Capítulo 10

Arthur no volvió a la casa de la señora Moreau. Su padre si bien notó el alejamiento de su hijo, evitó inmiscuirse en el tema y no le hizo preguntas. Arthur retomó su rutina diaria como si la existencia de Francis se hubiera borrado de toda Inglaterra; lo ignoró, apenas dedicándole unos breves vistazos a través de su propia ventana o cuando caminaba por su jardín. El mismo sábado había logrado vislumbrarlo en las habitaciones que daban hacia la casa Kirkland, luego no. Arthur supuso que de algún modo se habría dado cuenta de la situación y él también estaría evitándolo, aunque no se le ocurrieran razones para que Francis se comportara de tal modo. Era Arthur el ofendido, después de todo.

El lunes después de la fracasada salida, Arthur salió de su casa mirando fijamente hacia su frente. James lo esperaba en la salida, instándolo a apurarse, como si ya no caminara rápido de por sí.

-Hey, allá está ese chico. El discapacitado –le dijo. Arthur no se volteó hacia donde señalaba, imaginándose la escena. Pensó en fútbol, intentando apartar la imagen de su mente por todos los medios.

-Qué me importa a mí –repuso, continuando su paso como si James hablara de las rutas de las hormigas por el césped de la casa.

-Parece estar esperando a alguien –insistió-, y es bastante obvio que eres tú. ¿Por qué no vas?

-No es conmigo, y si lo es ¿qué me importa? Que me deje en paz –e intentó sonar frío.

-¿Se han vuelto a pelear? ¿Qué le hiciste esta vez? No, no me interesa, solo dale flores y dile que lo sientes.

-¡Cállate, imbécil! Yo no tengo por qué…

Arthur cometió un gran error, que fue insultar a su hermano mayor, derramando la paciencia que tenía con él en las mañanas, con lo cual acabó tirado en el suelo por un potente golpe y con un pie sobre su pecho, bajo la mirada amenazante de quien no le va a perdonar otra réplica. Pese a todo sentido común, Arthur replicó y le maldijo y James le hubiera dado una paliza de no habérsele ocurrido una venganza peor por su insolencia. Le obligó a ir hacia aquel estúpido ciego.

Ya de pie, Arthur sentía ganas de llorar pero no lo hizo por orgullo y porque odiaría que Francis, aquel idiota, lo escuchara llorando y malinterpretara las cosas. Avanzó a grandes zancadas, con su indignación creciente, hasta ponerse frente al ciego erguido en su asiento, con un envase envuelto torpemente con un pañuelo de alguna marca cara. Arthur no sabía de marcas, pero aquel ciego sí, le encantaba hablar y hablar de ropa como si aquello le interesara a alguien. Cuántas veces no quiso golpearle entonces.

Cuánto quería golpearlo ahora, pero algo más que James vigilándole detrás se lo impedía. Maldijo en su pensamiento, todavía sentía un poco de aprecio por aquel. Por ese. Él.

-¿Arthur? –preguntó el ciego.

-¿Qué quieres?

-Yo te espero. Yo te he hice el desayuno, es una disculpa a propósito de mi comportamiento del sábado. –y le tendió el envase.

Arthur se debatió entre rechazarlo o no, después de todo era comida gratis y el chico por muy imbécil que fuera cocinaba bien. Además, James seguro le reñiría luego si lo despreciaba. Acabó con tomarlo y guardarlo en su mochila.

-¿Va todo bien entre nosotros?

Arthur se encontró enrojeciendo. Aquel idiota tenía una expresión tan adolorida en el rostro, que le causaba ganas de salir corriendo para evitar responderle. Se entretuvo con su mochila, mirando como si fuera muy interesante sus útiles, luego su lonchera y su nuevo almuerzo. Se colocó la mochila al hombro y se volvió a Francis, ya sin poder retrasarlo un segundo más.

-No sé qué mierda piensas, pero quise darte a entender que no me interesa seguir siendo tu… bueno, amigo. No quiero hablar contigo. Me desagrada tu presencia. Ahora solo te estoy hablando porque mi hermano me obligó y no puedo golpearte como te mereces porque, de paso, me vigila. Así que no, nada está bien.

-¿Tú estás en rompimiento conmigo?

Arthur no le respondió, en su lugar decidió alejarse de una vez, antes que se le hiciera tarde y terminara corriendo para llegar a la hora justa a la escuela. Cuando se encontró con James, creyó que le haría preguntas, pero al quedársele mirando por un rato negó con la cabeza y se despreocupó de su problema, como si no le interesara lo suficiente para indagar por más de lo que había visto. Y se lo agradeció, porque ahora prefería fingir que la conversación no había existido nunca, lo mismo que Francis.

Llegó faltando diez minutos para que sonara el timbre de entrada. Durante la primera clase interceptó miradas de Gilbert, que supuso estarían referidas a la última salida y con un gesto le indicó que se esperara. En el recreo comió su desayuno sin dejar de pensar en el envase guardado en su mochila. Gilbert y Dylan le preguntaron por Francis, con lo que respondió que no sabía nada del ciego y no quería volver a saber.

-¿Por qué? Hasta donde recuerdo eran buenos amigos –repuso Gilbert-. La prueba es que por muy niña que es, no lo golpeaste ni una vez. Y mira que nos las pasamos jodiendo a Elizabeth por parecer niño.

-Está discapacitado, no podría ser duro con un ciego –se defendió.

-¿Y como lo mirabas? –repuso Dylan-. Vamos, ya sabemos que te cae bien, no tienes por qué…

-¡Ya cállate, imbécil! –exclamó Arthur-, ¡lo que hubo entre él y yo es cosa del pasado! ¡El ciego ya no existe!

-¿Se murió?

-Para mí, Gilbert, sí. Y no volvamos a hablar de él. Mira, allá está Elizabeth. Comamos y vamos a fastidiarla.

-¿Dónde está? –Gilbert pronto perdió el interés en el ciego del que ya debía aparentar no haberlo conocido nunca, pero Dylan apretó los labios y pensó, según pudo darse cuenta Arthur, que sería mejor dejar la conversación para después.


Arthur siguió con sus salidas típicas con Blanche, ahora siendo él quien más la buscaba. Los días que anteriormente la había pasado con Francis, los dedicó a su novia hasta el punto en que ella misma sospechaba que algo iba mal con él, pero por más que lo interrogaba no conseguía una respuesta que la tranquilizara como en la ocasión anterior en que casi no sonreía. Arthur se dio cuenta de su error pronto, por lo que intentaba sonreírle y mostrarse como siempre ante ella. Consiguió engañarla, tanto a ella como a su padre, que acabó por concluir que simplemente había perdido el interés en ser amigo de su vecino. Las amistades de los niños eran cambiantes.

Descubrió que había muchas cosas que hacer en su casa, por las tardes donde no quedaba con sus amigos o con el equipo de futbol o con su novia. Estaban sus juguetes, que nunca botaría por más que James le dijera que llegaría a una edad donde podría venderlos si estaban en buen estado o regalarlos a caridad en caso de estar destrozados; sus videojuegos, que últimamente había dejado de lado y que ahora intentaba ponerse al día, pasar los niveles y acabarlos, para mejorar su actuación en casa de Tino; también tenía la biblioteca, donde acabó sumergiéndose en la lectura de novelas policiacas y detectivescas. Su héroe siempre sería Sherlock Holmes, por mucho Batman, Superman y Spider Man que salvaran el mundo. Evitaba los cuentos de hadas y los romances, porque eran aburridos y de niñas. Para la magia ya tenía a sus hadas y a las criaturas del bosque.

En cuanto a las salidas, intentaba visitar el bosque por las tardes pero acababa perdiendo la noción del tiempo, alcanzándole la noche, con lo cual era castigado al llegar a casa por un padre angustiado. Le molestaba la resolución de su padre, porque James entraba y salía de casa sin que nadie protestara al respecto.

Merodeaba con Gilbert y Dylan por la ciudad, descubriendo sitios nuevos o conformándose con los ya visitados, sin querer volver a la feria por considerarla aburrida. Salía con Blanche y la llevaba al cine o a pasear por el parque y tenía cuidado de no mojarla cuando navegaban por el lago. Con sus compañeros del equipo de futbol, salían a comer o a jugar en casa de Tino e incluso una vez consiguió que Normand le invitara a unirse a su ronda de Rock Band. Ya no había sitio para el ciego en su vida, él había sabido rellenar los huecos.

Una tarde después de ser mejor que Normand en la guitarra, pensó que había encontrado su tarea en la vida: ser músico y tener su propia banda de rock y convertirse en una estrella famosa y dejar como chicos de coro de iglesia a todas sus bandas de culto. Además, a Gilbert y a Dylan también les entusiasmó la idea.

Habló del asunto con su padre y, después de varios acuerdos, le compró una guitarra de segunda mano que para Arthur era lo más maravilloso en el mundo. Cuando fue a enseñársela a sus amigos, reunidos en casa de Gilbert, se topó con la desagradable sorpresa de que ellos también se compraron guitarras de segunda mano.

-Esto está mal –dijo Arthur-, ¿qué gran banda ha tenido tres guitarras y nada más?

-Bueno, The Pixies tienen tres guitarras –explicó Dylan.

-No, tienen dos guitarras y un bajo, no me porfíes –repuso Arthur.

-No, tres.

-Dos. Puedo ponerlos ya para que oigas.

-El punto es que tengo razón.

-Hey, ya, ya, que hay que arreglar esto o nunca seremos famosos –reflexionó Gilbert.

-Está claro que dos de nosotros tendrán que vender sus guitarras y comprarse otra cosa –señaló Dylan.

Se miraron como si de repente se hubieran convertido en enemigos. Después de una discusión muy amplia, se acordó que Gilbert se compraría una batería y Dylan un bajo. La discusión fue llevada con más fuerza bruta que diálogo civilizado y a Arthur le agradó saber que había conseguido ser más fuerte que Dylan.

Cuando iba a visitar a su madre, Arthur no hablaba de otra cosa que de sus futuros conciertos. Que tenía primero que aprender a tocar, punto que ya solucionaría con videos de youtube, y luego compondría canciones buenas y se lanzarían al estrellato. Aquello lo decía con cierta presunción, como si ya estuviera preparando el primer álbum. A su madre le parecía adorable; a sus hermanos, chocante.

-Mucho hablar, pero apuesto a que no tocas nada a la larga –le dijo Liam, que sabía cómo ponerle de mal humor, talento que compartía con su gemelo y con James. Y Haydn, para qué mentirles.

Estaba celoso, por supuesto, porque él bien que se lo podía imaginar teniendo éxito y recorriendo el mundo con su música. Ambos lo sabían, por eso a Arthur no le importó su cháchara. A Liam le molestó no haberlo picado, por lo que probó por otra vía:

-Ha dicho James que tenías amoríos con un niño, ¿es verdad?

Esta vez se sobresaltó, sin esperar aquella puñalada.

-Es una mierda. Y lo dices otra vez y te vuelvo mierda la boca.

Liam sonrió con malicia, encantado de dar en el clavo.

-¿Por qué no nos habías dicho que eras una niña?

Arthur apretó los puños, teniendo bastantes motivos para lo siguiente que hizo, que fue abalanzarse hacia su hermano mayor y molerlo a palos. Si había podido con Dylan, podía con cualquiera excepto James. A la trifulca se les unieron Lorcan y Haydn, sin ayudar a ninguna de las partes pero aprovechando de golpear con éxito a cada una. James fue quien, por primera vez desde que lo conocían (y llevaban mucho tiempo conociéndolo), los separó con sus grandes brazos que podían partir una montaña a la mitad si se lo proponía. Arthur se sorprendió cuando James pasó de castigarle a él y en cambio fue directo hacia Liam cuando descubrió la causa de la pelea, tirándolo al suelo y colocándosele encima hasta acabar haciéndolo llorar.

Sonrió orgulloso porque James se hubiera puesto de su parte y de saber que resistía más a sus palizas. Liam, en el fondo, era un llorón. Incluso sobrellevó el castigo de su madre cuando Liam fue a contarle la injusticia con él, sin siquiera culparle, pero exigiendo que a cambio le diera su porción de postre por las siguientes tres semanas. Arthur le habría dado hasta su balón de fútbol. No se le ocurrió indagar por qué James le había protegido a él.


Aquel era un entrenamiento importante, porque por fin se decidiría contra quién sería su primer partido oficial en la copa de la liga junior. Se había preparado con rigor los últimos meses para enfrentar a sus oponentes; absolutamente todo el equipo se tomaba como asunto de vida o muerte ganar la copa. Eran competitivos, que no se conformaban con las derrotas o el empate; incluso Tino, quien era el más calmado, rabiaba cuando alguien quería explicarle que lo importante era divertirse en el campo. A la mierda el pasarlo bien, había dicho Lovino, vamos a arrasar, siendo coreado a su manera por los demás miembros.

Comenzaron a entrenar y demostraron mayor ahínco que nunca. Arthur pensaba que nunca antes se habían mostrado tan duros o fieros; hasta Casper daba miedo y eso era mucho decir porque el chico no sería capaz de matar a una mosca.

-¡Oye, Arthur! –exclamó Dylan-. ¡Mira las gradas! ¡El ciego ha venido!

¿El ciego? ¿En serio ese idiota estaba allí? Volteó hacia donde Dylan había señalado. Era Francis, en efecto, sentado al lado de una mujer joven que, supuso, sería su nueva institutriz.

-Parece nervioso. Supongo que esperará oírte o lo que sea que haga –supuso Dylan, captando la turbación que causaba en Arthur-. ¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?

-Vamos, en un partido de verdad no querrás darme plática –masculló, echando a correr para quitarle el balón a Vash, quien era de su equipo y le gritó mil groserías cuando consiguió lo que quería.

En el partido de práctica se dividían en dos grupos. Casi siempre Normand y Henri se les arreglaban para quedar en el equipo opuesto al de Arthur, cosa difícil para Normand ya que Dylan trataba por todos los medios de quedar con él y Arthur, con lo cual un interés acababa perdiendo. El entrenamiento transcurrió con normalidad; Arthur intentaba no volver su atención a las gradas, aunque ya todos se hubieran dado cuenta de la presencia inusual en ellas.

El entrenador los reunió al acabar, para hablarles sobre el primer partido oficial. Solo entonces Arthur miró hacia donde no quería, para encontrarse con Francis hablando con Blanche. Maldijo en silencio por la mala suerte que le azotaba ese día. ¿Qué estarían diciéndose? ¿Blanche le habría dicho que era su novia? ¿Que salían juntos y se tomaban de la mano y le compraba cosas pero que, a pesar de todo, no le había dado un mísero beso? ¿Francis qué podría estarle diciendo? Temió por la conversación que se desarrollaba tan cerca de él, sintiéndose impotente por no poder detenerla.

Cuando el entrenador dio por terminado sus indicaciones, Arthur casi corrió hacia las gradas con el corazón desbocado. Tenía miedo, ni siquiera cuando James le amenazaba con tirarlo algún día al mar sus piernas le temblaban como si fuera un cobarde.

-Blanche –dijo Arthur cuando estuvo con ellos. La nueva institutriz de Francis le miró con curiosidad.

-¡Arthur! ¡Te he visto! ¡Has estado estupendo! –exclamó Blanche, feliz y radiante y ajena al sobresalto de Francis, que se había quedado muy tieso en su asiento, con las manos aferradas a la tela de su pantalón.

-Sí, eh, gracias. Tú estás muy –Se mordió los labios, sintiéndose ridículo- bonita. Hoy.

-Eres un amor. Es que hoy he estrenado el lazo que me regalaste –le dijo, señalándoselo. Él no se acordaba de haberle regalado nada-, eso mismo le contaba a Francis ahora. Él ha dicho que está seguro que es muy bonito.

-Te queda bien –dijo, ignorando la mención del ciego.

-Arthur, hola –dijo Francis, sonando como si hubiera interrumpido algo. El qué, ni Arthur tenía idea.

-Hola –respondió con frialdad. Francis iba a volver a hablar, pero se le adelantó-. Blanche, vamos a caminar. Hay unos helados por aquí que son deliciosos.

Le tomó de la mano y la niña se dejó llevar, entusiasmada ante la perspectiva. Se despidió de Francis, sin reparar en que al chico le faltaba poco para quebrarse porque estaba inmersa en su felicidad. Le avisaron a la madre de Blanche a dónde irían, y ella no tuvo problemas en darle permiso.

Sólo cuando estuvieron lejos, a Arthur le pareció escuchar un ruido familiar detrás de ellos, pero no se volvió.

-Francis se ha puesto a llorar, ¿se sentirá mal? –preguntó Blanche, preocupada. Estuvo tentada a detenerse e ir a consolarlo, pero Arthur apuró el paso.

-Será una tontería.

-Me ha dicho que se conocen.

-Somos vecinos, pero no me cae bien. Llora por todo –y se limitó a dejar así la razón de su desagrado. Serviría de poco explicarle a Blanche que, además, era demasiado niña. Y un completo imbécil.

-Tú tampoco te ves muy bien –comentó Blanche.

Arthur soltó un resoplido. Por supuesto que no se sentía bien, aquel idiota seguía arruinándole la vida. ¿Por qué no desaparecía por completo? ¿Por qué no se iba de su vida de una vez? Lo odiaba, cuánto lo odiaba.

-Es por el entrenamiento –se excusó-. Tú en cambio… estás muy bonita. –Y se encontró sonrojándose. Las palabras le sonaban mecánicas, como si no fuera él quien hablara.

Arthur no pensó en su siguiente movimiento. Se inclinó hacia Blanche y le besó en los labios; pequeños, rosados, los de una niña, que no sabía besar y que le correspondía tanto con sorpresa, como con timidez y emoción. Arthur sentía un montón de cosas dentro de su cuerpo en aquel instante, pero ninguna fue tan poderosa como cuando estuvo en aquella atracción de terror y el niño ciego le confesó que le quería. Nada sería como ese beso, concluiría después de mucho tiempo, pero ahora estaba lejos de darse cuenta que estaba cometiendo un error.

Al separarse, Arthur se sintió culpable al no compartir el mismo entusiasmo de Blanche, exhibía una sonrisa gatuna, con las mejillas rojas como una manzana y el pecho hinchado de felicidad.

-Eres mi primer beso –le dijo ella.

-Y tú el mío –le mintió, forzándose a creer que en realidad lo era.

No un beso traicionero en la oscuridad de una atracción de feria, por parte de un niño ciego y tonto que seguía insistiendo en volver a su lado.

Arthur le tomó de la mano y, juntos, siguieron caminando.


Notas: Ya nos estamos acercando al final… muchas gracias por comentar :) He tardado un pelín más porque el capítulo tenía errores espantosos, que de seguro alguna cosita se me habrá escapado.

Les recuerdo los hermanos de Arthur: James (Escocia, 19 años), los gemelos Liam y Lorcan (Irlanda e Irlanda del Norte, 15 años), Haydn (Gales, 10 años), OCs tomados de Candesceres (en livejournal).

¡Esta vez no hay frases francesas! Un logro para Francis :) Nos vemos.