No puede evitar detenerse antes de seguir su camino hacia el templo al escuchar las risas alegres de Yona y Soo-Won en el jardín contiguo, disfrutando muy seguramente de la cálida mañana de primavera y del patio de juego que ofrecen los cerezos en flor que embellecen los jardines interiores del palacio.
Yona, su hermosa princesa de cabellos que parecen besados por el fuego, con poco más de un año, ya se tambalea por los pasillos y jardines del palacio imperial causando sonrisas y halagos, pero si algo ha de reconocer es que la niña pone mucho más esfuerzo y ahínco si es para seguir a su primo Soo-Won, el único otro niño en el palacio, quien también parece sentir un especial cariño por ella.
Su pequeña Yona sigue a Soo-Won a donde quiera que va, siempre que puede o se le permite, lo sabe de boca de los sirvientes, y también sabe que su sobrino el joven príncipe no hace más que alentarla con una sonrisa o palabras dulces.
Son prácticamente inseparables. Con ellos y su infantil inocencia, es como si el palacio imperial hubiese recuperado algo de lo mucho que ha perdido en los últimos años.
Cierra los ojos y respira esperando que esa paz perdure en el tiempo, pero el llamativo cabello de su pequeña hija, un cabello tan rojo como el del rey dragón de la leyenda, no abandona su mente.
Con paso lento pero seguro continúa caminando hacia el templo, las risas de Yona y Soo-Won desvaneciéndose con cada paso que da.
No lleva mucho tiempo en el templo cuando una voz suave lo saluda.
—Su Alteza.
Reconoce al sacerdote inmediatamente.
—¿Puedo tomar algo de su tiempo?
—Por supuesto —contesta.
—He escuchado la voz de los dioses —dice mirando hacia el cielo—, anunciando el regreso del primer rey, que ha vuelto a morar entre nosotros.
—El dragón rojo de la leyenda de la fundación —susurra Il, conocedor y estudioso de la leyenda.
El sacerdote asiente antes de continuar.
—Este es y sigue siendo su reino, la corona le pertenece.
—¿A quién? —pregunta temiendo saber la respuesta a esa pregunta.
El sacerdote baja su mirada y responde a su pregunta con otra.
—¿Acaso no lo sabe ya, Su Alteza?
