Nota: Hay un par de escenas que vimos en otro capítulo y que ahora vemos bajo el punto de vista de Draco.

¡Gracias por leer!

PARTE VI (Capitulo único)

Cuando Voldemort se hizo con el poder se dio cuenta de que los elfos podían suponer un gran inconveniente. No todas las familias con un gran linaje lo apoyaban, y algunas de ellas tenían elfos domésticos que no se lo pensarían dos veces a la hora de proteger a sus amos. Impedirles reproducirse y retener a la fuerza a aquellos que se habían quedado sin familia a la que servir fue, a su modo de ver, una necesidad.

Así que los elfos, incluso aquellos que trabajaban bajo las órdenes de familias mortífagas, comenzaron a temer por su supervivencia. Se preguntaron qué sería de ellos si Voldemort seguía secuestrando a los elfos más jóvenes y aprovechándose de su poder. La respuesta no les gustó.

Los elfos eran leales a sus amos. Los elfos nunca dañarían a sus amos. Pero podían dañarse a sí mismos.

Uno de ellos recordó la leyenda de cómo empezaron a servir a los magos. Antaño, cuando eran libres, a menudo eran buscados por otras criaturas ya que se les consideraba una fuente de buena fortuna. Estas criaturas –hadas, gigantes, centauros- les pedían pequeños deseos que terminaban cumpliéndose –lluvia, una buena cosecha, buena salud-. Fue así durante milenios, hasta que los magos decidieron ser codiciosos.

-Mi deseo es que tú y toda tu descendencia debáis cumplir mis órdenes y la de mi familia para siempre.

Y la era de servidumbre a las órdenes de los magos empezó.

Las otras criaturas habían tenido en cuenta que no debían abusar de los deseos que pedían. Con cada deseo que un elfo cumplía, su magia se debilitaba. A los elfos no les importaba porque les gustaba complacer, y de todos modos esos deseos nunca eran lo suficientemente extremos para que notaran las consecuencias. Cuando los magos los apresaron con ese único deseo –la obediencia- en realidad con cada orden cumplida únicamente estaban cumpliendo ese deseo, así que su magia no se debilitó durante los siguientes milenios, y los elfos empezaron a olvidar sus orígenes y las advertencias de sus antepasados.

Cuando este joven elfo recordó la leyenda, inició una revolución. Una que, si bien no les haría libres, les haría inservibles.

Empezaron a enseñar a los magos más pequeños a formular necesidades insignificantes como deseos. "Desearía que…", "si se pudiera…".

Con cada orden formulada de esta manera, los elfos fueron perdiendo su magia cada día un poquito más. El día que Lyra Malfoy deseó volver a una época en la que sus padres se querían, y cuando eso supuso volver en el tiempo varios años, el dique explotó. Todos esos deseos insignificantes que había estado recitando desde niña se cobraron el último pago en Winky, y la elfina perdió su poder.

Por primera vez desde su existencia, fue libre.

-.-.-

-Tú sabías lo que estaba haciendo –constató Vega con la expresión en blanco-.

Vega era rubia y de ojos grises, como su primo y su hermana, Meissa, pero mucho más baja que ambos. Apenas le llegaba a Meissa a los hombros. Vestía un uniforme de doctora con las mangas ligeramente manchadas de sangre, como si hubiera sido sacada con prisas de una operación y no le hubiera dado tiempo de sacar la varita para realizar un hechizo de limpieza.

Ante sus palabras, Meissa frunció el ceño.

-¿Él sabía que estaba haciendo qué?

La única razón por la que estaban en el hospital ahora mismo, al menos desde su punto de vista, era para sacarle información a la elfina doméstica de Draco para ver si ésta sabía dónde estaban sus hijos. De ser por Meissa ahora estarían buscándolos y no aquí perdiendo el tiempo. Draco, sin embargo, pareció asustado cuando se encontró a Winky inconsciente en la despensa, donde por lo visto había estado escondida todo este tiempo golpeándose la cabeza contra la pared hasta perder la consciencia.

-Sobreesforzándose. Haciendo tanta magia que se ha quedado sin ella –contestó Vega-.

-¿Winky? –replicó ella, perpleja-. Pero si casi está de decoración. Está tan ciega que es un milagro que no se caiga por las escaleras más a menudo, y ya ni recuerdo la última vez que se acordó de calentar la comida con un hechizo antes de servirla.

Draco le envió a su prima una mirada agria.

-Es cierto. No puedes negarlo, Draco –se defendió-.

-Vega no se refiere a eso.

-¿Entonces a qué?

-Hay una leyenda que dice que los elfos solían conceder deseos en el pasado, y que cada vez que lo hacían su magia se debilitaba. Vuestra madre me la contó hace tiempo cuando notó que Winky cada vez se mostraba más torpe y apenas podía cumplir sus tareas.

-¿Y has estado ignorando el asunto todo este tiempo?

Draco se encogió de hombros. De pequeño, cada vez que no podía dormir, era Winky quien tomaba prestado un libro de la biblioteca familiar y se lo leía hasta que se dormía. Si esta era la manera que ella y otros elfos habían escogido para luchar lo menos que podía hacer era respetar su decisión.

-Has cometido un error dejándola hacerse esto. ¿Sabes lo que ha pasado en ese cuarto mientras intentaba curarla? –preguntó Vega-. No dejará que la curemos. Sigue diciendo que ha cometido "un gran crimen contra sus amos". Y lo ha hecho. El último hechizo que ha realizado la ha dejado sin fuerzas y ahora ya no puede deshacerlo.

-¿Deshacer el qué? –preguntó Meissa

-Ha enviado a los niños al pasado.

La declaración fue seguida de un largo silencio hasta que Meissa lo cortó con una carcajada, claramente tomándola por loca.

-¡No estoy bromeando!

-Winky no le haría daño a Lyra –musitó Draco mirando el suelo-.

-Es que no quería hacérselo. Seguramente su intención era traerlos de vuelta al cabo de unas horas.

-Déjame hablar con ella –él caminó en dirección a la puerta-.

Vega le cortó el paso. Se miraron el uno al otro con desafío.

-Esto es una locura –musitó Meissa, pálida de pronto al darse cuenta de que los demás creían realmente que todo lo que decían estar pasando estaba pasando de verdad-. Una absoluta locura. ¿No podemos hacer que otro elfo revierta el hechizo?

-Los elfos solo obedecen a sus amos. ¿A quién vas a confiarle la verdad sobre esto?

-¡Callad! –ordenó Draco-. Winky no sería tan… tan irresponsable.

Vega permaneció delante de la puerta con los brazos cruzados.

-De todos modos no puedes hablar con ella –se empecinó-. Vas a ponerla más nerviosa. No va a poder ayudarte por mucho que le grites o le pidas explicaciones.

-¡Lo que voy a hacer yo es rebanarle el cuello! –gritó Meissa-.

-Ya que nuestra madre parece saber tanto sobre este asunto es mejor que le pidáis ayuda a ella, yo intentaré sonsacarle a Winky alguna otra cosa sin que piense que estoy interrogándola…

-¡No me voy de aquí hasta cortarla en pedazos, llevarme sus restos y echárselos a los perros!

Siguieron gritándose los unos a los otros lo que pareció una eternidad, cada uno de ellos culpando a cualquiera menos a sí mismos, hasta que Meissa apartó a su hermana del camino y gritó que se marchaba y que no la siguieran.

-.-.-

La madre de Meissa y Vega, Alcíone, no aportó nada nuevo. Dejó a Draco aún más desconsolado que cuando entró por la puerta pues su única propuesta, que consistía en preguntarle a Draco qué había sido de todos esos otros elfos que en el pasado habían trabajado bajo las órdenes de la familia Malfoy y por qué no podía ordenarles a ellos que hicieran lo mismo que Winky, resultó inútil cuando Draco le respondió que todos habían o bien muerto durante la guerra o sido robados por el Señor Oscuro.

Volvió a casa horas después, solo para encontrarse con Meissa esperándolo sentada en las largas escaleras que llevaban al piso superior de la Mansión Malfoy. Se detuvo en seco al ver su figura encogida.

-¿Qué te ha pasado en la cara? –tenía un feo moretón en el pómulo que tenía todas las papeletas de ponérsele morado en cualquier momento-.

-Nada –se cubrió la mejilla con la mano y le extendió la otra con la palma hacia arriba-.

Draco se le quedó mirando con los ojos desorbitados. En su mano tenía un giratiempo. No era de los antiguos, los que tenían forma de relojes de arena y que tenían numerosas restricciones, como el molesto detalle de tener que vivir por segunda vez el período de tiempo hasta el que has retrocedido (habiendo, por lo tanto, dos versiones de ti que nunca deberán encontrarse por riesgo a fracturar el espacio-tiempo) sino que este tenía forma de un reloj normal y podía viajar al pasado y futuro indistintamente.

-¿De dónde has sacado eso?

-¿Qué importancia tiene eso? Podemos ir a por Crux y Lyra. Vega… Mi hermana dice que ha conseguido que tu elfina le diga donde… cuándo, están. Los ha llevado a principios del año 1997.

-¿Mil novecientos…..? –empezó a decir Draco con los ojos como platos. Tragó saliva y se forzó a volver al tema principal-. ¿De dónde has sacado un giratiempo, Meissa? Y no ignores mi pregunta.

Ella se encogió de hombros como si no importara pero tragó saliva con dificultad. El movimiento atrajo la atención de Draco hasta su cuello y palideció cuando distinguió marcas de dedos en su piel.

Los hombros de Meissa se desplomaron cuando se vio descubierta.

-Pólux me lo contó un día cuando estaba borracho. Me dijo que el Señor Oscuro guardaba un giratiempo en su casa por si "las cosas salían mal y conseguían derrocarlo".

-¿Pólux te ha hecho eso? –Draco apretó los puños a cada lado, como si realmente pretendiera ir en busca de Pólux para golpearlo. Por segunda vez en menos de un día, cabía decir-.

-No.

La lucha desapareció de su cuerpo, porque solo otra persona había sido mencionada durante la explicación de Meissa.

Su prima se levantó lentamente y se apoyó contra la barandilla para evitar caerse.

-Tenemos que irnos antes de que se dé cuenta de que le han robado y llegue a la conclusión de que he sido yo.

-Meissa…

Ella lo silenció levantando una mano. Sus ojos parecían enfebrecidos cuando le indicó a Draco que se acercara y tocara el giratiempo por el lado contrario que ella.

-A la cuenta de tres empieza a girar. Y cuenta los giros. No vas a ser capaz de girar el reloj las veces necesarias de una sentada. Nos turnaremos. Empiezo a contar. Uno, dos, tres… ¡Ya!

-.-.-

Cada vuelta del reloj equivalía a una hora de retroceso.

Veinticuatro vueltas les haría retroceder un día.

Setecientas veinte vueltas les haría retroceder un mes.

Ocho mil setecientos sesenta vueltas les haría retroceder un año, más seis vueltas más para completar el año completo, pues cada año tenía 365 días más seis horas exactamente.

Para retroceder dieciocho años y once meses, de la navidad del año 2015 a Enero del año 1997, en pleno curso escolar (el sexto para Draco en aquel entonces) necesitarían ciento sesenta y cinco mil setecientas diez vueltas.

-.-.-

Draco y Meissa tenían los dedos en carne viva cuando decidieron detenerse.

Tuvieron que esconderse dentro de un armario cuando vieron a otra versión de Draco bajando las escaleras.

Ni siquiera consiguieron retroceder un mes.

-.-.-

Tres horas después, tras muchas más vueltas del reloj, Meissa le cedió de nuevo el giratiempo a Draco y se frotó la mano y el brazo con gesto de dolor.

-Creo que me he torcido la muñeca.

Él se la examinó.

-Quizás se te hinche un poco.

Meissa se dejó caer al sofá aprovechando que era de noche y los miembros de la casa estaban dormidos.

-Es imposible que lo logremos. Deberíamos haber convencido a mis hermanas para que vinieran con nosotros.

-Eso creo –Draco estaba tan cansado que no encontró fuerzas para rebatir su comentario pese a que en su estado de ánimo natural Meissa no habría querido involucrar a Vega y a Hydra en su aventura-.

-Yo voy a dormir un rato. Despiértame en un par de horas.

-.-.-

Decidieron salir de la mansión después de que casi los atraparan. Apenas tuvieron tiempo de saltar dentro de la chimenea al tiempo que gritaban la dirección de Meissa en Londres antes de que el otro Draco –el Draco del pasado- hechizara a las dos figuras que corrían por su casa amparados por la oscuridad. El hechizo rozó a Meissa en la pierna y ahora cojeaba, lo que empeoró su mal humor.

Cuando la mañana llegó, desde su escondite, escucharon las pisadas rápidas de dos niños corriendo y vieron la parte trasera de una cabellera rubia y otra morena desaparecer al girar la esquina. Draco empezó a caminar tras de ellos pero Meissa lo sujetó con fuerza de un hombro.

-Son ellos. Son Lyra y Crux –musitó Draco-.

-Sí.

-¿Qué pasa si nunca los encontramos? –la miró a los ojos-. Están ahí mismo, Meissa. Po…Podemos hablar con ellos.

-¿Y quizás llevártelos? –Meissa pareció leerle a mente-. No son nuestros Lyra y Crux. No todavía. Aunque nos lo lleváramos los nuestros seguirían atrapados en el pasado. Un día los perderíamos de nuevo.

Draco se mordió el labio.

-Solo una vez. Solo… Solo quiero hablar con Lyra.

Cuando Draco entró en el salón, Lyra y Crux estaban peleándose por quién se quedaba el mejor trozo de bacon. Meissa permaneció escondida detrás de la puerta respirando fuertemente mientras Draco se acercaba a los niños. La otra Meissa, la de esta época, probablemente estaba arreglándose para ir a trabajar. Lyra dio un salto en la silla cuando vio a su padre y se le cayó el trozo de bacon al suelo.

-¡Papi, estás aquí!

Cuando Draco se acercó sin decir una palabra y la abrazó con todas sus fuerzas Lyra respondió a su actitud extraña con una sonrisa alegre. Llevaba el pelo castaño atado en dos trenzas y le faltaba uno de los dientes molares de la parte derecha de la boca. No pidió explicaciones por su repentina aparición a pesar de que si había pasado la noche en casa de Meissa debía ser porque el otro Draco se había quedado trabajando hasta muy tarde y ahora estaría durmiendo todavía. Esta Lyra debía tener unos diez años; todavía joven para estar en Hogwarts.

Cubrió sus mejillas con sus manos más grandes y le dio un beso en la frente. Ella actuó como si fuera un día normal como cualquiera y le mostró uno de sus dibujos. Eran Lyra y Miku, el perrito que Draco le había comprado cuando tenía ocho años. Draco se lo cogió.

-¿Me lo puedo quedar?

Ella asintió enérgicamente.

En el piso superior se escuchó una puerta cerrarse.

-Tengo que irme, cielo. ¿Puedes hacerme un favor? –un nuevo asentimiento-. No le digas a la tía Meissa que he estado aquí. Solo he venido a recoger unos guantes que me dejé aquí el otro día… Si me ve volverá a decirme que soy un olvidadizo, como siempre.

Lyra se rio y le plantó la mejilla cuando vio que Draco se levantaba. Draco agachó la cabeza obedientemente y la besó.

-Te quiero, Lyra. Volveré a por ti enseguida.

Lyra lo despidió con la mano mientras Crux se comía todo lo que quedaba de bacon. Draco escuchó su grito de indignación cuando la niña por fin se dio cuenta de lo que su amigo estaba haciendo.

Meissa estaba muy pálida cuando se reencontraron. Tenía la cabeza apoyada contra la puerta de cristal, viendo las figuras difusas de los niños que jugaban y reían al otro lado.

Esa mañana retrocedieron varias semanas de una sentada. Y luego otras más. Y otras más.

-.-.-

La casa de Meissa tenía poco más de catorce años. Cuando retrocedieron en el tiempo más allá de ese momento la casa desapareció y Draco y ella se encontraron en medio de un terreno abandonado, teniendo la mala suerte de toparse de lleno con un altercado entre dos desconocidos y los aurores. Por instinto, Draco echó a correr. A pesar de que podría justificar su presencia a estas horas de la noche simplemente dándoles su nombre, no quería que el Draco de esta época tuviera que dar explicaciones al día siguiente sobre una salida que no recordaba. Meissa debía estar pensando lo mismo porque desapareció detrás de unas ruinas cuando uno de los aurores se acercó para preguntarle si conocía a los dos hombres que estaban arrestando y si podía ayudar a identificarlos.

En la confusión, se separaron.

Draco se detuvo a recuperar el aliento varios minutos después y se apoyó contra la pared de una casa. Se preguntó cuánto tiempo debía esperar antes de volver. Mientras tanto, desde el bar que había enfrente de él escuchó el sonido fuerte de la música y de gente hablando animadamente. Mientras observaba, una figura femenina salió corriendo del establecimiento. No se veía el color de sus ojos desde esta distancia, solo una melena rubia que conforme la mujer avanzaba parecía oscurecerse por arte de magia. Draco vio su perfil y las cejas oscuras antes de que agachara la cabeza y escondiera la cara detrás de su pelo.

Hermione Granger.

-.-.-

Se despegó de la pared y se paró delante de ella antes de poder pensar racionalmente lo que hacía. La mujer chocó contra él y soltó un jadeo de sorpresa. Draco la observó frotarse la frente con confusión, sus cejas haciendo ese movimiento arriba y abajo con el que un día estuvo sorprendentemente familiarizado. Hubo un día, se dijo, en que conoció cada expresión de su cara y movimiento de su cuerpo.

La mano de Draco se levantó casi sin su permiso y se cerró alrededor de la muñeca de Granger. Ella se tensó. Antes de que le diera tiempo a levantar la mirada o reaccionar de algún modo –como empujándolo- la arrastró a un callejón cercano. Granger reaccionó como esperaba –luchando- aunque lo hizo con más rapidez de la que calculó y apenas pudo girar la esquina antes de que lo pateara en una rodilla. Draco gruñó y resistió el impulso de frotarse la rodilla cuando vio que Granger echaba a correr. Volvió a cogerla y la empujó contra la pared. El pulso de Granger latió como loco contra la palma de su mano, la que tenía presionada contra su muñeca, cuando levantó la cabeza y lo reconoció.

O eso pensó.

-Lucius Malfoy.

Draco frunció el ceño imperceptiblemente. Sí, con su pelo recogido en una coleta, se parecía a su padre. O al menos una versión un poco más joven.

-Granger –levantó una mano y tocó su mejilla, casi como… como si los años no hubieran pasado para nada pese a que notaba el peso de la nostalgia en su pecho y ésta no lo dejaba respirar. Ella, al notar su tacto, se apartó de tal manera que se golpeó la cabeza contra la pared. Draco movió su mano junto a la cabeza de Granger, cuya cabellera volvía a ser de nuevo castaña-. Granger, soy yo.

-¡Suéltame, mortífago!

-Granger.

-¡Sé muy bien quién eres, sucio m-¡

Le tapó la boca antes de que pudiera terminar la frase.

-Soy Draco, Granger. No soy mi padre.

Él se acercó más hasta que sus frentes casi se tocaron.

-Te he estado buscando –lo había hecho. La había buscado durante años… hasta Lyra, hasta que comprendió que debía haber muerto durante la redada y que no iba a encontrarla. Aun así la veía cada día cuando Lyra le sonreía, o cada vez que metía la cabeza en un libro y Draco solo podía ver la parte superior de su cabeza, esa melena castaña revuelta por la cantidad de veces que la niña se pasaba la mano por el pelo con frustración cuando no entendía algo. Y últimamente, durante estos días de búsqueda, cada vez que cerraba los ojos y la recordaba sentada encima del pupitre, con las piernas cruzadas, el uniforme de Gryffindor puesto y esa manera a la vez acusadora y anhelante con la que lo miraba cuando se encontraban a escondidas en Hogwarts-. Te he estado… Soy yo, Granger. Mírame –cogió su mano-. Soy Draco.

Granger se soltó y se paró fuera de su alcance, a un paso de entrar en la calle principal. Lo llamó mentiroso.

Draco la cogió por los hombros y vio en sus ojos que estaba a un segundo de ser golpeado. Puso una mano en su cuello, sin doblar los dedos, solo la palma de la mano, y la mantuvo ahí para evitar que se lanzara sobre él. Luego la besó.

El cuerpo en sus brazos se volvió blando. Draco metió los dedos en su pelo y ladeó su cara para besarla mejor pero el movimiento pareció tener el efecto contrario. Ella se zafó y lo pateó, y esta vez no fue su rodilla la que sufrió. Draco emitió un grito ahogado y cubrió con una mano sus partes bajas, maldiciendo a Merlín, Morgana y todos sus muertos. Cuando levantó la cabeza Granger ya no estaba.

-.-.-

Granger, esta Granger, no debía tener más de veinte o veintiún años. Estaba igual que la última vez que la había visto, al otro lado del campo de batalla durante la Batalla de Hogwarts, sus ojos fieros e incuestionables, su mano empuñando su varita con la valentía de un león.

-.-.-

La rastreó hasta las afueras de Londres. Se metió en un descampado y se escondió en una tienda de campaña. No sabía si estaba acompañada o si la tienda tenía algún tipo de trampa para que nadie pudiera entrar así que esperó una hora hasta que vio a Harry Potter y a Ron Weasley acercarse por la misma calle por la que Hermione había venido, ambos cogidos el uno al otro y tambaleándose por la bebida. Se metieron en la tienda de campaña y no volvieron a salir. Draco escuchó sus ronquidos.

Tenía el giratiempo en la mano. Se lo quedó mirando a medida que pasaba el tiempo.

Iba a encontrar a Lyra, eventualmente. Lo haría. Y entonces tendría que volver a su tiempo. El reloj tendría que ser girado en sentido contrario que en los últimos días. Por el bien de corroborar que sí, definitivamente era posible hacer tal cosa –viajar al pasado y al futuro- debía hacer un experimento antes.

Uno pequeño e insignificante. Meissa ni lo notaría.

Giró el reloj seis veces y esperó.

El sol empezó a salir por el este. Se hacía de día.

Dentro de la tienda de campaña, los tres amigos empezaron a despertar.

-.-.-

Si giraba el reloj lo bastante lentamente, podía ver lo que sucedía en cámara rápida. Le siguió la pista de esa manera durante días, a pesar de que para Draco solo pasó unos minutos.

Se dijo que no importaba. Volvería atrás en el tiempo en algún momento, a esa noche en que se había encontrado con Hermione Granger por casualidad, y sería como si nunca hubiera estado ausente. Buscaría a Meissa, ambos volverían atrás en el tiempo tres años más y por fin, por fin, estarían con Lyra y Crux. Sería lo más fácil del mundo.

Pero a medida que pasaba el tiempo, y cuanto más seguía a Granger, más le costaba tomar la decisión.

Una hora más. No importará al final. Un día más. Esto terminará cuando yo quiera, solo tengo que decidirlo…

Entonces un día, por fin, Granger salió de la tienda de campaña sola. Ni Potter ni Weasley la acompañaban.

Corre. Aléjate. No hagas esto. No hables con ella. Esto es ridículo.

-Granger –la llamó-.

Ella sacó la varita a toda prisa y lo apuntó.

-Soy Draco.

-¿Estás usando Poción Multijugos? –cuando no respondió añadió-: Tu padre está muerto.

-¿Podrías bajar la varita?

-Eres un Mortífago –lo acusó-.

-Ya lo sé. Es verdad.

-He escuchado que obedeces a todo cuanto te dice Voldemort. Que eres su perrito faldero.

-Granger, ¿puedes bajar la varita, por favor?

Ella la bajó pero no se la guardó.

Por algún ridículo motivo… se lo contó. Le dijo quien era –no este Draco, no el que ella conocía sino un Draco futuro, uno que ella nunca conocería porque… porque ya no viviría para conocerlo, aunque eso último no se lo dijo. Ella no le creyó. Por supuesto que no. La chica que necesitaba datos y pruebas no creería en una historia tan rocambolesca.

Le mostró la fotografía de Lyra de todos modos, porque si Lyra estaba en el pasado quizás Granger la había conocido. Quizás habían hablado. Pero Granger miró la foto sin dar muestras de reconocimiento.

-¿Quién es?

-No me creerías si te lo dijera –Draco le acarició la mejilla, porque no pudo evitarlo-.

La abrazó y dijo Te he extrañado. Te he extrañado. Merlín, como te he extrañado.

Tendría que habérselo dicho, tantos años en el pasado. Tendría que haberle dicho lo que significaba para él. Decirle que la quería, y que la escogía a ella. Pero no había sucedido así. No había sido el momento correcto, y tampoco había tenido el lujo de escoger. No verdaderamente. No cuando hacerlo habría equivalido a ver morir a su madre a manos del Señor Oscuro.

-Pero ahora sí que tengo una nueva oportunidad –sí que la tenía, ¿verdad? La oportunidad de volver atrás y salvarlas a las dos, ahora que era más mayor y más sabio. La oportunidad de salvar a todo el mundo-. He viajado desde tan lejos, y puedo… puedo retroceder aún más. Puedo retroceder hasta antes de que todo se torciera. Puedo evitar que el Señor Oscuro gane. ¿Debería hacer eso? ¿Me perdonarás si lo hago?

-Malfoy…

-Bésame, Granger, y quizás mañana ambos nos despertemos en un mundo mejor. Como si los últimos años no hubieran pasado. Como si nada hubiera pasado. Volveremos a tener diecisiete años, y nada de esto habrá pasado.

Se besaron y Draco los Apareció en el dormitorio. La empujó contra la cama mientras ella arqueaba la espalda, y luego subió encima de ella. Sus ojos lo miraron cuando bajó la cara para besarla de nuevo, y cuando Draco los cerró le pareció que seguía viendo esos ojos chocolate, la imagen de su mirada apasionada grabada en su mente.

Está aquí. Está aquí conmigo. Después de todo este tiempo.

A menudo le parecía que había imaginado todos esos momentos. Todas esas miradas. Pero por esta vez Granger estaba aquí, con él, y cuando el día llegara, cuando retrocediera atrás en el tiempo, la tendría para siempre. A ella y a Lyra, de alguna manera.

-.-.-

Meissa lo estaba esperando escondida fuera de la casa adyacente al lugar donde se habían separado. No parecía haber estado esperando mucho tiempo; efectivamente había sido como si Draco hubiera girado la esquina y luego hubiera vuelto a aparecer escasos minutos después para encontrarse con ella. En su mano, el giratiempo pesaba más que antes. Ahora había un muro de mentiras robusteciéndolo.

-Queda poco tiempo –dijo ella-. Enseguida estaremos con los niños –y sonrió-.

Draco le correspondió la sonrisa. Por alguna razón, no dijo nada sobre sus nuevos planes. Se aseguraría de que esta vez las cosas fueran como debían.

-.-.-

Cuando Meissa dejó de girar el reloj se encontraron en una calle llena de gente. Había niños caminando de las manos de sus padres, riendo y hablando, y una pareja besándose al final de la calle.

-¿Lo hemos hecho? ¿Estamos en 1997?

No había aurores patrullando las calles, ni gente vistiendo el uniforme civil. Como si la guerra no estuviera batallándose en su ciudad.

-Creo que sí.

Se detuvieron delante de un escaparate que anunciaba las últimas novedades en libros. Reconoció unos pocos autores que solía leer durante su adolescencia pero los libros en sí no tenía ni idea de cuándo habían sido publicados. Meissa sugirió entrar en la tienda. Una vez dentro señaló al empleado que estaba en la caja leyendo un periódico. Se acercaron imperceptiblemente y leyeron la fecha que ponía en la parte superior del periódico.

8 de Mayo de 1998. Una semana después de la Batalla de Hogwarts. ¿Cómo podía estar la gente tan tranquila?

-Nos queda un año y cuatro meses más –dijo ella con un suspiro. Pareció reflexionar durante un momento-. Recuerdo que me pasé días escondida en casa después de la batalla. Mis hermanas y yo, acurrucadas en la cama y llorando por primera vez desde que perdimos a nuestro padre y tuvimos que mudarnos de casa.

-Yo pasé más de una semana con fiebre en la cama después de que me Marcaran.

-Sí, tu madre nos lo contó. No se separó de ti en ningún momento –estuvo un largo momento en silencio-. Es tu última oportunidad de verla.

-¿Qué?

-A tu madre. Murió al cabo de unos meses, ¿no? No vas a tener esta oportunidad de nuevo. Creo que siempre te has preguntado por qué cambió de bando de esa manera. Tu otro yo está ahora mismo dormido o inconsciente y Narcissa… morirá dentro de poco. Nadie sabrá que has estado aquí.

-¿Qué vas a hacer tú mientras tanto?

Ella se encogió de hombros.

-Yo no tengo a nadie a quien quiera ver excepto a Crux. Me quedaré leyendo.

-.-.-

Draco subió las escaleras de la Mansión Malfoy de dos en dos. Abrió la puerta del dormitorio principal de par en par.

Narcissa Malfoy giró la cabeza al escuchar el ruido. Su frente estaba sudada, su pelo revuelto, y en sus manos estrechaba un paño mojado que acababa de sacar del recipiente que tenía al lado de la cama. Se miraron el uno al otro.

-Madre.

Narcissa bajó la cabeza y puso dos dedos sobre sus ojos, un gesto que el Draco niño y el adolescente le habían visto hacer cientos de veces cuando quería tragarse las lágrimas. Cuando levantó la mirada de nuevo sus mejillas estaban secas.

-Draco.

Dio un nuevo paso en la habitación.

-No pareces sorprendida.

-Estoy sorprendida. Y contenta. Supongo que mis esfuerzos por mantenerte con vida serán fructíferos después de todo.

Draco esbozó una sonrisa irónica. Confía en mi madre para que no se muestre emotiva ni siquiera durante el evento más sorprendente de su vida.

Ella le tendió la mano y lo hizo arrodillarse a su lado en la cama. A su hijo con un cuerpo mayor, su hijo que no era el hijo que ella conocía.

-¿Ganamos la guerra?

-¿Qué bando somos "nosotros"?

Ella sonrió con tristeza.

-Ah, ya veo que también conseguí eso. No estaba segura de que fuera a poder contactar con la Orden del Fénix. ¿Quién me puso en contacto con ellos al final? ¿Scrix? ¿Shacklebolt?

-No lo hagas.

La sonrisa de Narcissa se ensanchó, y la tristeza en ella se duplicó.

-Así que no sobrevivo.

-Madre.

-Siempre has sido demasiado fácil de leer.

Levantó la mano con la que sostenía el paño y limpió la frente del chico que estaba tumbado en la cama dormido. El chico de pelo rubio y ojos grises que tenía a su homólogo sentado a su mismo lado, a escasos centímetros.

-Tú odias a los muggles.

-Ya lo sé, Draco.

-No te importan para nada. No te pondrías en peligro por ellos.

-En circunstancias normales no, pero necesitas que haga esto.

-Te equivocas. Es lo último que necesito.

-Le supliqué al Señor Oscuro que no te Marcara. Eres demasiado joven. Le dije eso, pero no le importó poner tu vida en peligro. Ese es uno de los motivos por los que hago esto. El otro…

Se levantó y se inclinó sobre la figura dormida. Apartó un mechón de pelo rubio y lo besó en la frente. El Draco de este tiempo se removió y abrió la boca.

-…er. Granger…

El estómago de Draco se hundió. Narcissa le cogió la mano.

-Los hijos siempre son lo más importante para una madre.

-Nagini te va a matar.

-Nagini, ¿eh? Esa información podría serme útil. Los Black siempre estamos preparados para todo, o eso solía decirme mi familia. Quizás hasta pueda salvarme si sé a lo que me enfrento, ¿verdad?

-.-.-

Meissa se levantó de un salto cuando lo vio llegar e intentó buscar respuestas en su expresión.

-Voy a matar al Señor Oscuro.

Ella ladeó la cabeza.

-Hoy mismo. Cuando recuperemos a Lyra y a Crux. Antes de volver a nuestro tiempo. Voy a matarlo. Y mi madre vivirá.

La sonrisa de Meissa tembló un poco.

-Eso es una locura.

Él extendió la mano para que le diera el giratiempo.

-Hablemos de esto primero.

-No hay nada de lo que hablar. ¿Acaso quieres volver a la mierda de mundo del que venimos?

-No podemos cambiar el pasado así como así. Habrá consecuencias. Lo intentaremos en nuestro propio tiempo…

-En nuestro tiempo es demasiado poderoso –estalló Draco-. En mi tiempo mi madre está muerta, y Granger, y la mitad del país. En mi tiempo Lyra ha crecido pensando que está bien tener esclavos.

Los ojos de Meissa refulgieron con un fuego extraño.

-Tu hija no nacerá si salvas al mundo y te quedas con la chica. No eres un héroe, Draco.

Draco dio un paso amenazador hacia ella y ordenó:

-Dame el giratiempo.

Ella se lo entregó con expresión desafiante.

-Adelante.

Juntos tocaron el pequeño objeto y Draco empezó a girar el reloj.

Pronto. Muy pronto.