DISCLAIMER: No soy dueña de Cómo entrenar a tu dragón. Esto es una traducción y Nefer-T amablemente me dejo hacerlo.

Summary: A veces, el dolor se presenta en el peor momento... Por otro lado, tener la mejor compañia tal vez no sea tan malo. Hiccstrid fluff y algo de picante. 17 años.


Pies Congelados


El invierno en Berk siempre tenía la tendencia de atrapar a la población con la guardia baja. En un momento hacía frío y nevaba, y en el siguiente se desataba una tormenta en toda regla; con nieve, granizo y todo lo que pudiera causar que tus órganos internos se congelaran en cuestión de segundos.

Por lo general, no duraría mucho tiempo, pero era tan mortal como rápida y repentina. Así que era impredeciblemente divertida.

Uno podría pensar que era romántico –afuera soplaba furiosamente el viento, adentro había fuego en las chimeneas de la casas, la baja temperatura de las brasas era equivalente a que las parejas de jóvenes enamorados se abrazaran para mantener el calor…

Pero no.

No esta pareja.

Al menos no todavía.

"Astrid, ¿podrías por favor dejar de acaparar la manta?" Hipo se quejó, tirando de la cobija mientras trataba de empujar a su novia con sus hombros.

"No es mi culpa que esto no sea lo suficientemente grande" Astrid replicó, permitiendo que Hipo jalara un poco más de tela, pero no demasiada, "lo cual es muy raro, teniendo en cuenta el tamaño de tu papá."

Hipo le lanzó una mirada plana.

"Esta manta es de mi cama, así que es suficiente para ", dijo Hipo. Se estremeció; los vikingos estaban hechos para el frío, pero todos sus huesos estaban totalmente congelados –incluso los que ya no tenía.

Habían estado volando juntos toda la mañana. Había estado nevando muy poco, nada que pudiera impedir el vuelo –hasta que el invierno decidió que no era suficientemente frío y miserable para todos, así que convirtió a Berk en una congelada trampa mortal. Afortunadamente, ellos estaban volando cerca del pueblo.

La pareja voló directamente al primer lugar disponible para esconderse del remolino helado –la casa de Hipo, entraron por la puerta del techo de su dormitorio. Sus dedos congelados consiguieron moverse lo suficiente para quitarse las prendas empapadas. Su ropa estaba cerca del fuego para que se secara.

Hipo esperaba que Astrid no se diera cuenta de lo avergonzado que estaba acerca de cambiarse de ropa tan cerca del otro; el solo pensamiento de ella desnuda en la misma casa, era suficiente para ponerlo nervioso.

Le prestó a Astrid algo de ropa seca –hizo una nota mental de no lavar esas prendas nunca más– ambos se acurrucaron cerca del fuego, sus dragones dormían a un lado, les habían quitado las sillas.

Astrid se frotó la pierna izquierda con vigor; obviamente, los pantalones de Hipo se acortaban del lado izquierdo, e incluso con un par de calcetines de lana no acababa de cubrir su pierna expuesta.

"¿Qué pasa con ustedes?" Astrid preguntó en voz alta: "¿Solamente poseen mantas pequeñas y medios pares de pantalones?"

Hipo captó el juego en sus palabras; ella comenzaba a sonreír discretamente.

"Creo que quieres decir tres cuartos de pares de pantalones" corrigió él, sonriendo también. "Pero Milady, eso es obviamente una excusa para tenerla tan cerca como sea posible."

Su sonrisa se ensanchó; tenía las mejillas sonrojadas, tan rosas como sus labios, y por un momento Hipo se perdió en el contraste entre el rosa y el azul. De alguna manera, su mano derecha se encontraba descansando sobre la de ella y, exaltado, se dio cuenta que estaba tocando la piel expuesta de su pierna.

Los ojos de Astrid se movieron lentamente de la mano de Hipo a su rostro, la intención en su mirada perfectamente clara. Más que tolerarlo, agradeció el tacto. Sus labios se curvaron más; eso era completa y totalmente una invitación.

"Oh, ¿Enserio?, Parece que pasaste por un montón de problemas." Hubo un destello color fuego en su cabello rubio; Hipo deseó poder hundir los dedos en su húmeda trenza.

"No es nada", dijo Hipo, encogiéndose ligeramente de hombros, "todo ha sido planeado."

Astrid lo miró con diversión, riéndose delicadamente, inclinando la cabeza. El suave sonido se mezclaba con el crepitar de la chimenea y los ruidos de la tormenta. La calidez de su risa dejó una sensación burbujeante dentro del pecho de Hipo, entonces suspiro.

"¿En serio? ¿Así que también planeaste la tormenta?"

"Sí, bueno... ¿No te resulta conveniente?" él contestó, señalando su estrategia, obviamente, ejecutada a la perfección.

"Wow, Hipo. Supongo que realmente puedes mover montañas, ¿no?" Astrid lo codeó suavemente en las costillas, fingiendo admiración y sorpresa.

"Seguro, me refiero a que" Hipo se detuvo, buscando las palabras correctas, su mirada flotando sobre la habitación antes de ser clavada en Astrid, "Con la adecuada... motivación." Concluyó con una sonrisa, arqueó las cejas con audacia mientras asentía ligeramente.

Astrid trató de no reírse de su coqueteo. Era algo que él había estado haciendo de manera constante en los últimos meses, casi discretamente. Ella no sabía si era intencional o no; pero era muy efectivo. Parecía que ocultaba su poder de seducción detrás de su exagerado sarcasmo y sus tonterías…

De todos modos, era difícil para ella ignorarlo, ya que de alguna manera, el flirteo, llegó acompañado de los cambios físicos que Hipo experimentó.

Sus hombros se habían ensanchado, su pecho se amplió. Su cuello, brazos y piernas tenían rasgos más maduros. Su mandíbula era angulosa, su casi inexistente barba le hacía cosquillas cuando se besaban. Su nuez de Adán destacaba, al igual que sus pómulos.

Ahora Hipo era más alto que ella, algo que nunca le había molestado hasta que notó que se sentía diferente.

Se volvió más confiado con los años; más contento y natural cuando estaba cerca de ella. Llegaron a un punto en el que Astrid se unía a sus bromas; deleitándose porque solo él podía sacar su lado juguetón…

Y también el su lado amoroso.

Les tomó tiempo para tomar el control en su relación. De cualquier modo, no tenían prisa; las cosas estaban bien entre ellos y no había necesidad de hacer confirmaciones constantes sobre si estaban juntos o no.

Eran niños, montando dragones, viviendo aventuras. Amigos, por encima de todo, que tenían esta extraña manera de entenderse. Una compañía que ninguno de ellos se esperaba.

Y cuando el componente físico había comenzado a surtir efecto, pues...

Astrid trató de no reírse, pero al mismo tiempo trató de no suspirar y lanzarse a sus brazos. Ambas opciones eran irresistibles, pero no parecían completamente apropiadas es ese momento.

Así que simplemente se deslizó más cerca de él, hasta que sus caderas chocaron –ella fingió simplemente juntar sus hombros– y se mordió los labios. Astrid había notado que Hipo la miraba diferente cada vez que lo hacía; esta vez no fue la excepción.

En lugar de responderle abiertamente, ella prefirió seguir jugando. Había algo detrás de sus bromas…

A veces ella sentía que dejaban la prudencia y la propiedad a un lado…

Y le encantaba.

"¿Estás diciendo que soy una persona motivadora?" Astrid preguntó a la ligera, y por un momento, Hipo parecía estar perdido en sus pensamientos.

Su sonrisa se desvaneció abruptamente, ya que su comportamiento infantil había alcanzado el límite. La forma en que cambio de estar alegre a estar intensamente concentrado casi asustó a Astrid.

Cuando Hipo bajó la cabeza en busca de sus labios, ella no pudo detener el frenético aleteo que se instaló en su corazón, ni el cosquilleo debajo de su ombligo. Hipo le apretó la mano con suavidad, y su calor aumentó sin dase cuenta.

Él no la movió; ella se acercó por iniciativa, recargándose en él como si hubiera perdido el equilibrio. Sintió el sofocante calor crecer cuando sus cuerpos se encontraron –pecho, caderas, muslos y brazos.

Se habían abrazado en diferentes ocasiones, pero esta vez su cercanía se sentía diferente; tenía otro significado, algo que generalmente mantenían profundamente oculto. Ese sentimiento creció lentamente en su cabeza, revelándole la tentación; enrollándolos hábilmente…

Chimuelo resopló censuradoramente justo en el momento indicado, sobresaltándolos lo suficiente como para romper el beso y separarse, la manta de piel se deslizo en el proceso.

Todo fue por una buena causa; quien sabe qué tipo de extraño hechizo los hubiera alcanzado si se quedaban así pegados por mucho tiempo, y Chimuelo no iba a ser un testigo silencioso de los trucos y acrobacias que tenía planeada la pareja humana.

El Furia Nocturna miró de reojo a su ahora-tímido jinete con una mirada de desaprobación que, esperaba, le transmitiera la advertencia deseada, después dejó caer su cabeza entre sus patas delanteras con un ronroneo molesto.

Astrid se burló, sus manos regresaron a friccionar su pierna a pesar de que, realmente, ya no sentía frío. Fijó la vista en su ropa chorreante colgando cerca de la chimenea mientras escuchaba los latidos de su corazón, que perecían hacer eco en su interior, como si no hubiera nada más.

Tal vez esa era la razón por la que se sentía tan ligera.

Evitó tanto la mirada de Hipo como la de Chimuelo; aunque, con toda honestidad, no sabía porque se comenzó a comportarse tan tímida.

Tal vez porque no había tenido tiempo de prepararse para el beso. Hipo simplemente la había atrapado con la guardia baja… y había amado la forma en que él tomó el control.

Un día, Hipo iba a hacerle perder justo eso… el control.

Hipo se aclaró la tímidamente garganta, jugando con un hilo suelto de su túnica.

"Sí," dijo después de una pausa. Astrid lo miró, frunciendo las cejas con confusión.

Hipo suspiró, girando los ojos y dejo escapar un exagerado gemido.

"Me refiero a que, SÍ, eres una persona motivadora."

"Oh," Astrid murmuró, lo que permitió que se escapara una risita de sus labios. "Tal vez podría motivarte a buscarme otra manta..."

Se sonrieron el uno al otro, y esta vez rompieron en carcajadas –alegres y despreocupadas.

"Entonces, ¿qué tal si nos hago algo caliente para beber? También tengo que quitarme el frío", dijo Hipo, reprimiendo un estremecimiento. Su pie faltante le empezaba a doler… que mal momento.

"Me encantaría un poco de té, gracias."

Hipo se levantó, dejándole toda la mata de piel a su novia –quien se envolvió dramática y completamente en ella, solo la cara y las puntas de sus dedos eran visibles bajo la manta color chocolate.

Astrid suspiró con satisfacción, tarareando mientras veía el crepitar del fuego, hasta que su atención fue atraída por el gemido de Hipo. Un sonido ahogado y silencioso, pero ella lo escuchó.

Ella lo miró, la sonrisa desapareció de su rostro cuando lo vio cojear. Trató de mantenerse serio mientras regresaba, pero tenía una mueca persistente en su boca.

Astrid dijo nada; ella acaba de destaparse un poco para que él pudiera tomar su lugar junto a ella y envolverse en la manta.

"Estas muy frío", Astrid murmuró mientras tomaba sus dedos con ambas manos. Ella se los llevó a la boca para calentarlos, estudió su rostro en busca de una señal que le dijera que estaba mal.

Hipo suspiró, cautelosamente, sacudido por otro escalofrío. Astrid lo notó entonces –líneas oscuras bajo los ojos, falta de color en las mejillas, la forma en que su expresión se contraía angustiosamente.

"Algo te duele", afirmó con rotundidad. No era una pregunta.

Hipo extendió lentamente la pierna izquierda, la que había perdido en la batalla con la Reina Dragón hace un par de años. Ambos miraron sin decir nada en el artilugio que ahora se encontraba en el lugar de su pie.

Había tratado de mantener el control, pero el dolor era demasiado; podía sentirlo palpitar y escocer. Hipo se aferró justo encima de donde comenzaba su prótesis; le dirigió una mueca al dispositivo, como si fuera el culpable de su malestar.

Él sabía que ya no había más carne en ese lugar. Pero eso no impedía que le doliera… o, en este caso, le picara. En ese momento Hipo sentía mucho frío; sus pies –ambos– estaban completamente congelados.

Su novia le dedicó una mirada de simpatía. Le acarició sus manos con movimientos suaves. Ella lo comprendía, porque él se lo había dicho antes; un miembro perdido, aunque ya no estuviera unido al cuerpo, seguía siendo sensible.

Era relativamente común en su mundo. Después de todo, muchos vikingos habían perdido sus extremidades durante las batallas. Los que sobrevivían cargaban con más que una cicatriz o la simple mutilación.

Sabía que Hipo también tuvo que pasar algunos problemas psicológicos. Sin embargo, él los había superado bastante bien. No le tomó mucho tiempo en levantarse y poder caminar sin ponerse de mal humor…

De todos modos, había tenido muchas cosas en la cabeza. Había estado tan emocionado por todos los cambios que trajo consigo la paz. Astrid lo ayudaba no hablando de su pierna, a menos que fuera para apreciarla –su sacrificio había traído muchas cosas buenas.

Además, se suponía que los vikingos eran duros, fuertes y no se quejaban, ni siquiera por este tipo de lesiones… Así que Hipo tendía a cerrarse y no dejar que nadie lo supiera. Astrid, sin embargo, siempre estaba alerta.

No obstante, a lo largo de los años se había vuelto más calmado respecto a su pierna –solamente con Astrid. Por lo menos lo suficiente como para admitir a regañadientes que le pasaba algo.

"¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?" preguntó Astrid preocupadamente, sin embargo, trató de no sonar como que se sentía mal por él. Ella no lo creía un hombre débil, en absoluto, pero tenía miedo que él malentendiera sus palabras.

Hipo se limitó a sacudir fuertemente su cabeza; a pesar de todo, él no quería parecer vulnerable. No es que tuviera algún problema en abrirse con Astrid –ella siempre lo apoyaba, y parecía saber lo que pensaba con solo mirarlo– pero esto era diferente.

Era ilógico, estaba fuera de su alcance y comprensión. A pesar de que con el tiempo había aceptado su pérdida, no podía evitar que el dolor regresara con frecuencia.

Cuando sucedía, Hipo se sentía amargo. Se las había arreglado para vivir con la ausencia de la pierna. Pero el punzante recuerdo de que estaba, básicamente, roto, siempre agriaba su estado de ánimo.

Astrid no quería simplemente sentarse en silencio. Se puso de pie, tomo la olla llena de agua caliente, y buscó un paño limpio que pudiera usar. Sirvió un poco de agua en una taza, le echó las hierbas y después lo agitó.

Cuando volvió, se arrodilló delante de Hipo y empujó la, demasiado caliente, taza en las manos de Hipo; él tuvo que usar la manta para no quemarse las manos.

"¿Qué...?" Hipo intentó alejar su pierna pero Astrid colocó ambas manos en lo que quedaba de su pantorrilla y, con suavidad, la jaló hacia sí.

"Voy a ayudar. Estás helado, y te duele. Yo no quiero quedarme sentada y hacer nada", dijo con firmeza.

Sabía, por el tono de su voz y su concentrada expresión, que estaba completamente decidida al respecto. Ella quería ayudar... como siempre.

Hipo la contempló a través del vapor de su taza. Astrid vestía con su ropa, no le favorecía en nada, pero se veía bellísima; estaba de rodillas frente a él, con el cabello húmedo pegado a la frente, bañada por la luz del fuego mientras sostenía su incompleta pierna entre sus manos…

Nunca había visto algo tan maravilloso.

"Eres preciosa", le espetó sin pensarlo dos veces. Las palabras quedaron suspendidas en el aire durante un tiempo, como si no supieran que hacer con ellas. La pareja proceso las palabras, y un color rosa iluminó sus mejillas.

Astrid se miró críticamente y después vio a Hipo. Claramente no le creía, en absoluto.

"¿No tienes fiebre, verdad?"

"No... yo. Lo decía enserio", respondió rotundamente.

"Entonces, está bien," Astrid respondió en el mismo tono. "Gracias", agregó tímidamente, en un susurro. Ella todavía se aferraba a su pierna.

"Entonces", dijo mientras pasaba sus uñas por la madera de la prótesis, "¿me dejas ayudarte?"

Allí estaba otra vez esa mirada. Astrid podría ser deliciosamente obstinada cuando quería.

"Está bien", dijo Hipo, dejando escapar un largo suspiro con los hombros caídos en derrota. No tenía sentido luchar más contra ella.

Aun así, cuando colocó la prótesis en el suelo y empezó a subir el pantalón, él retrocedió bruscamente. No podía saber porque, pero lo hizo.

Astrid mantuvo firmemente sus manos sobre la tela de sus pantalones, y le dio a Hipo una tranquilizadora y alentadora sonrisa.

"No te preocupes. Estaré bien. Lo he visto antes, ¿recuerdas? Y esta vez, no está sangrando toda mi ropa."

Entonces Hipo se relajó, el recuerdo de una conversación regresó a su mente. Bocón le había contado cómo, tras el incidente en donde estuvo a punto de morir, Astrid había ayudado vendar su herida después que el sanador realizara una curación rápida.

Ella había supervisado que estuvieran cuidando bien de Chimuelo antes de regresar a Berk con el resto de los adolescentes y poder llevarse a Hipo sobre Torméntula.

Y después de dejarlo al cuidado de los curanderos, regresó al Nido de los Dragones con lo que restaba de la flota de Berk para evacuar al resto de los vikingos, la Muerte Roja había destruido los demás barcos con su ardiente ira.

Astrid había estado a su lado, a menudo iba a su casa para cuidar y hacerle compañía a Chimuelo. Ella fue la voluntaria para probar la nueva silla de montar que Bocón había hecho para Chimuelo; después de asegurarse que funcionaba correctamente, Bocón pudo alterar el pedal para el nuevo pie de Hipo.

Siempre se había mantenido cerca, durante días y días, mientras estaba inconsciente. Ella lo había visto en las más frágiles condiciones, y aun así, confesó que pensaba que él era una de las personas más fuertes que conocía...

En realidad nunca habían hablado de ello; incluso no le había dado apropiadamente las gracias.

El corazón de Hipo dio volteretas en su pecho. Entonces una ola de sentimientos lo golpeó. Un pequeño nudo se le formó en la garganta; trató de deshacerlo con un trago de té caliente, pero lo único que logró fue calentar su estómago.

Astrid termino de desenredar los enlaces alrededor de su pierna. Mojó el paño limpio en el agua caliente; lo sacó y exprimió. Mientras limpiaba alrededor de su muñón, sus manos se estaban poniendo rojas, pero ella no le importó.

Repitió el proceso varias veces.

"Hazme saber si se vuelve incómodo", le pidió con dulzura, masajeando la zona con una ternura que Hipo nunca había presenciado.

Pero nunca se sintió incómodo, ni una sola vez. Solamente mejoraba más y más; hasta que sintió una oleada de puro alivio, el dolor había desaparecido, como si nunca hubiera estado ahí.

Ella levantó la vista hacia él, notando su semblante mucho más tranquilo.

"¿Te sientes mejor?" preguntó Astrid. Hipo asintió, y ella sonrió de buena gana.

Sin embargo, ella continuó con sus mimos durante otro rato, mirándolo de vez en cuando. La última vez, en lugar de frotar, envolvió el muñón con el trapo. Se sentía cálido y acogedor.

Astrid podría no tener un don para la cocina, pero era muy buena para esto. En ayudar y calmar.

"Listo" dijo ella, dándole un apretoncito a su rodilla. Ella miró el pequeño bulto y exhaló distraídamente.

"Es una parte de ti, ¿sabes? Esto es, como... la cicatriz de batalla más genial de todas", ambos dejaron escapar una pequeña risa, débil, pero sincera. "Y debes de estar orgulloso. Es la marca de un héroe."

La forma en que puso énfasis en la última palabra, demostraba que lo decía muy enserio. Hubo un destello de admiración, tanto en la mirada como en las palabras de Astrid, que puso el alma de Hipo en llamas.

Él negó con incredulidad, pero no podía encontrar la manera de contradecirla.

"Gracias. Por esto," dijo, señalando a su pierna "y por... todo lo demás."

La cara de Astrid se iluminó con cariño ante la referencia; se levantó sobre sus rodillas y se sumergieron en un fuerte abrazo bajo la cobija. Él le acarició la espalda suavemente mientras ella hundía la cara en su pecho; cuando ella apretó la oreja sobre él, pudo oír claramente el rápido golpeteo del corazón de Hipo.

"Ven aquí," susurró Hipo, enterrando sus dedos en el cabello de Astrid. Ella lo miró con los ojos entrecerrados y, notando sus labios secos, se lamió los suyos en anticipación.

Hipo jadeó en sorpresa, no por el húmedo beso o la forma en que ella paso su lengua por su labio inferior –sino porque Astrid estaba sobre su regazo, ambos muslos se encontraban al lado de sus caderas.

A horcajadas sobre él.

Tal vez sus intenciones habían sido inocentes, pero Hipo necesitaría una gran cantidad de concentración para no dejar que su excitación se mostrara. Intentó concentrarse solo en el beso, capturando inestablemente su labio inferior entre los suyos mientras sus manos se posaban temblorosamente en sus codos.

Ahí no era donde Astrid quería que estuvieran sus manos.

Ella respiró caliente y profundamente en su boca; arrastró las uñas sobre su espalda, lentamente y sin rumbo, sintiendo sus músculos tensarse y relajarse bajo la túnica.

Quería que se relajara lo suficiente para que pudiera soltarse; de lo contrario los besos de Hipo carecían de cierta… intensidad. Como si tuviera miedo de cruzar una línea invisible.

Astrid quería volver desesperadamente a la proximidad de ese beso anterior en el que Chimuelo los había interrumpido…

Ella inclinó ligeramente la cabeza, junto sus narices. Se rió sobre su boca, sintiendo como él también sonreía.

Movió sus calientes besos desde la mandíbula hasta detrás de la oreja. Hipo se estremeció, nunca se habían besado con tanta intensidad.

Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando Astrid se apodero de sus manos y las guio a otra parte –a nada menos que a su espalda baja. Talvez si bajaba sus manos solo un poco más…

¡Ay dioses! ¿Qué estaba haciendo?

"Está bien", le susurró al oído, parecía que quería derribar su resistencia. Ella acunó sus mejillas entre las manos, y acerco su rostro, solo lo suficiente para que sus labios se rozaran…

Ahora fue él quien la tomó por sorpresa. Ella casi gritó cuando sus manos –que ahora descansaban sobre sus nalgas– tiraron de sus caderas y sintió una nueva y deliciosa presión.

La manta de piel cayó al piso, su presencia ya no era necesaria.

Astrid cerró fuertemente sus ojos, pero sus labios permanecieron abiertos en un gemido silencioso. Ella se apretó más y él la beso en la garganta, su respiración le hizo cosquillas en el pecho

Astrid notó, distraídamente, como algo comenzaba a empujar cerca de su muslo izquierdo, pero ni siquiera tuvo tiempo de pensar… porque de repente Hipo –talvez un poco brusco– la empujó de su regazo.

"¿Qué?" preguntó ella con vehemencia, tal vez su tono era demasiado fuerte, pero, francamente, no le importaba. Ella lo estaba disfrutando muchísimo, al menos hasta que la había empujado.

Un nervioso Hipo tartamudeó algo mientras tiraba de la manta para cubrir su regazo… y fue entonces cuando Astrid entendió por qué la había empujado.

"Oh", dijo en voz alta, con los ojos muy abiertos y las mejillas sonrosadas, una extraña sensación de emocionante satisfacción se le estableció en la boca del estómago. Hipo siguió tratando de cubrirse, hasta que finalmente se rindió dejando escapar un triste suspiro.

"Lo siento," él gimió y se dejó caer hacia adelante en una incómoda posición, rascándose la nuca con nerviosismo.

"Está bien," Astrid respondió, encogiendo indiferentemente los hombros, "no es como que le puedas decir que hacer, ¿verdad?"

"S-sí... supongo..."

Hipo parecía aún más avergonzado, ella lo encontró realmente adorable. Él podría estar inseguro sobre agregarle algo de picante a su relación, pero Astrid no lo estaba. Ella quería más besos calientes que le quitaran el aliento, más cercanía, más contacto… Y no tenía miedo de buscarlo.

"Te prometo que no volverá a suceder", dijo Hipo, haciendo un gesto con las manos para enfatizar su punto.

"Bien," Astrid estuvo de acuerdo, asintiendo con una sonrisa juguetona en los labios. "Será mejor que no lo vuelvas a hacer."

"Lo siento."

"¿Me lo prometes?" Se acercó a hacia él, mordiéndose los labios.

"Sí. Te lo prometo", repitió vacilantemente. Él la miró con curiosidad mientras se inclinaba más cerca de él. Parecía como si estuviera a punto de darle un beso...

Pero ella simplemente se puso de pie, recogió su ropa y se puso sus botas.

"Esa tormenta parece haber terminado..." Astrid cerró un momento sus ojos para escuchar los sonidos del exterior. Hipo se quedó callado; todo estaba en silencio, a excepción de los ronquidos de sus dragones y el leve crepitar de la chimenea. La poderosa tormenta había terminado.

"Así que... debo irme," Astrid señaló con la cabeza hacia la puerta, "Te devolveré tu ropa después."

Ella despertó en silencio a Torméntula y se acercó a la puerta, siendo vista por un muy confundido Hipo.

"Y no olvides tu promesa... La próxima vez que se te congelen los pies, no me apartes. Déjame calentarte."

El modo en que lo dijo y la sonrisa sugerente que le dio hicieron eco en su mente por toda la noche, acechando sus sueños de la manera más agradablemente posible.

Y el miserable dolor en su extremidad perdida, desapareció durante muchos, muchos años.


Fin


srto: Cuando te dí las gracias por pensar que soy una pervertida era sarcasmo; pero todo esta bien, que bueno que tu no lo eres, pero la verdad es que a mi no me importa. Que bueno que ese tipo de escritura no te moleste, aunque si van a haber un par (o más) capítulos que sean algo gráficos, pero pondré una advertencia en los que sean así.

quetza: Me considero un poquito pervertida, pero no significa que me la pase leyendo ese tipo de cosas; claro que he leído cosas muy graficas y explicitas (haz escuchado de 50 Sombras de Grey?, pues casi no es nada comparado con otros libros), pero tambien depende de la madurez con que lo leas y no solo lo hagas por morbo. Pero que bueno que te gustó.

No tengan miedo de dejar review, me interesa saber lo que piensan, ademas los contesto todos. Gracias por los Followers, Favorites y también a todos esos lectores ninja, que se que son varios.

Besos. Bye.