Capítulo 10
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A la mañana siguiente, tras una tortuosa noche, David se armó de valor y llamó a Killian. Y, sin muchas explicaciones, pero exigiéndole que no contactara con Regina, le pidió que le enviara ropa. Pero cuando le dio la dirección del hospital, este decidió llevársela personalmente. Tenía que saber qué había ocurrido.
Regina, tumbada en la cama de su dormitorio, lloraba sin parar. Su madre, desesperada y sin entender lo que ocurría llamó a Ruby, la gran amiga de Regina. Una hora después ya estaba en el umbral de la casa.
—¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?
Angustiada, Cora arrugó el gesto.
—No lo sé, hija. Ayer por la noche llegó Regina con muy mala cara, se encerró en su dormitorio y desde entonces no ha salido de allí. David no ha venido a dormir. Han debido de pelearse y por eso ella está así.
Ruby se extrañó. En todos los años que estos llevaban juntos, una discusión nunca había ocasionado que David no volviera a casa, ni tan siquiera cuando sucedió «aquello». Entre ellos habían pasado cosas mucho más fuertes como para que un simple enfado les separara.
—Tienes razón. Seguro que será una discusión sin importancia —indicó para intentar que Cora se relajara.
Con una media sonrisa, Cora asintió.
—Eso decía Emma anoche. Pero esta mañana se fue muy temprano a trabajar y no he podido decirle lo que pasa. Yo he intentado hablar con Regina pero no quiere. Solo me dice que la deje descansar. Que lo necesita.
—¿Las niñas saben algo?
La mujer negó con la cabeza.
—Nada. Ayer se acostaron pronto y esta mañana no les ha extrañado no ver a sus padres, ni a Killian.
—¿No ha venido Killian? —preguntó todavía más extrañada Ruby.
—Pues no, hija, tampoco ha venido —suspiró Cora—. Y por eso sé que ha pasado algo. Y algo grave.
—Tranquilízate. Voy a ver qué me cuenta —dijo Ruby mientras subía las escaleras y se dirigía a la habitación de su amiga.
Dio unos golpecitos en la puerta del dormitorio de Regina e intentó entrar.
Pero estaba cerrada por dentro.
—Gina, como no abras, te juro por mis hijos que tiro la puerta abajo y sabes que digo la verdad —espetó con tono muy serio.
Segundos después escuchó como el cerrojo se abría y aparecía su amiga con los ojos hinchados de tanto llorar.
—Entra —le ordenó con apenas un hilo de voz.
—¿Qué pasa? -—le preguntó preocupada una vez dentro.
Y Regina se derrumbó mientras comenzaba a contar entre sollozos todo lo ocurrido, sin escatimar detalles. Ruby no daba crédito a lo que le estaba contando. ¿David tenía una doble vida? Increíble.
Cuando terminó su relato Regina, murmuró sonándose la nariz:
—Esto es como una pesadilla. Jamás pensé que algo así podría sucederme a mí y, sobre todo, después de todo lo que ocurrió. Pero quizá era todo demasiado perfecto. Casi como un cuento de hadas: una vida estupenda, una familia encantadora, un trabajo respetable y un marido que me quería, capaz de perdonarlo todo...
—Y que seguro que aún te quiere —respondió su amiga solícita.
Regina fue a protestar pero calló. Ruby la observaba. Sabía lo que David sentía por ella. Se lo había demostrado en más de una ocasión, pero no entendía aquella doble vida. Y sobre todo no entendía... ¿Por qué ahora?
—Sabes lo que era David para mí—dijo Regina secándose las lágrimas—. Era mi príncipe azul. ¡El hombre perfecto! Pero ¿sabes de lo que me he dado cuenta con esto?
—¿De qué te has dado cuenta?
Con el dolor reflejado en su cara respondió.
—De que la vida no es el maravilloso cuento de hadas que yo creía... porque los príncipes azules también destiñen.
Ver como Regina lloraba con desesperación destrozó a Ruby, pero ella estaba dispuesta a ayudarla en todo lo que pudiera.
—Escúchame Gina —dijo retirándole aquel precioso pelo oscuro de la cara—. Comprendo que los príncipes azules también destiñan, pero debo recordarte como amiga tuya que soy que las princesas también. Entiendo tu dolor, tu furia y tu rabia. Entiendo que en este momento lo único que te apetezca sea coger a David y hundirle por haberse comportado como un cerdo insensible. Pero también entiendo y creo que, precisamente tú, por lo que ocurrió, ya deberías saber que la vida no es un cuento de hadas y que todos, príncipes y princesas desteñimos en algún momento de nuestras vidas.
Tras escuchar las palabras de su amiga, que tanto le daban a entender, Regina se acurrucó entre sus brazos y continuó llorando.
