THE DARK SECRET SAGA I
Legion of the Damned
10
Memoria de la noche
5 de agosto, Distrito Forestal.
Mistral, una profesora rural. Neruda y De Rokha, dos guerrilleros comunistas. Huidobro, combatiente de los Night Stalkers del Ejército. El equipo de lujo que había contratado Edgar para vengarse de Bellwether, contactado por él mismo. Averiguar donde encontrar a Mistral fue fácil, lo difícil fue llegar a esa escuela donde imparte clases, casi en el corazón del Estado. Neruda y De Rokha estaban en un bar de Central City, ebrios a más no poder. Y Huidobro..., lo halló en el vertedero de Zootopia, quemando un árbol con un lanzallamas.
Un excelente grupo de idiotas y perdedores, pero eran los mejores en su trabajo: realizar atentados. Lo averiguó de casualidad cuando planeaba su venganza en Megakat City, y oyó a dos agentes ebrios hablar sobre prófugos peligrosos. Unos que ayudaron a un tal Dark Kat.
—No me habían dicho que la estadía incluía el vino —bromea Neruda mientras descorcha una botella. El mapache toma asiento y sirve una copa—. También incluía el alojamiento, estamos regalados.
—Dame una a mí —pide De Rokha, facilitándole una copa— ¿Quieres un poco, Mistral?
—Sólo préstame la botella —ríe la osa, sentándose junto al grupo—. En esta mansión tienen buenos gustos.
—Sí, no les falta el vino —se ríe el mapache tomando asiento—. Tampoco la idiotez.
—¿Lo dices por el trabajo que nos encargaron? —dice De Rokha— ¿Lo de matar a Bellwether?
—Por eso mismo, tienen que odiarla demasiado como para pagar por su muerte —dice Neruda—. Tienen que estar verdaderamente decididos a acabar con ella si se animaron a contratarnos.
—¿Acaso te quejas del trabajo? —pregunta Mistral con una expresión divertida—. Nos pagarán bien, y ya nos dieron las armas. Ya hice un plan de ataque, todo está listo.
—Si todo sale bien, no tendremos que hacer más trabajos nunca más —dice De Rokha—. Al fin podré volver al sur.
—Le hallaremos un buen psiquiátrico a Huidobro —dice Neruda con solemnidad—. Uno donde le sirvan comida caliente.
El jaguar baja, limpiándose detrás de las orejas con una toalla. Aparentemente tomó un baño, pero ellos saben que pudo estar haciendo cualquier otra cosa. Sus experiencias en la guerra cambiaron demasiado su mente.
—¿De qué hablan? —pregunta el jaguar acercándose—. Tal vez pueda ayudar. O tal vez no.
—Hablamos sobre nuestros contratadores —dice Neruda—. Ven, toma un trago.
—¿Tienes hambre? —le pregunta Mistral, de un modo casi maternal—. Puedo cocinarte algo, no es difícil.
—Sólo tengo hambre de libertad —dice Huidobro tomando asiento—. Aunque no rechazaré el trago.
—A veces estás tan loco, y otras veces tan cuerdo —bromea Neruda mientras le sirve una copa—. Mistral, ¿Puedes explicarnos otra vez el plan?
—Será un placer —bromea ella haciendo tronar sus manos—. Acérquense, no quiero que esos dos ratones nuevos lo oigan.
Lo tiene detallado en una libreta que saca para que los demás puedan verlo. Lo abre justo en la pagina donde dibujó un simple plano de la prisión. Debido a una hábil filtración de un hacker, aquellos planos son casi de conocimiento público.
—Lo más importante es que lleguen ahí en el momento adecuado —dice Mistral—. Ni un minuto antes, y por supuesto que ni un minuto después.
—Claro, tú entras a la Penitenciaría Femenina de Zootopia, cometiendo un delito menor —dice Huidobro— ¿Tienes un contacto ahí?
—Una loba, que es guardia de seguridad —dice la osa—. Ella me dio el lugar exacto donde alojan a Bellwether.
—Irás allí y le volarás la cabeza —dice Neruda—. Lo haces parecer más fácil de lo que es.
—Lo mío sí es fácil —dice riendo Mistral—. Pero ustedes..., tienen que llegar a tiempo, causar la distracción que planeamos, y lo más importante, sacarme de ahí.
—¿Estás segura de que todo está bien planeado? —pregunta De Rokha—. No es que desconfíe de ti, desconfío de los demás.
—Créeme, no fallará si cada uno hace su parte —dice riendo Mistral—. Estos idiotas nos pagaron mucho dinero, estoy segura de que ellos robaron el banco Lemming Brothers.
—¿Y qué si lo hicieron? —dice Neruda, vaciando la copa de vino en su interior—. Nos están pagando. Haremos el trabajo y luego cada uno desparecerá.
Mistral ya tiene decidido en qué gastará su dinero. Aprovechará para arreglar las salas de su escuela, también para añadir un baño y reparar el techo. Neruda seguro lo gastaría en vino o en hembras. De Rokha de seguro lo gastaría en vino. Y Huidobro..., tal vez lo quemaría.
El mundo no otorgaba las mismas oportunidades a todos los animales. Decididamente a varios les hace zancadillas. En otro tiempo, ellos podrían haberse dedicado a la literatura y habrían sido famosos. Ahí, en ese país, debían hacer lo que podían para sobrevivir. Y "lo que podían" es precisamente exterminar a otros animales a cambio de billetes. Tampoco es que esos escritores que los contrataron tuvieran mucho éxito.
—Pues estos animales son amables —dice Huidobro—. Pero sí que son un montón de idiotas.
7 de agosto, Little Rodentia.
Vivian y Lovebat están en la ciudad una vez más. El cielo está nublado, y varios roedores se quejan, pues el clima arruinará sus planes. Sin embargo, Lovebat está feliz, pues disfruta los días así.
—¿No te molesta este frío? —pregunta Vivian, usando un abrigo rojo de lana que él le compró.
—No, gracias a esto —dice feliz, señalando una bufanda morada con diseños que ella le regaló.
—Fue una buena compra, me alegra que te gustara.
—¿Cómo no gustarme? —dice sonriéndole, de un modo que nadie habría esperado ver—. Es hermosa.
—No es la gran cosa, sólo tiene diseñas de copos de nieve.
—Me gusta su sencillez —dice mirándola, y ella se sonroja un poco.
—Está bien, que te haga feliz es lo importante
A Vivian le sorprende verlo tan animado. El murciélago ha cambiado mucho desde que la conoció, y se siente mal al pensar en el amor que nació entre ambos, un amor ilegal. Desde que oyó aquella confesión a Hedgehogson, ha tratado de evitar darle falsas esperanzas a Lovebat, pero lo cierto es que ella desea corresponder a sus sentimientos. Ha sido más valiente que cualquier ratón que conoce, capaz de planear una encerrona para Dragón sin miedo a represalias de Ratigan. Ha sido un héroe para ella y sus hijos.
—Estas muy cambiado hoy —dice ella.
—Me gustan los días así —dice alegre Lovebat.
Vivian se siente mejor al verlo así de radiante, aunque piensa que él está feliz por estar junto a ella. Él la acompaña a ver al detective Basil, y al cruzar el umbral de la comisaría, son golpeados por una ráfaga fría.
—Buenas tardes, lamento hacerles esperar —dice ella a la recepcionista, una ratona blanca—. Aunque uno madrugue es muy difícil llegar si no cuentas con un vehículo.
—Pase, el agente Basil la está esperando —dice la recepcionista
ella toma asiento y aprovecha para manderle un mensaje de texto a Teresa para que procure que Martin y Cinthya haan sus tareas
Lovebat espera afuera y nota a un misterioso ratón negro que no deja de sonreír
Ella le envía un mensaje de texto a su hija Teresa, para que vigile que Martin y Cintia hagan sus tareas. Lovebat se sienta y revisa su teléfono, pero ve que un ratón negro, vestido con el uniforme de la Autoridad, lo mira y sonríe. Por alguna razón se siente nervioso.
—Señora Frisby, vamos a requerir su ayuda —dice serio Basil, nada más ella entra a su oficina.
—¿Porque yo? —pregunta intrigada-
—Porque usted vive con el señor Poe y le tiene confianza —dice serio—. Sospechamos de sus intenciones.
—Ellos nunca me han utilizado —dice molesta—. Sólo me dieron un hogar cuando Jonathan murió y quedé desamparada.
—Nos enteramos de que al menos el señor Poe y el señor Wilde están recolectando armas —dice él, con una expresión que se asemeja a la ira—- Eso no lo podemos dejar pasar. Necesitamos que nos ayude a conseguir pruebas.
—Me sería difícil eso, además, si hicieran cosas así —dice de un modo sarcástico, que confunde a Basil, porque no esperaba ver reaccionar así a quien hace días era una viuda temerosa—. Seguro me lo ocultan.
—Bien, sólo necesitábamos saber si nos iba a ayudar con esto —dice él, y Vivian sabe que de ser cierto, Justin y Brutus hallarían la evidencia.
—Yo no voy a serles útil con esto, lo siento —dice decidida, pues no sería capaz de traicionarlos.
—Supuse que diría eso, pero no perdíamos nada con preguntarle.
—¿Puedo retirarme? —dice ella de un modo agrio.
—Adelante, señora Frisby —dice Basil tomando asiento en su escritorio
Aquellas palabras tienen tono de sentencia. Ella se retira, y afuera no puede ocultar la tristeza. Lovebat al verla, se olvida del ratón negro y corre a su encuentro.
—¿Qué pasó? —pregunta preocupado-
—No te preocupes, vámonos —dice ella—. Quiero ver si mis hijos no están perdiendo el tiempo.
—Vamos —dice preocupado, saliendo con ella.
"No deberías quedarte en casa, te pueden arrestar" —Piensa triste
Brutus descubre que Basil está siguiendo el caso también, y eso le molesta. Hay una gran rivalidad entre ratas y ratones, porque los últimos consideran como bárbaros y mugrientos a los primeros. Basil específicamente usa la palabra "rata" como insulto.
—Ese petulante se cree que puede atrapar a Ratigan antes que nosotros —le dice a Justin.
—Demostremos lo contrario —dice Justin confiado—. Tal vez así respete a las ratas.
—¿De qué hablan? —pregunta Cintia, repasando unas lecturas.
—De nada —le dice Justin—. Solo hablábamos sobre..., un ratón.
—Cintia ve a con tus hermanos —le dice Vivian.
Ella de marcha con sus libros, y Vivian se acerca a ambas ratas. Todo el respeto que sentía por Basil se ha esfumado, y le alegra ver que esos agentes no lo respetan. Tal vez pueda evitar que investiguen a fondo.
—Los comprendo —dice ella—. Ese tipo es muy irrespetuoso
—Habla muy mal de las ratas —dice Justin—. No todas somos como Ratigan.
—Lo sé, a Lovebat también lo hizo menos por ser un murciélago —dice molesta.
—Por eso queremos resolver el caso antes que él —dice Brutus.
—A mí realmente no me importa quien lo atrape —dice Vivian—. Sólo quiero paz en mi vida.
—Y la recuperará, señora Frisby —dice Justin—. Se lo prometo.
—Esa es una de las cosas que más me alivia de su presencia —dice ella sonriendo más tranquila.
—Ratigan será capturado si se atreve a acercarse —le dice Brutus.
—Ojalá pudiera ayudarlos en algo —dice ella.
—No necesita ayudarnos en nada, de hecho, estamos para ayudarla a usted —dice Justin.
—Sí, pero... —dice ella—. No me siento bien sin hacer nada.
—Tranquila, señora Frisby —le dice Brutus—. Si hace algo sólo se pondrá en riesgo.
Ella se siente más cómoda y espera que todo salga bien para los poetas. No son malos animales. Aún si es cierto que han robado bancos, recolectado armas y cualquier cosa, no son malos animales.
10 de agosto, Distrito Forestal.
—No puedes irte, Edgar —dice Lynxbaud, juntando sus manos, como si quisiera rogar—. Tú planeaste esto. Debes ver en qué termina.
—Si que eres un puto cobarde —reclama Blaireau—. Nos metes en problemas y luego te haces el imbécil.
Edgar está en la puerta de la mansión, con su mochila asegurada en la espalda, decidido a alejarse. Aquella noticia ha tomado por sorpresa a todos, especialmente a Lovebat, y tratan de evitar que el gato negro se vaya. Pero ya tomó su decisión.
—Chicos, no puedo seguir en esto —dice Edgar—. No puedo permitir que Yuki sepa que soy un criminal.
—Fácil, Yuki jamás tiene que enterarse —dice Dog Byron—. Y vives totalmente feliz con ella, por el resto de tus días.
—No quiero mentirle —dice Edgar, ofendido con la propuesta del perro—. Lo siento, chicos, hasta aquí llega mi participación.
—Señor Poe —dice temeroso Lovebat—. Por favor, no se vaya. Ahora es cuando más lo necesitamos.
El gato negro lo mira con una gran tristeza. Cuando llegó, el murciélago era patético a sus ojos, un ratón alado de biblioteca que no soportaba ni un vaso de vino. Pero después de verlo desafiar a Dragón..., ahora lo veía con respeto.
"Lo lamento tanto, Lovebat".
—Tú me entiendes mejor que cualquiera aquí —dice de una forma más lapidaria de lo que esperaba—. Eres un gran amigo, Lovebat. Eres más valiente de lo que todos aquí piensan, eres más valiente de lo que crees cuando se trata de proteger a la señora Frisby.
—Ella lo aprecia como un amigo, señor Poe —insiste el murciélago—. No se marche.
—No lo hagamos más difícil —dice Edgar C. Poe, bajando las escaleras de un salto, y no se atreve a voltear—. Adiós.
—¡Poe!
—¡Edgar!
El gato comienza a correr, ante la mirada de los sorprendidos poetas. Lovebat, Wilde, Hedgehogson, Robert, Blaireau, Dog Byron y Lynxbaud lo observan alejarse, hasta que se pierde tras una esquina. Permanecen de pie un tiempo más.
—Maldito idiota —dice molesto Oscar Wilde—. Nos mete en problemas y luego se va como un cobarde.
—Y que lo digas, sólo falta que se marche la señora Frisby —dice Blaireau, y Robert le da un leve golpe— ¡Alce estúpido! ¿Por qué hiciste eso?
No podía creer lo que había pasado. Edgar había esperado un día donde las dos ratas, Vivian y sus hijos estuvieran fuera para marcharse. Y lo que más desesperaba a Lovebat era el hecho de que le entendía.
"Perderemos lo poco que logramos ganar. Perderé..., a Vivian".
Su relación estaba prohibida, estaba mal, aun no iniciaba y ya debían detenerse. La ley no perdonaría a una joven viuda, madre de pequeños niños, y a un murciélago temeroso y débil. Antes, los condenarían con más gusto aún.
—¿Por qué, Robert? —dice triste el murciélago, sirviéndose un vaso de leche de almendras. Bebería alcohol, pero teme que Vivian llegue y lo vea borracho—. Creí que el señor Poe era nuestro amigo.
—Y lo es, sólo que es un cobarde —dice el alce, sirviéndose leche de almendras en un vaso más grande—. Quien sabe, tal vez regrese cuando todo esto pase.
—¿Los demás van a seguir con el plan? —pregunta deprimido Lovebat—. Ya no tienen para qué hacer ese ataque, deberían cancelarlo.
—Eso mismo esperaba, pero no —dice Robert, pareciera tan triste como él—. Lynxbaud ya consiguió las armas, y los especialistas ya pusieron en marcha el plan. Es demasiado tarde.
—Tal vez..., debería detenerlos —murmura Lovebat, y Robert lo mira con sorpresa—. Quizás pueda evitarlo...
—Pudiste detener a Dragón, pero no te enfrentaste directamente a él —dice el alce—. No lograrás nada oponiéndote a ese equipo, son peligrosos.
—Desearía poder ser más fuerte —dice Lovebat con tristeza—. Así podría proteger a Vivian.
12 de agosto, Little Rodentia.
Un ratón negro camina hacia el manicomio del distrito. Silba con una alegría exasperante, como si en aquel lugar se encontrara a gusto, y los enfermeros se sienten nerviosos. El ratón lleva una placa de detective, y viste de un modo bastante curioso: forma, pero sin saco, con un corbatín negro, tirantes, y con zapatillas blancas con llamativas rayas rojas. Se mueve con fluidez, como si fuera aceite sobre el agua, y muchos dudan sobre si realmente es un detective, o es un nuevo interno, uno que se cree policía.
—¿Puedo ayudarlo? —pregunta nerviosa la recepcionista, una ratona gris. El detective sonríe, y eso la asusta más que cualquier interno del manicomio, tanto que incluso trata de retroceder.
—Soy el agente Nathan Cold —dice con alegría el ratón negro—. Estoy buscando a un paciente, un murciélago blanco que se hace llamar Kuranes.
15 de agosto, Savannah Central.
En cuanto oyó que tocaban la puerta, se apresuro a guardar todos sus inventos. Nikola Tesla no vive en un gran edificio, simplemente arrienda un sótano, que le basta para vivir y almacenar todos sus inventos. Es un armiño marrón, que normalmente viste ropa informal debajo de una bata blanca, el elemento más importa de su aspecto, según él, y para no sufrir percances, tiene un armario lleno de batas blancas.
Sus inventos son novedosos, al menos para él. desgraciadamente, como son prototipos, tienden a ser algo impredecibles y destructivos para otros. A veces, igual le hacen daño a él mismo. Por eso, siempre van policías a su sótano.
"Esta vez no hice nada. ¿Qué vendrán a hacer? Espero que no vengan a quitarme mis orejeras de hamburguesa".
Oculta los inventos que considera más importantes, se arregla un poco su apariencia. ese día, lleva una polera de Star Wars, negra con las letras en amarillo, pantalones de mezclilla y zapatillas negras, perfectas por si debe escapar. Abre con cuidado la puerta.
—Si eres tú otra vez, Nick, podemos arreglarlo con una Coca-Cola... —comienza a decir mientras abre la puerta, y al ver quien está en la entrada, tarda un momento en articular palabras— ¿Qué clase de broma es esta? Tú no eres ni Wilde, ni Hopps, ni McHorn o alguno de los otros idiotas de azul que vienen a confiscarme mis preciosos inventos, dime quién eres...,o qué es lo que sea que se supone que seas tú.
Un murciélago blanco, envuelto en una harapienta manta gris que cubre ropa andrajosa, levanta la mirada. Sus ojos azules parecen estar observando algo que está más allá de Tesla, y tiembla como si tuviera frío, aun bajo el calor del distrito. El murciélago lo mira con la misma confusión que él.
—Mi hermano —dice nervioso—. Ayúdame a encontrar a mi hermano.
17 de agosto, afueras de Zootopia.
Infiltrarse fue fácil. Simplemente tuvo que cometer un delito y dejar que la atraparan. Prisión preventiva en lo que dura la investigación por quemar un auto.
"Amo las leyes de este país estúpido".
Mistral está en el patio de la cárcel, caminando con tranquilidad. No es la primera vez que está en una, y jamás la han encerrado con su nombre real. El overol naranja no le molesta, de hecho, le parece muy cómodo.
Una guardia de la prisión la ayudó con lo necesario. Virginia Wolf, una loba con la que se lleva mejor que bien, fue en la mañana a darle una paliza, y de paso, una pistola de bolsillo, una Derringer, como las de las películas del Oeste, oculta en su habitación. La trae en ese momento, bien oculta, mientras observa la actividad normal de la penitenciaría. Wolf también le dijo la ubicación exacta de la celda de Bellwether, y a cambio de toda su ayuda, Mistral le dio un buen fajo de billetes. Todo debía salir bien ahora.
"Qué esperan, aparezcan idiotas".
A lo lejos, comienza a oír una melodía, y eso la hace sonreír. En momentos así le gustaría estar en una de las torres de vigilancia, porque realmente es un momento magnífico. Primero vería un helicóptero a lo lejos, un inocente helicóptero que no parece gran cosa.
Luego se iría acercando, y tal como lo planeó Huidobro, gigantescos altoparlantes comenzarían a reproducir una canción; está ansiosa por oír cuál habría escogido el jaguar. Seguro por radio le advertirían que no podía acercarse a la cárcel, y que bajara el volumen de la música. De cualquier forma, ya habría distraído a todo el mundo, todos los guardias estarían atentos a lo que pasaba con el helicóptero.
Y mientras pensaba eso, oyó la música, retumbante contra el cielo. La versión rápida de We Will Rock You, de Queen, esparciéndose a lo largo de todas las direcciones. Sorprendidas, las prisioneras se levantan y se reúnen en el patio.
—Chicas, yo que ustedes me lanzaría al piso y me cubriría la cabeza con las manos —dice la osa, y una gorila y una nutria a su lado, la observan con curiosidad—. Algo me dice que esto se pondrá intenso.
Si estuviera en alguna de las torres de vigilancia, vería cómo el helicóptero se gira, y en su costado, podría ver a Huidobro comenzando a disparar una minigun acoplada al helicóptero, y seguramente estaría vistiendo su ropa de batalla: una camiseta de un equipo de futbol soccer. Y es justo lo que pasa, comienza a oírse el torrente de balas caer contra las torres. Conoce el procedimiento: De Rokha lo apoya con una ametralladora, mientras que Neruda pilota y trae un rifle de asalto, que puede disparar en andadas cortas con una mano.
Es la distracción que habían planeado, y mientras suenan las alarmas, se desata el pánico en el patio y los guardias corren de un lado a otro, ella corre en dirección a la celda de Bellwether. Tal como lo había planeado. Oye algunas explosiones de granadas, no estaba previsto.
"Pero es una buena adición".
Y, para sorpresa de todo el mundo, incluso de ella, se escucha un estruendo que podría asegurar que es el padre de todos los estruendos. Una porción significativa de la muralla, que separa a las reas de su libertad, cede en un montón de polvo. Ella lo observa asombrada.
"¿Qué mierda?"
Entonces, surgiendo a través del polvo como espectros, ve figuras en moto. Una legión de moteros equipados con armas, mucho más ligeras que las empleadas por sus compañeros, pero armas, al fin y al cabo. Detrás de ellos, para su confusión, ve una furgoneta negra, sin logos, como las empleadas por las mafias de Tundratown. Las prisioneras corren en todas direcciones: mientras algunas escapan de las balas, otras corren hacia la libertad. Mistral está congelada, observando el extraño giro de acontecimientos.
"Bien, espero que haya una buena explicación para todo este caos".
