Capítulo 10
Aviso importante leer hasta el final.
Tres años antes…
Anna suspiró profundamente mientras salía del parking de East Oaks, una urbanización barata en Owings Mills. Su segunda cita con Sarafina había sido tan aburrida como la primera, y esta vez, hiciera lo que hiciera Sarafina —tras su primera cita, le había enviado a Anna una docena de rosas a la oficina, —Anna no aceptaría otra cita con ella.
Había conocido a la joven de veinticuatro años dos semanas antes, en la fiesta de unos amigos comunes. Sarafina era muy bonita, de eso no había duda: de estatura mediana, con cabello negro largo y rizado y unos enormes color avellana. Su esbelta figura evidenciaba las horas que pasaba en el gimnasio. Era dependiente en la sección de ropa de mujer y complementos en los grandes almacenes de Owings Mills. Sarafina quería hacer carrera en la venta al por menor y esperaba llegar algún día a ser jefa de sección o a comprar el local. Pero no quería los dolores de cabeza que comportaba un puesto en la dirección.
Anna odiaba admitir que la única razón por la que había quedado con Sarafina después de la fiesta era que llevaba alrededor de dos años sin acostarse con nadie. Sin embargo, saber que la joven no tenía ambición alguna había sido como una ducha de agua fría. Esa noche habían ido al cine, y después se dieron un corto beso, que para Anna no tuvo chispa alguna. Estaba claro que no tenían futuro y que ésa habría sido su última cita.
Puso el intermitente y aminoró, colocando su Volvo Sedan en el carril de entrada de la I-795. Para ser domingo por la noche no había mucho tráfico, pensó. Seguramente, con el partido de los Ravens en la costa oeste estaba todo el mundo pegado a la...
Los momentos siguientes no fueron más que una sucesión de imágenes borrosas y terroríficas. Una fuerza oculta inesperada salió de la nada, embistió el costado izquierdo de Anna y la lanzó hacia el asiento del acompañante como si fuera una muñeca de trapo. El crujido súbito de cristales y el chirrido del metal la ensordecieron y los airbags se inflaron con un chasquido, para protegerla del impacto con la puerta y con el volante. Antes de ser del todo consciente de que habían chocado contra ella, su coche se estampó contra el paso elevado de cemento, y los dos airbags del asiento del acompañante saltaron también. Fue lo único que la salvó morir aplastada.
Todo acabó en menos de un segundo.
Los primeros intentos de moverse le causaron un dolor abrasador, como si tuviera una lanza ardiendo clavada desde el hombro derecho hasta la rodilla. Era el costado que tenía atrapado contra el cuadro de mandos. Desde debajo de los airbags, ya desinflados, podía distinguir destellos de luz azul que hendían la noche. Empezó a distinguir voces y a discernir palabras. Un hombre y una mujer se habían acercado.
—Le veo. Está muerto —dijo el hombre.
—¿Ves algo dentro del coche? —preguntó la mujer.
Anna fue vagamente consciente de que alguien sacudía el coche y cerró los ojos, cegada por la luz de una linterna.
—Parece una mujer. Creo que aún está viva. Llama a una ambulancia.
Cuando las voces se alejaron, aprovechó la tranquilidad para descansar. Si pudiera dormir sólo un poco, se encontraría mejor.
—¡Aguante! —gritó el hombre. —La sacaremos de ahí.
Que se fuera, pensó. Tenía tanto sueño...
Anna recordaba el momento exacto en que supo que estaba consciente. Estaba pensando en que una campaña de publicidad exterior, con carteleras en las autopistas que llevaban a los aeropuertos principales, sería perfecta para promocionar el tour a Yucatán. El invierno había llegado a la costa este, y una brillante fotografía de las aguas cristalinas de Tulum tendría a todo conductor que viera haciendo cola para hacer la reserva.
Entonces se acordó de que había contratado aquellos anuncios hacia meses. Las carteleras ya estaban colocadas y las reservas subían como la espuma.
Oyó un pitido regular, y enseguida se dio cuenta de que era el latido de su corazón, porque sonaba al tiempo que el pulso le latía en las sienes. Con un esfuerzo colosal, parpadeó unas cuantas veces hasta que sus ojos se adaptaron a la penumbra. Había una mujer sentada en el rincón, leyendo bajo la luz de una lamparita. Le sonaba, pero no acababa de localizarla.
Tenía la boca muy seca, como si estuviera llena de arena.
—Agua —musitó, en voz apenas audible.
—¡Anna! —La mujer se levantó de la silla y corrió junto a la cama. —Dios mío, me alegro tanto de verte... Intenta aguantar despierta, mi vida, voy a llamar a la enfermera.
La mujer era Sarafina Bennett.
—¡No... puedo! —gruñó Anna.
La pierna le dolía horrores, y se negaba a moverla.
—Sí que puedes. Tienes que hacerlo. —Obstinada, Sarafina le clavó los dedos en la parte de atrás de la pantorrilla hasta que se forzó a levantarla otra vez. —¿Ves? Sabía que podías.
Anna dejó caer la pierna y jadeó, muerta de cansancio. Estaba empapada en sudor y la pierna le dolía tanto que rompió a llorar.
—Lo siento, cariño —la consoló Sarafina, rodándole la cabeza con las manos. —Ya sé que te duele. Pero eres muy valiente por seguir esforzándote.
Anna intentó recuperar la compostura. Echarse a llorar en rehabilitación se había convertido en una costumbre, pero Sarafina tenía razón. Tenía que hacerlo si quería volver a usar la pierna. Y probablemente no habría podido si Sarafina no hubiera estado a su lado para obligarla.
—Lo único que pasa es que no entiendo por qué no quieres venirte a casa conmigo —dijo Iduna.
—Quiero estar en mi propia casa, mamá. Me da la impresión de que hace como diez años que no he vuelto.
En realidad, sólo habían pasado diez semanas desde el accidente, y durante todo ese tiempo había permanecido en el Centro Médico Universitario de Maryland. Había pasado por dos operaciones para reconstruirle el fémur y la pelvis, hechos añicos, y otra abdominal para reparar los daños internos, así como por una rehabilitación interminable.
Anna sabía que pedirle a su madre que la cuidara cuando le dieron el alta era demasiado. Estaba claro que para Iduna había sido muy duro verla al borde de la muerte, sobre todo porque la muerte de su marido aún era muy reciente (había tenido lugar de manera inesperada solo un año atrás) y aún no la había superado del todo.
—Pero tendrás que subir todas esas escaleras.
— Sarafina ha conseguido una cama de hospital para ponerla en la sala de estar. De momento me quedaré ahí, y dentro de una semana o dos ya podré subir las escaleras.
Anna se había vestido y esperaba a que le trajeran la silla de ruedas en la que iría hasta la entrada principal. Su madre se acercó y se sentó en la cama a su lado.
—¿Por qué no me dijiste antes del accidente que había alguien especial en tu vida?
La verdad, no tenía ni idea de por qué Sarafina Bennett había acudido a su lado. Pero decir eso le parecía injusto, considerando todo lo que Sarafina había por ella. Durante las dos primeras semanas de su operación, Sarafina había pedido una excedencia del trabajo para quedarse con ella en cuidados intensivos. Cuando Anna tuvo que vérselas con los penosos ejercicios de rehabilitación, Sarafina arregló su horario de trabajo para participar en las sesiones y animar a Anna a seguir el ambicioso programa. Iba a verla dos veces al día y pasaba varias horas ayudándola con su higiene personal, confortándola y haciéndole compañía.
—No nos conocíamos desde hacía mucho.
Tras semanas de haber disfrutado de su dedicación y devoción (porque Anna no tenía otras palabras para describirlo) tuvo que admitir que quizá se había equivocado con Sarafina. Al principio le había parecido inmadura, incluso un poco gandula. Pero Sarafina no era ni una cosa ni otra y, aunque no era lo que podía llamarse amor a segunda vista, Anna había llegado a apreciarla por su amabilidad y generosidad.
—Parece que cree que no necesitas a tu familia para nada. —Su madre no disimuló el rencor en su voz.
—¿Qué quieres decir?
Iduna agitó la barbilla y desvió la mirada, con un puchero que Anna le había visto muy a menudo en los últimos tiempos.
—Cuando tu hermana vino a verte la otra noche, Sarafina tuvo la santa cara de decirle que no se quedara mucho rato.
—Seguro que lo dijo porque yo estaba cansada. —Ariel ya se habría dado cuenta sola. Y lo de conseguirte una cama para la salita... ¿Es que va a mudarse contigo y empezar a mangonearlo todo?
—Sólo será durante un tiempo, mamá. Hasta que pueda arreglármelas sola. Le conté que papá murió el año pasado y lo mal que lo habíamos pasado todos. Lo único que quiere es ayudar.
—Pero yo soy perfectamente capaz de cuidar de ti. Puedo asegurarme de que comas bien y te puedo llevar a las visitas del médico.
—Lo sé.
En realidad, Anna no creía que su madre estuviera preparada para hacerlo. Era obvio que quería ayudar, pero sólo le duraría unos días, y después empezaría a poner sus propias necesidades por encima de las de Anna, y sería ésta la que acabara ayudando a su madre. Lo que ahora necesitaba era concentrarse en ponerse bien y Sarafina se lo estaba poniendo más fácil.
—Sólo quiero estar en mi casa.
Iduna suspiró.
—Al menos prométeme que me dejarás venir a visitarte.
—Claro que puedes venir a visitarme. Sabes que siempre eres bienvenida en mi casa.
Desde el sofá de la salita, Anna oía hablar a Sarafina por el teléfono de la cocina.
—No es un buen momento, Iduna. Acabamos de hacer dos horas de ejercicios de rehabilitación y casi no puede ni sentarse.
Era cierto, pero Anna llevaba días sin hablar con su madre.
—Déjame hablar con ella —la llamó. Sarafina volvió a la sala de estar sin el teléfono y se sentó al lado de Anna.
—Le he explicado que estabas cansada y que aún te quedaban unos cuantos ejercicios.
—Al menos podría haberle dicho hola.
—Anna, Iduna nunca se conforma con un «hola». Antes de que te dieras cuenta se estaría quejando de que se le ha fundido una bombilla o de que no le cuadran los números. Cada vez que cuelgas después de hablar con ella te sientes culpable por no poder ayudarla.
—A veces lo único que necesita es a alguien que la escuche.
—Pero no es lo que necesitas tú. Tú necesitas concentrarte en ti misma. Sé que no te gusta oír esto, Anna pero tu familia no tiene en cuenta lo que es mejor para ti. Es lo que le pasa a la gente como nosotras, a nuestras familias les importa una mierda lo que nos pasa mientras no...
—Mi madre no es así —protestó Anna. —Admito que no está dando saltos de alegría porque sea lesbiana, pero todavía se preocupa por mí. Sobre todo ahora —Anna sabía perfectamente de dónde le salía a Sarafina toda aquella rabia. —Ha debido de ser muy duro para ti que tus padres te dieran la espalda.
—Eso ya es agua pasada —replicó Sarafina con acritud. —Pero he aprendido que tenemos que cuidar una de la otra, porque nadie más va a hacerlo.
—Al menos debería decirle que estoy bien.
—Ya se lo he dicho. Pero si todavía quieres hablar con ella, adelante, llámala. Estaré arriba, llámame cuando quieras subir.
Anna exhaló un suspiro de resignación al ver a Sarafina desaparecer escaleras arriba. No la culpaba por no confiar en la familia, y era verdad que Iduna solía arreglárselas para que las conversaciones acabaran girando sobre todo lo malo que le pasaba a la casa, al coche o a sus finanzas. Últimamente el tema estrella para quejarse era que Ariel estuviera embarazada de ocho meses y soltera. Era normal que Sarafina se mostrara tan protectora.
Sarafina había sido un regalo del cielo durante los últimos meses. Se había instalado en el dormitorio libre al otro lado del pasillo, enfrente del de Anna, y se ocupaba de todo en la casa. Ni siquiera las pataletas y larga depresión que había sufrido Anna la habían ahuyentado. No era fácil encontrar amigas tan leales. Porque, en lo que respectaba a Anna, era amigas y nada más. Tenía la certeza de que a Sarafina le gustaría tener algo más romántico, más íntimo. Pero Anna nunca había sentido aquel tipo de química entre las dos.
—¡A la mierda! No pienso volver a pasar por eso.
Anna notaba cómo la frustración se apoderaba de ella y sabía que se echaría a llorar de un momento a otro. Acababa de verla su médico, quien le había recomendado una tercera operación para fijarle los huesos de la cadera.
Sarafina la ayudó a subir los escalones de la entrada y abrió la puerta con su llave.
—Sé que es duro, pero tienes que pensar en ello a largo plazo, Anna. Cuanto antes lo hagas, antes podrás volver a hacer una vida normal.
—Acabo de empezar a trabajar otra vez. Perdería dos semanas, eso ya de buenas a primeras, y después a saber cuantas más con la rehabilitación.
—Pero después podrías andar sin que la cadera te diera esas punzadas. ¿No vale la pena, Anna?
—¿Y si la pierna no se me cura, qué? Tendré que volver a hacerlo todo de nuevo.
—¿Y qué? Lo superaremos.
—Para ti es fácil decirlo. No es a ti a quien le van a rajar la pierna.
—¿Crees que todo esto ha sido fácil para mí, Anna? —La voz de Sarafina sonó afilada.
Anna nunca la había oído hablar en ese tono.
—Claro que no.
Agotada, se dejó caer en el sofá, avergonzada de haber estado gimoteando. Hizo un gesto para que Sarafina se sentara a su lado y le rodeó los hombros con el brazo.
—Perdóname. Tú lo has hecho todo por mí. No habría llegado tan lejos si no fuera por ti.
Sarafina se acurrucó en el hueco del hombro de Anna y le pasó el brazo por el regazo.
—Hay algo que necesito decirte.
Anna se echó hacia atrás para verle la cara a Sarafina.
—¿De qué se trata?
—Mi contrato de alquiler acaba a final de mes. Tengo que decirles si voy a dejar el piso o si quiero renovarlo… y el alquiler subirá cien dólares. No creo que pueda permitírmelo, especialmente haciendo tan pocas horas en mi el trabajo.
—Puedo ayudarte a pagar el alquiler, Sarafina. Por Dios, con todo lo que tú has hecho por mí, no pensarás que no iba a ayudarte en cualquier cosa que necesites.
Al parecer no había dicho las palabras adecuadas, porque Sarafina se puso a llorar de golpe.
—¿Qué te pasa? —Aurora se tapó la cara con las manos y cabeceó. En ese momento, Anna se dio cuenta de lo que Sarafina quería. —Si... si quieres instalarte aquí...
—¿En serio?
—Claro. —Anna tragó saliva al entender a lo que estaba accediendo. —Sólo pensé que estarías harta de mí a estas alturas y querrías recuperar tu vida.
Sarafina se volvió y le acarició a Anna la mejilla con la palma de la mano.
—¿Es que no lo sabes? Mi vida eres tú.
x.x.x.x.x
Anna introdujo su esbelto cuerpo en el agua caliente. Un baño relajante de una hora era el mejor alivio para los dolores de la pierna, y la única garantía de que podría conciliar el sueño. Se había hecho la operación en la cadera, pero ahora su médico quería que se sometiera a una última operación para soldar los huesos astillados del fémur, casi a la altura de la rodilla. Prefería el dolor constante a volver a estar confinada en casa y depender de las atenciones de Sarafina para recuperarse.
El baño que se daba cada noche también servía para otra cosa, algo que sólo sabía ella. Era su estrategia para evitar la intimidad con Sarafina, igual que las horas extras en la oficina y las largas visitas a su madre los fines de semana.
Anna no podía culpar a nadie por haberse metido en aquel lío. Cierto, estaba en deuda con Sarafina por lo mucho que la había cuidado durante su recuperación, pero Anna podría haber saldado esa deuda con amistad y ayudándola económicamente para compensar todos los sacrificios que Sarafina había hecho por ella. En lugar de eso, había accedido a los deseos de Sarafina de tener una relación romántica e íntima a cambio.
Casi desde el principio, Anna supo que era un error. Quería a Sarafina, de verdad, pero no del modo en que quería amar a la persona con la que compartiera su vida. Tenía la esperanza de que, una vez hechas amantes, acabaría sintiendo algo por ella, pero había pasado más de un año y seguía sin despertarle la pasión y el deseo que quería sentir, el que al parecer Sarafina sí sentía por ella.
Incluso con la puerta del baño cerrada, Anna oía la televisión en el dormitorio. Odiaba toda la basura absurda que Sarafina se tragaba durante horas: comedias y reality shows espantosos. Nunca hablaban de nada con fundamento. Sarafina no veía las noticias casi nunca, ya que no le interesaban la política, los deportes o la economía. Le gustaba salir a fiestas o discotecas, cosa que Anna sólo hacía de uvas a peras.
Anna se daba cuenta de que fijarse sólo en los aspectos negativos de su relación no hacía más que empeorar las cosas. Pero no tenía el coraje de sentarse con Sarafina y decirle que lo suyo no funcionaba. Le parecía tan frío y egoísta después de todo por lo que habían pasado... Así pues, tendría que esforzarse más por cogerle el gusto a los pasatiempos favoritos de Sarafina y conectar con ella emocionalmente. Y también tendría que encontrar una manera de despertar su interés sexual por ella.
Se hundió un poco más en la bañera, deseando que fuera posible quitar el tapón e irse con el agua por el desagüe.
.x.
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Hola he vuelto después de no sé cuanto, he estado ocupada y hasta ahora he tenido tiempo de continuar y espero seguir así hasta que termine mis proyectos, por lo menos estos.
Me he acordado de que tengo otras dos HISTORIAS ADAPTADAS, me preguntaba si les gustaría que las publicara.
son: Elsa y Anna y la otra es Korra y Asami con Elsa y Anna.
si ustedes quieren que las publique, hagánmelo saber, tienen todo el tiempo del mundo para decidir si quieren o no quieren.
Review time:
PenguinVuelve: vamo a calmarnos aquí esta la explicación.
Guest: creelo, explicación para que todo quede claro.
Deilys len: jajjajaja no he parado de reir con lo que dijiste, pero en fin un poco de drama no viene mal. ay que tranquilizarnos, por eso aquí una explicación de esa vaina.
miguel.puentedejesus: ohh si.!! se puso difícil la cosa, jajaja no fui yo, fue Anna, lo digo enserio. Siempre hay una explicación para todo. jajaja ntp por nada acepto cualquier comentario
Cuídense mucho y nos veremos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
