Nota ¡Hola Bonitas! Por hoy no habrá nada más aquí arriba, porque no tengo derecho hacerlas esperar más, así que apresúrense, lean el capítulo… y recuerden, ¡Las amo muchísimo!
Las espero al final, con galletas y té ^_^
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PARTIDA DE AJEDREZ
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"Si el trabajo de un dios de la muerte es recuperar el alma de los muertos. Los demonios pueden ser asimilados como las plagas que arrebatan estas almas lejos solo con el fin de devorarlas" — Grell Sutcliff —Cap. 11—
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Capítulo X
"Albores de Admonición"
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Hace frío.
Un soplo de viento le golpea en las mejillas, simula una helada bofetada que busca herir con saña su piel.
Tiembla un poco por la helada temperatura, antes de recargarse de nuevo sobre el hombro de Sebastian, hundiendo su pequeña nariz enrojecida en los cabellos oscuros del demonio, quien solo le aprieta con gentileza el muslo, mostrando comprensión por su malestar, sin dejar de avanzar por el desierto camino hacia la cima de la colina.
Sebastian es hábil, algo indudable al ser capaz de cargar a Ciel con uno solo de sus brazos y llevar con el otro un equipaje de tamaño mediano.
El mayordomo siente la naricita de Ciel rozarle la nuca, el aliento y la respiración tibia de su señorito golpear su piel.
Ciel le está olisqueando.
Otra vez.
Es un gesto inconsciente que el conde ha adquirido desde que compartían la cama por las noches, olerle, como un pequeño cachorro con su naricita respingada, rozándole la piel apenas con sus labios de cereza, siempre apuntando a su cuello o cabello.
Decir cuánto le gusta esa manía de su señor está demás.
Ase con su mano el equipaje y a su amo, apresurando el paso, recordando que a diferencia de si, Ciel no tolerara demasiado tiempo las bajas temperaturas.
Su juicio es confirmado cuando siente un estornudo apagado, vibrar sutilmente en su oído.
Dos pasos son suficientes para alcanzar la cima y observar al bajar la mirada el pintoresco pueblito que se encuentra a los pies de la colina, con sus casas campestres y las iglesias de corte gótico, evocando un aire medieval.
—Joven amo…
Ciel enreda con ligera fuerza los brazos en el cuello de Sebastian cuando le escucha llamarle, el demonio solo suspira.
—Adare…
Sebastian no dice nada más, pero consigue toda la atención de Ciel, quien se separa un poco del demonio para contemplar el lugar, la luz de luna le roza con suavidad el rostro.
—Bájame.
Exige Ciel a su mayordomo, quien no duda en obedecer asentando con rapidez a su señorito sobre el pasto, para luego verle avanzar unos pocos pasos, acomodándose el sombrero de copa por sí solo, con las manos cubiertas por guantes de cuero negro, los dos anillos que le cubren los pulgares brillan con intensidad en el oscuro panorama.
—¿Dices qué es aquí?
Pregunta Ciel a Sebastian, sintiendo su nariz congelarse ante la brava corriente de aire, vislumbra de reojo a su acompañante acercársele.
—Según mi investigación es así —contesta Sebastian con gravedad—. Las pistas más significativas del primero de los responsables de la desgracia de su familia provienen de aquí.
—No comprendo porque la relación de dos lugares tan distantes…
—Adare y Londres pertenecen a Gran Bretaña —repone Sebastian.
—Pero Adare está en Irlanda, y aunque Irlanda también conforma parte de los dominios de su majestad está muy alejada de Londres —replica Ciel.
—El caso es simple, señorito —Sebastian eleva su dedo índice, señalando en apariencia algo obvio—, la persona que buscamos, al igual que usted, es un noble.
Ciel entorna los ojos con molestia ante el acertado juicio de Sebastian.
—No seas arrogante —le regaña Ciel.
—Lo lamento, mi lord —prosigue con humildad el demonio, Ciel solo empieza a caminar delante de él, ignorando sus disculpas.
—Apresúrate. Aun debemos hacer las reservaciones en el hotel.
La mano de Sebastian se extiende, intentando tocar a Ciel, sus ojos ardientes siguen la silueta del conde que choca contra el frio muro de estrellas, hermosas y efímeras como él.
Suspira de nuevo, y ríe de sí mismo con autocompasión.
Adora a Ciel, que miserable es.
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17h30.
Observa marcar al reloj del Departamento de Gestión y Envío.
Contiene aire, y sin ninguna expresión en particular coloca el último de los sellos en las autorizaciones para el examen final de la academia.
Nada especial, al igual que en ocasiones anteriores, probablemente solo un treinta por ciento de los equipos logrará aprobar.
Necios, todos aquellos chiquillos, ignorantes del verdadero significado de la vida.
Porque no es saber manejar la Death Scythe, es saber recolectar el alma, respetar la lucha del humano que deja el mundo entregándose al sueño eterno, y juzgar, con imparcialidad sin dejarse arrastrar de marejadas nostálgicas, eso es tratar de modo digno a un alma, es ese el significado de la vida.
Camina a la puerta, dejando perfectamente ordenado su escritorio. Siente fastidio, al ser consciente que en veinte minutos la jornada laboral terminaría, y él podría retirarse, sino fuera por aquel memo.
Aquel memo.
Odia trabajar horas extra, probablemente más de lo que odia a Grell Sutcliff —aquel que lo conozca tan siquiera superficialmente puede afirmar el peso de esa declaración—, sin embargo el memo, es importante, muy impactante para casi todos los shinigamis.
Y en realidad aunque a él parece no importarle —como la mayoría de las cosas que le rodean—, el asunto a tratar en esa reunión le despierta enorme curiosidad. Es como un pequeño golpecito en su hombro, tremendamente impresionante para alguien tan imperturbable como él.
No obstante, camina por los pasillos con su semblante sereno y frio de siempre, como si en realidad no interesara el hecho de dirigirse a esa reunión.
—¡Will!
Una vocecita con modulación aguda, casi chirriante llega a sus oídos.
Deja de escucharla lejana, para oírla con claridad sobre su oído de nuevo, mientras un brazo se engancha al suyo y un brillante cabello rojo como la sangre, le roza la nariz.
—Grell Sutcliff.
Anuncia por sí mismo, en tanto el otro extravagante shinigami se enrolla en él como una cobra carmesí, tocándolo en todos lados.
Quizá solo sea el hecho de que odia que invadan su espacio personal.
—¡Oh, Will! —Exclama de nuevo Grell—. Estoy tan feliz que también te convocaran a la reunión.
—Yo no tanto —contesta William con franqueza, caminando con Grell colgado de su brazo.
—¡¿No?! —Exclama el pelirrojo, con un exagerado gesto de incredulidad—. Todos hablan de esto, Will. Es un caso aún más particular que un ser humano que cambia el mundo, y eso no es algo que suceda a menudo y lo sabes.
El shinigami de cabellos negros se ajusta las gafas.
—En efecto —le concede la razón a Grell—. Pero tu insano interés tiene otras razones.
Grell suelta una risita, aferrándose más al brazo de William.
—No seas celoso, Will —casi chilla—. Aún si Sebas-chan no fuera el involucrado, yo estaría tan emocionado como ahora.
William sabe que Grell no miente, aunque jamás admitiría conocer su carácter bastante bien.
Silencio inunda por un instante el ambiente, solo los pasos de ambos se escuchan por el pasillo, Grell deja de reír y solo sonríe con un enigmático amago.
La bohemia de Grell nunca ha impedido que sopese en verdad el peso de ciertos eventos. Sin respuesta de William, otra interrogante se le escapa, intentando enredar sus dedos con los del otro shinigami, quien sin mayor esfuerzo rehúye de su contacto.
—¿Crees que el infractor y todos sus líos consiguieron aquello que los shinigamis hemos intentando durante siglos?
William se detiene frente a la sala donde se llevará a cabo la reunión.
¿En realidad esa pregunta tiene sentido, si solo discutirán y analizaran las cosas entre todos?
Lo tiene, en realidad lo tiene.
Con total franqueza resopla, aflojando la tensión acumulada en sus hombros, Grell aprovecha, enredando sus dedos con los suyos.
—Creo en verdad que el contrato entre aquel petulante niño y ese desagradable demonio tiene altas probabilidades de romperse.
Una excitación invade a Grell ante la perspectiva del primer contrato anulado entre un humano y un demonio.
—¡Que emoción! — Vocifera Grell con alegría—. Aunque su alma sea tan valiosa, ese odioso mocoso no está a la altura de mi Sebas-chan, que vendrá sin duda a mis brazos en cuanto su correa de perro guardián se rompa. ¡Por fin tendremos una apasionada noche!
William solo toma aire por la nariz ante otro nuevo comentario a bocajarro de Grell, que ríe emocionado o sarcástico, no lo tiene claro. Entonces el shinigami pelirrojo da una miradita alrededor antes de bajar la voz susurrándole en el oído junto con una risita, pega su cuerpo al suyo.
Sin embargo, su semblante continúa estoico.
—Pero nunca dudes, que a quien quiero en verdad es a ti, Will, ni a Sebas-chan, ni a nadie más, solo a ti.
William no responde, no intenta quitarse de encima a Grell, solo abre la puerta, y al hacerlo, todos los shinigamis que se hallan dentro los observan ingresar, caminando uno al lado del otro, separados, con pasos firmes, recordando tiempos viejos, cuando jóvenes los dos, regresaron triunfantes luego de su primera misión juntos.
Nuestra primera vez.
Como dijo Grell en alguna ocasión.
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El ambiente es cálido, la luz del sol se escabulle a través de las cortinas entreabiertas de la ventana, y la observa acariciar la piel de Ciel con lentitud, trepando por la pierna descubierta del adolescente, que cubre parcialmente su desnudez con las sabanas, las partes más necesarias si se quiere aclarar, la cintura, las caderas y una de las piernas, que está enredada con una de las suyas, oculta tras las sabanas. No por su gusto, a él le gustaría tener sin ropa a Ciel todo el tiempo.
Que deliciosa es la mañana, la fantasía idílica hacerse realidad después de varias noches, en esa mansión llena de recuerdos pesarosos, con esos sirvientes entrometidos de habilidades y sentidos destacables, que podían escuchar, espiar con ojos indiscretos si confiaba demasiado en sus habilidades para escabullirse en la madrugada a su habitación, arreglando todo el desorden, vistiendo a Ciel, para en la mañana, al canto del gallo, fingir despertar al señorito y servirle un desayuno exquisito, como ha sido costumbre desde que era más niño.
No hay presión.
Le observa dormir recostado por completo sobre el pecho, con la mitad del rostro sobre la almohada, los labios entreabiertos, el aliento escapando suavecito y los ojos cerrados, custodiados por pestañas negras y largas, es probablemente el único momento en el cual Ciel luce como corresponde a su edad, y la expresión de su rostro emana genuina paz.
Podría contemplar esa linda cara y estrechar ese cuerpo débil con sus brazos, todo el día, pero el tiempo apremia y las obligaciones regurgitan con fuerza.
Debe despertarle.
Por hoy, el método a utilizar será lo menos relevante.
Aprieta con una de sus manos el brazo del conde, le besa el hombro pálido y frágil de modo superficial, pasa sus labios por el inicio de la espalda de Ciel, para luego morderle suavecito la oreja y besarle la mejilla.
Ciel se retuerce un poco, incomodo, el sol le llega a la cara y los gestos de Sebastian le erizan la piel.
El conde se niega a despertar, como siempre.
No se enoja, solo se incorpora un poco más, decidiendo que o no, hacer.
Analiza a Ciel, la espalda, los hombros, el rostro, el cuello… la unión entre el hombro y el cuello.
Lo tiene.
Le muerde, con ligera fuerza, sobre una marca ya amoratada que le había hecho la noche anterior.
Funciona, Ciel se retuerce con ímpetu, tratando de quitárselo de encima, y cuando calcula que le gruñirá por hacerle doler la herida, hala la sabana con violencia, Ciel jadea asustado quedando boca arriba, desnudo debajo de él.
Reclama esa boca intenso, sin permitirle reacción alguna, con ímpetu salvaje, robándole el escaso aliento, fogoso, impidiéndole respirar por pocos segundos, cuando los deditos de Ciel, se le clavan como esquirlas en los antebrazos con desesperación, sabe que debe apartarse o le ahogara.
Ah… sí solo Ciel fuera un demonio como él, podría besarlo y follarlo por horas o días completos.
—Buenos días, joven amo —saluda a su señor con una fingida inocencia.
—Idiota…
Boquea en respuesta Ciel, empujándolo con escasas fuerzas para quitárselo de encima, enfadado.
Sebastian solo se deja hacer, sin olvidar nunca su posición.
La de un simple mayordomo, que debe cuidar, obedecer y cumplir los caprichos de su señor.
Pese al susto, Ciel siente haber tenido un sueño reparador. Se envuelve de nuevo, hasta el cuello con la sabana. Observa a Sebastian salir de la cama, a poner todo en orden para cuando los sirvientes del hotel lleguen con el desayuno a la habitación, no encuentren nada fuera de lugar.
Le gusta Adare Manor, el que las suite posean una habitación contigua para sirvientes ha facilitado todo para él y Sebastian, quien puede fingir haber ocupado la otra recamara, cuando en verdad, actualmente ambos, solo necesitan una cama.
Le mira rodear el lecho con pasos parsimoniosos, no puede evitar chasquear la lengua, molesto.
Está exhibiéndose, o al menos es la impresión que tiene de ese ser infernal, al verle caminar desnudo y tranquilo por la recamara.
Ese comportamiento es impúdico, por completo, lo sabe y es ello lo que más le incomoda, porque sus ojos no se pueden apartar del otro.
Sebastian es alto, muy fuerte, lo tuvo claro desde el día que pactaron el contrato, pero había detalles que no eran tan evidentes. Como que la piel de Sebastian es tan clara como la suya pero en un tono pálido y no rosa como el suyo, que posee un cuerpo delgado, pero de músculos marcados magníficamente, nada brusco, los hombros anchos, la cadera y la cintura estrechas.
Los tendones es otra cosa que resalta en Sebastian, como los de las rodillas o muñecas que destilan una potencia extraordinaria, aunque a él en particular le gustan los del cuello, los cuales suele morder o succionar desde que en un descuido provocó un sonoro jadeo que el demonio no pudo controlar.
Es a lo que se limita su análisis, intentando ignorar los hilos de vello negro sobre el sexo que pende orgullosamente en medio de las piernas del demonio.
La realidad, es que aún no comprende como su cuerpo puede aceptar ese miembro grueso, cuando se excita, crece y se ensancha más durante sus encuentros.
Quizá su percepción de que él y Sebastian son un extraño rompecabezas, es real. El cuerpo de Sebastian encaja perfecto en el suyo, como si los huesos y la carne de ambos hubieran sido esculpidos por un cincel, para no adaptarse a nadie más, solo el uno al otro.
—Joven amo…
Le llama Sebastian a su lado, cubierto al fin con una bata larga, gruesa, realzando su aspecto elegante aun en su informalidad. Le extiende la mano ayudándolo a bajar de la cama, y de inmediato le cubre con otra bata, para no obligarle a mostrar su cuerpo sin ropa.
Sebastian sabe la vergüenza que aún posee de mostrarse sin prenda alguna ante él, pero aquellos gestos le permitían entrever, que Sebastian jamás le obligaría a hacer algo que no desee. Le respeta, le cuida.
Lo hace por el contrato.
Susurra una estúpida vocecilla, y la ignora, casi sin poder contener una sonrisa.
Sabe que Sebastian está a su lado con el único fin de devorarle. Pero el que le tome el alma y le asesine no será un triunfo para el demonio, será un triunfo suyo, significara que él, Ciel Phantomhive, fue tan poderoso para lograr que un demonio estuviera a sus pies, dispuesto hacer lo que sea por él. Que todo cuanto fue sacrificado valió la pena.
Sus ojos heterocromos se clavan en los rubíes, haciendo un vago intento de descifrar porque medita tanto sobre Sebastian, pero interrumpe el cuestionamiento bruscamente.
Es suficiente con lo que siente por Sebastian, no necesita ponerle un nombre… y de hecho teme ponerle un nombre, aceptar que ha rebasado los límites del contrato y revelarse a sí mismo una verdad inconfesable.
—Considerando el itinerario —continua Sebastian—, talvez debamos bañarnos juntos.
Ciel le da una seria y significativa mirada.
—Olvídalo —es la sentencia—. Terminarías emocionándote. Haz uso de tu magia o lo que sea para asearte.
El demonio sonríe con cierta picardía.
—Le aseguro se controlarme, pero no refutare.
Acepta la orden Sebastian, conduciendo a Ciel al baño, deseando desentrañar los pensamientos y emociones de ese humano con mayor exactitud.
Tal vez solo se trate otra vez del hecho de que a Ciel le gusta comparar su cuerpo con el de él. Lo que no comprende, a él le gusta el cuerpo de su señorito tal como es.
Quizá comparte su misma fantasía, crecer, y aunque su anhelo es ver a Ciel adulto, a lo mejor debería decirle que es innecesario pensar en eso ahora, que si llega a desarrollarse lo hará de un modo formidable o mejor que él.
Sonríe y recuerda algo que nunca le ha mencionado a Ciel.
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Su fisonomía en su adolescencia, fue tan frágil como la de él.
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¡Y ese fue el capítulo!
Espero les haya gustado, sobre todo por el tiempo que he tardado, pero se me fue de las manos, la U se puso peor (deberes, pruebas y clases hasta el 24 -_-), y un sinfín de compromisos familiares, y cosas, y cosas… no diré mas, porque cualquier disculpa no será suficiente, simplemente gracias por seguir aquí, conmigo, con Sebastian y con Ciel.
Sobre el capítulo, no sé si más o menos ya se entrevé por donde va esto, o si he terminado enredándolas más. En lo personal aunque este fic es serio (irónico, yo no creo serlo xD) me divertí a lo grande escribiéndolo, por manejar a William y a Grell, y por el SebasCiel, que salió disparado… aunque lo revise hasta cansarme para que quedara todo lo IC posible.
También me gustaría decirles, que aunque me tarde, nunca teman que dejare esta historia, solo he dejado tirado un longfic en mi vida, así que me verán aquí hasta terminar, y si la musa es generosa, habrá otro fic SebasCiel… ya veremos.
Gracias de nuevo, por todos sus reviews/favoritos/alertas, es muy especial saber que mis palabras pueden generar reacciones, y más aquellas, es fabuloso, no las conozco pero las amo, de un modo u otro.
Finalmente, espero que hayan tenido una feliz navidad, llena de regalitos, amor y todo eso que nos hace felices xD, y que este año les vaya de lo mejor… y que saquen más cosas de Kuroshitsuji *Aredhiel cruza los dedos*
Terminamos, con la sensual pizarra de honor xD
— SoyUnDinosaurio — PerlhaHale — Johan Palma
— Annie Thompson — Nameless — Anzullia
— Nozomi Black — Sakura Hecate — Valenttyna
— valentinalondono3597
— 404
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Besos, Aredhiel ;)
