CAPÍTULO 10

No se cansaba de mirarla mientras dormía. Observaba su respiración, su piel suave y tibia, su cabello enroscado sobre su mano. Era la cosa más bonita que había visto en su larga vida y por primera vez, James sentía que sería posible.

No era ningún estúpido y sabía que iba a ser muy complicado, pero ya no le importaba el futuro. Únicamente quería disfrutar eso que la vida le había regalado y que nunca esperó sentir. Después de siglos de muerte, tortura y dolor se merecía tener algo bueno. Algo a lo que aferrarse, alguien por quien luchar.

Amar. Eso estaba prohibido a los de su especie. Pero su parte humana parecía rebelarse contra su naturaleza, y luchaba por hacerse un hueco en su vida. Ella era la causa de ese debate interno, de esa guerra sin cuartel entre el hombre capaz de estremecerse con una mirada suya y el depredador que despreciaba la vida humana cuando sentía la necesidad de saciar su sed.

El teléfono le sobresaltó. Eran más de las once de la mañana pero lo maldijo por perturbar su sueño y despertarla.

- Hugo, qué quieres?- dijo molesto

- Tengo un encargo de Linus. Una limpieza- dijo Hugo al otro lado

- Ahora?- dijo enfadado

- Ahora. No tardes. Te espero en mi casa- dijo Hugo colgando el aparato

Suspiró profundamente mientras la miraba. Otra vez tenía que mentirle, inventar alguna excusa. Y le había prometido no hacerlo.

Ella en cambio sonreía.

- Vamos, lárgate! Haré algo de comer mientras- dijo desperezándose

- Ah, pero cocinas?- dijo él sonriendo aliviado de que no le hubiese preguntado

- Fatal, pero cocino- dijo Kate riendo

- Casi mejor traigo algo entonces- dijo él

- Tu no cocinas?

- No. Así que estamos jodidos- dijo James riendo

- No creas, la sección de congelados es una pasada. Puedes encontrar prácticamente de todo en bolsitas. Sólo hay que girar la rueda del microondas- dijo Kate

- La cocina no es mi prioridad- dijo besándola dulcemente antes de meterse al baño

Kate se levantó rápidamente. No solía tardar mucho en ducharse y debía darse prisa. Metió la mano en el bolsillo de sus pantalones y no encontró nada. Cogió la chaqueta que colgaba del perchero y repitió la operación. Mierda!- pensó contrariada

Las llaves de su apartamento estaban en el mismo llavero que las de la moto. De modo que no podía cogerlas. Volvería a por ellas.

Se levantó de la cama y se preparó un café mientras pensaba en otro plan. De ningún modo iba a desaprovechar la oportunidad de registrar su casa. No tendría otra más clara.

James salió del baño envuelto en una toalla. Las gotas de agua caían de su cabello resbalando su pecho y al contemplarlo, a Kate se le olvidaron las llaves, los planes y cualquier cosa que tuviera en su mente.

- Qué te apetece comer?- dijo él mientras cogía la ropa del suelo sin percatarse de cómo era observado

- A ti- dijo Kate maliciosamente mientras daba un sorbo a su café

- Me estás provocando, pecas?- dijo él dejando caer los pantalones mientras se acercaba a ella lentamente. Su mirada felina la hacía estremecerse.

- No- respondió ella sonriendo

- Yo creo que si- dijo él abalanzándose sobre ella y tomando posesión de su cuello

Kate lo detuvo y cogió su rostro con ambas manos

- Tienes que irte. Has quedado con Hugo- dijo sonriéndole

- Odio a ese gordo cabrón- dijo él hundiendo su cabeza entre su pelo con gesto de fastidio

- Y hay otro problema. No nos quedan.

- No nos quedan qué?- dijo James frunciendo el ceño

- Condones, James. Has acabado con mis reservas- dijo ella escabulléndose de sus brazos- No te olvides de comprar

- Me encanta cuando te pones romántica- dijo él resignado a su suerte

- Uno de los dos debe pensar en esas cosas o podríamos tener un problema- dijo Kate mientras comenzaba a fregar los restos de la cena

- En realidad…

El tono de James se volvió frío de pronto y Kate volvió la cabeza para observarlo mientras él se vestía. Pretendía aparentar indiferencia.

- Si te sientes mejor utilizándolos por mi no hay problema, pero para tu información te diré que estoy sano y que no hay riesgo de problemas. No voy a dejarte embarazada- dijo sin mirarla a los ojos

- Cómo?- dijo ella sorprendida.

- Lo que oyes, pecas- dijo él abrochándose la camisa frente al espejo- No puedo reproducirme. Supongo que la naturaleza es sabia. No sería bueno perpetuar mi especie

Decía eso con una sonrisa, con naturalidad. Dándole la misma importancia que si estuviera diciéndole que se le había roto el carburador de la moto.

- Pero por qué? Tienes algún problema? Porque yo te veo perfectamente capaz de…

- A mi no me supone problema alguno. Y a ti?- dijo él mirándola por primera vez a los ojos con intensidad

- Bueno… me sorprende que…

- Te dije que no podría darte lo que necesitas- interrumpió él con seriedad

- Yo no necesito… Ni siquiera me he planteado… - dijo ella turbada

- Pero lo harás. Algún día. Así que es mejor que sepas a qué te enfrentas- dijo él visiblemente enfadado

Kate lo miraba sorprendida y dolida mientras cogía la chaqueta. No le cabía en la cabeza que un hombre como él fuera incapaz de concebir. Pero tampoco entendía que no le diera valor a eso. Que le importase un pimiento. O quizás si le afectaba y esa actitud no era más que una pose?

Sintió que una sensación de culpa se apoderaba de ella y sin pensarlo demasiado se acercó a él y lo abrazó con fuerza.

- No importa, vale? No me importa nada- dijo mirándolo a los ojos

James acarició su rostro con dolor en sus ojos. No era justo para ella. Era un maldito egoísta. Probablemente le jodería la vida. Terminaría enamorándose de él y tarde o temprano él tendría que marcharse. Se lo había advertido pero esa excusa que pretendía acallar su conciencia sabía que era insuficiente.

Sintió unas ganas tremendas de contarle la verdad. De decirle a qué se enfrentaba realmente. Darle la oportunidad de que saliera corriendo. Pero cómo iba a hacerlo? Cómo? Cariño, soy un vampiro?

Ella lo miraba con cariño, suponiendo que él sentía dolor por no poder darle hijos. Ajena a la verdad de lo que él era. Y sintió un asco terrible de si mismo. Se odiaba por no tener las pelotas suficientes como para dejarla y largarse antes de que fuera demasiado tarde para ella.

- Debo irme- dijo dándole un beso en la frente

Kate lo vio marchar y no se dejó tiempo para averiguar qué estaba sintiendo en ese momento, pero se le había revuelto el estómago y sentía frío en todo el cuerpo. Por lo visto lo que ocultaba era algo demasiado doloroso y sólo había un modo de comprenderlo. No tenía tiempo que perder.

Se dio una ducha y se puso un pijama. Se revolvió el pelo y bajó por las escaleras cuidando de que nadie la viese. Hizo señas al conserje para que se acercara a ella ocultándose en el descansillo.

- Lionel, tengo un problema- dijo avergonzada

- Qué le ocurre, señorita Austen?- dijo el muchacho con curiosidad

Salió de su escondite mostrándole su atuendo. Y puso un gesto de timidez que sabía que sería irresistible.

- El señor Ford se acaba de marchar, verdad?- dijo ella

- Hará unos diez minutos, señorita- dijo el joven

- Verás, es que bueno… Estaba en su apartamento, ya me entiendes, y cuando salió vi que se había olvidado el móvil, así que fui tras él pero ya no pude alcanzarle y cuando regresé la puerta se había cerrado y…. No tengo modo de entrar y… No podrías prestarme la copia de las llaves?

El joven la miró con una sonrisa divertida. Se acercó al mostrador de conserjería y regresó con lo que le había pedido.

- Devuélvamelas en cuanto termine, y no diga nada. Esto está prohibido- dijo haciéndose el interesante

- Gracias, Lionel! Eres un amor- dijo ella subiendo las escaleras a toda prisa.

Cuando entró en el apartamento tenía el corazón encogido. No sabía si era buena idea lo que estaba haciendo. Por un lado le mataba la curiosidad, pero por otro sospechaba que no iba a descubrir nada bueno, y le daba miedo hacerlo.

De todos modos no se amilanó. Respiró profundamente y se dispuso a hacer lo que había venido a hacer.

El apartamento de James estaba perfectamente ordenado. Tanto que daba la sensación de que nadie vivía allí. Resultaba frío y poco acogedor. Muebles funcionales y modernos. Mucho tono oscuro y metálico. Apenas había adornos ni nada que resultase personal.

Recorrió el salón y se asomó a la primera habitación. Y entonces se maravilló de lo que vio. James no tenía allí un dormitorio sino una biblioteca. Enorme. Libros de todos los tamaños se apilaban en las estanterías. Pero lo curioso es que había un gran número de ejemplares muy antiguos. Novelas y tratados de todas las épocas. Aquello debía valer un buen dinero.

Había también una mesa con un sillón bastante cómodo en el que se sentó para inspeccionar los cajones.

Se sentía mal por hacer esas cosas. Muy mal, pero era necesario. Así que abrió los cajones pero no encontró nada interesante. Unos cuantos cd´s de música. Rock del bueno, y algunos folios en blanco.

Encendió el ordenador que estaba sobre la mesa y vio con fastidio que tenía bloqueado el acceso. Qué contraseña podría tener? Inútil intentarlo. No lo conocía lo suficiente como para eso, y no sería tan estúpido como para poner su apellido o su número de identidad. Era policía- pensó desilusionada.

De modo que lo apagó y entró en su dormitorio, pero allí no había nada. Un armario con ropa de muy buen gusto. Ordenada perfectamente. Un cajón con camisetas, otro con zapatos. Nada extraño.

Ya empezaba a pensar que todo había sido en vano cuando se le ocurrió inspeccionar la cocina. Y lo que encontró, o mejor dicho, lo que no encontró le hizo sospechar. Es cierto que había dicho que no cocinaba, pero no tenía una maldita olla en aquel sitio. Ni una sartén, ni un cazo. Era extraño, pero pensó que podría deberse a que normalmente comía fuera.

Abrió la nevera y entonces se sobresaltó. Había bolsas de sangre junto a un paquete de cervezas. Sangre?- pensó horrorizada

Revolvió la basura y encontró bolsas vacías. Sus ojos se empañaron en el acto. Era a eso a lo que venía a su casa. Estaba enfermo y necesitaba transfundirse. Dios mío! Era horrible! Qué tipo de enfermedad tan grave sería? Corría peligro su vida? Por eso no podía tener hijos? No podía creerlo. Tenía tan buen aspecto y era tan fuerte…

Se apoyó sobre la nevera abierta y se limpió las lágrimas. Su rostro ya no era triste o desesperado sino lleno de perplejidad.

Kate no era una estúpida. Era policía y volvió a observar aquellas bolsas con la mirada de un sabueso, de un detective al que no se le escapan los detalles. Y aunque no podía darle explicación a lo que estaba viendo sintió alivio. No estaba enfermo. Esas bolsas contenían sangre de distintos tipos. No eran todas del mismo grupo sanguíneo.

Pero entonces, qué demonios significaba eso? No podía pensar con claridad. No se le ocurría ninguna explicación lógica. Ninguna. Su mente trabajaba a toda velocidad mientras cerraba la nevera y recorría en círculos el salón.

El timbre de la puerta la interrumpió. Sería Lionel para pedirle la llave, de modo que suspiró hondo intentando recomponerse y abrió la puerta.

No era Lionel.