EL TATUAJE.
Cartman y Kyle se miraban fijamente, uno parado y el otro en el suelo; ambos parecían desafiarse el uno al otro, como siempre lo han hecho desde la niñez.
Kyle parecía estar listo para hacer lo que siempre hacía al final de la jornada: Darle un buen sexo oral para calmar la calentura de Cartman. Estaba seguro de ello, totalmente seguro. Con tan sólo hacerle la felación podría arrancarle información acerca del paradero del video.
No obstante, algo no cuadraba en el gordinflón.
Cartman respiraba de manera entrecortada, como si recientemente se acabara de follar a alguien; la bragueta estaba abierta, lista para permitirle el acceso a las manos de Kyle, pero…
El castaño le había negado en esa ocasión dicho acceso, cosa que sorprendió al pelirrojo.
¿Y ahora qué se propondrá?, pensó el muchacho, sumiéndolo en un profundo pensamiento.
Inesperadamente, Cartman le ofreció la mano.
Kyle se sorprendió más, aunque tenía que seguir con el plan si quería recuperar aquel video. Así que tomó la mano y se levantó del suelo, sin dejar de mirarlo fijamente.
¿Acaso el depravado quería tener relaciones sexuales en forma? Si así fuera, pues a lo que se va con el asunto.
Kyle se dispuso a desnudarse, mas Cartman le detuvo agarrándolo de la muñeca.
- No – le dijo calmado -. Hoy no.
- ¿Q-qué? – inquirió el judío muy sorprendido.
Cartman hizo el ademán a Kyle de que fuera a la cama; el judío, pensando que era una treta nueva, obedeció.
- Quítate el bustier y acuéstate boca abajo – ordenó el gordo.
El pelirrojo asintió.
Estando una vez boca abajo en el lecho de la señora Cartman, Kyle no pudo evitar inquirir:
- ¿Qué haremos hoy… amo?
Cartman, muy serio, se levantó del borde de la cama y salió de la habitación; Kyle se incorporó muy confundido.
- ¿Habrá descubierto mi plan? – dijo en voz baja.
No, pensó después el muchacho.
Aquello era imposible, dado que él lo planeó todo en la soledad de su lecho en su propia casa.
Cartman derramó lágrimas de frustración.
No podía más.
Tenía que parar. Tenía que detener ese juego enfermizo antes de que Kyle sufriera más de lo que ha sufrido en los últimos días.
Tenía que luchar en su interior entre seguir con la imagen del Cartman ególatra y vengativo de siempre y el Cartman humano que luchaba por salir. El Cartman que sólo la Rana Clyde conocía de sobra: Un joven sensible, tierno, cariñoso…
Y hambriento de amor.
Se miró al espejo y se llenó de rabia contra sí mismo.
Seguir o no seguir con el maldito juego era la pinche cuestión.
¡Carajo! Como si fuera fácil hacerle esto a alguien que estaba intentando aceptar su sexualidad, pensaba el joven mientras tomaba el bote de pintura de henna que había conseguido en Denver temprano en la mañana.
Kyle escuchó unos pasos.
De seguro era el culón con algo nuevo que insertarle en el trasero, por lo que se recostó nuevamente, esperando a que el tipo apareciera.
No podía evitar el asco que sentía el tener el miembro del gordo dentro de él cuan invasor. Y sin embargo, tenía que ceder si no quería verse descubierto por él.
Una voz le sacó del pensamiento:
- Ya regresé, judío.
El aludido frunció el ceño.
Cartman asentó la pintura en el suelo y los pinceles en sus piernas.
- Estáte quieto, esclavo – decía mientras se subía las mangas de su camisa.
Acto seguido, abrió el frasco, remojó su pincel delgado y empezó a pintarle la espalda.
Kyle se sobreencogió.
¡¿Lo estaba pintando?
- ¡¿Pero qué dem…?
- Tranquilo, judío, es sólo un tatuaje de henna.
- ¡¿Tatuaje?
Lo que le faltaba: Que le tatúen "Esclavo de Cartman" con henna.
¡Definitivamente ya la cosa se estaba poniendo peor!
Si su madre lo viera tatuado, adiós Kyle. Una buena madrina y regañiza le esperaría en casa a causa del dibujo obsceno que seguro el culón le habrá pintado en su espalda.
Mientras tanto, Cartman se concentraba en el dibujo; hacerle un tatuaje a Kyle no era lo que había planeado en su mente, pero era una buena forma de compensar su masturbación.
Al fin y al cabo, Kyle le había dado placer al bailar al ritmo de la música de Zbigniew Presnier.
La música del gusto del amor de su vida.
Cartman se detuvo por un momento.
El amor de su vida…
Sacudió su cabeza.
No, eso no era posible. Kyle lo odiaba, y aún más luego de lo que ha pasado. No podría amarle, y él, Eric Cartman, no podía darse el lujo de lindezas.
Eso no era su estilo… O más bien, era su debilidad secreta: El amor.
El amor por un judío.
Cartman se secó el sudor; ya había terminado de dibujar el tatuaje.
Podría decirse que era su mejor obra hasta el momento, pero preferiría que fuera Kyle el que lo juzgara. Al fin y al cabo, él era su esclavo…
El amor de su vida.
- Bien, esclavo. Aguanta aquí unos veinte minutos para que se seque. No te muevas. Iré por unos bocadillos.
Y se retiró, dejando a Kyle muy confundido y absorto en sus pensamientos.
El pelirrojo se miraba la espalda en el espejo de su baño.
No tenía palabras para describir aquella magnífica obra de arte que Cartman había pintado en su piel.
Es más, estaba jodidamente sorprendido de la habilidad oculta del gordo; normalmente lo veía dibujar garabateada y media en sus libretas, pero aquello podría hacer llorar al mismísimo pintor español Diego de Velásquez si estuviera vivo: Un marco de rosas de Castilla con dos ángeles enamorados en el centro.
Los rostros eran perfectos; las manos entrelazadas personificaban la bella redención que el amor le otorgaba a aquellos que lo conocían.
Había devoción, cariño y respeto en los ojos de los protagonistas.
- ¿Quién eres realmente, Eric Cartman? – inquirió en voz baja muy intrigado - ¿Qué... Qué es lo que te ha pasado?
Bien, esto fue otro capítulo corto. Se me vino hoy la inspiración... Y se me acabó la misma al mismo tiempo! T.T Uff! Bendita inspiración!
Bueno, nos veremos por aquí otro día.
Besotess!
