Los personajes no me pertenecen. Le pertenecen al gran autor, Akira Toriyama
Capitulo 10
"Recuerdos"
"La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos; así, logramos sobrellevar el pasado" García Márquez.
Se hallaba en el jardín trasero que estaba en el interior donde antes solía ser su casa. Torció a la derecha donde tomó un camino ancho que partía del sendero. El alto matorral descubría una curva y se extendía al otro lado de la alucinante verja de hierro forjado que cerraba el paso. Sacó una llave larga de acero del bolsillo trasero de su pantalón y la introdujo en la oxidada perilla de la reja, esta se abrió segundos después y atravesó la verja. El seto de tejo amortiguaba el sonido de sus pasos. Miró más allá, donde en algún punto del enorme jardín, había una enorme fuente donde antes solía bombear agua con elegancia; su sonrisa flaqueó, ya se encontraba tan deteriorada. Se quedó un rato parada mientras los recuerdos llegaban a su mente.
...
Buscaba a sus dos hijos con desesperación. Dentro de la casa no estaban, así que solo tenía la opción de buscarlos en el jardín y, en efecto, los encontró. Se dirigió a la fuente donde estaban los niños y pudo verlos mejor. Vegeta estaba de pie, cruzado de brazos mientras observaba a Tarble con tal frialdad y desgana. El menor de ellos parecía que había estado llorando. Mei se aproximó hasta que pudo escuchar la vocecita de su hijo menor.
—… me pegó muy fuerte— sollozó Tarble, a la vez que se limpiaba sus lágrimas con el reverso de su manga.
—Nunca te dejes, Tarble— espetó Vegeta con voz furiosa—. Es solo un insecto. Tú vales más que ese estúpido mocoso que te molesta.
— ¿De verdad, hermano?— preguntó el pequeño con brillo en los ojos.
— ¡Claro!— bramó el mayor de los dos con total seguridad—. La próxima vez que vaya a tu salón le daré una muy buena paliza a ese insecto que no volverá a meterse contigo —prometió.
—Gracias, Vegeta— el pequeño le dedicó una sonrisa.
— ¡Sí, cómo sea! —terció Vegeta—. Ahora límpiate esas lágrimas, ¡te ves patético! —le ordenó con voz autoritaria.
El pequeño obedeció de inmediato. Mei sonreía, aunque Vegeta no lo demostraba, le importaba mucho su hermano ¡Haría cualquier cosa por él! Sin embargo, tenía que hablar seriamente con su primogénito, no le gustaba como llamaba al pequeño Tarble a veces.
— ¿A qué juegamos, Vegeta?— preguntó el pequeño de repente.
—Se dice "jugamos", torpe —lo reprimió su hermano, mientras se tomaba el puente de la nariz y hacía un ademán de estar meditando—. Mmm… videojuegos.
— ¡Sí! —vociferó Tarble levantando ambas manos.
Mei salió de su escondite, apareciéndose frente a sus dos más grandes tesoros.
— ¡Niños! Es hora de comer. Adentro— ordenó la señora Ouiji a sus pequeños.
— ¿Ya llegó papá?— preguntó el mayor de ellos.
—Aún no —miró su reloj para corroborar la hora—, pero no ha de tardar.
—Mami. Vegeta y yo íbamos a juegar videojuegos —rezongó el pequeño Tarble frunciendo el ceño —. ¿Podemos comer después?
—No, Tarble— dijo su madre severamente—. Obedece, terminando pueden subir a jugar.
—Pero... —comenzó a protestar el pequeño.
—Obedece a mamá, niño— le ordenó su hermano.
—Ah, está bien —aceptó Tarble de mala gana y se dirigió al interior de la casa.
...
No pudo evitar sonreír, era increíble en cómo Vegeta tenía un cierto control sobre el pequeño Tarble. Se dio media vuelta y pudo ver una magnifica mansión al final del camino, trotó hacia ella con pasos silenciosos. Volvió a sacar otra llave de su pantalón, esta era pequeña y ancha, la introdujo a la manilla de la puerta de madera y se escuchó un clic, jaló la puerta hacia atrás y se adentró a la mansión. El vestíbulo estaba débilmente iluminado por los rayos de sol que entraban en las enormes ventanas, la nostalgia la envolvió una vez más. Todo el lugar estaba decorado con suntuosidad y una esplendida alfombra cubría la mayor parte del suelo de piedra. Subió las escaleras que tenía frente a ella. Una vez arriba, cruzó hacia la derecha encontrándose ante una puerta maciza de cedro, titubeó un instante y, acto seguido, hizo girar la manija de bronce. Otro recuerdo la envolvió.
...
La matriarca de la familia Ouiji se encontraba en la habitación del más pequeño de sus hijos, lo estaba arropando cariñosamente; ya era hora de dormir. Tarble se acomodó entre las sabanas, mientras miraba a su mamá ponerse de pie y dirigirse a la ventana para cerrarla. El aire golpeaba fuertemente los vidrios del ventanal.
—Mamá — la llamó Tarble con voz soñolienta.
—¿Sí, Tarble?— Mei se acercó a su hijo y se sentó a su lado.
— ¿Por qué papá no quiere a mi hermano?— preguntó el pequeño con una pizca de confusión y de tristeza en su rostro.
—Eso no es cierto, Tarble —aclaró Mei tranquilamente después de salir de la inquietud que le causó la pregunta del niño. Le acarició la coronilla y luego le cuestionó—: ¿De dónde sacas eso?
— ¡Sí, sí lo es!— replicó el pequeño frunciendo el ceño—. He visto que…
—Tu padre los quiere mucho, nunca olvides eso, mi amor— le dijo Mei a su hijo con ternura.
—Papá le dijo a Vegeta que era una aberración— soltó el pequeño de repente.
— ¡¿Qué?! —Chilló Mei, anonadada—. ¿Estás seguro de eso, Tarble?
—Mami, ¿qué es aberración?— preguntó Tarble mirando confundido a su madre.
Ella no respondió. Era el colmo con Vegeta, eso se estaba saliendo de control. Le podía perdonar al hombre el hecho de que le era infiel, sino fuera por sus niños ya se hubiera largado de esa casa de locos, pero meterse con ellos era otra cosa. Tenía que hablar seriamente con el imbécil de su esposo. Observó a su pequeño, su rostro tenía señales de desconcierto. Besó la frente de su hijo y miró sus ojos negros azabaches.
—Tarble —el pequeño la miró expectante —, ¿escuchaste a tu padre y a tu hermano discutir?
Tarble asintió con una seca cabezada. Mei frunció el ceño.
—Le pegó, mamá —susurró el pequeño—. Papá antes no hacía eso. ¡Él es malo!— gritó el niño con todas sus fuerzas mientras se incorporaba de la cama.
Los gritos de Tarble alertaron a Vegeta que pasaba en ese momento frente al cuarto del primero. No dudó un segundo y se adentró a la habitación. Ahí se encontraba su madre controlando a Tarble quien parecía totalmente fuera de sí.
— ¿Qué pasa?— preguntó Vegeta, anonadado.
Tarble escuchó la voz de su hermano y bajó de la cama mientras se lanzaba hacia él en un necesitado abrazo. A Vegeta no le dio tiempo de reaccionar, ahora se encontraba tirado en el suelo aplastado por su hermano.
—Vegeta, verdad… ¿qué papá es malo? —sollozó el pequeño Tarble.
El aludido miró a su madre consternado, buscó su ayuda y una explicación con la mirada.
— ¿De dónde sacas eso, Tarble? —preguntó Vegeta, mientras se incorporaba y ayudaba a su hermano a ponerse de pie.
—Tarble —su madre lo cargó y lo llevó de nuevo a la cama—, no vuelvas a decir eso sobre tu padre.
—Hmp, es la verdad — susurró Vegeta, pero no pasó desapercibido para Mei, ella lo miró con cara de pocos amigos —. Niño, lo que pasó en…
— ¡Basta, Vegeta! —Bramó su madre severamente —. Vete a tu cuarto, después hablamos.
Vegeta asintió a regañadientes, ya se iba a retirar pero escuchó el llamado de su hermano.
—Vegeta —susurró el pequeño.
El joven Ouiji paró en seco su andar y miró por encima del hombro a su pequeño hermano. Tarble le dedicó una sonrisa cómplice.
—Estoy contigo, Tarble.
...
Mei nunca entendió esas palabras por parte de Vegeta —jamás tuvo la necesidad de preguntarle—y, si le preguntaba una vez que lo viera: ¿se acordaría? Después de 7 años, ¿lo haría? ¡Por supuesto que sí! Él Jamás olvidaría esos momentos vividos con su hermano. Miró una vez más el cuarto de su hijo fallecido, las lágrimas no tardaron en salir en esos hermosos y grandes ojos esmeraldas. Extrañaba mucho a su pequeño, a su niño. Cerró la puerta lentamente mientras se despedía con un hilo de voz, como si de verdad su hijo estuviera ahí, en ese lugar.
Bajó sutilmente las escaleras, una vez en el vestíbulo, miró de soslayo ese lugar —"El de los malos recuerdos"—, el antiguo despacho de Vegeta. No supo por qué, tal vez inercia, pero se dirigía a ese lugar como si fuera atraída por una fuerza magnética. Giró la perilla rogando mentalmente que estuviera cerrada con seguro, para su sorpresa y mala suerte, la puerta se abrió. Ni siquiera dudó, se adentró a la habitación. Estando ahí se sintió extraña, el ambiente en vez de sentirse tétrico se podía percibir serenidad. El cuarto estaba muy obscuro, Mei se dio cuenta del porqué, se acercó a los ventanales y retiró las cortinas para que entrara la luz del sol —"Mucho mejor"—. Hizo una vista panorámica del lugar y soltó un chillido. Cayó al suelo de rodillas, mientras gimoteaba frenéticamente. Desde hacía mucho tiempo que contenía esas lágrimas, pero por Vegeta, por él tuvo que ser fuerte durante años. No supo cuanto tiempo pasó desde que se desplomó en el suelo. Mei respiraba deprisa, muy agitada. Se puso de pie tambaleándose mientras se sostenía a la silla que estaba más cercana a ella. Otra vez la manifestación de un recuerdo, solo que esa vez el más doloroso… hasta ahora.
...
Mei lo observaba con el terror reflejado en sus ojos, su esposo estaba fuera de sí. Por el olor que él desprendía pudo ratificar que había estado bebiendo alcohol.
Vegeta estaba eufórico, decepcionado, nunca se había sentido muy humillado ¿Qué hizo para merecer eso? ¿Por qué él? En el estado que se encontraba lo hacía creer que estaba tomando la decisión correcta. Éste se dirigió a su librero y abrió un cajón: ¡Perfecto! lo que estaba buscando. La tomó con la decisión de dirigirse a la habitación de su hijo.
—Vegeta, por favor: ¡Te lo suplico! —Mei se interpuso frente su esposo, obstruyéndole el paso, evitándole el acceso a la puerta.
Vegeta gruñó.
— ¡Aléjate, mujer! —le ordenó, mientras la empujaba violentamente —. ¿Dónde está el mocoso?—preguntó bruscamente, olvidando a qué lugar se dirigía.
—Aquí me tienes, papá— dijo una figura pequeña que se apareció a la entrada del despacho. Era el joven Vegeta quien tenía un semblante frio y, a su vez, sereno.
Una fuerte impresión al ser solo un niño de diez años de edad. Mei se cubrió la boca con sus manos temblorosas, vio con horror cómo su esposo se acercaba a su hijo con pasos torpes y tambaleantes.
— ¡NO! ¡Vegeta, vete a tu cuarto!— gritó la mujer con desesperación, tratando de alejar al padre del hijo.
—No me moveré de aquí, madre —sentenció el primogénito airadamente. Enfrentó a su padre con la mirada tratando de no mostrar su incalculable miedo—. ¡Aquí me tienes, cobarde!— volvió a repetir el niño.
Vegeta cayó al piso por el fuerte golpe que le encestó el señor Ouiji. El niño trató de incorporarse sintiendo sangre derramarse en su labio inferior. Dirigió su mano en donde había recibido el puñetazo y en efecto… ¡Mucha sangre!
— ¡NOOOO!— gritó Mei, mientras golpeaba a su esposo por atrás.
El señor Ouiji casi pierde el equilibrio, se sostuvo gracias a una silla que estaba cercana a él, se dio media vuelta encarándose a su esposa y la empujó fuertemente haciendo que ella se desplomara contra el suelo. Nunca le había puesto una mano encima a su mujer, pero en ese momento no era él. Se volvió a encarar a su hijo. Éste aún seguía en el piso.
— ¡Me das asco, mocoso!— escupió el señor Ouiji con aversión en la voz.
—Vegeta, aléjate de él— suplicó Mei, débilmente. Su visión se volvió borrosa por algunos instantes, trataba de enfocar su vista para cerciorarse que su hijo estuviera bien.
—No me servirás en un futuro. ¡Eres débil!— espetó el señor Vegeta a su primogénito—. No mereces ser llamado hijo mío.
El niño Vegeta no pareció inmutarse por las palabras de su padre, pero muy en el fondo le dolía ese desprecio. Podía ver su fin, pensó que sería de otra forma, pero morir a manos de su propio progenitor: ¡Qué humillación! Pensó en su madre y en su hermano ¿Qué les esperaría a ellos viviendo con ese malnacido? Decidió hacerle frente a su destino, la pistola seguía apuntándolo. En sus últimos minutos no se dejaría pisotear por ese ser que estaba frente a él, por ese ser que por desgracia suya ¡era su maldito padre! ¿Dónde quedó ese orgullo que antes sentía por él? ¡Mentiras! Las palabras de ese señor solo habían sido calumnias.
— ¡Adelante! ¡Mátame, cobarde!— lo retó el pequeño Vegeta sin importarle haber derramado unas cuantiosas lágrimas.
El señor Ouiji tenía una mirada calculadora, pero también había algo más... duda.
—Vegeta, por favor— suplicó Mei desde el suelo tratando de ponerse de pie, aún seguía aturdida.
— ¡Vegeta, hermano!— el aludido no logró reaccionar a tiempo, su hermanito venía hacia él.
— ¡TARBLE, NO!
...
— ¡Maldito seas, Vegeta! —sollozó Mei con un odio intenso en la voz.
Salió a pasos lentos del despacho de su esposo. Soltó un fuerte portazo. Se limpió las lágrimas y, con suma decisión, salió de la mansión sin tomarse la molestia de cerrar la puerta con llave. ¿Qué tenía que hacer? Miró su casa una vez más, tenía pensado venderla, pero dentro de ella podía sentir a su hijo. Estando ahí, los hermosos recuerdos de Tarble llegaban de una manera armoniosa, aunque también los horribles advenimientos de su muerte. Por parte de Vegeta, le daba igual si se vendía la mansión o no. Él no necesitaba de un lugar para tener presente a su hermano en su mente y, aunque no lo admitiera, también dentro de su corazón. Miró su reloj que tenía colgado en su muñeca izquierda, ya era hora de irse. Volvió a cruzar el sendero y salió por la verja, cerrándola con sus manos temblorosas. Esa vez, ya no volvió a mirar atrás.
El guardia lo condujo a un pasillo donde tenía acceso al cuarto de visitas. Ambos entraron, por lo que vio, no había nadie más salvo el recluso que estaba sentado detrás del vidrio cuyo rostro era inexpresivo y, a sus lados, dos guardias custodiándolo. Se acercó a él y tomó asiento. Hacía mucho tiempo que no se veían, las diferencias eran evidentes. Agarró el teléfono que tenía a su lado y lo aproximó a su oreja. Los segundos de silencio parecieron eternos.
—Vegeta— saludó, cortésmente.
—Bardock— habló, fríamente.
Otra vez silencio, ese silencio que reinaba en la sala delataba la antipatía que sentían el uno por el otro. Bardock carraspeó.
—Supongo que quieres saber sobre tu familia.
—Supones bien, gusano— espetó Vegeta de mala gana. Bardock frunció el ceño ante el insulto—. Hace meses, creo yo, que vi a mi hijo.
El señor Son no pudo evitar sorprenderse ante tal declaración, tenía entendido que el joven Vegeta y Mei no querían volver a ver al asesino de Tarble.
— ¿Cuándo vino tu hijo, Vegeta?— preguntó Bardock aún anonadado.
— ¡Qué ingenuo eres, imbécil! ¡Aquí no tengo noción de nada!— exclamó el señor Ouiji, totalmente enfurecido.
—Cierto, pero aun así tienes ciertos privilegios, ¿no, Vegeta?— el aludido arqueó una ceja—. Olvida lo último que dije.
Otro largo silencio, pero fue roto por el recluso.
— ¿Cómo está ella? —preguntó sin vacilar.
—Se está esforzando, vivir en la capital del oeste le está dando buenos resultados.
— ¡¿Qué dijiste?!— exclamó Vegeta, perplejo —. ¿Están viviendo allá?
Bardock solo asintió con una seca cabezada, maldijo mentalmente su indiscreción. Miró a su ex-socio, esa noticia no se lo esperaba.
— ¿Por qué se fueron a vivir allá?— preguntó de repente.
Bardock se encogió de hombros. Observó que Vegeta estaba a punto de gritarle en reclamo.
—Mei tiene esperanzas— admitió rápidamente con voz serena —. Lo hizo por su hijo.
—Mmm ya veo— dudó un segundo en preguntar, pero la duda pudo más que su orgullo—. ¿Ella… está…?
—No está saliendo con nadie— Vegeta se ruborizó enseguida—, su prioridad es y seguirá siendo su hijo.
—Sí, bueno… tenía que saber —titubeó Ouiji avergonzado, pero recuperó sus toscas facciones rápidamente—. Y, ¿Vegeta? ¿Cómo está él?
—La última vez que lo vi, no sé—Bardock vaciló en decirle sobre cierto asunto—. Durante los últimos meses, tu hijo cambió mucho.
— ¿Te refieres a…?—comenzó a farfullar el señor Vegeta.
—Me refiero a su actitud, su carácter.
— ¿Qué quieres decir con eso?— preguntó el señor Ouiji bruscamente.
Bardock suspiró. Se masajeó la sien mientras se enderezaba en su silla, volteó sus ojos y volvió a suspirar.
—Vive solo con su madre durante siete largos años. ¿Tú qué te imaginas?
— ¡Arg! Mei lo está haciendo débil— admitió Vegeta, derrotado.
Recordó cuando su hijo lo visitó, ese sí era su Vegeta, el Vegeta que lo educó durante sus primeros nueve años. Pero era cierto lo que decía Bardock, Mei siempre había sido muy sentimental, tenía su temperamental y fuerte carácter, no obstante siempre ponía encima los sentimientos que otra cosa. Aun así, Vegeta seguía teniendo esa esencia orgullosa de él. Por algo era su primogénito, su sangre.
...
—Muy bien, mocoso. Enséñame lo que tienes —le ordenó a su hijo de ocho años de edad.
El pequeño asintió, se acomodó su dogi y se puso en posición de ataque.
—Adelante, Vegeta ¡Atácame!
El pequeño se fue contra su padre con gran determinación mientras lanzaba patadas y puñetazos a diestra y siniestra. El señor Vegeta no pudo evitar sentirse orgulloso por la osadía de su primogénito. Pasadas dos horas, el niño ya empezaba a jadear en señal de que ya comenzaba a cansarse. El padre vio ese indicio para que el entrenamiento terminara por ese día.
—Quiero… seguir, padre…— pidió el niño, totalmente sofocado.
—Estás cansado, mocoso —le respondió su padre, altanero—. Mañana mismo te inscribiré a una escuela de artes marciales.
El pequeño Vegeta se emocionó por las palabras de su padre. Esa era la noticia que tanto había esperado con ansias.
— ¡Es genial, papá!— exclamó el chiquillo sin ocultar su conmoción—. Se lo diré a mamá.
Y entró corriendo a la casa.
...
Regresó a su cruel y triste realidad. Tal pareció que ese recuerdo había ocurrido ayer. Miró a Bardock, fue obvio que él se había dado cuenta que su mente se fue por unos instantes a rememorar su anterior vida. No obstante, Son parecía observar a los guardias que estaban custodiando.
— ¿Cómo vas con la empresa?— preguntó Vegeta con gesto impasible.
Bardock desvió la mirada de los guardias al recluso, se puso a escudriñar el rostro pálido y ojeroso del señor Ouiji.
—Yo estoy asumiendo la parte que me corresponde de la bolsa de valores. Tú sabes perfectamente quién es el otro delegado— dijo en voz baja mirando de soslayo a los guardias—: Tu hijo.
"¿Qué quiso decir con eso? Acaso mi hijo ya está…."
— ¡Pero el mocoso es menor de edad todavía!—exclamó atónito.
—Tu hijo en estos últimos años se ha hecho cargo de tus acciones, Vegeta— habló Bardock, apaciblemente —. Él ha estado tomando el mando de la empresa con suma responsabilidad.
—Pero… pero: ¡El comité! ¡Los corporativos! ¿Cómo rayos le permiten a mi hijo tener ese cargo?—Titubeó el señor Ouiji, aún estaba sorprendido.
¿Cómo era posible que el mocoso se estaba haciendo cargo de la empresa? Podía hacerlo desde una distancia lejana ¡eso no era problema! Pero, y ¿la escuela? ¿Su edad? ¿Los delegados? ¡¿EL CONSEJO?!
—Con un doble cara, Vegeta— respondió Bardock aún sereno—. Hacemos creer a los ejecutivos que Mei es la que está tomando la presidencia de tu parte de la compañía, cuando realmente es tu hijo el que está detrás de todas las decisiones empresariales.
— ¿De quién fue la idea? —preguntó en un susurro.
—De Vegeta— ante esa respuesta por parte de Bardock, el señor Ouiji no pudo evitar sentirse orgulloso de su primogénito.
Bardock observó que ha Vegeta se le hinchaba el pecho de orgullo, pero después su sonrisa flaqueó. Ouiji estaba perdiendo poco a poco lo que antes era lo más importante para él, las vueltas del destino o tal vez era el karma. Se encontraba muy lejanas aquellas épocas donde solían ser mejores amigos, socios, vecinos. Aún seguía preguntándose en por qué Vegeta echó a perder su vida de esa manera tan patética ¡Lo tenía todo! Su maldita ignorancia lo llevó detrás de las rejas.
...
Corrió rápidamente hacia la mansión vecina. Sacó las llaves con manos temblorosas de su bata de dormir y entró por la verja, seguido por su esposa y su hijo pequeño. ¿Qué demonios estaba pasando? A caso, ¿fue capaz de cometer esa gran estupidez? Aceleró más sus pasos hasta llegar a la puerta de madera.
— ¡Gokú, regrésate a la casa!— ordenó Gine con voz nerviosa.
— ¡No! Mi mejor amigo…. ¡Vegeta! —gritó el pequeño.
Bardock no los escuchaba, solo trataba de abrir la puerta.
—Mierda.
Al fin se abrió, no lo pensó dos veces y la jaló hacia atrás para permitirse el paso. Lo primero que escuchó fueron sollozos y lamentos, provenían del despacho principal. Corrió en esa dirección, irrumpiendo dentro de la habitación. Tumbado boca arriba se encontraba el pequeño Tarble ¡completamente manchado de sangre! La hermosa alfombra ahora estaba teñida de un fuerte color rojo que le daba un aspecto tétrico. Bardock hizo un rápido panorama por el lugar y pudo observar al señor Vegeta sentado en un sillón. Éste parecía que había visto a un fantasma, estaba muy pálido, varias gotas de sudor perlaban su frente y miraba fijamente el cuerpo inerte de su hijo. Bardock escuchó en un rincón un gimoteo, ahí estaba Mei, encorvada y con la cabeza gacha, estaba desplomada en el piso. Al cabo de unos instantes, ella se puso de pie y se dirigió donde estaba su esposo, se fue contra él golpeándolo a diestra y siniestra a la vez que le gritaba un centenar de insultos. Bardock pensó que era mejor dejarla a hacer eso y, sin perder más el tiempo, se acercó al cuerpo inmóvil de Tarble tomándole la muñeca y el cuello, esperando sentir alguna señal de vida, pero nada.
—Está muerto— dijo Vegeta en un susurro, él se encontraba arrodillado a lado de su hermano.
En ese instante entraron Gine y Gokú que observaron la escena, horrorizados. Gine trató de empujar a su pequeño hijo para que saliera del despacho, pero de un manotazo, Gokú, se alejó de ella y se fue corriendo hacia donde estaba su mejor amigo.
— ¡Gine, saca a Mei! —gritó Bardock mientras se incorporaba y se acercaba a Vegeta que aún seguía en shock.
Su esposa asintió, tomó a la pobre Mei de los hombros mientras la alejaba del señor Ouiji. Bardock, totalmente cabreado, tomó de la camiseta a un ebrio y moribundo Vegeta, y lo empujó dentro del baño que se encontraba en el despacho. Abrió la regadera, no pudo evitarlo y le encestó un puñetazo.
...
Recordar ese momento aún le reproducía furia y asco desde su interior. Miró al asesino, frente a él, contemplándolo con gesto adusto. Ninguno de los dos parecía querer seguir hablando.
Vegeta estaba seguro de que la mente de Bardock se fue a una reminiscencia no muy agradable. No hubo despedida por parte de Son, quien solo puso el teléfono en su lugar al mismo tiempo que se ponía de pie. Ni siquiera volvió a mirarlo, se acercó al guardia y éste lo condujo a la salida de la habitación.
Mei llamó a la puerta impaciente. Pasaron unos segundos, y vio una sombra que se veía acercando hacia la entrada, algo se aproximó detrás de la puerta y esta se abrió un poco. Bardock la miró por la rendija, esa visita sí que era inesperada.
— ¡Mei!— saludó el hombre, y abrió un poco más la puerta de modo que la luz la alcanzó completamente, pudo apreciarla mejor—. ¡Pero qué sorpresa!
— ¡Hola, Bardock!— le devolvió el saludo en un forzado susurro—. ¿Puedo pasar?
—Por supuesto.
Bardock retrocedió para dejarla entrar en la mansión, esbozó una sonrisa amigable mientras cerraba la puerta con un golpe seco. La condujo hacia el despacho, estaba enorme y había poca luz. Las paredes estaban recubiertas por libros, donde había de todos los tamaños, colores y de diferentes temas. El señor Son le hizo un ademán invitando a Mei para que se sentara en el sofá, ella asintió con una seca cabezada.
—Bien, ¿a qué se debe tu visita, Mei?— preguntó Bardock, mientras tomaba asiento en su propio sillón, frente a la mujer.
Mei dudó por un segundo, al fin dijo con precipitación.
—Perdón que me presente a esta hora a tu casa, Bardock, pero necesitaba recluir a alguien... y pensé en ti.
El aludido se impresionó por esa revelación, le hizo otro ademán a Mei para que continuara hablando, ella asintió.
—Verás, cuando Vegeta ingresó al correccional —Mei hizo una pequeña pausa, hablar sobre su esposo la hacía poner de muy mal humor—, todos sus bienes pasaron a manos mías.
—En efecto— la interrumpió Bardock—: sus mansiones, sus ahorros en el banco, los coches ¡Todo eso es tuyo! Aunque las acciones empresariales pasaron automáticamente a las manos de tu hijo.
—Sí, lo sé— dijo en voz baja—. Bardock, necesito que convenzas a Vegeta en que firme una carta poder para que tú te encargues de sus acciones.
—Ya veo a donde quieres llegar —confirmó él —, pero me temo que tu hijo no va a aceptar eso, no hasta el lapso acordado.
—Supongo. Entonces yo hablaré con Vegeta y tú te encargas de la carta— terció Mei con indiferencia—. Ahora mismo se ha de estar divirtiendo en la fiesta.
—No lo dudo mucho en Kakarato y Raditz— intervino Bardock con el ceño fruncido—, aunque si me sorprende de tu hijo.
Mei arqueó la ceja molesta. Vegeta también se divertía ¡tenía todo el derecho de hacerlo! Bueno, raras eran las ocasiones, pero lo hacía.
—Bueno, la llegada de Bulma lo cambió para bien— profirió ella entre risas—. ¡Cómo sea!, ¿Me harás ese favor, Bardock?
—Si así lo deseas— confirmó el señor Son—. Tú encárgate de tu hijo y yo me encargo en hacer la carta.
—Solo serán las acciones, ¿queda claro?— preguntó con tono intimidante. Bardock asintió.
—Mei, esta tarde fui a visitar a Vegeta— soltó Bardock de repente.
— ¡¿Qué?!— preguntó ella, perpleja.
—Se cumplió el lapso, recuerda que Vegeta me pidió que lo visitara cada año— Mei cruzó sus brazos. Bardock no pudo evitar soltar una carcajada, el joven Vegeta se parecía mucho a ella, con esa típica pose de la familia Ouiji—. Solo me preguntó por ti, por tu hijo y por la empresa.
— ¡Qué interesado! —espetó Mei en tono sarcástico.
—Mei— ella desvió su mirada encontrándose con la de Bardock—. ¿Cómo siguen las cosas con ese asunto?
Ella volvió a desviar la mirada, hablar de eso le resultaba muy doloroso. Se incorporó un poco y dio un suspiro.
—Sigo buscando, Bardock— dijo Mei con voz apacible —. El antídoto dejó de surtir efecto.
Bardock pudo observar que en la bolsa de Mei se asomaban tabletas y píldoras. La miró molesto.
— ¡¿Sigues tomándote esas mierdas?!— la reprendió el señor Son. Mei ni siquiera se inmutó, le lanzó a Bardock una mirada intimidante—. Le das más prioridad a eso que a tu propio hijo—sentenció él.
— ¡¿Cómo puedes decir eso?!— explotó Mei, indignada.
—Kakaroto me ha dicho que tú casi nunca estás con Vegeta— dijo Bardock con desfachatez.
—Mi hijo sabe perfectamente lo que yo hago —se excusó ella—. ¡Ya estoy harta de pasar de médico a médico!—explotó de repente conteniendo las lágrimas—. Ya me cansé de luchar, pero trato… te juro que trato ¡Por mi hijo! Él es el único que me da el valor para seguir con esta fortaleza, pero siento que se está deplorando cada día más.
Bardock solo pudo contemplar el rostro de su amiga. Ella, orgullosa como siempre, estaba reprimiendo las lágrimas que exigían desesperadamente en salir.
—Y ¿él está de acuerdo? —preguntó, apartando la vista de Mei.
Ella dudó mucho en responder. Vegeta ignoraba el hecho de que Mei visitaba y buscaba a los mejores médicos de todas las capitales, obvio que ella le daba otra versión más creíble —"Tengo cita con el doctor y me recomendó estos medicamentos"— Era una vil mentira, pero su hijo le creía o eso era lo que ella pensaba.
— ¿No crees qué Vegeta tiene todo el derecho en saberlo? ¡Eres su madre!— exclamó llanamente.
—Lo sabrá, Bardock. Solo que a su momento— repuso Mei con suma frialdad.
Bardock se levantó del sillón dirigiéndose a una especie de mueble- bar, tomó una copa con hielo y se sirvió un poco de whisky. Miró a Mei y le ofreció una, ella gruñó por lo bajo, Bardock entendió el gesto, una pequeña imprudencia por parte de él. Volvió a tomar asiento.
—No sabía que tomabas —dijo Mei, frunciendo el entrecejo.
—Gine no lo aprueba —confesó Bardock, luego le dio un pequeño sorbo a su bebida—. Aunque para serte sincero, este es mi primer vaso del mes.
—Apenas comenzamos el mes de julio, Bardock.
—Ahhh, cierto… bueno, entonces esta es mi última copa del mes —dijo él, imitando el típico gesto del menor de sus hijos.
—Me recuerdas mucho a Gokú, es increíble el parecido— dijo Mei entre risas.
—Bueno— Bardock se encogió de hombros—, lo mismo digo. Tu hijo se parece mucho a Vegeta.
Las palabras ya habían salido, se volvió a maldecir mentalmente, pero a Mei no le pareció molestarle su comentario. La puerta del despacho se abrió en esos instantes.
—¿Bardock?
El aludido se puso de pie y fue al encuentro de su esposa. Gine cruzó la puerta y pudo observar a Mei que seguía sentada en el sillón, esbozó una enorme sonrisa y se acercó a su mejor amiga.
— ¡Mei, pero que agradable sorpresa!— saludó Gine.
Mei igual se puso de pie y abrazó a la señora Son. Bardock solo las miraba con devoción. Ambas mujeres se separaron del abrazo y se dirigían hacia la salida.
—Me gustaría que te quedaras a cenar con nosotros— replicó Gine con una sonrisa —. El comedor se sentirá triste sin mis niños. ¡Me alegro que estés aquí!
—Por supuesto— respondió ella afable.
De repente, el teléfono de Bardock sonó, lo sacó de su pantalón y arqueó una ceja en cuanto vio quién lo estaba llamando. Tanto Mei y Gine miraban a Bardock expectantes. El hombre llevó el teléfono a su oreja.
— ¿Ahora qué hiciste, Kakaroto?—comenzó a reñirlo.
— ¡Nada!—respondió un Gokú, indignado.
—Habla rápido que tu madre, Mei y yo vamos a cenar.
— ¡Ah! ¿Y qué van a cenar? Le dices a mamá que me guarde un poco ¡No! Mejor mucho.
Bardock ya se estaba impacientando, su hijo se estaba saliendo por la tangente.
— ¡¿Para eso me llamaste?!—preguntó cabreado.
— ¿Qué? ¡Ah, sí! Necesito que vengas a la capital del oeste.
Hubo segundos de silencio ¿Ahora qué habían hecho esa bola de jóvenes idiotas? ¿Ni siquiera en una fiesta se podían comportar? ¿Qué no había un día en que no se pudieran meter en problemas? Miró a Mei, ¿le había pasado algo a Vegeta?
— ¿Qué pasó? —demandó Bardock tratando de sonar lo más tranquilo posible.
—Pues… —se escuchaba a Gokú muy nervioso—, estamos en… ¿problemas?
—Pásame inmediatamente a Raditz —bramó Bardock, molesto.
Decidió hablar con el mayor de sus hijos, ya que Gokú parecía un caso perdido.
—El problema es que Raditz no puede hablar, papá—susurró Gokú—. Él y los demás están… detenidos.
— ¡¿Qué dijiste?!—gritó Bardock haciendo que Mei y Gine se sobresaltaran—. Kakaroto, mándame la localización, voy para allá— y, dicho eso, cortó la llamada.
—Bardock, ¿le pasó algo a Gokú?— preguntó su esposa, preocupada.
— ¿Vegeta está bien?— preguntó esta vez Mei, arqueando las cejas.
Bardock se tomó el pelo con ambas manos ¿Qué demonios había pasado allá? Por una parte, podía estar tranquilo que uno de sus hijos no estaba detenido ¿Qué habría hecho Raditz?
"Kakaroto mencionó: Raditz y los demás, eso quiere decir que Vegeta… será mejor no decirle nada a estas dos mujeres"
—No pasó nada— Bardock suspiró—. Se poncharon las llantas de la camioneta y ya se quieren regresar a casa. Iré por ellos.
— ¿Hasta la capital del oeste? ¿Por qué mejor piden un taxi y asunto arreglado?— repuso Mei.
— ¡No!— respondió Bardock rotundamente—. Iré yo… pero antes— se dirigió a su esposa con una sonrisa en los labios—. Gine, vamos a cenar.
Los mocosos podían esperar, al fin y al cabo, el castigo ya estaba comenzando. Fuera lo que fuera que habían hecho esa bola de imbéciles, no se saldrían de esta.
¡Hola! No tengo mucho tiempo así que… aquí les dejo este 10° capitulo.
En el próximo capi les responderé los reviews de este y del anterior, es que saldré de viaje y ya me están apurando.
Les agradezco los comentarios XDDD :333 y espero los de este capi… ojalá les haya gustado, lo hice así para que entendieran un poco más la trama.
Besos y abrazos :D
Mackenzie Monyer
08/06/2015
