6

Bien está lo que bien acaba

El mago conjuró un pequeño círculo dorado que nos rodeó a ambos, quienes teníamos las manos tomadas. Yo iba ataviado con una elegante túnica, mientras que Hannah lucía un precioso vestido blanco, que para nada disimulaba el vientre que ya tenía.

A nuestra boda había asistido mucha gente, tanta que habíamos perdido la cuenta, pero estaban todos.

Al rato, tras la ceremonia, tuvo lugar el banquete y la recepción de felicitaciones.

―¿Me disculpas un momento? Necesito tomar el aire. ¿Estarás bien?

―Sí, sí, tranquilo ―sonrió Hannah a su recién estrenado marido.

Salí de la carpa improvisada a la noche estrellada. Tomé aire y respiré tranquilo.

―Buenas noches, Neville. Y enhorabuena. Hacéis una pareja preciosa.

Me di la vuelta. Reconocí la voz al instante, pero preferí ver con mis propios ojos a su dueña.

―Hola, Luna. Muchas… ―sin embargo, lo que vi me dejó patidifuso. A pesar de que Luna lucía un elegante vestido suelto de color azul, para nada impedía ver que ella estaba embarazada ― gracias. Vaya… ¿estás embarazada?

―Qué perspicaz ―sonrió ella ―. Supongo que el ver a tu mujer así te ha dado la capacidad para detectar mujeres embarazadas, ¿verdad?

―Luna… ¿Cómo?

―Es de Rolf, obviamente. Nos casamos hace unos meses, en privado. Sólo asistieron familiares allegados. Pero bueno, recibiste nuestra nota, ¿cierto?

―Sí, nos llegó a Hannah y a mí. ¿De cuánto estás?

Luna dudó un momento, pero al fin habló.

―De casi nueve meses.

Me quedé callado, mientras una parte de mi cerebro trabajaba a pleno rendimiento.

―Eso es cuando nos reencontramos en Hogwarts, al poco de que yo empezase a trabajar de profesor.

―Sí, es cierto.

―Más o menos por las fechas en que tú y yo…

―No lo digas. Aquello fue un incidente desafortunado, pero ya lo he olvidado. Ahora soy feliz, muy feliz, con Rolf.

―Luna… ¿Soy el padre?

Yo prefería no andarme con chiquitas. Las fechas no daban lugar a error. Luna, por su parte, me miró con ojos llorosos.

―No lo sé. No sé si eres tú o si es Rolf. Pero me da igual. Ahora estoy casada con un hombre al que aprecio, porque el hombre al que amo nunca tuvo el valor de pedir que saliese con él. No me importa de quién sea este bebé que llevo conmigo, Neville, Rolf ya se ha comprometido a cuidarlo junto a mí.

Bajé la mirada.

―Entonces, que así sea. Disculpa, tengo que volver a la fiesta.

Dejé a Luna sola y volví a la carpa. Sin embargo, un grito de angustia me alertó. Por un momento pensé que mortífagos habían irrumpido en la fiesta, pero sólo una persona había gritado. Y era Hannah.

―¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando?

―Acaba de romper aguas ―dijo Susan Bones, una de las amigas de Hannah y que era sanadora en San Mungo.

―Tenemos que llevarla al Hospital ya.

―¿Te has vuelto loco, Neville? En su estado no puede hacer tal cosa, ni desaparecerse ni viajar por Red Flu. Tendrá que tener el niño aquí.

―¿Te has vuelto loca? ―preguntó yo.

Susan le miró seriamente.

―Muy bien, llevadla hasta una cama, y que alguien me prepare toallas y agua caliente… ¡Venga, idiotas, venga!

Y por fin, al rato, mi primogénito nació. Y era un niño. Mientras Hannah descansaba sobre una cama, yo tomé a nuestro hijo en brazos.

―¿Cómo lo llamaremos? ―preguntó ella.

―Bueno, había pensado en un nombre ―miré a su padre, que había podido asistir a la boda. Desde su recuperación de memoria, había estado mejorando y avanzando todo ese tiempo. Ahora estaba mucho mejor y ya parecía nuevamente el Frank Longbottom de siempre ―. Espero que te parezca bien. Había pensado en Frank.

Hannah sonrió.

―Me parece una idea brillante, Neville.

―De acuerdo, sea así, pues. Bienvenido al mundo… Frank Longbottom.

Sí, bienvenido, hijo mío.