N/A: ¡Gracias a todos los que están siguiendo la historia!
Y por sus Reviews.
No saben que feliz me hacen. ¡Espero lo disfruten!
Suspira suavemente. Ya ha empezado a acostumbrarse a las cadenas. También a la mordaza y está seguro de que si ve alguna clase de luz le deslumbraría debido a tanto tiempo con esa seda tapándole los ojos.
Sus pensamientos han viajado a Sam, como cada día de aquella... ¿semana? ¿Semanas? Si su cuenta es correcta lleva 15 días en la habitación.
¿Y donde estará Sam? Espera que muy lejos de ahí, con Charlie acompañándolo. La puerta más cercana se abre. Incluso los nervios han desaparecido. Manos cálidas toman el bozal (si, le han puesto un bozal) y lo quitan suavemente.
—¡El desayuno está listo!— comenta un Miguel muy sonriente.— Y esta vez no trates de escapar o te irá muy mal, ¿entendido?
Dean retrocede en un impulso cuando Miguel coloca la mano en la quemadura que le hizo en la piel de una de tantas veces que ha tratado de escapar. Esa vez estuvo tan cerca... esta tarde será la próxima vez que lo intente, y para no levantar sospechas obedece a la perfección a su captor.
—¿Quieres comida?
Asiente ante la pregunta y abre la boca, esperando que Miguel no esté drogado durante la sesión o tratará de meterle la comida en la nariz de nuevo.
Dos semanas han pasado para Sam Winchester. Las semanas más largas de su vida. No solo porque ha tenido que estar lejos de su hermano y su mente produce un sin fin de torturas que podrían estar aplicándole.
En el departamento de Charlie todo se ha vuelto un caos.
Ese chico, Baltazar, no para de darse aires de superioridad que en realidad le hacen ver demasiado gracioso. Pero es totalmente escandaloso. Anna, por otro lado, parece ser la perfeccionista de la familia.
"No hagas esto", "dejarás manchas" "¿por qué soy la única que tiene que lavar los platos?"
Lo volverán loco.
—¡Baltazar! — esa es Anna, gritando casi en su oído— ¡has tirado el whisky!
Sam rueda los ojos. No se concentra mucho en su deber de repasar las entradas en la guarida de Miguel. Una semana después de la extraña confesión de Gabriel, ya tenían localizada la dirección de Miguel. No fue difícil.
Quizás él y Charlie habrían tardado semanas e incluso meses. Pero tiene ahí a los 4 hermanos de aquel hombre y eso lo vuelve todo más sencillo. Y, al mismo tiempo, más complicado.
Aún no confía en los Novak. Su hermano le enseñó a no confiar en nadie ni un poco, solo en la familia.
Vaya resultados había tenido al confiar en otros. En Gabriel, exactamente.
Bobby está gritando maldiciones por todo el departamento ante tantos intrusos que no lo dejan leer a gusto su libro de mitología demoníaca.
Si. Se volverá completamente loco.
Toma su laptop, se levanta y se dirige hacia la cocina, el único lugar que parece estar vacío en ese momento.
Coloca su laptop en la barra y se sienta en el banco más pequeño. Con ese apenas y tiene la altura perfecta para mover con facilidad las manos sobre su computadora.
—¿Has encontrado algo? — pregunta Castiel cuando entra a la cocina con sigilo. Sam se tensa de solo escuchar su voz, de sentir su presencia. Cada parte de su anatomía lista para partirle la cara si es necesario.
Castiel es consciente de ello, ya que la tensión y frustración de Sam hacia él se le nota al chico hasta por la forma de respirar. No es que culpe a Sam. Tiene todo el derecho de ponerse a la defensiva con él. Después de todo, fue él quien entregó a Dean, a pesar de...
El recuerdo lo acribilla como si fueran millones de pequeños alfileres clavándose en su cuerpo.
Recuerda la mirada que le lanzó Dean aquella noche, semanas atrás.
"No importa que pase"
Le había dicho Dean. Ahora se pregunta... ¿Dean lo querría cerca, si quiera? Es probable que no. Después de todo, el daño está hecho y Castiel va a pagarlo de uno u otro modo. Lo sabe bien.
Lo que no sabe es a quien lastimó más.
Si a Dean, por traicionar su confianza y entregarlo a uno de los peores seres existentes, o si se traicionó así mismo.
Analiza a Sam detenidamente por un momento, lenta y tranquilamente. A medida que pasan los minutos, el castaño parece ir de mal en peor ante la sola presencia de Castiel.
—Avísame si encuentras algo— apenas y se escucha su voz. Winchester se limita a mirar su laptop.
—¿A que se debe que seas tan buen niño este día?— Dean frunce el ceño. Él no es un estúpido niño, y aún así decide que no es el momento para decirlo.
Su paciencia está al límite. Se siente exhausto de todas las maneras posibles. Su cuerpo tiembla ligeramente sobre la cama. Cierra los ojos, respira suavemente y se recuerda que pronto saldrá de ahí.
—Aprendí la lección— murmura ronco. Se sorprende así mismo al escuchar su voz después de todos esos días que han parecido una eternidad. Parece como si lo hubiera aplastado un camión con 5 toneladas de peso. Abre la boca y puede sentir la sangre escurriendo por su rostro.
No es para nadie un misterio el que a Miguel le guste jugar de manera bruta con sus juguetes. Por esa razón tiene roto el labio en distintas partes. Su cuerpo está lleno de moretones y unas cuantas cortadas aquí y allá.
—Solo espero que no te vuelvas aburrido— Miguel se ríe casi como un maniático.— Después de todo, no eres mi favorito por tu sumisión.
El arcángel pasa su pulgar sobre los labios de Dean, causándole dolor intencionalmente. Winchester sisea, pero mantiene baja la mirada. Aunque su cuerpo se tensa por completo y quiere arrancarle las manos a Miguel ahí mismo, agacha la cabeza en señal de sumisión.
—Buen niño— Miguel se inclina hacia él y lame su mejilla lentamente, saboreando la sangre de Dean, quien, a su vez, se estremece por el asco que le produce tal acción.
—Vigilenlo— ordena Miguel a los hombres que también están en el cuarto con ellos. Hombres que han estado ahí cada día. Quienes suelen bajar la guardia cuando Miguel no está, pues su confianza está plenamente impuesta en las cadenas gruesas y los grilletes que tiene Dean por todo el cuerpo. Y él, por su parte, no ha tratado de hacer nada frente a ellos. ¿Por que lo haría? Solo estropearía las cosas.
Uno de ellos se acerca a Miguel, le susurra algo que Dean no es capaz de escuchar.
—Eso no es ninguna novedad— refunfuña Miguel como respuesta. Le lanza una mirada burlona a Dean.— Parece que hoy nos divertiremos, pequeño.
A Dean le dan nauseas de nuevo al escuchar la forma en que le habla. Cuando pronuncia pequeño, lo hace de una forma tan intima... tan suya, que le hace sentir como si las palabras fueran directo a su cerebro y le calaran tan hondo que podría descubrir hasta sus pensamientos más ocultos. Se maldice por ello. Porque él es un Winchester. Él es Dean Winchester. Niñerías como esa no deberían afectarle a tal grado.
Y, aún con eso, la carcajada que suelta Miguel le recuerda cada día de su infancia. Cada golpe, cada cortada, cada violación. Y se siente como un niño indefenso.
Por la expresión divertida de los dos hombres apostados en la puerta, cree que aquella angustia se ha plasmado en su rostro.
—¿Recordando? — pregunta el más grande. Bran, le dicen.
Dean desvía la mirada, un pequeño sonrojo empaña su rostro. Muerde su labio inferior y encorva un poco el cuerpo. Jadea de dolor cuando Bran lo toma del cabello y lo jala hacia él con fuerza, como si él fuera solo un muñeco de tela que podría manejar a su antojo.
—Pero que tenemos aquí. ¿Un Winchester siendo sumiso ante nosotros? — ambos hombres se ríen. Ríen con ganas. Dean aprieta los ojos, porque es claro que ese fue un símbolo de sumisión ante ellos. El más pequeño, Ronald, se acerca lentamente a él, le separa las piernas solo un poco, porque los grilletes que tiene en estas no le permiten más. El chico gruñe de frustración y mira a su compañero.
Una sonrisa es compartida por ambos. Ellos saben bien lo que harán con Dean.
—¿Sabes, Winchester? Yo tenía un hermano— comienza a decir Bran. De su cuello toma una llave. Aquella que corresponde a los grilletes. Toma los muslos de Dean, ingresa la llave en el hueco de los grilletes y lo abre con facilidad. Cuando se los quita, usa esa misma llave para deshacerse de las cadenas que rodean su cintura y pecho. Las únicas que quedan son aquella del collar que lo une a la cama y los grilletes en sus muñecas.
—Lo amaba más que a mi vida. Era el mejor asesino que había conocido.
Dean retrocede tanto como puede en la cama. Su mirada se llena de horror, pues ante él, un chico que es lo doble de su edad, lo doble de su corpulencia está abriéndole las piernas con una clara intención.
Patea al hombre en el pecho, tratando así de alejarlo tanto como puede. Pero Ronald intercede, le detiene las piernas fuertemente contra la cama mientras el otro está desabrochándose el pantalón.
—Era mi mayor orgullo— toma a Dean de las piernas y lo acerca a él. Dean apenas y puede luchar. No tiene fuerzas suficientes. Ha perdido mucha sangre esos días y tiene que darse por vencido un momento.
—Y tú lo arrancaste de mi lado— Bran se coloca sobre Dean. Es casi del doble de su tamaño en ancho. Deja caer su peso sobre Dean y coloca su miembro entre las piernas del rubio. Ronald ya está abriendo su pantalón también mientras camina hacia la cabecera de la cama.
— Ahora te haré pagar.
Dean aprieta los ojos. Su cuerpo empieza a temblar de nuevo.
—Ah. Un Winchester temblando de miedo. ¿Tan marica te has...?
Y Dean empieza a reír. Su cuerpo sigue temblando porque ya no puede contener la risa. Una risa pequeña y suave que sigue y sigue hasta que es una carcajada y Dean ya no puede reír más porque le falta el aire. Bran retrocede un poco y fija la mirada en los ojos cerrados de Dean.
Sonríe abiertamente. De pronto entiende por qué su jefe desea tanto a Dean.
Sus pestañas son largas y rizadas. Su rostro parece esculpido por Ángeles. Y sus ojos.. Bran no necesita que Dean los abra para saber que son tan verdes como dos esmeraldas.
Pero su sonrisa se borra en cuanto Dean abre los ojos. El rostro inocente y cautivador que tiene es un gran contraste con su mirada. Él sabía que Dean podía reflejar una enorme inocencia y pureza en su mirada. Pero... ¿lo que ve?
Lo que ve en la mirada de Dean lo deja estupefacto. Sus ojos parecen casi negros. El odio, la sed de sangre, la fortaleza que tienen... nunca había visto nada como eso. Siente las piernas de Dean enroscarse sobre su cadera, acercándolo más a él mismo. Pero no puede reaccionar. Es como si, bajo él, estuviera un demonio que intenta llevarlo al abismo más profundo del infierno.
—¿Bran?— Ronald le frunce el ceño a su compañero, pero este ni cuenta se da.
—Me deseas, ¿no es así?— le susurra Dean, tan bajo que solo él puede escucharlo. Dean mueve la cadera hacia él, frotándose en el cuerpo de Bran sin ningún atisbo de miedo o vergüenza. — Libera mis manos. Así no podré darte el placer que deseas.
Bran se estremece cuando Dean lleva sus manos por su pecho, al menos cuanto la cadena le permita. Él asiente una y otra vez. Lleva la mano a su bolsillo derecho, donde había metido la llave. Se apresura a sacarla y le quita los grilletes de las muñecas. Después la cadena del cuello.
Por primera vez en semanas Dean no tiene puesta alguna restricción más que el collar.
—¿Que diablos haces? No deberías de...— Ronald ni siquiera acaba de terminar de hablar, pues Dean le lanza una mirada tan seductora, tan caliente, que el hombre va de cero a mil en un segundo. En un ademán, Dean le invita a acercarse y Ronald no lo duda ni un instante. Busca los labios de Dean con desesperación, mientras Bran está muy ocupado besando el cuello del rubio. Dean suelta un gemido bajito que hace estremecer a los dos hombres. Guía su mano al pecho de Bran, explorándolo sobre la ropa.
—Eres todo una puta— le susurra Bran a Dean, pero el rubio le sonríe con coquetería.
—Dijiste que tenías un hermano, ¿no es así?— le susurra de nuevo, y vuelve a echar la cabeza hacia atrás cuando gime por la mordida que Bran le ha hecho en el cuello.
—¿Y eso a ti que te importa? — aunque Bran suena encantado de que Dean le dirija la palabra a él y no a su colega.
—Salúdalo de mi parte— murmura Dean, con la voz ronca antes de clavarle a Bran su propio cuchillo en el cuello.
—¿Pero que...?— Dean solo necesita un movimiento para el cuchillo del cuello de Bran y clavárselo a Ronald en la yugular. Ambos hombres solo pueden intentar contener su propia sangre mientras Dean, con una calma total, se levanta de la cama.
—Pero que desastre— murmura con el ceño fruncido. Frente a él, los dos hombres sufren de una lenta agonía mientras se desangran. — ¿Donde quedó mi ropa?
Susurra para si mismo. Se dirige al armario más cercano, acariciando inconscientemente sus muñecas. Las marcas de las cadenas y grilletes aún están rojas por la fuerza aplicada al ponérselas por tantos días. Abre las puertas de madera, y da justo con lo que buscaba. Su ropa está ahí, limpia y doblada pulcramente.
Se apresura a vestirse, vuelve a los ahora cadaveres y toma de la mano de Bran las llaves. Se les queda viendo por un momento y se da la media vuelta, hacia la puerta.
—Pero que fastidio.
Prueba una a una las llaves hasta dar con la que quiere. En su mano derecha lleva la daga con la que atravesó el cuello de aquellos hombres. Sale al pasillo, buscando sin duda más víctimas.
Porque no. Dean no va a irse hasta terminar con todos los que atribuyeron a su dolor y humillación.
Camina tranquilamente por el pasillo, y no tarda en encontrarse con un par de guardias. Se acerca hacia ellos. Ya no hay rastro de duda en su rostro. Tampoco está aquella mirada encantadora que solía dedicarles al principio, porque la actuación ha terminado.
Es hora de que conozcan al verdadero Dean Winchester. Aquel que roba, tortura, y mata a su antojo. Aquel cuya mirada puede competir con la de un demonio.
No hay nadie que lo detenga. Uno a uno, Dean va matando a aquellos que se aparecen en su camino. Y, con el tiempo y un par de hombres muertos, Dean lleva más armas de las que nadie en el lugar.
Camina con lentitud a lo largo de los pasillos. Lleva un revolver en su mano izquierda y su daga en la mano derecha.
Finalmente da con una puerta grande de metal. No está cerrada por fuera y eso es un alivio. Odiaría tener que lidiar con eso. Antes de abrir la puerta, el suelo tiembla suavemente, una explosión se escucha a lo lejos. Dean ríe suavemente.
Abre la puerta y se encuentra frente a frente con Miguel.
El pelinegro frunce el ceño, pero después le sonríe.
—Vaya, vaya. Pero que encantador te ves. ¿Debo suponer que has matado a todos? — parece que incluso le resulta divertido.
Dean jamás había estado en ese lugar de la casa. Si bien es cierto que Miguel solía cambiarlo de habitación "para probar cosas nuevas", jamás había estado en aquella salita.
Es pequeña, al parecer bastante cómoda. El papel tapiz de la pared va muy acorde a la personalidad de Miguel. Los sillones son de un rojo sangre, los cuadros en las paredes parecen sacados del siglo 19. Solo les da una repasada fugaz.
A lo lejos una nueva explosión se escucha, seguido de susurros que en el exterior son gritos, indudablemente.
—Parece que mi pequeño hermano ha venido a salvarte, doncella— la mención de Castiel le cala como una puñalada en el pecho. Durante todo ese tiempo trató de no pensar en él. De distraerse de una y mil maneras. Pero sus ojos azules seguían volviendo una y otra vez a su cabeza. ¿Castiel rescatándolo? La sola idea le hace reír.
—Vamos. No me creerás tan estupido— suelta las armas de fuego. La única qué conserva es la daga que le quitó a Bran cuando deslizó las manos por su cuerpo.
Miguel se para frente a él. Cruza ambos brazos sobre su pecho y lo observa de arriba a abajo.
—Terminemos ya con esto, Miguel.
Novak sonríe abiertamente. Es aquella sonrisa que a Dean le hace pensar que es un completo maniaco aunque el hombre afirme ser el más justo de todos.
—Si eso quieres...— murmura Miguel y se lanza contra Dean.
De su cadera saca un cuchillo bastante grande. Los reflejos de Dean no están completos debido a sus heridas y pérdida de sangre, así que no logra esquivarlo. Recibe un corte grande el en antebrazo.
Sacude levemente la cabeza. Su visión empieza a nublarse, pero sabe que no puede rendirse ahí. No aún. No cuando hay solo una puerta entre él y la salida definitiva. Eleva su propio cuchillo en posición de ataque, su brazo libre en guardia. Miguel ríe sonoramente.
—Niño, apenas y puedes mantenerte en pie.
—No soy un niño— responde Dean antes de lanzarle un golpe con su daga. Golpe que Miguel esquiva fácilmente.
Una tercera explosión suena. Parece distraer un poco a Miguel.
Dean aprovecha ese momento para volver a lanzarse contra su oponente, pero este desvía nuevamente el golpe y usando su cuchillo le provoca una cortada en la espalda. Gruñe ante el dolor y por inercia cae de golpe en el piso. Cada músculo de su cuerpo protesta ante el dolor.
Siente a Miguel sentándose sobre si espalda, cuál si fuera un gobernante adquiriendo un nuevo territorio.
—¿Has llegado tan lejos para morir así? Le estás quitando lo divertido.
Dean se eleva de golpe, pero Miguel coloca su cuchillo sobre su garganta, dejándolo prácticamente inmovilizado.
—Esto es un desperdicio, Dean. Pudiste quedarte siempre aquí, conmigo. Pero jamás aprendiste nada.
Una minúscula sonrisa aparece en los labios de Dean. Coloca su mano sobre la mano de Miguel.
—¿Y obtener qué?
Susurra apenas, pues un leve movimiento cortaría su piel.
—A mi. ¿No es obvio? — Miguel rueda los ojos. Aparentemente esa conversación es aburrida para él.
—¿Que hay si no te quiero a ti?
—Bueno. Aprenderías a quererme a mí— y lo dice con tanta facilidad y cinismo, que a Dean le parece hasta estupido.
—Mi respuesta seguirá siendo la misma, Miguel.
—Creo que sabía que dirías eso— responde el otro, aprieta más el cuchillo contra su garganta. Dean siente el filo contra su piel. Un pequeño, casi diminuto corte es suficiente para que empiece a sangrar.
—Te he dado muchas oportunidades, Winchester. Y jamás aprendes. Jamás me das el sí que tanto deseo.
—Es una pena, "arcángel"
Dean voltea su propio cuchillo. Con un golpe certero, casi como si fuera por pura suerte, atraviesa el estómago de Miguel. Un nuevo corte se produce en su cuello antes de que el hombre suelte el cuchillo, retroceda y lleve ambas manos hacia su estómago. Dean voltea, justo cuando Miguel está cayendo de rodillas al piso.
Se acerca a él, toma su mentón y eleva su rostro para que lo vea.
—Te veré en el infierno— murmura, sonriendo, tranquilo. Toma el cuchillo de Miguel y le atraviesa la garganta sin piedad.
Las bombas parecen no servir de nada. Sam está desesperado. Ya no hay hombres protegiendo aquella enorme casa. Parece muy resistente, como si estuviera hecha de acero, ya que las bombas no han servido más que para hacerle un rasguño.
Cuando avienta la tercer bomba, retrocede para que el impacto de esta no le alcance.
—¿Donde diablos están?— Charlie se acerca a él, pistola en mano, apuntando a la única puerta qué hay para acceder a la casa.
—Algo debe de estar pasando— ese es Castiel. Sam aún no lo quiere cerca, pero debió aguantar que él y Gabriel los acompañaran, pues fue la condición que ambos hombres pusieron para acompañarlos.
—Tal vez son todos— murmura Gabriel. Sam vuelve a ver la casa. Hay al menos una docena de hombres muertos frente a los muros. Él está escondido tras un árbol, al igual que sus tres acompañantes. Necesita asegurarse de que sean todos antes de acercarse aún más.
De pronto, la puerta parece abrirse. Todos voltean a ella. Todos apuntando directamente, esperando tener una ansiada matanza.
"Ellos o nosotros".
Pero lo que ven no es lo que estaban esperando.
Sam creía que, en cuanto aquella puerta se abriera, una decena de hombres armados saldrían a defender a su jefe. Creía que ellos los matarían a todos y después buscarían por todo el lugar hasta dar con Dean.
Él no esperaba ver a Dean saliendo de ahí.
Siempre había escuchado que los demás le llamaban "el caballero del infierno" a su hermano. Jamás había entendido por qué.
Sam nunca lo había visto de ese modo.
Aquel, que siempre lo habría protegido, que siempre sonreía para él.
Ese Dean Winchester que él conocía era solo una parte de su hermano, se da cuenta ahora. La parte noble y tranquila que Dean solo permitía conocer a muy pocos.
Este Dean que sale caminando lentamente es algo nuevo para él. Y sabe, de cierto modo, que es una parte esencial de su hermano.
Baja el arma y observa con atención al rubio frente a él.
En su mano derecha lleva una daga. Esta bañado de sangre, tiene el ceño fruncido, y en la mano izquierda lleva la cabeza de Miguel aún escurriendo.
Sale de entre los árboles, caminando lentamente hacia su hermano.
—Dean— susurra. Tras él camina Charlie.
Dean sonríe en cuanto lo ve, camina un paso hacia él y desvía la mirada para sonreírle a Charlie también.
En cambio, la cabeza de Miguel sale rodando cuando Dean toma el arma que tiene en la cintura y le apunta a Castiel.
—¿Que demonios haces aquí?— grita, su voz completamente ronca le hace pensar a Sam que hace tiempo no hablaba. Le pone más atención a su hermano, analizando detenidamente su cuerpo.
Abre los ojos como platos ante todas las heridas que logra ver en él.
—Debí de matarte aquel día— Dean está furioso.
No más sonrisas.
No más alegres reencuentros.
Quita el seguro al arma, coloca su dedo en el gatillo.
—No volveré a fallar.
Dean cae inconsciente después de dispararle a Castiel.
