Lo sé, lo sé, es una vergüenza que tarde tantisimo en actualizar, pero el verano me ha dejado un poco bloqueada... espero que no se note mucho.

¿Cómo ha ido vuestro verano? Espero que genial, y q esteis muy morenitas...

Gracias por seguir ahí pese a la tardanza. Espero que os guste.


CAPITULO X

Draco

7 Septiembre de 1997

Draco, al igual que Astoria, no durmió aquella noche, pero por distintos motivos que la joven. Él no se arrepentía de haber terminado con la vida de Damon McVie porque, para empezar, cuando Draco lanzó el hechizo, Damon ya no era humano. Y además, Draco Malfoy haría cualquier cosa con tal de proteger a Astoria.

Pero como ya hemos dicho, aquello no era la razón del insomnio del joven Slytherin, ya que tenía innumerables motivos que lo mantenían despierto noche tras noche. El primero de ellos era la marca que llevaba impregnada en su antebrazo. Su madre se había opuesto desde el principio, y con razón, tanto Narcissa como él sabían que Draco estaba ocupando un hueco en el círculo de los mortífagos como una forma de castigar a Lucius por su fracaso, pero no podían hacer nada al respecto, la única salida que tenían era la unión definitiva de Draco al Señor Tenebroso. Pese a la oposición de su madre, el chico sabía que tenía que unirse si quería seguir viendo a su familia con vida, aunque fuese durante unos meses más…

Aquel verano estuvo lleno de emociones para Draco. Tras la encarcelación de su padre, el chico se estuvo debatiendo entre la rabia porque San Potter le hubiese arrebatado la libertad a Lucius; y el alivio al saber libre a su madre del jugo del Lord Tenebroso, claro que ese alivio solo duro un par de meses… Narcissa, creyendo que podría proteger a su hijo del mismo destino que su padre, le envió a pasar el verano con los Greengrass, y allí comenzaron los quebraderos de cabeza para Draco.

Se sentía incapaz de mirar a Astoria a la cara tras haber acabado con McVie, al fin y al cabo, había desmembrado y quemado a una criatura frente a ella, cierto que la joven había perdido el conocimiento antes de que aquello ocurriese, pero Draco sabía lo que había hecho frente a ella. Por eso la estuvo evitando durante aquellas primeras semanas, además el que la chica se pasase los días encerrada en su cuarto para no verle, no ayudaba precisamente.

También estaba Daphne… Daphne. Draco se frotó los ojos al pensar en la hermana de Astoria. En realidad el tiempo que pasó con ella en la mansión Greengrass fue un remanso de paz. La serenidad y la calma de la chica le hicieron sentir tan bien durante aquellos días que confundió lo que sentía por su amiga.

Todo empezó el segundo día que Draco pasaba en la mansión. Su interior era un torrente de emociones que el joven, poco acostumbrado a ellas, no sabía como canalizar, y aquello le ponía dolor de cabeza. Era como el irritante sonido de una emisora mal sintonizada. Su padre, su madre, McVie, su tía, Astoria, el Señor Tenebroso, Astoria, y Astoria, y Astoria… Grrrr, no podía más, así que salio hecho una furia de la casa y se adentró en los jardines, buscando hallar algo de tranquilidad, como siempre hacía su madre, acogido por los árboles y los aromas florales. Sonrió al pensar en su madre mientras se sentaba bajo un sauce. Ella, siempre impecable, siempre reluciente, con su pelo sedoso y brillante, su piel satinada que tanto le recordaba a Astoria; Draco siempre sabía por donde había pasado su madre, porque siempre dejaba una estela perfumada allí por donde pasaba, su voz dulce… y ahora estaba en peligro.

Lucius, siempre altivo, elegante y autoritario allí donde iba. Siempre había buscado el bienestar de su familia, aunque ahora Draco pensaba que se había equivocado en la forma, pues por su ambición y su afán hacia las artes oscuras y al Señor Tenebroso les había puesto a todos en peligro, pero sobre todo a su madre. Aún así, no podía imaginarse a su padre, a quien siempre había visto como una figura alta, omnipresente, fuerte, poderosa e inquebrantable, encerrado en una maldita celda rodeado de dementores.

Y todo por culpa de San Potter… Bueno, a decir verdad, no le culpaba, pero era mucho mejor pensar que Harry Potter había destruido a su familia, que saber que su propio padre había firmado la sentencia de muerte de los Malfoy. Sí, definitivamente la culpa de todo la tenía Potter.

Dejó escapar una risa de alivio al haber solucionado algo, o haberlo aclarado al menos.

- ¿Qué es tan divertido? - la voz suave le sobresaltó - Lo siento, no pretendía asustarte.

Daphne estaba sentada, con su típica postura regia. Con la espalda totalmente erguida, las piernas estiradas y un libro abierto sobre sus rodillas. Le miraba directamente a los ojos, con seguridad. Que la chica hubiese estado ahí mientras él pensaba en las desavenencias de su familia se le antojó como una violación a su intimidad, y la forma en la que Daphne le miraba, le hacía sentir como ella hubiese tenido acceso a todos su pensamientos.

- ¿Cuánto tiempo llevas ahí? - le preguntó con brusquedad. Ella se sonrojó levemente.

- Unos minutos, siempre vengo aquí cuando quiero leer - contestó.

- ¿Y no tenías otro maldito lugar al que ir? - Daphne le miró con acero en los ojos, pero no pudo esconder un broche dolorido a su mirada.

- Te recuerdo, Malfoy, que estoy en mi casa, y puedo ir donde me plazca - respondió consiguiendo que Draco se sintiese momentáneamente avergonzado - Además creí que estabas dormido y que no te iba a molestar.

Se miraron unos segundos en silencio, en los que Draco incluso pensó en disculparse, pero después lo pensó mejor.

- ¿Quidditch a través de los tiempos? - preguntó el chico aludiendo al libro que reposaba sobre las rodillas de Daphne.

- No te burles - dijo ella apuntándole con el dedo, amenazante, pero sonriendo con dulzura al tomar aquel cambio de conversación como una tregua.

- No lo hago - contestó él sonriendo a su vez al ver como Daphne se colocaba un mechón de pelo que se le había escapado de la coleta detrás de la oreja - Solo recordaba un partido que jugamos aquí hace años.

- Es cierto, menuda paliza te di.

- Te dejé ganar - dijo Draco, y tras pensarlo unos segundos añadió: - Creo que me merezco una revancha justa.

- Ya está anocheciendo, pero mañana podría ganarte otra vez.

- Trato hecho - contestó el chico extendiendo la mano. Daphne la miró, entre sorprendida y recelosa, antes de estrechársela - Pero no te hagas ilusiones, no podrás ganarme esta vez, recuerda que soy el mejor buscador del colegio.

Daphne soltó una carcajada, y prefirió omitir el detalle de que Potter siempre le había ganado.

Y así, al día siguiente jugaron aquel partido en el que ganó Draco, pero tuvo que reconocer que por poco. Tras la victoria del rubio, Daphne se hizo con un par de cervezas de mantequilla y se sentaron bajo el sauce a descansar. Hablaron de las clases, de sus compañeros, de los entresijos amorosos de la casa de Slytherin, de Quidditch, recordaron anécdotas…, pero Daphne no le preguntó por su familia y no saco a relucir el tema del Señor Tenebroso, cosa que Draco le agradeció en silencio. Cuando el elfo doméstico les anunció que la cena se serviría en unos minutos, se adentraron deprisa en la mansión para asearse entre risas.

Esa rutina se repitió durante días, en los que además de risas y juegos, también compartieron algunos besos. Draco pudo ver la felicidad en los ojos de Daphne cuando se acercó a colocarle un mechón tras la oreja y le acarició la mejilla antes de posar sus labios sobre los de la chica. Supo desde el primer momento que estaba cometiendo un error, pero acalló la voz que se lo repetía una y otra vez mientras sus brazos rodeaban la cintura de la joven. Se merecía disfrutar de unos momentos como aquellos.

Durante la segunda semana de su estancia con los Greengrass, llegó aquel día. ¿En qué demonios estaba pensando? Habían pasado la mañana jugando al Quidditch, y Daphne pensó que sería buena idea comer en los jardines, así que le pidió a un elfo que les preparase algo de comer. Cuando cansados de jugar, hicieron un alto, la chica, sintiéndose observada miró hacia arriba para encontrarse con la penetrante mirada de su hermana Astoria… Durante las últimas semanas del curso anterior habían corrido ciertos rumores a cerca de su hermana con la desaparición de Damon McVie, y con Draco Malfoy. Se decía que Astoria había embrujado al chico para adentrarse al bosque prohibido, y allí, eso era evidente, había ocurrido algo malvado, extraño. Unos decían que algo les había atacado y Astoria había huido abandonando al pobre Damon a su suerte. Daphne no creía en esa teoría, su hermana podía ser muchas cosas, pero no era una cobarde. Otros aseguraban que entre la pequeña Greengrass y Malfoy había algo y que este último, cercano como estaba, a Lord Voldemort, había utilizado a Astoria para "convencer" a McVie de unirse al lado oscuro. Esto a Daphne le parecía todavía más ridículo que lo anterior, ¿su hermana pequeña y Draco? ¡Por favor!. También se decía que la propia Astoria, en uno de sus arrebatos de cólera, había acabado con la vida del joven. Incluso habían llegado a asegurar que Malfoy, al encontrar en una situación comprometida a la pareja, se había enfrentado a Damon a muerte.

Nadie sabía lo que había ocurrido, pero si algo era seguro, era que los tres se encontraban allí esa noche, y sólo dos volvieron. Daphne no sabía qué creer, nunca había creído a su hermana capaz de hacer daño a nadie, pero ahora veía algo oscuro en sus ojos, sentía que no era la misma; por otro lado, nunca había sospechado que hubiese nada entre Draco y Astoria, pero aunque no quisiese hacer caso a los rumores, había ciertos indicios que hacían que albergase sospechas…

Pero no quería pensar en eso, ahora Draco estaba con ella, y pensaba disfrutarlo al máximo, así que apartó la mirada de su hermana y le propuso al chico ir a comer a otro lugar más alejado de la casa.

El haber aceptado esa propuesta fue el primer error que cometió el chico aquel día, se dejó llevar por Daphne hasta un pequeño estanque resguardado por árboles y rocas desde donde la mansión quedaba oculta. Después de comer, Daphne se tumbó a mirar el cielo, que comenzaba a nublarse; y de reojo podía ver a Draco juguetear con la snitch. El chico estaba tan concentrado en la pequeña pelota que no pudo esquivar a Daphne cuando se abalanzó sobre él y le arrebató la snitch. Se enzarzaron en una pequeña lucha cuerpo a cuerpo, riendo. Hasta que de pronto algo cambió en el ambiente; con la chica sobre él, sus miradas conectaron, el rostro de Daphne cada vez más próximo al suyo, las manos de él en la cintura de ella; después sus labios unidos, lenguas que se rozan, tímidas. Los dedos de Draco desbrochando la blusa de Daphne. Pieles que se tocan. Suspiros que pronto se convierten en gemidos. Un instante de dolor para la chica. Y el éxtasis de ambos.

El Slytherin suspiró al recordar ese encuentro y dio media vuelta en la cama. Todavía no entendía cómo había cometido semejante locura. No es que se arrepintiera, simplemente le hubiese gustado no haberlo hecho. Y más que por él, por Daphne, porque ella no se merecía que esa primera vez, ese primer encuentro hubiese sido con él. Recordó, que mientras volvían a la casa su actitud con la chica se fue tornando más y más fría sin que Draco pudiese hacer nada por dominarse. Su mente, simplemente no asimilaba lo que acababa de suceder.

- Te quiero - le dijo Daphne esa noche antes de darle un suave beso en los labios y dirigirse a su habitación.

Al día siguiente, el chico evitó por todos los medios encontrarse con ella, no sabía qué decirle, cómo actuar, y cómo decirle que lo sucedido el día anterior no tenía que haber ocurrido jamás, y que nunca se iba a repetir. Tras asegurarse de que Daphne había salido con su madre a hacer unas compras, Draco bajo a la biblioteca.

Y se encontró con Astoria. Se detuvo unos minutos en la puerta mirándola, hacía días que no la veía ni siquiera en las comidas. Estaba preciosa; como el primer día que la vio, sentada en la mesa, con su típica postura desenfadada, el pelo negro suelto y largo cubriéndole el perfil. Sus manos, blancas y delgadas pasaban con lentitud las hojas del libro que leía. Al chico le asombraba verla así, tan relajada, tan paciente, mientras leía; ya que el resto del día, realizando cualquier tipo de actividad era pura energía, era incapaz de estarse quieta. Siempre moviéndose, siempre impaciente.

- ¿No te enseñaron que espiar es de mala educación, Malfoy? - Su voz, engañosamente dulce le saco de su ensimismamiento. Astoria le miraba fijamente, o tal vez sería más correcto decir que le lanzaba avadas con esos ojos preciosos. Draco sonrió, siempre era un espectáculo digno de ver a Astoria enfadada.

- Sólo buscaba algo para leer - contestó él adentrándose en la sala.

- ¿Dónde te has dejado a mi hermanita? - inquirió Astoria. Draco reprimió una sonrisa…, así que estaba celosa, y además buscaba pelea. Bien, pues él no se la iba a dar.

Se encogió de hombros y se hizo con el primer libro que pilló, antes de sentarse en la mesa frente a la chica.

- ¡Daphne! - exclamó Draco al verla entrar cargada de bolsas. Ella sonrió un momento antes de que su sonrisa vacilara al ver la cara del chico. - Daphne, tenemos que hablar de lo que ocurrió ayer.

La chica suspiró, ocultando su desencanto, depositó las bolsas en el suelo y se dispuso a quitarle un peso de encima a Malfoy; y de paso a salvar algo de su dignidad.

- Yo también quería hablar contigo de aquello, Draco - dijo Daphne haciendo un mohín de cansancio. Él abrió la boca, intentando que la chica no se lo hiciese más difícil, aunque le desconcertaba un poco su actitud. Pero ella no le dejó hablar, se miró las uñas mientras hablaba - No te voy a mentir diciendo que me arrepiento, pero nos dejamos llevar y se nos fue de las manos. No es conveniente que vuelva a ocurrir, así que creo que deberíamos distanciarnos un poco.

Draco miraba a la chica y a su fingida serenidad, asombrado. Aquello no era lo que se esperaba, sentía alivio pero también molestia. Sacudió la cabeza, aquello era lo mejor.

- De acuerdo, tienes razón - dijo - Estuvo bien, fue divertido, pero de momento no conviene que se repita.

Lo que Draco nunca sabría era lo que le costó a Daphne pronunciar aquellas palabras. Le quemaron en la garganta mientras salían. Pero sabía que Draco no quería estar con ella, y Daphne no se lo iba a imponer aunque pudiese hacerlo. Por eso estaba segura de que debía distanciarse del rubio, por su propio bien, las tardes de Quidditch se habían terminado, así como las cervezas de mantequilla bajo el sauce. Se acabó hacerse constantemente falsas esperanzas respecto a él, para que se destruyeran con esa facilidad. Seguiría con su vida como había hecho durante los años anteriores, amando a Draco en la distancia y dejaría la puerta abierta a que tal vez algún día encontrara a otro chico al que darle todo lo que Malfoy no quería de ella.

- Bien - dijo la chica - Pues aclarado esto, voy a subir a prepararme para la cena.

Draco asintió con la cabeza y se dirigió al jardín.

Al día siguiente volvió a la biblioteca a ver a Astoria, y al siguiente, y así hasta que de nuevo perdió el control y la besó. Los días fueron pasando y la biblioteca dejó de ser para ellos un lugar de lectura, hablaban, bromeaban, se besaban, reían, se volvían a besar… Aquella vez, se dijo el chico, no tendrían por qué esconderse, ambos eran lo suficientemente mayores para que no les juzgasen. Qué iluso fue, pensaba Draco dando media vuelta en la cama, al creer que no había motivos para mantener en secreto su relación.

Cuando días más tarde se presentó Bellatrix en casa de los Greengrass, mandó al traste los planes y las ilusiones del joven Malfoy. Pasó el mes de agosto en casa de sus tíos, aprendiendo Occlumancia, entrenándose en Artes Oscuras, e intentando ocultar el dolor que le producía la marca que recientemente había pasado a formar parte de su brazo izquierdo. En un primer momento se sintió orgulloso de llevarla, de seguir los pasos de su padre, pero pronto descubrió que no era un orgullo, sino un castigo a su familia por el fracaso de su padre. Una espada pendía sobre la cabeza de su madre, de su padre, y de Pansy por el simple hecho de que esta última estaba muy cercana a él… así que por nada del mundo podía enterarse nadie de que había otra persona que estaba mucho más cerca de él que su compañera de clase, otra persona a la que estimaba incluso más que a su propia madre… Nadie podía enterarse nunca de que para él existía Astoria Greengrass hasta que realizase con éxito su misión…

Su misión, que iba a resultar ser imposible. Él no era un asesino, y si el Señor Tenebroso, que sí era un asesino, no había podido matar a Dumbledore, Draco no entendía cómo iba a hacerlo él.

En fin… entendía la frustración de Astoria y que se hubiese enfadado con él. Draco no pudo evitar sonreír al recordar a la chica tirada en el suelo del cuarto de la limpieza. Sabía que se había marcado un farol al decir que no le iba a estar esperando esa vez, Astoria siempre le esperaría, y él siempre volvería porque no podía vivir sin ella, sin sus caprichos, sin sus sonrisas, sin sus caricias, sin sus enfados, sin sus besos.

Tenía que hacer algo para compensar tanto secretismo. Darle algo que sabía que deseaba más que nada. Claro que él también lo hacía. Le daría una noche. Su primera noche juntos. La noche que nunca olvidarían ninguno de los dos.

Sonrió mientras se levantaba de la cama con energías renovadas. Tenía una cita que preparar.

20:00. Séptima planta

Draco caminaba de un lado al otro del pasillo, nervioso. Se había saltado la última clase con el propósito de organizarlo todo para aquella noche. Quería que todo fuese perfecto para Astoria y, estaba algo temeroso de que no lo fuese. ¿Y si Astoria no quería? No, aquello era imposible, llevaba pidiéndoselo desde que la chica tenía doce años; pero, ¿y si después de lo sucedido con Damon había cambiado de idea? Se frotó las manos, nervioso de nuevo. No se lo reprocharía, no la presionaría… pero la deseaba tanto.

Cuando al fin sonó la alarma que indicaba el final de las clases, pudo imaginar a la chica salir corriendo, impaciente, hacia la séptima planta. Y así fue, escasos minutos después de la campana, Astoria llegó frente a Draco, que sonriendo se acercó a ella y la besó con ternura. Astoria, sorprendida por la actitud del chico, le miró con extrañeza.

- ¿Qué? - preguntó Draco con expresión inocente.

- ¿Qué tramas, Malfoy?

- Es una sorpresa - contestó el chico sacando una bufanda negra del bolsillo de su túnica - Tengo que ponerte esto sobre los ojos.

- ¿Para qué? - inquirió Astoria mientras, con fingida reticencia, dejaba que él le vendara los ojos. Draco aprovechó para rozarle la curva entre el hombro y el cuello provocando un estremecimiento en la chica.

- Para no estropear la sorpresa - respondió Draco. Tras asegurarse de que ella no veía nada, pasó el brazo izquierdo por su cintura y entrelazó los dedos de su mano derecha con los de Astoria. Como cada vez que el chico la tocaba, Astoria se estremeció. - Quédate aquí quieta un segundo.

- De acuerdo.

Unos segundos después, Draco volvió a cogerla de la mano para guiarla al interior de una sala, supuso Astoria al escuchar una puerta cerrarse.

- ¿Puedo quitarme ya esta cosa de los ojos? - preguntó ella, impaciente.

- Aguarda un momento - dijo él colocándose tras ella para quitarle la venda de los ojos y la abrazó por detrás - Ya, abre los ojos.

Draco no aparto los ojos de Astoria mientras sus pupilas se adaptaban a la suave luz que emitían las velas, complacido cuando ella abrió la boca, incapaz de emitir ningún sonido. Abrumada por la estancia. Era enorme, todo el suelo regado con pétalos de rosa de todos los colores, velas flotando por el aire, un ventanal por el cual se podía contemplar el atardecer, y lo que más sorprendió a Astoria, en el centro de la habitación un enorme cama con dos rosas sobre ella.

Incapaz de hablar, se volvió hacia Draco, que la miraba sonriente.

- ¿ De verdad? - consiguió preguntar - ¿En serio vamos a… ? ¿Quieres que…, ahora?

El chico puso un dedo sobre sus labios para hacerla callar.

- Solo si tu quieres. - dijo él mirándola con intensidad.

- ¡Oh, Draco! Es el mejor regalo del mundo - exclamo Astoria lanzándose a sus brazos.

Draco la estrechó contra él, suspirando aliviado, hundió la nariz en su cuello y aspiró su perfume, tal y como ella hacía con el de él.

En aquel momento olvido todo lo que le preocupaba, olvidó a su madre, a su padre, a Dumbledore, se olvidó de todo y de todos excepto de la chica que tenía entre sus brazos. En ese preciso instante sólo existían él y ella, ella y él. Y sólo eso importaba, tenían toda la noche por delante para estar juntos, para pertenecerse, como harían siempre.

Draco la apartó unos centímetros, colocando sus manos a ambos lados de la cara de la chica, que le miraba con los ojos brillantes, expectantes. Se contemplaron unos segundos, plata contra jade; los labios de Astoria se curvaron en una sonrisa de la que pronto él se hizo eco. Despacio se inclinó sobre ella y la besó, con suavidad, en los labios.

Podía sentir el cuerpo de ella temblar cuando comenzó a recorrer su cuello con los labios, primero detrás de la oreja, después sembrando de pequeños besos el camino hasta su hombro. Y luego deshizo el recorrido de nuevo hasta los labios carnosos que le esperaban ansiosos.

- Quiero que sepas… - susurró Draco, con la voz ronca, mirándola de nuevo a los ojos - …Quiero que sepas que aunque no te lo diga muy a menudo, o que aunque no te lo demuestre como tu querrías, ten por seguro que te quiero, Toria.

- Demuéstramelo ahora, bésame - contestó ella rodeando el cuello de él con los brazos.

Draco la besó lentamente, tenían tiempo, se deleitó saboreando su sabor, acariciando la piel de los brazos de la chica, cuyo vello se erizaba bajo la yema de sus dedos, suave como el satén. Pero Astoria, como siempre, quería más, lo notaba en la impaciencia con la que su lengua se movía contra la suya. Así que, sorprendiéndola pasó un brazo por su cintura, asiéndola con fuerza, y el otro por detrás de sus rodillas, alzándola.

Astoria rió, y aquel sonido embriagó a Draco, que con suavidad la depositó sobre la cama. Ella no podía dejar de mirarle. Y él, se incorporó para quitarle los zapatos, mientras Astoria se apoyó sobre sus codos, observándole divertida. Draco Malfoy le estaba quitando los zapatos. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás cuando el chico acarició su muslo interno mientras le bajaba la media. El gesto de la chica puso a prueba la resistencia de Draco, que se obligó a serenarse.

Astoria quería disfrutar de las caricias de Draco, de veras que sí, y lo hacía. Pero deseaba aún más abrazarle, tocarle, sentir su piel, su calor; y en su opinión, el chico estaba demasiado lejos de ella.

- Draco - dijo, y se sorprendió de la gravedad de su voz - Draco, quiero verte.

Se aproximó a él y comenzó a desabrocharle la camisa con impaciencia. Draco no pudo contener una carcajada al verla maldecir los botones. Echó los brazos hacia atrás dejando caer la camisa al suelo, olvidada.

- Schhh - susurró poniendo un dedo sobre los labios de ella, obligándola a tumbarse de nuevo. La besó, y no hizo intención de reprimir el escalofrío cuando sintió la mano de Astoria recorrer su pecho, sus abdominales, su espalda. Tenía la intención de tomárselo con calma, de ir despacio, pero los labios de la chica en su cuello, su lengua en su oreja, sus dientes en su hombre, tiraron al traste sus intenciones.

La besó con ansiedad, con un deseo que se iba apoderando de su cuerpo que era imposible refrenar. Astoria gimió, tanto de sorpresa como de placer cuando Draco, con un conjuro se deshizo de todas sus ropas.

- No quiero hacerte daño - dijo Draco en el oído de la chica.

- No lo harás, soy fuerte - contestó ella besando la sien de él - Y en cualquier caso, merecerá la pena. Te quiero.

Draco la miró mientras se adentraba en ella, despacio, temeroso, expectante. Astoria cerró los ojos al sentirle en su interior. No hubo dolor, sino una sensación electrizante recorriendo todas sus terminaciones nerviosas. Le agarró de la nuca y le atrajo hacia ella para besarle.

8 de septiembre. 7:15 a. m. Sala de los Menesteres.

El sol se filtraba por las persianas, bañando de una luz intermitente la espalda desnuda de la figura femenina que yacía sobre la cama; arrancando destellos dorados del cabello rubio cuyo dueño miraba a la chica dormir plácidamente.

Draco, con una sonrisa boba en la cara que de habérsela visto hubiese rodado los ojos y seguramente hubiese pensado en su padre, ya que era la misma que ponía este al mirar a su madre, apartó un mechón de cabello que cubría el rostro de Astoria. Inconscientemente, la mano que reposaba sobre su hombro se contrajo, clavándole sutilmente las uñas, signo inequívoco de que Astoria estaba despierta. Draco se inclinó a besarla. Ella le respondió sin decir una palabra.

- Buenos días - dijo él apartándose. - ¿Qué tal has dormido?

- Como nunca - respondió ella girándose para apoyar la cabeza sobre el pecho desnudo de Draco. Él la abrazó estrechándola contra sí. - ¿Y si no vamos hoy a clase?

- Tentador, pero alguno de los dos tiene que ser responsable, y supongo que me tocará a mi asumir ese papel.

Astoria gruño.

- Pero es viernes - dijo él - Tenemos todo el fin de semana para escondernos aquí.

- Si, lo de escondernos es la clave - contestó ella irónica, lo que daba a entender a Draco que no se le había olvidado el motivo de su enfado. La besó el cuello.

- ¿Sigues enfadada? - preguntó separando a penas los labios de la piel de Astoria.

- Si - contestó ella. Draco se colocó sobre la chica y la besó las clavículas.

- ¿Y ahora?

- Ajá - afirmó ella, incapaz de pronunciar otra palabra, sintiendo su piel arder y estremecerse a la vez.

- ¿Ahora también?

- No - contestó Astoria atrayendo los labios del chico sobre los suyos, y colocándose sobre él.

Una hora más tarde Draco se abrochaba los últimos botones de la camisa.

- Toria, empieza a vestirte o nos vamos a quedar sin desayuno - le dijo a la chica que le miraba con los ojos brillantes desde la cama. La miró y se perdió en la imagen. Despeinada, con su cuerpo desnudo cubierto parcialmente por la sábana, contrastando con su piel pálida; una sonrisa perezosa bailando en sus labios; sus piernas interminables al descubierto…

- Podemos desayunar aquí - contestó ella - Te dejo que me desayunes…, otra vez.

Sacudió la cabeza, recuperando la coherencia que Astoria le hacía perder con asiduidad, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa al verla tan feliz.

- No, no podemos - dijo Draco lanzándole el uniforme - Pero si quieres te puedo vestir yo, como a la niña pequeña que eres.

Astoria frunció el ceño, cogiendo con brusquedad la falda. Draco sonrió de nuevo, objetivo cumplido.

- No, gracias, no necesito tu ayuda para vestime - contestó ella, enfurruñada - Y creo que no te parecía muy pequeña hace unos minutos, aunque si quieres a partir de ahora me puedo ir con otro de mi corta edad, para que no tengas que hacer de niñero.

Mientras hablaba había conseguido ponerse la camisa, la falda y los zapatos, con considerable desaliño, claro. Y se disponía a salir por la puerta cuando él la agarró del brazo y la estrechó contra él.

- Eso ha sido un golpe bajo, Toria - dijo Draco sensualmente sobre su oreja, atrapó el lóbulo con los dientes y tiró con suavidad hasta escuchar el suspiro de la chica - No amenaces con eso que soy capaz de…

- Pues bésame, cerciórate de que ya no soy una niña - le retó ella.

Y Draco aceptó el reto. Y una hora más tarde volvían a estar en la cama y sin posibilidad de ingerir nada hasta la hora de la comida.

- ¿No te quedarías así durante días? - le preguntó Astoria apoyándose sobre su pecho y acariciándole la garganta.

Pero no tuvo oportunidad de contestar, ya que una lechuza picoteaba en la ventana. Extrañado se levanto para ir a coger la carta. Astoria resopló.

- ¿De quién es? - preguntó, pero no obtuvo respuesta. Se incorporó y vio al chico mirar el remitente mientras el color de su cara se iba apagando poco a poco. Saltó de la cama para acudir junto a Draco - ¿Qué ocurre? ¿Por qué te escribe tu tía? ¿No vas a abrir la carta?

- No - contesto él - Ahora no. Vamos a clase, Toria.

Iba a protestar, pero al mirar de nuevo a Draco cambió de opinión. Otro de sus secretos, de nuevo el mundo real. Decidió no estropear la mañana discutiendo. Ya tendría tiempo de preguntar si no se lo contaba él antes.

Draco la miró vestirse con tranquilidad, sorprendido de que no se quejase esa vez, tenía razón al decir que ya no era una niña, y no solo por su aspecto físico que estaba claro que poco quedaba ya de la infancia, sino por la madurez que cada vez iba demostrando un poco más. Estaba creciendo, cierto, pero aún quedaba algo de aquella inocencia infantil, esa ingenuidad y esa dulzura que Draco no estaba dispuesto a arrebatarle, tal y como se lo habían arrebatado a él. Observó de nuevo el sobre, y se le revolvieron las tripas al pensar el lo que contendría, pero fuese lo que fuese quedaría muy lejos de Astoria.


Bueno, hasta aquí por hoy. Espero que no os haya parecido horrible...

Besitos!