—El escudo de fuerza—
Las penumbras inundaban el ambiente cuando Loki despertó con un sobresalto. Desorientado, tardó en darse cuenta de dónde estaba. Por suerte, el instinto le llevó a permanecer inmóvil, con lo que evitó el peligro de tocar las invisibles paredes del escudo que lo mantenía prisionero. Las tinieblas desdibujaban las formas que se cernían a su alrededor. Al otro lado de la cueva, las ascuas de la chimenea arrojaban una tenue luz contra el suelo de piedra, pero eran incapaces de iluminar los oscuros rincones de su habitación. La temperatura había bajado considerablemente, y un halo frío lo envolvía todo.
Loki se sintió reanimado. La herida de su frente ya no le molestaba, y sus fuerzas parecían haber regresado tras aquel corto y reparador sueño. El hechicero escudriñó en torno a él, forzando la vista para atravesar la oscuridad y detectar la presencia de sus secuestradoras. La calma era total. Gafrell y Faylall no estaban por ninguna parte. Loki se preguntó si estarían escondidas. No obstante, desechó tal idea, pues el nauseabundo olor que segregaban las dos brujas las hubiera delatado en el acto. En cambio, captó otro aroma más agradable. Afinó el oído hasta notar una suave y acompasada respiración a su derecha. Ladeó lentamente la cabeza y descubrió un bulto alargado sobre lo que debía ser el sofá, cubierto por una voluminosa manta de pelo blanco. La cabeza tapada de Sigyn se adivinaba en el lateral más cercano a la cama donde reposaba Loki. La hechicera parecía dormir plácidamente.
Era extraño que ninguna de las brujas lo estuviera vigilando. Tal vez hubieran llegado a la conclusión de que era inútil custodiarlo todo el tiempo. Sin duda creían imposible que Loki consiguiese escapar del escudo de fuerza. El joven mago rió para sí. Aquellas ingenuas le estaban brindando la oportunidad perfecta para evadirse; una oportunidad que no pensaba desaprovechar.
Cautelosamente, se incorporó hasta arrodillarse en la cama como un felino. Sin apenas un ruido, se arrastró hacia el borde de cara a la puerta, atento a cualquier movimiento por parte de Sigyn, y pendiente de la posible aparición de Faylall y Gafrell. No sabía cuánto tiempo se ausentarían las brujas, así que decidió darse prisa antes de que regresaran por casualidad. Deseando que no le estuviesen tendiendo una trampa para crear una excusa con la que hacerle daño, extendió la mano hacia delante y respiró hondo. Cerró los ojos, concentrándose al máximo, hasta percibir cómo la magia se liberaba de su mente como un riachuelo corriendo hacia el mar. Controló el flujo mágico y lo dirigió hacia el escudo. El cosquilleo que le producía el campo de fuerza se agravó cuando pronunció en un susurro inaudible las palabras del encantamiento. La mano le tembló incontroladamente mientras el sudor recorría su frente debido al esfuerzo. Sostuvo la batalla durante un minuto entero que lo dejó extenuado. Empero, no se produjo en el escudo ni la más leve fisura. Se mantuvo intacto y poderoso.
Loki respiró hondo conteniendo la rabia y la impotencia, y optó por cambiar de estrategia. Volvió a cerrar los ojos, obligándose a entrar de nuevo en un estado de calma, y alargó ambas manos al tiempo que murmuraba:
—Rial.
Entonces comenzó a mover sus manos igual que un mimo. Aunque no podía verlo, ahora su mente percibía la solidez del muro que lo encerraba. A través del hechizo era como si pudiese tocar el escudo. Notaba el tacto liso y frío de su superficie. Acariciándolo, fue buscando concienzudamente algún defecto en el mismo, alguna grieta, alguna abolladura, algún punto débil al que poder atacar directamente. Despacio, fue girando, arrastrándose sobre el edredón, casi conteniendo la respiración y temblando ligeramente por el esfuerzo.
Recorrió todo el perímetro sin hallar una sola imperfección. Después de varias pasadas infructuosas, el mago rompió el encantamiento y se dejó caer de espaldas totalmente agotado. Los músculos de los brazos le palpitaban como si la sangre de sus venas hubiese entrado en ebullición, y un pinchazo en su costado le provocaba un fuerte flato como si hubiera corrido varios kilómetros sin parar. Furioso, maldijo en silencio la habilidad que las Brujas de las Nieves habían inculcado en Sigyn, y luego la maldijo a ella.
Entonces la hechicera se movió en el sofá. Se dio la vuelta, volviendo la cara hacia Loki. La joven dormía profundamente. Su faz pálida era tan perfecta como la jaula que había creado. No había forma de romperla. Loki contempló el tranquilo rostro de la muchacha y su interior bulló de rabia. Se incorporó dominado por la cólera y lanzó una bola de energía que se estrelló contra el escudo sin provocar daño alguno y salió rebotada hasta golpear al joven príncipe en el pecho. El impacto lo dejó sin respiración mientras la bola de energía de brillante luz blanca se desvanecía con un chisporroteo igual que fuegos artificiales.
La impotencia invadió a Loki, que se quedó tumbado recuperándose del golpe, con su orgullo más herido que su propio cuerpo. Sigyn continuaba dormida. Ni siquiera se había inmutado. Unas lágrimas de pura frustración brotaron de los cristalinos ojos verdes de Loki. Odiaba a Sigyn con todas sus fuerzas; la odiaba por haberlo secuestrado, por haberle robado su libertad y mantenerlo prisionero…; la odiaba por ser tan buena hechicera…; la odiaba por no haber vuelto jamás al mercado de Asgard, por haberle hecho sentir emociones de amor y ternura y luego haberle roto el corazón con su abandono…; por haberlo ilusionado en balde…; por haberle hecho creer que era especial para ella, que era tan digno de ser amado como lo era Thor.
Durante todos aquellos años Loki había consolidado dentro de sí aquel sentimiento de traición. Y, sin embargo, la explicación que Sigyn le había dado sobre su desaparición la eximía de toda culpa. Sus padres la habían obligado a partir para nunca más volver… Ella no había tenido otra alternativa. Pero… ¿hubiera acudido a la cita de haber podido?
La joven se desperezó un poco, descubriéndose hasta la cintura. Su cabello de plata relucía en la oscuridad, y su camisón blanco brillaba como si estuviese hecho de pequeñas estrellas. Tragando saliva, Loki comprobó que su cuerpo también era perfecto. El medallón que pendía de su cuello se movía al compás de la suave respiración de la muchacha, justo sobre su escote. El joven hechicero volvió a incorporarse para contemplar mejor a la Bruja de las Nieves. ¿Por qué era tan hermosa? ¿Por qué no podía apartar la mirada de ella? Recordó el momento en que se habían despedido junto al lago, el tímido beso que ella le había dado. Imaginó cómo sería recibir ahora un beso de aquellos labios que parecían terciopelo; imaginó el tacto que éstos tendrían sobre su piel, sobre sus propios labios; y el corazón le latió desenfrenadamente. ¿Por qué? ¿Por qué aquella mujer le aceleraba las pulsaciones y le embotaba los sentidos? ¿Por qué le impedía respirar con normalidad y razonar con claridad? Si la odiaba tanto, ¿cómo es que le dolía cada célula del cuerpo al estar separados por aquel escudo invisible?
Sigyn suspiró en sueños y giró su cara angelical más hacia Loki. El hechicero respiró hondo intentando aplacar aquel mar de confusos sentimientos que estaban atormentándolo. El corazón le golpeaba dolorosamente el pecho y su sangre, contradictoriamente caliente para un Gigante de Hielo, recorría su cuerpo dejando a su paso un irrefrenable cosquilleo. Deseó poder estar junto a ella y acariciar sus lacios y fragantes cabellos…
Loki bajó de la cama con la vista hipnóticamente clavada en Sigyn. Sin rastro de odio ni furia, se sentó delicadamente junto a ella y se inclinó suavemente, acercando su cara a la de la muchacha dormida. El corazón casi le estalló de gozo cuando percibió el embriagador perfume que desprendía la joven. Loki apoyó un brazo rozando su cintura de avispa y contempló aquellos labios rojos ligeramente curvados en una tenue sonrisa. Una pasión abrasadora incendió su mente; una pasión que el desdichado hijo menor de Odín sabía que había estado guardando para Sigyn desde el día en que se conocieron. Temblando, como si estuviera ardiendo en fiebre, acercó su rostro al de Sigyn, hasta que sus labios estaban a punto de fundirse en un beso.
Loki cerró los ojos y se dejó llevar… Entonces un grito indignado reverberó en la habitación, seguido de un destellante estallido de luz. Los dardos de fuego impactaron en la espalda de Loki y lo lanzaron contra el suelo. El joven hechicero cayó de cabeza y se retorció de dolor sobre la fría piedra. A su lado, Sigyn se despertó sobresaltada, sin entender lo que estaba pasando. En la puerta arqueada había aparecido Faylall, y con el rostro desencajado, arrojaba dardos ígneos sin parar sobre el indefenso príncipe, que rodó sobre sí mismo entre aullidos de sufrimiento. Durante unos segundos interminables, la gorda bruja acuchilló su cuerpo sin piedad, ensañada y rabiosa, hasta provocarle cientos de cortes sangrantes que oscurecieron sus ropas en incontables puntos que crecían de tamaño a medida que la sangre se derramaba sin control, apagando su vida.
Lo último que la conciencia de Loki advirtió antes de caer en el olvido, fue la acongojada voz de Sigyn y el revuelo blanco de su camisón.
