N/T okay, okay, ya no diré nada con respecto a cuándo actualizaré… pero miren el lado bueno, tardé un día más del acordado no? XD aprovecho este espacio para agradecer todos sus maravillosos comentarios que más que motivarme, me alegran, y un espíritu contento, es un espíritu exaltado que puede lograr muchas cosas! Como actualizar de seguido por ejemplo… jaja en fin, para las que les ha sabido a poco los caps anteriores, éste es el doble de largo que los anteriores, espero que lo disfruten ;) la canción de este capi es Mrs Brown's lullaby de la película Nanny McPhee… por cierto olvidé mencionar que la canción del capi pasado se llama Lavender´s blue… a mí me encanta y deben escucharla porque es simplemente hermosa, es más vayan ahora mismo antes de leer el capi y escúchenla! En lo personal me gusta la del soundtrack de la película Cenicienta ;) uff ya me alargué! Como siempre disfruten y cualquier cosa díganmelo sin pena!
Nos leemos!
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Chapter 10
DÍA CUATRO
HERMIONE
-El cielo se ve diferente hoy – comenté al tiempo que el viento mañanero soplaba mi cabello y sacudía el campo.
-No, no se ve diferente – dijo Draco detrás de mí – Luce igual que ayer, y el día antes de ese, y el día antes de…
-No, mira – insistí, deteniéndome y señalando a un conjunto estrecho de nubes - ¿Ves eso? Es diferente – parece una alfombra.
Draco paró a mi lado y contempló el cielo.
-¿Se supone que eso debe entretenerme? – dijo llanamente.
-¿Necesitas que te entretenga? – lo miré incrédula. Él rodó los ojos.
-Es eso o que también quiero salir de aquí – colocó sus manos en sus caderas. Hice una mueca. Sí, él me estaba hablando – lo cual era una mejora – la cosa es que hablaba sobre salir de la Sala. Ya. Probablemente porque el bosque ya no estaba más justo enfrente de nosotros.
-Umm… - luché pensando en algo que lo distraiga lo suficiente para que dejara de pensar en escapar – en algo que tampoco sonara estúpido. -¿Qué tal si… qué tal si caminamos en dirección al norte – o donde sea que esa dirección sea… hasta que ya no veamos el sauce más?
-¿Para qué? – me dirigió una mirada chistosa.
-Bueno… ¿para ver si uno de nosotros se da de bruces con alguna pared?
Esperé, intentando esconder mi mueca, preocupada por su reacción – pero por la claridad que vi en sus ojos, supe que pensaba que mi idea tenía mérito. Asintió una vez y se giró hacia el norte.
-Bien. De todas maneras es mejor que caminar en círculos.
-De acuerdo – dije preparada – Vamos.
Y nos fuimos. Caminamos y caminamos, marchando a través de partes del campo que difícilmente llagaban hasta nuestras rodillas, y otras que se alzaban hasta nuestros oídos – lo que era raro. Cada tanto, pararíamos y mirábamos hacia atrás, asegurándonos que aun veíamos el sauce. Luego nos encaminaríamos de nuevo. Al mismo tiempo era cuidadosa en evitar pensar maneras de salir de aquí, porque si lo hacía, tenía la quisquillosa sensación que nos podríamos encarar con otra pesadilla.
El sol se elevaba alto sobre nosotros y el viento soplaba más fuerte cuán más lejos fuéramos, desordenando nuestro cabello y vestimenta. Aun así éste tenía un olor a tierra y era divino.
-Hasta aquí es, entonces – dije finalmente, después de una ojeada sobre mi hombro.
-¿Qué? – se detuvo Draco.
-Apenas lo veo – dije, bizqueando de vuelta al sauce. Draco sacudió la cabeza.
-De ninguna manera en el planeta esta Sala es tan grande.
Me encogí de hombros.
-He caminado en este campo y sentido como si no hubiera llegado a ningún lugar en absoluto – suspiré – Es un truco, sabes.
-Y uno estúpido.
Miré hacia el cielo.
-El sol está bajando. Será mejor que volvamos.
-Bueno – dijo Draco, y rompió en una carrera.
-¡Hey! – grité, pero él no se detuvo. Mi corazón latía vertiginosamente y con eso, empecé a correr también.
Corríamos disparados a través del sauce, mientras este pasaba a nuestro lado, sacudiéndose bajo nuestros pies y susurrando cuando azotaba nuestras piernas. Alcancé a Draco, él me miró… y de repente era una carrera.
Soy competitiva hasta la muerte. Pero él también lo es – lo sabía por el Quidditch. Él bajó la cabeza y agigantó sus pisadas. Yo hice lo mismo.
De pronto, íbamos descendiendo una colina – una colina que no recordaba haber escalado antes – y luego ascendíamos otra un poco más baja y luego bajábamos otra. Dejé salir un grito al tiempo que aceleraba hasta casi el borde de mi control, con mis brazos extendidos después que alcanzara el punto más bajo para después empezar a subir de nuevo. En cualquier momento, uno de los dos podría tropezarse con sus pies con una raíz y terminar tumbados en el suelo.
-Vamos Granger, eres una boba – Draco se mofó, corriendo enfrente de mí.
-¡No soy una boba! – grité de vuelta – No puedo evitar que tus piernas… sean… tan… ¡largas!
Llegamos al tope de la siguiente colina, con él riéndose de mí. Yo grazné – aunque fue más como un chillido – a la vez que lo adelantaba, y entonces –
Draco ladró. Y se cayó.
Me detuve de inmediato y me giré justo a tiempo para ver su blanca cabellera desaparecer entre las hojas que proveía el campo. Me reí a carcajadas.
-¡Brillante! ¡Qué brillante! – me detuve, presionando mi mano contra mi pecho, tratando de recuperar el aliento. Él no respondió. Titubeé. - ¿Estás bien?
Entonces el juró y maldijo de una manera muy colorida – y su voz sonaba tensa. Dejé se sentirme alegre.
-¿Draco? – me apuré hacia él, esperando que no me tropezara sobre él. En ese momento él se levantó. Más o menos.
Trastabilló sobre sus pies, con una mueca llevando su mano hacia su rodilla derecha y colocando todo su peso en su pierna izquierda. Pedazos de pajita se asomaban entre su cabello.
-¿Qué pasó? – jadeé, llegando hasta él. Él maldijo de nuevo, se hizo a un lado y apuntó hacia abajo y detrás de él.
-Esa jodida cosa ha roto mi tobillo – dijo entre dientes. Miré tras él y estreché los ojos.
Era una puerta en la tierra. De color marrón, cuadrada, como una especie de portón hecho de madera y un pomo de latón. Me dirigí hacia ahí.
-¿Estás segura que quieres hacer eso? – advirtió Draco, habiéndose dado cuenta de lo que estaba pensando. Hice una pausa. Luego envolví los brazos a mi alrededor.
-Obviamente. ¿Qué podría pasar?
Él hizo un sonido de ahogo.
-Uhh… ni siquiera me dignaré en contestar eso.
Me arrodillé, y agarré el pomo de latón.
-Granger, de verdad… - Draco retrocedió dos pasos – No deberías…
La abrí. Las bisagras chirriaron. Contemplé lo que había allá abajo dentro de ese hoyo con forma cuadrada. Sonreí.
-Ten cuidado, a lo mejor puedes ser mordido por esta caja venenosa – dije, extendiendo mi mano y sacando una gran caja plana y sosteniéndosela a Draco para que la viera a la luz del sol. Él se la quedó mirando.
-Es un juego de ajedrez – dijo. Asentí, y luego miré de vuelta al hoyo. El fondo y los costados de éste parecían madera. Aparte de eso, no había nada más.
-¿Hay otra cosa? – Draco se acercó. Sacudí la cabeza.
-No. Solo esto.
-Genial - Draco murmuró. - ¿Y qué se supone que haremos con eso?
-Creo que es bastante obvio, ¿no crees? – dije, cerrando la puerta y colocándome sobre mis pies para encararlo. Incliné la cabeza y le lancé una mirada desafiante – Te voy a vencer tantas veces que ni siquiera sabrás lo que te pasó.
Sus ojos se abrieron amplios.
-Qué - ¿crees que puedes vencerme en el ajedrez?
-Oh, no… Sé que lo haré – repliqué, echando mi cabello a un lado y pasando de él en dirección al sauce, que no estaba a cien metros de distancia. Lo escuché patalearse con el campo, maldiciendo de nuevo.
-Maldita sea, Granger. Estoy lisiado.
-Y bien, ¿qué quieres que haga al respecto? – dije, girando de vuelta a mirarlo.
-No sé, ¡algo! – gritó, trastabillando en un solo pie, claramente adolorido.
-Bueno, coloca tu mano en mi hombro e inclínate hacia mí – sugerí. Él hizo una mueca.
-No te tocaré – escupió.
-Está bien – levanté la cabeza – Cáete de nuevo – me volví y seguí caminando. Draco forcejeó detrás de mí. Él trató de adelantarse a través de una sección de campo especialmente alta, pero juró de nuevo.
-Deja de usar ese lenguaje - espeté, sin voltearme.
-Entonces deja de caminar – rugió.
-No.
-¡Sí!
-¡No! – disparé de vuelta, girándome de nuevo – ¡No dejaré que andes ordenándome nada!
Él me miró con completa exasperación.
-¿Qué quieres que diga?
-Di por favor por una vez en tu vida – grité - ¿Te mataría hacerlo?
El fuego en su mirada debió haberme matado, pero cuando casi se cae de nuevo, perdió su fiereza.
-Bien – gruñó – Por favor.
-¿Por favor qué? – presioné.
-Por favor deja de caminar.
-¿Por qué?
Su boca se cerró. Pero su mirada destelló. Me quedé donde estaba por un momento, y luego suspiré. Lo había presionado tanto como su orgullo lo permitía, por el momento. Caminé hasta su lado, encaré el sauce y luego miré hacia abajo mi hombro izquierda y arriba a él.
-Adelante – dije, alzando una ceja junto con las esquinas de mi boca – No tengo lepra.
Draco echaba fuego por los ojos en dirección al suelo, pero después se enderezó, teniendo que detenerse para mantener el balance. Entonces, los músculos de su mandíbula se contrajeron y extendió su mano derecha y la asentó en mi hombro.
Me detuve. Su mano se sentía cálida contra mí, con el sol centelleando en su anillo. Observé su rostro y, por un instante, me miró de vuelta.
Había estado pensando en darle un discurso acerca de lo bueno que era pedir las cosas por favor, pero mis palabras murieron y me quedé callada. No era necesario decirlo. De hecho, si dijera algo, lo avergonzaría y lo desmotivaría de pedir ayuda en un futuro.
Y quién sabe qué cosas crueles y condescendientes le dirá o hará Lucius si él mostraba algún signo de debilidad, o siquiera daba muestras de necesitar ayuda si de verdad estaba maltrecho.
Así que en vez de eso, solo levanté las cejas.
-¿Listo?
Asintió una sola vez, rompiendo el contacto visual. Empecé a caminar.
Era una caminata un tanto extraña – como a tirones y desequilibrada, porque efectivamente él me estaba usando como una muleta. Tuve que forcejear para mantener mi balance y no tirar el juego de ajedrez. Ahora y en ese entonces, dirigiría secretas miradas a su apretada expresión. Nunca me había dado cuenta de lo alto que era – era probablemente más alto que Ron.
Una punzada recorrió mi ser. Ron. Harry.
¿Cuánto había pasado desde que los vi por última vez?
Tragando, ayudé a Draco hasta llegar a la cortina del sauce, la empujé a un lado y él entró después. Con prontitud dejó mi lado, sentándose en la tierra por ese reloj y con cautelosamente desató su zapato.
-Te juro que mi hueso está roto – murmuró.
Abrí la boca pero entonces mordí mi lengua. Casi lo llamo por un nombre, para burlarme por todo el show que estaba haciendo. Pero luego me recordé de cuán rápido él había estado corriendo, con lo que se había tropezado y que tan fuerte se había caído.
-¿Luce roto? – pregunté, arrodillándome a una distancia corta de él y ubicando la caja de ajedrez sobre el pasto.
-Eso es lo que estoy tratando de averiguar, ¿no es así? – replicó. Esta vez, mordí el interior de mi mejilla. Al siguiente momento, vi que él tenía todo el derecho de estar actuando maniáticamente.
Cuando el cuidadosamente quitó su calcetín, aspirando el aire en un siseo, vi que su tobillo y la punta de su pie estaban hinchados, volviéndose de un color rojo y púrpura. Hice una mueca.
-Eso luce terrible.
-Se siente terrible – gruñó, delicadamente rodeando su tobillo con sus dedos – Brillante. Solo brillante.
-Necesita ser cubierto con hielo – dije, estudiándolo. Él me miró como si viniera de Marte.
-¿Hielo?
-Sí – asentí – sin magia, si pones hielo en una herida, hace que la hinchazón se reduzca y de ese modo puedes curarte.
Arqueó una ceja en mi dirección.
-Basura.
-¡Es cierto! – insistí – Cuando era pequeña, me caí y torcí mi muñeca. Tuve que colocar bolsas de vegetales congelados sobre mi brazo para evitar que luciera ridículo. Además – me encogí de hombros - Hizo que se entumeciera y también evitó que doliera tanto.
Por un segundo, pensé que discutiría conmigo. En vez de eso, su ceño se frunció y de repente sus ojos lucían vidriosos. Arrugué la frente. Él estaba muy pálido y sus labios estaban emblanquecidos. Me senté en el puesto. Estaba tratando de camuflarlo, pero en verdad se había lastimado. Necesitaba hielo, y una almohada… y un cómodo lugar donde sentarse.
Draco saltó y dejó salir otra maldición. Pero no le dije que se callara. Estaba demasiado ocupada cayéndome sobre mis manos y con la boca abierta.
Justo ahí entre nosotros, reposaban una almohada blanca junto con una sábana azul y tres paquetes de hielo. No había habido ningún puf, ningún humo, ni chispas, nada. Un instante no estaban ahí, y luego sí estaban.
Por un largo momento, solamente nos quedamos mirando los objetos como unos bobos. Después, nos miramos el uno al otro. Sonreí.
-Perfecto – declaré, me senté de vuelta y tomé la almohada. Draco se apartó.
-Granger – sostuvo una mano en alto - ¿Qué vas a hacer con eso?
-Ahogarte – dije, sarcástica – Relájate, Malfoy.
-Entonces dime qué es lo que vas a hacer.
No respondí. En vez de eso, me desplacé sobre el suelo y alcancé uno de los paquetes de hielo, para después sostener la pantorrilla de Draco.
-¡Quítate! – manoteó mi mano.
-No seas absurdo – alejé su mano del camino.
-No necesito una enfermera. Granger, no… ¡aahhhhhhhoww!
Levanté su pie, deslicé la almohada y luego el hielo bajo esta, y luego ajusté su pie sobre la almohada.
-Lo siento, lo siento – hice una mueca. Después tomé los otros paquetes de hielo y los coloqué sobre su tobillo y la parte alta de su pie. Lo miré. Toda la parte superior de su cuerpo se había quedado totalmente tiesa, su boca dejaba ver sus dientes y además estaba asesinando con sus ojos al hielo.
-¡Eso duele más que antes! – chilló.
-Lo sé, lo sé… lo siento – dije – Dolerá por otro rato más pero entre más tiempo lo conserves de ese modo, más pronto la hinchazón disminuirá.
-¿Por qué está hinchado siquiera? – rechinó los dientes – Estaba corriendo en una sala imaginaria y me tropecé con una puerta imaginaria.
-No sé – confesé, deslizándome sobre el suelo de nuevo y agarrando la almohada de Slytherin – Siéntate derecho.
-No.
-¿Por favor?
Rechinó los dientes, pero de igual modo se inclinó hacia delante haciendo una mueca. Rápidamente, ubiqué la almohada entre él y la raíz. Se inclinó de vuelta y envolvió sus brazos a su alrededor, mirando ceñudamente su pie.
-Esto es humillante – murmuró.
-¿Qué? – demandé, sentándome de nuevo – ¿Herirte tú mismo o dejar que alguien cuide de ti?
No respondió. Solo tragó y un poco del veneno de su mirada se desvaneció. Me quedé ahí por un momento, tratando de no decir nada y después me levanté y retrocedí unos cuantos pasos. Extendí la sábana sobre la tierra, me senté sobre ella y abrí la caja del tablero de ajedrez. Dentro había dos conjuntos de piezas: negras y blancas, que combinaban con el color del diseño del tablero del exterior de la caja. Abrí la misma y la posé sobre el suelo, de costado, y empecé a organizar las piezas. Observé con interés que no eran piezas de ajedrez mágicas. Eran ordinarias, justo como las que solía usar cuando jugaba con mi papá.
Sentía a Draco mirándome, alzando una ceja en una o dos ocasiones a la vez que ajustaba a los reyes. Las negras estaban de su lado, las blancas del mío. Entonces, cuando estuve satisfecha, me volví sobre mi misma recostándome sobre mi estómago, reposándome sobre mis codos con mi cabeza por encima del tablero. Levanté mi cara hacia Draco, que seguía mirándome.
-Tu turno – dije. Frunció el ceño. Incliné la cabeza.
-Jugaremos dos de tres. El que pierda le toca cantar esta noche – lo reté.
-En ese caso… - dijo, retorciéndose en su lugar y así poder alcanzar las piezas. Empujó un peón dos espacios hacia delante y sonrió torcidamente. – Que los juegos comiencen.
DRACO
Estaba adolorido. Muy adolorido. Pero estaba tratando salvajemente de no demostrarlo. Solía hacer todo un show sobre mis heridas – como en el incidente del hipogrifo – pero luego me tatuaron la marca tenebrosa. Y esa vez conocí el verdadero significado de la agonía. Después de eso, me había golpeado la mano accidentalmente con una puerta, para que después Bellatrix me la quemara con un hechizo lanza chispas, sin soltar ni una sola lágrima.
Pero justo ahora, algo estaba definitivamente mal con mi tobillo – lo sentía torcido, o como si estuviera fuera de su lugar o algo. Roto. Era tan fastidioso. Me había sentido excelente esta mañana – como si hubiera tenido la primera noche de sueño entera en un mes. Y más tarde de eso, no podía recordar ninguna vez, en la que había corrido tan rápido solo por diversión.
Luego tuve que venir y tropezarme con algo y mortificarme a mí mismo. Y Granger diciéndome que un poco de hielo podría ayudar. Dicho hielo me hizo querer gritar.
Pero no pude hacerlo. No más, y no enfrente de ella. Así que iba a pretender jugar ajedrez. Y tratar de no desmallarme.
HERMIONE
-Tu turno – murmuré.
-Sé eso.
-Entonces muévete.
-¿Qué, tienes algún lugar en el que estar?
No miré arriba para ver si Draco estaba echando fuego por los ojos cuando dijo eso. Solo suspiré, apreté mis puños y coloqué mi barbilla sobre ellos contemplando el tablero. El espeso pasto era incluso más cómodo ahora que estaba sobre mi estómago y una sábana. Hasta tenía un poco de sueño. Draco se recostaba en su lado, su cabeza y hombros hundidos en su almohada, que había permanecido alzada contra la raíz, pero se había arrugado un poco después de las pasadas horas.
-No puedo sentir mi pie en absoluto – musitó. Alcé las cejas y observé su pie cubierto en hielo.
-Bien – dije – Con suerte se sentirá mejor en la mañana.
Hubo un momento de silencio contemplativo, y luego habló, un poco más bajo que antes.
-Creo que me ha congelado.
Miré en su dirección. Su rostro seguía muy pálido, quizá más, con oscuros círculos bajo sus ojos y una línea de concentración entre sus cejas, como si tuviera fiebre. Sus ojos mismos tenían poca luz y parpadeaba lentamente. Mi ceño se frunció.
-¿Estás bien?
Él no respondió. Finalmente eso hizo que me sentara recta. Una punzada de nerviosismo me recorrió. No era una doctora, y tampoco tenía magia. ¿Qué tal si se había roto un hueso de verdad? ¡Eso es increíblemente doloroso! Y aquí estaba yo, haciéndolo jugar como si nada más grave le hubiera pasado a su pie.
-Aquí – dije, tomando el tablero de ajedrez manteniendo las piezas en su lugar y colocándolo a un lado. Luego agarré la sábana de lana y lo arropé con ella. Frunció el ceño pero no dijo nada. Eso lo confirmaba: era peor de lo que había pensado.
Me arrodillé a su lado y enfrente de él, y ajusté la sábana a su alrededor de sus hombros. Él miraba al frente, sin reconocerme.
-No tienes que cantar hoy – dije, tratando de sonar ligera – Incluso cuando claramente estaba a punto de ganar.
-Ya lo quisieras – murmuró, pero un poco de la dureza alrededor de sus ojos se suavizó. Sonreí. Y luego solo me quedé ahí. Casi me alejé, pero desde que no parecía importarle cuán cerca estaba, lentamente me hundí en el lugar, mi codo tocando su costado. Por un largo momento, solo estuve ahí, estudiando las líneas de su cara.
Necesitaba hacer algo. No tenía desinflamadores ni nada que darle a excepción del hielo. Mi frente se arrugó y tragué. Recordaba lo que mi mamá había hecho cuando torcí mi brazo, y eso pareció ayudar en el momento. Pero yo era yo, y este era Draco Malfoy. Mordí mi labio. Él cerró los ojos y aspiró agudamente, sacudiendo su pierna en el proceso. Cerré mis manos y tragué duro de nuevo. Bien, intentaría al menos una pequeña parte del remedio de mi mamá. Abrí la boca y empecé a cantar… muy, muy bajo.
"Loola bye, oh loola bye,
Mi adorable loola luna,
Anda de puntillas donde mi bebé se posa,
En tus pequeñas zapatillas plateadas…"
La reacción de la Sala fue instantánea – de hecho me asustó. Luces doradas revolteando, como hadas, nacían del pasto y nos rodeaban con un suave resplandor. El rostro de Draco se relajó y dejó salir un largo suspiro. La luz dorada se fundió en él. Seguí cantando.
"Podrías proteger, cuidar,
Podrías observar, por favor,
A mi borreguito llorón,
A mi dulce pollito…"
Las luces se hundieron en él, acumulándose alrededor de su tobillo lastimado e iluminándolo por un breve momento. Él se arrebujó contra su almohada y suspiró de nuevo. Y después, finalmente, me arriesgué a hacer la otra cosa que mi mamá había hecho cuando resulté herida. Extendí mi mano y, casi temerosa de tocarlo, acaricié el delicado cabello de su frente con mis dedos.
Entonces, algo nuevo pasó. Mis dedos dejaban huellas centelleantes en su pelo. Y al tiempo que acariciaba suavemente sus cabellos como de seda, esas huellas se hundían en su cabeza también. Las puntas de mis dedos se tornaron cálidas. Y luego esa calidez trepó por mi brazo hasta mi pecho.
"Loola bye, oh loola bye" – susurré – "En tus pequeñas zapatillas plateadas…"
Se oscureció de nuevo dentro del sauce, al tiempo que una por una las luce desaparecían, como velas que se derretían en una catedral. De hecho, estaba más oscuro que nunca antes – pero no tenía miedo. En vez, me hizo sentir somnolienta. Así que me recosté en mi costado izquierdo, un poco alejada de Draco, me acurruqué y descansé la cabeza cerca del tablero de ajedrez. Miré hacia arriba, y por un momento pensé que capté un vistazo de la luna allá arriba. Sentí una sonrisa cruzar mi cara y luego mis ojos se cerraron y me quedé dormida, también.
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Continuará…
