Aún sentís algo por ella! ¡Admitirlo! – Cyrus no respondió. - ¡Aún la queréis! ¡Y me habéis estado utilizando todo este tiempo para darle celos!

Sindra …

¡No quiero oír vuestras excusas! – Sindra apartó a Cyrus de encima y se levantó. – Me marcho.

Esperad, dejad que os lo explique.

¡He estado todo el tiempo fijándome en cómo la mirabais! La desnudabais con la mirada cada vez que pasaba por delante.¡ Y todas las veces que os habéis acercado a mí era por ella estaba delante!

Sindra, ¡por favor!

¡Sois un ser despreciable!

Cuando Cyrus trató de acercarse a Sindra, ésta le dio un puñetazo que le reventó el labio. La Princesa Daeva se alejó llorando, tras descubrir que sus sospechas eran ciertas. No había sido más que una herramienta para darle celos a Kaileena.

Cyrus no fue tras ella. Era inútil pedir perdón, el daño estaba hecho. Aquella noche, dos mujeres habían acabado llorando por culpa de sus retorcidos planes de venganza. Tanto Kaileena como Sindra tenían razón: Era un ser despreciable.