Gracias a la imaginación de Charlaine Harris que nos ha regalado estos personajes con los que jugar. Todos suyos.
Menuda mañana llevo de quitar y poner capítulos, no sé cuándo pasó pero me salté el 3 o lo borré sin darme cuenta :S . Espero que la historia haya seguido teniendo sentido pese al error.
10.
Llegar al jueves fue un infierno. Todos se habían propuesto volverme loca, todos menos Eric. No era que no hubiese empezado él, que oírle llamarme "amante" ya era, por sí solo, una razón para que se me fuese la poca cordura que me quedaba, pero se mantuvo lejos. Me dio todas las facilidades para entrar y salir de su casa y sólo tuve que tratar con sus empleados. Tal y como estaba el patio, fue de agradecer. El que estaba que se salía era Preston, normal, claro, pero la solución no era acabar con mi paciencia y mi razón. Cuando colgué después de hablar con Eric y fui a casa a cambiarme, lo último que mi novio esperaba era que me fuese otra vez porque tenía una cita con mi ex, que no sabía que lo era pero que se moría de ganas por volver a jugar. Decir que puso el grito en el cielo sería quedarse corta. Ni siquiera explicarle que lo que quería que le organizara era una cena íntima con alguna de sus conquistas le aplacó. Me fui dejándole con la palabra en la boca, harta de sus gritos y de su lógica. Sí, si le veía con otra lo iba a pasar mal. Sí, si la besaba o, peor, se ponía cariñoso con ella, iba a necesitar de mucho control para no irme para ella y sacarle los ojos. Sí, si me detenía y me ponía en mi sitio, como sería lo lógico y razonable, me iba a sentir morir porque en mi mente, por más años que hubiese pasado, aún era su mujer. Lo mirara por donde lo mirara, era una mala idea, pero tenía que hacerlo.
Preston me llamó cuando aparcaba a la entrada de la casa de Eric, me pidió perdón y me dijo que prepararía algo para los dos, que no tardara. Le prometí que estaría en una hora de vuelta. Fueron dos y media. Me lió, lo sé, me recibió con unos pantalones vaqueros, viejos conocidos míos, que mostraban su culo en toda su gloria y una camiseta que se ajustaba as su pecho como una segunda piel. Me hizo reír y me contó cosas de su vida, esa que yo ya no conocía, me preguntó qué tal me había ido con Randall y cuando le conté que no muy bien, se enfadó y dijo que si había sido grosero conmigo se las iba a tener que ver con él. Fue mi vikingo, ese al que tanto había añorado, ese que me escuchaba con interés y se preocupaba por lo que sentía. Fue como si el tiempo se hubiese detenido en su casa, que esa cocina era más de ese estilo que la de Bon Temps, y estuviésemos pasando el rato mientras cenaba. En cuanto me di cuenta de que lo que quería era que esa velada terminara como aquellas diez años atrás, con mi vampiro llevándome en volandas a su dormitorio y devorándome en su cama, miré el reloj y me dí cuenta de que estaba jodida, Preston iba a estar bueno...
El señor C. y Jason vinieron a completar el lote. No quería escucharles, no me estaban dando ningún crédito, ¿acaso tenía que caer rendida a los pies de Eric porque él quisiera? Si, vale, lo estaba haciendo, pero no quería decir que me fuese a acostar con él, ¿no? Bueno, sí, era eso lo que quería decir, pero, ¿lo haría? Probablemente, sí... Claro que todos estos pensamientos me los guardaba para mí, ni loca, y eso que ya me tenían desquiciada, se lo iba a admitir a ninguno de ellos.
Me refugié en el trabajo, al menos David, el secretario del rey, era un hombre simpático, solícito y divertido. Me dio todas las facilidades, me dio una tarjeta y una clave como si fuese del personal más allegado a Eric, me extrañó pero escuchándole pude ver que, pese a que a veces le diese miedo, apreciaba a su jefe y le gustaba trabajar para él. En esa, o por ende en cualquiera de las casas del rey, nunca había lugar para el aburrimiento. También vi que yo le gustaba, no ya como hombre, que también, sino que le caía bien, era una de las rubias del jefe pero, sin lugar a dudas, la mejor. Me centré en organizar la puñetera cena, si Eric iba a tener una cita con una pelandusca, que la tuviese, pero ella se iba a tener que aguantar teniendo todo lo que a mí me gustaría, y él pagando el capricho a precio de oro. Estaba nerviosa, me moría de ganas por verla. El señor C. también me había comentado que Eric tenía un gusto muy concreto en mujeres, que siempre respondían al mismo patrón, uno que encajara conmigo. Quería ver a la rubia de turno para poder sentirme superior a ella, sabiendo que si estaba en ese lugar era por mí. Suena raro, pero desde que no pensaba dejar a Eric intimar con ella, el simple hecho de que fuese un calco mío me hacía sentir poderosa. Llevaba diez años amándome en otras mujeres sin saberlo. Los minutos pasaban y llegaron las siete. La rubia en cuestión se hacía de rogar, Eric parecía muy tranquilo, quizá ya había tomado su sangre y no estaba preocupado por ella pero mis ojos no podían evitar ir del reloj a él cada pocos segundos. No habrían pasado ni dos minutos de las siete cuando Eric se levantó con una sonrisa.
_ Bueno, creo que ya podemos empezar – se acercó hasta mí con esa sonrisa que me doblaba las rodillas.
_ ¿Pero tu cita no ha llegado...? – ay, Dios...
_ Mi cita lleva aquí dos horas – me cogió la silla para que tomara asiento-. Mi cita, querida, eres tú.
Procesé sus palabras durante unos segundos y cuando me di cuenta de lo que había hecho me dieron ganas de llorar. Es más, mis ojos se llenaron de lágrimas.
_ Vamos, amante – dijo con dulzura cogiéndome la mano desde el otro lado de la mesa-, ¿qué es eso? No quiero ver lágrimas, me temo que de eso ya hemos tenido las suficientes.
Siempre decía cosas así, como si supiera. Pero él no sabía cuanta verdad escondía esa afirmación suya, no sabía que por más que deseara quedarme, si lo hacía, sería mi fin. Intenté levantarme y me lo impidió, no como podría haberlo hecho, por la fuerza, sino con una mirada suplicante.
_ Por favor..., quédate.
Volví a sentarme y todo comenzó. Peter, el camarero me miró extrañado pero no dijo nada después de cruzar la mirada conmigo y ver que estaba tan sorprendida como él. Se limitó a servir el primer plato y desapareció discretamente.
_ No deberías haberlo hecho – dije cuando la voz me salió de cuerpo.
_ ¿Hubieses aceptado mi invitación?
_ No.
_ Pues entonces, sí que tenía que hacerlo... – me sirvió una copa de vino y brindó conmigo con su copa de sangre-. Por nosotros, ¿ves? Sí que hay un nosotros.
_ No lo hay Eric, puedes hacerte la ilusión de que lo habrá, podemos desearlo, pero no lo hay. Tu esposa no te permitirá nada de lo que quieres y mi prometido tampoco sería muy feliz con tu idea.
_ ¿Sabes lo has dicho? – le miré confundida y él sonrió-. Has dicho que podemos desearlo. Tú también lo deseas...
_ Eso da igual, ¿no te das cuenta?
_ Por favor, amante, ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos. Por lo pronto, mi abogado está buscando la solución.
_ ¿Para que sea tu amante? – dije con amargura.
_ Para que seas mi mujer – me corrigió y había tanta convicción en sus palabras que casi me arrastró a su terreno.
_ No seré lo que quieres, Eric, merezco algo más. Merezco ser la única. Por desgracia, tú no puedes dármelo. Sí, antes de que me lo hagas notar, por desgracia, sí, me gustaría poder dejarme llevar y aceptar lo que me ofreces, pero no puedes darme lo que necesito. Nunca me lo podrías haber dado...
_ ¿Por qué dices eso? Quiero que seas con quien me levante cada tarde, que tu cara sea la última que vea cada amanecer. Quiero gozar de tu compañía y mimarte, compartirlo todo contigo.
_ No eres libre para hacerlo y yo no lo soy para aceptarlo.
Me miró en silencio durante unos segundos sabiendo que tenía razón pero maquinando cómo podía hacer que fuese realidad, le conocía lo suficientemente bien como para saber que sería así. Había cambiado en esos años, ahora se le veía más seguro, más taimado, ya no era un simple sheriff. Estaba segura de que ya nunca más le pillarían en una situación como la que nos separó. Se parecía mucho más al Eric que vi por primera vez en Fangtasia cuando aún era joven e inocente, pero infinitamente más poderoso. Y sin el chaleco...
_ Lo seré – dijo más para sí y me sacó de mis cavilaciones.
_ Ahora, vamos a disfrutar de la comida, te he hecho pagar por todo lo que me gusta – intenté aligerar el ambiente.
_ ¿Querías que mi "cita" tuviese todo lo que te gusta? – se rió volviendo de de donde fuese que sus pensamientos le habían llevado.
_ Pues sí, dijiste que no entendías de comida, pues yo sí...
_ ¿Y si hubiese sido una cita de verdad y no le hubiese gustado?
_ Hubieses quedado muy mal, lo dejaste en mis manos.
_ Vaya, vaya, señorita Stackhouse, quería que mi cita fracasara.
_ Al parecer ya ha habido demasiadas rubias en tus noches.
_ Te estaba buscando a ti – sonrió comprobando el efecto de sus palabras-. No ha sido fácil encontrarte.
¿Por qué? ¿Por qué Dios me castigaba así? Devolviéndome al hombre que amaba y que no podía tener. Dejándole decirme esas cosas que si para él sólo eran palabras para mí tenían todo un mundo de significados. Antes de que pudiese determe, mi mano se había posado sobre la suya y mis dedos se enlazaron con los suyos. Fue algo mágico, como si nos prolongáramos dentro del otro. Algo que sabía que no debería haber hecho porque Eric me miró asombrado como si de repente la verdad entre nosotros le hubiese golpeado. Intenté dejar su mano pero no pude y no porque él no me dejara.
_ Eric... – musité.
_ Ya te lo pregunté la primera vez que hablamos, ahora quiero la respuesta, ¿por qué siento que te conozco de otra vida?
Peter, como si supiera que necesitaría su ayuda, escogió ese momento para entrar y recoger el plato. Eric le echó una mirada asesina y él se asustó pero al mirar nuestras manos enlazadas, creyó comprender. Su mente gritaba otra cosa, pensaba que, al final, o yo no era más que otra rubia a la que se le caían las bragas delante de un vampiro o él me habría hechizado, como seguro que con otras tantas, para acabar haciendo conmigo lo que quisiera. En cualquier caso, pobre señor Pardloe. Eric rugió porque seguro que algo en la expresión de Peter le había hecho darse cuenta de lo que pasaba por su cabeza. Dejó el plato y salío y yo trás él.
_ Peter, espera – le detuve-. Será mejor que te vayas a casa, yo me encargo ya de todo, tampoco es que la cena se vaya a prolongar.
_ ¿Está segura, señorita Stackhouse? – me preguntó con reticencia.
_ Sí, no tienes de que preocuparte. El señor Northman no tiene ningún modo de obligarme a hacer nada ni quiere hacerme daño, nosotros nos conocíamos de antes, de hace mucho – confesé en voz muy baja porque necesitaba darle una explicación al torbellino de pensamientos que cruzaban su cabeza.
_ Está bien, si es lo que quiere...
_ Estaré bien – le sonreí y volví a mi cita.
Eric me miró con curiosidad mientras me sentaba y le conté lo que había hecho y ahora fue él quien se levantó salió en un abrir y cerrar de ojos. Al cabo de unos minutos volvió.
_ ¿Qué pasaba? ¿Por qué has salido corriendo así?
_ No querías que fuese contando que mi cena íntima ha sido contigo, ¿verdad? – me guiñó un ojo-. Esta noche ha estado sirviendo una cena para una rubia estupenda mientras yo bebía sangre y tú lo organizabas todo. Hasta que no salgas por la puerta de mi casa, él estará en la biblioteca, leyendo. Sorprendente la elección del libro, nunca se me hubiese ocurrido que supiera quién era Füst.
_ Oh... – fue el ingenioso comentario que pude hacer.
Estábamos de pie, uno frente al otro, acortó el espacio que nos separaba y acarició mi mejilla.
_ Ahora, Sookie, ahora que ya nadie más nos va a interrumpir, ¿crees que si te beso, sabré qué es lo que me escondes? – murmuró casi rozando mi boca y yo estaba paralizada, ya ni siquiera me debatía entre lo que debía y lo que quería hacer- ¿Si te estrecho entre mis brazos entenderé por fin que es lo que nos une?
Y lo hizo, me besó. Cogió mi cabeza entre sus grandes manos y sus labios se posaron en los míos como una caricia, se entreabrieron y los míos respondieron como sabían hacer. Eric siempre había sido un maestro en eso de besar pero parecía haber mejorado desde la última vez que sus boca probó la mía. O, quizá, era que llevaba diez años muriéndome de las ganas, que un sólo beso suyo podía borrar todo el dolor, toda la ausencia, todas las lágrimas de una década. Su lengua, tomando posesión de algo que siempre le había pertenecido, sus manos agarrándome el pelo y paseándose por mi cuerpo como por su casa, su cuerpo apretándome contra él, intentando, no ya entrar dentro de mí sino meterme dentro del suyo. No podía ser que con sólo un beso pusiera mi mundo patas arriba. Pero lo hacía. Empezábamos a animarnos y ya me tenía contra la pared más cercana, encaramándome a su cintura cuando todo terminó de golpe.
_ Oh, vaya, ¿molesto?
