Estamos por terminar el año y aki les traigo un nuevo capitulo para ke se entretengan...
Espero ke pasen un muy feliz año nuevo... sho lo pasare acompañada jojojo
beshos
y ya saben ke ni la historia ni los personajes me pertenecen...
nos vemos abajooo


Afrontar el Fuego

Nueve

La mañana siguiente, alrededor de las diez, Kaoru ya estaba terminando de pulir su propuesta para la posible visita de un escritor para combatir una insa­tisfacción sexual muy considerable. La noche ante­rior se había inmerso en el proyecto y no lo había abandonado hasta después de medianoche.

También había esparcido jengibre y caléndula por encima del borrador para conseguir el triunfo en la empresa. El romero debajo de la almohada la ayudó a descansar y a apartar el anhelo punzante.

Siempre había sabido canalizar sus energías y centrarlas en la actividad que exigiera su atención. Después de un periodo de duelo por Kenshin, esa fuerza de voluntad le había servido de mucho en la Universidad, en su negocio y en la vida.

Durante años consiguió seguir adelante con asuntos tanto prácticos como placenteros, aun cuan­do sabía muy bien que la red que protegía su hogar iba debilitándose.

Sin embargo, a pesar de esa voluntad, había so­ñado con Kenshin; con estar con él, tanto en el pasado como en el presente. El anhelo físico hizo que no parara de dar vueltas en la cama hasta acabar hecha una maraña con las sábanas.

Soñó con el lobo que acechaba en los bosques y aullaba desde su atalaya en los acantilados. Tam­bién lo oyó gritar de dolor y rabia mientras ella, en sueños, pronunciaba el nombre de Kenshin como si fuera una letanía.

A pesar de todo, había dormido y se despertó con un amanecer resplandeciente que presagiaba un día perfecto. Atendió las flores mientras el cielo se teñía con los rojos y dorados del alba. Presentó sus respetos a los elementos que le concedían la belleza de su jardín y el don de sus poderes.

Hizo una infusión de té de menta, para el dine­ro y la suerte, y se la bebió en el acantilado sobre el mar que batía contra las rocas. Allí se sentía más cerca de sus antepasados y podía percibir tanto la fortaleza más firme como la soledad más amarga y desgarradora.

A veces, cuando era muy joven, se quedaba allí mirando el mar con la esperanza de ver la esbelta cabeza de un silkie surgir entre las olas. Hubo un tiempo que creyó en la felicidad eterna y se imagi­nó la historia de cómo el amado de Fuego había vuelto para buscarla, y de cómo los espíritus de ca­da uno se habían encontrado y se habían amado para siempre.

Ya no creía en esas cosas y lo lamentaba, pero había aprendido, y lo había hecho bien, que algunas pérdidas te destrozaban en mil pedazos y te robaban el alma. Sin embargo, siguió adelante, se rehizo y recuperó el ánimo. Vivió. Si bien no había alcanza­do la felicidad eterna, su vida sí fue bastante satis­factoria.

Fue en aquellos acantilados donde juró prote­ger todo lo que se le había confiado. Tenía ocho años y estaba muy orgullosa de ser lo que era. A partir de entonces, todos los años, en las noches de los solsticios de invierno y verano, iba al acantilado y renovaba el juramento.

Sin embargo, aquella mañana, Kaoru fue al acanti­lado y, sencillamente, dio gracias por la belleza del día, luego volvió a su casa para vestirse e ir a trabajar. No vaciló cuando tomó las curvas de la carre­tera de la costa, pero tampoco se distrajo.

Una vez en su mesa, releyó la propuesta para ver si había algún error o se había olvidado de al­go. Frunció el ceño al oír los golpecitos en la puer­ta. Aunque no les hizo caso intencionadamente, Megumi entró.

—Estoy ocupada. Vuelve más tarde.

—Ocurre algo — a Megumi no le importaban las formalidades ni le impresionaba un recibimiento más bien frío y se dejó caer en una butaca. Eso le molestó tanto a Kaoru que levantó la vista y vio a Misao en el umbral de la puerta.

—¿No es tu día libre, Misao?

—¿Crees que la habría arrastrado hasta aquí en su día libre si no fuera por algo importante? — re­plicó Megumi antes de que Misao pudiera contestar.

—De acuerdo — Kaoru apartó el trabajo de mala gana —. Entra y cierra la puerta. ¿Has tenido una visión?

—Intento no tenerlas — Megumi hizo una mue­ca —. Y no, esto no tiene nada que ver con esas co­sas. Al menos, no directamente. Esta mañana he oído a Sano hablar por teléfono aunque él hacía to­do lo posible para que no le escuchara.

—Megumi, no puedo mediar en tus disputas fa­miliares cuando tengo tanto trabajo.

—Estaba hablando con Kenshin. Bueno, eso te ha espabilado — comentó ella.

—No es tan raro que tuvieran una conversa­ción — Kaoru levantó la propuesta, frunció el ceño y volvió a dejarla donde estaba —. De acuerdo. ¿De qué estaban hablando?

—No lo sé exactamente, pero Sano estaba muy interesado. Incluso salió fuera con el teléfono co­rno si no pasara nada, pero yo sé que lo hizo por­que no quería que le oyera.

—¿Cómo sabes que era Kenshin?

—Porque le oí decir que pasaría por la casita amarilla esta mañana.

—Muy bien¿te importaría ir al grano de una vez?

—A eso voy. Me despidió e intentó que no se notara que estaba dándome esquinazo. Un besito por aquí, una palmadita por allá, un abrazo... Yo me fui con la idea de pasar por la casa de Kenshin en cuanto estuviera de patrulla, pero nada más entrar en la co­misaría veo a Aoshi hablando por teléfono. Se detie­ne en medio de una frase y me saluda por mi nom­bre con un tono muy delator — al recordarlo frunció más el ceño —. Entonces comprendo que estaba ha­blando con Kenshin o con Sano y empieza a asignarme toda una serie de tareas que me tendrían ocupada en la oficina durante dos o tres horas. Me dijo que tenía cosas que hacer. Yo he esperado hasta estar segura de que se había marchado y luego fui en coche hasta la casa amarilla. ¿Qué crees que he visto?

—Espero que me lo digas y que acabes con to­da esta historia tan intrincada.

—El coche patrulla y el Rover de Sano. He ido a buscar a Misao y hemos venido aquí, porque te aseguro que no están jugando al póquer ni viendo películas guarras.

—No, están tramando algo a nuestras espaldas —tuvo que reconocer Kaoru—. Algo demasiado va­ronil para las mujercitas.

—Si están haciéndolo —intervino Misao—, Aoshi va a lamentarlo.

—Vamos a comprobarlo —Kaoru sacó las llaves del coche de un cajón—. Le diré a Lulú que tengo que salir.

Sano, de cuclillas, manejaba su escáner portátil.

—Energía positiva por todos lados — confirmó —. No queda ni rastro de energía negativa. La próxima vez, llámame antes, podría tomar una muestra.

—Era un poco tarde para hacer experimentos científicos — se justificó Kenshin.

—Nunca es tarde para la ciencia. ¿Puedes di­bujármelo?

—Sólo puedo hacerte un dibujo con palotes. Era la misma imagen que describió Kaoru. Un lobo negro gigantesco con la señal del pentagrama.

—Fue una buena idea marcarlo cuando lo re­dujeron en la playa el invierno pasado —Sano se sentó en los talones. —Facilita la identificación y disminuye su poder.

—Lo que te puedo asegurar es que lo de anoche no era una gatito — Kenshin se llevó la mano al hombro.

—Seguro que absorbió la fuerza extra de al­gún lado, probablemente de ti. Estabas cabreado ¿verdad?

—¿Tú que crees? El muy cabrón intentó tirar a Kaoru por el acantilado.

—Creo que la confusión emocional que co­mentamos la otra noche es un elemento esencial de la ecuación. Si tú...

—Creo —interrumpió Aoshi— que habría que llevar a Kenshin al médico para que le vieran el hombro. Luego, habría que dejarse de teorías e ir a buscar a ese cabrón. Si ha herido a Kenshin, puede herir a cual­quiera. No voy a permitir que ande suelto por la isla.

—No vas a poder seguirle el rastro y abatirlo como si fuera un perro rabioso —le dijo Sano.

— Sí puedo intentarlo.

—No irá detrás de nadie que no esté conectado —Kenshin miró el terreno impoluto con el ceño frunci­do. Había pasado casi toda la noche dándole vuel­tas—. El caso es que no creo que pueda hacerlo.

—Exactamente —Sano se levantó—. Este ente se nutre de la energía y las emociones de quienes tienen vínculos con el círculo original.

—Muchos isleños tienen vínculos con el círculo original, aunque estén más o menos difusos —seña­ló Aoshi.

—Sí, pero no los quiere a ellos. Ni los necesita.

—Tiene razón — le dijo Kenshin a Aoshi —. Ahora só­lo tiene un objetivo y no puede perder tiempo o energía con otras cosas. No tiene mucha magia, pero es astuto. Ya se nutrió con las emociones de Megumi y ahora lo ha hecho con las mías. No volverá a pasar.

—Ya, siempre has sido un tipo con sangre fría — le replicó Aoshi —. Querías que fuera por ti.

—Funcionó — afirmó Kenshin —. La cuestión es que no le hice suficiente daño. Si llega a atacarme otra vez lo habría metido en el círculo y podría ha­berlo retenido ahí.

—No es un asunto para ti — dijo sencillamente Sano.

—A la mierda. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras espera una oportunidad para abalanzarse al cuello de Kaoru. Es lo que quiere; es lo que noté. Primero tendrá que pasar por encima de mi cadáver y eso no sucederá. Kaoru puede hacer lo que quiera, pero, entretanto, yo voy a arrancar­le el corazón.

—Lo dicho — insistió Aoshi al instante —. Todo él sangre fría.

—Que te den…

—Vale, vale — Sano se interpuso y palmeó los hombros de los dos hombres —. No perdamos la cabeza.

—¿No os parece enternecedor? — la voz de Kaoru era puro empalago —. Los chicos han salido a jugar al bosque.

—Mierda — farfulló Aoshi después de ver los ojos furiosos de su mujer —. La he jodido.

Megumi se metió los pulgares en el cinturón y avanzó hasta que su cara rozó la de Sano.

—¿Estas eran las cosas que tenías que hacer?

—No la toméis con ellos. Yo les pedí que vi­nieran.

—Ya te tocará a ti también —le aseguró Megumi a Kenshin —, pero hay que respetar un orden.

Kaoru se adelantó y notó las vibraciones de energía.

—¿Qué ha pasado aquí?

—Es mejor que se lo cuentes —le recomendó Aoshi a Kenshin—. Créeme, he lidiado con estas tres mucho más que tú.

—Vamos dentro y. . .

Kaoru se limitó a poner una mano en el pecho de Kenshin antes de que pudiera moverse.

—¿Qué ha pasado aquí? — repitió.

—He dado un paseo por el bosque.

Kaoru desvió la mirada y la posó en el suelo.

—Has utilizado el círculo.

—Estaba ahí.

Una parte de Kaoru se sintió resentida porque hubiera podido utilizar lo que era suyo, lo que per­tenecía a ellas tres. Eso estrechaba la conexión y hacía que el vínculo con ella, con Misao y Megumi, fuera innegable.

—Muy bien —aceptó Kaoru con calma—. ¿Qué ha pasado?

—Me las vi con el maldito lobo.

—Tú — Kaoru levantó la mano más para conte­nerse que para hacer callar a Kenshin. Su primera reac­ción fue de miedo espantoso, pero lo dejó a un lado para poder pensar y notó que la ira superaba al miedo —. Tú lo llamaste. Viniste aquí en medio de la noche y lo llamaste como un pistolero fanfarrón.

Kenshin no sabía que Kaoru todavía conservaba tan­to genio ni que podía, como había hecho siempre, provocar el suyo.

—Yo prefiero pensar que fue más al estilo de Gary Cooper.

—Para ti es un chiste... ¡un chiste! —, la ira es­taba a punto de dominarla —. ¿Te atreves a llamar a lo que me pertenece¿Crees que puedes inter­ponerte entre lo que me pertenece y que yo me quede al margen tan tranquila?

—Haz lo que quieras.

—No eres mi protector ni mi salvador. No tengo nada que envidiar de ti — lo empujó un paso atrás —. No voy a tolerar que te entrometas. Lo haces sólo porque así te sientes como un héroe y...

—Tranquila, Kaoru — intervino Aoshi.

Kaoru lo atravesó con la mirada y el sheriff le­vantó las manos, se apartó al darse cuenta de que aquella mujer estaba dispuesta a arrancarle el cora­zón a un hombre. Decidió que Kenshin tendría que apañárselas solo.

—¿Crees que necesito tu ayuda? — se volvió otra vez a Kenshin y le golpeó con un dedo en el pecho.

—Deja de darme con el dedo.

—¿Crees que porque no tengo pene no puedo defenderme¿Tienes que venir con tu estúpido ai­re de gran hombre y luego llamar a tus estúpidos amigos para comentar cómo podéis proteger a unas mujeres inútiles?

—Nunca la había visto así — susurró Misao mientras miraba fascinada cómo Kaoru empujaba otra vez a Kenshin.

—No pasa muchas veces — le contestó Megumi entre dientes —, pero cuando ocurre no tiene des­perdicio — miró al cielo y vio que se llenaba de nu­bes negras como la tinta del calamar —. Está muy cabreada.

—He dicho que dejes de darme golpecitos — Kenshin le agarró el puño que estaba a punto de descargar sobre su pecho —. Si has acabado de de­cir sandeces... Cuidado — le avisó mientras re­tumbaba un trueno.

—Arrogante, estúpido, insultante. . . te voy a en­señar lo que es una sandez — volvió a empujarlo con la mano libre y entonces vio el gesto de dolor cuan­do le tocó el hombro —. ¿Qué has hecho?

—Acabamos de hablar de eso.

—Quítate la camisa.

Kenshin la miró con ojos maliciosos.

—Bueno, cariño, si quieres que la cosa termine así, yo no tengo inconveniente, pero hay especta­dores.

Kaoru le rasgó la camisa de un tirón y zanjó el asunto. Kenshin se había olvidado de lo rápida que podía ser. La marca de la garra en el hombro estaba en carne viva e inflamada. Misao hizo un gesto de preocupación e intentó avanzar, pero Megumi la sujetó del brazo.

—Ella se ocupará.

—Saliste del círculo — volvió a sentir el miedo mezclado con la ira —. Saliste intencionadamente para atacarlo.

—Era una prueba — Kenshin, con gesto de digni­dad ofendida, volvió a colocarse la camisa rasga­da —. Y funcionó.

Kaoru se dio la vuelta y Aoshi, que era quien esta­ba más cerca, se llevó el tortazo.

—¿Te has olvidado de que fue Misao quien doble­gó la locura aunque tenía un cuchillo en el cuello?

—No — respondió sin alterarse —. Es algo que no olvidaré jamás.

—¿Y tú? — Kaoru se giró hacia Sano —. Viste a Megumi luchar contra la oscuridad y derrotarla.

—Lo sé — Sano se guardó en el bolsillo el sen­sor que la furia de Kaoru había chamuscado—. Nin­guno de nosotros menosprecia lo que sois capaces de hacer.

—¿No? — los miró uno a uno antes de volver junto a Misao y Megumi —. Somos las Tres — elevó las manos y una luz cegadora brotó de las yemas de sus dedos — y nuestro poder no está a vuestro al­cance.

Giró sobre sus talones y se fue.

—Vaya — Sano resopló —. Caray.

—Muy científico, campeón — Megumi se metió las manos en los bolsillos e hizo un gesto con la ca­beza a Kenshin —. La has alterado, así que ya puedes encontrar la forma de calmarla. Si eres tan estúpi­do como para hacer lo que hiciste anoche, enton­ces también lo serás como para ir tras ella cuando está disparando balas.

— Supongo que tienes razón.

La alcanzó cuando estaba a punto de salir del bosque.

— Espera un segundo — la cogió del brazo y soltó un silbido al sentir una descarga eléctrica —. ¡Para ya!

—No me toques.

—Dentro de un minuto voy a hacer algo más que tocarte — pero no le puso las manos encima hasta que llegaron al coche. Kaoru abrió la puerta y Kenshin la cerró de un portazo. — No arreglas nada largándote.

—Tienes razón — se quitó el pelo de la cara —. Esa es tu solución más habitual.

Kenshin notó como si le hubiera dado una patada en el estómago, pero asintió con la cabeza.

— Y tú acabas de demostrar que eres mucho más inteligente y madura. Terminemos este asunto lejos de espectadores que no tienen nada que ver con nuestros problemas. Vamos a dar una vuelta en coche.

—¿Quieres dar una vuelta en coche? Perfecto. Sube.

Volvió a abrir la puerta y montó en el asiento del conductor. Salió a la carretera en cuanto él es­tuvo junto a ella. Fue despacio mientras cruzaban el pueblo, pe­ro aceleró cuando llegaron a la carretera de la cos­ta. Quería sentir la velocidad, el viento y el regus­to punzante del peligro. Todo eso le ayudaría a sofocar parte de la ira y a volver a encontrar el equilibrio.

Los neumáticos chirriaban en las curvas y ace­leró todavía más cuando se percató de que Kenshin es­taba pasándolo mal. Kaoru giró el volante y el coche se estremeció mientras se aferraba a la carretera a centímetros del precipicio. Kenshin carraspeó y Kaoru le lanzó una mirada gélida.

—¿Algún problema?

—No — al menos, se dijo, si te parece diverti­do ir a ciento treinta kilómetros por hora por una carretera que da al vacío y con una bruja cabreada al volante.

La carretera ascendía y Kenshin mantenía los ojos clavados en la casa de piedra del acantilado. Por el momento era su nirvana. Sólo tenía que sobrevivir hasta llegar allí. Cuando entraron en el camino, tuvo que to­mar aire varias veces para que los pulmones le vol­vieran a funcionar.

—Objetivo alcanzado — dijo con alivio Kenshin aunque se reprimió el gesto de secarse las palmas de las manos en los vaqueros —. Sabes dominarte aunque casi no puedas controlarte.

—Muchas gracias — le rebosaba sarcasmo mientras salía del coche —. Entra — dijo secamen­te —. Hay que curar esa herida.

Aunque no estaba seguro de que fuera muy sensato ponerse en sus manos en ese momento, la siguió por el camino.

—La casa está preciosa.

—No me interesa la charla.

—Entonces, no contestes — propuso él.

Entró con ella. Los colores eran vivos, la made­ra estaba encerada y el aire era acogedor y fragante.

Se dio cuenta de que había algunos cambios sutiles muy característicos de Kaoru. Mezclaba la elegancia con el encanto; el gusto exquisito con la sencillez. Aunque ella fue directamente a la co­cina, él se demoró un poco.

Les daría tiempo para calmarse.

Había conservado los pesados muebles tallados que pasaron de una generación a otra, pero añadió texturas lujosas y mullidas. Había alfombras que no reconocía, pero por su antigüedad podía adivi­nar que permanecieron enrolladas en algún desván hasta que Kaoru las desenterró cuando se quedó con la casa.

Velas y flores adornaban todos los rincones. También había cuencos con piedras de colores, montones de cristales resplandecientes y las figuri­tas místicas que había coleccionado toda su vida, y libros. Libros en todas las habitaciones por las que pasó.

Cuando entró en la cocina, Kaoru ya estaba sa­cando cachivaches de un aparador. Eran cazos de cobre reluciente y ramilletes de flores secas con colores y aromas desvaídos. La escoba que había junto a la puerta era muy vieja y los electrodomés­ticos muy modernos.

—Has hecho algunos cambios — dio un golpecito sobre la encimera gris oscuro.

—Sí. Siéntate y quítate la camisa.

Kenshin no le hizo caso y fue a la ventana que daba al jardín.

—Parece sacado de un cuento de hadas.

—Me gustan las flores. Por favor, siéntate. Los dos tenemos que volver al trabajo y me gustaría echar una ojeada a eso.

—Ya hice lo que pude anoche. Sólo tiene que cicatrizarse.

Ella permaneció de pie mirándolo con un fras­co colorado en la mano.

—De acuerdo, de acuerdo. A lo mejor me ha­ces un vendaje con un trozo de tus enaguas.

Kenshin, de mala gana, se sacó el hombro de la ca­misa rasgada y se sentó en una silla junto a la mesa de la cocina.

Kaoru notó un nudo en el estómago al ver las he­ridas en carne viva. No soportaba ver a nadie su­friendo.

—¿Qué le has puesto? — se inclinó y olió. Arrugó la nariz —. Ajo, evidentemente.

—Surtió efecto — se cortaría la lengua antes de reconocer que la herida le palpitaba como un do­lor de muelas.

—Yo no diría lo mismo. No te muevas — le or­denó —. No tengo intención de hacerte daño hasta después de haberte curado.

Kenshin obedeció y notó la magia que se deslizaba en su interior a la vez que sentía los dedos de ella cubiertos de un ungüento balsámico sobre la carne desgarrada. Pudo ver el resplandor rojo de su energía.

Pu­do paladearlo, dulce y penetrante, como el primer bocado de una ciruela suculenta. El aroma a ama­polas de Kaoru le nubló los sentidos.

Se dejó llevar por la sucesión de palabras. Sin pensarlo, giró la cabeza y se frotó la mejilla en su antebrazo.

—Te veo en sueños y oigo tu voz en mi cabeza — acariciado por la delicada energía, habló en gaélico: la lengua de sus antepasados —. Te anhelo hasta cuando estoy contigo. Lo eres todo para mí.

Al notar que Kaoru se apartaba, tuvo que hacer un esfuerzo para mantener el equilibrio, pero ella quitó el brazo y Kenshin se quedó parpadeando y tam­baleándose en la silla.

— Sshh... — Kaoru le acarició el pelo con suavi­dad —. Espera un poco.

Cuando se le aclararon las ideas, Kenshin cerró los puños sobre la mesa.

—Me has dormido. No tenías derecho...

—Si no, habría sido muy doloroso.

Nunca había podido distanciarse del dolor aje­no. Se dio la vuelta para guardar las cosas y sere­narse. Al mitigarle el dolor se sintió recuperada, pero las palabras en gaélico le habían llegado al co­razón.

—Además, no eres el más indicado para ha­blarme de derechos. No he podido borrar del todo las heridas. Eso está fuera de mi alcance, pero cica­trizarán rápidamente.

Kenshin ladeó la cabeza para mirarse el hombro. Casi no se veían las marcas y no notaba molestias. Le sorprendió tanto que la miró con curiosidad.

—Has mejorado mucho.

—He dedicado bastante tiempo a estudiar y perfeccionar mis dones — dejó los cazos y apoyó las manos en la encimera —. Estoy muy furiosa contigo; tanto, que necesito aire.

Salió por la puerta trasera. Fue al estanque a ver los peces nadar entre los nenúfares. Al oírlo llegar, se cruzó de brazos.

—Entonces, enfurécete. Suelta lo que tengas que decir. Yo no voy a cambiar de opinión. Tengo un papel en todo esto, Kaoru. Yo soy parte de todo es­to. Te guste o no.

—La irreflexión y el machismo no caben en todo esto. Te guste o no.

Si Kaoru pensaba que Kenshin iba a disculparse, ten­dría que esperar sentada.

—Vi una oportunidad, una posibilidad, y corrí un riesgo calculado.

Kaoru volvió a girarse.

—Es un riesgo que tengo que correr yo. No tú.

—Siempre tan condenadamente segura de to­do. Siempre has sido igual. ¿Ni siquiera se te ocu­rre pensar que podría haber otro camino?

—No dudo de lo que siento aquí — apretó los puños contra el vientre —. Ni aquí — se los llevó al corazón —. No puedes hacer lo que me correspon­de hacer a mí, y si pudieras…

—Si pudiera...

—No lo permitiría. Es un derecho que tengo de nacimiento.

—Yo también lo tengo — replicó Kenshin —. Si anoche hubiera podido rematar la faena, Kaoru, todo habría terminado.

Kaoru se sentía más cansada que enfadada.

—Lo sabes perfectamente. Lo sabes — se apartó el pelo y se dirigió a un sendero bordeado de varas de lirios que esperaban florecer —. Si se altera una cosa, se pueden alterar otras mil. Si se mueve irrefle­xivamente una pieza del conjunto, se puede destro­zar todo. Hay normas, Kenshin, y tienen sus motivos.

—Siempre has observado las normas más que yo — había cierta amargura en las palabras y Kaoru pudo apreciarlo tanto como él —. ¿Cómo puedes esperar que me quede cruzado de brazos¿Crees que no me doy cuenta de que duermes y comes mal? Noto los esfuerzos que haces por vencer el miedo y me parte el corazón.

Kaoru se volvió al oírlo hablar. Recordaba per­fectamente esa rabia contenida y la inquietud apa­sionada. Le habían atraído cuando Kenshin era un mu­chacho y, que Dios se apiadara de ella, le atraían también las del hombre.

—Si no tuviera miedo, sería estúpida. No soy estúpida. No puedes cubrirme la espalda de esta manera. No puedes volver a desafiar lo que me busca a mí. Quiero tu palabra.

—No puedo dártela.

—Intentemos ser sensatos.

—No — la tomó por los brazos y la atrajo hacia sí —. No, intentemos otra cosa.

La besó ardiente y casi brutalmente. Fue como si la estuviera marcando. Había despertado sus sen­timientos y hurgado en ellos igual que había miti­gado el dolor de la herida. Lo había abierto para confundirse con él y luego dejarlo vacío otra vez. Necesitaba algo, necesitaba una compensación.

La rodeó con los brazos sin que ella pudiera resistirse o aceptar. La atrapó en un beso que era puro anhelo y poco sentimiento. A Kaoru le impre­sionó y le avergonzó el estremecimiento que sin­tió, el placer que la dominó.

A pesar de todo, pudo haberlo detenido. Sólo necesitaba su mente para hacerlo, pero estaba re­bosante de él, como su cuerpo estaba rebosante de deseo.

—No puedo soportarlo — Kenshin apartó los la­bios y le recorrió todo el rostro con ellos —. Acép­tame o maldíceme, pero hazlo ahora.

Kaoru levantó la cabeza hasta que sus miradas se encontraron.

—¿Y si te digo que te marches? Que me quites las manos de encima y te marches…

Kenshin le acarició la espalda y le pasó los dedos por el pelo.

—No lo hagas.

Kaoru pensó que había querido que sufriera y cuando lo había conseguido, no podía soportarlo, por ninguno de los dos.

—Entonces, vamos dentro y estaremos juntos.

Continuara...


Yaps... espero ke hayan disfrutado el capitulo...

grax por los reviews y espero ke sigan llegando

beshos

matta nee