LOVERS WHO UNCOVER

Dormido

"Canta para mi

No quiero despertarme más por mi mismo

No te sientas mal por mí

Quiero que sepas

Que muy dentro de mi corazón realmente quiero irme

Ahí hay otro mundo

Ahí hay un mundo mejor

Bueno… debe de haberlo…"

The Smiths - Asleep

Seguramente todos hemos tenido uno de esos momentos en donde vemos al techo o al cielo y pensamos "Si, esto es perfecto" en donde todo el universo parece haber confabulado a tu favor para que por al menos diez minutos de tu existencia sepas lo que es la felicidad, esos diez minutos que recordarás hasta el día en que tengas ochenta años y puedas rememorar ese episodio de tu vida con suma claridad y sentir que todo se revive. Todo en el lugar y tiempo dado, con la persona indicada en ese preciso instante de perfección pura.

Ese épico y perfecto momento lo estaba viviendo Antonio en medio de un silencio reconfortante, un amanecer purpureo que se iluminaba a medida que el cielo se iba degradando en tonos cada vez más claros, el olor del tabaco, recargado sobre la barda de contención de un mirador a unos metros de la carretera y con Lovino a su lado. Ambos mirando el alba y como las lucecitas diminutas de la ciudad iban apagándose una a una como estrellas caídas que van muriendo mientras el sol toma posesión del firmamento.

Eran finales de otoño y la brisa que soplaba en ese momento era fría así que a pesar de ir abrigados el viento fresco se colaba por sus mangas haciendo que ellos se estremecieran sintiendo las corrientes de aire a veces acariciarles la nuca obligándolos a encogerse un poco. La brisa soplaba tan ligeramente que apenas alcanzaba a moverles los cabellos, escuchaban el pasar de los autos no muy lejos de ellos mientras que estos miraban la extensión de la ciudad que pronto abandonarían.

El olor del tabaco alcanzó la nariz de Antonio y lo percibió como un aroma familiar que lo hizo sentir nostálgico. Lovino estaba sentado sobre la barda con el cigarrillo en los labios, su mirada achocolatada estaba vagando en el horizonte y en sus ojos se podían ver tintes distantes de tristeza.

Antonio miró a Lovino sin decir nada apreciando ese gesto ausente en el muchacho que mantenía el cigarro en su boca, su rizo moviéndose de acuerdo a los caprichos de la brisa juguetona mientras el paisaje ahora azulado y los rayos del sol naciente sobresaltaban los colores marrón obscuro de sus ojos que se iban llenando cada vez más de un dejo melancólico tan romántico que Antonio supo que ese era su instante perfecto, el que guardaría en su memoria por siempre.

Tomó una fotografía mental de ese Lovino tranquilo y triste antes de hablar.

-¿Vas a extrañar este lugar?- preguntó Antonio respirando hondo viendo como la última estrella que quedaba en el cielo era devorada por la luz.

-No- contestó sin más Lovino cerrando sus ojos rápidamente antes de tirar la colilla del cigarro y bajándose de un salto de la barda. –Vámonos- ordenó sin voltear atrás caminando hasta el auto que habían dejado aparcado cerca de ahí.

Habríamos que retroceder un poco para entender esta escena, una escena de dos chicos despidiéndose de una ciudad que los había visto nacer y crecer, así que veamos que los llevó a esta resolución.

Todo había comenzado el día anterior, Antonio y Lovino regresaban de otra de sus tantas salidas "especiales" lo que quería decir que no venían de una fiesta o un paseo por el parque, regresaban después de otro hurto en plena calle. Con el pasar de los días los chicos poco a poco habían empezado a perder los escrúpulos, esa línea entre lo correcto e incorrecto se volvía borrosa y casi invisible en el momento en que empezaron a convencerse de que no robaban por maldad, tampoco porque disfrutaran lastimando al prójimo. No, nada de eso, robaban porque su situación los había llevado a tal extremo y además no era tan malo porque no lastimaban mucho a las personas que asaltaban, seguramente esas personas tenían mucho más dinero en casa y una posición económica cómoda así que el dinero de un día laboral cualquiera no los iba a llevar a la ruina.

No era culpa de Antonio y Lovino, era la culpa de las circunstancias, nada más.

Así que los chicos iban contando los billetes mientras salían de la estación del metro y caminaban hasta la casa de Feliks a quien ahora visitaban a diario. A Lovino realmente no le importaba pasarse por la casa del rubio todos los días porque no había quien reclamara su presencia y sumado a ello al ojiverde no le molestaban sus visitas, por otro lado Antonio había aprendido a evadir a sus padres y aunque estos lo riñeran sencillamente los ignoraba porque era bastante fácil solo salir de su casa cuando ellos se ponían pesados y no regresar sino hasta el día siguiente y eso solo si era realmente necesario hacer acto de presencia en su hogar.

Otra cosa que les instaba a seguir con sus constantes visitas a casa de Feliks era el hecho de que Iván no se había parado por ahí en varios días, corría el rumor de que el ruso había tenido un roce con una pandilla local, hubo disparos, un par de muertos y la policía rondaba constantemente por el rumbo así que Iván se estaba manteniendo en un bajo perfil mientras las cosas se tranquilizaban, por lo tanto Lovino y Antonio a quienes nunca les había agradado la presencia del mafioso, ahora viéndose librados de ella por un rato se daban el lujo de estar en ese departamento que era un paraíso de drogas por largas temporadas, a veces incluso dormían ahí (si Feliks no estaba atendiendo a nadie).

-Feliks debería darnos descuentos por ser clientes frecuentes, debería darnos cupones y todo- bromeaba Antonio viendo los billetes enrollados y sujetos con una liga que Lovino llevaba.

-Ese tipo es un avaricioso de mierda, preferiría que le des un tiro en la cabeza antes que rebajarle un centavo a su mercancía y bueno… lo entiendo, si tuvieras al loco ruso como jefe seguro no quieres arriesgarte a deberle dinero- comentó Lovino mientras iban subiendo tranquilamente.

-¿En serio es de la mafia? Sonríe mucho para serlo- dijo Antonio pensando en el ojivioleta.

-No quiero escuchar eso de ti, pero claro que lo es y según Feliks es peligroso; seguro sonríe mucho porque sabe que nadie puede solo joderlo sin terminar con el cuerpo atascado de plomo y luego nadando boca abajo en un desagüe- le explicó el italiano sintiendo un escalofrío solo de pensarlo mientras que Antonio no comentó más al respecto hasta que llegaron al departamento.

A diferencia de otras veces en las que apenas al ver la puerta Lovino casi la derriba al llamar, en esta ocasión ambos chicos se detuvieron como si una fuerza invisible les hubiera impedido dar un paso más.

-¿Qué pasa?- preguntó Antonio al ver que Lovino dejaba su mano alzada antes de siquiera tocar.

-Nada… es solo que tuve un presentimiento desagradable- contestó el muchacho luego sacudiendo su cabeza al momento en que ese raro sentimiento se hacía un poco más fuerte pero aun con ello tocó a la puerta como solía hacer.

Por alguna extraña razón al otro lado no se escuchaba el escandalo usual que el ojiverde solía armar al ir a atender, de hecho estaba todo muy silencioso hasta que por fin se escuchó el ruido de la perilla siendo girada, la puerta se abrió pero la cadenilla seguía puesta permitiendo que esta solo se abriera un poco dejando solo un resquicio para que un par de ojos violetas se asomaran…

Iván era quien les atendía, por primera vez Antonio y Lovino vieron al ruso sin su cara sonriente, sus ojos violetas parecían más amenazantes y fríos que nunca y un hedor a alcohol los golpeó apenas este abrió la boca.

-Ah… son ustedes… ¿Qué quieren?- preguntó olvidando su cortesía con la que siempre se dirigía a ellos. Los chicos se miraron mutuamente antes de responder.

-Pues venimos a ver a Feliks- dijo Lovino y pareció que la mirada de Iván se ensombrecía todavía más.

-No está- contestó de manera cortante el mafioso.

-¿Sabes a qué hora vuelve?- esta vez fue Antonio quien preguntó e Iván esbozó la sonrisa mas rara que le hubiesen visto antes. El rubio fijó sus ojos en los de los muchachos sin dejar de sonreír.

-No va a volver… está muerto- contestó con una risa amarga al final.

-¿Qué?- preguntó Lovino al que se le había escapado el aire e hizo un esfuerzo monumental por recuperar el aliento.

Iván quitó por fin la cadenilla y abrió por completo la puerta.

-Que está muerto… ¿Qué esperaban? El tipo se metía tanta meta que podría matar un caballo…- dijo dejando de esconder su acento ruso y permitiendo entrar a los chicos que vieron el departamento completamente vacío.

-Eso quiere decir que…- empezó a decir Antonio.

-Sobredosis, eso lo mató- completó Iván alzando su mano en la que llevaba una botella de vodka y le dio un largo trago como si se tratase de agua.

Con estas palabras dichas, la realidad les abofeteó a Lovino y a Antonio, cayeron en seco al mundo verdadero, les escupieron de lleno en la cara la verdad: Las drogas matan.

-¿Co… cómo lo sabes…?- preguntó Lovino a quien se le estaba dificultando bastante respirar, el solo hablar ya era un logro.

-Yo lo encontré, ahí… justo ahí estaba el muy imbécil- contestó Iván y no sabían cómo diablos debían interpretar su tono de voz, se escuchaba tan enojado.

Y estaba enojado, Iván sin quererlo estaba haciendo memoria de cómo había llegado en la madrugada después de su larga ausencia; luego de haberse encontrado con algunos colegas fue a ver a Feliks, había algo que lo había estado molestando todos esos días y eso era la manera en como el ojiverde se había despedido la última vez. Le había dicho un claro "adiós" no un hasta luego o solo un gesto de esos tan afeminados en él y tal vez era una tontería pero el adiós no es algo que dices con tanta casualidad.

Recordaba con exactitud el número de escalones que subió por la escalera de caracol, recordó el número de veces que tocó la puerta sin respuesta, la manera en como encontró el duplicado de la llave que el rubio siempre guardaba bajo la maceta al final del pasillo.

Recordaba con sumo detalle el sonido de la puerta al ceder y por desgracia recordaba el haber visto a Feliks yaciendo en el sillón, estaba recostado boca abajo, su cabello desparramado sobre su cara le cubría gran parte de su rostro, su brazo colgaba del sofá y en el piso estaban tiradas la jeringa, la cuchara y el encendedor junto con varias bolsitas de cristal

-Feliks- le había llamado mientras prendía la luz y lo primero que notó fue el color de la piel del rubio.

Iván maldijo al ver que su brazo tenía un tono grisáceo, no su pálido común, corrió hasta él y lo puso boca arriba, sus labios estaban casi morados. Lo llamó alzando la voz cada vez más, le abofeteó, acercó su boca a su oído pero no estaba respirando, tampoco le latía el corazón.

Lo puso sobre el piso para intentar resucitarlo engañándose a sí mismo… el muchacho ya tenía la piel helada.

Lo único que no podía recordar con seguridad fue cuanto tiempo pasó intentando revivirlo… cuando por fin se dio por vencido y dejó su pecho en paz solo atinó a quedarse en el piso llevándose las manos a la cara esta vez jurando en ruso todas las maldiciones que se le venían a la mente; intentó tranquilizarse y al lograrlo se descubrió la cara.

-No se suponía que terminaras así… hiciste trampa- solo dijo levantándose

Llamó a su gente, no se iba a exponer a llamar una ambulancia pues en ese lugar había más droga que la que un drogadicto promedio pudiera consumir y si lo relacionaban con el incidente de las pandillas y la mafia nada bueno resultaría.

Así que en menos de lo pensado sus contactos llegaron, mientras limpiaban todo Iván se quedó impasible, miraba de vez en vez el cuerpo de Feliks que en ese momento parecía estar timándolo pues daba la impresión de que en realidad estaba profundamente dormido, los hematomas en su brazo resaltaban más que nunca en su piel ya sin color, cuando le dijeron que ya tenían que llevárselo Iván por primera vez hizo un gesto de humanidad y pidió que lo dejaran un momento.

Caminó rodeando su cuerpo mirándolo con una mezcla indescifrable de sentimientos y luego se acuclilló a su lado suavizando el gesto de su rostro

-Te adelantaste y al final otra vez te burlaste de mi… no me dejaste salir victorioso de nuestro juego ¿Verdad? El único que terminó por destruirte fuiste tú mismo, yo solo fui el entretenimiento haciéndome creer que tenía el control sobre ti cuando siempre fue al revés- le decía mientras pasaba sus manos por los cabellos dorados.

-Fuiste un buen jugador Feliks, el mejor que he conocido- dijo finalmente pasando sus dedos por los labios púrpura antes de levantarse y salir de ahí, estando fuera del departamento dio la orden para que se lo llevaran.

-Me pregunto si de verdad se sentía tan solo- dijo entonces Iván dándole otro largo trago a su botella de vodka y los otros dos chicos voltearon a verlo algo dudosos.

-A Feliks le aterraba quedarse solo ¿Por qué creen que se drogaba tanto?... pobre idiota… mira que terminar muerto por esos complejos estúpidos, tampoco es que me importara tanto- dijo Iván con otra serie de risas caminando hasta la habitación también vacía en donde solía pasar las tardes o las noches con el ojiverde.

Iván decía que no le importaba pero la botella casi vacía, su caminar torpe, su hablar patoso y la nula sinceridad en sus palabras delataban todo lo contrario.

Antonio se quedó parado tomando una profunda respiración mientras sentía algo parecido a la tristeza posarse sobre él, estaba intentando asimilar lo que acababan de decirle… Feliks estaba muerto… había desaparecido de la faz de la tierra y esa muerte había sido provocada por las mismas sustancias que él y Lovino consumían.

Entonces todo se volvía un poco más obscuro, los colores divertidos y los fugaces asomos de vida se volvían grises, se convertían en tintes de muerte… un día te inyectas y la pasas bien… otro día solo no regresas del viaje.

Para sorpresa de Antonio empezó a escuchar algunos susurros, volteó a ver a Lovino que estaba persignándose y juntaba sus manos a modo de plegaria mientras empezaba a rezar en voz baja. El español se sorprendió al ver una acción tan humilde por parte de Lovino, aunque tal vez lo que más le sorprendió era el hecho de que Lovino rezara, siempre lo creyó ateo pues nunca mencionaba a Dios o la religión y a veces parecía tan resentido con la vida y el mundo que no llegó a pensar que tuviera ese tipo de creencias, pero aun así decidió no decir nada y acompañó a Lovino en una oración para Feliks y su eterno descanso.

-Vamos- dijo Lovino a quien aún le costaba hablar, Antonio solo asintió con la cabeza siendo el primero en salir aunque al voltear vio que Lovino no se había movido para nada, decidió no insistir y lo dejó a solas un momento mientras él esperaba en el pasillo.

Lovino había visto el brillo peculiar de algo metálico en una esquina de la salita, se acercó y vio una pistola, la que seguramente siempre cargaba Iván, la había visto un par de veces siempre en la cintura del ruso y ahora estaba ahí abandonada. El castaño miró a todos lados cerciorándose de que Iván siguiera emborrachándose en la otra habitación y sin pensársela dos veces la tomó y la escondió entre su ropa.

Era una sensación repugnante tenía que admitir, el metal de una pistola pegado contra su piel al tenerla escondida en la cintura de su pantalón no le daba una sensación en lo mínimo agradable además el arma pesaba más de lo que parecía en las películas. Era algo con lo que le podías arrebatar la vida a alguien si así lo quisieras y justo tenía esa cosa con él después de haberse enterado que alguien había muerto… pero no supo por qué solo la tomó y la llevó consigo, lo hizo tal vez como un reflejo de su cuerpo.

El tener una pistola con él, algo con lo que él mismo podía decidir si alguien moría o vivía le daba esa falsa sensación de control sobre su propia vida, que podía seguir drogándose pero que eso no lo mataría, él tenía control completo sobre su destino y de querer acabar con su existancia ya tenía con que hacerlo; a diferencia de Feliks, las drogas no le iban a quitar nada.

No le dijo nada a Antonio pues no lo pensó prudente y solo se fueron de ahí, por primera vez sus cuerpos no rogaban por droga, por primera vez no sintieron la necesidad de doparse y solo fueron al parque donde solían platicar, esta vez para pensar.

-Lo siento- dijo Antonio sentado a un lado de Lovino quien tenía los pies sobre la destartalada banca, ambos con las miradas puestas en el paisaje.

-¿Por qué?- preguntó el italiano, su voz estaba ronca y de vez en cuando se mordía las uñas.

-Conocías de más tiempo a Feliks y aunque nunca lo hayas dicho sé que era tu amigo… por eso…- comentó Antonio que no estaba muy seguro acerca de cómo actuar en una situación así, sobre todo cuando Lovino se mostraba tan tranquilo.

-Yo creo que Feliks está mejor así- dijo entonces Lovino desencajando por completo a Antonio que lo miró asustado por soltar ese comentario insensible.

-No me malinterpretes, no me alegro por lo que le pasó… es solo que… hubo una vez cuando estábamos en rehabilitación que pareció insinuar algo así- dijo Lovino contándole a Antonio aquella breve anécdota.

Era una de esas sesiones de terapia en grupo que Lovino y Feliks tanto detestaban pero que aprovechaban como ratos de diversión al burlarse de los otros pacientes y haciendo rabiar al doctor, aquella tarde no era la excepción y ahí estaban todos sentados en ese ridículo círculo escuchando la patética historia de alguien recién llegado.

La sala de terapia siempre tenía una nube gris de humo de tabaco sobrevolando el techo, los pacientes fumaban demasiado para intentar controlar la ansiedad así que el par de amigos estaban contribuyendo a hacer esa nube más grande mientras soltaban comentarios hirientes al hombre que en ese momento contaba su triste relato de como tocó fondo.

-Por el amor de Dios, hombre, que no vas a recuperar a tu familia ni en cien años. Si fueras mi padre jamás querría volver a ver tu asquerosa cara cerca de mi después de que pasaste toda mi infancia inhalando cocaína como aspiradora, deja las lágrimas y resígnate a morir solo en tu adicción y tu podredumbre- le espetó Lovino ya arto de los lamentos de todos los días mientras que Feliks a su lado con las piernas cruzadas solo reía a carcajadas crueles.

-Lovino, si tú eres tan sabio ¿Por qué estás aquí también?- preguntó entonces el doctor en cuestión masajeándose las sienes para intentar controlarse.

-Pues porque mis padres me vinieron a tirar a este lugar ¿Eso no viene en su informe? Solo soy un muchacho joven e ingenuo que quiso experimentar y lo atraparon en mal momento, no me ponga al nivel de todos estos enfermos por favor- respondió Lovino mirando a todos por encima del hombro.

-¿Y qué fue lo que te llevó a experimentar?- preguntó de nuevo el medico acomodándose los lentes.

-Doc, ósea mejor usted cuéntenos que tipo de drama tuvo que experimentar para terminar intentando ayudar a un montón de drogadictos porque la paga es así como que un insulto, segurito se guarda un trauma por ahí- interrumpió Feliks sacando el humo de su cigarrillo por la nariz viendo al doctor cruzándose de brazos y acentuando la arruga en su entrecejo.

-Me gustaría escuchar tu historia Feliks, la mía no debe ser tan interesante como la tuya, dinos que te pasó- dijo el hombre intentando reprimir el tonito sarcástico.

Lovino y Feliks soltaron una risa aburrida, sin embargo para asombro de algunos Feliks después se puso serio, se tomó su tiempo para darle una calada a su cigarrillo mientras tiraba la ceniza en el suelo descaradamente, soltó el humo por su boca lentamente antes de hablar.

-Vivir doc… eso me pasó… la puta vida- dijo y sus ojos perdieron picardía y se volvieron más honestos, su voz abandonó el tono afeminado y Lovino por primera y última vez escuchó al verdadero Feliks, el que estaba sobrio.

Era curioso pensar que lo que Antonio y Lovino buscaban tan desesperadamente, la vida misma, aquello por lo que rogaban era la perdición de otros, algunos la rechazaban y paradójicamente… los mataba.

-Espero que estés en lo correcto… que Feliks esté mejor así- dijo entonces Antonio tras escuchar el relato y aquello solo lo deprimió más…

-¿Qué haremos ahora Lovi?- preguntó sintiéndose ansioso, no sería capaz de pasearse por aquel complejo de departamentos otra vez, no podría ver a Iván de nuevo. De pronto todo le parecía más real de lo que le hubiera gustado, se sentía acechado por una verdad irrefutable que tal vez no quería encarar.

-Irnos de aquí- respondió Lovino entonces y el español lo miró sin entender muy bien.

-Vámonos Antonio, vámonos lejos de este lugar- repitió el italiano bajando los pies de la banca y acercándose al ojiverde.

-¿Pero a dónde?- cuestionó el español de nuevo.

-A dónde sea pero que sea lejos. Antonio ¿No lo sientes tú? ¿No sientes… que te sofocas?- le preguntó mirándolo directamente a los ojos y si… después de aquella noticia, después de lo que acababa de pasar sentía que se estaba ahogando, que la realidad los estaba alcanzado.

Antonio finalmente asintió con la cabeza y le pasó una mano por el cuello a Lovino hasta posarla en su nuca y acercarlo a él.

-Si, y si tú dices que lo mejor es irnos entonces hagámoslo…- accedió

-Esta noche, ya no quiero estar más aquí- terminó de decir Lovino y otro silencio los envolvió.

Iban a huir como si el alejarse de la ciudad los fuera a alejar también de la verdad. Podrían seguir escapando pero habría un día en que esas cosas de las que estaban huyendo los alcanzarían.

Esa misma tarde hicieron los preparativos para dejar la ciudad. Quedaron de reunirse en ese mismo parque apenas llegara la noche así que cada quien tomó su propio camino.

Antonio fue directo a su casa y antes de entrar la miró fijamente un largo rato, en cada esquina de esa casa tenía un recuerdo de su infancia y de su juventud, casi podía verse a sí mismo de pequeño jugando a las atrapadas y a los piratas con Francis, llegando a hurtadillas de noche con el galo y Gilbert, cenas con sus padres, comidas con la familia, recuerdos de toda una vida.

Entró por fin, agradeció que sus padres no estuvieran porque hubiese sido muy duro decirles adiós en la cara así que solo fue hasta su habitación la cual recorrió una vez más llenándose de viejas memorias hasta que dejó atrás la nostalgia y preparó un equipaje ligero para luego escribirle una nota a sus padres e incluso a sus amigos.

Se sentía como un chiquillo de quince años que huía de casa, siempre imaginó que el día en que dejara el nido seria al graduarse de la universidad para comenzar una vida respetable pero era todo lo contario, estaba escapando, estaba dejando todo por una persona con quien no tenía nada seguro más que su amor y si lo pensaba desde un punto de vista bohemio era una idea bastante romántica aunque sabía que a sus papás y amigos no les parecería igual en lo absoluto.

La nota se convirtió en una carta de cinco páginas en donde agradecía a todos y pedía disculpas pero también aseguraba estaría bien y feliz… por primera vez una felicidad genuina; tomó su carta y su equipaje, la primera la dejó en la mesa de la cocina a la vista de su madre apenas llegara, después echó un último vistazo a su casa, dejó las llaves y salió de ahí.

Por su parte Lovino solo fue a despedirse de una cosa y una persona, fue hasta el apartamento quemado de su abuelo, y al igual que Antonio, los recuerdos lo embargaron apenas puso un pie ahí sabiendo que sería la última vez que lo haría.

Fue hasta la ventana y corrió las cortinas viendo los otros edificios que se veían cerca, cuando volteó a ver el cuarto pudo ver con claridad cómo era este antes del incendio, vio la imagen de su abuelo jugueteando con él y con Feliciano, la sonrisa afable del viejo ese que nunca se esforzó en ocultar su favoritismo por Feliciano lo que más adelante hizo que se ganara el rencor de Lovino pero cuando eran niños nada de eso existía aun, todavía lo quería y jugaba con él y con su mellizo… esos días en los que el dolor todavía no tenía un significado.

Respiró hondo y fue hasta el marco que alguna vez tuvo una puerta de entrada en donde siempre fue bienvenido.

-Nono addio- se despidió en voz baja saliendo de ahí dirigiéndose ahora a la persona que por tantos años le había provocó sentimientos encontrados.

Al que odiaba pero a la vez quería, al que celaba pero estaba orgulloso… iba a despedirse de su otra mitad.

Lovino fue concienzudamente hasta la escuela en donde su hermano estudiaba, aún era temprano para que saliera de clases o eso supuso así que lo esperó en la esquina sintiendo un extraño nerviosismo porque no sabía que le diría a Feliciano, es más, ni siquiera estaba seguro del porque diablos estaba ahí para decirle adiós al que había hecho que lo corrieran de casa. No se iba a despedir de sus padres, eso ni en broma pero sentía la extraña necesidad de decirle adiós a Feliciano… sería acaso que a pesar de todos los rencores y complejos que tenía en su contra lo quería y no solo porque compartieran un lazo de sangre, lo quería seguramente porque a pesar de todo estaba bien consciente de que su hermanito tonto era el único que aún tenía fe en él, y el único que hasta el último momento intentó rescatarlo.

En medio de sus cavilaciones escuchó a algunos alumnos salir de la escuela mientras charlaban, Lovino se acercó y alcanzó a ver a su hermano.

-Feliciano- lo nombró y el muchacho volteó al instante, no pasó mucho tiempo antes de que sus ojos se llenaran de lágrimas al verlo, era un llorón como siempre.

-¡Hermano!- dijo el menor corriendo hasta Lovino que lo tomó de la muñeca para alejarlo de ahí y llevarlo hasta una esquina más solitaria.

-Hermano ¿Dónde has estado? Te he buscado como loco pero no he podido dar contigo, quiero que regreses a casa y…- pero antes de continuar Lovino le interrumpió al besarlo en la mejilla y luego en la contraria para finalmente abrazarlo con fuerza.

-Her… mano… ¿qué pasa?- preguntó Feliciano teniendo un mal presentimiento siendo acaparado por el mayor que no habló.

Feliciano respondió el abrazo y las lágrimas empezaron a fluir, no necesitó escuchar palabras para saber que estaba haciendo Lovino.

-¿Te vas a ir?- preguntó y solo sintió al mayor asentir con su cabeza. -No vas a volver… ¿Verdad?- dijo de nuevo el muchacho apretando a su mellizo todavía más pretendiendo detenerlo así.

-No dejes de ser la parte buena Feli- Lovino le dijo finalmente soltándolo pero Feliciano alcanzó a tomarlo de la mano.

-No soy tan bueno como piensas… si fuera así de bueno tú estarías en casa- le respondió el menor con la cara llena de lágrimas –Lovino… prométeme que no te va a pasar nada… no me dejes incompleto- le pidió Feliciano soltando su mano lentamente.

Lovino no dijo más, le dio la espalda y se fue escuchando por última vez el llanto de su bobo hermanito y por un momento fue como si le estuvieran desgarrando la carne, arrancándole la mitad de su cuerpo junto con sus huesos y lo que quedaba de su corazón, una parte de él se estaba quedando con Feliciano, y al mismo tiempo sentía que estaba robándose un pedazo de su mellizo para llevársela con él.

La noche llegó y como habían quedado, los chicos se reunieron en el parque a punto de emprender una aventura.

-Entonces… supongo tomaremos el autobús o algo así- dijo Antonio viendo a la poca gente que pasaba por el parque empezando a caminar junto a Lovino que parecía saber bien a donde se dirigían.

-¿Sabes conducir?- preguntó entonces el italiano.

-Eh… si pero no tenemos auto- contestó el español empezando a caminar un poco más rápido pues Lovino se le había adelantado unos pasos.

-Ahora solucionamos eso- contestó el moreno cruzando la calle corriendo con Antonio tras de sí.

Lovino logró alcanzar a un hombre de edad avanzada que estaba parado a un lado de su coche abriendo la puerta de este y apenas entrando en el auto cuando el italiano se puso a su lado siendo alcanzado por Antonio, que apenas llegó al lugar notó la nada discreta pistola que Lovino de pronto se había sacado de entre la ropa y con la que amenazaba al hombre quien palideció y daba la impresión que le iba a dar un paro cardiaco en cualquier momento.

-Sal de ahí o te pego un tiro- le ordenó Lovino y este apenas estaba reaccionando cuando el italiano lo sacó a base de jaloneos y lo tiró casi de un tirón para luego también tirar de Antonio y meterlo a la fuerza al auto para luego meterse él también en el asiento trasero.

-¡Arranca idiota!- le grito a Antonio que parecía desubicado pero por la adrenalina así lo hizo, hundió el pie en el acelerador y apenas Lovino estaba cerrando la puerta salieron a toda velocidad haciendo rechinar las llantas y dejando marcado el pavimento.

-¡Carajo Lovino ¿de dónde sacaste esa cosa?!- preguntó Antonio al borde de un ataque de pánico con las dos manos en el volante aun apretando el acelerador hasta el fondo mientras Lovino intentaba sentarse bien, meciéndose por las vueltas violentas que el ojiverde daba en cada esquina.

-Se la quité a Iván- contestó Lovino maldiciendo mientras intentaba cambiarse al asiento del copiloto.

-¡¿A Iván?! ¡El mafioso ruso Iván que si se entera nos va a enterrar vivos con cemento!- casi gritaba el español cuando finalmente Lovino se sentó al otro lado.

-Pues si… a ese Iván- dijo Lovino con una breve sonrisa en sus labios.

-¡Esto es serio Lovino, no te sonrías!- le regañó Antonio.

-Pero tú también estás sonriendo idiota- le dijo Lovino al ver como Antonio era contagiado un poco por la ocurrencia y como algo tan grave como aquello en un momento como ese les parecía tan absurdo.

Los dos se echaron a reír a carcajadas por lo irreal que aquello parecía, eran dos fugitivos que acababan de robar un auto y el arma predilecta de un capo de la mafia rusa, estaban solos con dinero también hurtado escapando sin saber cuál era realmente su destino, casi parecía sacado de una película.

Siguieron riendo un rato más hasta que se calmaron… era la primera vez que reían desde que el día había comenzado.

-Sigue recto hasta la carretera, no te detengas- dijo Lovino cuando ambos se hubieron calmado y pudieron bajar la velocidad del auto, era un coche viejo aunque el hombre no tardaría mucho en dar anuncio a la policía, ya empezarían a buscarlo en unas horas, aun así eso no les preocupó y siguieron con su rumbo.

Pasaron toda la noche conduciendo y viendo los paisajes de la ciudad que iba cambiando conforme se acercaban a la carretera y una vez ahí se sintieron completamente libres, las cadenas desaparecieron, los grilletes se rompieron y solo estaban ellos y un extenso camino que los llevaría a donde ellos quisieran, lo que también nos trae a la escena inicial.

Habían decidido detenerse un momento en ese mirador solo para tomarse un rápido descanso antes de continuar, sintiéndose atraídos por la imagen del amanecer. Para ellos el alba era la bienvenida a una nueva y mejor vida, lejos de las personas que conocieron, de recuerdos dolorosos, de experiencias amargas… lejos de un mundo diminuto que siempre quisieron destruir y ahora lo dejaban ahí resquebrajado, exhaustos de los intentos de romperlo por completo… ya no importaba, iban a un lugar mejor.

Sin embargo, lo que ellos veían como el inicio de un camino a algo por fin bueno, en realidad era la recta final para llegar al fondo del precipicio.

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Y pues nada, aquí matando personajes y eso… inserten una risa maléfica por favor.

Nunca me cansaré de decir que Polonia es mi personaje mas favorito de todo el universo de Hetalia y como tal se merecía que lo matara en al menos una historia aunque no lo maté solo por el mero placer mórbido de hacerlo (como seguramente algunas personas están pensando), sino porque también quería retratar el impacto de una muerte provocada por drogas en Toño y Lovi y todo ese drama que acaban de leer, así que perdonen si alguien se encariñó mucho con Pol, te amamos aunque estés muerto en esta historia XD

Ahora si, los agradecimientos acostumbrados para la poca gente que sigue al pendiente de esto (tengo la impresión de que cada vez menos personas leen esta cosa) ¡Mil gracias a los valientes que han llegado a este capítulo lacrimógeno! Mil gracias por sus reviews y sus mensajes y esas cosas que hacen que ustedes sean gente bien cool, de verdad muchísimas gracias y espero nos leamos en el siguiente capi para que vean que tan hondo pueden llegar nuestros queridos.